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9
mar

Soy morena pero preciosa – Cantares 1:5

Soy morena pero preciosa – Cantares 1:5

Por Henry Law

Traducido por Rommel José Antonio Flores

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El creyente representa su estado. Parece ser una paradoja. Ella representa dos aspectos. La deformidad y la amabilidad componen el retrato. “Soy morena pero preciosa”

El grado de oscuridad es espantoso y repulsivo. Ningún ojo puede mirar y estar satisfecho. Pero el grado de oscuridad es el emblema de nuestro estado de naturaleza pecaminosa. Somos concebidos y nacemos en pecado, y el pecado es lo mas horroroso dondequiera que aparezca. El Espíritu Santo debe revelar esta verdad a cada convertido.

Él lo ve,

Él lo siente,

Él lo posee

Es su miseria constante. Cuando él haría bien, el más está presente con él. Él odia y detesta y se aborrece en polvo y cenizas. Al examinar la corrupción en Él, él tristemente confiesa “Soy morena pero preciosa”

Pero él mira hacia Jesucristo. Él ve la sangra preciosa que elimina cada mancha y borra el tinte carmesí. El grado de oscuridad desaparece. En Jesucristo él es más blanco que la más blanca nieve.

Él se pone a Jesucristo, y lo adora pues él fue hecho pecado para que él sea justicia en él. Él ve su obediencia pura y perfecta labrada como un traja para ocultar cada defecto, tan brillante, tan encantadora y tan gloriosa, que excede todo la admiración.

Él siente que esta Justicia (rectitud) es por medio de la Gracia imputada a él. Él sabe que él es encantador a través de la Divina Amabilidad. Así arropado y cubierto, él dice triunfante a sus amigos, “Soy Negro pero Precioso”

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7
dic

LA LUZ

LA LUZ

Por Henry Law

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“Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz” GÉNESIS 1:3

El que habla es Dios. La época en que habla es antes de que existiese el tiempo. Su palabra es omnipotente. Y como resultado, se origina el más grande de los dones. Las tinieblas lo oyeron y se desvanecieron. “Dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.”
Esfuérzate, lector, para imaginar aquella escena cuando la primera voz creó la primera bendición. Este mundo de tantas delicias era entonces una masa disforme de materia dispersa. No tenla forma, y por consiguiente carecía de belleza. Estaba vacío, y en el vacío falta todo lo que es grato. Inhospitalario, porque una noche impenetrable cubría el vacío sin vida.
De esta agreste cantera, sin embargo, saldrán los materiales para construir la morada del hombre. Este desierto va a ser poblado con seres cuya edad será la inmortalidad. Va a ser el campo del cual se suministrarán los graneros del cielo. Por consiguiente, lo deforme debe asumir una forma; el desorden debe ser ordenado; y lo imperfecto ha de ser moldeado en amor.
¿Cómo será esto? Dios no tendría más que desearlo para que en un instante la creación apareciera en toda su perfección. Pero no es así como ocurre. Dios obra mediante un proceso gradual. Él obra. Aprendamos de ahí la sabiduría y la necesidad del esfuerzo. Dios obra por un proceso gradual. Esto nos enseña que la diligencia paciente es el sendero que nos lleva al bienestar.
Pero, ¿cuál es la primera maravilla que logra introducir la armonía y la gracia? La luz. ¿Preguntáis cuál es el lugar de su alumbramiento?; ¿o el arte que la produce? La respuesta es: “Dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.”
Es imposible saber más. Y es imposible precisamente porque más conocimientos sobre el particular no nos aprovecharían ni nos harían bien. Hay, sin embargo, verdades relacionadas con la luz abierta a nuestra sincera investigación. Son algo así como un cofre lleno de perlas evangélicas. En su forma más bella vemos las más hermosas características del Señor de la luz. El Espíritu Santo, guía seguro, proclama: “Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, vino a este mundo.” También el profeta, vislumbrando el fulgor de Cristo, canta: “El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz.” El apóstol, hablando de Jesús, exhorta: “Alabad al que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.” Cerraríamos, pues, nuestros ojos a los altos propósitos de la luz, si no acertáramos a ver las trascendentales bellezas de salvación que emanan del primer día.
La luz es pura. No hay en ella, ni puede haber, mezcla o contaminación. Su misma naturaleza excluye lo impuro. Atraviesa inmaculada todo ámbito sucio. La nieve es brillante, no hay blancura que la sobrepase; pero la huella del hombre la mancilla. El agua salta brillantemente de su fuente; pero la mano humana puede ensuciarla. Pero nadie puede hacer menos pura la pureza de la luz. Así es Cristo. Como hombre en la tierra era tan puro como Dios en el cielo. Pasó por un mundo de pecado cual rayo de sol iluminando una choza. Tomó la forma del pecado, para poder llevar su merecido, pero nunca conoció su mancilla. En el pesebre de Belén era el Niño santo. Y volvió al cielo en santo triunfo, como el santo Conquistador.
Estudia, lector, la santidad de Jesús. Es una de las áncoras de nuestra esperanza evangélica. Cristo tiene que ser santo como Dios es santo, de lo contrario no podría ser el Mediador entre Dios y los hombres. Él mismo necesitaría de la expiación si tan sólo una sombra de una sombra de pecado se hallase en su Persona: tendría que salvarse a sí mismo. Y nosotros no podríamos ser salvos. Pero Cristo es todo suficiente para redimirnos, porque es el santo compañero de Jehová.
Estúdialo también como el modelo del alma regenerada. Salvación implica conformidad a Su imagen. “El que tiene esta esperanza en Él se purifica, como también Él es limpio.”
La luz es brillo. De hecho, ¿qué es el brillo sino el resplandor más claro de la luz? Cuando las nubes no ocultan el sol, el día es brillante. El panorama brilla cuando refleja los rayos del sol. Es brillante la esperanza libre de presagios sombríos. Así es Cristo. Él es el resplandor de la gloria de su Padre. Él encarna, como en una constelación, todas las perfecciones divinas. Irradia el esplendor de los atributos de Jehová. El tiempo más luminoso es aquel en que el Señor está más cerca. Y la página más brillante es aquella en que encontramos más de Cristo. El sermón más brillante es aquel en que se oye más acerca de Cristo. Y la vida luminosa es aquella en que más puede verse de Cristo.
La luz es hermosa. La belleza no puede prescindir de ella. Excluidla, y desaparecerá todo encanto; el sol se ensombrecerá y los colores se desvanecerán. “Eres el más hermoso de los hijos de los hombres”, “el único entre diez mil, y todo tú perfecto.” ¡Qué plenitud de belleza hay en esta persona que es Dios y hombre al mismo tiempo! ¡Qué armonía de gracia hay en esta obra que une a Dios con el hombre! ¡Qué encantos contienen estas preciosas Escrituras que muestran Su valor! Ver Su variada excelencia es una antesala del cielo. Así como toda luz hermosa embellece, así Cristo engalana a todos aquellos sobre los que descienden sus fulgores. Hermosea a los humil-des con la salvación.
La luz es libre. Las riquezas del rico no pueden adquirirla. El arte del artesano no puede aprisionarla. El trabajo del obrero no puede ganarla. La pobreza del pobre no le priva de ella. Adondequiera que llega lo hace volando sobre las alas de la libertad. No puede comprarse. Ilumina el palacio sin precio, llega hasta la choza graciosamente. Así es Cristo.
Pecador, ¿anhelas tú este precioso tesoro? Abre la puerta de tu corazón y es tuyo. “Venid, comprad vino y leche, sin dinero y sin precio”. No perdáis el tiempo buscándole un precio. Los mismos ángeles comparados con Él no son de ningún valor. Todos tus supuestos méritos no son más que defectos. Lo mejor que hay en ti es pecado ¿y ofrecerás pecado a Jesús? Reconoce tu miseria y acógete a la gracia. Llora tus tinieblas y Cristo te dará su luz. Todos los que ven en sus luminosos rayos concuerdan en su testimonio. Todos cantan que lo que tienen lo han recibido de amarme, me llamó pura gracia: me amó por que quiso porque quiso llamarme, me bendijo porque quiso bendecirme, me salvó porque quiso salvarme, brilló en mi alma porque así le plugo. Cuando yo estaba en tinieblas, Él dijo: “Sea la luz; y la luz fue”, y la luz era Él mismo.
La luz lo revela todo. Tan pronto como las tinieblas arrojan su manto, nos movemos inconscientemente entre enemigos y lodazales. Abismos se abren a nuestros pies, y cada contacto nos tizna, pero aunque el enemigo mortal se dispusiera a atacarnos no nos daríamos cuenta. Si permitimos que la luz se apague, la ruina y la suciedad se nos echan encima. Pero cuando la luz sale, pone de manifiesto las tinieblas. Así también Cristo. Por sus rayos detecta el pecado que hay en cada escondrijo de nuestro corazón. Y el mundo que tanto amamos es desenmascarado como un monstruo cuyo abrazo es concupiscencia, y cuya mano sostiene la copa de la muerte.
Lector, ¿disciernes la corrupción del pecado y del veneno que engañan al mundo? Si no los disciernes es que la luz no ha visitado tu conciencia. Cristo no está en tu corazón. El lamento que produce la fe tiene siempre una nota que confiesa: “He aquí, estoy sucio”. Hay siempre en su boca este ruego: “Lávame, y seré más blanco que la nieve”.
Pero del mismo modo que el sol es visto por la propia luz que él mismo proporciona, así Cristo, no solamente revela los peligros, sino que se revela a sí mismo. Muestra su cruz, la gloriosa prueba de su amor insondable. Nos descubre los tesoros de su Palabra. Entonces, profundos llamamientos, testimonios, promesas y dulces notas de consuelo y paz se convierten en vida brillante, como los fulgores de luz en una puesta de sol. Abre las cortinas de sus cielos, y vemos a un Dios reconciliado con los hombres, al mismo tiempo que vislumbramos los destellos de Su gloria.
La luz es la madre de la fertilidad. Las regiones en que el sol apenas brilla son áridos desiertos. La vegeta¬ción languidece en las sombras, y los árboles se secan. Perpetuo invierno significa desolación perpetua. Pero observad el cambio cuando vuelve la luz. El jardín, la viña y los campos son pronto cubiertos de fragancia y abundante vegetación. Así es Cristo. En Su ausencia, el corazón se llena de maleza y hierbajos nocivos. Pero cuando sus fulgores vivifican, las semillas de la gracia fructifican y el árbol de la fe ofrece su fruto dorado.
La luz es el carruaje que transporta el calor, sin el cual el corazón se hiela y se hace tan duro como una roca. El suelo parecería de hierro si los cielos estuvieran siempre oscuros. Igualmente, los corazones sin Cristo son hielo. Pero cuando Él entra se enciende una llama que ya nunca más puede morir. Arde el amor en cada cobijo del hombre interior. Es la chispa que centellea heroica en el ministro fiel y en el intrépido misionero. Ver y amar a Cristo da calor al corazón. Calor en el corazón es fuego en los labios. Y fuego en los labios es llama que prende en los oyentes. De este modo, muchas congregaciones endurecidas se derriten en corriente de santo celo.
La luz es asimismo heraldo del gozo. Egipto estuvo cubierto por las tinieblas durante tres días; falló la vista y cesó toda actividad. Tiempo sombrío aquél. En uno de los viajes más tempestuosos que efectuó el apóstol San Pablo, ni el sol ni las estrellas aparecieron por muchos días. Fue un tiempo sombrío para el gran misionero. Mientras Cristo no levante su semblante, no puede empezar la mañana feliz que no tendrá noche. La luz actual, sin embargo, no es más que la estrella de la mañana de la gloria venidera. El cielo es un Dios al que no ocultan nubes ningunas. Y allí, con los nuevos cuerpos celestes, en vestidos de luz, los redimidos reposan en una ciudad de luz, “que no tiene necesidad de sol ni de luna para alumbrar, porque la gloria del Señor ilumina, y el Cordero es la luz allí.”
Lector, ¿estás tú viajando de la luz a la luz? No te engañes. Hay la frágil vela de la razón. Pero no conduce a ningún cielo. Hay las muchas luces falsas del error. Nos llevan a las rocas y a los pantanos de destrucción. Vanos meteoros relumbran desde muchos púlpitos y en muchos libros. ¡Tened cuidado!; hay un solo sol en el firmamento, como hay un solo Cristo en la Biblia: un Cristo y un Espíritu, un Cristo del Padre, un Cristo de los salvados.
Pregunto de nuevo. ¿Se han desvanecido tus tinieblas? Tu contestación será afirmativa si puedes ver al Sol de justicia y odias el pecado, crucificas la carne y pisoteas el mundo; si te gozas en sus fulgores y tienes sed de más conocimiento y de una senda más brillante. Pero quizá tú ames las tiniebla más que la luz, porque tus obras son malas. ¡Piensa, sin embargo, cuán sombrío es el camino amplio de la perdición! Va directo al abismo, en donde sólo hay oscuridad y en donde sólo se oye el llanto y el crujir de dientes. Párate por un momento y medita: ¿No quieres volver a “la verdadera luz”?
Creyente, contempla el lugar soleado de tu hogar. En tu gozo colmado recuerda que este jardín del Señor es un puesto de trabajo y no de ocio. Has recibido la luz para que brille y la pongas bien en alto. Tú eres luz para que otros puedan ser también luz por medio de ti. No digas: No soy yo quien puedo crear y dar luz. Cierto, pero es tu deber reflejar la luz. El planeta devuelve los rayos que recibe. El espejo devuelve la imagen. Tú no viste nada hasta que Cristo dijo: Recibe la vista. No descanses hasta que su voz resuene en tu familia, en tu vecindario, en tu país, y en el mundo entero. Sea la vista, y será la visión. Sea la luz y será la luz.

