La Fe Que Salva
La Fe Que Salva
“Y LES DIJO: ID POR TODO EL MUNDO; PREDICAD EL EVANGELIO A TODA CRIATURA. EL QUE CREYERE Y FUERE BAUTIZADO, SERA SALVO; MAS ELQUE NO CREYERE, SERA CONDENADO.” Marcos 16:15-16
Por A. W. Pink
Estas son las palabras de Cristo, el Cristo resucitado, y son las últimas que El pronunció antes de dejar la tierra. No existen otras palabras más importantes que hayan sido habladas a los hombres. Merece nuestra atención más aguda. Son de importancia porque en ellas encontramos las bases para la felicidad eterna o la miseria eterna, para la vida o la muerte y las condiciones de las dos. La fe es la gracia salvadora principal y la incredulidad es el pecado más condenador. La ley que amenaza con la muerte por cada pecado, ya ha condenado a todos porque todos somos pecadores. La sentencia sobre nosotros es tan definitiva e intolerante que admite una sola excepción–todos serán ejecutados si no creen.
La condición de vida es dada a conocer por Cristo en Marcos 16:16 y es doble. La principal es la fe; la otra condición es complementaria a la primera, es el bautismo. Digo que la segunda condición es complementaria porque no es necesaria para la vida en igual manera que la fe. Esto es comprobado en el hecho de que la segunda parte del versículo omite el bautismo. No es que el que no se bautice no será salvo, sino el que no cree no será salvo. La fe es tan indispensable que aunque uno no sea bautizado pero si tiene fe, será salvo. Como ya hemos dicho antes, el pecador ya está condenado, la espada Divina ya ha sido levantada y sólo espera la palabra para dar la fatal herida. Nada puede detenerla sino la fe salvadora en Cristo. El continuar en la incredulidad establece más la seguridad del destino, es decir el Infierno. Porque mientras uno quede en la incredulidad estará sin esperanza y sin Dios en el mundo (Efe. 2:12).
Ahora bien, si el creer es tan necesario y la incredulidad tan peligrosa y fatal, nos es de suma importancia saber claramente que es lo que tenemos que creer. Nos conviene hacer una investigación a fondo de la naturaleza de la fe salvadora. Y tanto más, siendo que no todo tipo de fe en Cristo salva; Repito, no toda fe salva. Multitudes de gente son engañadas tocantes a este asunto. Son miles los que piensan que han recibido a Cristo como su salvador personal y están confiados en su muerte expiatoria en pro de ellos, pero están construyendo su edificio sobre la arena movediza. Un número grande de personas no tienen ni la menor duda de que Dios les haya aceptado entre los amados por El o de que son seguros en Cristo. Pero cuando la mano fría de la muerte les llegue serán despertados a la realidad de su condición, pero demasiado tarde. Pensar en esto es tener pensamientos solemnes. ¿Como piensa usted? Otros, que estaban tan seguros como usted acerca de su salvación, están ahora en el Infierno.
Hay quienes tienen una fe la cual es tan parecida a la fe que salva que ellos mismos piensan que es la misma, y hasta otras personas que se supone saben distinguir las cosas espirituales les ven como personas poseedoras de la fe verdadera. Un ejemplo de aquellos tipos es Simón el Mago. En Los Hechos de los Apóstoles 8:13 se nos dice que Simón creyó y se bautizó y andaba con un gran Cristiano, Felipe el evangelista. Tanta fe tenía que pidió el bautismo y Felipe no dudó de el y le concedió la ordenanza y le abrió la puerta de la iglesia. Pero después, el apóstol Pedro le dijo a Simón, “No tienes parte ni suerte en este negocio, porque tu corazón no es recto delante de Dios….porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estas” (Hech. 8:21,23).
Es posible que uno pueda creer toda la doctrina contenida en la Biblia hasta donde la entienda y conocer más que el cristiano común; puede haber estudiado por mucho tiempo y por eso tener una fe que abarca mucho conocimiento; teniendo una fe extensiva es lógico tener una comprensión extensiva. Por este tipo de fe puede uno decir junto con el apóstol Pablo: “Confieso que conforme a aquel Camino que llaman herejía, así sirvo al Dios de mis padres, creyendo todas las cosas que en la ley y en los profetas están escritas” (Hech 24:14). Pero esta no es la prueba de una fe que salva. Un ejemplo que comprueba lo contrario se halla en Hechos 26:27, en el caso del rey Agripa. Pablo le dice: “? ¿Crees, Rey Agripa, a los profetas? Y se que crees.” Pero siendo creyente el rey no era salvo.
Puede llamársele a la fe aquella una “fe histórica”, pero aún así la Escritura también dice que hay personas que poseen una fe que es más que un mero producto de la naturaleza, es del Espíritu Santo y aún así, no es una fe que salva.
Esta fe tiene dos ingredientes que ni la educación ni el esfuerzo humano la puede producir. Estos ingredientes son: (1) la Luz Divina que conmueve a la mente para que crea. Ahora, el hombre puede recibir del cielo tanta iluminación e inclinación y no ser regenerado. Hallamos prueba de esto en Hebreos 6:4-6. Allí leemos de una compañía de apostatas. Tocante a ellos se dice: “Es imposible que sean otra vez renovados para arrepentimiento.” Pero de estos se dice también que fueron “iluminados”, que quiere decir que ellos no solo percibieron, sino que fueron inclinados hacia el don celestial y lo abrazaron. Y esto porque fueron “partícipes del Espíritu Santo” (vs.4).
Es posible tener una fe causada por el poder Divino. La base de esta fe puede ser el testimonio Divino en el cual uno puede tener una completa confianza. Uno puede dar crédito a su creencia y fe a la razón y la Palabra de Dios, estando persuadido que es la palabra de aquel que no puede mentir. El creer en las Escrituras en esta manera es tener fe. Tal fe tenía la nación de Israel después de su éxodo de Egipto y su salvación del Mar Rojo. De ellos está escrito: “El pueblo temía a Jehová, y creyeron a Jehová y a Moisés su siervo” (Ex. 14:31). Pero de la mayoría de ellos está escrito también, sus cuerpos cayeron en el desierto y que El juró que no entrarían en Su reposo (He 3:17,18).
Es en verdad una cosa que nos causa escudriñamos a nosotros mismos, el realizar un estudio cuidadoso de la Escritura sobre este punto. Especialmente cuando descubrimos lo mucho que se ha escrito sobre la gente perdida que si tenían fe en el Señor. En Jeremías 13:11, encontramos a Dios diciendo: “Porque como el cinto se junta a los lomos del hombre, así hice juntar a mi toda la casa de Israel…” El juntarse a Jehová es lo mismo que confiar en El. Pero de esa misma generación de personas Dios dijo: “A este pueblo malo, que no quieren oír mis palabras, que andan en las imaginaciones de su corazón, y se fueron en pos de dioses ajenos para servirles, y para encorvarse a ellos; y vendrá a ser como este cinto, que para ninguna cosa es bueno” (vs.10).
El término “apoyarse” es usado para denotar no solo confianza sino una dependencia en Jehová. Este término es usado por Dios mismo para describir a los perdidos: “Oíd ahora esto, jefes de la casa de Jacob y gobernantes de la casa de Israel, que aborrecéis la justicia y torcéis todo lo recto, que edificáis a Sión con sangre y a Jerusalén con iniquidad. Sus jefes juzgan por soborno, sus sacerdotes enseñan por precio, sus profetas adivinan por dinero, y se apoyan en el SEÑOR, diciendo: ¿No está el SEÑOR en medio de nosotros? No vendrá sobre nosotros mal alguno. Por tanto, a causa de vosotros, Sión será arada como un campo, Jerusalén se convertirá en un montón de ruinas, y el monte del templo será como las alturas de un bosque”. (Miqueas 3:9-12).
Y así miles de los carnales y mundanos de hoy día también se apoyan en Cristo para que El les sostenga, para no irse al Infierno y están confiados en que ningún mal les puede acontecer. Pero su confianza es una horrible presunción. El apoyarse sobre una promesa Divina con confianza implícita, y el hacerlo en la presencia de mucho peligro no es cosa que esperamos ver de los perdidos, pero la verdad es más extraña que la ficción. Es la misma cosa que leemos en la Palabra infalible de Dios. Cuando Senaquerib y su gran ejército atacó a las ciudades de Judá.
Ezequías dijo: “Esforzaos y contentaos; no temáis ni hayáis miedo del rey de Asiria, ni de toda su multitud que con el viene; porque más son con nosotros que con el. Con el es el brazo de carne, más con nosotros Jehová nuestro Dios para ayudarnos, y pelear nuestras batallas. Y se afirmó el pueblo sobre las palabras de Ezequías rey de Judá” (2Cro 32:7,8). Ezequías había hablado las palabras de Dios y que la gente se apoyara en ellas era igual que apoyarse en Dios mismo. Pero unos años después esta misma gente hizo peor que los paganos (2Cro 33:9). Entonces el apoyarse en una promesa de Dios no es en y de si mismo una prueba de la regeneración.
En 2Crónicas 13 nos dice que Abías y los hijos de Judá se fortificaron, porque se apoyaban en Jehová el Dios de sus padres (17), pero de este mismo Abías se escribió que anduvo en todos los pecados de su padre. Si, es posible que los hombres no regenerados puedan apoyarse en Dios, en sus promesas y en sus pactos.
Una persona no regenerada normalmente no rechaza lo que le parece bueno, como las promesas de Dios. La promesa de perdón y de vida es la esencia del Evangelio. No es cosa rara entonces que un hombre este listo para recibir estas promesas. Pero una promesa mal aplicada es como un sello sobre la entrada de un sepulcro, a los engañados les da un sentido de seguridad, mientras yacen en la muerte espiritual, pudriéndose más y más.
Otro ejemplo solemne de los que tienen fe, pero la salvadora, se halla en Lucas 8:14, donde leemos que recibieron la palabra con gozo. Al principio, por lo menos, es imposible diferenciar entre estos y los de la buena tierra. Tienen una cara de gozo. Demuestran ciertas características de una persona salva. La diferencia no aparente, está escondida debajo de la superficie. Para descubrir su verdadero estado es necesario escarbar. A veces con el tiempo ellos mismos se descubren, pero parecen, al principio por lo menos, como verdaderos cristianos.
Hay otros casos aún más increíbles. Hay los que están dispuestos a tomar a Cristo como su Salvador, pero se resisten a tomarlo como su Señor, para ser gobernados por El. Pero también hay unos no regenerados que reconocen a Cristo como el Señor. Tengo prueba bíblica para decir esto: “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre lanzamos demonios, en tu nombre hicimos muchos milagros? y entonces les protestaré: Nunca os conocí, apartaos de mi, obradores de maldad (Mateo 7:22,23).
Fíjense, son “muchos” quienes profesan estar sujetos a Cristo como Señor, y hasta hacen obras maravillosas en Su nombre. Estos nos pueden demostrar su fe por sus obras pero la fe que tienen es vana.
Es difícil decir hasta que punto la fe falsa puede aparecer como la fe verdadera. La fe que salva tiene a Cristo como su objeto; también la fe vana: “Y estando en Jerusalén en la Pascua, en el día de la fiesta, muchos creyeron en Su nombre, viendo las señales que hacía, más el mismo Jesús no se confiaba a si mismo de ellos, porque el conocía a todos (Juan 2:23,24). La fe que salva es obra del Espíritu Santo, también la fe vana es a veces obra Divina (He 6:4). La fe salvadora es producida por la Palabra, también la fe falsa: “El que fue sembrado en pedregales, este es el que oye la palabra, y luego la recibe con gozo, más no tiene raíz en si, antes es temporal: que venida la aflicción o la persecución por la Palabra, luego se ofende” (Mateo 13:20,21). La fe salvadora le constriñe a uno a prepararse para la venida del Señor, también la fe falsa: de las vírgenes fatuas y las prudentes es escrito que todas se levantaron y aderezaron las lámparas (Mateo 25:7). La fe salvadora es acompañada de gozo, también la fe falsa (Mateo 13:20).
Es posible que alguien este pensando que este mensaje es muy triste y desconsolador. Le amonesto a tal persona a que tome en serio lo que le estoy diciendo. Porque “el que estima de si que es algo, no siendo nada, a si mismo se engaña” (Gál. 6:3). La obra más astuta del Diablo es la de la decepción. Uno es cegado por el gran engañador oye un mensaje como este y luego dice, bueno este mensaje es para otro, pero no para mi, yo se que mi fe es salvadora. Hay que oír la Palabra que nos dice: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en fe…” (2Co 13:5).
Hay muchos entre los llamados “evangélicos” que han oído por años que nada más hay dos clases de personas: los creyentes y los incrédulos. Pero no es toda la verdad. La Palabra de Dios divide a las gentes en tres clases: (1) Los Judíos, (2) Los Gentiles, y (3) La Iglesia de Dios (1Cor. 10:32). Los gentiles son los paganos que vivían en las naciones fuera de Israel, no pretendían tener fe en Jehová. Los judíos tienen que dividirse en dos grupos. Según Romanos 9:6: “…no todos los que son de Israel son Israelitas”. En mucho la porción más grande del pueblo de Israel eran falsos seguidores de Jehová. Corresponden aquellos a una multitud de profesantes de Cristo que El mismo no reconoce.
La Iglesia de Dios si tiene la fe salvadora. ¿Y en que consiste la fe de ella? Al contestar esta pregunta mi objetivo es dar no solo una definición bíblica sino a la vez hacer un contraste con la fe que no salva. No es fácil hacer esto, porque la fe falsa tiene mucho en común con la que salva. No quiero presentar una doctrina que se realice sobre la misma Escritura y a la vez dar aliento a los que puedan ser engañados. No quiero quitar del pueblo de Dios su legítima posesión, ni quiero quitarles el pan a los hijos de Dios y tirarlo a los pies de los infieles. Que el Espíritu Santo mismo nos guíe a la verdad concerniente a cada uno de nosotros en particular.
