John Bunyan – La Gracia Abundante (INTRODUCCIÓN)
INTRODUCCIÓN
Al contaros la forma en que Dios con tanta misericordia obró sobre mi alma, no estará de más, creo, deciros en primer lugar algo de mi pasado y de la forma en que fui criado; porque con ello se hará más evidente la bondad de Dios hacia mí. Procedo de una familia de condición de vida muy humilde. La casa de mi padre era una de las más despreciadas entre todas las familias de aquellos alrededores. Así que no puedo blasonar de sangre noble o de alcurnia, como hacen muchos. Pero, incluso así, alabo el nombre de Dios, porque fue de este fondo que me llamó a participar de la gracia y vida que hay en Cristo. A pesar de la pobreza de mis padres, Dios se agrado de poner en su corazón el que yo fuera a la escuela para aprender a leer y escribir. Aprendí más o menos como hicieron los otros niños de familias pobres, aunque tengo que confesar para vergüenza mía que pronto perdí lo que había aprendido, mucho antes de que el Señor hiciera en mí su obra de gracia para la conversión de mi alma. Durante los años que viví sin Dios, seguí a lo largo del curso del mundo, el espíritu «que ahora actúa en los hijos de desobediencia» (Efesios 2:2). Me deleitaba en que el demonio me retuviera cautivo a su voluntad (2 Timoteo 2:26), habiéndome cubierto de toda injusticia, que operaba con tanta fuerza en mí, que apenas había quien me igualara en maldecir, jurar, mentir y blasfemar el santo nombre de Dios. Estaba tan arraigado en estas cosas que pasaron a ser para mí como una segunda naturaleza. Esto ofendió tanto al Señor que incluso en mi infancia El me envió pavorosos sueños y visiones Porque, con frecuencia, después de haber pasado un día en el pecado, era afligido en gran manera, cuando dormía, por el sentimiento de la presencia del demonio y espíritus malignos, que, según pensaba yo entonces, trataba de llevárseme con ellos, y yo no podía librarme. Fue durante estos años que yo estaba gran-demente turbado por ideas sobre los horrorosos tormentos del fuego del infierno. Y temía que mi destino se hallaba entre aquellos diablos y monstruos infernales que están atados con cadenas y argollas de oscuridad, esperando el juicio. Cuando era un niño de unos nueve o diez años, estas cosas desazonaban mi alma, hasta el punto que incluso en medio de muchos juegos y otras actividades de niños, y entre el recreo con mis amigos despreocupados, yo me hallaba muy deprimido y afligido en mi mente, por estos pensamientos; con todo y o no podía desprender-me de mis pecados. Estaba tan abrumado por la desesperación de que no vería nunca el cielo, que muchas veces deseaba que, o bien no hubiera infierno, o que silo había, yo pudiera ser un diablo, porque suponía que sería mucho mejor el atormentar a otros que el ser uno mismo sometido a tormento.
Después de un tiempo cesaron estos terribles sueños, y pronto los olvidé, pues mis vicios y placeres pronto borraron la memoria de ellos, como si nunca hubieran existido.
Y entonces, con más deseos que nunca, di rienda suelta a mi concupiscencia y me regodeaba en toda clase de transgresiones contra la ley de Dios; de tal modo que era el cabecilla de toda especie de vicio e impiedad, hasta el tiempo en que me casé. Pero si no hubiera sido por un milagro de la gracia, no sólo hubiera perecido de un golpe de la justicia eterna, sino que hubiera quedado como vergüenza y ludibrio ante la faz de todo el mundo. Durante estos tiempos, el pensar en Dios me era muy desagradable. No podía tolerar estos pensamientos yo mismo, ni podía aguantar que otros los tuvieran; y siempre que alguien leía libros cristianos, yo pensaba que el tal era como si se hallara en una cárcel. Entonces yo decía a Dios: «Apártate de [mí], porque no quiero conocer tus caminos» (Job 21:14). Durante estos tiempos yo estaba desprovisto de todo lo que fuera bueno. El cielo y el infierno se hallaban ambos fuera del alcance de mi vista y de mi mente; en cuanto a ser salvo o perderme, no me importaba un comino. ¡Oh, Señor, Tú conoces mi vida y lo que eran mis caminos no están escondidos de Ti! Y con todo, qué bien recuerdo que aunque pecaba con el mayor placer y deleite, si vela a alguien que decía ser cristiano que hiciera algo malo, me hacía temblar el espíritu. Recuerdo, de un modo especial, cuando yo me hallaba más sumido en todo esto, que oí a alguien que decía ser religioso, que estaba maldiciendo; esto hundió mi espíritu en el mayor abatimiento, y me hizo sangrar el corazón. Pero Dios no me había abandonado por completo, sino que me iba a la zaga. Durante este tiempo no me hacía sentir lo malvado que era, pero envió varios de sus juicios templados con misericordia. Una vez caí en una zanja y por poco muero ahogado. Otra vez zozobré en un bote en el río Bedford, pero su misericordia me salvó. Y aun otra vez, yendo por el campo, con mis amigos, vimos una víbora que se arrastraba por el camino, y le di con un palo en la cabeza. Cuando se quedó atontada la forcé a abrir la boca con el palo y le saqué el aguijón con los dedos. No hubiera sido por la misericordia de Dios esto podría haber sido causa de un abrupto fin a mis locuras. Sucedió otra cosa sobre la cual he pensado muchas veces con agradecimiento. Cuando yo era soldado me enviaron junto con otros a cierto lugar para que hiciera guardia; pero cuando yo estaba dispuesto a ir, otro solicitó ir en mi lugar: mientras este otro estaba haciendo de centinela en su puesto, le dio una bala de mosquete en la cabeza y cayó muerto. Esto, como he dicho, fueron algunos de los juicios y actos de misericordia de Dios. Pero ninguna de estas cosas despertó mi alma a la justicia, de modo que seguí pecando y aún me hice más rebelde contra Dios y descuidado respecto a mi salvación.
Poco después de mi boda, y por providencia de Dios, mi esposa tenía un hermano y una madre que eran personas piadosas. Al tiempo de mi casamiento, mi esposa y yo éramos tan pobres que ni aun poseíamos a os o cucharas u otros utensilios de la casa. Pero ella tenía dos libros, El camino claro del hombre al cielo y La práctica de la piedad, que su padre le habla dejado a ella al morir. Yo leía estos libros algunas veces, y encontré en ellos cosas que me gustaron, aunque no me redarguyeron de pecado. Ella me contaba con frecuencia lo piadoso que era su padre, y como la reñía y castigaba por lo malo, tanto en su propia casa como en la de los vecinos, y lo estricto y santo de su vida, siempre, tanto de palabra como de hecho. De modo que estos libros, aunque no llegaron a despertar mi corazón respecto a mi triste y pecaminoso estado, me hicieron entrar deseos de reformar mi vida de vicio, y empecé a adaptarme a la religión circundante. Iba a la iglesia dos veces cada domingo, y aunque cuando estaba allí me portaba muy devotamente, hablando y cantando como hacían los demás, con todo, seguía con mi vida malvada. Y estaba tan lleno de superstición que tenía gran devoción a todo lo que pertenecía a la iglesia: el ministro, el escribiente, los vestidos, el servicio, todo. Yo consideraba santas todas las cosas que había en la iglesia y creía que el ministro y los escribientes debían ser especialmente felices y bienaventurados porque eran siervos, según yo creía, de Dios. Este sentimiento fue haciéndose tan firme en ml que cuando yo veía a un sacerdote, no importa lo sórdida o depravada que fuera su vida, me inclinaba en el espíritu haciéndole reverencia. Sentía como si por el gran amor en que los tenía -pues suponía que eran los ministros de Dio- podría postrarme a sus pies. Su nombre, sus vestidos y su obra me fascinaban y me hechizaba. Después de un tiempo en que pensaba todas estas cosas, me vino otra idea a la mente, y era la de si descendíamos de los israelitas. Yo había hallado en las Escrituras que los israelitas eran un pueblo especial para Dios, y por ello pensaba que si perteneciera a esta raza mi alma sería verdaderamente feliz. Anhelaba saber la res-puesta a esta pregunta, pero no se me ocurría la forma en que pudiera averiguarlo. Al fin se lo pregunté a mi padre, y me dijo que no, que no veníamos de los israelitas. Con ello mi espíritu decayó otra vez, y así permaneció. Todo estaba sucediendo cuando yo ni aún me daba cuenta del peligro y maldad del pecado. Nunca consideré que el pecado iba a condenarme, no importa la religión que siguiera, a menos que hallara a Cristo. Nunca pensé tan sólo sobre si esta Persona existía o no. Y de esta manera, el hombre yerra a ciegas, porque no sabe por dónde ir a la ciudad de Dios (Eclesiastés 10:15). Pero un día sucedió que, entre los varios sermones, nuestro párroco predicó sobre el tema: «El día del Señor», y sobre lo malo que era quebrantarlo, fuera con trabajo o con juegos o de cualquier otra forma. La conciencia empezó a aguijonearme, y pensé que este sermón él lo había predicado a propósito, para mostrarme mi mal camino. Esta fue la primera vez que recuerdo en que me sentí culpable y agobiado, por lo menos en aquel momento, y cuando fui a casa al terminar el sermón me hallaba en una profunda depresión de espíritu.
Durante un poco esto me amargó todos los placeres acostumbrados, pero no duró mucho rato. Antes de la comida, una buena comida, las preocupaciones habían desaparecido de mi mente, y el corazón volvía a seguir su curso acostumbrado. Oh, cuán contento estaba de haber podido apagar el fuego, para poder pecar más sin tener que preocuparme. Después de la comida eché el sermón de mi mente y volví con gran deleite a mis juegos y diversiones usuales los domingos por la tarde. Pero aquel mismo día, yo estaba en medio de un juego de «gato» y había dado un golpe, y estaba a punto de dar el segundo, cuando una voz salió del cielo y me penetró en el alma y dijo: « ¿Quieres dejar tus pecados e ir al cielo o seguir pecando e ir al infierno?» Me quedé en gran manera sorprendido, y dejando el juego de «gato» dirigí mi mirada al cielo. Me pareció que casi podía ver al Señor Jesús mirándome desde arriba con desagrado, como si me estuviera amenazando con algún terrible castigo por todas mis prácticas impías. Apenas me había entrado esta idea en la mente cuando de repente esta conclusión se aferró a mi espíritu (pues mis pecados estaban de repente otra vez delante de ml): que habla sido un pecador tan grande que ahora ya era demasiado tarde para pensar en ir al cielo; porque Cristo no me perdonaría, ni perdonaría mis transgresiones. Entonces, mientras estaba pensando esto y temiendo que fuera verdad, sentí que mi corazón se hundía en el desespero y llegué a la conclusión de que era demasiado tarde; y así decidí que lo mismo daba seguir pecando. Decidí que sería un desgraciado si dejaba mis pecados y un desgraciado silos seguía; y si había de condenarme, después de todo, lo mismo daba condenarme por pocos pecados como por muchos. Y así estaba en medio del juego, y delante de todos los otros, pero sin decirles nada. Una vez hube decidido esto me lancé otra vez al deporte; y recuerdo muy bien que el desespero se apoderó de mi alma y quedé persuadido de que nunca más podría ser feliz, excepto por la felicidad que pudiera sacar de mi pecado. El cielo estaba fu era de mi alcance -podía dejar de pensar en él-, por lo que sentí un creciente anhelo de llenarme a rebosar de pecado y gustar la dulzura del mismo. Procuré apresurarme a henchir mi vientre de sus manjares delicados, temiendo morir antes de satisfacer mis deseos, ya que esto era lo que más temía. Esto no me lo invento. Estos eran realmente mis deseos y los quería con todo mi corazón. Que el Señor en su misericordia inescrutable me perdone mis transgresiones. Mucho me temo que esta tentación del diablo es más común entre las pobres criaturas de lo que muchos se dan cuenta. Han llegado a la conclusión de que no hay esperanza para ellos porque han amado el pecado; por tanto «han de ir tras él» (Jeremías 2:25; 18:12).
Por ello fui tras el pecado, pero estaba desazonado, porque nunca parecía satisfacerme. Esto duró más o menos un mes. Entonces, un día, estando unto a la ventana delantera de un vecino, maldiciendo y jurando como tenía por costumbre, la mujer del vecino estaba dentro y me oyó. Aunque era una mujer suelta e impía, protestó que yo jurara de aquella manera. Me dijo que ella, por dentro, estaba temblando al oírme. Que yo era el hombre más perverso y blasfemo que ella había conocido en toda su vida, y que al comportarme así descaminaba a toda la juventud del pueblo si se juntaban conmigo. Esta reprimenda me dejó sin palabra y en secreto me dejó avergonzado. Allí me quedé con la cabeza gacha y deseando ser un niño pequeño y que mi padre me enseñara a hablar, sin este lenguaje desastrado. Pensé, estoy tan acostumbrado a él ahora, que es inútil intentar reformarme, porque nunca lo conseguiré. Pero -aunque no sé cómo sucedió a partir de entonces dejé de jurar, hasta el punto que yo mismo me asombraba de verlo. Cuando previamente soltaba una mala palabra antes de lo que iba a decir y otra después, ahora sin jurar, podía hablar mejor y de modo más agradable que antes. Pero en todo este tiempo no conocía a Jesucristo, ni abandoné mis juegos ni recreos. Poco después de esto entré en compañía con un hombre que se decía ser cristiano. Este hombre hablaba de buena gana de las Escrituras y de cosas religiosas. Me gustaba lo que decía, y fui a buscar mi Biblia, hallé mucho placer leyéndola, especialmente parte histórica. Por lo que se refiere a las cartas de Pablo y otras partes de la Escritura como éstas, no podía entenderlas en lo más mínimo. Era ignorante de mi propia naturaleza y no conocía el deseo y la capacidad de Jesucristo para salvarnos. De modo que empecé una reforma externa, tanto en mi habla como en mi conducta, y decidí procurar guardar los Diez Mandamientos, con miras a ir al cielo. Procuré hacerlo tanto como pude, y en aquellos tiempos estaba muy satisfecho de mí mismo. Pero, de vez en cuando, los quebrantaba, y esto hostigaba mi conciencia hasta el punto que apenas podía dormir. Luego me arrepentía y decía que lo sentía y prometía a Dios que seria mejor en adelante, y volvía a obtener a esperanza, porque pensaba en aquellos días que yo era agradable a Dios tanto como podía serlo cualquier otro hombre en Inglaterra. Seguí así durante un año, y en todo este tiempo nuestros vecinos me tenían por muy piadoso y se maravillaban del gran cambio en mi vida y mis actos. De veras, éste había sido un gran cambio, aunque yo no conocía a Cristo, ni su gracia, fe o esperanza; pero, tal como luego me he dado cuenta, si hubiera muerto entonces, mi situación habría sido espantosa. Tal como decía, mis vecinos se asombraban de esta gran conversión de un blasfemo rebelde a un hombre de vida sobria y moral. Así que ahora empezaron a alabarme y a hablar bien de mí, en mi propia cara y detrás de mí. Ahora era un hombre honrado. Y cuán contento estaba cuando les oía decir estas cosas de mí, a pesar de que no era sino un pobre hipócrita con un barniz encima. Yo estaba orgulloso de mi piedad, y en realidad hacía todo lo que podía para que hablaran bien de mí. Y esto continuó un año o algo más.
He de decir ahora que para este tiempo me deleitaba mucho tañendo las campanas, en el campanario, pero mi conciencia tierna y me vino el pensamiento de dejar de hacerlo. Yo trataba de forzarme a dejarlo; pero mi mente lo deseaba, y así me iba a la aguja del campanario y miraba las campanas cuando tocaban, pero yo no me atrevía a tirar de las cuerdas. Yo mismo pensé que no debía hacer ni esto. Y empecé a pensar. ¿Qué pasaría si cayera una de las campanas? Por lo que me quedaba debajo de la viga central que cruzaba la estancia, debajo de las campanas, considerando que allí estaba seguro. Pero luego pensé: ¿Qué pasa si cae la campana al voltear y da contra la pared, rebota luego y me pilla, de todas maneras? Al pensar esto decidí quedarme a la puerta de entrada y así, caso de caer una campana, podía dar un salto detrás del muro y no me pasaría nada. Después de esto iba a ver cómo tocaban, pero luego me vino la idea: ¿Qué pasa si cae la misma aguja entera? Esto me hizo temblar y ya no me atrevía a estar ni aun a la puerta, sino que ni me acercaba por temor que el mismo campanario se me cayera a la cabeza. Otra cosa fue el baile. Tardé todo un año antes de poder dejar esto. Finalmente lo conseguí. Pero durante todo este tiempo, cuando pensaba que estaba guardando este mandamiento o el otro, o cuando hacía algo bueno, tenía el sentimiento placentero de que ahora Dios estaba complacido conmigo; y no creía que hubiera nadie en toda Inglaterra que pudiera agradar a Dios más que yo. Pero, miserable de ml, que en todos estos años yo no conocía aún a Jesucristo y estaba es-forzándome por establecer mi propia justificación, y habría perecido sino hubiera tenido Dios misericordia de mí. Entonces, un día, por providencia de Dios, hice un viaje a Bedford, por cosa del trabajo; y en una de las calles de la ciudad llegué a un punto en que había tres o cuatro mujeres sentadas a la puerta, tomando el sol, y hablando de las cosas de Dios. Como ahora estaba dispuesto a escuchar esta conversación, me acerqué para oír lo que decían en aquel entonces yo tenía mucha labia para hablar de las cosas de religión, pero lo que decían se me escapó. Hablaban de un nuevo nacimiento, de la obra de Dios en sus corazones, y de que ahora estaban seguras de que hablan nacido como pecadoras sin salvación posible. Hablaban de la manera en que Dios había visitado sus almas con su amor en el Señor Jesús, y comentaban sobre las palabras y promesas en particular que las habían ayudado y confortado y sostenido en contra de las tentaciones del diablo. Lo que es más, hablaban de algunas tentaciones en particular que habían tenido de parte de Satán y se decían la una a la otra, cómo Dios las había ayudado. Hablaban también de su corazón duro y de su incredulidad y sus bondades. Me pareció a mí que hablaban con tal deleite de la Biblia, y tenían tanta gracia en todo lo que decían, que ellas habían encontrado una especie de mundo distinto; que eran personas que no se podían comparar con los otros (Números 23:9).
Y mi corazón empezó a temblar, porque vi que todas mis ideas sobre religión y la salvación nunca habían tocado la cuestión del nuevo nacimiento. Empecé a darme cuenta que no sabia nada del consuelo y la promesa que esto podía dar, ni de lo engañoso y traicionero de mi perverso corazón. En cuanto a mis pensamientos malos secretos, ni tan sólo me había fijado en ellos; ni aun reconocía las tentaciones de Satán, y mucho menos tenía idea de cómo se podían resistir. Después de haber escuchado bastante, y pensado sobre lo que estaban diciendo, me marché y seguí mi camino.
Mi corazón estaba todavía con ellas, y se hallaba en gran manera afectado por sus palabras, porque había quedado convencido por ellas que yo no tenía lo que podía hacerme un hombre verdaderamente piadoso, y tenía el convencimiento que los que eran verdaderamente piadosos eran también felices y bienaventurados. Así que tomé la decisión de ir allá y frecuentar la compañía de aquella pobre gente, porque no podía estar alejado de ellos; y cuanto más estaba con ellos, más comprendí la gravedad de mi condición. Recuerdo todavía claramente que había dos cosas que estaban sucediendo en mí, que me tenían muy sorprendido, especialmente, cuando consideraba lo ciego, ignorante e impío que habla sido antes. La primera de estas dos cosas era una gran ternura hacia los que me habían convencí de que todo lo que ellos me decían de la Biblia era verdad; lo otro, que mi mente iba revolviendo las cosas que me habían dicho y todas las otras cosas buenas que había oído o sobre las que habla leído. Ahora mi mente era como una sanguijuela, succionando en una vena y repleta de sangre, pero todavía diciendo: « ¡Dame! ¡Dame!» (Proverbios 30:15). Estaba tan fija en la eternidad y las cosas del reino de los cielos -aunque yo no sabía mucho sobre ellas todavía- que ni el placer, ni las ganancias, ni la persuasión, ni las amenazas habrían podido hacerme desprender de ellas. Lo digo con vergüenza, pero era la verdad, que me era tan imposible apartar mi mente del cielo entonces, y llevarla a la tierra, como antes había sido el apartarla de la tierra y llevarla al cielo. Hay una cosa que tengo que decir ahora. Había un joven en nuestro pueblo con el cual yo tenía más amistad que con nadie; pero era terriblemente malvado, con sus blasfemias, juramentos, tratos con rameras; así que dejé, por completo, de ir con él. Al cabo de unos tres meses o encontré por la carretera y le pregunté qué tal seguía. Su respuesta fue una bocanada de maldiciones y me dijo que estaba bien. «Pero, Harrey, le contesté, ¿por qué juras y blasfemas de esta manera? ¿Qué será de ti el día que mueras en estas condiciones? El me respondió con gran ira: ¿Qué compañía podría tener el demonio si no fuera con individuos como yo? Durante todo este período tenía un compañero varios libros de los «ranters» (secta religiosa de aquel tiempo), que eran tenidos en gran estima por varios antiguos cristianos que yo conocía. Leí algunos de estos libros pero me fue imposible sacar mucho de ellos; eso pensé por lo menos, y viendo que no podía juzgar de si eran buenos o malos, oraba fervientemente y decía:
« ¡Oh, Señor, soy un necio, incapaz de distinguir la verdad del error! Señor, no me dejes en mi ceguera. No permitas que apruebe o rechace erróneamente esta doctrina. Si es de Dios, que no la desprecie, y si es del diablo, que no la abrace. Señor, pongo mi alma a tus pies respecto a este asunto. No permitas que me engañe, te pido humildemente. » Durante todo este periodo tenía un compañero espiritual muy íntimo, y era el hombre pobre del cual hablé antes.
Pero, para este tiempo, se había hecho un «ranter» y se entregó a toda clase de pecado; negaba que hubiera Dios, ángel o espíritu y se reía de todos mis esfuerzos para que él se mantuviera sobrio. Cuando reprendía su maldad se reía más aún y me decía que había puesto a prueba todas las religiones y que nunca había dado en lo recto hasta entonces. Así que me alejé de estos principios malditos y fui extraño para él, tanto como antes había sido su amigo. Este hombre no era mi única tentación, porque, debido a mi trabajo, tenía que viajar con frecuencia por el país, y así me encontraba con muchas clases de personas, las cuales, aunque anteriormente habían sido muy estrictos en asuntos religiosos, se habían descarriado por causa de los «ranters». Me hablaban de todas las cosas malas que hacían a escondidas. Porque ellos decían que habían llegado a ser perfectos, y que por tanto podían hacer todo lo que querían, ¡y que al hacerlo no pecaban! Estas eran tentaciones terribles para ml, muy apropiadas para mis concupiscencias, pues era todavía un joven. Dios, que me había designado para cosas mejores, me guardaba en el temor de su nombre y no permitió que aceptara sus malvados principios. Bendito sea Dios que puso en mi corazón el clamar a El para que me guardara y me dirigiera y me hiciera desconfiar de mi propia sabiduría; porque he visto los resultados de la oración hasta el tiempo presente, en el hecho de que me ha preservado no sólo en estas áreas en particular, sino en las que han ido apareciendo más adelante. La Biblia fue preciosa para mí en aquellos días, y empecé a mirarla con nuevos ojos. Las cartas del apóstol las encontraba muy dulces especialmente. Me parecía que nunca dejaba enteramente la Biblia sino que siempre estaba leyéndola o pensando en ella. Mientras estaba leyendo llegué a este pasaje: «Pero a cada uno es dada por medio del Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de conocimiento según el mismo Espíritu; a otro, fe» (1 Corintios 12:8,9). Sabía ahora, naturalmente, que esto se refería a una clase extraordinaria de fe; p ero en aquel tiempo, yo creía que se trataba de la fe ordinaria que tenían los otros cristianos. Pensé esto bastante tiempo, y no podía decidir qué hacer. Algunas veces ponía en duda que yo tuviera fe en absoluto, pero no quería llegar a la conclusión de que no tenía ninguna; porque si lo hacía, sería echado para siempre e a presencia de Dios. Decidí que, aunque todavía era un ignorante y necio, y no poseía estos dones benditos del conocimiento y la comprensión que tenían otras personas, no por esto estaba sin fe por completo, aunque no sabía exactamente lo que era fe. Porque me había sido mostrado (por parte de Satán, según luego he descubierto), que los que deciden que no tienen fe ya no tienen esperanza.