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10
nov

La estupenda escena en el Calvario

La estupenda escena en el Calvario

Por Henry Law

Traducido Por Rommel José Antonio Flores

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Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu- Juan 19:30

Padre Santo,

Los cielos, La tierra, y todo lo encontrado en ella, proclaman la hermosura de la Gloria de Tú magnificencia. Pero Tu gran Amor brilla más y sobrepasa en la estupenda escena en el Calvario. En la Cruz vemos Tú Gracia Divina al quitar nuestras enormes deudas de pecado contra Tu Santidad-y transferirlas a Tú amado Hijo.

Lo vemos ser contado como un transgresor por nosotros, lo vemos a Él, quien no conoció pecado-ser hecho pecado por nosotros.

Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él- 2 Corintios 5:21

Lo vemos a Él, el cual es todo Santo ser hecho maldición por nosotros.

Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero- Gálatas 3:13

Miramos Tu Justicia llevar al cordero sin mancha a la rigurosa matanza porque exigisteis pago completo por nuestros pecados.

La Divina Justicia no puede pedir más.

Las deudas por nosotros fueron pagadas.

Todos nuestros pecados fueron borrados.

¡Si nuestros pecados fueran buscados, no pueden ser encontrados!

El  Cordero sin mancha sufrió todo para que nosotros obtengamos la alegría.

Él fue tratado como Tú enemigo para que nosotros fuéramos tratados como Tú amigos.

Él fue herido para que nosotros fuéramos curados.

Él tuvo sed para que nosotros pudiéramos beber del agua de la Vida Eterna.

Él estuvo en la oscuridad para que nosotros pudiéramos estar en la claridad y luz de Tú día eterno.

Él lloro para que cada lágrima fuera quitada de nuestras almas.

Él aguanto dolor para que nosotros pudiéramos tener salud espiritual.

Él uso una corona de espina para que nosotros pudiéramos usar una corona de Gloria.

O Padre celestial, que grande es Tú Amor para con nosotros, ¡Todos nuestros pecados fueron echados detrás de tu espalda, todos fueron llevados al océano de reconciliación por la Sangre de Jesucristo!

El volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados- Miqueas 7:19

Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, Engrandeció su misericordia sobre los que le temen. Cuanto está lejos el oriente del occidente, Hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones- Salmos 103:11-12

Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana- Isaías 1:18

La reacción de nuestra almas es de caernos y gritar “¡Gracias por el regalo de Tú Hijo Amado, Jesucristo, Él es nuestro perfecto Substituto, Su muerte es el pago de nuestro rescate!”

Grata certeza; ¡soy de Jesús!
Hecho heredero de eterna salud,
Su sangre pudo mi alma librar
De pena eterna y darme la paz.

CORO:
Esta es mi historia y es mi canción,
gloria a Jesús por su salvación,
Aun para mí fue su redención:
¡Bendita historia, bella canción!

Siempre sumiso a su voluntad,
glorias celestes empiezo a gustar;
Cuanto más cerca sigo al Señor
Más goza mi alma su amplio perdón.

CORO:
Esta es mi historia y es mi canción,
gloria a Jesús por su salvación,
Aun para mí fue su redención:
¡Bendita historia, bella canción!

Siempre confiando, encuentro en Jesús
Paz, alegría, descanso y salud;
Del cielo mi alma llega a gozar,
Mientras a Cristo logra mirar.

CORO:
Esta es mi historia y es mi canción,
gloria a Jesús por su salvación,
Aun para mí fue su redención:
¡Bendita historia, bella canción!

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27
feb

SALVACION

SALVACION

Por Henry Law

“Tu salvación esperé, OH Jehová.” GÉNESIS 49:18.

¡Salvación! Bendito sea Dios, que ha hecho que esta palabra resuene en la tierra. El infierno la desconoce. La gracia de Dios la ha hecho llegar a nuestros oídos. Hay grandes multitudes que son completamente ajenas a ella, pero para nosotros es la mosaica más dulce que jamás po­damos oír, y que nos llena de alabanza a Dios.

¡Salvación! Las mansiones del reino celestial están pobladas con seres que llevan este nombre. Significa el gozo, la paz y la gloria de los redimidos. Alma, ¿estás se­gura de tu salvación?

¡Salvación! Las mansiones del reino celestial están pobladas con seres que llevan este nombre. Significa el gozo, la paz y la gloria de los redimidos. Alma, ¿estás se­gura de tu salvación?

¡Salvación! La pluma de Jehová ha escrito este nom­bre. Es el decreto que ha resultado de las deliberaciones divinas. Es el fruto de la omnisciencia de Dios, y la ma­nifestación de su omnipotencia. Todos los atributos de Dios han contribuido para crear este inmenso plan que la misericordia, la sabiduría y la gracia del Señor han llevado a cabo. Es como un templo edificado sobre el alma, sin defecto ni imperfección, que brillará con creciente esplendor por todas las edades. Alma, ¿estás segura de tu salvación?

¡Salvación! Para realizar esta obra, Jesús nació en Belén, vivió sobre la tierra, murió en el Calvario, descen­dió al sepulcro, y, después de vencer a la muerte, ascen­dió al cielo para sentarse a la diestra del Padre. Jesús tuvo que rebajarse y sufrir la vergüenza y el dolor. Jesús tuvo que beber la copa de la ira y el tormento. Jesús tuvo que luchar con las potestades de las tinieblas; y todo ello para obtener nuestra salvación. Pero ahora reina en las altu­ras e intercede por nosotros.

El Espíritu Santo ha venido al mundo y llama al co­razón del pecador para que se beneficie de esta obra; y para ello asalta la fortaleza del amor propio, revela la gravedad del pecado, y lucha con la ignorancia y las ex­cusas pueriles. El Espíritu no ceja hasta que los brazos re­beldes del pecador se rinden, y su alma acude contrita a la cruz para recibir el perdón de Jesús. Alma, ¿estás segura de tu salvación?

¡Salvación! Éste es el primer mensaje que la miseri­cordia de Dios anunció a un mundo en ruinas. Éste es el cumplimiento de toda profecía, el propósito de todo man­damiento y la belleza de cada promesa. En la salvación hallamos el significado de los ritos y los sacrificios. Es también la consumación de la fe, y la luz de nuestra es­peranza. Alma, ¿estás segura de tu salvación?

¡Salvación! Los que no gozan de esta bendición se encuentran en la presión del infierno, atormentados por el fuego que nunca se apaga, encadenados por toda la eternidad, sufriendo al gusano que nunca muere, llenos de amargura y desesperación. Alma, ¿estás segura de tu salvación?

La pregunta que ahora debemos hacernos es la si­guiente: ¿Dónde se halla este tesoro incomparable? La respuesta es: En Jesucristo. Jesús es la salvación completa, perfecta y eterna. La voz del cielo nos dice: “…llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.” Y también unos labios inspirados afirman: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo…” El Espíritu Santo testifica: “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores…” Ésta es la verdad divina e infalible, tan alta como los mismos cielos y tan clara como la luz. Ni la sofística ni la mentira pueden negarla: La salvación es el mismo Jesucristo.

Uno puede vestirse de púrpura y lino fino, y dar sun­tuosas fiestas cada día, como Divas lo hacía, y sin em­bargo no ser salvo. Uno puede regir grandes naciones y mandar potentes ejércitos, como Faraón y Nabucodo­nosor, y sin embargo no ser salvo. Uno puede ser hermoso y agradable, como Absalón, y sin embargo no ser salvo. Uno puede pertenecer a una iglesia pura, sencilla y apostólica, como Ananías y Safira, y sin embargo no ser salvo. Se puede vivir con las mejores enseñanzas bíblicas, como Judas; e incluso se puede anunciar el Evan­gelio como él lo hizo, y no ser salvo. Se pueden tener las inmensas oportunidades de Corazín, Capernaum y Bet­saida, y no ser salvo. Se puede tener el más agudo inte­lecto, como Ahitofel, y no ser salvo. Pero el que cree en el Señor Jesucristo no puede perder la salvación, porque esta promesa permanece para siempre: “…para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” Si el rico cree, será salvo. Si el pobre cree, será igualmente salvo. Jóvenes y ancianos, sabios e ignoran­tes, todos los que creen están a salvo. Cristo es suyo, y Cristo es la salvación.

Expliquemos más en qué consiste esta salvación: Es un rescate feliz que cambia e1 llanto en una incesante ala­banza, y la espantosa prisión de los perdidos por el palacio de Jehová. Es una obra gloriosa que transforma el odio en amor, las pasiones malsanas en paz santa y que lleva, al pobre pecador, de ser compañero de los diablos a par­ticipar de la comunión de los santos en luz.

Para comprender mejor cómo se realiza esta salva­ción debemos darnos cuenta de que Jesús salva rescatan­do del infierno, dando derecho al cielo y haciendo apto al pecador para heredar el mismo.

En primer lugar Jesús nos rescata del infierno. Viste es el hogar y la paga del pecado. Los pasos del pecado conducen hacia ese lugar, y todo el sufrimiento del pecado no hace más que ganarse esa retribución. Pero si se quita el pecado, el infierno no tiene poder sobre el pecador. Pues bien: Jesús quita el pecado. De su costado y sus ma­nos, de la cruz en que murió, brota un río de sangre puri­ficadora que lava las manchas y suciedades de nuestra iniquidad. Todos los pecados de todos los pecadores des­aparecen cuando se echan a ese inmenso mar de expia­ción. El pecador más viciado queda, al sumergirse en esta sangre, tan blanco y puro que Dios no puede ver nin­guna falta en él. Satán no puede acusarle de nada. El pecador más viciado queda, al sumergirse en esta sangre, tan blanco y puro que Dios no puede ver ninguna falta en él. Satán no puede acusarle de nada. El pecador justi­ficado no puede ir a su prisión porque ya no tiene ninguna deuda, ni la señal de la perdición está sobre su frente. Todo, absolutamente todo, ha quedado borrado. La paga del pecado ha sido pagada por Jesús. Por lo tanto Jesús salva a su pueblo porque rompe la única cadena que pude sujetar al pecador: el pecado.