Puede evitarse mucho error si primero determinamos que es la incredulidad. Vez tras vez encontramos en la Escritura la incredulidad en contraposición con la creencia. La Biblia presenta la incredulidad como un principio violento y enérgico de oposición a Dios. Tiene un lado pasivo y otro activo, un lado negativo y otro positivo. Por eso la palabra es traducida “incredulidad” en Romanos 11:20 y “desobediencia” en Hebreos 4:6,11; y es traducida “no creen” en 1Pedro 3:1.
Tomen como ejemplo el caso de Adán. Hubo algo más que negativo al no creer en la amenaza de Dios, que el día que comieran del fruto prohibido morirían. Es que el primer pecado ocurrido entre la humanidad no era solo una falta de creer sino a la vez también una deliberada rebelión en contra de Dios.
Tomen también el ejemplo de Israel en el desierto. De ellos está escrito: “…no pudieron entrar por causa de incredulidad” (He 3:19). ¿Qué quieren decir exactamente estas palabras? Hubo un elemento en su incredulidad, un elemento positivo-su desobediencia abierta a Dios. Eran insolentes y tenían su propia voluntad en el asunto.
Tomemos el ejemplo de la venida de Cristo en forma humana. Juan 1:11 nos informa que los judíos no le recibieron. ¿Eran, entonces, culpables solamente de no recibirle? No. El no creer era el lado negativo de su condición. El lado positivo es que le aborrecieron (Juan 15:25). Decían: “No queremos que este reine sobre nosotros” (Luc. 19:14). Su pecado también consistía en un espíritu de auto determinación, de rebelión a sus mandatos.
La incredulidad no es simplemente una enfermedad de la naturaleza caída, es un horrible crimen. La Escritura la atribuye al amor para el pecado, la terquedad de la voluntad, la dureza de corazón. La incredulidad tiene su raíz en la naturaleza depravada, en una mente que es enemistad contra Dios. El amor del pecado es la causa inmediata de la incredulidad. “Y esta es la condenación; porque la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz; porque sus obras eran malas” (Juan 3:19). La luz del verdadero evangelio una vez presentada a la gente les revela que si es creída tal como es, les separará de sus pecados favoritos, y por eso no lo quieren. Si el evangelio fuera presentado claramente, tal como es, habrá aún un número mucho menor de gente que se identificarían como “evangélicos”. Los hombres aman más las tinieblas que la luz.
La fe salvadora es lo opuesto de la fe que condena. La fe salvadora salta de un corazón que ha sido regenerado, reconciliado a Dios. Entonces un elemento de la fe verdadera es un espíritu de entrega a Dios. Para ser aceptado por Dios tengo no solo que confesar mi pecado, más tengo que renunciar a mi derecho sobre mi persona, negarme a mi mismo.
La fe salvadora es un “venir a Cristo”. Pero estas palabras tienen un significado amplio. Si decimos que venimos a México, entonces implicamos que dejamos otro lugar para venir a México, así es cuando venimos a Cristo, tenemos que dejar algo atrás. El venir a Cristo envuelve el abandonar a cada objeto falso de confianza e incluye cada cosa que compite por el lugar de preeminencia en nuestros corazones. “Si alguno viene a mi, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, o aun también su vida, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:26).
La fe salvadora incluye la obediencia. Cristo reconoce solo a los que le obedecen (Juan 15:14). Como la incredulidad es desobediencia, la creencia es obediencia.
Muchos dirán que nosotros hacemos de la fe una cosa difícil. Para ellos la fe salvadora es sencilla. Según su doctrina el hombre tiene en si el poder de creer en Cristo. Su fe entonces es una cosa natural. Tal evangelio es falso e inspirado por la naturaleza misma. En verdad la fe es una cosa milagrosa. Que un enemigo de Dios sea reconciliado a el es el acto más difícil del universo. Los evangélicos falsos hacen sus campañas en las cuales tratan de convencer al hombre a auto convertirse. Con un poco de amor, con una poca de persuasión, el pecador es convencido a creer y tener fe. Y así es la droga espiritual que el Diablo usa para cegar a miles.
Tantos han sido convencidos con esta lógica del evangelio que su conversión es nada más que un producto del argumento lógico. Tienen que creer porque no pueden contradecir el evangelio. Muchos piensan que es tan fácil lavar el corazón del pecador como lavarse las manos. Pero la verdad es que la mortificación de la carne, el morir al pecado y el vivir en justicia, el ser humilde de corazón, el ser obediente en todo, el ser como Cristo en nuestros hábitos, es una obra más allá de los recursos del hombre pecador.
El Señor Jesús no enseñó que la fe salvadora era una cosa simple. Al contrario, El declaró: “Estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (Mateo 7:14). La única senda que lleva al cielo es dura y laboriosa. “Por muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios” (Hech 14:22). El entrar en esta senda requiere un esfuerzo del alma: “Porfiad a entrar por la puerta angosta” (Le 13:24). Porfiar quiere decir “empeñarse en hacer una cosa”.
Según el evangelio popular contemporáneo es tan fácil para un millonario salvarse así como un pobre, siendo que todo lo que tienen que hacer es poner su fe en Cristo, la cual ya tienen por naturaleza. Es un simple acto voluntario de un hombre que tiene un libre albedrío. Pero Cristo no estaba de acuerdo con el protestantismo moderno. El dijo: “Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja, que el rico entrar en el reino de Dios” (Marcos 10:24). Cuando los discípulos oyeron a Cristo decir esto se espantaron y dijeron: “¿Y quién podrá salvarse?” (vs 26). Y Jesús respondió: “Para los hombres es imposible; más para Dios no…” (vs. 27). Un pecador de sí no puede arrepentirse salvíficamente, no puede creer en Cristo, no puede venir a Cristo realmente, más fácil podría ser la criatura el creador. Nada menos que un milagro puede salvar el pecador.
¿Y por qué es imposible para el hombre natural ejercer la fe salvadora? Veremos la respuesta en el ejemplo del joven rico. La Escritura dice que fue porque tenía muchas posesiones. Es que estaba posesionado de sus riquezas. Su corazón estaba encadenado por ellas. Las demandas de Cristo eran demasiado duras. El dejar todo y seguir a Cristo era más de lo que su corazón pudo aguantar. Pero una cosa le faltaba: ¿Qué cosa? Una entrega total del corazón a Dios. Cuando el corazón está lleno de cosas mundanales no hay lugar para las cosas celestiales.
“¿Cómo podéis vosotros creer, pues tomáis la gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que de solo Dios viene?” (Juan 5:44). ¿Son fáciles estas palabras de Jesús? La palabra “gloria” aquí significa aprobación o alabanza. “La amistad del mundo es enemistad con Dios. Cualquiera pues que quisiere ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios” (Stgo. 4:4).
Hay multitudes que desean ser salvos del Infierno pero no quieren ser salvos del pecado. Porque ninguno puede venir a Dios si no deja por atrás sus ídolos (1Tes 1:9). Por eso el Señor insistió: “Cualquiera de vosotros que no renuncia a todas las cosas que posee, no puede ser mi discípulo” (Le 14:33).
Para nosotros los evangélicos del siglo veinte, nos es tan difícil olvidar las doctrinas falsas que ya hemos aprendido, así como aprender las doctrinas puras. Son tantos los que toman con gusto el veneno dulce del evangelio humanista, que el verdadero evangelio les parece amargo y desagradable.
John Owen – Vida Por Su Muerte…ARGUMENTOS
CAPITULO 1: DOS ARGUMENTOS BASADOS EN LA NATURALEZA DEL NUEVO PACTO
Argumento # 1
En Mateo 26:28, el Señor Jesucristo habla de “mi sangre del nuevo pacto.” Este nuevo “pacto” o “testamento” es el nuevo acuerdo o contrato que Dios ha hecho para salvar a los hombres. La sangre de Cristo derramada en su muerte es el precio del acuerdo, y tiene relación solamente con aquellos a quienes el acuerdo se aplica. Este nuevo pacto es diferente del antiguo pacto que Dios hizo con los hombres. En el antiguo pacto, Dios prometió salvar a todos los que guardaran sus leyes: “Que el hombre que hiciera estas cosas vivirá por ellas.” (Rom.10:5 y Lev.18:5) Pero, puesto que los hombres son pecadores no pueden guardar la ley de Dios y por lo tanto el antiguo pacto fue hecho inútil. En el nuevo pacto, Dios promete poner sus leyes en nuestras mentes y escribirlas en nuestros corazones. (He.8:10). Está claro entonces, que este acuerdo tiene relación sólo con aquellos en cuyos corazones y mentes Dios hace realmente esto. Puesto que es obvio que Dios no hace esto para todos los hombres, entonces no todos los hombres están incluidos en el pacto por el cual Cristo murió. Algunos han sugerido que Dios escribiría sus leyes en nuestras mentes, si sólo creyéramos. Pero poseer la fe, es lo mismo que tener la ley de Dios escrita en nuestros corazones. Entonces, decir como algunos dicen: “Si su ley está en nuestros corazones, entonces Dios escribirá sus leyes en nuestro corazón”, es pura tontería. La naturaleza del nuevo pacto hace claro que la muerte de Cristo no fue para todos los hombres.
Argumento # 2
El evangelio ha estado en el mundo a lo largo de los siglos desde que Cristo vino. No obstante naciones enteras han vivido sin conocimiento alguno de él. Si fuera la intención que la muerte de Cristo salvara a todos los hombres, a condición de que creyeran entonces el evangelio debería haberse divulgado a todos los hombres. De otro modo, el propósito de salvar a todos los hombres ha fracasado, puesto que no todos han escuchado. Pero esto no puede ser cierto porque sería contra la naturaleza y la sabiduría de Dios enviar a Cristo para salvar a todos y no asegurar que todos escuchen acerca de esto. ¿Estaría conforme a la bondad de Dios actuar de esta manera? Esto es como si un doctor fuera a decir que tiene la medicina que curaría todas las enfermedades en el mundo y no obstante ocultar ese conocimiento de muchas personas. En tal caso, ¿podríamos real-mente argumentar que el doctor tenía la intención sincera de curar las enfermedades de todos? Hay un número de textos que lo hacen claro, que millones nunca han escuchado ninguna palabra acerca de Cristo. Nosotros no podemos dar otra explicación del “porqué”, salvo la que dio Cristo mismo; “así Padre, pues que así agradó en tus ojos.” (Mt.11:26). Tales Escrituras como el Sal.147:19-20, Hch.14:16 y Hch.16:6-7, afirman los hechos de nuestra experiencia común; de que el Señor no ha asegurado que todos escuchen el evangelio. Debemos concluir que no es el propósito de Dios salvar a todos los hombres.
CAPITULO 2: TRES ARGUMENTOS BÍBLICOS BASADOS EN LA DESCRIPCIÓN BÍBLICA DE LA SALVACIÓN
Argumento # 3
Las Escrituras describen lo que Cristo Jesús hizo por su muerte como “La redención eterna”. (Esto significa nuestra liberación eterna del pecado, la muerte y el infierno.) Ahora, si esta bendición fue comprada para todos los hombres, entonces todos los hombres la tienen automáticamente o está a su disposición bajo ciertas condiciones. Por nuestra experiencia podemos ver que no es cierto que todos los hombres tengan la redención eterna, Entonces ¿Está disponible esta redención bajo ciertas condiciones?
Pregunto ¿Cumplió Cristo estas condiciones en nuestro favor o depende la satisfacción de estas condiciones de nuestro cumplimiento de otras? La primera de estas posibilidades, que Cristo cumple las condiciones necesarias para conceder la redención eterna significaría que todos los hombres tienen esa redención, circunstancia que no concuerda con la realidad que observamos en el mundo. Tenemos que decir entonces que si Cristo no cumple estas condiciones para que todos los hombres tengan la redención, entonces tiene que cumplirlas a favor de los que cumplen otras condiciones. En tal caso damos vuelta en un círculo, haciendo que las condiciones cumplidas por Cristo en la redención, dependan del cumplimiento de otras y así sucesivamente. Estos argumentos muestran cuan irrazonable es suponer que Cristo murió para obtener la redención eterna de todos los hombres. Si hubiera algunos que siguen insistiendo en que la redención eterna está disponible bajo ciertas condiciones, entonces no cabe duda que todos debieran ser notificados. Pero esta notificación no les es concedida a todos como ya hemos señalado en la parte tres, en el capítulo uno, argumento dos. Además, si obtener la redención eterna depende de que los hombres cumplan ciertas condiciones, entonces tienen la capacidad de cumplirlas o no. Si son capaces por sí mismos de cumplir las condiciones, entonces tenemos que decir que todos los hombres pueden de su propia capacidad creer el evangelio. Sin embargo esta postura es contraria a las Escrituras, las cuales enseñan que los hombres están muertos en pecado y por lo tanto no son capaces de cumplir ningunas condiciones. Si concordamos con la enseñanza bíblica de que los hombres no tienen la capacidad por sí mismos de cumplir las condiciones para obtener la redención eterna, entonces Dios piensa concederles o no la capacidad para cumplirlas. Si Dios piensa hacerlo, entonces ¿Porqué no lo hace? En tal caso todos los hombres serían salvos. Por otro lado, si Dios piensa no darles a todos los hombres la capacidad para creer, y sin embargo Cristo murió para dar la redención eterna a todos los hombres, entonces tenemos que Dios se encuentra exigiendo a los hombres capacidades que se ha negado a concederles. Evidentemente creer esto es una locura. Esto sería como si Dios prometiera a un muerto la capacidad de resucitar, cuando en realidad no tiene intención alguna de concederle dicho poder.
Argumento # 4
La Biblia describe en una manera muy exacta a aquellos por quienes Cristo murió. Nos dice que la raza humana está dividida en dos grupos y que Cristo murió sólo por uno de ellos. Las Escrituras que enseñan que Dios divide a los hombres en dos grupos son las siguientes:
1. Mateo 25:12 y 32
2. Juan 10:14 y 26
3. Juan 17:9
4. Romanos 9:11-23
5. 1 Tesalonicenses 5:9
Aprendemos que existen aquellos los cuales Dios ama y aquellos que odian, aquellos que conoce y aquellos que no conoce. Otras Escrituras dejan claro que Cristo murió sólo por uno de estos dos grupos. Nos dicen que murió por:
1. Su pueblo: Mateo 1:21
2. Sus ovejas: Juan 10:11,14
3. Su Iglesia: Hechos 20:28
4. Sus elegidos: Romanos 8:32-34
5. Sus hijos: Hebreos 2:13
De esto podemos concluir que Cristo no murió por aquellos que no son su pueblo o sus ovejas o su Iglesia. Por lo tanto no pudo haber muerto por todos los hombres.
