Características de un Orden de Gobierno Bíblico
Quería compartir algo que estaba leyendo en contra-mundum y espero que sea de mucha ayuda (para leer el completo articulo click aqui) :
Características de un Orden de Gobierno Bíblico
1. Gobierno Constitucional Limitado
La mentalidad humanista entrena las mentes de los hombres para que busquen en el hombre el origen, naturaleza, carácter y contenido del Gobierno. Las sociedades con elevada influencia Cristiana tomaron del Cristianismo el concepto de personalismo cósmico y lo extendieron (tal y como debe hacerse) a su teoría social de Gobierno. De manera que fue en Dios que los hombres encontraron el origen, naturaleza, carácter y contenido del Gobierno. Y, puesto que este Dios nos ha dejado un registro escrito de su voluntad que no se contradice con su naturaleza, de la misma manera la Constitución se establece como la más alta autoridad en lo relativo al Gobierno.
El humanismo nos quiere hacer pensar que el presidente, o el comisario, o el comandante, o el general, o una persona en particular es la más alta autoridad. La suprema autoridad siempre se encuentra en la persona de Dios. De allí que sea necesario—en toda sociedad que desee ser reedificada en términos de la Ley Bíblica—el estudio diligente de los principios constitucionales que dieron origen a su Constitución en particular y el Orden que tal Constitución pretende originar, desarrollar, mantener y expandir.
Esta característica señala a su corolario lógico que es la limitación del Gobierno. Puesto que la autoridad suprema se encuentra en la persona de Dios ninguna institución puede reclamar la prerrogativa de poseer más o mayor medida de autoridad. Todas las instituciones están sujetas al mismo Dios y a la misma Ley trascendental que emana de ese Dios que les hacen responsables de sus acciones y funciones delimitadas por esa misma Ley.
De manera que por este hecho nos damos cuenta que el Orden que la Ley Bíblica pretende crear requiere el crecimiento en entendimiento por parte de las instituciones pactales de su llamado particular para proveer su parte en el impulso de ese Orden.
2. Una Unión Compuesta de Miembros Libres e Independientes.
La unión pactal no elimina la individualidad de los miembros firmantes o pactantes. Cada uno de ellos permanece libre, aún siendo un firmante del pacto. De hecho, solamente los hombres libres pueden comprometerse pactalmente.
Esta es una verdad con respecto al carácter ontológico (relativo al ser) de quienes participan del pacto ciudadano de una nación en particular. Lo mismo debe decirse con respecto a la Iglesia y con respecto a la Familia. Cada miembro de la Iglesia es totalmente individual aún cuando están unidos pactalmente entre sí. El reconocimiento de autoridad en el seno de esa Iglesia no hace que el resto de los miembros pierda su individualidad (dando por hecho que tanto ese miembro como las autoridades de tal Iglesia están sujetos a la misma Ley trascendente—la Biblia).
Dios creó naciones. Los hombres crean imperios. El único Imperio legítimo es el Imperio del Reino de Dios: con un solo Dios, una sola fe (Ley trascendental), un bautismo (acto pactal), un solo Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos y por todos y en todos (Efe 4:5-6). Los hombres, para mantener sus imperios, crean leyes imperiales. La individualidad es socavada y si es posible, destruida, en tal tipo de sociedades. La antigua Grecia es un ejemplo de tal sociedad.
De manera que un distintivo del pacto es que sus miembros, aún cuando comprometidos, continúan ontológicamente libres e independientes. Esta es la base teológica que ha de ser recuperada para entender la función del municipio en nuestras naciones.
3. Recelo por la Democracia.
“Sobre esta roca edificaré mi Iglesia” es la declaración de Mateo 16:18. Todos conocemos que “la roca” se refiere a la declaración de Pedro (dada por revelación por parte de Dios el Padre) “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios Viviente” (16:16). La Biblia Textual de la Sociedad Iberoamericana traduce este pasaje: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente“.
Obsérvese que la legitimidad de la Iglesia no depende de cuántos hagan la declaración o de cuántos estén de acuerdo con la declaración. La legitimidad de la Iglesia descansa sobre la realidad afirmada por la declaración.
Siendo esto así la forma de Gobierno enseñada por las Escrituras contiene un elevado recelo por la forma democrática de gobierno. La democracia funciona cuando los que participan de esa democracia (individuos e instituciones), son conscientes de su llamado y responsabilidad para con Dios. De manera que en nuestra sociedad contemporánea tenemos una democracia con apellido: Una democracia secularizada. La “democracia” de la Biblia (tomándonos la licencia de llamarla así) es una democracia de responsabilidad bajo el gobierno de Dios.