Así que no estaba dispuesto a admitir para mí mismo cuál era el verdadero estado de mi alma. Pero Dios no permitió que tratara de curarme a mí mismo y que con ello destruyera mi alma. Me hizo seguir escudriñando hasta que supe de cierto si tenía realmente fe o no. Y siempre habían estado recorriendo por mi mente estas preguntas: « ¿Carezco realmente de fe? ¿«Cómo puedo decir si tengo fe o no?» Vi claramente que si no tuviera ninguna perecería para siempre. Así que, al fin, me enfrenté con esta cuestión directamente y estaba dispuesto a ponerme a prueba sobre si tenía fe o no. Pero era tan ignorante que ni aun podía empezar a averiguarlo, de la misma manera que no habría sabido cómo hacer un trabajo que no hubiera visto hacer a nadie antes, ni aun hubiera pensado en él. Hasta aquel momento no había hablado con nadie sobre esto, sino que había pensado en ello yo, solamente. Mientras estaba tratando de pensar cómo empezar, el tentador vino con toda clase de mentiras, diciéndome que no había manera en que yo pudiera saber si tenía fe hasta que hubiera tratado de hacer algunos milagros, y me hizo pensar en las Escrituras que parecen mostrar que esta idea es lógica. Un día, mientras estaba andando entre las ciudades de Elstow y Bedford, me vino ardiente la tentación de probar de hacer un milagro, para ver si tenía fe. El milagro consistía en que dijera a uno de los charcos del camino que se secara y que en otro paraje seco, apareciera un charco. Pero en el momento que iba a pronunciar las palabras, se me ocurrió la idea de que sería mejor que fuera a un seto cercano y orara a Dios para que me hiciera capaz de hacerlo. Pero cuando hube decidido orar, me vino la idea terrible de que si orara y lo intentara, y no sucediera nada, sería claro que no tenía fe, y por tanto estaría irremisiblemente perdido. Así que decidí que no forzarla las cosas y que esperaría un poco más antes de intentarlo. Con ello me quedé desconcertado respecto a lo que tenía que pensar, porque si sólo los que eran capaces de obrar milagros así tenían fe, no era muy probable que y o la tuviera nunca; y por ello me quedé enredado en la tentación del diablo y mi propia ignorancia, y estaba tan perplejo que, simplemente, no sabía qué hacer. Fue para este tiempo que tuve una especie de visión del maravilloso estado de felicidad en que se hallaba aquella gente humilde de Bedford. Me pareció entonces como si ellos estuvieran en el lado de la solana de una alta montaña, solazándose en un sol radiante; mientras que yo me hallaba en la umbría, tiritando por el viento helado, la nieve y las nubes que me rodeaban. Me pareció como si hubiera entre ellos y yo un alto muro que nos separara. ¡Cuánto quería ir yo al otro lado del muro, para poder gozarme también del calor del sol, como hacían ellos!
Una y otra vez procuré cruzar a través de este muro, pero durante mucho tiempo no pude descubrir ninguna abertura, hasta que por fin hallé una pequeña puerta. Intenté cruzaría, pero era tan estrecha que todos mis esfuerzos para hacerlo fueron vanos. Al fin, después de una gran lucha, pude hacer pasar la cabeza, y luego, estrujándome, metí los hombros, y al fin todo el cuerpo. Entonces me quedé contento y me fui y me senté en medio de ellos y me quedé consolado por la luz y el calor radiante del sol que les daba a ellos también. La montaña era la Iglesia del Dios vivo. El sol que brillaba sobre ella era el resplandor de la faz misericordiosa de Dios. El muro era la Biblia que separaba a los cristianos del mundo. La puerta era Jesucristo, que es el camino a Dios, el Padre (Mateo 7:14; Juan 14:6).
El hecho de que la puerta fuera tan estrecha que apenas pudiera entrar me mostraba que nadie puede entrar en esta vida sino aquel que tiene un verdadero e intenso deseo y deja al mundo malvado tras él. Porque no hay lugar aquí sino para el alma y el cuerpo, y no lo hay para el alma, el cuerpo y la carga de pecado. Esta visión y su significado se proyectó sobre mi espíritu durante muchos días, durante los cuales vi en qué triste y solitaria condición me hallaba. Con todo, al mismo tiempo, iba orando mucho, tanto en mi casa como en el trabajo. Tanto en mi casa como en el campo, elevaba mi corazón a Dios, repitiendo el clamor de David en el Salmo 25: «Sácame de mis congojas» (v. 17), porque todavía no sabia lo que tenía que hacer. No podía todavía empezar a tener ninguna seguridad de que tenía fe en Cristo, sino que de nuevo vinieron las dudas sobre la posibilidad de mi futura bienaventuranza. ¿Me hallaba yo entre los elegidos? ¿Había pasado ya para mí el día de la gracia? Estas dos preguntas me preocupaban sobre-manera. Estaba decidido a hallar mi camino al cielo y a la gloria; y con todo la cuestión de la elección me desanimaba terriblemente, y a veces me parecía como si toda la fuerza de mi cuerpo me hubiera sido quitada por la fuerza y poder de esta terrible cuestión. Había un pasaje de la Escritura, en especial, que aplastaba todas mis esperanzas: «Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene compasión» (Romanos 9:16). No sabía qué hacer con este pasaje de la Escritura, porque veía claramente que a menos que Dios me hubiera escogido como uno de los que habían de recibir misericordia, podía esperar y desear y esforzarme hasta que se me partiera el corazón, pero no me serviría de nada. De modo que seguía preguntándome: ¿Cómo puedo averiguar si soy un elegido? ¿Qué pasa si no lo soy? ¡Oh, Señor!, pensaba, ¿qué pasa si no estoy entre los elegidos? «Probablemente no estás», me decía el tentador. «Pero es posible que esté», pensaba. «Bien», decía Satán. «Ya puedes descartarlo. Si no eres uno de los elegidos de Dios, no hay esperanza de que puedas ser salvo, porque no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene compasión».
Estaba sin saber qué pensar o hacer sobre estas cosas, no sabiendo cómo hallar la respuesta. De hecho, no me daba cuenta de que era Satán que me estaba tentando sino que pensaba que era mi pensar sincero que me había llevado a esta cuestión. Estaba perfectamente de acuerdo con la idea de que sólo los elegidos tendrían vida eterna; la cuestión para mi era saber si yo era uno de ellos. Y así durante varios días estaba en medio de la mayor perplejidad y con frecuencia a punto de dejarlo todo. Pero, un día, después de muchas semanas de depresión sobre esta materia, cuando ya estaba al final de toda esperanza de alcanzar nunca la vida, me pasó por la mente una simple frase: «Mira a las generaciones antiguas y considera: ¿hubo alguno que confiara en el Señor y que fuera confundido? » Esto dio mucho ánimo a mi alma. En el mismo instante se me hizo claro que si empezaba por el Génesis y leía hasta el Apocalipsis, no encontraría una sola persona que hubiera confiado en el Señor y que hubiera sido rechazada.
Así que fui a la Biblia y miré por si había alguno, porque sabía que la Biblia sin duda me lo diría. Fue de mucho aliento y consuelo ara mi espíritu, como si realmente estuviera hablando conmigo. Miré por todas partes, pero no pude encontrar ningún versículo que lo dijera. Luego, por primera vez, lo pregunté a un buen hombre y luego a otro, si sabían dónde podía ser encontrada esta frase en la Biblia, pero no conocían ningún sitio en que estuviera. Me preguntaba por qué esta frase había venido a mi modo tan súbito, con tanto consuelo y se había quedado conmigo, y con todo nadie podía encontrarla, pero yo no dudaba que estaba en la Biblia. Estuve mirando durante casi un año y todavía no había encontrado el lugar, hasta que al fin la encontré en uno de los libros apócrifos: Eclesiástico 2:11. Al principio esto me molestó considerablemente, porque no estaba en la misma Biblia; pero como esta frase era un sumario de muchas promesas que están realmente en la Biblia, decidí que mi deber era tener consolación de ella. Y bendije a Dios por haber venido a esta conclusión, por haberme ayudado tanto, y que esta afirmación particular todavía brillara delante de mi rostro. Fue después de esto que me asaltaron otras dudas. ¿Cómo sabía que el día de la gracia no había pasado ya? Puedo recordar que un día estaba andando en el campo y pensando sobre esto. El tentador agravó mi turbación diciéndome que esta buena gente de Bedford eran ya convertidos, Que ellos eran los únicos a quienes Dios había salvado en esta parte, porque éstos habían recibido la bendición antes que yo llegara. Esto me causó una gran desazón, porque yo pensé que ésta era probablemente la situación. Me sentía aplastado por la idea de los largos años que habla pasado en el pecado y a menudo gritaba: « ¡Oh, si hubiera escuchado antes!» ¡Si me hubiera entregado a Dios hace siete años! Me hacia enojar conmigo mismo el pensar que hubiera sido tan insensato al pasar el tiempo en cosas triviales hasta que mi alma y el cielo se me habían escapado.
Después de mucho tiempo, apenas podía funcionar a causa de este temor. Mientras estaba andando un día, y estaba aproximadamente cerca del lugar en que había recibido la otra consolación y estímulo, me vinieron a la mente estas palabras: «Fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa.» Y, «aún hay lugar» (Lucas 14:23, 23). Estas palabras «aún hay lugar» eran tan dulces para mí porque verdaderamente pensé que el Señor Jesús estaba pensando en mí cuando lo dijo y que El sabía que llegaría el tiempo en que estaría lleno de miedo de que no hubiera lugar para mi en su Reino. Y así dijo esta palabra y la dejó registrada para que yo pudiera hallarla y recibir ayuda de ella en contra de esta vil tentación. Esto es lo que creía plenamente en aquel entonces. Seguí durante mucho tiempo bajo la luz e inspirado por el ánimo de estas palabras, que me eran e especial consuelo cuando pensaba que el Señor Jesús las había dicho a propósito para mí. Después de esto hubo abundantes tentaciones para regresar al pecado: tentaciones de Satán, de mi propio corazón, y de mis amigos infieles. Pero doy gracias a Dios que fue mantenido a distancia por una clara comprensión de la muerte y del día d el juicio, que siempre estaban delante de mí. Incluso pensaba con frecuencia en Nabucodonosor, a quien Dios había dado tanto, y que, con todo, pensaba yo, aunque este gran hombre lo hubiera tenido todo en el mundo, una sola hora de fuego del infierno se lo habría hecho olvidar todo.
Este pensamiento fue para mí de mucha ayuda. Hacia este tiempo noté algo en la Biblia que me interesó sobre los animales que eran llamados inmundos y limpios bajo las leyes mosaicas. Pensé que estos animales eran tipos aplicables a los hombres: los animales limpios eran tipos de los hijos de Dios; los inmundos, lo eran de los hijos del maligno. Cuando leía que los animales limpios «rumiaban», yo pensaba que esto significaba que eran alimentados por la Palabra de Dios. También al ver lo que dice de la pezuña «hendida» decidí que esto significaba que si hemos de ser salvos hemos de separarnos, dividirnos, de los caminos de los impíos. Cuando seguí leyendo noté que si «rumiamos» como hace la liebre, pero «andamos», somos inmundos. O sí tenemos la pezuña hendida como el cerdo, pero no «rumiamos», como las ovejas rumian, somos inmundos. Pensé que la liebre era un tipo de aquellos que hablan de la Palabra, pero que «andan» en los caminos del pecado; que el cerdo es la persona que se separa del pecado externo, pero no tiene todavía la Palabra de fe, sin la cual no hay salvación, por devota que sea la persona (Deuteronomio 14). Hallé, leyendo la Palabra, que los que han de ser glorificados con Cristo en el otro mundo han de ser llamados por El aquí. Han de conocer los consuelos de su Espíritu aquí abajo, como una preparación para el futuro descanso en la casa de gloria que es el cielo arriba.
Y por ello estaba nuevamente trastornado, no sabiendo qué hacer, porque temía que yo no estaba entre los que habían sido llamados. Si no había sido llamado, pensé, ¿quién puede ayudarme? Pero ahora empezaron a gustarme estas palabras que dijo Jesús sobre un cristiano que era llamado, cuando dijo a uno: «Sígueme», y a otro: «Ven en pos de mí.» Y, oh ¡cuánto deseaba que El me lo dijera también! ¡Cuán alegremente habría yo acudido! No puedo expresar en palabras mis anhelos y mis clamores a Cristo para que me llamara. Esto siguió durante bastante tiempo; anhelaba convertirme a Jesucristo, y podía ver que el convertirme me pondría en un estado tan glorioso que no podría nunca más estar contento sin participar en él. Si pudiera haber sido conseguido con oro, habría dado por ello todo lo que tenía. Y si hubiera tenido todo el mundo, habría dado diez mil veces el mundo para poder tenerlo, para que mi alma pudiera ser convertida. Y ahora, ¡cuán hermosos a mis ojos eran todos aquellos a quienes consideraba como convertidos! Brillaban y andaban como personas que llevaban consigo un toque del cielo en ellos. Podía ver que la heredad que les había tocado era hermosa (Salmo 16:6). El versículo que me hacía encoger el alma era uno de San Marcos referente a Cristo: «Subió al monte, y llamó junto a sí a los que El quiso; y vinieron a El» (Marcos 3:13). Este pasaje me hacía desmayar de temor, y con todo enardecía mi alma. Temía que Cristo no se hubiera fijado en mí o que yo no le hubiera gustado, porque dice que sólo «a los que El quiso». Pero la gran gloria de aquellos que son llamados por Jesús sin desear: « ¡Ojalá que yo hubiera estado en su lugar; ojalá que yo hubiera nacido siendo Pedro o Juan! Ojalá que yo hubiera estado allí y le hubiera oído cuando los llamaba. Cómo habría gritado: « ¡Oh, Señor, llámame a mí también!”» Pero yo temía que El no lo hubiera hecho. Y el Señor me dejó ir de esta manera durante muchos meses y no me mostró nada más, ni que yo había llamado ni que iba a ser llamado más adelante. Pero al fin, después de haber pasado mucho tiempo y de muchos gemidos a Dios, vino por fin esta idea: «Y limpiaré la sangre de los que no había limpiado; y Jehová morará en Sión» (Joel 3:21). Estas palabras sentí que me eran enviadas para confortarme y para que siguiera esperando en Dios y parecían decir que si yo no me había convertido todavía, llegaría un día en que lo sería. Fue para este tiempo que empecé a decir a aquella gente humilde de Bedford cuál era mi situación. Cuando lo supieron hablaron a Mr. Gifford acerca de mí y el vino y hablé con él y me pareció que él tenía esperanza para mí, aunque yo veía poco motivo realmente para que la hubiera. Me invitó a su casa, donde pude oírle hablar, con otros, acerca de la manera en que Dios había obrado en sus almas. Pero de todo esto todavía no recibí ninguna certidumbre, y a partir de aquel tiempo empecé a ver más claramente la terrible condición de mi corazón malvado. Ahora empecé a reconocer pecados y malos pensamientos dentro de mí que no habla reconocido antes. Entretanto, mi deseo del cielo y de la vida eterna empezó a diluirse, y hallé que, aunque mi alma estaba anhelante de Dios, empezaba a sentir deseos por cosas frívolas y banales.
Ahora, pensé, aún me vuelvo peor; ahora estoy más lejos de la conversión que nunca antes. Así que me sentí terriblemente desanimado. No creí que Cristo me amara. No podía verle, sentirle, ni gozar de ninguna de sus cosas. Iba siendo arrastrado por la tempestad y mi corazón quería ser inmundo. Algunas veces explicaba mi condición a la de Dios y ellos sentían piedad por mí y me hablaban de sus promesas; pero era como si me hubieran dicho que alcanzara el sol con la mano el que me dijeran que confiara en estas promesas, porque todo mi sentimiento y sentido era en contra de ellos. Vi que tenía un corazón que insistía en el pecado; y que por tanto, tenía que ser condenado. He pensado muchas veces, después, que era algo así como el muchacho a quien su padre trajo a Cristo, y que cuando estaban camino hacia El, el diablo lo derribó al suelo y se revolcaba echando espumarajos (Marcos 9:42). En aquellos días con frecuencia me daba cuenta que mi corazón estaba tan cerrado contra el Señor y su Palabra que era como si yo tuviera mi propio hombro arrimado contra la puerta empujando desde dentro para que El no pudiera entrar, mientras estaba clamando con amargos suspiros: «¡Quebranta las puertas de bronce y desmenuza los cerrojos de hierro!» (Salmo 107:16.) Y otras veces parecía que venía una palabra de paz del Señor: «Yo te ceñí, aunque tú no me conociste» (Isaías 45:5). Pero, por otra parte, nunca he tenido más tierna la conciencia contra el pecado, y me escocía todo toque de mal. Apenas podía hablar por temor de decir algo equivocado. Me hallaba en una ciénaga que me engullía por poco que me moviera y me parecía que había sido abandonado allí por Dios y por Cristo y el Espíritu y todas las cosas buenas. Pero noté esto, que aunque había sido un gran pecador antes de volverme a Dios, con todo, Dios nunca parecía haberme acusado por los pecados que había cometido cuando era ignorante. El me mostró, sin embargo, que estaba perdido si no tenía vida, a causa e los pecados que había hecho. Entendía perfectamente bien que necesitaba ser presentado sin mácula delante de Dios y que esto sólo lo podía hacer Jesucristo.
Pero había nacido en el pecado y la contaminación, ésta era mi gran desgracia y aflicción. Me sentía más despreciable a mis propios ojos que un sapo, y tenía la impresión que lo mismo podía decirse a los ojos de Dios. Podía ver que el pecado y la corrupción procedían de mi corazón de modo tan natural como el agua borbotea de un manantial. Y aunque todos los demás tenían un corazón mejor que el mío, y que ninguno, excepto el diablo mismo, Podía igualarse a mí en cuanto a la maldad interna y la contaminación de la mente. Y así caí otra vez en la más profunda desesperación debido a mi ruindad, porque llegué a conclusión de que esta condición en que me encontraba no podía existir en mí si estuviera en estado de gracia. Sin duda he sido abandonado por Dios y entregado al diablo, pensé. Y así continué durante varios años.
Durante todo este período habla dos cosas que me hacían pensar. La primera era contemplar ancianos persiguiendo las cosas de esta vida, como si tuvieran que vivir para siempre; la otra, ver a los cristianos aplastados por pérdidas externas, como el marido, la esposa o un hijo. Señor, pensaba, si han trabajado tanto y han tenido que derramar tantas lágrimas por las cosas de esta vida presente, ¿cómo voy a recibir compasión y van a orar por mi, para mi alma que muere, mi alma que está siendo condenada? Si mi alma estuviera en buenas condiciones y estuviera seguro de ellos, oh, cuán rico me consideraría y bienaventurado, con sólo pan y agua. Contaría éstas como aflicciones insignificantes y las llevaría como cargas pequeñas, pero un espíritu quebrantado, ¿quién lo puede Y aunque me hallaba tan turbado al comprender mi maldad, tenía miedo de perder este sentimiento de culpa; porque consideraba que a menos que la culpa sea quitada de la manera apropiada esto es, por medio de la sangre de Cristo una persona se va volviendo peor, porque ya no se siente agobiado por su pecado? Y así, siempre que sentía desaparecer este sentimiento de pecado, me esforzaba otra vez para recobrarlo, pensando en el castigo del pecado en el infierno. Clamaba: «Señor, no permitas que desaparezca este sentimiento de culpa, excepto si ha de ser por medio de la sangre de Cristo y la aplicación de tu misericordia por medio de El a mi alma», porque el versículo de la Biblia «sin derramamiento de sangre no se hace remisión» (Hebreos 9:22) se hallaba siempre delante de mí. Lo que más me asustaba era que había visto algunas personas que, cuando estaban heridas en la conciencia, lloraban y oraban, pero que cuando se sentían aliviadas de su aflicción -no perdonadas de su pecado no parecía que se preocuparan de la forma en que habían perdido sus sentimientos de culpa, con tal que no estuvieran en su mente Y como que se habían librado de ellos de una manera falsa, se habían vuelto más duros y más ciegos y más malvados que antes. Me daba miedo y me hacían suplicar a Dios que no me ocurriera lo mismo.
Y ahora me apenaba el que Dios me hubiera hecho, porque temía que había sido echado, y contado entre los no convertidos, las más tristes de todas las criaturas. No pensaba que me fuera posible nunca tener bastante bondad en el corazón, ni aun agradecer a Dios que me hubiera hecho un hombre, aunque sabía que un hombre es la más noble de todas las criaturas, pues el pecado la ha hecho la más baja. Hubiera estado contento siendo una de las bestias, aves y peces, porque no tenían una naturaleza pecaminosa y no estaba sometido a la ira de Dios, por lo que nunca irían al fuego del infierno después de la muerte. Pero al fin llegó la hora de solaz y consolación. Que un sermón sobre un versículo del Cantar de los Cantares (4:1): « ¡Cuán hermosa eres, amiga mía! ¡Qué hermosa eres!» De este texto el predicador sacó las siguientes conclusiones: (1) Que la Iglesia, y por tanto toda alma salvada, es el objeto del amor de Cristo. (2) El amor de Cristo no necesita causa externa. (3) El amor de Cristo ha sido aborrecido por el mundo. (4) El amor de Cristo continúa cuando aquellos a quienes ama están bajo tentación y aparente destrucción. (5) El amor de Cristo permanece hasta el fin.
Fue sólo cuando llegó al cuarto punto que yo obtuve algo del sermón. Dijo el predicador que el alma salvada sigue siendo el amor de Cristo, aun cuando esté tentada y desolada, y así la pobre alma tentada necesita sólo recordar estas palabras: «amor mío». De vuelta a casa, seguí pensando en estas cosas y recuerdo muy bien que dije en mi corazón: « ¿Para qué sirve pensar sobre estas dos palabras? Pero apenas había pasado esta pregunta por mi mente que las dos palabras empezaron a arder en mi espíritu. «Tú eres mi amor», siguió diciéndome algo dentro de mí y debe haberlo repetido por lo menos veinte veces. A medida que estas palabras continuaban, se hicieron más fuertes y más cálidas y empezaron a hacerme mirar hacia arriba; pero yo estaba todavía entre la esperanza y el temor y repliqué en mi corazón: «Pero, ¿es verdad? ¿Es verdad?» Y entonces vinieron estas palabras a mi mente: «No sabía que era verdad lo que hacía el ángel, sino que le parecía que veía una visión» (Hechos 12:9). Entonces empecé a recibir unas palabras que sonaban gozosamente en mi corazón: «Tú eres mi amor, y nada te separará de mi amor.» Y ahora al fin mi corazón está lleno de consuelo y de esperanza, y ahora podía creer que mis pecados serían perdonados. Sí, yo había sido ahora recibido por el amor y la misericordia de Dios hasta el punto que me preguntaba cómo podría contenerla hasta que llegara a casa. Sentí que podría haber hablado de este amor y esta misericordia hasta a los mismos cuervos que estaban posados o revoloteaban sobre la tierra recién arada a la vera del camino si ellos hubieran sido capaces de entenderme. Y así, dije a mi alma, con mucha alegría, estoy seguro de que nunca olvidaré esta experiencia, aunque viva cuarenta años más. Pero, ¡ay!, dentro de menos de cuarenta días ya empezaba a ponerlo todo en duda otra vez. Sin embargo, había ocasiones en que recibía ayuda al creer que ésta había sido una verdadera manifestación de gracia para mi alma, aunque había perdido gran parte del sentimiento. Fue después de una o dos semanas de esto que empecé a pensar mucho sobre el pasaje: «Simón, Simón, Simón, he aquí que Satanás ha solicitado poder para zarandearos como a trigo» (Lucas 22:31). Algunas veces esto resonaba tan claro dentro de mí que recuerdo que una vez me volví pensando que alguien me estaba hablando desde cierta distancia. Al recordarlo ahora, creo que esta palabra me vino para estimularme a la oración y a la vigilancia, y para decirme que se avecinaba en dirección hacia mí una nube y una tormenta, pero yo no lo entendía. Y silo recuerdo bien, esta vez que llamó tan fuerte, fue la última vez que la oí. Y todavía puedo oír estas palabras: «Simón, Simón», que resonaban en mis oídos. Aunque no era mi nombre, me hizo volverme, para mirar, creyendo que el que estaba llamando me llamaba a mí.
Pero yo era tan necio e ignorante que no entendía la razón por la que sucedía todo esto, aunque muy pronto pude vislumbrar que era enviada desde el cielo como una llama a ara despertarme y para que me preparara para lo que estaba viniendo.
Pero entonces sólo me devanaba los sesos para saber de qué se trataba. Un mes después llegó «la gran tempestad» y me dejó veinte veces más magullado que todo lo que me habla sucedido antes. Vino solapadamente, primero de un lado, luego de otro. Primero me fue quitado el solaz y las tinieblas me oprimieron. Después de esto llegaron oleadas de blasfemias contra Dios y Cristo y las Escrituras que eran vertidas en mi espíritu, y que me dejaban en plena confusión y atontado. Estos pensamientos blasfemos eran atizados por preguntas en mí mismo contra la misma esencia de Dios y su único y amado Hijo, sobre si había realmente un Dios o Cristo, o si las Sagradas Escrituras no eran sino fábulas y patrañas y no la pura y santa Palabra de Dios. El tentador me dio firme también con esta pregunta: « ¿Cómo puedes decir que los turcos no tienes unas Escrituras tan buenas para demostrar que su Mahoma es el Salvador como nosotros las tenemos para probar que lo es Jesús? ¿Era posible pensar que hubiera decenas de millares en muchos países y reinos que estaban sin el conocimiento del camino recto al cielo (si es que había cielo) y que nosotros los que vivíamos en un rinconcito de la tierra fuéramos los únicos bendecidos por este conocimiento? Todo el mundo cree que su propia religión es la recta, sea judío o mahometano o pagano, y ¿y qué pasaría si toda nuestra fe en Cristo y las Escrituras era simplemente nuestra imaginación? Algunas veces intentaba disputar con estos pensamientos y pensar algunas de las cosas que el bendito apóstol Pablo había dicho en contra de ellas. Pero los pensamientos de Pablo eran tragados por los mismos argumentos que había dentro de mí. Porque aunque damos tanta importancia a las palabras de Pablo y a él mismo, ¿cómo podía y o negar que hubiera sido un hombre muy sutil y astuto, o que pudiera haber estado engañado, o incluso que a propósito hubiera tratado de descarriar perder a los demás? Estas sugerencias se apoderaron de mi espíritu por su castidad, continuidad y vigor.