Argumento # 5
No deberíamos describir la salvación en una forma diferente a como la Biblia lo hace. Y la Biblia no dice en ningún lugar que Cristo muriera por “todos los hombres”, o por “cada hombre”. Es cierto que la Biblia dice que “Cristo se dio a sí mismo en rescate por todos” (1Tim2:6), pero no se puede demostrar que esto signifique más que “todas sus ovejas” o “todos sus elegidos”. Si uno examina cuidadosamente cada texto en donde aparece la palabra “todos” fijándose en el contexto, entonces se dará cuenta de que la Escritura no enseña en ningún lugar que Cristo murió por cada hombre.
(En la parte cuatro, capítulos tres y cuatro, consideraremos en forma detallada muchos de los versículos que usan las palabras “mundo” y “todos” en relación con la muerte de Cristo.)
CAPITULO 3: DOS ARGUMENTOS BASADOS EN LA NATURALEZA DE LA OBRA DE CRISTO
Argumento # 6
En la Biblia hay muchos versículos que hablan del Señor Jesucristo como haciéndose responsable por otros cuando murió, por ejemplo:
1. El murió por nosotros Rom. 5:8
2. El fue hecho por nosotros maldición Gál. 3:13
3. El fue hecho pecado por nosotros 2 Cor.5:21
Tales expresiones dejan claro que Cristo estaba haciendo algo como sustituto en lugar de otros. Ahora bien, si El murió en lugar de otros, es de esperarse que todos aquellos por quienes ocupó lugar, ahora deban ser libres del enojo y del juicio divino. (Dios no puede castigar justamente tanto a Cristo como a aquellos para quienes El fue un sustituto). No obstante está claro que no todos los hombres son libres de la ira de Dios. (Vea Juan 3:36.) Por lo tanto, Cristo no pudo haber sido un sustituto por todos los hombres. Si todavía se insiste en que Cristo murió como un sustituto de todos los hombres, entonces tenemos que concluir que su muerte no fue un sacrificio lo suficientemente eficaz, porque no todos los hombres son salvos del pecado y del juicio. Efectivamente, si Cristo murió en lugar de todos los hombres entonces, se ofreció a sí mismo como un sacrificio por todos los pecados, (en tal caso, todos los hombres son salvos), o fue sólo un sacrificio por algunos de sus pecados, (en tal caso nadie es salvo, porque permanecen algunos pecados). Ninguna de estas declaraciones pude ser cierta como ya hemos visto en este libro. (Vea parte uno, capítulo tres). Será claro que no hay ninguna forma para decir que Cristo murió por todos los hombres.
Argumento # 7
Las Escrituras describen la naturaleza de la obra de Cristo Jesús como la obra de un mediador y un sacerdote: “El es el mediador del nuevo pacto.” (Heb.9:15) Cristo actúa como mediador siendo sacerdote de aquellos que El trae a Dios. Que Cristo Jesús no es el sacerdote de todos es obvio tanto de las Escrituras como de la experiencia, tal como hemos visto en la parte dos, capítulo dos de este libro.
CAPITULO 4: TRES ARGUMENTOS BASADOS EN LA NATURALEZA DE LA SANTIDAD Y LA FE
Argumento # 8
Si la muerte de Cristo es el medio por el cual aquellos por quienes murió son limpiados y santificados, entonces debió haber muerto sólo por aquellos que experimentan esto. Es obvio que no todos los hombres son hechos santos y por lo tanto Cristo no murió por todos los hombres. Quizás estaría bien comprobar que la muerte de Cristo es el medio para obtener la purificación del pecado y la santidad, esto lo haré en dos maneras: Primero, la adoración en el Antiguo Testamento fue diseñada para enseñar verdades acerca de la muerte de Cristo, la sangre de los sacrificios veterotestamentarios hacía posible que aquellos por quienes era derramada, fueran aceptados en la adoración a Dios. ¿Cuánto más ha de limpiar la sangre de Cristo a aquellos por quienes El murió? (Heb.9:13-14) Segundo, hay versículos que declaran fehacientemente que la muerte de Cristo hace precisamente las cosas que tuvo intención de realizar: “…el cuerpo del pecado fue destruido a fin de que ya no sirvamos más al pecado” (Rom.6:6); “…se dio a sí mismo para redimirnos y purificarnos” (Ti.2:14). Estos versículos, y muchos otros Insisten en que la santidad es el resultado inevitable en la vida de todos aquellos por quienes Cristo murió. Puesto que no todos los hombres son santos, Cristo no murió por todos.
Algunos sugieren en vano que la muerte de Cristo no es la causa de la santidad. Dicen que la santidad sólo llega a ser una realidad cuando el Espíritu Santo la trae o cuando es recibida por la fe. Pero la obra del Espíritu Santo y el don de la fe, son también el resultado o fruto de la muerte de Cristo. Así pues, esta sugerencia no cambia el hecho de que la santidad es el resultado inequívoco sólo en las vidas de aquellos por quienes Cristo murió. El hecho de que el juez da permiso y el carcelero abre la puerta de la prisión, no es la causa de la libertad del deudor; la causa es que alguien pagó por sus deudas.
Argumento # 9
La fe es esencial a la salvación. Esto queda claro de la Escritura (Heb.11:6) y la mayoría de la gente acepta este hecho. Pero como ya hemos visto, todo aquello que es necesario para salvación nos ha sido obtenido por Cristo. Ahora, si esta fe fue obtenida para todos los hombres por Cristo, entonces es nuestra con o sin ninguna condición. Si es sin condiciones, entonces todos los hombres la tienen. Pero como ya hemos visto, esto es contrario a la experiencia y a la Escritura. (Vea 2 Tes.3:2) Si la fe es dada bajo alguna condición, entonces yo pregunto ¿Cuál condición? Algunos dicen, que la fe es dada a condición de que no resistamos a la gracia de Dios. Sin embargo, no resistir realmente significa obedecer, y obedecer significa creer. Entonces, lo que tales personas están diciendo es que la fe les es concedida a aquellos que creen (es decir a los que tienen fe). Esto es sin lugar a dudas absurdo. Por otra parte, algunos argumentan que la fe no fue obtenida para nosotros por la muerte de Cristo. Entonces ¿Es la fe un acto de nuestra propia voluntad? Esto es contrario a la enseñanza de muchos textos bíblicos e ignora el hecho de que los incrédulos están muertos en pecados e incapaces de realizar cualquier acto espiritual. (1Cor.2:14). Entonces, regreso a la posición de que la fe es obtenida por Cristo. La fe es una parte esencial de la santidad. En el argumento número ocho mostré que la santidad es obtenida para nosotros por la muerte de Cristo. Por lo tanto, también obtuvo para nosotros la fe. Negar esto, es sostener que sólo obtuvo una parte de la santidad, es decir, faltando la fe. Ninguna persona que hable seriamente sugeriría tal cosa.
Aún más, Dios escogió su pueblo a fin de que sean santos; “nos escogió… para que fuésemos santos.” (Ef.1:4) Repito, que la fe es una parte esencial de la santidad. Al escoger a su pueblo para ser santo, seguramente Dios también escogió que tuviéramos fe. Fue una parte el acuerdo entre Dios el Padre y Dios el Hijo, que todos aquellos por quienes Cristo murió tendrían todas las bendiciones que el Padre quería darles. La fe es una de las bendiciones que el Padre da. (Heb.8:10-11) Las Escrituras enseñan claramente que la fe fue obtenida para nosotros por Cristo Jesús, quien es el “Autor y Consumador de nuestra fe” (Heb.12:2). Declaraciones tales como ésta y los tres párrafos anteriores confirman que la muerte de Cristo obtiene la fe para su pueblo. Puesto que no todos los hombres la tienen, Cristo no pudo haber muerto por todos los hombres.
Argumento # 10
El pueblo de Israel fue, en muchos sentidos, como una ilustración de la Iglesia neotestamentaria. (1Cor.10:11) Sus sacerdotes y sus sacrificios fueron ejemplos de lo que Cristo haría a favor de la Iglesia de Dios. Su ciudad, Jerusalén, es usada como un símbolo del cielo (He.12:22). Un verdadero israelita es un creyente (Jn.1:47), y un verdadero creyente es un israelita (Gál.3:29). Así, argumento lo siguiente: Si la nación de Israel fue escogida por Dios de entre todas las demás naciones del mundo, para ilustrar el trato de Dios con su Iglesia, entonces se sigue que la muerte de Cristo fue sólo por la Iglesia y no por todo el mundo. La manera que Dios trató con su pueblo escogido en el Antiguo Testamento, es una ilustración de cómo la salvación obtenida por Cristo no es para todos los hombres, sino sólo para su pueblo escogido.
CAPITULO 5: UN ARGUMENTO BASADO EN LA PALABRA “REDENCIÓN”
Argumento # 11
La manera en que la Biblia describe una doctrina, nos ayuda a entenderla. Una palabra usada en la Biblia para describir lo que Cristo realizó, es la palabra redención. “En quien tenemos redención por su sangre.” (Col.1:14). Esta palabra significa “librar una persona de la cautividad pagando un precio”. La persona no es redimida a menos que sea librada. Entonces, el significado mismo de la palabra nos enseña que Cristo no pudo haber obtenido la redención de aquellos que no son libres. Una redención universal (así llamada) la cual finalmente deja a cualquiera todavía en cautiverio, es una contradicción de términos.
En algunos versículos la sangre de Cristo es llamada “un pre-cio” y “un rescate” (Vea Mateo 20:28). El propósito de un rescate es para obtener una liberación de aquellos por quienes el precio ha sido pagado. Es inconcebible que un rescate sea pagado y la persona permanezca todavía como prisionera. Entonces ¿Cómo puede ser argumentado que Cristo murió por todos los hombres cuando no todos son salvos? Sólo los que son realmente librados del pecado pueden ser aquellos por los cuales Cristo murió. La “redención” no puede ser “universal”, como tampoco la Iglesia romana puede ser “universal”. La redención tiene que ser particular puesto que sólo algunos son redimidos.
CAPITULO 6: UN ARGUMENTO BASADO EN EL SIGNIFICADO DE LA PALABRA “RECONCILIACIÓN”
Argumento # 12
Otra palabra que la Biblia usa para describir lo que Cristo obtuvo por su muerte es reconciliación; “enemigos… y ahora os ha reconciliado”. (Col.1:21) La reconciliación es la restauración de la amistad entre dos partes anteriormente enemigas. En la salvación de la cual la Biblia habla, Dios es reconciliado con nosotros y nosotros somos reconciliados con Dios; estas dos cosas deben suceder. La reconciliación de una parte y de la otra son dos hechos separados, pero ambos necesarios para hacer la reconciliación completa. Es necio sugerir que por la muerte de Cristo, Dios es ahora reconciliado con todos los hombres, pero que sólo algunos hombres están reconciliados con El. Espero que nadie sugiera que Dios y todos los hombres están reconciliados en esta manera, porque esa sería una reconciliación coja. No hay una reconciliación real a me-nos que ambas partes participen de ella. El efecto de la muerte de Cristo fue reconciliar a Dios con los hombres y viceversa: “fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (Rom.5:10), “el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación.” (Rom.5:11). Así también ambas reconciliaciones se mencionan en 2 Cor.5:19-20; “Dios… estaba reconciliando… consigo… y sed reconciliados con Dios”. Ahora, no puedo ver como es que esta doble reconciliación puede ser “reconciliada” con la idea de que la muerte de Cristo fue para todos los hombres. Si por la muerte de Cristo, todos los hombres participan de esta doble reconciliación, entonces ¿Cómo es posible que la ira de Dios esté sobre algunos? (Jn.3:36). Seguramente que Cristo solo pudo haber muerto por aquellos que realmente son reconciliados.
CAPITULO 7: UN ARGUMENTO BASADO EN EL SIGNIFICADO DE LA PALABRA “SATISFACCIÓN”
Argumento # 13
La palabra satisfacción para referirse a la muerte de Cristo, no se encuentra en la Biblia en español. No obstante el significado de la palabra (es decir, un pago completo de la deuda del deudor al acreedor) es una idea que el Nuevo Testamento usa frecuentemente, cuando se refiere a la muerte de Cristo. En nuestro caso, los hombres son deudores a Dios porque no guardan sus mandamientos. La satisfacción necesaria para pagar nuestros pecados es la muerte: “La paga del pecado es muerte.” (Rom.6:23) La ley de Dios es nuestro acusador al expresar la justicia divina en nuestra contra. Somos convictos como transgresores y por lo tanto merecemos morir. La salvación sólo es posible si Cristo paga nuestra deuda y así satisface la justicia de Dios. La muerte de Cristo es llamada una “ofrenda” (Ef.5:2) y una “propiciación” (1Jn.2:2). La palabra ofrenda significa un sacrificio expiatorio, es a saber, un sacrificio para hacer enmienda por el pecado. Propiciación significa una ofrenda para satisfacer la justicia. Así pues, po-demos usar la palabra satisfacción para abarcar toda la enseñanza bíblica acerca de significado de la muerte de Cristo. Por lo tanto, si Cristo por su muerte ha hecho una satisfacción efectiva por alguien, entonces Dios tiene que estar completamente satisfecho con ese alguien. Dios no puede exigir, justamente, un segundo pago de ningún tipo. ¿Cómo se puede decir entonces que Cristo murió por todos los hombres y no obstante muchos viven y mueren siendo pecadores, bajo la condenación de la ley de Dios? Que contesten aquellos que puedan reconciliar estas cosas. Yo digo que sólo los que son en realidad librados de su deuda en esta vida, son aquellos por los cuales Cristo hizo satisfacción.