El problema de la democracia no son los votos, sino los votantes. La Biblia no separa la condición de los gobernados y el modelo de Gobierno centrado en los principios bíblicos. Tampoco la Biblia separa la condición de aquellos que ejercen gobierno y el modelo de Gobierno bíblico. No es posible que el modelo de gobierno bíblico pretenda edificar y desarrollar un orden bíblico mientras el gobernante—gobernado por valores y principios anti-Cristianos—pretende edificar y desarrollar un orden rival al propuesto por las Escrituras.
Así que en el modelo bíblico de gobierno no solamente se cuentan los votos sino que se miran los rostros—quiénes son—de los votantes. El carácter de los votantes (o proponentes de una línea de acción particular) pesa tremendamente en un marco de gobierno bíblico constitucional. De allí que los requisitos—por ejemplo—para aquellos que gobernarán la Iglesia se centren en cualidades de carácter más que en habilidades de desempeño (1 Timoteo 3; Tito 1).
Vale la pena mencionar aquí a la institución que equipa tempranamente en las habilidades de gobierno: la Familia. Conocemos muy bien el texto de 1 Timoteo 3:4, “que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad (pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la Iglesia de Dios?)”. Este orden familiar ha de ser producido por el carácter, “con toda honestidad“, y no con la intimidación, la opresión, el engaño o la manipulación. Es un orden producto de la aplicación diligente y disciplinada de las normas bíblicas.
No se puede establecer un orden bíblico constitucional por medio de la manipulación política, económica, social o legislativa.
4. Doctrina de la Separación de Poderes.
La autoridad suprema se encuentra solamente en Dios. Las instituciones pactales tampoco son autónomas en sí mismas sino que se limitan la una a la otra. Sirven como entes reguladores entre sí mismas. Así que el orden bíblico exige la separación de poderes. Ninguna rama del gobierno está capacitada para sustentar todo el poder.
En la Iglesia el modelo de gobierno es múltiple, es decir, varios individuos con una medida de carácter particular, con un nivel de entendimiento particular de la Ley trascendente y una claridad del propósito por el cual gobernar (el orden). En un Reino y Visión futuro explicaré porqué prefiero la palabra “múltiple” a la palabra “pluralista“.
Esto es todo un desafío a la mentalidad individualista contemporánea. El concepto de Cuerpo y de Comunidad deben emerger nuevamente desde su clara perspectiva Bíblica. A nuestros niños y a nuestra juventud Cristiana se les ha de enseñar cómo el problema del “uno y los muchos” encuentra su total balance y claridad a partir de la doctrina Trinitaria.
Las sociedades no-Cristianas lucharán por siempre con estos conceptos: O exaltarán al individuo a expensas de la comunidad, o levantarán la comunidad a expensas del individuo. Solamente en la Trinidad (“el Uno y los Muchos”) el hombre encuentra plena realización como individuo y como miembro de una Comunidad. La Comunidad primaria está marcada por la FE. Gálatas 6:10 dice: “Así que, según tengamos la oportunidad, hagamos bien a todos, y especialmente a los de la familia de la fe“.
El desafío es hacer de las familias auténticas comunidades de fe, lo mismo que de las Iglesias locales. La palabra clave es FE, pues el vínculo adherente de una comunidad es su fe común. Comunidad significa “unidad en lo común“. Y en el caso de los creyentes lo común es la declaración hecha por Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios Viviente“.
Dejaremos para otra oportunidad otras dos características del orden de gobierno bíblico: la estricta adherencia a la Constitución y las reglas de justicia.
Cristo murio por los impíos
Cristo murio por los impíos
Por Horatius Bonar (1808-1889)
Traducido por Pedro B Durik
«Y vio Jehová que la malicia de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal.» Génesis 6:5
El testimonio divino acerca del hombre es, que él es un pecador. Dios da testimonio contra él; y testifica que «no hay justo, ni aun uno;» que «no hay quien haga lo bueno;» «no hay quien entienda;» «no hay quien busque a Dios,» y, nadie que le ame a Él (Salmos 14:1-3; Romanos 3:10-12). Dios habla del hombre amablemente, pero severamente; así como uno que suspira por su niño perdido, pero uno que no se compromete con el pecado, y de ninguna manera hará libre al culpable. Él declara al hombre ser un perdido, un desviado, un rebelde, un «aborrecedor de Dios» (Romanos 1:30); no un pecador ocasional, pero un pecador siempre; no un pecador en parte, con muchas cosas buenas acerca de él; pero completamente un pecador, sin ninguna bondad compensatoria; malo de corazón y de vida, muerto «en delitos y pecados» (Efesios 2:1); un hacedor de maldad, y por lo tanto bajo condenación; un enemigo de Dios, y por lo tanto «bajo ira;» un violador de la justa ley, y por lo tanto bajo «maldición» de la ley (Gálatas 3:10). El pecador no sólo trae a luz pecado, pero él lo carga consigo mismo, como su segundo de sí mismo; él es un cuerpo o una masa del pecado (Romanos 6:6), un «cuerpo de muerte,» sujeto no a la ley de Dios, pero a «la ley del pecado» (Romanos 7:23,24).