Jesús salva, en segundo lugar, dándonos derecho al cielo. Su misión no fue sólo la de expiar nuestros pecados en la cruz, sino que, además, por medio de su vida per­fecta y piadosa, tejió un manto de justicia divina que cubre completamente a los que están con Él. Esto significa que por el cumplimiento de la ley que Cristo ha realizado, el pecador queda ante Dios como si él mismo la hubiese cumplido. Vestidos, de este modo, con los ropajes celes­tiales, los pecadores tienen derecho a entrar en el cielo, y a ser sus ciudadanos. Pueden disfrutar del privilegio de acercarse al trono de Dios. Todos los honores son pocos para los que llevan las vestiduras de la salvación.

Pero, en tercer lugar, el creyente necesita algo más que entrar por las puertas abiertas del cielo. Aparte de sus adornos exteriores necesita una adaptación interna, ya que si no su gozo no seria posible. La naturaleza del pecador debe ser similar a la naturaleza de su nuevo ho­gar. Allí todo es santidad y amor perfecto. Para un hom­bre inicuo, un lugar así seria de una tremenda soledad.

Todo lo que viese le baria estremecer; cualquier sonido le parecería algo discordante. La presencia de los justos se le baria insoportable, y el canto, “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos” le llenarla de vergüenza e intran­quilidad. Pero la salvación de Jesús nos prepara para esa gloria maravillosa. Por medio de su Espirito arranca de nosotros el amor al pecado y hace que nos deleitemos en Dios. Cristo nos es santificación, además de redención. Las vestiduras limpias que Él da sólo las pueden llevar aquellos que tienen una nueva naturaleza. “Toda gloriosa es la hija de: rey en su morada”, y luego añade: “De brocado de oro es su vestido.” Todos los que se amparan en la justicia de Cristo poseen su semejanza y anhelan ha­llarse en su presencia. Ésta es, pues, la gran salvación. Alma, ¿estás segura de tu salvación?

Decimos que es una gran salvación porque la ha pla­neado, provisto y aceptado un gran Dios: el Padre. Es grande porque la ha realizado y terminado un gran Dios: Jesucristo, el Hijo. Es grande porque la concede un gran Dios: el Espíritu Santo. Es grande porque evita una gran desgracia, derrama gracia sobreabundante y bendice a una gran multitud.

Felices seremos si podemos decir con Pablo: “…nos salvó y llamó con llamamiento santo.” La oración es ma­ravillosa cuando, por el Espíritu, se puede decir este amén: “Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será sal­vo.” La perfecta alabanza es aquella que la fe tributa diciendo: “…mi fortaleza y mi canción es Jah Jehová, quien ha sido salvación para mí.” La muerte es placen­tera cuando, como Jacob, podemos exclamar: “Tu salva­ción esperé, oh Jehová.” Y, por último, la eternidad será gloriosa cuando se cante con adoración: “La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero.” Alma, ¿estás segura de tu salvación?

Pero atiende; el Espíritu Santo avisa: “…¿cómo es­caparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?”

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27
feb

SILOH

SILOH

Por Henry Law

“Hasta que venga Siloh.” GÉNESIS 49:10.

Los labios de un moribundo fueron los primeros en pronunciar esta palabra.

¡Qué fácilmente se cierran los ojos en esta vida y se vuelven a abrir en la expansión de la eternidad! En esa hora se debe tener la esperanza de que Siloh, que es Cris­to, será el apoyo firme y la presencia que con su luz alumbrará ese valle oscuro.

La escena que nos introduce a esta palabra es muy solemne, pues la muerte y la alegría aparecer‑ juntas. El anciano patriarca estaba al final de su azaroso y difícil viaje por la vida. No obstante, ante él se abría el tan esperado reposo. También nosotros nos vemos acosados por grandes tempestades, pero luchemos con confianza, porque esas aguas turbulentas llevan al creyente, en rá­pida corriente, a la calma del descanso eterno.

Siloh fue casi la última palabra de aquel padre que se moría. ¡Qué hermoso es dejar un legado de bendicio­nes reconfortantes a los que nos rodean! ¡Qué hermoso es dirigir los pensamientos de los entristecidos hacia Aquel que ha abolido la muerte y reunirá a todos sus hijos en un hogar de perfecta unión!

Siloh. Este nombre es dulce, y a la vez potente. Dulce porque es de Uno cuyo nombre es como perfume derra­mado. Potente porque es de Aquel cuyo nombre es sobre todo nombre. Es como un mensaje con el que Dios ilu­mina la mente humana. El Señor se deleita en revelar a su pueblo las riquezas de su bondad y gloria. Por eso, aunque los más altos ángeles deben cubrir su rostro para adorar ante su trono, Dios acerca al pecador a su lado y le invita a leer el relato de su misericordia. Por medio de sus nombres y títulos, Dios nos da nuevos conocimien­tos y aumenta nuestra emoción. Cada nombre parece re­velar un atributo, pero Siloh es un verdadero chorro de luz. ¡Haga el Espíritu Santo que recibamos su significado!

Siloh significa Enviado. “Ve a lavarte en el estanque de Siloé (que traducido es, Enviado)” (Juan 9:7). Parece como si aquí Jesús nos presentara sus credenciales. Lo que nos quiere hacer notar es que no viene sin autoridad, sino que, por el contrario, viene como representante de una corte real. Sí, verdaderamente Cristo viene para traer un mensaje de un reino lejano; para declarar la voluntad del gran Soberano.

¿Quién, pues, le ha enviado? Escuchemos una de las muchas respuestas que las Escrituras dan en sus páginas: “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. En esto consiste el amor: no en que nos­otros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (I Juan 4:9‑10). Así pues, el Padre eterno en­vía al Hijo eterno. Adoremos a Jesús por el amor que le hizo venir a esta tierra. Adoremos al Espíritu por su amor al hacernos ver su obra, y oír su voz. Adoremos, con todo nuestro corazón, al Padre que envió a su amado Hijo.

El manantial de la redención está en lo profundo del corazón del Padre. El primer eslabón de la cadena do­rada de la salvación está en las manos de Dios. Fue Dios quien decidió enviar un Salvador. “Porque de tal ma­nera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigé­nito…” “Mas Dios muestra su amor para, con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” Esforcémonos en medir la grandeza de ese’ amor por la grandeza del Enviado. Las Escrituras dicen: “Pero cuan­do vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo…” Si Dios hubiese ordenado que los ejércitos celes­tiales descendieran con gran gloria, la embalada habría sido, ciertamente, muy brillante. Pero comparada con Jesús hubiera parecido escoria. Cristo es tan superior a las multitudes de ángeles, como el Creador lo es a la cosa creada. Cuando aquellos no existían, Él vivía desde la eternidad. ¡Cuánto más precioso es que los ángeles!

Pero, ¿no hubiera podido otro enviado cumplir la misión? Imposible, porque la obra a realizar era la reden­ción del pecador. Una justicia infinita tenía que cubrir al injusto. Por eso necesitamos a Jesús. Por eso Jesús es enviado al mundo. Nuestros pecados, infinitos en número y en gravedad, tenían que ser expiados, y, por consi­guiente, Jesús vino al mundo. Sólo Jesús puede expiar y propiciar.

Creyente, en Siloh puedes ver la ternura y misericor­dia del Padre. Ha enviado tanto para salvarte, que no podía enviar más. Lee en las Escrituras acerca del valor inmenso de tu alma. Sólo los méritos de Siloh pueden comprarla. Lee del sufrimiento indescriptible de los que se pierden. Sólo Siloh fue capaz de soportarlo en tu lu­gar. Lee las glorias inconcebibles que esperan a los redimirlos. El cielo tiene que ser maravilloso porque ha sido adquirido con la sangre divina del Enviado.

Siloh. Esta palabra también significa “El que lo tiene todo reservado”; “E1 que es poseedor del reino”; “El que es heredero de todas las cosas”. Por lo tanto Jesús se nos revela como sentado en el trono glorioso de la redención. Esta verdad resuena con potencia en las Escrituras: “Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pue­blos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es domi­nio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido.” Éste es el propósito, y la promesa, que proporcionan tan gran confianza a nuestra fe. ¿De qué ha de servir la loca rebelión del mundo contra Siloh? ¿De qué ha de servir que unos pies impíos pisoteen las proas verdades de Jesús? ¿De qué ha de servir que el pecado parezca enseñorearse del mundo? Siloh se burla, rién­dose, de sus enemigos. En su estandarte triunfal está es­crito: Mío es el reino, y el cetro y el poder. “Pero yo he puesto mi rey sobre Sión, mi santa monte.” “Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.” Un poco más, y Jesús vendrá para tomar su reino y su poderío, y los inicuos guardarán silencio en las tinieblas.

Creyente, no estés triste porque no veas aún todas las coses bajo su dominio. Siloh vencerá. Recuerda cuántas maravillas se sucedieron a la predicación de su Nombre. Mira y deléitate con la vista de los campos preparados pera la siega. El que sigue a Cristo va en pos de un Con­quistador que avanza de triunfo en triunfo. Muy pronto todos sus enemigos, Satán, la muerte y el infierno, se de­batirán presos en las cadenas del cautiverio. Este reino está reservado para Siloh. Seguramente muchas veces habrás orado: “Venga tu reino.” Pues bien, ya está muy cerca. ¿En que’ estado te encontrará? ¿Te dice la fe que has de heredar ese reino? ¿O te hace temblar tu conciencia por­que, tal vez, la gloria de Cristo será tu vergüenza eter­na? Prepárate para ir a su encuentro. El reino de Siloh está a las puertas.

Siloh aun contiene otro mensaje; significa: Su Hijo. Pero, ¿hijo de quién?, preguntamos. La fe, tomando la visión más amplia, contesta que Hijo de Dios, puesto que los pensamientos de Jacob estaban fijos en Dios; y también Hijo del Hombre, porque Jacob estaba hablar]do de Judá. Por lo tanto este nombre anuncia la deidad y la humanidad de Cristo.

Jesús es el Hijo de Jehová, y esto constituye la llave del arca de la salvación. Cristo es uno con el Padre. Uno en naturaleza; uno en esencia; uno en atributos. Es, en todos los sentidos, coeterno con el Padre, y de su mismo rango. Es, de eternidad a eternidad, el Dios Todopodero­so. Antes de que los mundos existiesen, era Dios; y se­guirá siéndolo por los siglos. Los que no conocen a Dios, en Cristo, no tienen esperanza de salvación. Hubiera sido una burla decir: “Mirad a mí, y sed salvos… si el que hablaba no hubiese sido divino. La iniquidad de un alma manchada por el pecado no se puede borrar con algo menor. No nos cansamos de repetir que cada pecado es un mal infinito, y, por lo tanto, requiere una expiación de mérito infinito. Lo maravilloso es que, en Siloh, se encuentra toda la infinitud. Cristo tiene todo el poder para quitar los innumerables pecados de la gran multitud de los redimidos. Cristo puede cubrirlos con la justicia requerida para entrar en el cielo. Cristo los presentará gloriosos ante el trono de Dios y los rodeará de gloria para siempre. Todo esto lo puede hacer porque es Siloh, el Hijo de Dios.

Por otra parte, Siloh, Su Hijo, también puede signi­ficar Hijo de Judá. Siendo así, nos encontramos aquí con otra señal de la profetizada “simiente de la mujer”. Cris­to será el León de la tribu de Judá, es decir, que a través de una de las hijas de Judá se revestirá de nuestra pobre carne y nacerá en una ciudad de Judá. Ésta es la gran maravilla de cielos, tierra e infierno por todas las edades. Esto debe llenarnos de adoración y alabanza, porque aquí vemos la más preciosa prueba de su amor, y la demos­tración de su poder para redimir.

Este hecho hay que sospesarlo bien. Si Cristo no fuese verdadero hombre, entonces su muerte no hubiese propi­ciado la ira de Dios, ni su sangre hubiera expiado el pe­cado, ni seríamos justificados por su justicia, ni habría un camino para ir a Dios. Él está infinitamente alejado del hombre, y éste se halla muy por debajo de Dios. Pero Siloh ha venido para hacer de los dos uno.