CAPITULO 8: DOS ARGUMENTOS BASADOS EN EL VALOR DE LA MUERTE DE CRISTO
Argumento # 14
El Nuevo Testamento habla frecuentemente del valor o mérito de la muerte de Cristo, por el cual compró y obtuvo ciertos beneficios. Por ejemplo la redención eterna fue obtenida “por su sangre” (He.9:12); la Iglesia de Dios fue comprada “por su propia sangre” (Hch.20:28); los creyentes son llamados “pueblo adquirido” (1Pe.2:9).
Entonces Cristo por medio de su muerte compró, para aquellos por quienes murió, todas las cosas que la Biblia dice que fueron los efectos de su muerte. El valor de su muerte compró la liberación del poder del pecado y de la ira de Dios, de la muerte y del poder del diablo, de la maldición de la ley y la culpa del pecado. El valor de su muerte obtuvo la reconciliación con Dios, la paz y la redención eterna. Estas cosas son ahora los dones gratuitos de Dios porque Cristo los compró. Si Cristo murió por todos los hombres, entonces ¿Por-qué no todos los hombres reciben estos dones? ¿Acaso no tuvo suficiente valor su muerte? ¿Acaso es injusto Dios por no conceder lo que Cristo compró para nosotros? Resulta obvio que Cristo no compró estas cosas para todos los hombres, sino sólo para aquellos que verdaderamente llegan a gozar de ellas.
Argumento # 15
Hay frases frecuentemente usadas para hablar de la muerte de Cristo tales, como las siguientes: Cristo murió “por nosotros”, Cristo llevó “nuestros pecados”, etc.. El significado claro de tales frases es que Cristo en su muerte sustituyó a otros, para que fueran libres. Si en su muerte Cristo fue un sustituto por otros, ¿Cómo pueden estos morir llevando sus propios pecados? Cristo no pudo haber sido un sustituto a favor de ellos y por lo tanto, queda claro que no pudo haber muerto por todos los hombres. De hecho, decir que Cristo murió por todos los hombres es la manera más rápida para decir que no murió por ninguno. Porque si murió en lugar de todos y sin embargo no todos son salvos, entonces fracasó en su propósito.
CAPITULO NUEVE: UN ARGUMENTO GENERAL DE VERSÍCULOS PARTICULARES DE LA ESCRITURA
Argumento # 16
Hay un gran número de versículos bíblicos que podría usar para argumentar que Cristo no murió por los pecados de todos los hombres, he seleccionado solamente nueve y con ellos terminaré los argumentos de esta parte.
1. Gén.3:15 Este es el primer versículo en la Biblia donde Dios indica que hay una diferencia entre el pueblo de Dios y sus enemigos. Por la “simiente de la mujer” se entiende a Cristo Jesús y a todos los creyentes en Cristo. (Esto queda claro por el hecho de que la profecía acerca de la simiente de la mujer, es cumplida en Cristo y en su pueblo). Por “la simiente de la serpiente” se entiende a todos los hombres incrédulos del mundo (Vea Juan 8:44). Puesto que Dios prometió que existiría odio entre la simiente de la mujer y la simiente de la serpiente, resulta evidente que Cristo (la simiente de la mujer) no murió por la simiente de la serpiente.
2. Mat.7:23 Aquí Cristo declara que hay personas las cuales El nunca conoció. No obstante, en otro texto (Jn.10:14-17) dice que conoce a todo su pueblo. Seguramente que conoce a todos aquellos por los cuales El murió. Si hay algunos que El no conoce, El no pudo haber muerto por ellos.
3. Mat.11:25-27 Estas palabras dejan claro que hay algunos a los cuales Dios oculta el evangelio. Si es la voluntad del Padre que el evangelio les sea oculto, Cristo no pudo haber muerto por ellos. Debemos notar que Cristo está dando las gracias al Padre por haber hecho esta diferencia entre los hombres, una diferencia la cual muchos todavía rehúsan creer.
4. Jn.10:11,15,16,27,28 De estos versículos queda claro que:
a. Todos los hombres no son ovejas de Cristo.
b. La diferencia entre los hombres será evidente algún día.
c. Las ovejas de Cristo son identificadas como aquellas que “oyen la voz de Cristo”; los demás no la escuchan.
d. Algunos que todavía no están identificados como ovejas, ya son escogidos y llegarán a ser conocidos. “…también tengo otras ovejas” (vers.16).
e. Cristo murió, no por todos, sino específicamente por sus ovejas.
f. Aquellos por quienes Cristo murió, son los que le fueron dados por el Padre. Entonces, no pudo haber muerto por los que no le fueron dados.
5. Rom.8:32-34 En estos versículos es claro que la muerte de Cristo pertenece sólo a los elegidos de Dios y también que Cristo intercede solamente a favor de estas mismas personas.
6. Ef.1:7 Basándonos en este versículo tenemos que decir que, si la sangre de Cristo fue derramada por todos, entonces todos deben tener la redención y el perdón. Pero es obvio que no todos tienen estos privilegios.
7. 2 Cor.5:21 Así, en su muerte Cristo fue hecho pecado, para todos aquellos que son hechos la justicia de Dios en El. Si fue hecho pecado para todos los hombres, entonces ¿Porqué no son justificados todos?
8. Jn.17:9 La intercesión de Cristo no es a favor de todos los hombres y por consiguiente tampoco su muerte lo fue. (Vea parte dos, capítulos cuatro y cinco).
9. Ef.5:25 Cristo ama a la Iglesia y eso es un ejemplo de como un hombre debe amar a su esposa. Pero si Cristo amó tanto a otros como a su Iglesia y murió por ellos, ¡Entonces los hombres pueden amar a otras mujeres que no sean sus esposas!
Pensaba que podría añadir otros argumentos, pero al repasar lo expresado, tengo confianza de que lo argumentado será suficiente para satisfacer a cualquiera que puede ser satisfecho; aquellos que son obstinados no estarían satisfechos aunque fuera a incluir más. Entonces, concluyo aquí mis argumentos.
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John Owen – Vida Por Su Muerte…Capitulo 5
CAPITULO 5: RAZONES POR LAS CUALES TODOS POR QUIENES CRISTO MURIÓ TIENEN QUE SER SALVOS
Ocuparemos un capítulo más para mostrar el error de los que dicen que la muerte de Cristo fue suficiente para salvar a todos, pero que realmente salva sólo a algunos (“suficiente para todos, eficaz para algunos”). Aunque hay una distinción entre obtener la redención y concederla, sin embargo estas dos cosas no pueden ser separadas. Afirmo que cuando una cosa es obtenida a favor de alguien, entonces no puede ser incierto si lo tendrá o no. Esa persona no diría “quizás será mía”. Entonces, todo lo que Cristo obtuvo por su muerte debe pertenecer a aquellos para quienes fue obtenido. Sería contra la razón sugerir que Dios quiso que Cristo muriera por alguien y al mismo tiempo esa persona no reciba el beneficio. Sería irrazonable que un rescate fuera pagado por la liberación de unos esclavos, y al mismo aquellos esclavos no obtuvieran la libertad. Y ya sabemos que la muerte de Cristo fue un rescate. (Mt.20:28) Algunos han discutido que aunque es cierto que lo que es obtenido a favor de alguien le pertenece por derecho, no obstante pudo haber sido obtenido para él bajo ciertas condiciones. Y ellos dicen que la condición bajo la cual podemos recibir los beneficios que Cristo obtuvo, es que no resistamos la redención ofrecida, o que nos rindamos a la invitación del evangelio, o simplemente que tengamos fe. Contra este argumento señalaré lo siguiente:
1. Si el propósito divino de redimir es sincero, y si Cristo murió para salvar a todos bajo ciertas condiciones, entonces todos sin excepción deberán llegar a saber de estas condiciones. El propósito de salvar no puede ser sincero si algunos son dejados ignorantes de las condiciones para obtenerla. ¿Qué hay con aquellos que nunca escuchan?
2. Las condiciones exigidas para obtener el beneficio de la muerte de Cristo, o están dentro de nuestra capacidad para cumplirlas o no. Si lo están, entonces todos los hombres poseen la capacidad de creer, algo que es
evidentemente falso. Vea Jn.6:44, 5:40, Ef.2:1, Rom.8:7-8, 2Cor.4:3-4, 1Cor2:14. Pero, si los hombres no poseen esta capacidad, entonces el Señor tiene que concederla o negarla. Si así es, que la concede o la niega, entonces ¿Porque no son salvos todos? (Porque se supone que si Dios quisiera salvar a todos, concedería la capacidad de creer a todos). Debemos responder que Dios no ha concedido tal capacidad a todos, porque no fue su propósito de salvar a todos.
3. La fe (la cual es la condición para recibir la salvación) es obtenida para nosotros por la muerte de Cristo o no. Si lo es, y como dicen ellos “Cristo murió por todos los hombres”, entonces todos los hombres deben poseerla. Si no fue obtenida para nosotros por Cristo, entonces la parte más esencial de la salvación, no dependería del todo de la obra de Cristo. Esto disminuye la gloria de Cristo y es contrario a la enseñanza bíblica de que la fe es el don de Dios. Vea Fil.1:29 y Ef.2:8.
4. Afirmar que Cristo murió por todos, pero que solamente aquellos que cumplen ciertas condiciones serán salvos; hace a Cristo un medio mediador (y hace que la salvación sea por obras).
Muchos dicen que Cristo obtuvo la salvación para todos, pero yo pregunto ¿De qué sirve esto, si no cumplió con las demás condiciones? En resumen, repetimos que lo que Cristo ha obtenido, no puede ser separado de aquellos para quienes El lo adquirió. Cristo murió, no para que los hombres fueran salvos a condición de que creyeran; sino que murió por todos los elegidos de Dios a fin de que crean. En ninguna parte la Escritura dice que Cristo murió por nosotros a condición de que creamos. Eso haría de nuestra fe, la causa de que Cristo muriera por nosotros. Mas Cristo murió por nosotros a fin de que creamos. Ahora que hemos examinado en las partes uno y dos de nuestro tema, procederemos a estudiar más pruebas de la verdad que estamos sustentando. Pero deseo que guarden en su mente estos puntos fundamentales que ya hemos comentado.
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John Owen – Vida Por Su Muerte…Capitulo 4
CAPITULO 4: DIOS EL HIJO, EL AGENTE DE NUESTRA SALVACIÓN
Puesto que Dios el Hijo acordó voluntariamente hacer lo que el Padre planeó, podemos decir que El también fue un agente en nuestra salvación. Jesús dijo: “mi comida es que haga la voluntad del que me envió y que acabe su obra” (Jn.4:34). Hay tres maneras en que Cristo demostró su voluntad de ser un agente de nuestra salvación:
1. Estuvo dispuesto a dejar la gloria de su naturaleza divina y aparecer como un hombre. “Así que por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, El también participó de lo mismo” (He.2:14). Nótese que no dice que El hizo esto porque toda la raza humana estaba compuesta de carne y sangre, sino más bien porque “los hijos que Dios me dio” (He.2:13) fueron humanos. Entonces su voluntad dispuesta fue en relación con aquellos hijos, y no para toda la raza humana.
2. Estuvo dispuesto a darse a sí mismo como una ofrenda. Es cierto que Cristo sufrió muchas cosas en una forma pasiva. No obstante es también cierto, que se dio a sí mismo activa y voluntariamente a esos sufrimientos. Sin su consentimiento voluntario, estos sufrimientos no habrían tenido valor alguno. Así El podía decir verdaderamente: “Por esto me ama el Padre, porque yo pongo mi vida… nadie me la quita sino que yo de mi mismo la pongo” (Jn.10:17-18).
3. Sus oraciones a favor de sus hijos demuestran su deseo de ser un agente en su salvación. Ahora, Cristo ha entrado al lugar santísimo en el cielo (He.9:11-12). Su obra ahí es la de un intercesor. Fíjense que no ora por el mundo (Jn.17:9), sino por aquellos por quienes murió (Rom.8:34). Pide que aquellos que le han sido dados, vengan a donde El está y vean su gloria (Jn.17:24). Entonces está claro que no pudo haber muerto por todos los hombres.
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John Owen – Vida Por Su Muerte…Capitulo 3
CAPITULO 3: DIOS EL PADRE, EL AGENTE DE NUESTRA SALVACIÓN
Para contestar la pregunta ¿Cómo fue Dios el Padre el agente de nuestra salvación? Damos la respuesta en dos maneras: Fue el Padre quien envió al Hijo para que muriera, y fue el Padre quien castigó a Cristo por nuestros pecados. Podemos examinar estas dos cosas en forma más detallada.
1. Está claro de muchos textos bíblicos que el Padre envió al Hijo al mundo. Por ejemplo: “cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos”. (Gál.4:4-5). El enviar al Hijo incluyó al Padre en tres cosas:
a. Primero, hubo el propósito original que siempre tuvo en mente. (1Pe.1:20)
b. Segundo, hubo el acto de darle al Hijo todas las capacidades necesarias para la obra que fue enviado a realizar. (Jn.3:34-35) (Como el Hijo de Dios, ya estaba perfecto en su deidad, pero como el Hijo del hombre le fueron concedidos los dones necesarios.)
c. Tercero, hubo el acto de prometerle al Hijo toda la ayuda necesaria para asegurar el éxito de su obra. (Is. 53:10-12, Sal.2, Jn.17).
2. Está claro de muchos textos de la Biblia que el Padre castigó a Cristo Jesús por nuestros pecados. Por ejemplo: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor.5:21). Podemos decir que Cristo sufrió y murió en lugar de nosotros. Siendo esto cierto, ¿No es extraño que Cristo sufriera en lugar de los que sufrirán por sus propios pecados? Podemos plantear el asunto de la siguiente manera:
a. Cristo murió por todos los pecados de todos los hombres
b. Cristo murió por todos los pecados de algunos hombres
c. Cristo murió por algunos pecados de todos los hombres.
Si la última declaración es cierta, entonces todos los hombres han sido dejados todavía con algunos pecados y nadie será salvo.