Hay otro y todavía peor cargo contra él. El no cree en el nombre del Hijo de Dios, ni ama al Cristo de Dios. Este es su pecado de pecados. Que su corazón no está bien con Dios es el primer cargo contra él. Que si corazón no está bien con el Hijo de Dios es el segundo. Y es el segundo que es el culminante, compresivo pecado, cargando consigo más terrible damnación que todos los otros pecados puestos juntos. «El que en Él cree, no es condenado; mas el que no cree, ya es condenado, porque no creyó en el nombre del unigénito Hijo de Dios.» (Juan 3:18). «El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo: el que no cree á Dios, le ha hecho mentiroso; porque no ha creído en el testimonio que Dios ha testificado de su Hijo» (1 Juan 5:10). «El que no creyere, será condenado» (Marcos 16:16). Y aquí es el primer pecado que el Espíritu Santo redarguye al hombre que es la incredulidad; «Y cuando Él (el Espíritu Santo) viniere redargüirá al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio: De pecado ciertamente, por cuanto no creen en mí» (Juan 16:8-9).
El hombre no necesita tratar de poner una buena palabra a favor de sí mismo, o confesar que no es culpable, a menos que él puede demostrar que ama, y siempre ha amado, a Dios con todo su corazón y alma. Si él puede verdaderamente decir eso, él totalmente está bien, no es un pecador, y no necesita el perdón. Él encontrará su camino al reino sin la cruz y sin el Salvador. Pero, si él no puede decir eso, su boca se calla y él queda convicto ante Dios. Sin embargo, no importa cuán favorable su vida exterior lo presente a él y otros vean su caso justo ahora, el veredicto será contra él en el estado venidero. Este es el día del hombre, cuando los juicios del hombre prevalecen; pero el día de Dios viene, cuando el caso será juzgado por sus méritos reales. Entonces el Juez de toda la tierra hará correcto, y el pecador será puesto a vergüenza.
Este es un veredicto divino, no humano. Es Dios, no el hombre, quien condena; y Dios no es hombre para que mienta. Este es el testimonio de Dios acerca del hombre, y sabemos que su testimonio es verdadero. Concierne mucho a nosotros para recibirlo tal como es, y obrar a impulso de ello.
«Mirad á mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra: porque yo soy Dios, y no hay más» (Isaías 45:22), un «Dios justo y Salvador» (v.21). «Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos; y vuélvase á Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar» (Isaías 55:7).
Fije su ojo, el ojo de fe, en la cruz y vea estas dos cosas – los crucificadotes y el Crucificado. Vea los crucificadotes, los aborrecedores de Dios y de Su Hijo. Ellos son usted mismo. Lea en ellos su propio carácter. Vea al Crucificado. Es Dios manifiesto en carne, sufriendo, muriendo por los impíos. ¿Puede conjeturar Su gracia? ¿Puede estimar pensamientos malos acerca de Él? ¿Puede usted pedir algo más, para despertar en usted la más completa y no reservada confianza? ¿Mal interpretaría usted aquella agonía y muerte, sea diciendo que ellas no significan gracia, o que la gracia que ellas significan no son para usted? Traiga a su mente lo que está escrito — «En esto hemos conocido el amor, porque Él puso su vida por nosotros: también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos» (1 Juan 3:16). «En esto consiste el amor: no que nosotros hayamos amado á Dios, sino que Él nos amó á nosotros, y ha enviado á su Hijo en propiciación por nuestros pecados» (1 Juan 4:10).