No sentía nada más sino estas ideas de la mañana a la noche, y concluí que Dios estaba airado contra mi alma y me había entregado a ellas para que me arrastraran como un poderoso torbellino Todavía sentía que había algo en mí que rehusaba seguir estos terribles pensamientos, porque daban un mal sabor a mi espíritu. Pero estos pensamientos esperanzados pronto eran ahogados. Con frecuencia comprendía a mi alma empezando de repente contra Dios, o Cristo su Hijo, o contra las Escrituras. Ahora sí que estaba seguro de que estaba poseído por el demonio. Y en otras ocasiones pensaba que me había vuelto loco, y que en vez de alabar y engrandecer el nombre de Dios cuando oía hablar de él, me venía a la cabeza algún pensamiento horrible y blasfemo, que se disparaba como un rayo en contra de El desde mi corazón.
Estas cosas me hundieron en una desesperación profunda, porque llegué a la conclusión de que no podían hallarse en alguien que amara a Dios. Y con frecuencia me comparaba a un niño que había sido secuestrado y llevado lejos de los suyos y de su tierra, chillando y coceando. Yo coceaba y chillaba y clamaba y con todo, era llevado en volandas por la tentación que me arrastraba consigo. Pensé también en Saúl y el espíritu maligno que lo poseía, y temía en gran manera que mi condición fuera como la suya (1 Samuel 16:14). Durante estos días, cuando oía a otros que hablaban del pecado contra el Espíritu Santo, el tentador me hacía desear cometer este pecado, y quería tanto cometerlo que no creía poder tener descanso hasta haberlo hecho. Si este pecado consistía en decir alguna palabra contra el Espíritu Santo, entonces mi boca estaba dispuesta a decir esta palabra, tanto si quería dejarla como si no. La tentación era tan grande que con frecuencia oprimía mis labios o me empujaba las mandíbulas con las manos para que la boca no se abriera; en otras ocasiones metía mi cara en charcos de fango, para que la boca no dijera nada. Y otra vez sentía que todo lo que Dios había hecho era mejor de lo que era yo. De buena gana habría trocado mi vida por la de un perro o un caballo. Estos no tienen almas que puedan parecer como la mía iba a hacerlo, y añadido a toda mi pena, no sentía ya el deseo de ser librado. Y este pasaje de la Escritura, rasgaba mi alma de parte a parte en medio de estas otras locuras: «Pero los impíos son como el mar en tempestad, que no puede estarse quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo. No hay paz, dice mi Dios, para los malvados» (Isaías 57:20-21).
Ahora mi corazón estaba sobremanera endurecido. No podía llorar ni deseaba hacerlo. Los otros podían lamentar sus pecados y podían regocijarse y bendecir a Dios por Jesucristo; los otros podían hablar con calma de la palabra de Dios; yo sólo era arrebatado por la tormenta, y no podía escapar de ella. Esta tentación duró aproximadamente un año y durante todo este tiempo tuve que renunciar a leer la Biblia y a orar, porque era entonces que me sentía más afligido por todas estas blasfemias. Había palabras repentinas que ponían en duda todo lo que leía. O bien, mi mente se sentía privada como de un tirón de todo lo leído, para que no pudiera recordarlo, ni aun una frase que acabara de completar. Estaba afligido en gran manera cuando intentaba leer durante este periodo. Algunas veces sentía a Satán detrás de mí, tirándome del vestido. Continuamente me asediaba a la hora de la oración con «venga, rápido, termina de una vez, ya dura demasiado, déjalo». Algunas veces introducía en mi mente sus pensamientos malvados; por ejemplo, de que tenía que orar a él. Y cuando mis pensamientos iban de un lado a otro y o trataba de concentrarlos en Dios, entonces el tentador con gran fuerza ponía ante mi corazón y fantasía la forma de un arbusto o de un toro, para que orara a alguna de estas formas. Y conseguía apoderarse de mi mente de tal forma que no podía pensar en nada más, y no podía orar sino a ellos.
Sin embargo, había ocasiones, también, en que tenía fuertes sentimientos de la presencia de Dios y de la realidad y verdad de su Evangelio. En estas ocasiones, mi corazón se vertía en gemidos inexpresivos. Mi alma entera se hallaba en cada palabra. Gritaba con lanzazos de dolor en mi corazón para que Dios tuviera misericordia de mí, pero no servía de nada. Pensaba entonces que Dios meramente se burlaba de estas oraciones diciendo mientras los ángeles santos escuchaban: «Este desgraciado me importuna como si yo no tuviera nada más que hacer con mi misericordia que dársela a un sujeto así. ¡Ay, pobre alma, cuán engañada estás! No es para individuos como tú el favor del Altísimo.» Entonces venía el tentador también con palabras de desánimo, como éstas: «Tú estás muy angustiado pidiendo misericordia, pero yo voy a calmarte. Este estado mental no va a durar siempre, sabes. Ha habido muchos otros tan fervorosos como tú, pero yo he apagado su celo.» Entonces me ponía delante el nombre de alguno que había caldo, y yo temía que iba a hacerlo también.
Estaba contento cuando venían estas ideas a mi mente, porque yo me decía que ellas me mantendrían vigilante y alerta. Pero Satán me replicaba: «Yo soy demasiado listo para que puedas contrarrestarme. Voy a enfriarte tan poco a poco que no lo notes. Y ¿qué me importa a mí si tardo siete años en enfriar tu corazón si lo consigo al final? Te voy a mecer como a un niño ha hasta que te duermas. Lo haré con tiento, y serás mío al fin. Aunque ahora te sientas lleno de celo, iré apagando el fuego. Serás frío antes de poco.» Estas ideas me ponían en un terrible estado de ánimo, porque sabía que no estaba preparado para morir ahora, y temía que cuanto más viviera peor me encontraría. Había ocasiones en que lo olvidaba todo, incluso el recuerdo del mal del pecado, el valor del cielo y le necesidad que tenía de ser lavado por la sangre de Cristo. Le daba gracias a Jesucristo de que estas cosas no me hicieron cesar mi clamor a Dios, sino que lo hacían aumentar. Después de un tiempo, vino una palabra buena a mi mente: «Porque estoy persuadido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús nuestro Señor» (Romanos 8:38, 39).
De modo que el vivir una larga vida no me destruiría ni seria causa de que perdiera el cielo. Llegó otra ayuda durante esta tentación, aunque era un apoyo del que dudaba, y se hallaba en Jeremías capítulo 3: donde dice que, aunque hayamos hablado y hecho mal delante de Dios, podemos clamar a El: «Padre mío, tú eres el guía de mi juventud», y podemos regresar a El.
Y en otra ocasión tuve las dulces palabras de 2 Corintios 5:21: «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.» Recuerdo un día en que estaba sentado en la casa de un vecino, muy triste al pensar en mis muchas blasfemias, y estaba diciéndome: « ¿Cómo es posible que alguien tan vil como yo pueda heredar la vida eterna?» Cuando de repente oí estas palabras: « ¿Qué, pues, diremos a esto?» (Romanos 8:31). Esto también me ayudó: «Porque yo vivo, y vosotros también viviréis» (Juan 14:19).
Pero estas palabras eran indicaciones y pequeñas visitas. Aun cuando eran muy dulces cuando estaban presentes, nunca duraban mucho. Al poco ya hablan desaparecido. Pero después el Señor me mostró de modo más pleno su gracia. No sólo me libró de la culpa que yacía sobre mi conciencia a causa de estas blasfemias, sino que también quitó la tentación, y me puso de nuevo en plena sanidad mental, como es la de los otros cristianos. Recuerdo que un día en que estaba pensando en la maldad y la blasfemia de mi corazón y consideraba la ira contra Dios que habla en mí, vino a mi mente el pasaje de la Escritura que decía que El había hecho «la paz mediante la sangre de su cruz» (Colosenses 1:2). Y esto me hizo ver una y otra vez que Dios y mi alma eran amigos a causa de su sangre. SI, que la justicia de Dios y mi alma pecaminosa podían abrazar-se y besarse por medio de la sangre. Este fue un buen día para mí; espero que no voy a olvidar-los nunca. En otra ocasión estaba sentado junto al fuego en mi casa pensando en mi estado miserable, y el Señor me dio esta palabra: «Así que, por cuanto los hijos han llegado a tener en común una carne y una sangre, El también participó igualmente de lo mismo, para, por medio de a muerte, destruir el poder al que tenía el imperio de la muerte, esto es al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre» (Hebreos 2:14-15).
Pensé que la gloria de estas palabras era tan grande que iba a desmayarme mientras estaba allí sentado, no de pena o tristeza, sino de gozo y de paz. Durante este tiempo me puse bajo el ministerio del querido Mr. Gifford, cuya doctrina, por la gracia de Dios, era exactamente lo que necesitaba. Este hombre se ocupaba de librar al pueblo de Dios de todas las famosas pruebas a que se suele someter la sana doctrina. Nos dijo que prestáramos especial atención a no aceptar ninguna doctrina en confianza ciega. En vez de ello, teníamos que clamar con fuerza a Dios, para que nos convenciera de la realidad de ella y nos sumergiéramos en ella por su Santo Espíritu en la santa palabra. «Porque, decía, cuando la tentación viene rugiendo, si no has recibido estas cosas con evidencia del cielo, pronto hallarás que no tienes la ayuda y fuerza para resistir, que habías pensado tener.» Esto era lo que necesitaba mi alma. Había hallado por triste experiencia la verdad de estas palabras. De modo que pedí a Dios que en nada de lo referente a su gloria y mi propia felicidad eterna estuviera sin la confirmación del cielo que necesitaba. Ahora veía claramente la diferencia entre las nociones humanas y la revelación de Dios; también la diferencia entre la fe que es pretensión y la que viene como resultado d e haber nacido a ella, por medio de Dios (Mateo 16:15-17; l Juan 5:1).
Y ahora mi alma era conducida por Dios de verdad en verdad, toda la vía, desde el nacimiento del Hijo de Dios hasta su ascensión y su segunda venida del cielo para juzgar al mundo. El gran Dios era realmente bueno para mí, porque no recuerdo una sola cosa que El no me revelara cuando clamé a El sobre esta cosa. Paso a paso era conducido en cada parte del evangelio. Era como si yo le hubiera visto crecer, de la cuna a la cruz; vilo mansamente que se entregó para ser colgado y clavado en ella por mis pecados y maldades, y recordaba que El había sido destinado a ser inmolado (1 Pedro 1:20). Y luego consideraba la verdad de su resurrección y podía casi verle saltar de la tumba, por el gozo de que habla sido resucitado y que había vencido a sus terribles enemigos (Juan 20:17). Y también le he visto, en el Espíritu, sentado a la diestra de Dios el Padre por mí, y he visto la forma de su venida de los cielos a juzgar al mundo con su gloria (Hechos 1:9, 10; 7:56; 10:42; Hebreos 7:24; Apocalipsis 1:18; l Tesalonicenses 4:16-18). Antes me habla preocupado el saber si el Señor era verdaderamente Hombre así como Dios, y verdaderamente Dios, así como Hombre. En aquellos días, no importaba lo que me dijera la gente; a menos que tuviera evidencia del cielo, no creía. Pero al fin Apocalipsis 5:6 fue revelado en mi mente: «Y vi en medio del trono y de los cuatro seres vivientes, y en medio de los ancianos, un Cordero.» Esta frase «en medio del trono» fue decisiva. Allí, me dije, está la Divinidad. Y «en medio de los ancianos», allí está la Humanidad. ¡Qué glorioso fue este pensamiento! ¡Qué satisfacción tan dulce me dio! Este pasaje me ayudó también mucho: «Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre: Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de Paz» (Isaías 9:6). Además de estas enseñanzas, el Señor también hizo uso de errores para confirmarme en la verdad. Unos acerca de la Palabra de Dios; otros, sobre la culpa del pecado. Eran:
1. Que las Sagradas Escrituras no eran la Palabra de Dios.
2. Que todo hombre en el mundo tenía el espíritu de Cristo, gracia, fe, etc.
3. Que Cristo Jesús no había satisfecho la divina justicia por los pecados del pueblo, cuando había sido crucificado.
4. Que la carne y la sangre de Cristo estaba en los santos.
5. Que los cuerpos de los buenos y los malos que estaban enterrados no volverían a levantarse.
6. Que Jesús fue crucificado entre los ladrones en el calvario, no ascendió más allá del cielo de las estrellas.
7. Que este mismo Jesús que murió en las manos de los judíos no volverla otra vez en el último día para juzgar a las naciones.
Fui conducido a un estudio más cuidadoso de las Escrituras. Me llevarla mucho tiempo contar en detalle de qué forma Dios me ayuda, y cómo abrió sus palabras para mí e hizo que brillaran delante de mis ojos y me hizo que permanecieran conmigo y me hablaran y me consolaran una y otra vez. Pero diré sólo que ésta es la manera en que me trató. Primero, me permitió ser afligido con tentaciones sobre estas verdades y luego me las reveló. Algunas veces, por ejemplo, estaba bajo una gran carga de culpa por mis pecados y aplastado hasta el suelo por ellos. Entonces el Señor me mostraba la muerte de Cristo y rociaba mi conciencia con su sangre; así que, en el momento en que la Le y rugía delante de mí, de repente me devolvía la paz y el sosiego y el amor de Dios por medio de Cristo. ¡Cuánto anhelaba el día en que podría verle, Aquel cuya cabeza fue coronada de espinas, al cual escupieron y cuya alma habla sido ofrecida por mis pecados! En tanto que antes estaba continuamente temblando ante la boca del infierno, ahora sentía que había sido empujado lejos del mismo, tanto, que ni aun podía verlo. Y cuánto deseaba poder tener ochenta años para así morir pronto y que mi alma llegara a su descanso.
Pero antes de haberme librado finalmente de estas tentaciones, empecé a desear en gran manera el poder ver la experiencia de algunos hombres piadosos de edades pasadas, que habían vivido quizás unos centenares de años antes que yo. Bueno, después de hablarle al Señor sobre esto, El hizo que cayera en mis manos un día un libro de Martín Lutero, su Comentario a los Gálatas. Era tan viejo que se caía a pedazos. Tuve mucho placer de que este libro viniera a parar a mis manos, tan antiguo, y cuando lo leí sólo un poquito, hallé que mi propia condición estaba tratada con tanto detalle que parecía que el libro había sido escrito para mí. Esto me hizo maravillar, porque comprendí que este hombre no podía conocer nada de los cristianos de mis días sino que había escrito y hablado de la experiencia de otros años. Martín Lutero exponía cuidadosamente la aparición de las tentaciones como la blasfemia, la desesperación y otras semejantes.
Mostraba que la Ley de Moisés, así como el diablo, la muerte y el infierno, tenían gran parte en traerlas. Al principio esto me pareció muy extraño, pero luego, al pensar en todo ello y considerar mi propia experiencia hallé que era realmente verdad. No quiero entrar en otros particulares aquí, excepto el decir que (con la excepción de la Biblia) prefiero este libro de Martín Lutero sobre los Gálatas a todos los otros libros que he visto en mi vida. Es en gran manera útil para una conciencia herida.
Ahora encontré, o por lo menos creí haber encontrado, que amaba a Cristo realmente de modo entrañable. Pensé que mi alma se aferraría a El para siempre y que mi amor para El permanecería como el fuego; pero pronto hallé que mi gran amor era demasiado poco y que y o que sentía este amor ardiente a Cristo, podía dejarlo correr por una fruslería. Dios sabe cómo humillarnos y hacernos ver nuestro orgullo.
Poco después de esto mi amor fue puesto a prueba para este mismo propósito. Después que el Señor me había librado con su gracia de las terribles tentaciones y me había dado tal consolación y tan bendita evidencia de que me amaba, esta vez vino una tentación más terrible que la anterior. Esta tentación me asedió con fuerza durante un año y me siguió continuamente y no me dejó en paz un solo día, a veces ni una sola hora durante varios días, excepto cuando estaba dormido. Estaba seguro de que aquellos que una vez habían estado con Cristo no podían perderle más, por lo de «la tierra no se venderá a perpetuidad, porque la tierra mía es» dijo Dios (Levítico 25:23).
Con todo, era una aflicción constante para mí el pensar que pudiera tener hasta un solo pensamiento en contra de Cristo, quien había hecho por mí todo lo que había hecho: no tenía casi otros pensamientos acerca de él que blasfemias, y ni el hecho que odiara estos pensamientos ni el resistirlos me ayudaba en lo más mínimo a mantenerlos alejados. No importa lo que pensara o hiciera, estaban allí. Cuando comía, cuando me agachaba para recoger un alfiler del suelo, cuando partía leña o miraba esto o aquello, volvía la tentación: «Vende a Cristo por esto, vende a Cristo por aquello: véndele, véndele.» A veces, estas palabras se repetían en mis pensamientos cien veces: «Vende, véndele.» Y durante horas enteras a la vez me veía obligado a estar en guardia, forzando mi espíritu, por temor de que antes de haberme dado cuenta, algún pensamiento malvado se levantara en mi corazón que consintiera a esta tentación. Algunas veces el tentador me hacía creer que había consentido en ello, y entonces era como si me torturaran en el potro durante días enteros. Esta tentación me asustaba muchísimo, porque, como ya he dicho, tenía miedo de ser vencido por ella. Y luchaba tan duro contra ella con mi mente y mi cuerpo, que estaba agitado, moviéndome o empujando con las manos o los codos. Tan pronto como el destructor decía «véndelo», y contestaba: «No lo haré, no lo haré, no; ni por millones y millones y millones de mundos.» Lo decía porque tenía miedo de ponerle un precio demasiado bajo, y estaba tan confuso y trastornado que apenas sabia lo que hacia o cómo quedarme quieto.
Durante este período no podía comer en paz, pues tan pronto como me sentaba a la mesa, tenía que levantarme y orar.
Tenía que dejar la comida inmediatamente, pero era el diablo el que me tentaba a hacerlo con su santidad fraudulenta. Le decía yo: «Estoy comiendo ahora, déjame terminar primero.» «No, me decía, tienes que hacerlo ahora, o vas a desagradar a Dios y despreciar a Cristo.» Yo me imaginaba que éstos eran impulsos procedentes de Dios y que si no los seguía iba a negar a Dios. Para decirlo brevemente: una mañana estaba echado en la cama, asaltado, fieramente, como tantas otras veces por la tentación de vender a Cristo. La sugerencia malvada me corría por la mente tan rápido como un hombre pudiera hablar: «Véndelo, véndelo, véndelo, véndelo, véndelo. »Como de costumbre, mi mente iba repitiendo: «No, por miles, miles, miles, miles.» Lo repetí veinte veces, hasta que al fin, después de una gran lucha, sentí que este pensamiento me pasaba por el corazón: «Déjalo ir si El quiere irse», y mi corazón consintió. Así que inesperadamente Satán había ganado la batalla y yo caí, como un pájaro al que han disparado en la copa de un árbol, en una desesperación espantosa y una culpa insondable. Levantándome de la cama me fui al campo, con el corazón tan pesado como nunca mortal alguno puede haber sentido.
Allí estuve unas dos horas como un hombre sin vida, sin recuperación posible, entregado al castigo eterno. Este es el pasaje de la Escritura que se apoderó de mi alma: «No sea que haya algún fornicario o profano, como Esaú, que por una sola comida vendió su primogenitura. Porque ya sabéis que aún después, deseando heredar la bendición, fue a o, pues no halló oportunidad para el arrepentimiento, aunque lo procuró con lágrimas» (Hebreos 12:16, 17). Ahora estaba entregado al juicio venidero. No había nada en el futuro para mí sino la condenación. Pasaron los meses y el sonido de este versículo referente a Esaú estaba continuamente en mi mente. Pero hacia las diez o las once de la mañana, un día, cuando estaba andando junto a un seto, lleno de pena y culpa, pensé en esto tan triste que me había acontecido y de repente esta frase se arremolinó en mi mente: «La sangre de Cristo n os limpia de toda culpa.» De repente me paré, me planté en el espíritu, y este maravilloso versículo se apoderó de mí: «La sangre de Jesucristo su Hijo, nos limpia de todo pecado» (1 Juan 1:17).
La paz volvió a entrar en mi alma, y pensé que podía ver al tentador escabulléndose, corrido de lo que había hecho. Al mismo tiempo, empecé a ver que mi pecado, cuando se comparaba con la sangre de Cristo no era más que un terruño o una piedra en aquel campo inmenso en que me hallaba. Esto me animó grandemente en las dos o tres horas siguientes, durante las cuales pensé que veía por la fe al Hijo de Dios sufriendo por mis pecados. Pero como este sentimiento no duró, pronto mi espíritu se hundió otra vez en un mar de culpa. Pero era principalmente el pasaje sobre Esaú, que vendió su primogenitura, que permanecía todo el día en mi mente. Cuando trataba de pensar algún otro texto de la Escritura esta frase sonaba todavía dentro de mí: «Deseando heredar la bendición fue desechado, pues no halló oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas.» De vez en cuando tenía un sentimiento de paz del versículo de Lucas 22:32» «Pero yo he rogado por ti, que tu fe no falle»; pero no duraba mucho, y cuando pensaba en él no podía ver razón alguna para que hubiera gracia para mí, ya que había pecado tanto. Así que me veía hecho trizas día tras día.
Luego empecé a considerar con corazón triste la naturaleza y tamaño de mi pecado y a buscar en la Palabra de Dios para ver si podía hallar en alguna parte una promesa que me diera alivio. Empecé a considerar: «Todo será perdonado a los hijos de los hombres, los pecados y las blasfemias, cualesquiera que sean» (Marcos 3:28). A primera vista parecía que esto contenía una gloriosa promesa para el perdón de ofensas tales como la mía. Pero a medida que iba pensando en ello, decidí que probablemente estaba hablando sobre los que habían pecado antes de la venida de Cristo, y que no había aplicación para uno que hubiera recibido luz y misericordia y luego hubiera despreciado a Cristo como yo había hecho. Esto me hizo temer que mi pecado era el pecado imperdonable, del cual se dice: «Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tiene jamás perdón, sino que es reo de un pecado eterno» (Marcos 3:29). Y este versículo de Hebreos parecía conformar este terrible pensamiento: «Porque y a sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado, pues no halló oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas.» Y ésta era la palabra con la que yo estaba atascado.
Y ahora era a la vez una carga y un terror para mí. Estaba cansado de la vida y tenía miedo a la muerte. ¡Cuánto habría deseado ser otra persona distinta de mí mismo, algo distinto de un hombre, y estar en cualquier condición, excepto en la propia! Se me ocurría frecuentemente que era imposible para mí el ser perdonado y salvo de la ira venidera. Empecé a recordar el pasado y a desear mil veces que llegara el día en que fuera tentado de cometer algún pecado particular; y me sentía indignado contra aquel pecado, y me decía a ml mismo que antes me harían pedazos que consentir en aquel pecado. Pero, ¡ay!, estos deseos y resoluciones eran demasiado tardíos para servirme de nada, porque sentía que Dios me habla abandonado y pensaba: «Oh, quién pudiera ser como Job, que dijo: “¿Quién me volviese en los meses pasados, como en los días en que Dios velaba sobre mi? (Job 29:2).» Y entonces empecé a comparar mis pecados con los de otros, para ver si podía hallar alguno de los que habían sido salvados que hubiera hecho lo que yo había hecho. Así consideraba el adulterio de David y el asesinato, y consideraba que eran crímenes terribles, verdaderamente. Habían sido cometidos después de haber recibido luz y gracia. Con todo, veía que sus transgresiones eran sólo contra la Ley de Moisés; pero las mías eran contra el Evangelio, contra el mismo Mediador; había vendido a mi Salvador. Y por tanto, otra vez me hallaba como si me descuartizaran en la rueda. ¡Oh!, ¿por qué habla tenido que cometer este pecado particular que había cometido? ¡Cómo me escocía y azotaba este pensamiento!
¿Qué, pensé yo, hay sólo un pecado que sea imperdonable? ¿Sólo un pecado que pone al alma fuera del alcance de la misericordia de Dios? ¿Y tengo que ser culpable yo de éste precisamente? ¿Sólo hay un pecado entre millones de ellos para el cual no hay perdón, y yo había de cometer éste mismo? Estas cosas quebrantaban mi espíritu de tal forma que había momentos en que creía que había perdido la razón. Nadie puede conocer el terror de aquellos días, sino yo mismo. Después de esto empecé a considerar el pecado de Pedro al negar a su Maestro.
Este me parecía mucho más cercano al mío que ningún otro pecado en que pudiera pensar. Había negado a su Salvador como yo había hecho después de recibir luz y misericordia, y después de haber sido advertido. Y consideraba también que lo había hecho más de una vez y con tiempo para considerar entre una vez y otra. Pero, aunque ponía todas estas circunstancias juntas para ver de hallar algún alivio, pronto vi que este pecado de Pedro era sólo una negación de su Maestro; mientras que el mío era vender a mi Salvador. Me parecía que mi situación era más próxima a la de Judas que la de David o de Pedro. Aquí mi tormento volvió a cobrar vigor. Estaba abrumado y quebrantado cuando consideraba la forma en que Dios habla preservado a los otros mientras que a mime habla dejado caer en el lazo. Podía ver fácilmente que Dios los estaba guardando aunque obraran mal, y no les dejaba transformarse en un hijo de perdición, como me había ocurrido a mí. ¡Cuánto me gustaba ver la forma en que Dios preservaba los suyos! ¡Cuán seguros andaban aquellos a quienes Dios guardaba! Estaban bajo cuidado y especial providencia, aunque fueran tan malos por naturaleza como yo era. Como El los amaba no les dejaba caer más allá del alcance de su misericordia, pero no me preservaba ni me guardaba a mí. Me habla dejado caer a mí porque yo era un reprobado. Aquellos lugares maravillosos de las Escrituras que hablan de la forma en que Dios guarda a los suyos brillaban como el sol, pero no me consolaban- porque me mostraban el estado bienaventurado y la heredad de aquellos a quienes el Señor había bendecido. Vi que Dios tenía su mano en todas las cosas que ocurrían a sus escogidos, y que tenía su mano también en todas las tentaciones para pecar que ellos sufrían.