Si la primera declaración es la verdad, entonces ¿Por qué no son librados todos los hombres del pecado? Si alguien responde que es a causa de su incredulidad, entonces yo pregunto, ¿La incredulidad no es un pecado? Si no es un pecado, entonces ¿por qué son castigados los hombres por ser incrédulos? Si es un pecado, entonces tiene que ser incluido entre los pecados por los cuales Cristo murió. Entonces la primera declaración no es cierta. Queda claro entonces que la única posibilidad que permanece, es que Cristo sufrió por todos los pecados de algunos hombres. Es decir, solamente por los pecados de los elegidos. (En la Parte Cuatro de este libro trataremos con los pasajes de la Escritura que usan las palabras “mundo” y “todo”, “todos” etc.)
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John Owen – Vida Por Su Muerte…Capitulo 2
CAPITULO 2: EL QUIÉN, EL CÓMO Y EL QUÉ DE UNA COSA
Hay tres palabras que usaremos mucho en este libro y nos ayudará mencionarlas ahora en breve. Cuando alguna acción toma lugar, hay un agente (Quién lo hace); hay un medio usado (Cómo se hace); y hay un fin en mente (el Qué o el resultado final). Por ejemplo, nosotros escogemos cómo haremos algo (los me-dios) conforme a qué es lo que queremos lograr (el fin). Entonces podemos decir que el fin es la razón por los medios. Y si hemos escogido los medios correctos, el fin es cierto. Obviamente si el agente que se propone hacer algo, ha escogido lo medios correctos para hacerlo, entonces no puede fallar.
Ahora podemos aplicar estos principios a nuestra explicación del tema de este libro. Primero veremos quién es el agente que pretende redimirnos. Entonces veremos cuáles medios fueron usados para redimirnos. Y finalmente (en la parte dos de este libro) veremos cual fue el resultado de los medios usados. Según la Biblia el agente que propuso nuestra salvación, es el Dios Trino. Todas las otras agencias fueron solamente instrumentos en sus manos. (Hch.4:28). El agente principal es la Santa Trinidad. En seguida estudiaremos esto más detalladamente.
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John Owen – Vida Por Su Muerte…Capitulo 1
CAPITULO 1: LA INTRODUCCIÓN AL PROBLEMA
Cristo mismo nos dijo porqué vino al mundo. En Lucas 19:10 dijo: “Porque el hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.”En otra ocasión dijo que el hijo del hombre vino “para dar su vida en rescate por muchos” (Mar.10:45). El apóstol Pablo declaró claramente el porqué Cristo vino al mundo: “el Señor Jesucristo, el cual se dio a sí mismo por nuestros pecados, para librarnos del presente siglo malo” (Gál.1:4). “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Tim.1:15). “Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Ti.2:14). De estas declaraciones queda claro que el propósito de la muerte de Cristo fue:
1. Para salvar un pueblo de sus pecados.
2. Para librar un pueblo de este presente siglo malo.
3. Para purificar y hacer santo a un pueblo.
4. Para crear a un pueblo celoso de buenas obras.
Otros pasajes bíblicos explican lo que Cristo realmente logró en su muerte. Hay cinco cosas que podemos notar:
1. Por la muerte de Cristo, un pueblo es reconciliado con Dios. (Rom.5:1)
2. Por la muerte de Cristo, un pueblo es perdonado y justificado. (Rom.3:24)
3. Por la muerte de Cristo, un pueblo es limpiado y hecho santo. (Heb.10:14, Ef.5:25-27)
4. Por la muerte de Cristo, un pueblo es adoptado como hijos de Dios. (Gal.4:4-5)
5. Por la muerte de Cristo, un pueblo es glorificado y recibe la vida eterna. (Heb.9:15) De toda esta evidencia la enseñanza bíblica está clara: La muerte de Cristo tenía la intención de traer a los hombres perdón ahora y la gloria venidera en el futuro; y realmente logra estas cosas.
Por lo tanto, si la muerte de Cristo fue para todos los hombres, entonces alguna de las siguientes cosas es cierta:
1. Todos los hombres están librados del pecado, son perdonados y serán glorificados, o:
2. Cristo ha fracasado en su propósito. Sabemos que la primera cosa no es cierta y la segunda consideración (que Cristo ha fracasado) es un insulto a Dios.
Para escapar del problema creado por aceptar alguna de esas dos sugerencias, los que afirman que Cristo murió por todos los hombres dicen que no fue el propósito de Dios que todos se beneficiaran de su muerte. Dicen que el beneficio es solamente para aquellos que producen la fe y creen en Cristo. Este acto de fe tiene que ser algo que algunos hombres hacen por sí mismos, haciéndose así diferentes de los demás. (Si la fe fuera algo obtenido por la muerte de Cristo, y si Cristo murió por todos los hombres, entonces todos los hombres tendrían fe). A mí me parece que tal sugerencia empequeñece lo que Cristo realmente logró por su muerte, por lo tanto me opondré a ella mostrando que lo que la Biblia enseña es muy diferente.
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John Bunyan – La Gracia Abundante (CONCLUSIÓN)
CONCLUSIÓN
De todas las tentaciones que he sufrido en la vida, la peor es dudar de la existencia de Dios y de la verdad de su Evangelio, y ésta es la más difícil de sobrellevar. Cuando viene esta tentación, se me hunden los cimientos, y la tierra huye debajo de mis pies. He pensado con frecuencia en esta palabra: « Si se socavan los fundamentos, ¿qué podrá hacer el justo?» (Salmo 11:3). Algunas veces, cuando he pecado y he esperado un gran castigo de la mano de Dios, en vez de ello he hecho nuevos descubrimientos de su gracia. Algunas veces, cuando he experimentado a paz de Dios, he visto que era un necio por haberme hundido en la tribulación. También, a veces, cuando me he hallado en medio de la tribulación, me he preguntado si debería dejar que se me consolara, porque estas dos cosas han sido una bendición para mí. Me parece muy extraño que aunque Dios a veces visita mi alma con cosas verdaderamente benditas, con todo, a veces, después, durante horas, me he sentido rodeado por una oscuridad tal que no puedo ni aun recordar cuál era el consuelo que había sido refrigerio para mí un poco antes.
A veces, he sacado tanto de mi Biblia que apenas puedo sacar ni una gota de refrigerio de ella, aunque lo he buscado con afán. De todos los temores, los mejores son los que son causados por la sangre de Cristo; y de todos los goces, los más dulces son los que se mezclan con lamentos sobre Cristo. Encuentro que hasta hoy, estos siete son los males de mi corazón:
1. Inclinarse a la incredulidad.
2. Olvidar repentinamente el amor y la misericordia que Cristo me ha mostrado.
3. Inclinarme hacia las obras de la Ley.
4. Distracción y frialdad en la oración.
5. Olvidar el vigilar si mis oraciones son contestadas.
6. Tendencia a murmurar por no tener más, y con todo estar dispuesto a abusar de lo que tengo.
7. No puedo hacer ninguna de las cosas que Dios me manda, sin que mis pecados interfieran. «Cuando quiero hacer el bien, el mal presente en mí» (Romanos 7:21).
Aquí hay siete cosas que continuamente me oprimen, y con todo veo que Dios en su sabiduría me las ha dado para mi bien. Estas cosas mencionadas antes:
1. Hacen que me deteste a mí mismo.
2. Me impiden confiar en mi propio corazón.
3. Me convencen de la insuficiencia de toda justificación inherente en mí.
4. Me muestran la necesidad de acogerme a Jesús.
5. Me impulsan a orar a Dios.
6. Me muestran la necesidad de velar y estar sobrios.
7. Me impulsan a orar a Dios, por medio de Cristo, para que me ayude Y me conduzca en este mundo.
RELATO QUE CONTINÚA LA VIDA DE BUNYAN
Empezando donde él lo dejó, y concluyendo con el momento de su muerte y su entierro. Querido lector: El autor de este libro, sufrido y diligente, te ha relatado ya fielmente su vida en los días de su juventud y edad adulta en su peregrinaje en esta tierra. Pero hay mucho de la última parte de su vida que nunca consignó por escrito, sea por falta de tiempo o quizá por miedo de que algunos dijeran que intentaba conseguir alabanzas de los hombres. Así que siendo yo un verdadero amigo y desde muchos años conocedor de Mr. Bunyan, y después de haber leído lo que otros han escrito sobre él, voy a dar cuenta, lo mejor que pueda, de este último período, lo cual hay que añadir a lo que ya se ha dicho. El ya te ha contado respecto a su nacimiento y educación y malos hábitos cuando joven, las tentaciones con las que tuvo que luchar tan frecuentemente, y las misericordias y liberaciones que recibió. Te ha dicho cómo empezó a predicar el Evangelio de las calumnias y cárceles que sufrió, y del progreso que hizo con la ayuda de Dios, con lo que, sin duda, salvó muchas almas. Ahora voy a seguir a partir de aquí. Después de haber estado doce años en la prisión, durante los cuales escribió varios libros, su paciencia movió al Dr. Barlow, entonces obispo Lincoln, y a otros eclesiásticos, a sentir compasión por sus sufrimientos, duros y no razonables, y a escuchar a sus amigos que procuraban conseguir su libertad.
Y así fue que finalmente se le dejó en libertad; de otro modo, probablemente habría muerto allí, a causa de las terribles condiciones en que se hallaba. Puesto en libertad, fue a visitar a aquellos que habían sido un consuelo para él en su tribulación y les dio las gracias por sus bondades y amor. Y les animó a seguir su ejemplo, si les ocurriera a ellos hallarse en una aflicción o pena semejante, el sufrir pacientemente por una buena conciencia y por amor de Dios. Elevó a muchos cuyo espíritu había empezado a hundirse por temor al peligro que los amenazaba, de modo que la gente halló una maravillosa consolación en sus palabras y sus amonestaciones. Tan pronto como pudo, los congregó, aunque se hallaba vigente y era vigilada la ley contra estas reuniones, y los alimentó con la sincera leche de la Palabra para que pudieran crecer en la gracia; y si algunos eran echados en la cárcel por predicar, él cuidaba de conseguir auxilio para ellos.
Cuidaba mucho de visitar a los enfermos y los corroboraba contra las sugerencias del tentador, que en aquellos tiempos eran muy fuertes; de modo que ellos tuvieron causa de bendecir a Dios para siempre, porque Dios había puesto en su corazón el rescatarlos del poder del eón rugiente que procuraba devorarlos. Ni se ahorró trabajos o penalidades para llegar a los lugares más remotos donde sabía o pensaba que había personas que estaban en necesidad de su ayuda.
Algunos con burla le llamaban el obispo Bunyan, por los dos o tres largos viajes que hacía cada año. La semilla que él sembraba en los corazones de su congregación y que regaba con la gracia de Dios dio fruto en abundancia. Otra parte de su ministerio fue reconciliar las diferencias, con lo cual impedía mucho daño y salvaba a muchas familias de la ruina. Siempre que se encontraba con esta necesidad, estaba inquieto hasta que podía encontrar manera de hacer una reconciliación y ser un pacificador (porque hay una bendición prometida a los tales en las Sagradas Escrituras). De hecho, era mientras estaba en una de estas misiones que depuso su vida, como veremos al poco.
Cuando inesperadamente se dio libertad de conciencia, vio al instante que no había ningún cambio real con respecto a los «disidentes», que ahora, de súbito, estaban libres de las persecuciones que habían sufrido durante tanto tiempo, aunque ahora, en un sentido, estaban en la misma posición que la Iglesia de Inglaterra. Los romanistas estaban socavando la iglesia de Inglaterra, y se pensaba que dando libertad a los disidentes, esto ayudaría a la situación, pero cuando hubieran conseguido su propósito, ellos no habrían estado mejor que antes. Mr. Bunyan aceptó contento la libertad y sacó provecho de ella; pero se movió con precaución y santo temor, orando con fervor para que las dificultades inminentes que veía cernirse sobre las cabezas de la nación a causa de sus pecados fueran abatidas un tanto, y que la nación no fuera barrida por la ira de Dios. Había tantas personas que venían a escucharle que se habló de edificar una casa de reunión, y todos hicieron su contribución voluntaria con alegría y prontitud. Cuando el lugar fue edificado, se llenó tanto que muchos tuvieron que quedarse fuera, aunque era un edificio muy grane, porque todos trataban de conseguir su instrucción y mostrar su buena voluntad hacia él estando presentes en la apertura. Y allí vivió en Bedford, con mucha paz y quietud de la mente, contentándose con lo poco que Dios le había dado y absteniéndose de todo empleo secular a fin de poder seguir su vocación del ministerio.
Dios dijo a Moisés: «El que hizo los labios y el corazón puede dar elocuencia y sabiduría.» Durante estos tiempos, se enviaron funcionarios a cada ciudad y corporación para poner el nuevo gobierno, quitando a algunos políticos y poniendo a otros. Mr. Bunyan expresó gran preocupación sobre esto, previendo malas consecuencias, y hablando a su congregación en contra de ellos. Y cuando vino un funcionario importante a Bedford con esta misión y le envió a buscar, como se suponía, para darle un cargo de pública confianza, Mr. Bunyan no quiso acudir, sino que se excusó.
Cuando no estaba escribiendo o enseñando iba con frecuencia a Londres y ministraba a la congregación no conformista que había allí. Algunos que consideraban que no valía la pena escucharle, a causa de sus pocos estudios, se convencieron de su conocimiento en las cosas sagradas, y vieron que era un hombre juicioso, que se expresaba de modo claro y con poder. Muchos que fueron a escucharle para verle, no ya para que les ayudara, se fueron satisfechos de lo que habían escuchado, y se preguntaban, como los judíos respecto a los apóstoles, de dónde había recibido su conocimiento.