Cristo por nosotros
“Cristo por nosotros” es el mensaje que nosotros traemos; Cristo llevo “nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero (Isaías 53)”; Cristo haciendo lo que nosotros deberíamos haber hecho, cargando lo que nosotros deberíamos haber cargado; Cristo clavado a nuestra cruz, muriendo nuestra muerte, pagando nuestra deuda (Hebreos 9:14), todo esto para traernos a Dios (1 Pedro 3:18), y para que la vida eterna sea nuestra; esta es la palabra segura del Evangelio, que cualquiera que creyere es Salvo, y nunca vendrá a la condenación (Juan 6:47; Juan 10:9) – Horatius Bonar (versículos fueron incluidos gracias a www.ProclamandoACristo.com)
LA FIDELIDAD DE DIOS EN AFLIGIR A SU PUEBLO
LA FIDELIDAD DE DIOS EN AFLIGIR A SU PUEBLO
Charles Bridges (1794-1869)
“Conozco, oh Jehová, que tus juicios son justos,
Y que conforme a tu fidelidad me afligiste.” Salmos 119:75
Portavoz de la Gracia
Publicado por Chapel Library • 2603 West Wright St. • Pensacola, Florida 32505 USA
Enviando por todo el mundo materiales centrados en Cristo de siglos pasados
ESTE ES el reconocimiento del cristiano –completamente satisfecho con la dispensación de Dios. Esta es su confianza, tan vigorizante para su propia alma; tan alentadora para la iglesia. Los tratos del Señor son llamados sus juicios, no en el sentido de tener maldiciones judiciales, sino como actos de su justicia al castigar el pecado. “Porque es tiempo de que el juicio comience de la casa de Dios: y si primero comienza por nosotros, ¿qué será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio de Dios?” (1 Pedro 4:17). Quizá también como la administración de sus sabios juicios en su medida y aplicación. “Castígame, oh Jehová, mas con juicio; no con tu furor, porque no me aniquiles” (Jer. 10:24). Pero aquí hay no sólo la confesión del juicio general del Señor, sino de su fidelidad especial a él mismo. Y esto sabía, no por los dictados de la carne (que hubieran dado un veredicto contrario), sino por el testimonio de la palabra, y el testimonio de su propia experiencia. “El es la roca, cuya obra es perfecta, porque todos sus caminos son rectitud: Dios de verdad, y ninguna iniquidad en él: es justo y recto” (Deut. 32:4). “Justo eres tú, oh Jehová, y rectos tus juicios” (Sal. 119:137). “Justo es Jehová en todos sus caminos, y misericordioso en todas sus obras” (Sal. 145:17). No puede ser dudado –y mucho menos negado.
El cristiano vuelve a decir: ‘Yo sé, oh Señor, que tus reglas para proceder coinciden con tu justicia y sabiduría perfectas; también me doy igualmente por satisfecho de que las aflicciones que me has enviado de cuando en cuando, son sólo para cumplir tus promesas fieles y de tu gracia para hacerme eternamente feliz en ti.’ ¡Fruto bendito de la aflicción! cuando podemos de esta manera ver que “el fin del Señor es muy misericordioso y piadoso” y que sus “pensamientos que tiene de vosotros, son pensamientos de paz, y no de mal ” (Santiago 5:11; Jeremías 29:11). “La paciencia y la fe de los santos nos enseñan esta difícil pero muy consoladora lección para descifrar las líneas misteriosas de la providencia y fidelidad de Dios.
El hijo de Dios bajo el más severo castigo de Dios tiene que reconocer su justicia. La recompensa que tenemos por gracia es siempre mayor: Nuestro “castigo es siempre menor que lo que nuestras iniquidades merecen” (Esdras 9:13. Com. con Job 11:6). “¿Por qué murmura el hombre viviente?” (Lamentaciones 3:39). ¡Por cierto que se encuentra en dificultades! Pero no en el infierno. Si se queja, que no sea más que de sí mismo, y sus propias decisiones desacertadas. Yo sé, Señor, que tus juicios son justos, ¿y quién puede dudar su sabiduría? ¿Quién culparía de crueldad al médico que corta para quitar la carne orgullosa que estaba llevando al hombre a la muerte? ¿Quién no admitiría el justo juicio de su obra cortante? De la misma manera, cuando la obra dolorosa del Señor nos separa de nuestro pecado, nos aparta del mundo y nos acerca más a él, ¿qué nos queda, más que reconocer agradecidamente su justicia y verdad? La falta de fe es reprendida; y nosotros, si hemos desconfiado “que Dios se
ha olvidado de ser misericordioso”, tenemos que confesar: “Esta es nuestra enfermedad” (Salmo 77:7-10).