Siloh también significa, Pacificador. ¡Qué nombre más dulce para un pobre pecador! Bien sabe éste que el pe­cado crea una terrible enemistad. El corazón de Dios se llena de ira y sus manos se arman para destruir. Pero al venir Siloh a la tierra, la ira se aparta y el amor y la paz vuelven a reinar, porque hace desaparecer la causa de la ruptura. El pecado queda hundido en el océano de su sangre. Cuando Dios ve al pecador unido a Cristo, le ama, le bendice, le honra y le glorifica, porque Siloh es nuestra paz con Dios.

Y, por último, Siloh hace que las aguas tranquilas de una paz perfecta discurran sobre el turbado fondo de un alma despierta. Cuando el Espíritu hace que la concien­cia se dé cuenta de lo que en realidad somos y merece­mos, ¡cuánta angustia nos invade! No puede haber feli­cidad ni esperanza hasta que Siloh nos lleva a su cruz; pero cuando vemos que todo el castigo desciende sobre Él, entonces sentimos que nuestros temores se calman. Todo el problema de la vida, con sus amenazas de po­breza, sufrimiento e inquietud, deja de inquietarnos. El que tiene a Cristo en su corazón no tiene espacio para nada más que la paz; la única voz que oye es la del Prín­cipe de Paz que le dice: “La paz os dejo, mi paz os doy.” Así pues, éste es el Siloh -el Enviado- que aquel pa­triarca moribundo prometió. Y, en efecto, en su día vino y cumplido su misión.

Lector, no apartes este frágil testimonio hasta que pue­das decir que conoces a Cristo, que le amas y que gozas de la unión con Él.

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27
feb

LOS GRANEROS ABIERTOS

LOS GRANEROS ABIERTOS

Por Henry Law

“Entonces abrió José todo granero…” GÉNESIS 41:56.

Es imposible leer la historia de José sin sentir un delei­te inmenso. La variedad de incidentes, la rapidez de la acción y sus fuertes caracteres humanos, la hacen lectura predilecta de mayores y pequeños, sabios e iletrados. La pluma sagrada, dirigida desde el cielo, nos hace vivir todos los sentimientos del corazón humano. Lloramos con aquel padre desconsolado; sentimos su profundo dolor; revivimos cuando vuelve a ver, gozoso, a su hijo. El tem­blor de aquel muchacho en la cisterna vacía llega a in­vadirnos; y su tristeza en el exilio nos hace suspirar. Pero cuando le vemos triunfar en la tentación nos sentimos llenos de valor. En la prisión participamos de su descon­suelo. Finalmente, cuando su causa es reivindicada y lle­ga a ser señor de un gran país, triunfamos junto con él.

No obstante, el inmenso valor de esta historia no radica en su estilo ni en sus intensos sentimientos, ni en los extraordinarios sucesos, ni en su arreglo providencial o su final feliz. Si esto fuera todo, su provecho seria fugaz. El verdadero provecho es la bendición del alma, porque el alma es el hombre real. Todo lo demás es terre­no y transitorio. Cualquier libro, pasatiempo o amigo que no contribuya a llenar el granero espiritual es, en rea­lidad, un enemigo, un veneno o una venda que nos ciega.

Este relato bíblico es precioso porque cada vez que vemos a fosé pensamos en Jesús. ¿Quién, si no, es el envidiado, odiado y rechazado por sus hermanos? Quién fue vendido por unas monedas de plata; llevado a Egipto; contado con los pecadores; culpable, en apariencia, entro, dos malhechores, de los cuales el uno se salva y el otro perece? ¿Quién sale de la prisión para ser elevado a la diestra de la majestad? ¿No nos hablan estos indicios de Jesús? Todo el poder está en sus manos. Es é. quien libra a su familia de una muerte cierta. Cuando aún no le co­nocían, él les amaba. Los hambrientos acudían a él. Las llaves de los almacenes están en su poder. Su nombre es José, pero la verdadera persona es Jesús.

Sin embargo, la cita bíblica de este capítulo hace que nos limitemos a un solo aspecto de este amplísimo tema. Acerquémonos, pues, para examinar de cerca este gran tesoro, y que el Espíritu Santo nos abra los ojos y las manos para verlo y tomarlo.

El relato nos revela una situación de miseria total. Aquel mundo postrado se hallaba en una terrible aflic­ción. El hambre lo habla invadido todo. Pálidas mejillas y voces débiles anunciaban una muerte cercana. Pero dentro de aquella tragedia había una esperanza: los graneros estaban llenos de trigo, y José había sido nombrado ministro para distribuir los socorros.

Pronto se extendió la noticia por el país, v ante aque­llas puertas salvadoras se apiñaba, un día y otro, una gran multitud. Sus rostros reflejaban: el ansia que la necesidad había engendrado. Era inútil permanecer en casa o seguir trabajando, porque sólo había uno que podía dar el alivio. Retrasarse significaba morir, pero acudir a José era volver a disfrutar de la abundancia.

Esto es un ejemplo de un pecador que va a refugiarse en Jesús. El hombre, durante muchos años de su vida, vive sin darse cuenta de su necesidad, y contentándose con su propia miseria. Pero cuando la luz de 1o alto le revela su pobre estado, un verdadero terremoto derriba sus falsas ilusiones. Entonces descubre que el pecado es como una plaga de hambre que va absorbiendo la vida. Pero cuando, suena la hora de la misericordia puede oír una voz que le dice: Puedes seguir viviendo; hay pan abundante en Jesús. ¿Qué podrá detenerle ahora? Es im­posible hacer esperar a un pecador que tiene los ojos abiertos y que ansía unas migajas de misericordia de la mesa de Jesús.

Si por ventura estuviera hablando a alguno que toda­vía no ha acudido para recibir auxilio, debo pedirle que despierte antes de que se halle durmiendo el sueño de la muerte. ¿No sabes que tu tierra está atormentada por el hambre? Sí, el pecado, como una plaga devastadora, ha arruinado los campos que daban pastos para el alma, y ricos frutos de vida. Ahora sólo queda un desierto de cardos y espinos. Hay que obtener el maná celestial, o la muerte es segura. Sólo las manos de Jesús pueden dis­tribuirlo. ¡Levántate y busca al Señor!

Hay otros que se dan cuenta del peligro y se esfuer­zan para escapar, pero se cansan y desfallecen. Salen en busca de alimento, pero las falsas direcciones de Satán les hacen errar el camino y van a los graneros que la mentira ha erigido. Allí se alimentan de las burbujas va­cías de ritos y fórmulas que tal vez satisfagan los sentidos y la imaginación, pero no el alma.

Hay quienes avanzan más, pero sin llegar a los co­fres donde se encuentra el tesoro. Se detienen, y exami­nan la palabra de Dios que, ciertamente, es una guía di­vina. Cada palabra de sus versículos es una voz del cielo.

Sin embargo, el conocer la senda no es hallar la salva­ción, porque el conocimiento del remedio no alimenta el alma. ¡Qué terrible sería caer en el infierno con las Escritu­ras en los labios!

Muchos creen que la Iglesia es suficiente ayuda. Ver­daderamente Dios la ha levantado. Es columna y baluarte de la verdad. Avisa y enseña, pero no puede dar ni quitar la vida eterna. ¡Qué terrible sería caer al infierno desde el mismo umbral de la salvación!

Otros pretenden alimentarse con los símbolos o sacra­mentos. Dios los ha instituido como signos y sellos de la gracia. Pero una señal no es la sustancia, ni el sello se debe confundir con el acta. ¡Qué terrible sería entrar en el infierno con estos símbolos en la mano!

Otros se contentan con el solaz que los fieles ministros de Cristo les proporcionan; y aunque éstos son heraldos de Su gracia y pastores de Su rebaño, no tienen en su poder el verdadero alimento del alma. También hay quie­nes se deleitan obrando en el nombre de Cristo. Natural­mente las obras son la evidencia de la fe, pero la eviden­cia no es el motivo; los brotes no son la raíz. ¡Qué terri­ble sería ir al infierno habiendo pasado por la escuela del cielo, y yacer allí envuelto en una aparente bondad!

Créeme, lector, para obtener ayuda y gracia y vida, debemos ir directamente a Jesús. Sólo sus manos pueden distribuir el remedio.

Pudiera ser que alguno se preguntara, con temblor, si a él le recibiría bien. La respuesta la tienen los milla­res que han buscado a Cristo y le han encontrado. Jamás ha despedido a los suplicantes. Éste es el decreto: “…al que a mí viene no le echo fuera.” Su carácter no cam­bia: “A los hambrientos colmó de bienes…” Y una vez más se deja oír su llamada amorosa en estas palabras: “Comed, amigos; bebed en abundancia, oh amados.”

¿Preguntas que cuáles son las provisiones de estos graneros? Sería más fácil contar las arenas de los océa­nos que describir la abundancia que allí hay. “Escuchad, cielos, y hablaré; y oiga la tierra los dichos de mi boca.” E1 Señor da su propio cuerpo y su propia sangre como alimento. “Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.” Por medio de la fe todos pueden participar de este banquete. Pero ¿cómo? No se puede hacer materialmente con la boca. Esto es una he­rejía. La razón lo ridiculiza. La Escritura lo niega. La experiencia lo rechaza como una fantasía lastimosa e inútil. No. La fe participa de este festín con la santa fruición del corazón. El maná oculto es la maravillosa verdad de que el cuerpo y la sangre de Cristo fueron entre‑, para la remisión de los pecados. Cuando se recibe esta verdad espiritualmente, entonces se halla un nuevo vigor y fortaleza, pero no para el cuerpo, sino para el alma eterna y nacida de nuevo. Con este alimen­to el hombre interior lucha, con la fuerza de un gigan­te, en la batalla de la fe.

En esos graneros también encontramos el alimento completo de las grandes promesas y verdades bíblicas. Cuando la mano del Señor las administra, cada palabra aparece llena de espíritu y vida. El pobre, el triste, el cansado, viene con la carga de sus aflicciones y tentacio­nes para obtener ayuda, y la descubre en esas promesas y pruebas de amor eterno. Como Jonatan al comer la miel, sus ojos se iluminan y cobran nuevo ánimo.

Todo el sostenimiento que la vida cristiana necesita está en Cristo. Las palabras que citamos a continuación son grandiosas: “…por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda la plenitud”, y esa plenitud no es para Sí mismo, por cuanto posee la misma gloria de Dios, sino para colmar al fatigado peregrino. Del mismo modo que el sol es la luz y da luz, así también Jesús es gracia y di­funde la gracia. La experiencia común de todos los que a Él acuden es ésta: “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia.” Los que vienen vacíos regresan llenos; los pobres, con grandes riquezas; los débiles, con nuevas fuerzas.

Hubieron muchos que hicieron un largo viaje para llegar a aquellos graneros egipcios. Pero el vuelo rápido de la fe nos traslada en un momento al centro de la gracia. Posiblemente José sólo distribuía el trigo a cier­tas horas, pero las puertas de la salvación están abiertas día y noche. Jesús siempre está dispuesto a escuchar.

Los graneros de Egipto, aunque estaban repletos, po­dían agotarse. Sin embargo, nuestra provisión no está en sacos, sino que es una corriente incesante de infinita profundidad y anchura, como Dios es. Por otra parte, los egipcios tenían que comprar la mercancía, pero nosotros lo recibimos todo sin dinero y sin precio. El comercio del Evangelio tiene este lema: “Pedid, y se os dará.”

¿Pereces por falta del pan de vida? Si estás falto de alimento y muriendo de hambre es porque no quieres tomar y alimentarte.

¿Eres como una planta raquítica y con poco fruto? Esto es porque buscas poco al Josz del Evangelio. Pien­sa esto otra vez: “Pero él da mayor gracia.” Cristo ha venido para que tengas vida, y para que la tengas en abun­dancia, Hijo de Dios: un d1′a te acercaste y, a tu clamor, las puertas se abrieron prontas. El perdón que anhelabas te fue dado, y el gozo y la paz que buscabas inundaron tu corazón. Cuando confesaste tu necesidad de luz y direc­ción, recibiste un rayo que iluminó tu senda. Ansiabas ver alguna muestra del amor del Salvador, y Él te mos­tró su corazón sangrando, con tu nombre grabado en él.