Al parecer veían que Dios ayuda especialmente a aquellos que se ocupan de la labor en su viña con diligencia y espíritu contento. Y así pasó los últimos años de su vida con su gran Señor y Maestro, el siempre bendito Jesús. Y anduvo haciendo bienes, de modo que los críticos entrometidos no han hallado ninguna mancha en su reputación de que acusarle. Debo señalar, como un reto a aquellos que no le tienen en gran consideración, así como a los que creían lo que él decía, que siempre que por una razón u otra hablaba a aquellos que se le oponían, con frecuencia oraba para que sus corazones se volvieran al Señor. Algunas veces buscaba una bendición para ellos incluso con lágrimas, y ellos han visto los resultados, o sus amigos, o sus deudos. Porque Dios escucha las oraciones de los fieles y les contesta, incluso las oraciones en favor de los que se le oponen, como ocurrió en el caso de Job cuando oró por sus tres enemigos.
Y ahora vamos a resumir su vida. Después que se convenció del perverso estado de su vida y se convirtió, fue bautizado en la congregación, y admitido como miembro de ella en el año 1655, y pronto pasó a ser un cristiano celoso. Pero cuando el rey Carlos regresó para tomar la corona en 1660, John Bunyan fue arrestado el 12 de noviembre, mientras estaba predicando y encerrado en la cárcel de Bedford durante seis años. Consiguió su libertad mediante el acta de indulgencia a los disidentes, y por medio de la intercesión de algunos en el poder. Pero en el año 1666 fue otra vez detenido y encarcelado seis años más, en cuya ocasión el carcelero se compadeció de sus terribles sufrimientos. Cuando fue arrestado esta última vez estaba predicando sobre el texto: « ¿Crees en el Hijo de Dios?» Poco después que fue puesto en libertad de su segundo encarcelamiento, pasó otra temporada de aflicción que duró seis meses en la cárcel. Durante estos períodos de confinamiento escribió estos libros: De la oración por el Espíritu; De la resurrección de la Santa Ciudad; Gracia en abundancia y El peregrino (lª. parte).
En el último año de sus doce años de cárcel murió el pastor de la congregación de Bedford, y Bunyan fue elegido como pastor de la misma el 12 de diciembre de 1671. Durante este tiempo tuvo frecuentes disputas con hombres de estudios que se le oponían, pensando que era una persona ignorante. Aunque discutía de modo sencillo y por medio de la Escritura, sin poder expresarse con elocuencia, y sin recurrir a los razonamientos lógicos, podía derrotar a uno que se opuso públicamente, demandándole si tenía un ejemplar de las Escrituras originales. En otra ocasión alguien le acusó de falta de amor por que él había dicho que era muy difícil para mudos el salvarse. Su acusador dijo que esto excluía a la mayoría de su congregación, pero Bunyan le hizo callar con la parábola del sembrador y la tierra pedregosa y otros textos del capítulo trece de Mateo. Su método era mantenerse en contacto con las Escrituras. Lo que no estaba allí, no lo predicaba, excepto en casos en que la cosa era tan clara que no había lugar a dudas. Era una persona que manejaba todos sus asuntos tan cuidadosamente que parecía que se esforzaba sobremanera en no ofender a nadie, sino sufrir más bien todos los inconvenientes para no tener que hacer reproches a otros, cualquiera que fuera la injuria recibida; sin embargo reprendía a los que ultrajaban a otros. En su familia mantenía una disciplina estricta en la oración y la exhortación. Sus esfuerzos recibieron gran bendición, de modo que su esposa, como dice el salmista, fue «como una parra plantada junto a el asa» plantados alrededor de la mesa», porque «bendito es el hombre que teme al Señor».
Aunque su tesoro terrenal era pequeño, a causa de las muchas pérdidas sostenidas en sus encarcelamientos y enfermedades, siempre tuvo bastante para vivir decentemente, y tenía el tesoro mayor de todos, el contento, que es «un banquete continuo». Pero finalmente, gastado por los sufrimientos, la edad y las enseñanzas, se acercó el día de su muerte, para soltar de la prisión a su alma. Sucedió que un vecino de Mr. Bunyan, un joven, se hallaba bajo el desagrado de su padre y había oído que su padre tenía la intención de desheredarle. Y pidió a Mr. Bunyan que hablara con su padre y él, siempre deseoso de hacer algún bien a otros, fue. Cabalgó hasta Reading, en Berkshire, y allí usó argumentos convincentes contra la ira y la pasión y en favor del amor y la reconciliación, y así el padre fue ablandado y deseaba ver a su hijo. Pero cuando Mr. Bunyan hubo terminado su tarea, y regresaba a Londres, fue alcanzado por una recia lluvia, y llegó a su alojamiento muy mojado. Al poco se puso enfermo con una fiebre violenta. Lo llevó todo con mucha paciencia y dijo que no deseaba otra cosa que estar con Cristo, y que este suceso sería para él una gran ganancia. Vio que se moría y puso en orden su mente y los asuntos tan bien como pudo en vista de lo corto del tiempo y la violencia de su enfermedad. Entregó su alma a las manos de su misericordioso Redentor, siguiendo al Peregrino desde la Ciudad de Destrucción a la Nueva Jerusalén; porque había estado ya allí en sus visiones y sus deseos. Y así, después de diez días de enfermedad, murió en la casa de Mr. Straddock, un tendero en la Estrella, en Snow-Hill, en la Parroquia de St. Sepulchres, Londres, el 12 de agosto de 1678, a la edad de sesenta años. Fue enterrado en un cementerio nuevo, cerca de los terrenos de la Artillería. Allí descansa su cuerpo hasta la mañana de la resurrección, cuando habrá un glorioso despertar ala gloria y a la felicidad. No habrá más tribulaciones ni más penas para él, y todas sus lágrimas serán enjugadas. Allí los justos pasarán a ser miembros de Cristo, su cabeza, y reinarán con El como reyes y sacerdotes, para siempre.
John Bunyan – La Gracia Abundante (BREVE RESUMEN DEL ENCARCELAMIENTO DEL AUTOR)
BREVE RESUMEN DEL ENCARCELAMIENTO DEL AUTOR
Después de haber sido cristiano durante mucho tiempo, y de haber predicado durante cinco años, se me arrestó en una reunión de personas buenas en el campo, personas entre las que estaría predicando hoy si me hubieran dejado en libertad. Se me llevaron, y me presentaron ante un juez. Ofrecí dejar una garantía de que me presentaría a la sesión en que me llamaran, pero me arrojaron a la cárcel porque los que estaban dispuestos á dejar el depósito por mí, no estaban dispuestos a dar garantía de que yo no iba a predicar más a la gente.
En la sesión que tuvo lugar después fui acusado de haber dado pie a asambleas ilegales y de no conformarme al culto nacional de la Iglesia de Inglaterra. Los jueces decidieron que la forma clara en que me expresaba ante ellos era prueba bastante y me sentenciaron a cadena perpetua, puesto que me negué a conformarme a no hacerlo más. Así que me entregaron al carcelero y me enviaron a la cárcel, donde llevo ahora doce años, esperando ver qué es lo que Dios les permitirá a esta gente hacer conmigo. En esta condición he hallado mucho contento por medio de la gracia, de modo que mi corazón ha dado muchas vueltas y revueltas, motivadas por el Señor, Satán y mi propia corrupción. Después de todas estas cosas sea dada a Jesucristo detalle de estas cosas, pero daré por lo menos una indicación o dos para que puedan estimular a las personas pías a bendecir a Dios y orar por mí, y a recibir ánimo, caso que se encuentren en necesidad de él y no temer lo que les pueda hacer el hombre. Nunca antes había visto tan clara la Palabra de Dios. Pasajes de la Escritura en que no veía nada particular antes, han resplandecido de luz, para mí, en este lugar. Además, Jesucristo nunca ha sido más real para mí que ahora; aquí le he visto y sentido verdaderamente. El que «no hemos seguido fábulas ingeniosamente inventadas» (2 Pedro 1:16) y el que Dios levantó a Cristo « de los muertos, y le dio gloria, para que vuestra fe y esperanza puedan ser en Dios», han sido porciones benditas para mí en este encarcelamiento. Quisiera decir también que Juan 4:1 Hebreos 2:22veces, cuando han estado mucho en mi corazón, me ha sido posible reírme de la destrucción y no temer ni al caballo ni al jinete. He tenido visiones dulces en este lugar sobre el perdón de mis pecados, y mi estancia con Jesús en el otro mundo. ¡Oh, el monte de Sión, la Jerusalén celestial, la asamblea de los ángeles, Dios el Juez de todos, los espíritus de los justos hechos perfectos y Jesús! Hebreos 12:22 estoy seguro que nunca voy a poder expresar en absoluto. Y he visto la verdad de esta Escritura: «A quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso» (1 Pedro 1:8).
Nunca supe antes lo que era realmente que Dios estuviera a mi lado en todo tiempo. Tan pronto como se presentaba el temor, tenía apoyo y ánimo. Algunas veces cuando me asustaba de mi propia sombra, estando lleno de temor, Dios ha sido muy tierno para mí y no ha permitido que Satán me molestara, sino que me ha dado un pasaje tras otro de la Escritura para fortalecerme contra todo. He dicho con frecuencia: «Si fuera posible pediría más tribulación por el mayor consuelo que resulta de ella» (véase Eclesiastés 7:14; 2.8 Corintios 1:5). Antes de venir a la prisión, ya veía lo que iba a ocurrir y había dos cosas que me pesaban en el corazón. La primera era la posibilidad de encontrar la muerte si ésta era mi porción. Colosenses 1:11 me ayudó grandemente en este punto a pedir a Dios «ser fortalecido con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad; con gozo». Durante por lo menos un año antes de estar en la cárcel, apenas podía orar sin que este pasaje se presentara en mi mente y me persuadiera de que si tuviera que pasar por sufrimiento largo, necesitaría paciencia, sobre todo si tenía que sufrirlo con gozo. La segunda cosa que me preocupaba era lo que iba a suceder a mi esposa y a mi familia.
Con respecto a esto, esta Escritura me ayudaba: «Pero hemos tenido en nosotros sentencia de muerte, para que no estuviésemos confiados en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos» (2 Corintios 1:9). Por medio de esta Escritura pude ver que si he de sufrir propiamente, primero he de pasar la sentencia de muerte sobre todo lo que hay en esta vida; y considerarme a mí mismo, mi esposa, mis hijos, mi salud, mis alegrías, y todo, como muerto para mí; y yo mismo, como muerto para ellos. Vi además, como dice Pablo, que el modo de no desmayar es « no poniendo nosotros la mira en las cosas que se ven, sino en las que no se ven, pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas» (2 Corintios 4:18). Razoné del siguiente modo: « Si hago cuenta de que sólo me van a meter en la cárcel, puede que me azoten; y si hago cuenta de estas dos cosas, no estoy preparado para que me destierren. Si decido que pueden desterrarme puede resultar que me ahorquen, y entonces no he provisto bastante. Así que vi que la mejor manera de atravesar los sufrimientos es confiar en Dios por medio de Cristo respecto al porvenir y contar con lo peor aquí, y considerar que la tumba era mi casa, y hacer la cama en las tinieblas. Esto me ayudó, pero yo soy un hombre de muchas flaquezas.
El separarme de mi esposa y mis pobres hijos ha sido como arrancarme la carne de los huesos, no sólo por todo lo que esto significa para mí, sino también por las muchas vicisitudes y miserias y necesidades que es probable que haya significado para ellos; especialmente para mi hijito ciego, que estaba más cerca de mi corazón que los otros. ¡Oh, cómo me han partido el corazón los pensamientos que han cruzado por mi mente sobre las penalidades que mi hijo habrá sufrido!
Pobre niño, pensé. Qué penas aflicciones van a ser tu porción en este mundo. Probablemente te van a maltratar, tendrás que pedir limosna y pasar hambre, frío, desnudez y mil otras calamidades, a pesar de que no pueda resistir la idea de que ni el viento te dé en la cara. Pero debo dejarlo todo en las manos de Dios, aunque me mata el tener que dejarte. Vi que era como un hombre que está derribando su casa sobre la cabeza de su mujer y sus hijos, con todo pensé: «Has de hacerlo, has de hacerlo.» Y pensé en las dos vacas que criaban, que fueron uncidas al carro del arca, aunque dejaron encerrados en casa a sus becerros. (1 Samuel 6:10). Hay tres cosas que me han ayudado de modo especial durante este período. La primera fue la consideración de estos pasajes de la Escritura: «Deja tus huérfanos, yo los criaré; y en mí confiarán las viudas» y también: «Dice Jehová: Ciertamente te pondré en libertad para bien; de cierto haré que el enemigo suplique ante ti en el tiempo de la aflicción y en la época de la angustia» (Jeremías 49:11; 15:11). La segunda cosa fue que debía arriesgarlo todo en las manos de Dios; entonces podía contar con Dios para que se hiciera cargo de todos mis problemas. Pero si yo abandonaba a Dios por miedo de alguna amenaza que pudiera realizarse contra mí, entonces yo desertaría mi fe. En este caso, aquellas cosas por las que me preocupaba probablemente no estarían tan seguras bajo mi propio cuidado habiendo negado a Dios, de lo que lo estarían dejadas a los pies de Dios, manteniéndome yo firme a su lado. Y este pasaje profético se afirmó también sobre mí, en el que Cristo ruega sobre Judas, que Dios le frustre en los pensamientos egoístas que le impulsaron a vender al Maestro. Léase cuidadosamente el Salmo 109:6 Otra cosa que me impulsó en gran manera fue el temor de los tormentos del infierno, que estoy seguro que han de sufrir los que por miedo de la cruz, se retraen de hacer su deber en Cristo.