Los dejaba durante un tiempo, para dar paso a estas tentaciones; no demasiado, para que no fueran destruidos, sino para que pudieran ser humillados. No era para ponerlos más allá de su misericordia, sino para ponerlos en el lugar en que la recibieran. ¡Qué amor, qué cuidado, qué bondad y misericordia veía que Dios mezclaba con las formas más severas y estrictas con que trataba a su pueblo! Dejó caer a David, a Ezequías, a Salomón, a Pedro y a otros, pero no los dejó caer en el pecado imperdonable o en el infierno. Naturalmente estos pensamientos sólo añadían pena y horror sobre mí. Suponía que así como todas las cosas obraban juntas para bien de aquellos que habían sido llamados según su propósito, de la misma manera todas las cosas obraban juntamente ahora, pero para mi daño y mi eterna condenación.
Después de esto empecé a comparar mí pecado con el de Judas, en la esperanza de hallar que el mío era diferente, porque sabía que el suyo era verdaderamente imperdonable. Y pensé que si difería del suyo, aunque fuera el grosor cíe un cabello, mi condición seria feliz. Descubrí que Judas había pecado intencionalmente, pero mi pecado había ocurrido a pesar de mis oraciones y esfuerzos en contra de él; el suyo había sido cometido después de seria ponderación; el mío en estado atribulado. Y así esta consideración del pecado de Judas fue, por lo menos durante un tiempo, de algún alivio para ml, porque veía que no habla transgredido tan plenamente como él. Pero esta esperanza se desvaneció también rápidamente, porque comprendí que podía haber más de una manera de cometer este pecado imperdonable, y así esta terrible iniquidad mía podía ser tal que no pudiera ser perdonada nunca. Estaba espantosamente avergonzado de ser tan semejante a Judas, y pensaba lo repugnante que sería a todos los santos en el día del juicio. Apenas podía mirar a un hombre que considerara tenía una buena conciencia, sin que sintiera que mi corazón temblaba en su presencia. ¡Qué gloria ha de ser el poder andar con Dios, y qué misericordia el tener una buena conciencia delante de El! Hacia este tiempo traté de contentarme escuchando falsas doctrinas: que no habría día del juicio; que no habría resurrección; que el pecar no era tan terrible como había pensado. «Incluso si estas cosas son así, me decía el tentador, con todo es más fácil, por lo menos de momento, no creerlas, si es que vas a perecer, al fin y al cabo.
No sirve para nada el atormentar-se así de antemano. Expulsa estos pensamientos de tu mente, y cree lo que creen los ateos y los ranters. » Veo en esto que Satán usaba todos los medios a su alcance para apartar a un alma de Cristo. Satán tiene miedo cuando alguien tiene un espíritu despierto. Su reino es la seguridad falsa, la ceguera, la oscuridad y el error. Era difícil ahora orar, a causa de las tinieblas y el desespero que me engullían. «Es demasiado tarde, estoy perdido, Dios me ha dejado caer, no hay corrección para mí, sólo condenación. Mi pecado es imperdonable.» Para este tiempo di con un libro que contaba la terrible historia del desgraciado Francisco Spira.
Este libro fue para mi turbado espíritu como si me frotaran sal en una herida reciente, cada frase del libro, cada gemido del hombre. Una frase era en especial terrible: «El hombre conoce el comienzo de su pecado, pero ¿quién puede decir dónde va a terminar?» Durante días enteros y seguidos hacían que mi mente se tambaleara bajo el sentimiento del espantoso juicio de Dios que estaba seguro pendía sobre ml. Y sentía tal ardor en mi estómago, por razón de mi terror, que era como si se me hendiera el esternón; y pensé en lo que está escrito de Judas, el cual «cayendo de cabeza, se reventó por la mitad y todas sus entrañas se derramaron» (Hechos 1:18). Pero ésta era la marca que Dios había puesto sobre Caín; un temor y temblor continuos bajo la pesada carga de su culpa que había sido cargada sobre él por la sangre de su hermano Abel. Así, yo tampoco no podía permanecer de pie, ni andar ni estarme quieto. Algunas veces me acordaba de las palabras: «Tomaste dones… para los que se resistían> (Salmo 68:18). Porque, pensaba, sin duda esto me incluye a mí. Antes le había amado, le había temido, le había servido, pero ahora era un rebelde. El tiene dones para rebeldes, ¿Por qué pues no los tiene para mí? Procuraba echar mano de esta esperanza, pero no podía. Entonces decidí considerar mis pecados contra los pecados del resto de los santos.
Aunque los míos eran mayores que los de ninguna otra persona, con todo si todos los pecados de los otros podían ser puestos juntos y el mío no fuera mayor que el de todos ellos sin duda había la esperanza. La sangre que tiene la virtud para lavar los de ellos, tiene virtud para lavar el mío, aunque el mío sea tan grande como el de todos ellos juntos. Pensé en los pecados de David, de Salomón, de Manasés, de Pedro y de otros grandes ofensores, y traté de convencerme que los suyos eran mayores de lo que eran. Me dije que David había derramado sangre para cubrir su adulterio, y que su asesinato fue hecho a sangre fría, de modo que su pecado era muy grande. Pero entonces pensé que éstos eran sólo pecados contra la Ley, no directamente contra el Salvador, como era el mío. Entonces pensé en Salomón, y cómo había pecado amando mujeres extranjeras, y cayendo en sus idolatrías, y edificando templos para sus dioses, aunque tenía la luz y había recibido gran misericordia en su vejez. Pero otra vez llegué a la misma conclusión: mi pecado era peor al vender a mi Salvador, que el pecado de Salomón contra la Ley.
Y consideraba también los pecados de Manasés, que edificó altares para los ídolos en la casa del Señor, y usó encantamientos y hechicerías con espíritus de parientes, que quemó a sus hijos en el fuego sacrificándolos a los demonios e hizo correr la sangre inocente por las calles de Jerusalén. Pero me dije: «Estos no son de la misma naturaleza que mis pecados.» Yo me había separado de Jesús. Yo había vendido al Salvador. Esta consideración parecía mayor que los pecados de todo el mundo. Todos ellos juntos no eran equivalentes al mío.
Ahora empecé a huir de Dios como del rostro de un juez espantoso, porque «horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo» (Hebreos 10:31). Pero por su gracia de vez en cuando me venían estas palabras: «Yo deshice como una densa nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí» (Isaías 44:22). Y esto me hacía detener un momento, como si mirara por encima del hombro para ver si podía vislumbrar que el Dios de gracia me seguía con el perdón en la mano. Pero tan pronto como hacía esto se me venía encima el recuerdo del rechazo de Esaú: «No hallo oportunidad para arrepentimiento, aunque lo procuro con lágrimas.» Un día, mientras estaba andando arriba y abajo en la tienda de un vecino cristiano, estaba pensando en mi triste y terrible condición, lamentándome del gran pecado que había cometido, y orando para que si este pecado fuera diferente del pecado contra el Espíritu Santo el Señor me lo mostrara.
De repente hubo un viento que penetró por la ventana y me alcanzó, muy agradable, y me pareció oír una voz que me decía: « ¿Has rechazado alguna vez ser justificado por la sangre de Cristo?» En un momento, toda mi vida quedó abierta sobre mí y me di cuenta de que nunca le había rechazado voluntariamente. Así que mi corazón contestó con gemidos: «No, esto no lo he rechazado nunca.» entonces cayó sobre mí con gran poder esta palabra de Dios: «Mira no deseches al que habla» (Hebreos 12:25). Estas palabras hicieron presa de mi espíritu de un modo extraño; trajeron consigo luz e impusieron silencio, en mi Corazón, a todos los pensamientos tumultuosos que había allí como una jauría de perros rabiosos, ladrando y aullando dentro de mí. Me mostraba también que Jesucristo tenía todavía una palabra desgracia y misericordia para mí, y que no me había olvidado y echado mi alma como yo temía. Y me parecía que esto era una manera de amenazarme si no fiaba de mi salvación en el Hijo de Dios, no obstante mis pecados y lo terribles que eran. No sé exactamente lo que ocurrió, aunque han pasado desde entonces veinte años en los que he podido pensar sobre ello. Pensé, entonces, lo que vacilo decir ahora: que aquel viento súbito e impetuoso fue como si un ángel hubiera venido hacia mí, pero procuraré no afirmarlo hasta que podamos saber todas las cosas en el día del juicio. Pero sí diré esto: trajo una gran calma a mi espíritu y me persuadió de que todavía había esperanza. Me mostró lo que era el pecado imperdonable y que mi alma todavía tenía el bendito privilegio de acudir a Jesús en busca de misericordia. Ciertamente no baso mi salvación sobre esta experiencia, sino en la promesa que el Señor Jesús me dio. He hablado de esta extraña situación con renuencia, pero como estoy en un libro abriendo las cosas secretas de mi vida, he creído que no podía estar equivocado al decir lo que he dicho. La gloria de esta experiencia duró tres o cuatro días, y entonces empecé a perder mi confianza otra vez y a entrar en la desesperación.
Tenía la vida colgando ahora en la duda, delante de mí y no sabía en qué dirección se iba a inclinar. Mi alma estaba ansiosa de lanzarse a los pies de la gracia por la oración. Encontré difícil pedir a Cristo misericordia en oración, por la manera tan vil en que había pecado contra El. ¿Cómo podía mirarle a la cara otra vez? ¡Cuán avergonzado estaba de pedir misericordia cuando la había rechazado hacía tan poco tiempo! Pero vi que no había otra posibilidad, ir a El y humillarme y pedirle que, por su maravillosa misericordia tuviera compasión y se apiadara de mi alma desgraciada y pecadora.
Pero cuando el tentador vio que iba a hacerlo me dijo que no debía orar a Dios; que no me serviría de nada, puesto que habla rechazado al Mediador por mediación del cual todas las oraciones son hechas aceptables al Padre. «El orar ahora, me dijo, viendo que Dios te ha rechazado, sería ofenderle aún más que antes.» Me dijo: «Dios se ha cansado de ti ahora a lo largo de treinta años, porque no eres de los suyos. Tus gritos en sus oídos no le serán desagradables; es por esto que te dejó pecar este pecado, para que fueras cortado, ¿y ahora todavía intentas orar?» Esto es lo que dijo el diablo, y me recordó de lo que Moisés dijo a los hijos de Israel, que cómo no hablan avanzado para poseer la tierra cuando Dios les había dicho que lo hicieran, había sido proscrito para siempre de ella, aunque intentaran pedírselo con lágrimas. En otro lugar (Éxodo 21:14) se nos dice que el hombre que ha pecado deliberadamente ha de ser arrastrado del altar de Dios para morir, como Joab fue muerto por el rey Salomón cuando intentó refugiarse allí (1.’ Reyes 2:28-34). Y, con todo, pensé dentro de ml, puedo morir, porque no será peor que lo presente.
Y así acudí a El, aunque no sin gran dificultad, debido a lo que se dísela Esaú que lo tenía clavado en el corazón como una espada flamígera para evitar que me acercara al árbol de vida, no fuera que tomando de sus frutos viviera. ¡Oh, quién sabe lo difícil que es a veces acudir a Dios en oración! Sentía ansias, también, de que otros oraran en favor mío, pero temía que Dios les animara muy poco a hacerlo. De hecho, temblaba de miedo de que pronto alguien que hubiera intentado orar por mí me dijera (como Dios había dicho una vez al profeta respecto a los hijos de Israel): «No ores por este pueblo» (Jeremías 11:14). Temí que el Señor me hubiera rechazado a mí como les había rechazado a ellos. Y pensé que quizá va había susurrado esto a al unos, pero ellos estaban asustados de decírmelo, temiendo que fuera verdad. Sí así fuera, yo ya no tendría remedio. Pero para este tiempo hablé con un cristiano antiguo sobre mí situación, le dije que temía haber cometido el pecado contra el Espíritu Santo. El me contestó que él lo creía así también. Así que saqué poco consuelo. Pero hablando un poco más hallé que, aunque era un buen hombre, él no había tenido mucho combate con el diablo. Así que volví a Dios otra vez, tal como pude, pidiendo misericordia.
Y ahora el tentador se burlaba de mí en mi desgracia, diciendo que puesto que yo me había apartado del Señor Jesús y provocado su desagrado, lo único que me quedaba por hacer era orar para Dios el Padre actuara de Mediador entre el Hijo y yo para que pudiéramos ser reconciliados que llenó mi espíritu fue: «El ha hecho su decisión y ¿quién puede cambiarla?» Vi al instante que sería más fácil persuadirle que hacer un mundo nuevo o una nueva Biblia que escuchar una oración así. Recordé que: «En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos» (Hechos 4:12). Ahora las palabras más hermosas del Evangelio eran causa del mayor tormento para mí. Nada afligía mi conciencia ardiente como el pensar en el Salvador. Todas las ideas de su gracia, amor, bondad, cariño, mansedumbre, dulzura, consuelo y consolaciones, atravesaban mi alma como una espada. Este es Aquél, me decía, de quien te has separado, a quien has despreciado, abochornado, insultado. Este es el Salvador que amó a los pecadores hasta el punto que limpió sus pecados con su preciosa sangre. Pero tú no tienes parte con el, porque tú has dicho en tu corazón: « ¡Que se vaya si quiere!» Oh, qué cosa tan terrible el ser destruido por la gracia y la misericordia de Dios; que el Cordero, el Salvador se haya vuelto el León y el destructor (Apocalipsis 6). Temblaba también, como he dicho antes, a la vista de los santos de Dios, que le amaban en gran manera y se ocupaban andando cuidadosamente delante de El.
Sus palabras y sus acciones v todas sus expresiones de ternura y temor a pecar contra su precioso Salvador me condenaban. El temor de ellos estaba sobre mí, y temblaba ante el Dios de Samuel (1 Samuel 16:4). Ahora el tentador empezó un nuevo ataque diciéndome que Cristo tenía compasión de mí y sentía mi pérdida, pero que no podía hacer nada para salvarme de mis pecados, porque no eran de la clase por los que él había sangrado y muerto. Estas cosas pueden parecer ridículas, pero parta mí eran tormentos terribles. Cada una de ellas aumentó mi sufrimiento. No era que pensara que El no era bastante grande, o que su gracia y salvación habían sido ya agotadas en otros, sino que debido a que tenía que ser fiel a sus avisos y amenazadas para hacerlos cumplir, ahora no podía extender su misericordia sobre mí. De modo que todos estos temores surgieron por mi firme convicción de la verdad dela Palabra de Dios y de mi error sobre la naturaleza de mi pecado. Este pensamiento que era culpable de un pecado por el cual El no había muerte me ataba de forma que no sabía por dónde moverme. Cuánto hubiera deseado que viniera otra vez a morir en la tierra. Cuánto deseaba que la obra de la redención del hombre no hubiera sido completada todavía. Cómo le rogaría entonces que incluyera mi pecado entre los demás por los cuales iba a morir. Pero este pasaje me dejaba paralizado: «Sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, y a no muere; la muerte ya no se enseñorea más de él» Romanos 6:9). 33
A causa de estos asaltos extraños y desacostumbrados del tentador, mi alma era como una vasija rota, y me hallaba arrastrado por los vientos y echado de cabeza al desespero. Era como el hombre que tenía su habitación entre las tumbas con los muertos, «dando gritos y cortándose con piedras» (Marcos 5:2-5). El desesperarse no le servía de consuelo. Pero de esta experiencia saqué una comprensión más profunda del hecho que las Escrituras eran la Palabra de Dios. No puedo expresar lo claramente que veía ahora y sentía la firmeza de Aquel que es la Roca de salvación del hombre. Lo que había dicho no podía desdecirse. Vi que el pecado podía llevar al alma más allá de la ayuda de Cristo, el pecado imperdonable; pero ¡ay de aquel que es así expulsado, porque la Palabra le cerrara a boca! Un día estaba andando por una ciudad vecina, y me senté en un banco en una calle. Estaba pensando profundamente en el terrible estado a que me habían llevado mis pecados.
Mientras estaba cavilando, levanté la cabeza y vi el sol brillando en el cielo y que el sol empezaba a sentir asco a darme luz, que las mismas piedras de la calle y las tejas de las casas estaban también contra mí. Vi lo felices que eran las demás criaturas comparadas conmigo, y en la amargura de mi espíritu me dije con un terrible suspiro: « ¿Cómo puede Dios consolar a un desgracia-do como yo? Apenas había dicho esto cuando me llegó como un eco que responde a una voz: «Este pecado no es de muerte.» De súbito, fue como si alguien me hubiera levantado de la tumba y grité: «Señor, ¿dónde has encontrado una palabra tan maravillosa como ésta?» El poder y dulzura, la luz y la gloria de esta inesperada palabra me dejaron maravillado. Ahora bien, durante un rato, estuve dudando. Si este pecado no es para muerte, pensé, entonces puede ser perdonado. Sé de esto que Dios me está animando a que acuda a Cristo pidiendo misericordia, y que El está con los brazos abiertos para recibirme a mí como recibe a los otros. Nadie que no hay a pasado por una experiencia así puede comprender el alivio que llegó a mi alma. La terrible tormenta había terminado, y ahora parecía que me encontraba en la misma base que los demás pecadores, y que tenía el mismo derecho a la Palabra y a la oración como ellos. Pero, oh, cómo se agitaba Satán para volver a derribarme. Pero no pudo conseguirlo, por lo menos no pudo aquel día ni durante casi todo el siguiente, porque la frase que había oído era como un muro que me protegía la espalda. Pero hacia la noche del día siguiente sentí que el poder de su Palabra empezaba a dejarme y me retiraba el apoyo, y por ello volví a mis antiguos temores. El día siguiente al atardecer, aunque bajo un gran temor, fui a buscar al Señor, y le dije a grandes voces: «Oh, Señor, te ruego que me muestres que me has amado con amor eterno» (Jeremías 31:3). Tan pronto como había dicho esto cuando me vino al oído, como un eco: «Con amor eterno te he amado.»
Ahora si que me fui a la cama en sosiego, y cuando me levanté a la mañana siguiente la seguridad estaba todavía fresca en mi alma, y yo creía en ella. El tentador intentó cien veces desbaratar mi paz. ¡Oh, los conflictos con que tuve que encararme ahora! Mientras me esforzaba para mantenerme en este curso sosegado, lo de Esaú todavía me abofeteaba. A veces iba dando sacudidas arriba y abajo, veinte veces en una hora; con todo, Dios me ayudo y guardó mi corazón en su Palabra, de la cual sentía mucha dulzura y esperanza durante días seguidos. Creía que El iba a perdonarme, porque me parecía que me estaba diciendo: «Te estaba amando mientras cometías este pecado, te amaba antes, te amo todavía, y te amaré siempre.» Vi que mi pecado era particularmente asqueroso y sabía insultado horriblemente al Santo Hijo de Dios. Sentí gran amor y piedad por El, y suspiraba por El, porque vi que todavía era mi amigo y me daba bien por mal. Mi afecto por El ardía tan fuerte en mí que estaba lleno del deseo de que se vengara de ml, por la ofensa que le habla hecho. Para decir ahora lo que pensaba entonces sentía que si tuviera mil galones de sangre dentro de las venas de buena gana los habría vertido todos a los pies de mi Señor. Otra palabra bondadosa se me presentó a este tiempo: « Jah, si miras a los pecados, ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse en pie? Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado» (Salmo 130:3, 4). Estas eran palabras dulces especialmente la parte que dice que hay perdón en el Señor para que pueda ser reverenciado.
Tal como yo lo entendía, significaba que El nos perdonaba para que le pudiéramos amar. Parecía que el gran Dios habla puesto tan alta estima en el amor a sus pobres criaturas que más bien perdonaba la trasgresión que dejar de amarnos. Me sentí confortado y animado por Ezequiel 16:13: « Para que te acuerdes y te avergüences, y nunca más abras la boca a causa dé tu vergüenza; cuando yo te haya perdonado todo lo que hiciste dice el Señor Jehová.» Y así fue que mi alma fue puesta en libertad consideré que para siempre- de la aflicción de mi culpa que habla sido tan terrible antes. Pero luego empecé a sentirme por completo desesperado otra vez, temiendo que, a pesar de toda la paz que habla encontrado, pudiera engañarme y todavía ser destruido finalmente. Porque sentía fuertemente que a pesar de todo el consuelo y paz que pudiera sentir, si las Escrituras no concordaban con mi caso, todos los sentimientos serían inútiles. «La Escritura no puede ser quebrantada» (Juan 10:35). Y fui a la base otra vez, para ver si uno que habla pecado como yo podía confiar en el Señor todavía, y fue a esta sazón que me vino a la cabeza la palabra: «Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo degustaron la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento» (Hebreos 6:4-6). «Porque si continuamos pecando voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y un fuego airado, que está a punto de consumir a los adversarios» (Hebreos 10:26, 27).
Aquí estaba Esaú, «que por una sola comida vendió su primogenitura. Porque a sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, desechado, pues no halló oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas» (Hebreos 12:16, 17). Y ahora parecía que no quedaba promesa del Evangelio para mí en ninguna parte dé la Biblia, y seguí pensando en Oseas 9:1: «No te alegres, oh Israel, no te regocijes como los demás pueblos.» Había sin duda motivos de regocijo para los que pertenecían a Jesús; p ero, para mí, yo mismo me había cortado con los demás con mis pecados, y no quedaba punto de agarre para las manos o de apoyo para el pie entre todas las promesas de la preciosa Palabra de Dios. Me consideraba como un niño que ha caído en un estanque; puede esforzarse entro del agua; pero, como no tiene dónde agarrarse tiene que perecer finalmente. Tan pronto como este nuevo ataque de Satán había embestido mi alma me vino esta palabra de las Escrituras al corazón: «La visión es para muchos días» (Daniel 10:14) (antigua traducción del rey James). Verdaderamente encontré que esto era lo que había ocurrido, porque no pude volver a tener paz hasta transcurrida casi dos años y medio. En realidad estas palabras fueron de mucho ánimo para mí, porque sentí que «muchos» días no es para siempre. Un día u otro tendrán fin.
Sin duda habrá un final a los mismos. Estaba contento de que fuera sólo por un tiempo limitado, aunque era algo. Pero estos pensamientos no me ayudaban mucho, porque no podía mantener la mente a lo largo de esta línea de pensamiento. Para este tiempo me sentí animado a orar, pero el tentador otra vez se rió de mí, sugiriéndome que la misericordia de Dios y la sangre de Cristo no eran para mí y no podían aplicarse a mi pecado, de modo que la oración sería en vano. No obstante, así y todo decidí orar. «Pero -dijo el tentador- tu pecado es imperdonable.» «Bueno contesté-, pero oraré de todas maneras.» «No te servirá de nada», replicó. «Con todo -le respondí-, voy a orar.» Y me puse a orar y dije: «Señor, Satán me dice que tu misericordia y la sangre de Cristo no bastan para salvar mi alma. Señor, ¿te haré honor creyendo que tú puedes y que lo harás? ¿O haré honor a Satán creyendo que Tú no puedes y no lo harás? Señor, yo quiero honrarte a Ti creyendo que Tú puedes y lo harás.» Mientras estaba orando así, este pasaje de la Escritura se adhirió a mi corazón: «Oh, grande es tu fe» (Mateo 15:28). Esto me vino de modo tan súbito que parecía que alguien me había dado una palmada en la espalda mientras estaba de rodillas, y no obstante no pude creer que esto fuera una oración de fe hasta casi seis meses más tarde. Simplemente, no podía creerlo. Así que seguí en las fauces de la desesperación, lamentando y gimiendo por mi triste condición.
No había nada que deseara más que el hallar una vez por todas si había alguna esperanza para mí o no. Entonces estas palabras acudieron a mi mente: « ¿Desechará el Señor para siempre, y no volverá más a sernos propicio? ¿Ha cesado para siempre su misericordia? ¿Se ha acabado para siempre su promesa? ¿Ha olvidado Dios el tener misericordia? ¿Ha encerrado en su ira sus entrañas? (Salmo 77:7-9). Entretanto que estas preguntas de la Palabra estaban rodando por mi mente sentí que el mismo hecho de que fueran preguntas indicaba con seguridad que El no me había echado para siempre sino que sería favorable; que su promesa no había fallado; que no había olvidado su misericordia y no había cerrado en ira su gracia para mí.
Había otro pasaje de la Escritura que vino a mi mente para este tiempo, aunque no recuerdo ahora cuál era, que también me hacia sentir que la misericordia de Dios para mí no había sido cerrada. En otra ocasión, mientras estaba debatiendo desesperadamente la cuestión de si la sangre de Cristo era suficiente para salvar mi alma, la duda continuó desde la mañana hasta las siete o las ocho de la noche. Cuando estaba completamente agotado con mis temores, de repente las palabras «El es capaz» entraron en mi corazón. Me parecía que estas palabras habían sido pronunciadas en voz alta para mí, y todos mis temores fueron derrocados por lo menos durante un día: nunca había tenido más certidumbre en toda la vida. Luego estaba otra vez orando y temblando por el temor de que no había palabra de Dios que pudiera ayudarme, y las palabras vinieron otra vez; «bástate mi gracia», y me sentí mas esperanzado. Y con todo, dos semanas antes había estado leyendo este mismo versículo, y en aquel tiempo pensé que no había en él ayuda ni consuelo para ml.
De hecho, había dejado el Libro con impaciencia porque pensaba que no me abarcaba a mí. Pero ahora otra vez me pareció que este versículo tenía los brazos de la gracia tan amplios que podía incluirme no sólo a mi sino a muchos otros además. Me sostuvieron estas palabras durante muchos conflictos, por un período de unas siete u ocho semanas. Durante este período mi paz entraba y salía, en ocasiones hasta veinte veces al día. Ahora un poco de consuelo, y luego, de súbito, mucho conflicto; ahora un poco de paz, andaba doscientos pasos y volvía a estar en lleno de dudas y culpa. Y esto no fue sólo de vez en cuando, sino durante las siete semanas enteras. Este versículo sobre la suficiencia de la gracia y el de la venta de Esaú de su primogenitura eran como dos balanzas que subían y bajaban en mi mente; a veces, un lado arriba y el otro abajo; luego, viceversa. Seguí orando a Dios que me mostrara la respuesta completa. Sabía que había una posibilidad de gracia para mí, pero no odia ir más adelante.