Pues bien, ahora ve y demuestra tu gratitud acudien­do continuamente a la puerta de nuestro granero. Jesús siempre está allí para abrirte. ¿No deseas ir y llamar? Cristo vive para dar. Tú debes vivir para tomar y vol­ver a dar.

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27
feb

CONTADO CON LOS PECADORES

CONTADO CON LOS PECADORES

Por Henry Law

“…y estuvo allí en la cárcel.” GÉNESIS 39:20.

La prisión es un lugar humillante y vergonzoso. Los que se encuentran en ella están acusados de algún crimen o esperando el cumplimiento de la severa ley. Su solo nombre nos recuerda la infamia y la muerte. Los reclusos son malhechores conocidos, o sospechosos de algún cri­men, a quienes la sociedad rechaza. Su nombre está man­chado. Son como hierbas malas que hay que arrancar, o como una plaga de la que hay que huir.

Pero, ¿quién es el prisionero que hallamos en la celda que citamos en el encabezamiento? Esas paredes indignas encierran a un hombre inocente. Es el irreprochable José, que sin haber ofendido, es considerado como ofensor, y, sin haber transgredido, es tenido por trasgresor.

E1 deleite que proporcionan las Escrituras, y su alien­to santificador, provienen de que la voz de Jesús se deja oír en cada página, y su imagen se percibe a cada instante. Un ejemplo bien claro lo tenemos en esta escena en la prisión. Ese José vigilado, acusado de un pecado que no había cometido, prefigura a Jesús, que sin tener pe­cado fue hecho pecado por nosotros. El mismo cielo no es trono bastante digno para Él, y, sin embargo, le ve­mos con los harapos de la prisión, y sufriendo la ver­güenza de ese lugar inicuo. Por eso el Espíritu dice: “Por cárcel y por juicio fue quitado”.

A1 considerar esta verdad debemos hacernos una asombrosa pregunta: ¿Por quién estaba Jesús en la prisión? La respuesta es tan extraordinaria que hay que meditarla con frecuencia: Jesús estaba en la prisión por la justicia de Dios. Pero, por qué? ¿Acaso tenia alguna mancha en su vida? Pensar esto sería blasfemar horriblemente. De­bemos rechazar esto. La esencia de su ser es la santidad. Su nacimiento fue santo. Su vida fue santa. Su muerte fue santa. Resucitó como un santo conquistador, y ascen­dió en la santidad de su triunfo. El cetro de su eterno rei­no es la santidad.

¿Cómo, entonces, pudo la Justicia hacerla su prisio­nero? La cansa fue que, aunque no había sombra de peca­do en Él, tuvo que sobrellevar infinidad de pecados. Aunque estaba completamente apartado de ofender a Dios, no obstante tuvo que comparecer ante Él cargado con las transgresiones de una multitud innumerable. Ésta es la divina gracia de Dios: consentir en quitar la culpa del culpable y transferirla al inocente. Los pecados de los transgresores pasan a su Hijo, que no tiene pecado. Esto es maravilloso y cierto al mismo tiempo: “Jehová cargó en él e; pecado de todos nosotros”. Por consiguiente Jesús es la garantía de que nuestro pecado fue perdonado. A causa de esta substitución Cristo aparece cubierto, man­chado y desfigurado por la inmensidad de nuestra culpa. De hecho, es tratado y considerado como el autor de cada acción maligna, o palabras y pensamientos inicuos que ensuciarían a. los redimidos. Por ello podemos compren­der bien la agonía de estas palabras: “Me han alcanzado mis maldades… se han aumentado más que los cabellos de mi cabeza”. Jesús carga sobre si mismo esta odiosa carga, y al hallarle la justicia con ella le reclama como su prisionero.

¿Has participado, por fe, alma mía, de Cristo? Si es así, puedes descansar sin temor. Jesús rompe las cadenas que te ataban al infierno; se hunde en las aguas sudas de tu pecado para que quedes limpio de toda mancha, y se convierte en tu iniquidad para que tú seas justicia de Dios en Él.

Si no se ve en Jesús nuestro único substituto y garan­tía, la Biblia será un libro cerrado; la historia de la cruz algo incomprensible, y la paz una delicia inalcanzable. ¡Cómo cambia todo cuando recibimos esta revelación) Es entonces cuando la justicia brilla con toda su gloria, y la gracia con todo su esplendor. Es entonces cuando la misericordia muestra su triunfo, y la salvación sus gran­des riqueza. El Evangelio resuena, entonces, como una clara trompeta: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.

Sin embargo, en aquella prisión egipcia no vemos sólo un ejemplo del inocente Jesús cargado con nuestra culpa. En aquel lugar se lleva a cabo un intercambio que nos ayuda a comprender mejor las riquezas de la gracia. Habían allí junto con José, dos malhechores de no poca importancia.. Desde un punto de vista humano no se pue­de establecer ninguna diferencia entre los dos: su posición social es parecida; ambos han incurrido en el desagrado de su señor, y tanto el uno como el otro esperan recibir el mismo fin. No obstante, sus caminos pronto se separan, y mientras que uno asciende por la senda del favor y la honra, el otro queda encadenado, esperando la muerte.

En esta historia vemos unos ejemplos que predice las aún lejanas maravillas de la cruz. Cuando la soberbia del hombre y la astucia de Satán parece que van a triunfar, Jesús es llevado como un cordero al matadero, sucede algo que viene a colmar la copa del insulto dos delincuentes famosos le son asignados, como compañeros idea­les, en su última hora. Sin embargo, esta estudiada manio­bra para degradarle con tanta infamia, no hace sino con­firmar que É1 es la Verdad. Las Escrituras habían pro­fetizado: “…fue contado con los pecadores”, y esto era su cumplimiento. Cristo queda crucificado entre dos la­drones. ¿Cuándo comprenderán los hombres que su ira contra Dios no hace sino obrar para el cumplimiento de Sus propósitos?

Examinemos más de cerca los rasgos paralelos de aque­llos dos acontecimientos. Primero nos detenemos en el Cal­vario, y allí vemos tres cruces maldecida, levantadas en alto. Jesús está en el medio. Quisiera suplicarte, lector, que vinieras con frecuencia a este lugar bendito. La cruz es el precio pagado por la redención de un número incal­culable de cimas. Es la gloria de Dios en las alturas. La remisión de los pecados es imposible de obtener sin pro­tegerse en este sacrificio. La vida eterna es inalcanzable sin haberse lavado antes en esta fuente regeneradora. Ésta es la única manera de entrar en el cielo. El sufri­miento de Jesús tiene por objeto arrebatar el cetro de las manos de Satán, destruir el imperio de las tinieblas, y hacer que cada atributo de Jehová sea una garantía de nuestra salvación. Debemos anunciar por todo el mundo que cualquier religión que no se gloríe en la sangre del Cordero no es más que una superstición debida a la igno­rancia y al engreimiento. La única esperanza que puede subsistir es aquella que se funda en la sangre derramada.

Fijémonos, ahora, en los que se retuercen atormenta­dos a ambos lados de Cristo. Parece que en su muerte con­tinúan tan endurecidos como los clavos que les atraviesan. Pero, repentinamente, se produce un cambio tan pro­fundo en uno de ellos, que de las tinieblas pasa a la luz, del odio al amor y de muerte a vida. En su profunda trans­formación llega a aborrecer el pecado que antes acari­ciara. Ahora confiesa su enorme iniquidad v profesa te­mer al Dios que antes ridiculizaba. Pero, ¿do, dónde pro­cede este cambio tan radical de sus sentimientos? Cierta­mente no es fruto de las circunstancias externas, porque éstas son iguales para los dos malhechores. La realidad es que sólo uno de ellos recibe la luz y la instrucción. Este reblandecimiento sólo lo puede producir un poder invisible que, penetrando en lo hondo de su corazón, aplaste todo espíritu maligno. Únicamente el Espíritu del Altísimo puede hacer esto. Sólo él puede redargüir de pecado. Sin Él, los actos externos de pruebas, aflicción, dolor, sufrimiento o avisos, no podrían abrir los ojos ciegos ni hacer volver los pies errantes. Cuando una conciencia llega a clamar: Señor, soy vil, me aborrezco; es porque el Omnipotente ha hecho que ese ser rebelde doble sus rodillas ante Él.

Pero todavía hay más. Un hombre contempla a Je­sús con confianza. Para aquella turba burlona Cristo parecía “gusano, y no hombre”. Y sin embargo, a través de aquellos harapos y pobreza humana, a través de aquel disfraz sangriento e infame, la fe puede ver al Rey de reyes, al Conquistador de Satán y al divino Libertador. La afrentosa cruz se ve entonces como el trono glorioso de la deidad hecha carne. Esto es otro ejemplo de la poderosa obra del Espíritu. Sólo él puede revelar a Jesús en un alma. Cuando él habla, Aquel que antes era des­preciado y desechado entre los hombres, pasa a ser adorado y amado, señalado entre diez mil, codiciable y dis­pensador de las mercedes de la salvación.

Sin embargo esto no es todo, porque aunque un hom­bre confiese su pecado, puede perderse igualmente. Tal fue el caso de Judas. Una persona puede jactarse de co­nocer a Dios intelectualmente, y a pesar de ello no llegar nunca a obtener la vida eterna. Los demonios se encuen­tran en esta situación. Para disfrutar de los beneficios que manan de Cristo hay que poseer una unión personal con Él. Cuando el alma se da cuenta de su inmensa necesidad, y ve que sólo Cristo puede remediarla, nada puede im­pedirle que vaya a Él. El poder que recibe le hace rom­per cadenas, salvar océanos, escalar grandes obstáculos y no descansar hasta hallarse en Sus protectores brazos. Aquel ladrón moribundo pasó por esta misma experiencia y por eso clamó: “Acuérdate de mi…” Sí, voy a morir pero Tú puedes salvarme; las llamas del infierno casi me rodean ya, pero Tú puedes rescatarme. Señor, “acuérdate de mí”.

¿Crees, lector, que tu necesidad espiritual es, por ven­tura, menor? No. En realidad es más granee de lo que imaginas. Las cosas infinitas no se pueden comparar. ¿Acaso piensas que la felicidad que has perdido no es tan preciosa como la de aquel hombre? ¿Es que tu eternidad es menos eterna que la suya? Esto es imposible. Por lo tanto, debo preguntarte si tú has clamado con igual in­tensidad, “acuérdate de mí”. ¡Qué feliz será el alma que busca así al Señor! El cielo será su infinita recompensa, y el gozo será suyo para siempre. Así fue para el ladrón, y así será siempre. Cristo le amó y su palabra surgió pronta: “…hoy estarás conmigo en el paraíso”. La promesa no deja lugar a dudas ni demoras. Cuando un pecador dime, Cristo se compadece. Cuando un pecador ora, Cristo le contesta. La petición fue: “Acuérdate…” y la respuesta vino rápida: “Estarás conmigo…” ¡Bendito do­lor! ¡Bendita fe! ¡Bendita oración! ¡Bendita gracia! ¡Ben­dito Salvador! Señor, Tú eres digno de llamarte Jesús, y (le reinar en mi corazón. Tú eres digno de ser anunciado en todo el orbe, y de ser el himno de eterna alabanza.

Pudiera ser que me esté leyendo alguien que, durante muchos años de pecado e incredulidad, se ha tambaleado al borde del precipicio de la perdición. Pero todavía vi­ves; y Cristo también vive; y el Espíritu sigue lleno de la misma ternura y poder para salvar. Por ‘o tanto, aún hay esperanza. La puerta no se ha cerrado del todo. Aquel ladrón se apresuró y, en el último momento, halló gracia. Tuvo una oportunidad única, supo aprovecharía, y ahora está con Cristo. ¿Qué vas a hacer tú? ¿Prefieres permanecer inmóvil y perecer así?