Pensé también en la gloria que está preparada para aquellos que se mantienen firmes en la fe, el amor y la paciencia. Estas cosas, digo, me han ayudado cuando me abrumaban los pensamientos de la desgracia que iba a caer sobre mí y sobre los míos a causa de mi amor a Cristo. Cuando temía que se me desterrara, pensaba en este pasaje: «Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos con pieles de ovejas y de cabras, menesterosos, atribulados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno» (Hebreos 11:37, 38). He pensado también en estas palabras: «El Espíritu Santo… me da testimonio solemne, diciendo que me es eran cadenas y tribulaciones» (Hechos 20:23 Me he imaginado con frecuencia lo que iba a ser el destierro; que estas personas expuestas al hambre, al frío, a los peligros, a la desnudez, a los enemigos y a mil calamidades, y que al final mueren en una cuneta como oveja abandonada. Pero doy gracias a Dios que hasta ahora no me han ablandado todos estos temores, sino que he procurado buscar a Dios a causa de ellos. 58
Dejadme que os cuente una cosa interesante que me sucedió: Estaba una vez en una condición especialmente triste durante varias semanas. Era sólo un preso bisoño en aquel tiempo y no conocía las leyes, y pensaba que era probable que mi encarcelamiento terminara en la horca. Durante todo este tiempo, Satán estaba abofeteándome y me decía: « Si vas a morir, ¿qué te pasará si es que no disfrutas ahora con las cosas de Dios y no tienes evidencia, por tus sentimientos de que vas a ir al cielo?» Verdaderamente, en aquellos momentos, todas las cosas de Dios parecían escondidas y ocultadas de mi alma.
Esto me molestó terriblemente al principio, porque pensaba que, en la condición en que me hallaba, no estaba preparado para morir, y si estaba tan asustado que me caía de la escalera al subir a la horca, iba a dar mucha ocasión al enemigo derrochar el camino de Dios y la pusilanimidad de los suyos. Estaba asustado de pensar que podía morir con la cara pálida y las rodillas temblando. Así que le pedí a Dios que me consolara y me diera fuerza para todo lo que pudiera venir; pero no vino ningún consuelo y todo siguió tan oscuro como antes. En estos días estaba obsesionado con la idea de la muerte, que me sentía subiendo la escalera con la soga alrededor del cuello. Sólo esto me servía de ánimo, que pudiera tener una última oportunidad de hablar a una gran multitud que yo pensaba vendría a ver cómo me ahorcaban. Y pensé: Si ha de ser, Dios convertirá alguna alma con mis últimas palabras, y no habré tirado mi vida en vano. Todavía persistió siguiéndome el tentador y me decía: « ¿Adónde irás cuando mueras? ¿Qué será de ti? ¿Qué evidencia tienes de que hay cielo y gloria y heredad para los que son santificados?» Así que estaba siendo echado de acá para allá durante muchas semanas y no sabía qué hacer. Pero, al fin, esta consideración hizo sentir su peso sobre mí, y fue que era por la Palabra y el camino de Dios que estaba decidido a no apartarme de ella el grosor de un cabello. Decidí también que Dios podía escoger si quería darme consuelo ahora o a la hora de la muerte, pero que yo no tenía opción con respecto a si quería ratificarme en mi profesión o no. Yo estaba atado. El era libre. El defender su Palabra era mi deber, tanto si El quería mirarme con misericordia para salvarme al final como si no seguiré adelante, me dije a mí mismo, y arriesgaré mi estado eterno en Cristo, tanto si lo siento aquí como si no. Si Dios no me da gozo, pensé, entonces saltaré la escalera, con los ojos vendados, a la eternidad, me hunda o no me hunda, venga el cielo o el infierno. Señor Jesús, si me recoges, bien, si no me arriesgaré en tu nombre, de todas formas.
Apenas hube hecho esta resolución que vino a mi pensamiento la palabra: « ¿Acaso teme Job a Dios de balde?» Fue como si el acusador hubiera dicho: «Señor, Job no es un hombre recto; te está sirviendo por lo que saca. Tú le has dado todo lo que quiere, pero si tú le tratas con mano dura y le quitas lo que tiene, te maldecirá a la cara.» Bueno, pensé, entonces la señal de que un alma es recta tiene que ser que está en el camino del cielo para servir a Dios aun cuando se le quita todo lo que tiene. El hombre verdaderamente piadoso servirá a Dios por nada, antes que renunciar a hacerlo. ¡Bendito sea Dios! Entonces empecé a tener esperanza de que realmente tenía un corazón recto, porque había resuelto, si Dios me daba fuerzas, a no negar nunca a mi Señor, aunque no consiguiera nada con ello: y mientras estaba pensando esto, Dios puso en mi pensamiento el Salmo 44:12 Entonces mi corazón se llenó de consuelo, y no se habría querido dejar perder esta prueba. Todavía me siento consolado siempre que pienso en ello, y bendeciré a Dios para siempre por lo que me ha enseñado a partir de esta experiencia. Hay naturalmente otras cosas en las relaciones de Dios conmigo; pero del despojos y el botín de las batallas, esto había consagrado yo a reparar la casa de Jehová (l Crónicas 26:27).
John Bunyan – La Gracia Abundante (LA LLAMADA A LA OBRA DEL MINISTERIO)
LA LLAMADA A LA OBRA DEL MINISTERIO
Y ahora, al hablaros de mis experiencias, voy a escribir una palabra o dos sobre la predicación de la Palabra y la forma en que Dios me llamó a hacer su obra. Había estado despierto para el Señor desde hacía cinco o seis años, habiendo visto el gran valor de Jesucristo nuestro Señor, y mi necesidad de El, y habiendo podido descansar mi alma en El. Algunos de los santos que tenían buen juicio y santidad de vida consideraban que Dios me había tenido por digno de entender su bendita Palabra y que me había dado hasta cierto punto la habilidad de expresar lo que hacía en ella de forma que ayudaba a los otros. Así que me pidieron que dijera unas palabras de exhortación en una de las reuniones. Al principio esto me parecía imposible de hacer, pero ellos insistieron. Finalmente consentí v hablé dos veces en pequeñas reuniones de cristianos solamente, pero con mucha flaqueza.
Así que puse a prueba mi don entre ellos, y pareció que mientras hablaba ellos recibían bendición. Después muchos me dijeron, a la vista del gran Dios, que habían recibido ayuda y consuelo. Daban gracias al Padre de misericordia por el don que me había dado. Después, cuando algunos de ellos, de vez en cuando, iban por aquel territorio a predicar, me pidieron que fuera con ellos. Lo hice, y hablé varias veces, v empecé a hablar también de una manera más adecuada para el público. Y estos otros recibieron también la Palabra con gozo y dijeron que sus almas habían sido edificadas. La iglesia seguía pensando que yo debía predicar, y así, después de solemnes oraciones al Señor, con ayuno, fui ordenado para predicar públicamente de modo regular la Escritura entre aquellos que habían creído y también a los que aún no habían recibido la fe. Para este tiempo empecé a sentir en mi corazón un gran deseo de predicar a los no salvos, no por el deseo de glorificarme, porque en aquel tiempo estaba particularmente afligido por los dardos ardientes del diablo respecto a mi estado eterno. No pude tener descanso hasta que estuve ejercitando este don de la predicación, y seguí adelante con él, no sólo por el deseo constante de los hermanos, sino también por la afirmación de Pablo en Corintios: «Hermanos, ya sabéis que la familia e Estefanas es las primicias de Acaya y que ellos se han puesto al servicio de los santos. Os ruego que os sometáis a personas como ellos, y a todos los que colaboran y trabajan con ella» (1 Corintios 16:15, 16).
Podía ver por este texto que el Espíritu Santo nunca había tenido intención que los hombres que tenían dones y capacidades los enterraran en el suelo, sino que mandaba y estimulaba a esta gente a que ejercieran este don, y enviaba a trabajar a los que eran capaces y estaban dispuestos: « Se han puesto al servicio de los santos.» Este pasaje estaba siempre presente en mi mente y me animaba durante aquellos días y me corroboraba en la obra de Dios. Me sentía animado también por otros pasajes de las Escrituras que nos dan ejemplo de piedad (Hechos 8:4; 18:24, 25; Romanos 12:6; 1 Pedro 4:10), y así, aunque era el más indigno de todos los santos, me puse a trabajar. Aunque temblaba, usé mi don para predicar el bendito Evangelio en proporción de mi fe, tal como Dios me había mostrado en la santa Palabra de verdad. Cuando se esparció la palabra alrededor de que estaba haciendo esto, las personas acudían a centenares de todas partes para oír la predicación de la Palabra.
Doy gracias a Dios que puso en mi corazón este gran interés y compasión por sus almas. Esto me hacía trabajar con gran tesón para presentarles a ellos un mensaje, que si Dios lo bendecía, iba a despertar sus conciencias. Y el Señor contestó mi petición, porque no hacía mucho tiempo que predicaba cuando algunos empezaron a ser tocados por el mensaje y se hallaban gravemente afligidos en sus almas a causa de la grandeza de sus pecados y su necesidad de Jesucristo. Al principio apenas podía creer que Dios hablara a través de mí al corazón de alguno, y todavía me consideraba indigno. No obstante, .aquellos que habían sido avivados por mi predicación me amaban y tenían un respeto especial para mí. Aunque yo insistía que no era por lo yo había dicho, con todo ellos públicamente aclaraban que era así. Ellos, de hecho, bendecían a Dios por mí, indigno y desgraciado, y me consideraban como un instrumento que Dios había usado para mostrarles el camino de salvación. Y cuando vi que empezaban a vivir de modo distinto y a hablar de modo distinto, y que sus corazones seguían anhelantes el mensaje y el conocimiento de Cristo y se gozaban que Dios me hubiera enviado a ellos, entonces empecé a considerar que tenía que ser porque Dios había bendecido su obra a través de mí. Y entonces vino la Palabra de Dios con gran bendición y refrigerio a mi corazón: «La bendición del que iba a perecer venía sobre mí, y al corazón de la viuda yo daba alegría» (Job 29:13). Y así me gozaba. Sí, las lágrimas de aquellos a quienes Dios despertaba a través de mi predicación eran mi solaz y mi ánimo. Pensé en los versículos: « ¿Quién será luego el que me alegre, sino el que está entristecido a causa de mí?» (2 Corintios 2:2) y « Si para otros no soy apóstol, para vosotros ciertamente lo soy porque vosotros sois el sello de mi apostolado en el Señor» (1 Corintios 9:2). En mi predicación de la Palabra noté que el Señor me llevaba a donde su Palabra empieza con los pecadores; esto es, a condenar toda carne y a afirmar claramente que la maldición de Dios está sobre todos los que han venido al mundo, a causa del pecado.
Y esta parte de mi obra la cumplía fácilmente, porque (os terrores de la Ley y la culpa de mi trasgresión pesaban gravemente sobre mi conciencia. Predicaba lo que sentía, a saber, aquello bajo lo cual mi alma gemía y se acongojaba. Verdaderamente, fui enviado a ellos como uno de entre los muertos. Fui yo mismo en cadenas, les predicaba en cadenas, y tenía en mi propia conciencia el fuego del que les advertía que se libraran. Puedo decir sinceramente que más de una vez fui a predicar lleno de culpa y terror hasta la misma puerta del púlpito, y que allí se me quitaba y quedaba en libertad hasta que había terminado mi tarea. Luego, inmediatamente, antes de haber podido descender los peldaños del púlpito, ya estaba sobre mí la carga, tan pesada como antes. Con todo, Dios me conducía adelante, pero, sin duda, con mano recia. Seguí así durante dos años, clamando contra los pecados de los hombres y el espantoso estado en que debido a ellos se encontraban. Después de esto, el Señor vino a mi alma con la paz y el consuelo de que había gracia y bendición para mí. De modo que cambié mi predicación, porque todavía predicaba lo que veía y sentía yo mismo. Ahora trataba de mostrar a todos al maravilloso Jesucristo en todos sus cargos, relaciones y beneficios para el mundo y procuraba señalar, condenar y eliminar todos los falsos en que el mundo se apoya y por los cuales perece. Y predicaba a lo largo de esta idea, así como había hecho con la otra. Después de esto, Dios me dejó entrar algo en el misterio de la unión con Cristo, y por tanto les mostraba esto.
Cuando hube pasado por estos tres puntos principales de la Palabra de Dios durante un período de cinco años, llegué a ésta mi presente condición, pues fui echado a la cárcel hace cinco años para confirmar la verdad por medio del sufrimiento, tal como la había confirmado antes, al testificar de ella por medio de la predicación. En toda mi predicación, gracias a Dios, mi corazón ha estado clamando fervientemente a Dios para poder hacer la Palabra de Dios efectiva para la salvación de las almas, porque había temido que el enemigo quitaría la Palabra de aquella conciencia y así habría sido infructuoso. He tratado de hablar la Palabra de modo que una persona particular pueda comprender que es culpable de un pecado particular. Y después de haber predicado, mi corazón ha estado lleno de preocupación al pensar que la Palabra puede haber caído en lugar pedregoso, y he clamado de todo corazón: «Oh, que los que me han oído hablar puedan ver como yo veo lo que son realmente el pecado, la muerte, el infierno y la maldición de Dios; y que puedan comprender la gracia y el amor y la misericordia de Dios, que se ofrece por medio de Cristo a los hombres, no importa en qué condición se encuentren, aunque sean sus enemigos.» Y con frecuencia le he dicho al Señor que si yo tenía que ser muerto delante de los ojos de ellos y esto había de servir para despertarlos y confirmarlos en la verdad, que estaba dispuesto de buena gana a que esto sucediera.
Especialmente cuando he hablado de la vida que hay en Cristo, sin obras, me ha parecido a veces como si un ángel de Dios estuviera detrás de mí animándome. Con gran poder y con evidencia celestial en mi propia alma, he estado trabajando para desplegar esta maravillosa doctrina, para demostrarla y para confirmarla en las conciencias de los que me oían. Porque esta doctrina me parecía a mí ser no sólo la única verdadera, sino más que verdadera. Cuando fui a predicar la Palabra por primera vez a otros lugares, los predicadores regulares, por todas partes, se me oponían. Yo estaba convencido de que no debía devolver los insultos y los ultrajes; sino que quería ver a cuántos de estos cristianos carnales podría convencer de su desgraciado estado, ya que confiaban en la Ley, y su necesidad de Cristo y de su gran valor. Porque pensaba que esto «iba a responder por mi honradez, cuando vengas a reconocer mi salario» (Génesis 30:33).