Mi primera pregunta había sido contestada: había esperanza, y Dios todavía tenía misericordia. Pero la segunda pregunta ¿había esperanza para mí? todavía no ha la sido contestada. Un día, en una reunión con el pueblo de Dios, estaba lleno de terror y de tristeza, porque mis temores eran fuertes otra vez. De repente, irrumpió sobre mí la palabra: «Bástate mi gracia. Bástate mi gracia. Bástate mi gracia.» Tres veces. Estas eran palabras poderosas.
Hacia este tiempo mi entendimiento fue iluminado, y sentí como si hubiera visto al Señor Jesús mirando desde el cielo a través del tejado, dirigiéndome estas palabras. Esto hizo que me fuera a casa de luto, porque me partió el corazón: me llenó de gozo y me dejó abatido hasta el polvo. Naturalmente, esta gloria y refrigerio no duró mucho, pero siguió durante varias semanas. Luego, como de costumbre, la otra palabra sobre Esaú se presentó otra vez, y así en experiencias con altibajos: ahora paz, luego terror. Y así fui siguiendo durante varias semanas, unas veces consolado, otras atormentados. Algunas veces me decía a mí mismo: « ¡Cómo! ¿Cuántos pasajes de la Escritura hay contra mí? Hay sólo tres o cuatro, y ¿no puede Dios pasarlos por alto y salvarme?» Un día, recuerdo que me preguntaba qué pasaría si algún versículo de terror, como el de Esaú, entrara en mi corazón en el mismo momento en que había otro de promesa y de paz. Y empecé a desear que ocurriera esto y deseaba que Dios lo permitiera.
Bueno, unos dos o tres días después, esto fue exactamente lo que ocurrió. Los os me entraron al mismo tiempo y lucharon con furor durante un rato. Pero, al fin, el de la primogenitura de Esaú se fue y quedó el de la suficiencia de la gracia, y con él, paz y gozo. Entonces me vino el pasaje: «La misericordia triunfa sobre el juicio» (Santiago 2:13). Este pasaje también me ayuda: «El que a mí viene de ningún modo le echaré fuera» (Juan 6:37). Oh, qué consuelo me venía de la palabra: « ¡De ningún modo!» Satán procuraba arrancarme esta promesa con toda su fuerza, diciendo que Cristo no quería que se me aplicara, y que El estuviera hablando, cuando lo dijo, de pecadores que no habían hecho lo que había hecho yo. Pero yo le contesté: Satán, no hay excepciones a estas palabras. «El que a ml viene» significa «toda persona». Cuando recuerdo esta experiencia, veo que Satán nunca me hizo la pregunta: «pero ¿vienes tú a El de modo apropiado?» Y creo que la razón es que él tenía miedo que le echara en cara que el modo apropiado era precisamente la forma en que me encontraba yo, un pecador impío y ruin, para echarme a sus pies de misericordia. De todas mis escaramuzas con Satán sobre la Biblia, la principal fue sobre este pasaje del evangelio de Juan. Y alabado sea Dios, le vencí y me sentí endulzado por este versículo.
A pesar de toda esta ayuda y de las bienaventuradas palabras de gracia, había todavía ocasiones en que sentía gran desazón en la conciencia. Y las palabras respecto a Esaú me asustaban todavía. Nunca podía librarme del todo de ellas, y cada día volvían a repetirse. Así que ahora lo enfoqué de otra manera. Procuraba hallar esperanza mirando directamente a lo que había hecho, examinando cada parte de la situación y viendo exactamente en dónde me dejaba. Una vez hube hecho esto hallé que habla dejado al Señor Jesucristo que eligiera si quería ser mi Salvador o no; porque éstas hablan sido las palabras malvadas que había dicho: «Qué haga lo que quiera.» Pero este pasaje me dio mucha esperanza, porque el Señor Jesús había dicho: «De ningún modo te desampararé ni te dejaré» (Hebreos 13:5).
« ¡Oh, Señor!», dije, «pero yo te he dejado a Ti». Y vino la respuesta: «Pero yo no te dejaré.» Por estas palabras le di gracias a Dios. Pero estaba asustado en gran manera de que me dejaría, y encontraba difícil el confiar en El, porque le había ofendido tanto. Vi que era como los hermanos de José, que se sentían culpables por lo que habían hecho a José, y temían que por ello su hermano los despreciara (Génesis 50:15-17). El pasaje de la Escritura que más me ayudó está en Josué 20, cuando habla del homicida que escapa a la ciudad de refugio. Si el vengador de sangre perseguía al homicida, Moisés decía que los ancianos de la ciudad de refugio no debían entregar al homicida en sus manos, porque había muerto a su prójimo de modo accidental, no a sabiendas, y no le odiaba. ¡Oh, bendito Dios por estas palabras! Estaba convencido de que yo era el homicida, un vengador de sangre me estaba persiguiendo. ¿Tenía yo derecho a entrar en la ciudad de refugio? No hubiera podido si hubiera derramado el san re a propósito. Pero el que de modo accidental a causa la muerte de otro, sin querer, y sin malicia, podía entrar. Así que decidí: que podía entrar. Yo no le aborrecía. Había orado tiernamente a El, aborreciendo al pecado contra El. Había trabajado de firme durante doce meses para abstenerme de cometer esta maldad a pesar de las terribles tentaciones en que había estado. Sin duda tenía derecho a entrar, y los ancianos -los apóstoles no iban a entregarme. Este fue un consuelo maravilloso para mí y dio mucho impulso a mi esperanza.
Con todo quedaba aún una pregunta, y era si alguien que hubiera cometido el pecado imperdonable podía tener alguna esperanza. No, no podía, por estas razones: primero, por que el que ha pecado así no puede participar en la sangre de Cristo; segundo, porque el que se ve imposibilitado de participar en la promesa de vida, nunca será perdonado, «ni en este mundo ni en el venidero» (Mateo 12:32); tercero, porque el Hijo de Dios le excluye de participar en sus oraciones, pues se halla avergonzado de él delante de su santo Padre y los benditos ángeles del Cielo (Marcos 8:38). Después de haber considerado esto cuidadosamente y haber comprendido que el Señor me había sin duda consolado, incluso después de mi pecado, sentí que al fin podía mirar cuidadosamente aquellos terribles pasajes de la Escritura que me habían asustado tanto, y en los cuales no me había atrevido a pensar hasta ahora. Ahora empecé a acercarme a ellos, a leerlos, a pensar en ellos a sopesarlos.
Y cuando lo hice hallé que no eran tan terribles como habla creído. Primero consideré el capitulo seis de Hebreos, temblando de miedo, pensando que me derribaría de un golpe. Pero cuando lo consideré hallé que estaba hablando de los que han dejado completamente al Señor y han negado totalmente el Evangelio y la remisión de pecados por medio de Cristo. Fue pensando en éstos que el apóstol empezó su argumento en los versículos 1, 2 y 3. Y encontré que la apostasía de que estaba hablando era de una clase abierta, a la vista de todo el mundo, de tal manera que «ponía a Cristo a la vergüenza pública». Hallé que aquellos de quienes estaba hablando permanecían por completo y para siempre en la ceguera, empedernidos e impenitentes, y era imposible que fueran renovados para el arrepentimiento. Y vi también claramente para la alabanza eterna de Dios, que mi pecado no era de la clase de que se habla aquí. Luego me dirigí a Hebreos 10 y hallé que el pecado voluntario que se menciona allí no es cualquier clase de pecado voluntario, sino que es de un modo particular el despreciar a Cristo y sus mandamientos. Este pecado no puede ser cometido a menos que uno ande directamente en contra de la obra de Dios en su corazón, que trata de persuadirle de que no lo haga. El Señor sabe que aunque mi pecado fue terrible, no era de la misma clase del que se habla en estos versículos. Y finalmente llegué a Hebreos 12:17. Por poco me mata el mirar este versículo sobre Esaú, pero ahora vi que no se trata en él de un pensamiento apresurado, sino de algo deliberado (Génesis 25). Segundo, fue una acción abierta y pública -por lo menos era conocida por su hermano Jacob, y esto hizo su pecado más terrible de lo fue hubiera sido de otro modo. Tercero, continuó despreciando su primogenitura: «Comió, bebió, se levantó y se fue» (Génesis 25:34). De esta manera menospreció Esaú la primogenitura. Incluso veinte años después todavía la despreciaba, porque dijo: «Suficiente tengo yo hermano mío; sea para ti lo que es tuyo» (Génesis 33:9). Yo había sido perturbado, y terriblemente deprimido, como sabéis, por el hecho que Esaú había procurado arrepentirse, pero no había hallado la oportunidad, Pero ahora vi que era porque había perdido la bendición, no porque había perdido la primogenitura. Esta no le importaba. Esto se ve claro por los apóstoles, y por Esaú mismo, porque dijo: «Se apoderó de mi primogenitura, y he aquí, ahora ha tomado mi bendición» (Génesis 27:36). Luego fui al Nuevo Testamento para ver qué tenía que decir sobre el pecado de Esaú. Parecía que la primogenitura era un símbolo de la regeneración y que la bendición era un símbolo de nuestra herencia eterna.
Como Esaú hay muchos que en este día de gracia y de misericordia desprecian a Cristo que es la primogenitura del cielo, y que a pesar de ello, en el día del Juicio esperarán la bendición y exclamarán en alta voz, como Esaú: «Señor, Señor, ábrenos.» Pero Dios el Padre no cambiará de parecer, sino que dirá: «He bendecido a estos otros y serán realmente bendecidos. Pero en cuanto a vosotros: “Apartaos de mí todos vosotros, hacedores de maldad”» (Génesis 27:34; Lucas 13:25-27». Vi que era apropiado el entender las Escrituras de esta manera y que el hacerlo, estaba de acuerdo con otras Escrituras y no contra ellas, y esto me dio mucho ánimo y consuelo.
Y ahora me quedaba sólo la parte final de la tempestad. No habla truenos ya, y sólo algunas gotas que calan de vez en cuando sobre ml. Pero como el terror que habla pasado era tan vivo y profundo, era como los que se han escaldado con agua hirviente. Pensaba que al menor contacto volvería a doler mi tierna conciencia. Un día, mientras pasaba por un campo cayó de repente esta frase sobre mi alma: «Tu justificación está en el cielo.» Y pensé que podía ver a Jesucristo a la diestra de Dios. Si, allí estaba sin duda mi justificación, de modo que, me hallara donde me hallara, o hiciera lo que hiciera, Dios no podía decir que no tuviera justificación, porque estaba delante de El. Y vi también que no eran mis buenos sentimientos los que hacían mi justificación mejor, y que mis sentimientos desagradables no hacían mi justificación peor; porque mi justificación esta b a en Jesucristo mismo, «el mismo ayer, hoy, y por los silos» (Hebreos 13:8).
Ahora sí que las cadenas se desprendieron de mis piernas; fui soltado de mis aflicciones y mis hierros. Mis tentaciones habían desaparecido de modo que desde aquel momento en adelante aquellos espantosos pasajes ya no me aterrorizaron más. Ahora fui a casa gozándome a causa de la gracia y el amor de Dios, y fui a mi Biblia y busqué dónde se hallaba este versículo. «Vuestra justificación está en los cielos. » Pero no pude encontrarlo. Y con ello mi corazón empezó a hundirse, hasta que de repente me acordé de 1.’ Corintios 1:30: « Ha sido hecho de parte de Dios, sabiduría, justificación, santificación y redención.» De este versículo vi que lo otro también era verdad. Descansé aquí en la paz de Dios dulcemente, por medio de Cristo durante mucho tiempo. No había nada sino Cristo delante de mis ojos. No pensaba en El ahora con referencia a su sangre, su sepultura, su resurrección, sino como Cristo mismo y que estaba sentado a la diestra de Dios en el cielo.
Me gloriaba en contemplar su exaltación y las maravillas de sus beneficios que concede tan fácilmente. Vi que todas aquellas gracias de Dios que me pertenecían pero que yo mostraba tan poco, eran como las pocas monedas que los ricos acostumbran a llevar en su bolsa, en tanto que el oro está bien resguardado en cofres, en su casa. Vi que mi oro estaba en un cofre en mi casa, en Cristo, mi Señor y Salvador. Ahora Cristo lo era todo, mi justificación, mi santificación y toda mi redención. Además el Señor me condujo al misterio de la unión con el Hijo de Dios, y vi que estaba unido a El, y que era carne de su carne y hueso de sus huesos. Y si El y yo éramos uno, su victoria era mía también. Ahora podía verme en el cielo y en la tierra al mismo tiempo; en el cielo por mi Cristo, mi cabeza, mi justificación, y mi vida; en la tierra, por mi propio cuerpo.
Vi que cumplíamos la ley por medio de El, moríamos por El, nos levantábamos de los muertos por El, ganábamos la victoria sobre el pecado, la muerte y el demonio y el infierno por El. Cuando El murió, nosotros morimos, y lo mismo ocurrió con su resurrección: «Nos dará vida después de dos días; en el tercer día nos levantará, y viviremos delante de El» (Oseas 6:2). Esto se cumple ahora en el Hijo del 41
Hombre «sentado a la diestra de la Majestad en las alturas» (Hebreos 1:3); como dice en Efesios, y «justamente con El nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús» (Efesios 2:6). ¡Oh, alabado sea Dios por estos pasajes de las Escrituras! Os he dado una degustación de la pena y la aflicción por la que pasó mi alma, y el consuelo dulce y bienaventurado que vino después. Y ahora, antes de seguir adelante, quiero contaros lo que creo fue la causa de esta tentación, y también por qué fue buena para mi alma. Las causas me parecen a ml que son dos en particular.
La primera fue que cuando habla sido librado de una tentación, no oré a Dios para que me guardara de tentaciones ulteriores. Oré mucho antes que la prueba se apoderara de mí, pero sólo oré para que me fueran quitadas las tribulaciones en que me encontraba y para hacer nuevos descubrimientos de su amor en Cristo, lo cual vi luego que no era hacer bastante. Tenía que haber orado también para que el Dios me preservara del mal que estaba de me di perfecta cuenta de esto al leer la oración de David, el cual, cuando se hallaba en un estado de gozo presente delante del Señor, oró a Dios para que le librara del pecado y la tentación venideras. «Entonces seré irreprochable y quedaré libre de grave delito» (Amos 19:13). Otro versículo sobre este mismo tema que quiero mencionar se halla en Hebreos 4:16: «Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.» Esto yo no lo había hecho, y por ello se permitió que cayera en el pecado, porque no había hecho Mateo 26:41. Esta verdad significa tanto para mí, hasta el momento presente, que cuando estoy delante del Señor, no me atrevo a levantarme de las rodillas hasta que le he pedido su ayuda y misericordia contra las tentaciones que han de venir.
Te ruego, querido lector que aprendas por medio de mi negligencia y, las aflicciones que siguieron durante días y meses y años, a estar alerta. La segunda causa de esta tentación fue que yo había tentado a Dios y ésta es la forma en que ocurrió. Fue en un momento en que mi mujer estaba encinta, pero antes de llegar el momento del parto. Y, con todo, sufría muchos dolores como si ya estuviera en el parto. Fue en este tiempo que yo había sido tentado a poner en duda la existencia de Dios. De modo que, estando mi esposa echada, gimiendo y llorando yo, aunque sólo en el secreto de mi corazón dije: «Señor, si tú quieres quitar los dolores de mi esposa, de modo que no los sufra más en toda la noche, entonces yo sabré que tú entiendes los secretos más recónditos e corazón.» Apenas había dicho esto en mi corazón que desaparecieron los dolores y cayó en un profundo sueño que duró hasta la mañana. Yo me maravillé en gran manera de esto, no sabiendo qué pensar; pero después de haber estado despierto durante largo rato, y no llorando ya ella, me quedé dormido. Cuando me desperté por la mañana, me acordé de lo que había dicho en mi corazón y de lo que el Señor había hecho, y permanecí asombrado durante muchas semanas.
Fue poco más o menos un año y medio después que pasó por mi perverso corazón el terrible pensamiento que mencioné antes al decir: «Que Cristo se vaya si quiere.» Cuando la culpa terrible de este pensamiento estuvo sobre mí durante tanto tiempo, la hizo más severa el recordar el otro pensamiento secreto respecto a mi esposa y mi conciencia gritaba: «Ahora sabes que Dios conoce los pensamientos más secretos de tu corazón y sabe que has pensado: «Que Cristo se vaya si quiere.» Y ahora me acordaba que las Escrituras nos cuentan de Gedeón, y de la manera que tentó a Dios con el vellón, seco y húmedo, cuando se preguntaban si debía creer y aventurarse a seguir las órdenes de Dios; y así, más adelante, el Señor le puso a prueba enviándolo contra un enemigo numeroso. Así fue conmigo, y con justicia, porque yo tenía que haber creído su Palabra, y no haber puesto un «sí» ante la omnisciencia de Dios. Os voy a decir algunas de las ventajas que conseguí por medio de estas tentaciones. Primero, me hicieron darme cuenta de la bienaventuranza y la gloria de Dios y de su querido Hijo. En la tentación anterior, mi problema había sido la incredulidad; la blasfemia; la dureza de corazón; y dudas sobre el ser de Dios y de Cristo, sobre la veracidad de la Palabra y la certeza del mundo venidero. Entonces mi problema era el ateísmo, pero ahora era muy diferente. En esta segunda tentación, Dios y Cristo estaban constantemente delante de mí, aunque, naturalmente, no para ofrecerme consolación, sino en terror y espanto. La gloria de la santidad de Dios me quebrantó, y la compasión de Cristo hizo lo mismo; yo pensaba en El como un Cristo dale que había rechazado y perdido y el recuerdo lo que había hecho me molía continuamente los huesos.
Las Escrituras también pasaron a ser maravillosas para mí. Vi que las verdades de las mismas eran las llaves del reino de los cielos. Los favorecidos por las Escrituras, heredaban la bienaventuranza, y aquellos a los que se oponían y condenaban las Escrituras perecían siempre. Esta palabra, «porque las Escrituras no pueden ser quebrantadas», quebrantó mi corazón, y lo mismo otra: «A quienes remitiereis los pecados les serán remitidos; y a quienes se los retuviereis, les quedarán retenidos» (Juan 20:23). Un versículo de la Escritura me aterrorizaba más que un ejército de cuarenta mil hombres que se me echaran encima.
Esta tentación también me ayudó a ver más claramente que nunca la naturaleza de las promesas de Dios. Cuando estaba allí postrado, temblando bajo la poderosa mano de Dios me veía continuamente desgarrado por el rayo de su justicia contra mí. Hacia la vigilancia de mi corazón cuidadosa en extremo, de modo que con suma reverencia volvía cada una de sus páginas y consideraba con temor y temblor cada una de sus frases y lo que éstas implicaban. Aprendí también de esta tentación a cesar en mi necia práctica anterior de tratar de eliminar de la mente las palabras de promesa que pudieran venir. Entonces, como un hombre que se ahoga, me agarraba a lo que veía, aunque no fuera para ml.
Antes pensaba que no tenía que preocuparme de la promesa, pero ahora no había tiempo que perder; el vengador de la sangre se me a encima. Entonces me agarraba a cada palabra, aunque con dudas de si tenía derecho a ella, y daba un salto al seno de la promesa, que tenía la impresión que se me escapaba. Ahora, también, procuraba tomar las palabras tal como Dios las había consignado sin tratar de quitar ni una sílaba de las mismas. Comprendí que Dios era capaz de decir cosas mucho mayores que lo que mi mente podía comprender. Me di cuenta que La no habla dicho las palabras apresuradamente sino con infinita sabiduría y juicio y en la misma verdad y fidelidad. En mi gran agonía, me lanzaba hacia la promesa como los caballos lo hacen hacia la tierra sólida cuando están en un lodazal. El miedo me había casi hecho perder el juicio y con todo luchaba por agarrar la promesa: «El que a mí viene en modo alguno le echaré fuera» (Juan 6:37). Al tratar de alcanzar la promesa, me parecía como si el Señor me estuviera rechazando, empujándome con una espada flameante, para mantenerme a distancia. Entonces pensaba en Ester, que fue al rey; y en los siervos de Benhadad, que fueron con sus vestidos sobre sus cabezas hacia los enemigos pidiendo misericordia.
Había la mujer de Canaán, también, que no se inmutó cuando Cristo la comparó a un perro, y también el hombre importuno que pide prestado un pan a medianoche. Esto era de mucho ánimo para mí. Antes de la tentación, nunca había visto tales alturas y profundidades en la gracia y amor y misericordia como vi después. Los grandes pecados ex traen gran gracia; y donde la culpa es más terrible y horrenda allí la misericordia de Dios en Cristo, cuando es finalmente revelada al alma, aparece mayor. Cuando Job hubo pasado su cautividad, «recibió el doble de todos sus bienes» (Job 42:10). Ruego a Dios que lo que me ocurrió a mí pueda llevar a otros a temer ofender a Dios, para que no tengan que soportar el yugo de hierro a que me vi yo sometido. Y voy a añadir que dos o tres veces, hacia este tiempo en que fui librado de esta tentación, tenía una comprensión tan asombrosa de la divina gracia de Dios que apenas la podía soportar. Era tan desmesurada que si hubiera permanecido en mí, creo que me hubiera hecho incapaz para la vida cotidiana.
Y ahora quiero contaros algunos de los otros tratos de Dios conmigo, en otras ocasiones, y algunas de las otras tentaciones a que fui sometido. Empezaré con lo que me ocurrió cuando me uní en comunión con el pueblo de Dios de Bedford. Fui admitido a la comunión de la Cena del Señor y este pasaje de la Escritura: «Haced esto en recuerdo de mí» (Lucas 22:19) llegó a ser precioso para ml. Por medio de ello, el Señor descendió a mi conciencia con el descubrimiento de su muerte por mis pecados. Pero no tardó mucho, después de haber participado de la ordenanza, que me vino una fiera tentación de blasfemar contra ella y de desear algo mortal para aquellos que participaban de la misma. Para conseguir evitar el consentir en estos pensamientos perversos y espantosos, tuve que resistirme poderosamente contra ellos, llamando a Dios que me mantuviera lejos de tales blasfemias, y a bendecir la copa y el pan de los cuales estábamos participando. He pensado desde entonces que la razón de la tentación era que no me habla acercado a ellos con suficiente reverencia.
Esto duró unos nueve meses, y no habla descanso ni alivio, pero finalmente el Señor vino a mi alma con el mismo pasaje de la Escritura que había usado antes. Después de esto pude participar del a bendita ordenanza con gran consuelo y confianza, discerniendo en ellos el cuerpo partido del Señor por mis pecados y su preciosa sangre, vertida por mis transgresiones. En otra ocasión parecía que yo me había contagiado de consunción, y durante el tiempo primaveral me vino súbitamente una debilidad que parecía que no iba a sobrevivir. Una vez más, hice un serio examen de mi estado y de mis expectativas para el futuro. Porque, bendito sea el nombre de Dios, he podido en todo tiempo conservar mi interés en la vida venidera delante de mis ojos claramente, de un modo especial en el día de la aflicción. Pero, tan pronto como había empezado a recordar mis experiencias y la bondad de Dios, acudieron a mi mente los recuerdos de innumerables pecados pasados, especialmente la frialdad de mi corazón, mi tibieza en hacer bien, mi falta de amor a Dios, a sus caminos y a su pueblo.
Y junto con esto vino la pregunta: ¿Son éstos los frutos del Cristianismo? ¿Son éstas las señales que da un hombre que ha sido bendecido por Dios? Ahora mi enfermedad era doble, porque me hallaba enfermo en el hombre interior, mi alma abrumada de culpa y mis experiencias de la bondad de Dios arrebatada y desaparecida en mi mente, como si nunca hubieran existido. Ahora mi alma se revolvía entre estas dos conclusiones: no debía vivir; no me atrevía a morir. Pero cuando estaba bajo por la casa, en un estado mental espantoso, esta palabra de Dios hizo presa de mi corazón: «Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús» (Romanos 3:24). ¡Oh, qué vuelta me dio el corazón! ¡Qué cambio súbito tuvo lugar! Era como si me hubiera despertado en medio de una pesadilla. Ahora Dios parecía decirme: «Pecador, tú crees que y o no puedo salvar tu alma a causa de tus pecad os; contempla a mi Hijo aquí, y mírale a 1, no a ti, y te consideraré a ti según me agrado de El.» Con esto llegué a comprender que Dios puede justificar al pecador en el momento en que mira a Jesús e imputarle a él los beneficios de Cristo.
Vino también, entonces, este pasaje de la Escritura sobre mí con gran poder: «No en virtud de obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme a su misericordia… con que nos ha salvado» (Tito 3:5; 2 Timoteo 1:9). Ahora me sentía llevado por el aire, en alas de la gracia y la misericordia, mientras que antes estaba asustado de morir, y ahora gritaba: «Puedo morir.» Ahora la muerte era amable y hermosa a mi vista, porque vela que nunca viviremos realmente hasta que lleguemos al otro mundo. Esta vida, según vi, era como un estado de sopor comparada como la de arriba. Fue para este tiempo también que vi más en estas tres palabras de lo que nunca podré expresar: «Herederos de Dios» (Romanos 8:17). Dios mismo es la porción de los santos. Esto vi y me maravillé, pero no puedo explicar lo que significó para mí. En otra ocasión estaba débil y enfermo y otra vez vino el tentador. He visto que es más probable que Satán asalte al alma cuando ésta llega cerca de la tumba.