Pero pudiera ocurrir que Satán, el padre de mentira, haga la sugerencia de que a la hora de la muerte habrá tiempo para arrepentirse, para creer e implorar miseri­cordia. No lo creas. Tenemos el ejemplo del otro ladrón. Su terrible agonía le endureció aún más. El infierno esta­ba cerca, es cierto, pero ni lo podía ver, ni lo temía, ni lo podía evitar. Y ahora, desde aquel lago de fuego, nos avisa que la muerte, que se acerca con piso seguro y mano firme, no puede cambiar el corazón ni engendrar fe.

Sin embargo, prefiero pensar que ya has bebido en la copa de la vida, y, si es así, eres completamente dife­rente de lo que eras antes y de la masa que te rodea. Con agradecimiento deberás reconocer que esa diferencia proviene de aquel Amor soberano que te miró tiernamente y por su gracia te conquistó. Por el poder del pecado eras lo que eras, pero por la gracia de Dios eres lo que eres. El pecado hacía que te contases entre los pecadores. Pero los propósitos y el amor eterno de Dios proveyeron la salvación por medio de Uno que es todopoderoso. Jesús fue contado con los pecadores para que tú fueses contado con sus santos en la gloria eterna.

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10
feb

PENIEL

PENIEL

Por Henry Law

“Y llamó Jacob el nombre de aquel lugar, Pe­niel.” GÉNESIS 32:30.

El corazón más feliz del mundo es aquel en que la fe y la oración reinan sin estorbos. La verdad de esta afir­mación se deriva del hecho de que la fe tiene la llave del cielo; y la oración llega a oídos de Dios. ¿Y quién es tan feliz como el hombre que sabe que siempre puede entrar hasta detrás del velo, y tener allí dulce comunión?

Lector, posiblemente te gustaría ser feliz, como lo son otros. Pídele al Espíritu, pues, que avive esos dones hasta convertirlos en brillante llama. Vayamos a Peniel con este deseo, y esperemos allí hasta que el fuego santo se encienda.

Los días de servidumbre de Jacob han tocado a su fin. El hoyar le espera con sus muchos encantos. Pero al llegar a los limites de su país natal lo encuentra erizado de pe­ligros. Esaú, con su furia terrible y sus fuerzas poderosas, ha salido a interceptarle y destruirle. Aquel vagabundo, que había salido huyendo de la muerte, se encuentra con ella al regresar.

Pero el terror no apaga la fe. Impulsado por ella, Jacob va directamente al trono de la misericordia, y allí se humilla reconociéndose indigno de las migajas de la gracia. La fe se despoja de todo para que toda la gloria sea de Dios. Sus peticiones se basan en que está en el sendero de la obediencia. Con mansedumbre reclama las promesas; porque las promesas de misericordia son los de­rechos de la esperanza.

La fe, que tan ocupada está en el cielo, no está ociosa sobre la tierra. Con cuidado y diligencia va sembrando la simiente de donde ha de brotar el éxito. Triunfa por­que trabaja con la vista fija en lo alto. Pero la increduli­dad fracasa porque mira hacia adentro, o hacia abajo.

Por fin los planes de Jacob quedan bien definidos. Las tinieblas cubren la tierra, pero no traen descanso para su cuerpo. Allí está, solo, a orillas del Jaboc. Aquí veremos de nuevo cómo la gracia aumenta su llama espiritual.

Puedes tener por seguro, lector, que no será un cre­yente constante y capaz el que no guste de estar a solas con Dios. Ni las ceremonias públicas, ni el culto de la congregación, ni la comunión cristiana, ni el intercam­bio de buenos pensamientos pueden sustituir al contacto placentero con Él. La sonrisa de Jesús es más dulce, y su voz más clara, cuando las demás cosas han desaparecido. Es entonces cuando la Palabra revela sus tesoros y las promesas aparecen rebosantes de vida.

Hay muchos que se lamentan de su espíritu sin vida y su trabajo estéril. La causa de esta sequedad es que se frecuentan demasiado los lugares bulliciosos, mientras que la cámara secreta se visita raramente.

Pero, ¿dura mucho la soledad de Jacob? ¡Oh, no! Un extraño se acerca repentinamente, y trabando de él for­cejea con gran poder para detenerle, y derribarle a tierra. ¿Y quién es este que lucha en la calma de aquella noche solemne? La forma es humana, pero la persona es divina. En cierto lugar leemos: “Como un príncipe tú tienes po­der con Dios”; por lo tanto el luchador es Dios; y Jacob confirma este hecho: “Vi a Dios cara a cara…” Y así, tras el velo de una aparente mortalidad, entrevemos al anunciador del pacto eterno, nuestro Emmanuel, Dios manifestado en la carne. Con Adán habló en el jardín en forma humana; como hombre, también, anduvo al lado de Abraham; y como hombre lucha aquí con el errante patriarca. Es, verdaderamente, una gran manifestación de la gracia que Jesús descendiera, en la semejanza de hom­bre pecador, a este suelo de pecado. Pero es todavía mayor gracia que, en el cumplimiento de los tiempos, Cristo incorporase nuestra humanidad a su divinidad, y la lle­vase a la cruz, luego al sepulcro, y por último ascendiese con ella al cielo, como su vestidura triunfal para siempre.

¿Cuál es la causa de esta lucha? Cada acción de Je­sús viene a ser como un gran volumen repleto de ense­ñanzas doradas. Por esta razón, tanto Jacob como los peregrinos que le habían de seguir, descubren que la tie­rra prometida sólo se puede ganar luchando con fuerzas opuestas. Ejércitos de pruebas, tristezas, temores y pro­blemas se alinean contra nosotros. Con toda su potencia

se proponen detener nuestro avance. Pensemos en José: no le fue tarea fácil escapar de aquellos enemigos tentadores. Pensemos en Job, y en David, en Pablo y los Após­toles, y en los demás santos que brillan en las páginas de las Escrituras. ¡Cuántas luchas y peligros mortales les atormentaron! Pero lucharon con valor hasta derramar su sangre.

Lector, si has experimentado poco de este conflicto espiritual, tal vez se deba a que no estés en las huestes de Cristo. Examínate. ¿Estás verdaderamente en la fe? Si lo estás, recuerda que ante la cruz desenvainaste una es­pada que ya no tiene funda sobre la tierra, y que pocas veces halla un momento de reposo. Los que ganan la corona tienen que pelear la buena batalla. “El reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.”

No creamos que la lucha, aunque dura, fue corta. Duró “hasta que rayaba el alba”. La tierra es un valle de tinieblas y tristezas; pero dentro de poco las sombras se disiparán, y aparecerá el resplandor de una eternidad sin nubes. El fatigado peregrino entrará en la ciudad que “no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera”. Entonces, en aquel lugar perfecto, habrá des­canso perfecto.

Algo que también nos llena de asombro, es la intre­pidez de Jacob. Aunque no es más que un pobre gusano, no se deja aplastar. Se enfrenta con poder al poder; con fuerza a la fuerza; con pericia a la pericia. No quiere, ni puede, rendirse. Una y otra vez saca nuevas energías, y emplea todo el vigor de sus músculos. No es más que carne y sangre, como nosotros, pero no se le domina fácilmente.

Es de suma importancia que entendamos bien cuál es la causa del indómito heroísmo de Jacob. Sin sombra de duda alguna se debe decir que era la fe. Jacob había se­guido al Señor de cerca. Sabía que la voz que le habla lla­mado significaba la victoria. Por eso estaba convencido de que era más fácil escalar los cielos y ponerlos en desorden, que frustrar su seguro triunfo. La fe es una roca cuando se apoya en la roca de una promesa. No es algo terreno y, por lo tanto, es imperecedera. Su energía es divina, porque viene del cielo. Sobrepasa todas las dificultades porque mira a Jesús, y, por apoyarse en Él, es tan firme como Dios mismo.

Pero la lucha de Jacob no se libró sólo con fe, sino también con lágrimas y súplicas. Así lo relata el profeta en Oseas 12:4; y hemos de tener en cuenta que la pluma de Oseas estaba en la mano de Dios. De aquí deducirnos que la fe siempre es diligente, y por ello ora; y que siem­pre es humilde, y por eso llora.

Aquí podemos ver, otra vez, la puerta del cielo abier­ta, y a Jehová vencido por un santo en oración. La ver­dadera oración no usa cumplidos. Se acerca a Dios y se une a Él, sin darle reposo hasta que una sonrisa aprobato­ria confirma que la petición ha sido concedida. Dios no puede, ni quiere, desentenderse de sus intensos esfuerzos, porque en el cielo se ha declarado que la oración triun­fará. No quiere desentenderse porque la oración es el mo­vimiento de su Espíritu en el corazón, y la voz de su Espíritu en los labios. Negar la oración seria negarse a Sí mismo. Contestarla con el silencio significaría que Él mismo no se contestaba. “…si pedimos alguna cosa con­forme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquier cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho.”

Alma, examina bien la descripción que las Escri­turas hacen de la oración. Según Isaías 64:7 es “apoyarse” en Él. En Isaías 62:7 se dice que es un no darle tregua. Aprende, pues, estas verdades en todo su poder. Haz de ellas algo habitual y sabrás lo que es bienestar y paz en el alma.

El corazón experimentado en la fe y la oración, pier­de su dureza natural. Se vuelve blando, como el amor de Jesús; y tierno, como el susurro de su misericordia. La mirada encendida de Jacob proclamaba su amor por el Señor, que tan firmemente aferraba, y el profundo sen­tido de la gravedad de su pecado.

Recuerda, lector, que si no tienes fe, oración y que­brantamiento de corazón, no hay en ti señales de vida. Pruébate, yendo a Peniel. No te marches de allí hasta que oigas estas palabras: “…grande es tu fe; hágase con­tigo como quieres.” Y también: “…ésta ha regado mis pies con lágrimas… Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porqué amó macho”.

Pero somos de tal manera que la grandeza espiritual puede sernos una trampa. Puede exaltarnos indebidamen­te, o llevarnos a exaltar a otros. Esto seria una victoria destructiva que dejaría al vencedor con las cadenas de la soberbia. Nuestro buen Señor sabia esto, y como es mejor prevenir que curar, “tocó en el sitio del encaje de su muslo, y se descoyuntó el muslo de Jacob”. Aquí tene­mos un espejo que refleja el modo en que el Señor guía a sus hijos. A1 triunfar quedan impedidos, para que no perezcan por causa del triunfo. La mucha gracia se ve moderada por la carne débil, para que ésta no escale a las peligrosas alturas del orgullo. Nuestras propias fla­quezas nos convencen de que, aunque el Señor cede, tiene poder suficiente para derribarnos. Así se aprende que el triunfo es un don suyo, y no el resultado de nuestro po­der. Dios obra en nosotros tanto el querer como el hacer.

Contemplemos una vez más los triunfos que esa fe perseverante obtiene. El ángel concede la victoria y pide quedar libre de los brazos que le atenazan. Jacob, con el muslo desencajado, pero con la fe fortalecida, no pide otra cosa sino un aumento del favor celestial; y con santa confianza exclama: “No te dejaré, si no me bendices”. No se preocupa por la curación de su cuerpo, ni por su pros­peridad material, sino, solamente, por más señales del amor de Dios, y por más salud interior. Su oración es: “Bendíceme”. El Señor se deleita en tan nobles aspiraciones. Las honra porque le honran a Él. Las premia con todo lo que el mismo Dios puede dar. ¡Cuenta, si puedes, el botín que Jacob obtuvo cuando el Señor le bendijo!

Un nuevo nombre, además, vendrá a dar fama per­petua a su hazaña. Siempre que se lee o predica la Pala­bra de Dios, el nombre de Israel nos habla del poder principesco que Jacob tenía para con Dios y los hombres. Por un lado luchó con Dios para que le bendijese, y por otro fue capaz de conquistar el corazón de Esaú, hacien­do de él un vasallo.