En cuanto a controversias entre los santos, nunca me ha interesado inmiscuirme en estas cosas. Mi trabajo era predicar con toda sinceridad la palabra de fe y la remisión del pecado por la muerte y sufrimientos de Jesús. Las otras cosas las pongo a un lado, porque he visto que provocan contiendas y que Dios no ha mandado que las hagamos ni que no las hagamos. Mi obra transcurría por otro cauce y a ella me atengo. Nunca me atreví a usar los pensamientos ni los sermones de otro (Romanos 15:18), aunque no condeno a los que lo hacen. Pero, por lo que a mí se refiere, lo que he hablado ha sido lo que Dios me ha enseñado por medio de la palabra y por el Espíritu de Cristo y reivindico con mi conciencia todo lo que he dicho. Diré que mi experiencia tiene más interés en este texto de la Escritura (Gálatas 1:11, 12) de lo que muchos se dan cuenta. En otras palabras, el mismo Señor me ha enseñado mucho y, cuando como a veces ocurre, los que habían sido despertados por mi ministerio luego se hicieron atrás y recayeron en pecado, puedo decir verdaderamente que su pérdida fue más terrible para mí que si mis propios hijos, engendrados de mi cuerpo, hubieran dado en la sepultura. Creo que puedo decir esto sin ofensa al Señor, que nada me ha herido tanto de no ser el temor de perder la salvación de mi propia alma.
He pensado en mí como teniendo grandes posesiones en los lugares en que nacieron estos mis hijos. Sentí que era más bendecido y honrado por Dios con ellos que si me hubieran hecho emperador del mundo cristiano, o el señor de toda la gloria de toda la tierra, pero me hubieran quitado esta gloria de hacer la obra bendita de Dios. Son verdaderamente maravillosos versículos como: «El que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados» (Santiago 5:20). «El fruto del justo es árbol de vida, y el que gana almas es sabio» (Proverbios 11:30). «Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas a perpetua eternidad» (Daniel 12:3). «Porque ¿cuál es nuestra esperanza o gozo, o corona de que me gloríe? ¿No lo sois vosotros, delante de nuestro Señor Jesucristo en su venida? Porque vosotros sois nuestra gloria y gozo» (1., Tesalonicenses 2:19, 20).
He notado que cuando hay un trabajo particular que tengo que hacer para Dios, surge antes en mí espíritu un gran deseo de ir y predicar en algún lugar. He notado también que hay nombres particulares que han sido puestos con fuerza en mi corazón, nombres de personas que conocía, y clamé por su salvación. Y estas mismas almas me fueron dadas como resultado de mi ministerio en este lugar cuando fui a predicar. Algunas veces he notado que una de las palabras dichas, ha hecho más que todo el sermón. A veces, cuando pensaba que había hecho muy poco, resultó que había sido realizado mucho; y otras veces, cuando pensaba que había obtenido grandes resultados, hallé que no había pescado nada. Pero he observado también que cuando ha habido obra a hacer entre pecadores, el diablo ha empezado a rugir en sus corazones y por la boca de sus siervos. Y algunas veces, cuando el mundo malvado ha sido muy trastornado, entonces es cuando han sido despertadas más almas por la Palabra. Podría dar ilustraciones de ellos, pero me abstendré de hacerlo. Tenía grandes deseos, en el cumplimiento de mi ministerio, de ir a los lugares más oscuros del país, entre aquellos que están más alejados de Dios. Esto era no porque tuviera miedo de mostrar mi evangelio a aquellos que ya han recibido alguna instrucción, sino porque es la forma en que mi espíritu se inclina. Como Pablo, « Me esforcé por predicar el evangelio, no donde el nombre de Cristo ya hubiese sido pronunciado, para edificar sobre fundamento ajeno» (Romanos 15:20).
En mi predicación me he visto realmente en sufrimiento dolores como de parto, para dar a luz hijos de Dos, y nunca he estado satisfecho a menos que haya habido algún fruto. Si no, no me importaba mucho quien me felicitara; pero si era fructífero, no me importaba quién me condenaba. Con frecuencia he pensado en este versículo: «He aquí, herencia de parte de Jehová son los hijos; recompensa de Dios, el fruto del vientre. Como saetas en mano del guerrero, así son los hijos habidos en la juventud. Bienaventurado el hombre que llenó su aliaba de ellos, no será avergonzado cuando ten a litigio con los enemigos en la puerta» Salmo 127:3-5). Nunca me ha complacido el ver a personas que están escuchando y absorbiendo opiniones: meramente, si no conocían a Cristo ni el valor de su salvación. Cuando he visto sana convicción de pecado, especialmente pecado de incredulidad, y vi corazones ardiendo para ser salvos por Cristo, éstas eran las almas que consideraba benditas.
Pero en este trabajo, como en cualquier otro, tuve mis tentaciones diversas. A veces sufría de desánimo, temiendo que no podría ser de ayuda a nadie y que no sería capaz de hacerme comprender por la gente. En ocasiones así, he padecido un desmayo extraño, que se ha apoderado de mí. En otras ocasiones, cuando estaba predicando, he sido asaltado violentamente con pensamientos blasfemos delante de la congregación. A veces, he estado hablando con claridad y gran libertad, cuando de repente todo quedaba en blanco y no sabía decir lo que debía después o cómo debía terminar. Otras veces, cuando iba a predicar sobre alguna porción escudriñadora de la Palabra, he encontrado al tentador que me sugería: ¿Cómo? ¿Vas a predicar sobre esto? Esto me condena. Tu propia alma es culpable de esto; no debes predicar sobre ello. Si lo haces debes dejar una puerta abierta para ti, para escapar de la culpa de lo que vas a decir. Si predicas así pondrás la culpa sobre ti mismo, y nunca podrá salir de debajo de ella. Me he abstenido de consentir en estas terribles sugerencias y en vez de ellos, como Sansón, he predicado contra el pecado y la trasgresión dondequiera la he encontrado, aunque trajera culpa sobre mi propia conciencia. «Muera yo con los filisteos» (Jueces 16:30), dije o, «en vez de hacer componendas respecto a la bendita Palabra de Dios». Tú que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Es mucho mejor traer condenación sobre uno mismo por predicar claramente a otros, que el escaparse, encerrando la verdad en la injusticia. Bendito sea Dios, por esta ayuda también. He encontrado también en esta bendita obra de Cristo que he sido tentado a sentirme orgulloso; pero el Señor, en su preciosa misericordia, en general, me ha preservado de ceder en una cosa así.
Cada día he podido ver el mal en mi propio corazón, y mi cara ha enrojecido de vergüenza, a pesar de los dones y talentos que me ha dado. Así que he sentido esta espina en la carne por la misma misericordia de Dios para mí (2 Corintios 12:7-9). Me ha alcanzado también la Palabra, con alguna frase aguda y punzante, con respecto a la posibilidad de la pérdida del alma a pesar de los dones que Dios ha dado. Por ejemplo: «Si yo hablara lenguas angélicas, pero no tengo amor, vengo a ser como bronce que resuena, o címbalo que retiñe» (l Corintios 13:1). Un címbalo que resuena es un instrumento musical con el cual una persona diestra puede hacer agradable melodía, de modo que el que lo oye tiene trabajo para abstenerse de bailar. Con todo el címbalo no contiene vida, y no sale música de él a no ser por la habilidad del que lo toca. El instrumento puede ser aplastado y tirado, aunque en el pasado haya producido música dulce cuando ha sido tocado. Así son todos los que tienen dones pero no tienen la gracia salvadora. Están en las manos de Cristo como el címbalo estaba en la mano de David. Cuando David podía usar el címbalo en el servicio de Dios para elevar los corazones de los que adoraban, así Cristo puede usar a una persona dotada para afectar las almas del puedo en su iglesia; con todo, cuando las ha usado, puede colgarlas sin vida, como si fueran címbalos que resuenan.
Estas consideraciones eran como martillazos sobre la cabeza del orgullo y el deseo de vanagloria. ¡Qué!, pensaba yo, ¿estaré orgulloso porque soy un címbalo que retiñe? ¿Es algo muy importante ser un instrumento musical? ¿No tiene más que todos estos instrumentos en sí, la persona que tiene aunque sea la porción más mínima de la vida de Dios en él? Además, recordaba que estos instrumentos desaparecerían, pero que el amor nunca desaparece. Así que llegué a la conclusión que un poco de gracia, un poco de amor, un poco del verdadero temor de Dios son mejores que todos estos dones. Estoy convencido de que es posible que un alma ignorante, que apenas puede dar una respuesta correcta, tenga mil veces más gracia que algunos que tienen dones maravillosos y que pueden expresarse como los ángeles. Percibí que aunque los dones son buenos para realizar la tarea para la que han sido designados y sin poder para salvar el alma a menos que Dios los use. Y el tener dones no es ninguna señal de la relación del hombre con Dios. Esto me hacía ver los dones como cosas peligrosas, no en sí, sino por causa de estos males del orgullo y de la vanagloria que va con ellos. Hinchado por el aplauso de cristianos poco juiciosos, las pobres criaturas que poseen estos dones pueden fácilmente caer en la condenación del diablo. Vi que el que tiene estos dones necesita ser llevado a una comprensión de la naturaleza de ellos que no confíe en ellos y se quede corto de la gracia de Dios. Tiene que aprender a andar humildemente delante de Dios, ser poco en su propia opinión, y recordar que sus dones no son suyos, que pertenecen a la Iglesia. Por medio de ellos es hecho un siervo de la Iglesia; tiene que dar al final cuenta de su mayordomía al Señor Jesús; y será algo maravilloso si la cuenta que da de ellos es buena. Los dones son deseables, pero es mejor poseer mucha gracia, dones pequeños, que grandes dones y no poseer gracia. La Biblia no dice que el Señor da dones y gloria, sino que El da gracia y gloria. Bendito sea aquel a quien el Señor da verdadera gracia, porque ésta es un precursor cierto de la gloria. Cuando Satán vio que esta tentación no le daba el resultado que esperaba mente de gente ignorante y maliciosa, para llenarme de calumnias y reproches. Todo lo que se podía imaginar el diablo por el país fue lanzado contra mí, pensando el diablo que de esta forma conseguiría que yo abandonara el ministerio. Se empezó a rumorear que yo era un brujo, un jesuita, un salteador de caminos y así sucesivamente.
A todo esto sólo dije que Dios sabía que era inocente. En cuanto a mis acusadores que se preparen para encontrarme en el juicio del gran trono del Hijo de Dios. Allí tendrán que responder respecto a estas cosas que han dicho contra mí y del resto de sus iniquidades a menos Dios les conceda arrepentimiento. Se dijo contra mí que, con el mayor aplomo, yo tenía amancebadas, prostitutas e hijos bastardos.
Pero puedo gloriarme en estas calumnias lanzadas sobre mí por el diablo porque si el mundo no me maltratara me preguntaría si realmente era un hijo de Dios. «Bienaventurados seréis cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que os precedieron» (Mateo 5:11, 12). Estos no me habrían molestado, aunque hubiera habido veinte veces más personas que lo hubieran dicho. Tengo la conciencia limpia, y los que me acusan de mi buena conducta en Cristo falsamente y dicen mal de mí son los que tendrán que avergonzarse. Ahora, pues, ¿qué diré sobre los que me han salpicado? ¿Los amenazaré? ¿Los adularé? ¿Los halagaré para que se calle la boca? No, eso no lo haré yo. De no ser por el hecho de que con ellos acrecientan su propia condenación al decir estas cosas, ya pueden seguir haciéndolo por mí. Yo haría una orla con estas calumnias.
Es mi porción, por la profesión cristiana, el ser vilipendiado, calumniado, zaherido, apostrofado. Como estas cosas son falsas, me gozo en los reproches por amor a Cristo. Ahora bien, quisiera llamar la atención de lo necio de esta gente que me acusa de haber tenido otras mujeres. Que hagan la investigación más detallada que puedan. No encontrarán una mujer en el cielo, en la tierra o en el infierno que pueda decir que en algún tiempo, lugar, día o noche, haya tenido que ver conmigo en algo deshonroso. Mis enemigos se han equivocado al hacerme este cargo. No soy de esta clase de hombres. Deseo que ellos sean tan inocentes como yo en este asunto. Si todos los fornicadores y adúlteros de Inglaterra fueran ahorcados, John Bunyan, el objeto de su envidia, seguiría vivito y coleando. Excepto en mi esposa, no tengo el menor interés en las mujeres, y no tengo noción de que existan si no es por su vestido, sus hijos o lo que se dice de ellas.
Y alabo a Dios y admiro su sabiduría, que me ha hecho tímido con las mujeres, desde el tiempo de mi conversión hasta ahora. Los que me conocen mejor pueden ser mis testigos de lo raro que es verme hablando de modo placentero con una mujer. Aborrezco la conversación con ellas. No puedo aguantar su compañía. Raramente he legado a tocar ni la mano de una mujer, porque creo que estas cosas no son prudentes. Cuando he visto hombres buenos besar a las mujeres al fin de una visita, he objetado algunas veces a ello. Cuando me han contestado que esto no es nada más que cortesía, les he dicho que no es bueno. Algunos me han dicho que el «ósculo santo» es escritural, pero yo les he preguntado por qué ellos tienen tendencia a besar sólo a las que son hermosas y pasarse de largo las menos favorecidas. Y así, no importa lo sabias que sean estas cosas a los ojos de los otros, para mí no están bien. Y ahora apelo no sólo a los hombres sino también a los ángeles, para que digan si soy culpable de tener alguna otra mujer, excepto mi esposa. Sí, apelo a Dios mismo para que dé informe sobre mi alma si en estas cosas soy inocente.
No es que el abstenerme de estas cosas sea debido a alguna bondad que haya en mí, sino porque Dios ha sido misericordioso conmigo y me ha preservado. Y ruego que siempre me preserve, no sólo de esto, sino de todo mal camino y obra, y me preserve para su reino celestial. Amén. El resultado de la obra de Satán para envilecerme entre mis paisanos y, si es posible, hacer inútil mi encarcelamiento, para que me asustara de mi servicio a Cristo y que el mundo tenga miedo de escuchar mi predicación. De estas cosas voy a dar un breve resumen ahora.