Esta era su oportunidad, y procuraba con tesón esconder de mí las experiencias de la bondad de Dios y ponerme e ante los terrores de la muerte y el juicio de Dios; y por medio de este temor, de que me perdería si moría, era tan muerto ya como si hubiera llegado la muerte. Era como si ya hubiera descendido a la fosa. Pero entonces, exactamente en medio de estos temores, como una saeta, me vinieron a la mente las palabras del ángel que lleva a Lázaro al seno de Abraham, y comprendí que lo mismo ocurriría conmigo cuando dejara este mundo. Esta idea reavivó maravillosamente mi ánimo y me ayudó a tener esperanza en Dios otra vez. Y después que hube pensado sobre todo esto un rato, las palabras que cayeron con gran peso sobre mí fueron: « ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde está, oh sepulcro, tu victoria?» (1.’ Corintios 15:55). Al instante me puse bien, cuerpo y alma; mi enfermedad desapareció, y anduve confortablemente en mi camino para Dios, de nuevo. En otra ocasión, cuando las cosas iban bastante bien espiritualmente, de repente cayó sobre mí una gran nube de tinieblas que escondían las cosas de Dios en Cristo de tal forma que parecía como si nunca las hubiera conocido en la vida.
Mi alma quedó inerte, de modo que no se movía hacia la gracia y la vida que hay en Cristo. Era como si tuviera las manos y los pies amarrados con cadenas. Me quedé en estas condiciones durante tres o cuatro días, cuando, estando sentado junto al fuego, estas palabras irrumpieron súbitamente en mi corazón: «He de ir a Jesús.» En este momento la oscuridad y el ateísmo se desvanecieron, y aparecieron a la vista las benditas realidades del cielo. Llamé a mi esposa: «Hay en las Escrituras estas palabras: ‘¿He de ir a Jesús”?» Ella me dijo que no lo sabía, así que me quedé sentado pensando por si podía recordar el sitio. Estuve sentado dos o tres minutos y de repente me vino la idea «y a una innumerable compañía de ángeles» y todo el capítulo de Hebreos, cuando habla del monte de Sión, especialmente a partir del versículo 22, con las palabras «a Jesús», indicando que nos hemos acercado a El, del versículo 22. Aquella noche fue una de las que recordaré largo tiempo. Cristo era tan precioso para mi alma que apenas podía yacer en la cama por el gozo y la paz y el triunfo a través de Cristo. La gloria de aquella noche no continuó, pero Hebreos 12:22-24 fue un pasaje bendito para mí durante muchos días después. Estas son las palabras: «Os habéis acercado al monte Sión, a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, a la asamblea festiva de miríadas de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos, hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo pacto y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel.» Por medio de esta frase, el Señor me llevaba una y otra vez, primero a esta palabra, luego a aquella, mostrándome la maravillosa gloria que había en todas ellas.
Union Con Cristo ‘Capitulo 5′

CAPITULO 5: NOS HALLAMOS EN UNIÓN CON CRISTO
EN NUESTRA EXPERIENCIA DE LA SALVACIÓN
Dios une a su pueblo con Cristo en el momento mismo de hacerlos “criaturas nuevas”; también a través de la vida cristiana; además en la culminación de su redención o rescate.
En el momento de hacerlos “criaturas nuevas”, es decir, en el momento de su conversión.
Efesios 2:8-10 nos dice que los pecadores son salvados por gracia, por medio de la fe, y no por obras. Dios ha venido obrando en ellos por su Espíritu. Dios despierta la conciencia de los pecadores, los convence del pecado, y los saca de su estado natural de muerte espiritual. Dios por su gracia 16s hace “nuevas criaturas”. “Somos hechura suya” (vs. 10). Es decir, somos el resultado de la obra de Dios. Somos, lo que Dios por su gracia nos ha hecho. Hemos sido creados en Cristo Jesús. Dios nos une a Cristo obrando en nosotros, haciéndonos nuevas criaturas. ¿Cómo puede Dios hacer esto? Es que Cristo vivió una vida recta y perfecta aquí en la tierra. Por consiguiente, cuando Dios da la fe a los pecadores, los une a Cristo y pone a la cuenta de ellos la perfecta justicia de Cristo. Además, Dios da el Espíritu Santo a los creyentes, y esto por causa de toda la obra de Cristo. El Espíritu quebranta el poder del pecado y hace que la vida espiritual y la santidad crezcan en los corazones de los creyentes. Colosenses 3:4 nos dice que Cristo es la vida del creyente. , Pablo dice: “Fiel es Dios por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor” (1 Corintios 1:9). Cuando Dios llama a los pecadores a Cristo, los une con Cristo e imparte a ellos la justicia de Cristo. De otra manera, se podría decir que cuando Dios tiene a una persona por justa, Dios la “justifica”. Vamos a considerar dos puntos en cuanto a la justificación:
1. La justificación no existe sola: La palabra “justificar” viene de los tribunales de justicia. Un juez jt1ftifica a una persona cuando la declara legalmente justa e inocente de las acusaciones en su contra. Cuando Dios justifica a una persona, la declara legalmente justa porque reconoce la justicia de Cristo a su favor o en su cuenta. Unir y justificarse van juntos cuando Dios une al pecador a Cristo.
2. La justificación no es eterna: El diablo trata que las personas no vean las verdades bíblicas. Si no logra su objetivo, trata de que pongamos mayor énfasis en una verdad y olvidemos otras. Por ejemplo, algunas personas creen esta verdad que Dios escogió a su pueblo en Cristo y los unió con El en todas sus obras (su encarnación, su muerte, etc.). Pero van más allá y concluyen que Dios además justificó a su pueblo en la eternidad pasada. Hablan de la “justificación eterna”. Pero las Escrituras no enseñan esto. Dios no justifica hasta que no hayamos creído, y no podemos creer hasta que Dios haga su “llamamiento eficaz”. La frase “llamamiento eficaz” quiere decir que Dios nos llama de tal forma, que confiamos completamente en Cristo para nuestra salvación.
Pablo dice que los efesios estaban “en Cristo” y “escogidos en Cristo” (Efesios 1:3,4). Dice también que los efesios estaban” sin esperanza y sin Cristo en el mundo”, “muertos en delitos y pecados”, y “por naturaleza hijos de ira” antes de ser llamados por Dios por medio de su evangelio (Efesios 2:1, 3,12). A las personas que no están en Cristo, debemos decirles que están bajo condenación. Sin embargo, si estas personas se arrepienten en verdad y creen en Cristo, podemos con la misma certidumbre decirles que Dios los amó en Cristo desde antes de la creación del mundo; podemos decirles que estaban en Cristo en su muerte, su entierro y su resurrección.
Dios tiene a su pueblo unido con Cristo a través de toda su vida cristiana.
La Biblia nos dice que tenemos el poder de vivir nuevas vidas, porque estamos unidos a Cristo en su muerte y resurrección. “Porque somos sepultados juntamente con el para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Romanos 6:4). Porque El murió, nosotros también morimos. Porque El fue sepultado, nosotros también fuimos sepultados (el bautismo es un símbolo de esto). Porque El fue resucitado de entre los muertos, nosotros somos levantados para llevar un nuevo estilo de vida. Podemos vivir la vida cristiana porque nos hallamos unidos a Cristo.
Llevamos fruto por causa de nuestra unión a Cristo. Jesús dijo: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos” (Juan 15:1-8). Estas palabras son muy importantes. Las ramas dependen de la planta para poder vivir; se mueren y no sirven para nada si son cortadas. De la misma manera, Jesús dijo que los creyentes no pueden hacer nada separados de El. Para poder dar fruto (es decir, una vida que agrada a Dios) debemos estar unidos a Cristo. Además, cada uno de nosotros tiene dones espirituales por estar unido a Cristo. Pablo habla en 1 a Corintios 1:5 de los dones de Dios a su pueblo, y nos dice que hemos sido enriquecidos en todas las cosas, en toda palabra y en toda ciencia. Cristo, como Cabeza de la iglesia, da a su cuerpo todos los dones y favores necesarios para edificada. Además, la unión con Cristo es de gran importancia para poder vivir y experimentar la vida cristiana. Esto lo veremos más adelante en la segunda sección de este libro al hablar de la práctica. No hay duda, la unión con Cristo sí afecta nuestra vida diaria. Pablo dice: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra.” (Colosenses 3:1,2). ¿Por qué debemos hacer esto? “Porque habéis muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios. ” (Colosenses 3:3). Pablo dice que el creyente debe estar “muerto” al mundo, pero “vivo” para con Cristo. Debemos a todo momento tener presente en nuestra mente la realidad de nuestra unión con Cristo y luego, vivir de acuerdo con esta verdad. En 1 Corintios capítulo 6, Pablo habla sobre la impureza sexual. Los creyentes deben huir de la inmoralidad sexual (v. l8) y esto porque sus cuerpos están unidos a Cristo. Aquellos que están unidos a Cristo no pueden unirse a una prostituta. La Biblia dice que al unirse un hombre y una mujer, forman “una sola carne”. “Pero el que se une al Señor, un espíritu es con El.” (Versículos 15-18) Tanto el cuerpo como el alma del creyente están unidos a Cristo. La unión con Cristo envuelve a toda la persona.
Dios tiene a su pueblo unido a Cristo en la culminación de la redención
¿Siguen unidos con Cristo los suyos al final de su rescate? ¿Qué podemos decir en cuanto al porvenir? Esta culminación o perfeccionamiento vendrá en dos etapas: primera, nuestra muerte; segunda, la venida del Señor y la resurrección de nuestros cuerpos. Dios nos ha unido a su Hijo amado y nos ha dado su Espíritu. Al momento de separar nuestra alma del cuerpo, Dios limpiará todo remanente de pecado que haya, y veremos a nuestro Salvador. Al conocer esto, debe desaparecer el miedo a la muerte. Después de la muerte, ponen al cuerpo en un ataúd y luego lo entierran. Con el correr de los años, se convertirá en polvo a no ser que el Señor venga por segunda vez antes de que esto ocurra. “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez” (Hebreos 9:27). Pero las Escrituras nos dan una esperanza gloriosa para enfrentar estos oscuros pensamientos. ¿Cuál es la esperanza que nos dan?
1. El pueblo de Dios muere en unión con Cristo. Cuando el alma deja el cuerpo, la unión existente entre Cristo y el creyente sigue. Pablo se refiere a los cuerpos de los creyentes cuando escribe: “Los muertos en Cristo resucitarán primero.” (1 Tesalonicenses 4:16). De esto entendemos que los muertos, aún sus cuerpos, siguen en unión con Cristo. Las Escrituras también dicen: “EI Espíritu de Dios mora en vosotros” (Romanos 8:9) y “Vuestros cuerpos son miembros de Cristo” (1 Corintios 6:15) y “Vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 6:19). La muerte no puede romper esa unión. Estos hechos nos dan gran consolación. La descomposición del cuerpo no puede acabar con una misión que tiene su principio desde antes de la creación y que continuará en el cielo: “Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor” (Apocalipsis 14:13).
2. Hablando más de la esperanza que el creyente tiene, el pueblo de Dios resucita en unión con Cristo. “Porque así como en Adán (en unión con Adán) todos mueren, también en Cristo (en unión con Cristo), todos serán vivificados.” (1 Corintios 15:22). Pablo se refiere a la resurrección del cuerpo. Habrá algunas diferencias entre el cuerpo físico y el cuerpo que va a resucitar. “Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual” (1 Corintios 15:43,44). Pero este cuerpo que es sepultado, aún unido a Cristo, resucitará. Es verdad que los incrédulos no ven nada especial en los creyentes. Los creyentes se parecen a cualquier persona. Cuando estos mueren, las demás personas no ven sino que sus almas se han separado de sus cuerpos”.
Pero cuando venga Cristo, Dios mostrará al mundo que los creyentes son su pueblo unido a Cristo. La Biblia dice: “La creación aguarda con ansiedad la revelación de los hijos de Dios” (Rom 8:19 NVI) Los creyentes no se convertirán en hijos de Dios cuando Cristo venga por segunda vez; ellos ya son hijos de Dios. Pablo al escribir a los colosenses decía: “Cuando Cristo, vuestra vida se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con el en gloria. ” (Colosenses 3:4). Dios aclarará a todos, lo que significa la unión de los creyentes a Cristo. En una palabra, la unión con Cristo mira hacia atrás, hacia la elección que Dios hizo antes de la creación del mundo. También mira hacia adelante, hacia el porvenir, a la glorificación de los hijos de Dios. Nuestra unión con Cristo va desde la eternidad pasada hasta la eternidad futura, no tiene ni principio ni fin, en cuanto al plan de Dios.
Siendo tan grande la bendición en el Hijo de Dios, y puesto que Dios en el evangelio se la ofrece gratuitamente a todos los pecadores, no hay crimen más grande que el de despreciar a este bondadoso Salvador. La ira de Dios está sobre todo aquel que desprecia a Cristo. Y los creyentes tienen que mantener su comunión con Cristo, alimentándose de El por medio de la oración y la lectura de la Biblia. El diablo hará todo lo posible por estorbar y distraer para no permitir que esto se haga. Si tiene éxito, la fe de los creyentes se debilitará cada vez más. La comunión permanente con Cristo protege a los creyentes de la tentación de pecar. Que Dios dé entendimiento en estas verdades y nos haga adoradores de este Salvador glorioso y nos llene de gratitud por nuestra salvación tan grande.
Union Con Cristo ‘Capitulo 4′

CAPITULO 4: NOS HALLAMOS EN UNIÓN CON CRISTO
EN LOS ACTOS QUE ERAN PARA NUESTRA SALVACIÓN
Los actos de Cristo que sirvieron para nuestra salvación son: Su venida a la tierra, su vida en la tierra, su muerte, su resurrección, su ascensión al cielo, y su posición sentada a la diestra del Padre.
La encarnación de Cristo
Miremos dos pasajes de las Escrituras.
1. Romanos 8:1-13: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (8:1). ¿Por qué no hay ninguna condenación? “La ley del Espíritu de vida me libró de la ley del pecado Y de la muerte” (Romanos 8:2). Los creyentes han sido librados por causa de su ‘unión con Cristo. ¿Cuál es la base de su liberación? “Porque lo que era imposible para la ley (es decir, la ley no podía justificar al pecador) por cuanto era de débil por la carne (la naturaleza pecaminosa), Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado Y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne” (Romanos 8:3). Es decir, era la venida de Cristo en la carne, lo que permitió que El pagara por el pecado. Luego el apóstol sigue su discusión. No hay condenación para los que están en Cristo Jesús (vs. 1) porque ellos fueron librados de la ley del pecado y de muerte, la cual trae conde-nación (vs. 2). Fuimos librados porque Cristo se hizo humano. Sucedió de una manera tan real, que cuando Dios condenó el pecado en El, Dios a la vez condenó el pecado en todos aquellos que están en Cristo (v. 3). Por esta razón, ninguna condenación hay para los que están en Cristo. Cuando decimos que Cristo se identificó con la naturaleza humana, queremos decir que Dios lo mandó en “semejanza del hombre pecador” (Romanos 8:3). Pero, ¿se identificó Cristo con toda la humanidad? La respuesta a esta pregunta se halla en otro pasaje de la Biblia, el que vamos a mirar a continuación:
2. Hebreos 2:10-18. Este pasaje habla de hijos de los que son santificados, de hermanos y de los que son descendencia de Abraham. Estos términos todos hacen referencia a un solo grupo de personas. Los versículos dicen que Cristo lleva “muchos hijos a la gloria”. Para poder librar a estos hijos, es decir, a sus “hermanos”, de la servidumbre del diablo (vv. 14,15); Cristo tuvo que identificarse con este grupo particular de personas y no con
toda la humanidad en general. Se identificó con la “descendencia de Abraham” (Véase Gálatas 3:29). Con esta frase se refiere a creyentes en Cristo solamente.
La muerte y la resurrección de Cristo
Estos son otros actos de Cristo que eran para nuestra salvación. Cuando Cristo murió, resucitó, y ascendió a los cielos, no actuaba por su propia cuenta, sino como el Fiador designado de su pueblo. Un fiador es una persona que actúa como garantía por una deuda o que responde por otra persona. Cristo será la cabeza de su pueblo, obrando a su favor. Su pueblo estaba unido a El en estos actos de redención. Los pasajes más importantes sobre este tema son Romanos 6:2-11, Efesios 2:4-6, Colosenses 3:3,4, y 2 Corintios 5:15. Pablo habla de que nosotros hicimos algo” con” Cristo. A continuación, algunos pasajes de las Escrituras que declaran qué hicimos con Cristo:
Texto Literalmente podemos explicar estas palabras así:
Gálatas 2:20
He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí.
He sido crucificado conjuntamente con Cristo
Romanos 6:4
Por tanto, mediante el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, a fin de que, así como Cristo resucitó por el poder del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva.
Fuimos sepultados conjuntamente con Cristo
Efesios 2:5
Nos dio vida con Cristo, aun cuando estábamos muertos en pecados. ¡Por gracia ustedes han sido salvados!
Nos ha vivificado conjuntamente con Cristo
Colosenses 3:1
Ya que han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios.
He sido resucitado conjuntamente con Cristo
Romanos 8:7
La mentalidad pecaminosa es enemiga de Dios, pues no se
También podemos ser glorificados conjuntamente
somete a la ley de Dios, ni es capaz de hacerlo.
Con El Es decir, las palabras que Pablo uso para hablar de nuestra experiencia en Cristo, son palabras que nos ponen en la mas estrecha relación con El. Los actos realizados por Cristo nos muestran una relación intima con su pueblo. Aquellos que estaban en Cristo desde la eternidad estaban también en El durante sus padecimientos aquí en la tierra para alcanzar su salvación. Siendo Cristo hombre verdadero, temía los sufrimientos de la cruz. Pero oraba: “No sea como yo quiero, sino como tú”. No se resignaba a morir por la humanidad en general, sino que se entregaba por la salvación de su pueblo. En la cruz clamó: “Consumado es” ¿Qué fue lo que se quedó consumado o terminado? Pues, era que El había alcanzado o logrado la salvación de su pueblo. Fue consumada la salvación que El había comprado para su propio pueblo. Las Escrituras nos dicen que “Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella” (Efesios 5:25). Dicen también: “El buen pastor su vida da por las ovejas” (Juan 10:11). Así que la enseñanza clara de la Biblia, es que el propósito de Cristo era el de salvar a unas personas en particular, y que sufrió y murió por ellas solamente. Estas doctrinas de la unión con Cristo nos ayudan a entender la gloria de su muerte en la cruz. El Hijo de Dios que estaba en el cielo, recibiendo la adoración de los ángeles y sosteniendo el universo con su poder, de buena voluntad aceptó nacer de una virgen, ir a Getsemaní, y morir en la cruz. ¿Con qué fin? No porque tenía un deseo impreciso, de lograr de alguna manera alguna provisión indefinida para salvar pecadores. ¡No! Fue a la cruz en unión con su pueblo y su pueblo en unión con El. La muerte de Cristo fue la muerte de su pueblo. Su resurrección fue la de ellos. Su lugar a la diestra del Padre es el lugar de ellos. Su glorificación será la glorificación de ellos. Cuando Cristo venga por segunda vez, todo el mundo podrá darse cuenta de lo verdadera que es la unión de Cristo con su iglesia, y cuán grande es la bendición que el Hijo de Dios obtuvo para ellos.
Union Con Cristo ‘Capitulo 3′
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CAPITULO 3:
NOS HALLAMOS EN UNIÓN CON CRISTO DENTRO DEL PLAN DE DIOS PARA LA SALVACIÓN
Si miramos hacia atrás al principio de nuestra salvación, es decir, hasta donde la Biblia nos permite mirar y no hasta nuestra curiosidad nos llevaría, Efesios 1:4 nos dice que Dios planeo la salvación e hizo que existiera según su propósito eterno. Dios hizo esto de acuerdo con su gracia soberana y su poder. La biblia usa la palabra “elegir”, “elección”, “elegido”, “predestinar”, “predestinación”, “presciencia”, y “conocer antes”, todas las cuales nos dicen que la salvación tiene sus raíces en el plan eterno de Dios. La elección es la selección eterna, bondadosa, y soberana de ciertos pecadores para vida y salvación. Pero, note usted el énfasis en Efesios 1:4. No es el hecho de que Dios nos escogió, sino el de escogernos en El, es decir, en Cristo. ¿Qué quiere decir esto? Tome nota de lo que dice. No dice que Dios nos escogió para que pudiéramos estar en Cristo, ni porque nosotros escogeríamos en Cristo. Las Escrituras aquí quieren decir que el Padre nos mostró su favor solamente porque nos veía en Cristo y nunca porque nos miraba en nosotros mismos. Tampoco nos miraba con favor separado de su Hijo. Aquellos que El escogió estaban en Cristo. Por el otro lado, Dios no pensó en Cristo el Redentor separado de los que estaban en El. Cuando Jesús estaba en la tierra, dijo que el Padre le había confiado un grupo de personas. Dijo: “Yo te he glorificado; he acabado la obra que me diste. Ahora, pues, Padre, glorifícame tú…” (Juan 17:5). Tal lenguaje es el de un pacto.
Hablando de esto podemos usar las frases” el pacto de gracia”, o “el pacto de la redención”, o “el consejo de paz” porque hablan del acuerdo entre el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, un acuerdo hecho desde antes de todos los tiempos con el fin de asegurar la salvación de un pueblo” en Cristo”. Pablo habla del mismo tema en 2 Timoteo 1:9: “Dios nos llamó antes de los tiempos de los siglos.” ¿Qué significa esto? Nosotros que vivimos afectados por el tiempo tenemos mucha dificultad para comprender en un todo las verdades eternas. Sólo podemos decir que la unión con Cristo se halla en el puro principio de nuestra salvación. Cuando Dios pensó en nuestra salvación, nos vio en unión con Cristo, su propio Hijo Amado. Nos escogió en El. Si usted es creyente, le suplico que lea Efesios 1. Léalo con tiempo y detenimiento, y luego invierta tiempo alabando a Dios por haberle escogido en Cristo desde antes de la creación del mundo. Dios hubiera podido destinarle a usted para la condenación, pero no lo hizo. Mas bien, antes de la fundación del mundo, el planeo salvarse en Cristo.
Debemos tratar de entender las Escrituras tanto como sea posible, pero lo que no podemos hacer es añadir nada más de lo que ella enseña. “Las cosas reveladas son para nosotros” (Deuteronomio 29:29). Efesios 1:4 & II Timoteo 1:9 son verdades que Dios se ha revelado y por eso tenemos que aceptarlas.
Union Con Cristo ‘CAPITULO 2′
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CAPITULO 2:
¿POR QUÉ DEBEMOS PENSAR EN ESTE TEMA DE LA UNIÓN CON CRISTO?
Usted debe disciplinar su mente (1 Pedro 1:13) para pensar en este tema, y esto por tres razones:
1. Si usted no está en Cristo, entonces todavía en sus pecados. Y si usted está en sus pecados, está bajo la ira de Dios. Pero ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús (Romanos 8:1). Si no está en unión con Cristo, está bajo condenación. Por esto, le ruego para su propio bien que piense profundamente en esta enseñanza de la unión con Cristo.
2. Debe pensado para poder ser más firme como cristiano. Si usted está en Cristo, empiece a crecer en su entendimiento de esta unión con El, y será más estable como cristiano. Dos ejemplos:
a. En 1 Corintios 6, Pablo dice que los creyentes no deben tener relaciones sexuales ilícitas porque son “miembros de Cristo”. Uno que es miembro de Cristo no debe unirse con una prostituta. Muestra pues, que la doctrina de la unión con Cristo afecta nuestras vidas de una manera práctica.
b. En Colosenses capítulo 2, Pablo dice que los creyentes no pueden decir que Cristo no es suficiente para ellos. De igual manera hoy día, algunos cristianos dicen que necesitan experiencias adicionales del Espíritu Santo. Pablo contesta que los creyentes están completos por-que están en unión con Cristo. Demuestra que esta doctrina afecta nuestras creencias también.
Veremos más sobre estos puntos en la segunda parte de este libro al hablar de los resultados prácticos de la unión con Cristo.
3. Debemos pensar en la unión con Cristo por razón de la Gloria de Dios.
Las Escrituras dicen que la persona que ofrece alabanzas, glorifica a Dios. Si usted no entiende los dones y la gracia que Cristo le da, ¿cómo puede alabarle por ello?
Esto es exactamente lo que le pasó al apóstol Pablo. Al pensar en todas las bendiciones espirituales que él tenía en Cristo, escribió las palabras maravillosas de Efesios 1:3-14. Para que usted conozca esta parte de las Escrituras de tal manera que le lleve a alabar a Dios por su salvación en Cristo, el Espíritu de Dios primero tiene que enseñarle a través de su Palabra a comprender esta gloriosa doctrina de la unión con Cristo. Nuestro Señor dijo (en el día en que el Espíritu descendió): “En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros”. (Juan 14:20) El Espíritu ya vino; sigue viniendo. No esperamos otro Pentecostés, sino que creemos que El nos ayuda ahora. En Efesios 1:17, Pablo le escribía a personas que ya tenían al Espíritu, y pedía que Dios les diera “espíritu de sabiduría y revelación en el conocimiento de El”. En este libro, vamos examinando uno de los tres grandes misterios de la fe cristiana. Por esto, debemos confiar en el Espíritu Santo. El primer misterio es que Dios es un solo Dios en tres personas, el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo. El segundo es el misterio que Cristo vino a este mundo en un cuerpo. Pablo llama a esto” el misterio de la piedad” (1 Timoteo 3:16). Cristo es una persona, una sola, pero es verdadero Dios y verdadero hombre en esta sola persona, una sola persona con dos naturalezas. El tercer misterio es este que vamos a explicar, el de la unión de Cristo con su pueblo y de su pueblo con El.