Lector, si fueses un verdadero israelita, el cielo y la tierra serían tuyos. El cielo seria tuyo para bendecirte. y la tierra seria tuya para servirte.

Jacob, pues, recibe un nombre, pero, a su vez, él tam­bién da un nombre, y llama aquel lugar, Peniel “porque dije: Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma”. Sé un verdadero israelita y cada sitio será un nuevo Peniel. En todas las situaciones podrás ver a Dios de cerca. Tan­to en la vida como en la muerte, podrás vera Dios sin ser deslumbrado. El lugar secreto de oración será un Pe­niel donde, al arrodillarte, Dios descenderá v te confor­tará. El culto familiar será otro Peniel donde verás cómo Dios extiende sus brazos de misericordia sobre ti y los tuyos. Cada página de la Biblia vendrá a ser un Peniel que lucirá con el esplendor de Aquel que es la luz de la Vida, y el Sol de justicia. Incluso el lugar de trabajo será como Peniel, porque allí está el Señor. Los templos que Dios tiene en la tierra pueden ser como Peniel, y en las oraciones, alabanzas y proclamación de la verdad, el Señor se manifestará como no lo hace con el mundo. El momento de la muerte será un Peniel porque Jesús vendrá para llevarte al hogar del Padre. Y, por último, la eternidad será el más glorioso Peniel, pues allí tendremos una vi­sión perfecta de Dios, cara a cara.

¡Oh, Señor Dios de Israel, tu poder y tu amor son infinitos. Utiliza, si es tu voluntad, estas líneas para hacer que algún alma se acerque a Peniel!

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10
feb

LA ESCALA

LA ESCALA

Por Henry Law

“Y soñó: y he aquí una escalera que estaba apo­yada en tierra, y su extremo tocaba en el cielo…” GÉNESIS 28:12

La voz que nunca yerra dice: “Sabed que vuestro peca­do os alcanzará.” Por lo tanto, la miseria sigue los pasos del trasgresor en cumplimiento de esta ley eterna. Cuan­do los pies se apartan del sendero del Evangelio, sólo ha­llan surcos sembrados de dolor. La piedad es un remanso de paz; pero el que se aparta de ella se encuentra en un mar de dificultades.

El caso de Jacob confirma, dolorosamente, esta ver­dad. Como un paria vagabundo marcha por un camino hosco y solitario. El viaje que tiene ante él es largo y peligroso. Recuerda con añoranza todo lo que ha dejado atrás. Le sobrecoge un temblor al prever los males del mañana. Pero su angustia más profunda proviene de una conciencia turbada: si abandona su casa es porque pri­mero ha abandonado a Dios.

Alma, sopórtalo todo y sufre mucho, si es necesario, pero nunca te aventures, inducido por tretas malignas, a andar delante de la columna de fuego y la nube. El pe­cado del hombre no puede acelerar los propósitos prede­terminados de Dios. Por el contrario, detiene la mano dispuesta a bendecir y la arma con el azote disciplinario.

Posiblemente nunca se ha puesto el sol estando una persona tan sombría como lo estaba Jacob cuando se detuvo en Luz. Su techo era el firmamento, su lecho la tie­rra desnuda, y una piedra rugosa le bastó para apoyar cabeza.

Pero Jacob era, desde la eternidad, heredero de una herencia imperecedera, que no se puede perder. Por eso tenía él un amigo que se dolía con él, y cuidaba sus pasos con solicitud. Era el Señor, cuyo amor es sabiduría, y que guía a sus hijos a pasos difíciles para su bien, no aban­donándolos en la adversidad. Esto es lo que ocurrió con Jacob y lo que seguirá ocurriendo mientras los santos tengan necesidad de ser humillados para que después se levanten con seguridad.

Por fin el sueño vence sus ojos cansados. Pero en las velas de la noche el ojo de la fe percibe, con gozo, maravillosas enseñanzas. “Y he aquí una escalera que estaba apoyada en tierra, y su extremo tocaba en el cielo.” Ésta era una señal muy clara de Aquel que nos reconforta revelándose a Sí mismo. La simiente de la mujer, la ben­dición de la tierra y el pacto con Su pueblo, quedan revelados en este significativo símbolo. El Redentor se presenta en su persona, su obra y su gracia maravillosa. El patriarca descubrió que el estar lejos del hombre es estar cerca de Dios. Levantándose exclamó: “Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabia.”

Esta imagen, tan llena de verdad evangélica, no se desvaneció cuando llegó la aurora. Su poder alcanza para enseñar por todas las edades, y para hacer de todo lugar solitario un nuevo Bet‑el para un corazón peregrino.

Considera bien esta escalera. Jamás ha habido una semejante en la tierra. Su extensión es tal que llega a unir el mundo de la divinidad y el de los hombres. Nuestra morada envilecida por el pecado queda conectada a la mansión del Eterno. Apoyándose en el mismo suelo que nuestros pies manchan, se alza, atraviesa los cielos y llega al mismo trono de Dios.

Por lo tanto es un símbolo del Señor, que a la vez que es el Altísimo, es también el más humilde; y que no estimó como cosa a que aferrarse el ser semejante a Jehová, antes tuvo por sumo gozo contarse entre los miembros de la gran familia humana. Este símbolo muestra a Jesús en el milagro de su persona: hombre sin cesar de ser Dios; Dios sin rehusar ser hombre.

¡Buenas nuevas son éstas! Debemos asirlas como ancla de nuestra esperanza y luz de nuestra salvación. El Je­sús en quien creemos es el Dios Todopoderoso. Todo lo que la Divinidad posee de poder, sabiduría, amor y do­minio ha sido suyo, y lo será por todas las edades. Nació en la eternidad. Su hogar es el cielo. Su potencia es infi­nita. Su voluntad siempre se cumple. Se corona de gloria, y el brillo de su diadema es la redención de las almas. Ni aun forzando el pensamiento podemos llegar a com­prender su inmensidad. Al final de esta escalera está Je­sús reinando como Dios viviente.

Hay que hacer observar, también, que un Salvador inferior a éste no podría haber salvado un alma manchada de pecado. Porque ¿qué es el pecado? El pecado es un mal infinito, porque ultraja todos los atributos infinitos de Dios. Por esta razón va siempre unido a un castigo infi­nito. Sus consecuencias son incalculables. Sube hasta el cielo y despierta la ira divina. Desciende al infierno y enciende las llamas inextinguibles. Es de consecuencias eternas. Se hace en un momento, pero no se puede desha­cer por todas las edades ¿Y quién puede quitarlo? Si el hombre lo roca se vuelve más pecaminoso. Los esfuerzos de los ángeles son inútiles. Pero viene Jesús, y al derramar su sangre desaparece el pecado. La causa es ésta: Jesús es Dios. Si los cielos fueran el púlpito. el trueno rugiente la voz, y todo el universo la audiencia, no habría frase más digna de decirse que ésta: La sangre da Jesús lim­pia de pecado, porque la sangre de Jesús es la sangre de Dios.

De aquí proviene el deleite que Jesús da al corazón redimido. Consciente de sus iniquidades, halla en los méritos del Dios Salvador un sepulcro donde enterrarlo todo. Ahora podemos comprender por qué hay muchos que tienen en poco esta gran salvación, y se contentan con un pobre refugio que ellos mismos fabrican. Es porque no saben lo que es el pecado. Pero cuando el Espíritu toca la conciencia, dejando el pecado al descubierto, ya no pue­de haber paz sino en el refugio divino. Cristo, y Cristo sólo, es ese refugio.

Temo que para muchos todo esto sea una verdad ocul­ta. Los hombres se atreven a jugar con los elementos de la naturaleza, pero si pudieran ver esta verdad no se atreverían a pisotear al Dios salvador.

Este símbolo también anuncia que Jesús se ha revesti­do con nuestra naturaleza. La escalera apoyada en la tie­rra representa a Jesús siendo tan verdadero hombre como nues­tro hermane para redimirnos. El hombre debe morir. Jesús, como hombre, cuelga de la cruz para representar­nos; y, come Dios, está allí para sustituirnos. Su divinidad da poder al acto y su humanidad lo confirma. La una representa su absoluta suficiencia, y la otra su perfecta idoneidad. De este modo Cristo cancela la deuda y sufre todo el castigo. La maldición a desaparecido ya es verdadero Dios. Sí, nuestro Creador se ha hecho cambio ha creado una maravillosa justicia. Su esposa, la Iglesia, sube con esplendor inmaculado hasta el trono de Su gloria.

Los usos comunes de la escalen ~ nos pueden enseñar mucho en el divino arte de acudir a Jesús vara obtener su ayuda. Con una escalera nos despeamos del suelo y nos elevamos a las cosas que están arriba. Así también, por medio de Jesús, nuestras almas hallan el paso franco para elevarse de su bajo estado a las hermosas alturas de Sión. El pecado, además de dejarnos postrados y sin me­dios para remontarnos, abrió un abismo que el hombre, por sí solo, no podía salvar. Pero cuando Jesús se inter­pone, la distancia desaparece.

Sé que el deseo de tu corazón es que tus oraciones y alabanzas lleguen hasta Dios. Pues bien: confíalas a Jesús y nada podrá detener su ascenso. Ansias que tus lágrimas de penitencia y tus suspiros de dolor se oigan en aquel lugar donde reina la misericordia. Entonces, gime unido a Jesús y tocarás el corazón del Padre. Si te estás esforzando para que tus palabras y tus obras glori­fiquen su nombre, hazlo todo en la presencia de Jesús y nada será en vano. ¡Qué hermoso es ver aparecer todas las esperanzas y acciones de la fe ante el trono de Dios! Sabes, también, que pronto has de morir. Encomienda tu espíritu al cuidado de Jesús, y, cuando quede libre de esta prisión de barro, se remontará, como con alas de águi­la, y no se detendrá hasta transponer las puertas del día eterno.

Pero la misma escalera también sirve para descender. ¿Cómo podríamos recibir las provisiones que necesitamos de arriba? Sólo Jesús ofrece un camino abierto. A través de Él el Espíritu es derramado. La luz que disipa nuestras tinieblas, las visiones de su amor redentor, la forta­leza para empezar y proseguir la carrera celestial, y el gozo que nos reaviva, descienden por esta línea de unión. Cuando el creyente se sitúa en esta escalinata, puede oír voces que le aseguran que su iniquidad ha sido perdonada, y su alma salvada. Éste es el camino por donde las pro­mesas llegan hasta su mano, y las contestaciones le de­muestran que sus oraciones han sido escuchadas. ¿Cómo podremos bendecir bastante a ese Jesús que une a un pue­blo bendito con un Dios bendecidor?

Lector, este tema es personal y práctico. Dime si has hallado, si aprecias debidamente y si utilizas a diario esos escalones venidos del cielo. El solemne significado de esa pregunta es éste: ¿Estás unido, por fe, a Jesús? La fe es el ojo que ve esa escalera, la mano que la toca y los pies que nos hacen subir. Para saber si el Espíritu te ha revela­do lo que para Jacob fue nueva vida, hay una prueba sencilla: ¿Eres capaz de pisotear el mundo con sus pasio­nes, sus costumbres, sus máximas y principies? Los pies que están en la escalera ya no descansan en la tierra. El hombre que está en Cristo se encuentra muy por encima del mundo. “…No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.”

Aún hay otra prueba: ¿Vives una vida ascendente? El creyente va subiendo, paso a paso, de bendición en bendición. No puede haber crecimiento en tanto que nues­tros afectos nos aten al fango. Hay que ser completa­mente de Cristo o no se puede ser en absoluto.

Ese ascenso requiere un esfuerzo. Los cristianos tienen Cada nervio en tensión. Corren, inagotables, una larga carrera. Luchan en oración. Su celo fluye como la marea del océano. No se cansan de buscar en la mina de la Verdad, y de esparcir las riquezas que encuentran. Es como si invadiesen el cielo con santa violencia. Lector, si eres un haragán o un perezoso soñoliento, temo por ti. Cristo trabajó en lo tierra, y Cristo trabaja en los cielos. Como es la cabeza así han de ser los miembros. Tal como es el Señor así han de ser los siervos.