La Santidad de Dios-CAPITULO 1: LA COPA SAGRADA
R.C. Sproul–La Santidad de Dios
¿Cómo te afecta a ti la santidad de Dios? Chuk Colson: “El material de este libro me puso de rodillas y cambió radicalmente mi vida cristiana. Escrito por uno de los teólogos más brillante de nuestros tiempos, este libro no debe faltar en ningún hogar cristiano.”Jerry Bridges: “Cada cristiano que se ocupa en serio de su crecimiento espiritual necesita leer este libro. Fue sumamente provechoso para mí.”James Montgomery Óbice: “Quizás sea muy temprano para calificar el libro, La Santidad de Dios, por R. C. Sproul, como uno de las obras clásicas teológicas de nuestros tiempos, pero si todavía no ha alcanzado este reconocimiento lo logrará muy pronto.
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CAPITULO 1: LA COPA SAGRADA
Sentí el impulso de irme del cuarto. Una profunda e innegable orden turbó mi sueño, pues algo santo me llamaba. El único sonido era el tic-tac rítmico del reloj sobre mi escritorio. Parecía vago e irreal, como si estuviese sumergido bajo profundas aguas. Comenzaba a dormirme, en el momento cuando la línea entre la conciencia y la inconsciencia se diluye. Estaba suspendido en ese estado aferrado al umbral, aun percibiendo en la quietud de su cerebro los sonidos del mundo exterior, ese momento inmediatamente antes de sucumbir a la noche. Dormido, pero no completamente; despierto, pero no alerta; aún vulnerable al llamado interno que me dijo, “Levántate y sal de este cuarto.”
El llamado se hizo más fuerte, más urgente, imposible de ignorar. Un estallido de lucidez hizo que me incorporara y pusiera mis pies en el suelo. El sueño se desapareció en un instante y mi cuerpo se puso en acción. En segundos me vestí y salí del dormitorio de la universidad. Un vistazo al reloj registró el tiempo en mi mente. Faltaban diez minutos para la media noche. El aire nocturno era frío, convirtiendo la nieve de la mañana en un colchón con sábana quebradiza. Sentí el crujido bajo mis pies al caminar hacia el centro del plantel. La luna proyectaba una sombra fantasmagórica sobre los edificios de la universidad cuyos canales de desagüe estaban adornados con gigantes puntas congeladas – gotas de agua detenidas en el espacio que formaban cuchillos sólidos de hielo simulando colmillos. Ningún arquitecto humano podría haber diseñado esas gárgolas de la naturaleza. Los engranajes del reloj de la vieja torre principal se movieron y sus agujas se colocaron verticalmente.
Escuché el pesado sonido de la maquinaria una fracción de segundo antes del repique de las campanas. Cuatro tonos musicales señalaron la hora exacta. Después llegaron los doce golpes parejos y sonoros. Yo los conté en mi mente como siempre lo hacía, revisando la posibilidad de un error en el número que nunca fallaba. Sonaron exactamente doce golpes desde la torre como el martillo de un juez severo golpeando sobre metal. La capilla se hallaba bajo la sombra de la vieja torre principal. Su puerta era de cedro pesado con un arco gótico. La abrí y llegué al vestíbulo, la puerta se cerró detrás de mí con un sonido que hizo vibrar las paredes de piedra de la nave. El eco me estremeció. Era un contraste extraño con los ruidos de los servicios diarios en la capilla donde el abrir y cerrar de las puertas era apagado por los sonidos de los estudiantes desplazándose hacia sus lugares asignados. En el vacío de la media noche el sonido de la puerta era amplificado.
Esperé un momento en el vestíbulo, dándole a mis ojos unos segundos para adaptarse a la obscuridad. El débil brillo de la luna penetraba por los silenciosos vitrales. Yo pedía ver la línea de las bancas y el pasillo central que guiaba hacia las gradas de la plataforma. Sentí una majestuosa sensación de espacio, acentuada por los alargados arcos del techo los cuales parecían elevar mi alma en una sensación de altura que evocaba la emoción de una mano gigante extendiéndose para levantarme. Me moví lenta y deliberadamente hacia las gradas de la plata-forma. El sonido de mis pies sobre el piso de piedra evocaba las imágenes temibles de soldados alemanes marchando con sus botas a lo largo de calles empedradas. Cada paso resonaba mientras llegaba a la plataforma alfombrada. Allí me tiré sobre mis rodillas. Había llegado a mi destino. Estaba listo para reunirme con Quien había turbado mi descanso con su llamado. Me encontraba en posición de oración, pero no tenía nada que decir. Me arrodillé allí silenciosamente, permitiendo que la sensación de la presencia de un Dios santo me llenara. El latido de mi corazón indicaba algo, golpeando mi pecho. Sentí un frío intenso en la base de mi espina que subió hasta mi cuello. El terror me invadió. Luché contra el impulso de escapar de esa sobrecogedora presencia que se apoderó de mí. El terror pasó, y pronto siguió otra ola, pero diferente. Esta inundó mi alma con una paz inexplicable que trajo un reposo instantáneo a mi turbado espíritu. Me sentí tranquilo. Quería permanecer allí. Sin decir ni hacer nada. Simplemente deleitarme en la presencia de Dios. Ese momento transformó mi vida. Algo profundo se estableció en mi espíritu para siempre. Desde ese momento no podía haber regreso; no podía ser borrada esa indeleble impresión de su poder. Yo estaba solo con Dios. Un Dios santo, un Dios asombroso. Un Dios que podía llenarme con terror en un segundo y con paz en el próximo. Supe en ese momento que había realizado el fin de mi búsqueda santa. Dentro de mí nació una nueva hambre que nunca podría ser satisfecha en este mundo. Me propuse aprender más, seguir a este Dios que vivía en las catedrales góticas obscuras y que invadió mi dormitorio para levantarme de mi complaciente sueño.
¿Qué hace a un estudiante universitario buscar la presencia de Dios a estas horas de la noche? Algo sucedió esa tarde en una de las clases que me llevó a esa capilla. Yo era un recién convertido cuya conversión había sido repentina y dramática, para mí una réplica del camino de Damasco. Mi vida había sido cambiada radicalmente, yo estaba lleno de celo por la dulzura de Cristo. Me consumía una nueva pasión. Estudiar las Escrituras, aprender cómo orar, conquistar los vicios que asaltaban mi carácter y crecer en gracia. Yo quería desesperadamente hacer mi vida valiosa para Cristo. Mi alma cantaba, “Señor, quiero ser cristiano.” Pero algo estaba ausente en mi nueva vida cristiana. Mi celo era abundante, pero estaba marcado por superficialidad, una clase de simplicidad que estaba haciendo de mí una persona unidimensional.
En cierto modo yo era un unitario, un unitario de la segunda persona de la Trinidad. Yo sabía quién era Jesús, pero Dios el Padre estaba envuelto en el misterio. El era un enigma escondido para mi mente y un extraño para mi alma. Un velo obscuro cubría su rostro. Mi clase de Filosofía cambió todo eso. Era un curso que no me interesaba. Estaba ansioso de terminarlo, y dejar detrás de mí ese curso obligatorio. Yo había escogido especializarme en la Biblia, y pensaba que las abstractas especulaciones de la clase de Filosofía eran un desperdicio de tiempo. Escuchar a los filósofos discutir acerca de la razón y de la duda me parecía vacío. No encontraba alimento para mi alma.
Nada que encendiera mi imaginación, sólo difíciles y aburridos problemas intelectuales que me dejaban frío, hasta que llegó esa tarde de invierno. La lección de ese día fue sobre un filósofo cristiano cuyo nombre era Aurelio Agustín. En el transcurso de la historia, él había sido canonizado por la iglesia Católica-Romana. Todos se referían a él como San Agustín. El profesor habló sobre las opiniones de Agustín sobre la creación del mundo. Yo estaba familiarizado con el relato bíblico de la creación. Yo sabía que el Antiguo Testamento abre con las palabras, “En el principio Dios creó los cielos y la tierra.” Pero yo nunca había pensado profundamente acerca del acto original de la creación. Agustín sondeó dentro de este glorioso misterio y se preguntó, “¿Cómo fue hecho?” “En el principio…” Sonaba como el comienzo de un cuento de niños: “Había una vez.” El problema es que en el principio no había tiempo como nosotros entendemos ser “había una vez.” Nosotros pensamos de los comienzos como el punto inicial de algo en el medio de un período de la historia. La Cenicienta tuvo una madre y una abuela. Su historia, que comenzó “una vez” que comenzó en el comienzo absoluto. Antes de la Cenicienta, hubo reyes, reinas, rocas, árboles, caballos, liebres y lirios. ¿Qué había antes del principio de Génesis 1? La gente que Dios creó no tenía padres o abuelos. Ellos no libros de historia que leer porque no había habido historia. Antes de la creación no había reyes o reinas o rocas o árboles. No había nada; nada, excepto Dios.
Fue aquí donde mi clase de Filosofía hizo que me diera un enorme dolor de cabeza. Antes de que el mundo comenzara, no había nada. Pero, ¿Qué realmente es “nada”? ¿Ha tratado usted de pensar acerca de nada? ¿Dónde se encuentra eso? Obviamente en ningún lugar. ¿Por qué? Porque es nada, y la nada no existe. No puede existir, porque si existiera entonces sería algo y no nada. ¿Le está comenzando a doler la cabeza como a mí? Piense acerca de ello por un segundo. Yo no puedo decirle a usted que piense en “ello” porque la nada no es “ello.” Lo único que puedo decir es que la nada no existe Entonces, ¿cómo podemos pensar sobre nada? No podemos. Es simplemente imposible. Si tratamos de pensar en nada siempre terminaremos pensando en algo. Tan pronto como trato de pensar sobre nada, comienzo a imaginarme un montón de aire vacío.
Pero el aire es algo. Tiene peso y sustancia. Yo sé eso por lo que sucede si un clavo pincha la llanta de mi carro. Jonathan Edwards dijo una vez que la nada es lo que las rocas sueñan cuando duermen. Pero eso no ayuda mucho. Mi hijo me ofreció un mejor definición de nada. Cuando él estaba en la escuela intermedia yo le preguntaba al venir de la escuela, ¿Qué hiciste hoy, hijo? Su respuesta siempre era la misma: “Nada.” Así que la mejor explicación que yo puedo dar de “nada” es lo que mi hijo solía hacer en la escuela intermedia. Nuestro entendimiento de la creatividad involucra el moldear y dar forma a la pintura, la arcilla, las notas sobre un papel o a alguna otra substancia. Nunca hemos experimentado que haya un pintor que pinte sin pintura o un escritor que escriba sin palabras, o un compositor que componga sin notas. Los artistas tienen que comenzar con algo. Lo que los artistas hacen es moldear, dar forma o redistribuir otros materiales, pero ellos nunca trabajan con nada. San Agustín enseño que Dios creo el mundo de la nada. La creación fue algo así como un mago sacando un conejo de un sombrero. Excepto que Dios no tenía un conejo, ni tenía un sombrero.
Mi vecino es un hábil fabricante de gabinetes. Una de sus especialidades es construir gabinetes para magos profesionales. El medio un recorrido por su taller y me mostró cómo se hacen las cajas y los gabinetes para magos. El truco es el uso astuto de espejos. Cuando el mago sale a escena y muestra una caja o un sombrero vacío, lo que usted ve es sólo la mitad de la caja o el sombrero. Por ejemplo, si usted toma el sombrero “vacío” luego le fija un espejo a medio sombrero, el espejo refleja el lado vacío del sombrero y proyecta una imagen exacta. La ilusión crea el efecto visual de ver vacíos ambos lados del sombrero. Pero usted sólo está viendo la mitad del sombrero. La otra mitad tiene suficiente espacio para esconder palomas blancas o conejitos gordos. No hay mucha magia en esto, ¿verdad? Dios no creó el mundo con espejos. Para hacerla habría necesitado que la mitad del mundo comenzara con un espejo gigante que escondiera la otra mitad. La creación involucra traer a la existencia todo lo que es, incluyendo los espejos. Dios creó el mundo de la nada. Hubo un tiempo en que hubo nada. Pero repentinamente, por el mandato de Dios, hubo un universo. De nuevo preguntamos, ¿cómo lo hizo? El único indicio que la Biblia nos da es que Dios llamó al universo a la existencia. Agustín llamo a ese acto “el imperativo divino” o “fiat divino.” Sabemos que un imperativo es un mandato. Así es un fiat. Cuando Agustín habló de un fiat, no estaba pensando en un carro italiano. El diccionario define fiat como un mandato o un acto de la voluntad que crea algo. En este momento yo estoy escribiendo sobre una computadora fabricada por la IBM ©. Es una máquina asombrosa bastante complicada. Está diseñada para responder a ciertos comandos. Si cometo un error al mecanografiar, no tengo que tener un borrador.
Simplemente oprimo una tecla y la computadora lo corrige. La computadora trabaja por fiat, pero el poder de mi fiat es limitado. Los únicos fiat que trabajan son los que ya están programados en la computadora. Me encantaría poder decirle a la computadora, “Por favor escríbeme todo este libro, mientras me voy a jugar golf.” Mi máquina no puede hacer eso. Le puedo gritara la pantalla con el más fuerte imperativo: “¡Escribe ese libro!” Pero la máquina es muy obstinada para obedecer. Los fiats de Dios no están limitados así. El puede crear por la pura fuerza de su divino mandato. Puede traer algo de la nada y vida de la muerte. Puede hacer estas cosas por el sonido de su voz. El primer sonido que se escuchó en el universo fue la voz de Dios ordenando” ¡Sea!” En realidad, es inapropiado decir que este fue el primer sonido “en” el universo porque hasta que el sonido fue hecho no había universo. Dios le habló al vacío. Podríamos decir que esto era una especie de proclamación primigenia dirigida hacia el obscuro vacío.
El mandamiento de Dios creó sus propias moléculas para transportar las ondas sonoras de la voz de Dios lejos en el espacio. Pero las ondas sonoras se tardarían mucho. El sonido de este mandato imperativo excedió la velocidad de la luz. Tan pronto como las palabras salieron de la boca del Creador, las cosas comenzaron a suceder. Cuando su voz resonó las estrellas aparecieron emanando una luz indescriptible entonada con el sonido de los ángeles. La fuerza de la energía divina se esparció en el cielo como un caleidoscopio de colores brotando de la paleta de un poderoso artista. Los cometas cruzaron el cielo con brillantes colas como los fuegos artificiales que celebran la independencia. El acto de la creación fue el primer evento en la historia. Fue también el más asombroso. El Supremo Arquitecto observó su complejo bosquejo y pronunció sus mandatos para que los límites del mundo se establecieran. Cuando El habló, los mares fueron encerrados en sus límites, y las nubes se llenaron con rocío.
El amarró las Pléyades y ciñó el cinturón de Orión. Luego habló de nuevo y la tierra comenzó a llenarse de orquídeas floreciendo en su plenitud. Las flores brotaron como la primavera en Mississippi. Los tonos lavanda de los ciruelos danzaban con los brillos de las azaleas y la flor de olivo. Dios habló una vez más y las aguas se llenaron de seres vivientes. El caracol se ocultó bajo la sombra de la manta-raya, mientras que el pez espada rompió la superficie del agua para pasearse sobre las olas con su cola. De nuevo El habló y el rugido del león y el balido de las ovejas se escuchó. Los animales de cuatro patas, las arañas de ocho y los insectos alados aparecieron.
Y Dios dijo, “Esto es bueno.” Entonces Dios se inclinó hacia la tierra y cuidadosamente le dio forma a una pieza de barro. La levantó delicadamente hacia sus labios y sopló sobre ella. El barro comenzó a moverse. Comenzó a pensar, comenzó a sentir, comenzó a adorar. Estaba vivo y estampa-do con la imagen de su Creador. Consideren la resurrección de Lázaro de entre los muertos. ¿Cómo lo hizo Jesús? El no entró a la tumba donde yacía el cadáver putrefacto de Lázaro; no tuvo que administrar resucitación boca a boca. El se paró frente a la tumba, a la distancia, y gritó en alta voz, “¡Lázaro, ven fuera!” La sangre comenzó a fluir en las venas de Lázaro y sus ondas cerebrales a pulsar. En una explosión de vida, Lázaro abandonó su tumba y caminó hacia afuera. Este es el fiat creador. El poder del imperativo divino. Algunos teóricos modernos creen que el mundo fue creado por la nada. Note la diferencia entre decir que el mundo fue creado de la nada y decir que fue creado por la nada. Según esta opinión moderna, el conejo sale del sombrero sin conejo, sin sombrero y sin mago. Esta opinión moderna es más milagrosa que el punto de vista bíblico pues sugiere que la nada creó algo.
Y más aún, sostiene que la nada lo creó todo – ¡Ciertamente una hazaña! Seguramente en esta era científica no puede haber gente seria reclamando que el universo fue creado por la nada. ¿O acaso la hay? Pues, sí, y en grandes números. Por supuesto, ellos no suelen decirlo de la manera que yo lo digo y probablemente se irritarán conmigo por expresar sus puntos de vista de esta forma. Sin duda protestarán que yo ofrezco una caricatura distorsionada de su sofisticada posición. Muy bien, ellos no dicen Que el universo fue creado de la nada; ellos dicen que el universo fue creado por la casualidad. Pero la casualidad no es algo objetivo. No tiene peso, medida, ni poder. Es meramente una palabra que usamos para describir posibilidades matemáticas. No puede hacer nada y no lo hace porque es nada. Decir que el universo fue creado por la casualidad es decir que vino de la nada.
Esto es una locura intelectual. ¿Cuáles son las probabilidades de que el universo fuese creado por casualidad? San Agustín entendió que el mundo no podía ser creado por la casualidad. El sabía que se requería algo o alguien con poder – el mismísimo poder de la creación – para que el trabajo fuese hecho. El sabía que algo no podía venir de la nada. Entendió que en algún lugar, de alguna manera, algo o alguien tenían que tener el poder de ser por sí mismo. De lo contrario, hoy no existiría nada. La Biblia dice. “Sn el principio Dios.” El Dios que nosotros adoramos siempre ha estado allí. Sólo El puede crear seres porque sólo El tiene el poder de ser. Él no es “nada.” El no es casualidad. El es puro Ser. El es aquel que tiene el poder de ser todo por sí mismo. El es el único eterno. El único que tiene poder sobre la muerte. Sólo El puede ordenar que los mundos existan por su fiat, por el poder de su mandato. Tal poder es abrumador y asombroso.
Es merecedor de respeto y de humilde adoración. Las palabras de Agustín – que Dios creó el mundo de la nada por el puro poder de su voz – fueron las que me condujeron hacia la capilla aquella medianoche. Yo sé lo que significa ser convertido. Sé lo que es ser nacido de nuevo. También entiendo que una persona nace de nuevo sólo una vez. Cuando el Espíritu Santo activa en nuestras almas la nueva vida en Cristo, El no detiene su obra. El continúa trabajando en nosotros para cambiamos. Mi experiencia en el salón de clases reflexionando sobre la creación del mundo, fue como nacer de nuevo una segunda vez. Fue como convertirme no meramente a Dios el Hijo, sino al Dios el Padre. Repentinamente sentí pasión por conocer a Dios el Padre. Quería conocerlo a El en su majestad, en su poder y en su majestuosa santidad.
Mi “conversión” a Dios el Padre no sucedió sin sus respectivas dificultades. Aunque fui profundamente impresionado por la noción de un Dios que creó un universo entero de la nada, me sentía confundido por el hecho de que vivimos en un mundo lleno de lamentos, un “mundo plagado de maldad. Mi próxima pregunta fue ¿Cómo pudo un Dios bueno y santo crear un mundo que ahora se encuentra en este caos? Mientras estudiaba el Antiguo Testamento también me perturbaban las historias sobre Dios ordenando la muerte de mujeres y niños, de Dios matando instantáneamente a Uza por tocar el arca, y algunos otros relatos que parecían revelar un lado brutal del carácter de Dios.
El concepto, la idea central que yo seguía encontrando en la Escritura, era que Dios es santo. Esa palabra me era extraña. No estaba seguro de su significado. Yo hice de esta idea un asunto de diligente y persistente investigación. Aún hoy estoy absorto con el tema de la santidad de Dios. Estoy convencido de que es una de las ideas más importantes con las cuales un cristiano debe lidiar. Es básica para nuestro entendimiento de Dios y del cristianismo. La idea de la santidad es tan central a la enseñanza bíblica que se dice de Dios que “Santo es su nombre” (Lucas 1:49). Su nombre es santo porque El es santo. El no siempre es tratado con reverencia santa.
Su nombre es pisoteado con la suciedad de este mundo. Se usa como una palabra para maldecir y una plataforma para la obscenidad. El poco respeto que este mundo tiene por Dios, es vívidamente evidenciado por la manera en que el mundo usa su nombre. No hay honra, no hay reverencia ni hay asombro delante de El. Si yo le preguntara a un grupo de cristianos cuál es la principal prioridad de su iglesia, sé que tendría una amplia variedad de respuestas. Algunos me dirían evangelismo, otra acción social y otra nutrición espiritual. Pero aún estoy esperando a alguien hablar de cuáles fueron las prioridades de Jesús. ¿Cuál es la primera petición del “Padre Nuestro”? Jesús dijo, “Vosotros pues oraréis así: ‘Padre nuestro que estás en los cielos… “, (Mateo 6:9).
La primera línea de la oración no es una petición. Es una forma personal de acercamiento. La oración continúa: “Santificado sea tu nombre, venga tu reino” (Mateo. 6:9-10). Con frecuencia confundimos las palabras “Santificado sea tu nombre” con la parte del acercamiento como si las palabras fuesen “Santificado es tu nombre.” Si ése fuera el caso, las palabras serían meramente una designación de alabanza a Dios. Pero no es así como Jesús lo dijo. Ello expresó como la primera petición. Nosotros deberíamos de orar que el nombre de Dios sea santificado. Que Dios sea considerado santo. Hay una especie de secuencia dentro de la oración. El reino de Dios nunca vendrá donde su nombre no sea considerado santo. Su voluntad no se hace en la tierra como en el cielo, si aquí su nombre es profanado. En el cielo el nombre de Dios es santo. Es pronunciado por los ángeles con un susurro sagrado. El cielo es un lugar donde la reverencia por Dios es total. Es necio buscar el reino donde Dios no es reverenciado.
La manera en que entendemos la persona y el carácter de Dios el Padre afecta cada aspecto de nuestras vidas. Afecta más de lo que nosotros normalmente llamamos el aspecto “religioso” de nuestras vidas. Si Dios es el Creador del universo entero, entonces El es el Señor de todo el universo. Ninguna parte del mundo se escapa de su señorío. Estos significan que ninguna parte de mi vida debe estar fuera de su señorío. Su carácter santo tiene algo que decir acerca de la economía, la política, los deportes, el romance – todo en lo cual estamos involucrados. No podemos escaparnos de Dios. No hay lugar que nos pueda esconder de El. El no sólo penetra cada aspecto de nuestras vidas, pero penetra en su majestuosa santidad. Por eso tenemos que buscar entender qué es la santidad. No nos atrevamos a evadir este tema. No puede haber adoración y crecimiento espiritual ni verdadera obediencia sin ello.
Esto define nuestra meta como cristianos. Dios ha declarado, “Sed santos porque yo soy santo” (Levítico 11:44). Para alcanzar esa meta, tenemos que entender qué es la santidad. Permitiendo que la Santidad de Dios Toque Nuestras Vidas. Mientras usted reflexiona sobre lo que ha aprendido y descubierto sobre la santidad de Dios, responda estas preguntas. Use una libreta para registrar sus respuestas a la santidad de Dios o discútalas con un amigo.
1. Cuando usted piensa en Dios como santo, ¿qué viene a su mente?
2. Describa alguna ocasión en la que usted haya sido sobrecogido por la santidad de Dios.
3. ¿Le atrae la santidad de Dios?
4. ¿Qué significa para usted ser santo durante la próxima semana?
Visión que recibió Isaías hijo de Amoz acerca de Judá y Jerusalén, durante los reinados de Uzías, Jotán, Acaz y Ezequías, reyes de Judá. Judá, nación rebelde ¡Oigan, cielos! ¡Escucha, tierra! Así dice el Señor: “Yo crié hijos hasta hacerlos hombres, pero ellos se rebelaron contra mí. El buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su amo; ¡pero Israel no conoce, mi pueblo no entiende!” ¡Ay, nación pecadora, pueblo cargado de culpa, generación de malhechores, hijos corruptos! ¡Han abandonado al Señor! ¡Han despreciado al Santo de Israel! ¡Se han vuelto atrás! ¿Para qué recibir más golpes? ¿Para qué insistir en la rebelión? Toda su cabeza está herida, todo su corazón está enfermo. Desde la planta del pie hasta la coronilla no les queda nada sano: todo en ellos es heridas, moretones, y llagas abiertas, que no les han sido curadas ni vendadas, ni aliviadas con aceite. Su país está desolado, sus ciudades son presa del fuego; ante sus propios ojos los extraños devoran sus campos; su país está desolado, como si hubiera sido destruido por extranjeros. La bella Sión ha quedado como cobertizo en un viñedo, como choza en un melonar, como ciudad sitiada. (Isa 1:1-8)
A.N. Martin—“Union Con Cristo”
A.N. Martin—“Union Con Cristo”
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La doctrina bíblica de la unión con Cristo, conocida como la doctrina más fundamental y central de la Biblia, lamentablemente es más desconocida en nuestros tiempos entre ellos que profesan conocer la Biblia.El Pastor Martin en estos capítulos desarrolla en una forma sencilla y clara la enseñanza, la aplicación y la base de nuestra salvación: la justificación, la santificación y la glorificación del creyente verdadero.
CAPITULO 1: DIOS ESCOGE, SALVA Y SELLA A SU PUEBLO
Es muy fácil darse cuenta de que. Cristo es lo más importante en las Escrituras. Pero no es tan fácil ver que esta doctrina de la unión con Cristo es también una enseñanza importantísima. Esto es así quizás porque la frase misma no se halla escrita en la Biblia. Sin embargo, usamos esta frase porque tiene el mismo significado de otras varias que sí encontramos en el Nuevo Testamento. La más común de estas, “en Cristo”, se encuentra 150 veces considerando solamente las cartas del apóstol Pablo.
Otra frase que habla de la unión con Cristo es “con Cristo”. Romanos 6:6 nos dice que el viejo yo fue crucificado “con El”. Colosenses 2:12 nos dice que fuimos sepultados y resucitados “con Cristo”. Efesios 2:6 nos dice que estamos sentados “con El”. Y las frases “Cristo en mí” y “Cristo en vosotros” aparecen en Gálatas 2:20 y Colosenses 1:27. Ambos Pablo y Juan dicen que Cristo vive en su pueblo y su pueblo en El. Pablo ora, para que Cristo “habite” en los corazones de los creyentes por medio de la fe (Efesios 3:17). Así mismo, Juan usa la palabra “permanecer” tanto en su evangelio Juan 15:4, 5,7) como en su primera carta (1 Juan 2:6). Como ya se había dicho, podemos resumir todas estas frases y palabras en una sola: la unión con Cristo.
Encontramos este importante tema muchas veces en Efesios 1:3-14. Pablo empieza esta parte con las palabras: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendito con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo”. Nunca debemos pensar en Dios sin pensar a la vez en la relación de éste con su propio Hijo amado. Dios es el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Como tal, Dios es la fuente de donde viene toda bendición espiritual para con los hijos indignos de Adán.
Todas estas bendiciones espirituales vienen “en Cristo”. Nos llegan mediante nuestra unión con Cristo. Esta unión con Cristo es la única posibilidad de recibir alguna bendición de Dios.
En los versículos que vamos mirando (Efesios 1:3-14) Pablo hace una lista de las bendiciones que Dios da a su pueblo. Y usa frases “en Cristo”, “en quien”, “en el amado”, por medio de Jesucristo”, “en El”, unas once veces. “Nos escogió en El” (vs. 4). ”’En quien tenemos redención” (vs. 7). En Efesios 1:3-14, podemos distinguir tres principales clases de bendiciones:
1. Dios escogió a su pueblo (4 – 5) Dios nos escogió en él antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de él. En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad.
2. Dios salva a su pueblo (6 – 7) Para alabanza de su gloriosa gracia, que nos concedió en su Amado. En él tenemos la redención mediante su sangre, el perdón de nuestros pecados, conforme a las riquezas de la gracia
3. Dios sella a su pueblo (13) En él también ustedes, cuando oyeron el mensaje de la verdad, el evangelio que les trajo la salvación, y lo creyeron, fueron marcados con el sello que es el Espíritu Santo prometido.
Pablo dice en el versículo 3 que Dios es la fuente de toda bendición espiritual. En los versículos siguientes dice que todo aspecto de nuestra salvación viene a vosotros mediante nuestra unión con Cristo. Estos aspectos de la salvación incluyen el propósito en la mente de Dios, el acto de Cristo consumándola en cierto lugar y en cierto momento de la historia, y la obra del Espíritu Santo quién al sellamos, nos hace entender que somos salvos. Efesios 1:3-14, pues, es como un índice de los temas tratados en el Nuevo Testamento. Allí, estos aspectos son tratados una y otra vez. El carácter y la obra de Cristo son los temas centrales a través de sus páginas. Esto es cierto, pero el de la unión con Cristo muestra la manera cómo Dios planeó; obtuvo, y trajo la salvación a ciertos pecadores.
Los Fundamentos de la Fe Cristiana
James Boice fue el famoso pastor de Tenth Presbyterian Church en Filadelphia, Pensylvania, y autor de muchos libros, el más leído siendo Los Fundamentos de la Fe Cristiana:
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Capitulo 11: NUESTRO DIOS SOBERANO
HAY ALGUNOS ATRIBUTOS DE DIOS QUE NUNCA ALCANZAREMOS a comprender. Podemos hablar de la autoexistencia de Dios, de su autosuficiencia, de su eternidad y de su naturaleza trinitaria. Sin embargo, siempre debemos reconocer que no las comprendemos completamente, porque no nos asemejamos a Dios
en ninguno de estos atributos. Sencillamente, debemos confesar que él es Dios y nosotros somos sus criaturas. El infinito trasciende nuestro entendimiento. Por otro lado, existen otros atributos de Dios que sí podemos comprender, porque en menor grado nosotros también los compartimos. Esto es cierto en el caso de varios atributos de Dios: su sabiduría, su verdad, su misericordia, su gracia, su justicia, su ira, su bondad, su fidelidad, y otros más. De estos atributos nos ocuparemos ahora. Vamos a comenzar con la soberanía de Dios. Él tiene el gobierno y la autoridad absoluta sobre su creación. Para ser soberano, Dios también debe ser omnisciente, omnipotente y completamente libre. Si Dios tuviera alguna de estas áreas restringidas, entonces no sería completamente soberano. Empero, la soberanía de Dios es mayor que cualquiera de los atributos contenidos en ella. Puede ser que alguno de estos atributos nos resulte más importante -el amor, por ejemplo. Pero si hacemos el ejercicio de detenernos a pensar un poco más, veremos cómo cualquiera de estos atributos son posibles sólo por la soberanía de Dios.
Dios podría ser amor, por ejemplo, pero si no fuera soberano, las circunstancias podrían coartar su amor de manera que nos resultara inservible. Lo mismo con respecto a su justicia. Dios podría querer instaurar la justicia entre todos los seres humanos, pero si no fuera soberano, la justicia se frustraría y la injusticia prevalecería. Por lo tanto, la doctrina de la soberanía de Dios no es un mero dogma filosófico carente de valor práctico. Más bien es la doctrina que le da significado y sustancia a todas las demás doctrinas. Como observa Arthur
Pink es “el cimiento de la teología cristiana… el centro de gravedad del sistema de la verdad cristiana -el sol alrededor del cual giran el resto de los astros”.1 Y como también veremos, es la fortaleza del cristiano y su consolación en medio de los avatares de esta vida.
LAS INTERROGANTES INTELECTUALES
Sin duda que surgen varias interrogantes al afirmar el gobierno de Dios con relación a un mundo que evidentemente ha seguido su propio curso. Podemos aceptar que Dios gobierna en el cielo. Pero la tierra es un lugar sin Dios. Aquí la autoridad de Dios no ha sido acatada y el pecado es lo que prevalece. ¿Podemos
decir realmente que Dios es soberano en medio de un mundo como este? La respuesta, si miramos al mundo solamente, es obviamente que no. Pero si comenzamos por las Escrituras, que es lo que debemos hacer si deseamos conocer a Dios, entonces sí podemos hacer tal afirmación; porque la Biblia declara en varias oportunidades que Dios es soberano. Puede suceder que no entendamos esta doctrina. Puede suceder que todavía no entendamos por qué Dios tolera el pecado. Pero nunca dudaremos sobre esta doctrina ni nos
apartaremos de sus consecuencias.
En las Escrituras la soberanía de Dios es un concepto tan importante, que abarca tantas cosas, que resulta imposible estudiarlo en su totalidad. Algunos pasajes, sin embargo, pueden servir para aclarar esta doctrina. “Tuya es, oh Jehová, la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo, oh Jehová, es el reino, y tú eres excelso sobre todos… y tú dominas sobre todo” (1 Cr. 29:11-12). La misma enseñanza la encontramos en los Salmos. “De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan” (Sal. 24:1). “Estad quietos, y conoced que yo soy
Dios; seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra” (Sal. 46:10). “Dios es el Rey de toda la tierra” (Sal. 47:7). La doctrina de la soberanía de Dios descansa en la base de todas las exhortaciones a confiar en él, a alabarle y a encomendar nuestro camino a él. Además de estos pasajes que ya hemos mencionado y de muchísimos otros, hay ejemplos del gobierno de Dios sobre el orden material. El mundo de los objetos y de la materia están sujetos a las normas que Dios les ha impuesto. Son las leyes de la naturaleza y las leyes científicas. Pero no debemos creer, sin embargo, que estas leyes, porque así se les llama, son absolutas y que por lo tanto controlan a Dios y lo limitan; ya
que en ocasiones Dios actúa de manera impredecible para hacer lo que llamamos milagros.
Dios mostró su soberanía sobre la naturaleza cuando dividió el Mar Rojo para que los hijos de Israel pudieran salir de Egipto, y luego hizo que las aguas escendieran sobre los perseguidores egipcios para así destruirlos. Mostró su soberanía cuando envió el maná del cielo para alimentar al pueblo mientras estaba en el desierto. En otra ocasión, les envió codornices al campamento para que tuvieran carne. Dios dividió las aguas del Río Jordán para que el pueblo entrara en la tierra de Canaán. Hizo que las murallas de Jericó se derrumbaran. Hizo que el sol se detuviera en los días de Josué en Gabaón para que Israel pudiera obtener una victoria sobre sus enemigos en retirada. En los días de Jesús, la soberanía de Dios se manifestó en la alimentación de los cuatro mil y los cinco mil por medio de unos pocos panes y unos peces, se manifestó en las curaciones de los enfermos y la resurrección de los muertos. Y por último, se manifestó en los acontecimientos que rodearon la crucifixión de Cristo y su resurrección.
Otros pasajes nos muestran cómo la soberanía de Dios alcanza la voluntad humana y por lo tanto las acciones humanas también. Así fue que Dios endureció el corazón de Faraón para que no dejara ir al pueblo de Israel. Pero, por el otro lado, enternece los corazones de los individuos para que respondan a su amor y
le obedezcan. Puede argumentarse, como ya lo hemos señalado, que algunos hombres y mujeres a pesar de todo desafían a Dios y le desobedecen. Pero esta observación no es suficiente para derribar las enseñanzas de la Biblia concernientes al gobierno de Dios sobre su creación; si así fuera, la Biblia caería en una contradicción. Esta supuesta contradicción se explica fácilmente por la rebelión humana, que si bien está en abierta oposición a los mandamientos explícitos de Dios, permanece dentro de sus propósitos eternos u ocultos. Es decir, Dios tiene sus razones para tolerar el pecado; sabe de antemano que el pecado será juzgado en el día de su ira, y que mientras tanto no sobrepasará los límites que él ha prefijado. Desde nuestra perspectiva hay muchas cosas que parecen obrar en contra de la soberanía de Dios. Pero desde la perspectiva de Dios, su mandatos siempre son implementados. Como los describe el Catecismo Abreviado de Westminster, son “su eterno propósito, de acuerdo al consejo de su voluntad, por el cual, para su propia gloria, él ha preordenado todo lo
que haya de suceder”.
LAS INTERROGANTES HUMANAS
Desde una perspectiva humana, el problema de fondo con respecto a la soberanía de Dios no es que la doctrina resulte falsa, aunque hay algunos problemas intelectuales que dilucidar, si no más bien que a los hombres y a las mujeres no les gusta este aspecto del carácter de Dios, tan perturbador y que tanto los
humilla. Superficialmente, podríamos pensar que los hombres y las mujeres que están viviendo en medio de una cultura caótica abrazarían con entusiasmo la soberanía. “¿Qué podría ser mejor que saber que, a pesar de las apariencias, todo está bajo control, y que Dios puede obrar para que finalmente todo resulte para
nuestro bien?”, podrían plantear. Pero esta manera de pensar no toma en cuenta la rebelión básica de la humanidad contra Dios, rebelión que vemos en nuestra búsqueda humana por la autonomía. La rebelión ha sido una de las características de la humanidad desde los inicios de la historia de nuestra raza. Pero es especialmente visible en nuestra cultura contemporánea, como lo señala R. C. Sproul en The Psychology of Atheism. Nuestro sistema democrático, por ejemplo, rechaza toda autoridad monárquica. “Aquí no servimos a ningún soberano” fue el slogan de la Guerra por la Independencia de los Estados Unidos de América. Hoy, doscientos años más tarde, la consigna todavía nos acompaña. Así es que “el gobierno por el pueblo” se ha convertido en “el gobierno por mí mismo”, o al menos por aquellos que básicamente se asemejan mucho a mí o con los que estoy de acuerdo. Dios, el digno Señor sobre todas las naciones y todos
los individuos, ha sido con delicadeza excluido de todos los ámbitos de toma de decisiones de nuestra vida nacional.
La iglesia no está mucho mejor, como también lo observa Sproul. Muchas veces oímos hablar acerca de las características de Dios en cuanto “Salvador” -su amor, su misericordia, su bondad y así sucesivamente, pero ¿cuántas veces oímos hablar con respecto a su señorío? Esta distorsión se ve con mucha claridad en la evangelización. En la práctica moderna, al llamado al arrepentimiento se lo suele llamar “una invitación”, que podemos aceptar o rechazar. Es una invitación muy gentil y educada. Muy pocas veces se nos presenta el mandato soberano de Dios para arrepentimos o su mandato de completa sumisión a la autoridad del rey verdadero, Cristo Jesús.
En la actualidad, incluso en la teología, el énfasis de la proclamación de la iglesia radica en la liberación. Pero esta liberación en ocasiones es librarse de Dios tanto como de las “estructuras sociales opresoras”, para usar la terminología usada por la teología de la liberación. Dice Sproul: “En resumidas cuentas, la “liberación moderna” implica una revolución contra la autoridad soberana de Dios cuando los miembros de la Iglesia y del Estado unen sus fuerzas en un acto de traición cósmica”.2
La razón básica por la que los hombres y las mujeres no quieren aceptar una doctrina de la soberanía de Dios es que no desean un Dios soberano. Desean ser autónomos. Entonces, pueden negar la existencia de Dios, negando el atributo de su existencia, o simplemente ignorarlo con respecto a cualquier propósito práctico. El factor más inmediato de la actual falta de respeto por la autoridad ha sido el impacto del existencialismo europeo, a través de las obras de filósofos como Friedrich Nietzsche, Jean-Paul Sartre, Albert Camus y Martin Heidegger. En sus obras, la autonomía del individuo es el ideal filosófico predominante; todos los demás conceptos, incluyendo la existencia de Dios, deben ser eliminados. Sólo podemos encontramos a nosotros mismos cuando nos hayamos despojado de todas las ataduras externas. Sólo cuando hayamos eliminado a Dios podremos ser verdaderamente humanos. ¿Pero funciona esto? En la obra de Nietzsche, la
figura ideal es el “superhombre” o Uebermensche, el hombre que crea sus propios valores y que sólo responde a sí mismo. Pero Nietzsche, el inventor de esta filosofía, no murió como un ser libre sino como una persona prisionera de su propia mente por su locura. La filosofía de la autonomía existencial es un callejón
sin salida -o peor aún, un desastre. Pero, a pesar de ello, es la filosofía que redomina en nuestra época. Dios nos limita, por lo tanto, debemos despojarnos de él -ese es el punto de vista. Las interrogantes deben ser respondidas no sobre la base de los principios divinos que nos revelan lo que es el bien y lo que es el
mal, sino sobre la base de lo que el individuó o la mayoría desea. Y puede suceder que la mayoría dentro de un sector de la sociedad esté en abierta oposición con otras personas de otros sectores.
El problema no comenzó con el existencialismo, sin embargo. Comenzó mucho tiempo antes –cuando Satanás encaró a la primera mujer en el huerto de Edén, haciéndole la pregunta diabólica: “¿Conque Dios os ha dicho?” y luego sugiriéndole que si ella y su esposo desobedecían a Dios serían “como Dios, sabiendo el bien y el mal”. Como Dios es la expresión crucial, porque significa ser autónomo. Fue la tentación de sustituir a Dios en su soberanía, como ya Satanás lo había intentado hacer. ¿Tuvieron lugar los resultados prometidos por la serpiente? De ningún modo. Es cierto que el hombre y la mujer conocieron la diferencia entre el bien y el mal, aunque de una manera pervertida. Aprendieron
haciendo el mal. Pero no obtuvieron la libertad que ansiaban. Por el contrario, quedaron esclavizados al pecado, del cual sólo el Señor Jesucristo en obediencia al Padre pudo liberarlos a ellos y a nosotros. La autonomía humana condujo a la crucifixión de Cristo. “Se levantarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su ungido diciendo: Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas” (Sal. 2:2-3). Pero la verdadera libertad viene de la crucifixión con Cristo, como lo señala Pablo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”
(Gá. 2:20).
Esta es la paradoja, por supuesto, como ha sido señalada por Agustín, por Lutero, por Edwards, por Pascal, y por tantos otros. Cuando los individuos se rebelan contra Dios, no obtienen su libertad. Quedan esclavizados, porque la rebelión es pecado, y el pecado es un tirano. Por otro lado, cuando los hombres y las
mujeres se someten a Dios, convirtiéndose en sus esclavos, es entonces cuando son verdaderamente libres. Pueden lograr el máximo de su potencialidad y convertirse en algo especial, en los seres únicos que Dios quiso crear.
LAS BENDICIONES DE LA SOBERANÍA
Encontramos la verdadera libertad cuando estamos prontos a aceptar la realidad tal como se nos presenta (incluyendo la soberanía efectiva sobre toda su creación que le corresponde a Dios), y cuando le permitimos que nos convierta en lo que él desea. El tema de la soberanía de Dios, lejos de ser una ofensa para nosotros puede convertirse en una maravillosa doctrina de la que sacaremos muchas bendiciones.
¿Cuáles son estas bendiciones? Primero, el reconocimiento de la soberanía de Dios inevitablemente profundiza nuestra veneración del Dios vivo y verdadero. Sin este entendimiento y apreciación de estas verdades, muy difícilmente podremos conocer al Dios del Antiguo y el Nuevo Testamento. Porque, ¿qué
clase de Dios es ese cuyo poder está constantemente coartado por los designios de la gente y de Satanás?
¿Qué clase de Dios es ese cuya soberanía debe ser cada vez más restringida, no vaya a suceder que nos imaginemos que está invadiendo la ciudadela de nuestro “libre albedrío”? ¿Quién es capaz de adorar a esa deidad tan truncada y frustrada? Pink nos dice que “un dios” cuya voluntad es resistida, cuyos designios son frustrados, cuyos propósitos son jaqueados, no tiene ningún derecho al título de Deidad, y en lugar de ser un objeto digno de nuestra adoración, sólo merece nuestro desprecio”.3
Por otro lado, un Dios que verdaderamente gobierna su universo es un Dios que gozosamente deberíamos buscar, adorar y obedecer. Este es el Dios que vio Isaías: “vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria” (Is. 6:1-3). Este es el Dios de las Escrituras. Fue una
visión de este Dios, no de ningún otro dios menor, que transformó el ministerio de Isaías.
Segundo, el conocimiento de Dios y toda su soberanía nos consuela en medio de las pruebas, la tentación y la tristeza. Tanto los cristianos como los no cristianos sufren tentaciones y pasan por la tristeza. La cuestión es: ¿Cómo afrontarlas? Sin duda, si las afrontamos sin saber a ciencia cierta si están o no controladas por
Dios, y si Dios las permite para sus propósitos, entonces carecen de sentido y la vida es una tragedia. Esto es justamente lo que dicen muchos existencialistas. Pero si Dios todavía ejerce el control, entonces estas circunstancias son conocidas por él y él tiene sus propósitos.
Por supuesto, no conocemos todos los propósitos de Dios. Si los conociéramos seríamos como Dios. Sin embargo, podemos conocer algunos de sus propósitos porque Dios nos los ha revelado. Por ejemplo, el anciano apóstol Pedro escribe a unos que habían pasado por grandes tribulaciones, recordándoles que todavía no es el fin -Jesús volverá, pero que mientras tanto Dios los está fortaleciendo y purificándolos por medio de las pruebas. “En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1 P. 1:6-7). Similarmente, Pablo escribe a los de Tesalónica que habían perdido a sus seres amados, recordándoles que el Señor Jesucristo volverá y que reunirá a todos los que aún viven con sus seres queridos. Concluye diciendo: “alentáos los unos a otros con estas palabras”
(1 Ts. 4:18).
Tercero, un entendimiento de la soberanía de Dios nos proporcionará ánimo y gozo en la evangelización. ¿Cómo es posible evangelizar sin dicha confianza? ¿Cómo puede alguien proponerse llevar un mensaje que resulta tan repugnante para el hombre o la mujer natural y tener todavía la esperanza de que él o ella lo
acepten, si Dios no es capaz de tomar a los pecadores rebeldes y convertirlos, a pesar de sus propias inclinaciones, a la fe en Jesús? Si Dios no puede hacer esto, ¿cómo puede alguien en su sano juicio tener la esperanza de poder hacerlo él mismo? Debería abstraerse del problema o tener ridículamente demasiada
confianza en sí mismo. Pero Dios es soberano en esta cuestión como en todas las demás -si Dios llama a quien él quiere y lo llama “efectivamente”-, y es por eso que podemos entonces ser audaces en la evangelización, sabiendo que Dios por su gracia puede usamos como canales de su bendición. Es más, sabemos que nos usará. Porque es a través del testimonio humano que él se ha propuesto atraer a otros a él.
Por último, un conocimiento de la soberanía de Dios nos brindará un profundo sentido de seguridad. Si nos observamos a nosotros mismos, no encontramos seguridad. La lujuria de la carne y de la vista, el orgullo de nuestra vida, son más fuertes que nosotros. Sin embargo, cuando observamos la fortaleza de nuestro Dios, podemos estar confiados. Pablo escribe: ¿Qué pues diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?… ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?… Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios,
que es en Cristo Jesús Señor nuestro. (Ro. 8:31, 35, 37-39)
PARA DIOS ES POSIBLE
La Biblia está llena, de principio a fin, de afirmaciones de lo que Dios puede hacer y hará por su pueblo. A continuación hay siete versículos que, cuando los agrupamos, cubren casi todas las doctrinas fundamentales del cristianismo.
1. Hebreos 7:25 en cierto sentido engloba a todos los demás. Nos dice que Jesucristo “puede salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos”. Mel Trotter, un evangelista de otra generación a quien Dios había rescatado de una vida de alcoholismo, decía que éste era su versículo favorito; haciendo un juego de palabras en inglés, hablaba de la posibilidad que Dios tiene para salvar a una persona “de las cloacas a las alturas” (from the guttermost to the uttermost). Esta es también nuestra historia. Abarca el pasado, el presente y el futuro.
2. En 2a Timoteo 1:12 Pablo escribe: “porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día”. Es una metáfora financiera y este versículo literalmente significa que “Dios tiene el poder de conservar mis depósitos espirituales”. Dios no nos defraudará.
3. Después tenemos a 2 Corintios 9:8 que dice: “Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra”. Algunos cristianos creen que la salvación de los hombres y las mujeres es algo sólo para el futuro, una filosofía de espejismos en el más allá. Esto no es así. La Biblia nos dice que la gracia de Dios nos puede ayudar en toda buena obra ahora. Es en esta vida que tenemos que abundar en su suficiencia.
4. También se nos dice que Dios nos puede ayudar en tiempos de tentación. La Biblia nos dice sobre Jesús: “en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (He. 2:18). El mejor comentario sobre este versículo lo encontramos en las Escrituras; en otro lugar se nos dice que aunque la tentación es la suerte que le corresponde a la condición humana, Dios no nos dejará ser tentados más de lo que podamos resistir, y que nos ha provisto de una salida incluso antes de que nos sobrevenga la tentación (1 Co. 10:13).
5. Efesios 3:20 nos dice que Dios nos puede ayudar a crecer espiritualmente. Está expresado como una bendición. “Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén”.
6. Dios puede también salvar nuestros cuerpos. El Señor Jesucristo “transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Fil. 3:21).
7. Para terminar, en otro versículo, que también es una bendición, Judas dice: “Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría, al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. Amén” (Judas 24-25).
Tomados en conjunto, estos versículos nos declaran que Dios puede salvamos en esta vida y en la eternidad, puede mantenernos fuera de caer en el pecado y en la tentación, puede conducirnos a lo mejor de la experiencia humana y puede colmamos completamente. ¿Son verdaderas estas cosas? Sí… pero solamente por una razón. Son verdaderas porque son la determinación eterna e inmutable del Dios que es soberano.
Notas
1. Arthur W. Pink, The Sovereignity of God (Grand Rapids, Mich.: Baker Book House, 1969), p. 263.
2. Sproul, The Psychology of Atheism, p. 139.
3. Pink, The Attributes of God, p. 28.
La doctrina de la aplicación de la redención
Teología sistemática de Wayne Grudem:
La doctrina de la aplicación de la redención
A. Introduccion y definición
Cuando Adán y Eva pecaron, se hicieron dignos de castigo eterno y de separación de Dios (Gn 2: 17). De la misma manera, cuando los seres humanos pecan hoy se hacen merecedores de la ira de Dios y del castigo eterno: «La paga del pecado es muerte» (Rom 6:23). Esto quiere decir que una vez que las personas pecan, la justicia de Dios requiere solo una cosa: Que queden eternamente separados de Dios, alejados de la posibilidad de experimentar sus cosas buenas y que vivan para siempre en el infierno, recibiendo solo la ira divina para siempre. De hecho, esto es lo que les sucedió a los Ángeles que pecaron, y nos podría haber sucedido a nosotros también: «Dios no perdono a los Ángeles cuando pecaron, sino que los arrojo al abismo, metiéndolos en tenebrosas cavernas y reservándolos para el juicio» (2 P 2:4).
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