Ten cuidado, también, de las escaleras falsas. Satanás ha preparado muchas. Tienen una forma agradable, pa­recen alcanzar el cielo. Pero, en realidad, su extremo apunta al infierno. Sus escalones están podridos y se quiebran con facilidad. Sólo hay una escalera de salva­ción: Cristo Jesús.

Creyente: has profesado estar en esa escalera. Está firme. Vigila y ora. Han habido quienes parecían subir bien y cayeron estrepitosamente. El resbalón más peli­groso es el que se da cuando casi se ha llegado arriba. Si sabes que has caído, levántate y adora a Dios para que tu vida prosiga. Levántate y suplica misericordia para volver a ascender.

Pecador: tú no sabes nada de este camino a Dios. En este momento te encuentras alejado. ¿Cómo podrás re­sistir el estar alejado para siempre? Escucha; y que el Es­píritu bendiga esta última palabra. Hay una Escalera para apartarse de cada pecado y de cada dolor terreno. Pero no hay escalera para escapar de la paga del pecado. No había escalones para que el rico hombre se acercara al seno de Abraham. No hay salida por donde judas pue­da huir de su prisión.

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3
feb

JEHOVA‑JIREH

JEHOVA‑JIREH

Por Henry Law


“Y llamó Abraham el nombre de aquel lugar, Je­hová proveerá.”

GÉNESIS 22:14.

La fe es la estrella más brillante en el firmamento de la gracia. Su origen es muy alto, pues ha nacido en el cie­lo. Su hogar, no obstante, es muy humilde, pues habita en la tierra, en los corazones de los redimidos. Las obras de la fe son poderosas porque convence a Dios, y derro­ta al pecado y a Satán. La fe derriba aparentes dificulta­des; sobrepasa toda clase de obstáculos; cruza rápidamente mares de problemas; equipa al guerrero cristiano para el combate, dándole un escudo para defenderse y una espada para atacar. La fe puede leer la mente de Dios. La fe hace que Jesús sea el rey de nuestro hombre interior. La fe enciende y alimenta la llama del amor, y abre los labios en oración y alabanza. La fe vivirá has­ta que los portales de luz se abran a su contacto, y morirá cuando vea al Señor cara a cara.

Siendo así, ¿no deberíamos ansiar este don precioso? ¿No deberíamos usarlo para nuestro bien? ¿No debería­mos buscarlo como si fuese el mejor tesoro?

Si tienes este deseo, ven conmigo y examinemos el po­der de la fe en uno de los pasajes más nobles de la edi­ficante vida de Abraham; y que el Espirito Santo nos acompañe con sus amorosas enseñanzas para que llegue­mos a ser herederos de la fe y bendición de aquel gran siervo de Cristo. Dios reparó en Abraham cuando éste estaba hundido en el pecado. Hizo que se apartara de adorar a ídolos de piedra y madera, para que viese la luz de la vida. Después, el Señor le habló con frecuencia en dulce comunión. Ante sus ojos desplegó las inescruta­bles riquezas de la redención. También le prometió que el Salvador que había de venir adquiriría naturaleza hu­mana a través de su familia. Sin embargo, las esperanzas de tener descendencia eran nulas. Pero el Señor habló Isaac vino al mundo.

Después de tales milagros, y tan maravillosas prome­sas, cumplidas de manera no menos maravillosa, “probó Diosa Abraham.” Dios mandó una dificultad para pro­bar la realidad y fortaleza de su fe.

Una fe sin poner a prueba y sin sondear, es una fe incierta. Sabemos la calidad de un metal por lo que puede hacer y resistir. El valor del soldado se pone de mani­fiesto en el campo de batalla. La roca que no se mueve a causa del oleaje manifiesta estar firme. Los fundamen­tos de una casa son buenos si el edificio no se conmueve con las vibraciones.

Pero las pruebas hacen algo más que investigar la profundidad de la fe. Su otro objetivo es consolidarla e inyectarle vigor. Un tendón sometido a un frecuente es­fuerzo se hace más fuerte; y el corredor que se prepara mucho es el que gana la carrera.

Si eres, lector, un participante de este bendito don, no te extrañes si tienes que enfrentarte a la corriente de olas contrarias. Es algo necesario, justo y bueno. El re­sultado será una cosecha más rica, si cabe, de certeza y bienestar, y “tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas.”

La prueba que la fe de Abraham tuvo que resistir fue realmente dura. Tenía un hijo que era su alegría, y señal del favor de Dios. Pero, de repente, aquella voz que otras s: ecos había hecho arder su corazón, le llena de un frío hondo: “Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré.” ¿Le engañaban sus oídos? Sus mejores esperanzas quedaban arruinadas. Aquella promesa, más preciosa que la vida, se marchitaba como una planta enferma. El conducto de corriente redentora había quedado obstruido. Pero Dios ha hablado y esto es suficiente. El mandamiento tiene del cielo de forma positiva y clara. No puede estar equivocado. Isaac puede morir, pero la fe no. La fe sabe que Dios posee todo el poder, la sabiduría y la verdad; v que en Él “no hay mudanza ni sombra de variación.” Cuando la vida se ve envuelta en nubes y tinieblas, sur­ge, como una aurora de verano, una palabra de amor y un propósito bienhechor. Por consiguiente, Abraham se levantó temprano, y se apresuró a cumplir Su voluntad.

Este ejemplo nos enseña que la obediencia inmediata; la mejor sabiduría. Dios te habla claramente en la Bi­blia, mostrándote el único camino de la vida. Dios te llama para que, por fe, le ofrezcas el sacrificio de un Cor­dero sobre un altar. Levántate pronto y obedece, porque el retraso es la red más sutil que Satán pueda tender. Habrá muchos en el infierno que llorarán por la vacila­ción que les llevó a su triste situación. Ellos esperaron, pero la muerte no esperó. Los mandamientos que se des­oyen se convierten en el camino más rápido hacia el in­fierno.

Abraham viajó tres días camino de la montaña indi­cada. Este largo espacio de tiempo era oportunidad sobrada para que la incredulidad intentara disuadirle. Era mucho tiempo para que el corazón de aquel padre pu­diera resistirlo. A1 mirar a su hijo se sentía invadido por la angustia, pero al volver su mirada a Dios una paz infinita le embargaba.

La fe, lector, es un don que persevera y no titubea nunca. Su firme asidero es la Palabra. No obstante, hasta la fibra más honda del sentimiento se debe sentir tocada por la sencilla pregunta del confiado Isaac: “Padre mío… he aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde está el cordero para el holocausto?” Es imposible explicar la amustia de aquel momento. “Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío.” Aquí vemos la fe en su forma de simple confianza y actuando, según su único propó­sito. No se tambaleaba. Su posición es como la de un gi­gante sobre la tierra cuya cabeza traspasara los cielos y contemplase a Dios. La fe deja el tiempo, el lugar, los medios, el método, todo, en las manos de Dios. Y así va avanzando, sabiendo que los caminos de Dios llevan a la gloria de Dios.

Todo sucedió rápidamente: Isaac quedó atado y se le colocó sobre el altar. La mano se alargó para coger el cuchillo. El último momento había llegado. Pero el último momento es el momento adecuado para recom­pensar la fe con paz y victoria. La voz que antes ordenó, ahora prohíbe. El que había dicho: “Toma ahora tu hijo”, detiene la tragedia diciendo: “No extiendas tu mano so­bre el muchacho.”

Éstos son los caminos maravillosos de Dios. Su pala­bra se cumple. La fe triunfa. Las pruebas no hacen sino confirmarla y agrandarla.

El patriarca empieza ahora una vida de gozo celestial. Porque la alegría del nacimiento de Isaac no es nada comparada con la de su resurrección. El amor de Dios se manifiesta más en esta restauración que en su primer don. Pero esto no es todo: aquel lugar quedó como un monumento para alentar a los fieles de otras generaciones. Abrabam llamó aquel sitio Jehová‑Jireh (Jehová proveerá), por tanto se dice hasta hoy: “En el monte de Jehová será provisto.”

Este recuerdo, creyente, proclama la provisión com­pleta que Jesús presenta a su pueblo. Él los ama, los cui­da y los enriquece. Estas páginas se escriben con el objeto de que hagas de aquel lugar tu rincón predilecto cada día. Puedes estar seguro de que aquí hay plena abundancia vara este tiempo y para la eternidad; abundancia para Cuerpo y espíritu en todo momento imaginable.

Sé muy bien que tu pobreza es profunda, y que estás en muchos peligros, y que tus fuerzas son muy escasas. Pero, a pesar de todo, eres rico y estás a salvo, y eres fuerte, porque Jesús cambia tus cisternas rotas y vacías con fuentes desbordantes.

Cuando sientas que el peso de tus pecados es intole­rable, v que te hunde hasta lo profundo del abismo, ve a Jehová‑Jireh. Jesús proporciona allí el alivio necesario. Su brazo es el brazo del Omnipotente. Con su mano po­derosa coloca toda su culpa sobre Sí mismo, y la lleva lesos, donde no puede ser hallada.

Cuando quieras estar seguro de que tu deuda está pagada y de que todo el castigo se ha cumplido, ve a Jehová‑Jireh. Jesús se ha hecho carne y ha venido a ser tu mejor sustituto, para que con tu naturaleza, y en tu lugar, lo pague y lo sufra todo.

Cuando tu alma tiemble y se estremezca, como una paloma entre halcones crueles, ve a Jehová‑Jireh. Jesús da ayuda en cada dificultad, poder en cada quehacer, protección en cada tormenta. Su voz declara con segu­ridad: “Yo Jehová la guardo, cada momento la regaré; la guardaré de noche y de día, para que nadie la dañe.” Del mismo modo que el sol está lleno de luz y el océano de agua, así también Jesús tiene abundancia de todo don necesario. Es como un árbol cargado de fruto en toda época del año. Siempre que nos acercamos tiene fruta madura al alcance de la mano, que es la fe. La gracia que Él da se aplica a cada necesidad. En el momento del trabajo su gracia se adapta a éste, y así lo hace con nuestras luchas, con la oración, con el sufrimiento y con la misma muerte. Hay gracia para la prosperidad y para la adver­sidad; gracia para la vida pública y privada; gracia para los que gobiernan y para los que obedecen; gracia para la infancia, para la madurez y para la senectud; gracia para la salud, y para la enfermedad y el dolor. Cuando el Padre dio a Jehová‑Jireh a la Iglesia, dio un don que lo contenía todo: “El que no escatimó ni su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?”

Lector, quisiera preguntarte solemnemente si has bus­cado a Jehová‑Jireh. ¿Es Jesús el rey y dueño de tu co­razón? Si es así, haz lo posible por conocer tu gran pose­sión; gózate y vive en ella. No malgastes tu dinero en lo que no satisface. Come del manjar que está ante ti para que tu alma se deleite en abundancia. No te quedes en una choza sufriendo penurias, cuando su rico palacio te invita a entrar. No te apoyes en un bastón roto, tenien­do tan cerca la Roca eterna para sostenerte.

Pudiera ser que algún pobre pecador oyera de esta gran abundancia y exclamase: ¡Oh, si pudiera participar de esos benditos manjares. Mientras que otros se deleitan, yo muero de hambre. Amigo, ¿y por qué es eso? ¿Por qué no puedes disfrutar de ese fértil valle? Es porque estás muy lejos de Jehová‑Jireh, y porque hay muchas barreras que te impiden el paso. Pero las Escrituras proclaman que todavía hay lugar; y el mismo Jesús se acerca a la puerta de tu corazón y llama. En estas líneas que tienes ante ti, te pido que le abras. ¿Vas a tardar o a rehusar? ¿Por qué prefieres ser pobre y miserable ahora y por la eternidad, si Jehová‑Jireh te invita a participar de la plenitud de la gracia en esta vida, y de la gloria en la futura?

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