Esta seguridad de la perfecta justicia, de la sabiduría y del íntimo conocimiento del Señor de nuestros respectivos casos, nos lleva ceder a su voluntad en obediente silencio. Fue de esta manera como Aarón, sufriendo su calamidad doméstica más aflictiva: “calló” (Lev. 10:1-3). Job, bajo una dispensación similar pudo decir: “Jehová dio, y Jehová quitó: sea el nombre de Jehová bendito” (Job 1:21. Com. 2:10). El lenguaje de Elí en la misma prueba fue: “Jehová es; haga lo que bien le pareciere” (1 Sam. 3:18). David acalló su espíritu impaciente: “Enmudecí, no
abrí mi boca; porque tú lo hiciste .” Y cuando Semei lo maldijo, dijo: “Dejadle que maldiga, que Jehová se lo ha dicho” (Sal. 39:9; 2 Sam. 16:11, 12). La sunamita, en humilde resignación nacida de su fe, dijo “Paz ” (2 Reyes 4:26). Ezequías besó la vara mientras lo golpeaba en el polvo: “La palabra de Jehová que has hablado, es buena” (Isa. 39:8). Así de uniforme es el lenguaje del pueblo de Dios bajo su disciplina. Sé, oh Señor, que tus juicios son justos.
Pero la confesión de que algo es justo puede ser una mera convicción natural. “Entonces Faraón envió a llamar a Moisés y a Aarón, y les dijo: He pecado esta vez: Jehová es justo, y yo y mi pueblo impío ” (Éxo. 9:27) (compare Jueces 1:7; 2 Crón. 12:6). La fe va más allá, y habla de fidelidad. David no sólo reconoce el derecho de Dios de tratarlo como creía conveniente, y aun su sabiduría en su trato con él como realmente lo había hecho, mas su fidelidad en afligirlo —no su fidelidad aunque afligido —sino en afligirlo; no como si coincidiera con su amor, sino como el fruto de su amor. No basta justificar a Dios. ¡Qué abundancia de razones hay para alabarle! No basta con abstenerse de murmurar. ¡Qué emocionante es la exposición de la fidelidad y el amor de Dios! Sí, las pruebas que nos tocan no son más que el fiel ejercicio de sus compromisos eternos. Y a esta causa podemos siempre rastrear (y es nuestro privilegio creerlo, donde no podemos rastrearlo visiblemente) la razón de mucho de lo que es doloroso para la carne. “Que te sustentó con maná en el desierto, comida que tus padres no habían conocido,
afligiéndote y probándote, para a la postre hacerte bien” (Deut. 8:16). Sencillamente notemos sus efectos llenos de gracia en nuestra restauración-instrucción (Sal. 119:71), sanidad de nuestros retrocesos (Os. 2:6, 7, 14) y la continua purga de los pecados (Isa. 27:9; Zac. 13:9; Juan 15:2); para luego poder decir: ‘¿No se exhibe gloriosamente la gloria de Dios?’ Los filisteos no podían comprender la adivinanza de Sansón, cómo: “del comedor salió comida, y del fuerte salió dulzura” (Jue. 14:14). Así de poco puede el mundo comprender lo provechoso de las
pruebas del cristiano; cómo su Señor de gracia endulza para él las aguas amargas de Mara (vea Éxo. 15:23-25), y hace de la cruz no tanto el castigo como el remedio del pecado. No tiene, entonces, ninguna inclinación, ni tiene ningún interés en que los designios del Señor cambien, por más repugnantes que fueran para la carne. Él admite sin vacilación que los designios misericordiosos del Señor no podían haberse cumplido de ninguna otra manera; porque por medio de las pruebas muchas dulces muestras de amor son concedidas, las cuales, bajo circunstancias de prosperidad externa, no hubieran sido recibidas con el mismo agradecimiento y beneplácito.
A ustedes que viven tranquilos en los lujos de lo que este pobre mundo puede ofrecer, ¡qué poco les envidia el cristiano su porción! ¡Cuán ciertamente en un día futuro ustedes serán enseñados por la experiencia a envidiar la de él! Las riquezas del mundo se van empobreciendo diariamente, y sus placeres van perdiendo su sabor; ¡y cómo serán, y qué apariencia tendrán en el momento de pasar a la eternidad! En cambio, la aflicción es la muestra especial del amor de nuestro Padre (He. 12:6; Apoc. 3:19), la conformidad a la imagen de Jesús y la preparación
para su servicio y reino. Es la única bendición que da el Señor, sin exigir que se la pidamos. La recibimos, por lo tanto, tal como prometió, no como amenazó mandarla; y cuando los “frutos apacibles de justicia”, que producen según los tiempos y los caminos de Dios, brotan en nuestros corazones, humilde y agradecidamente reconocemos la justicia de sus juicios y la fidelidad de sus correcciones.
“Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados” Hebreos 12:11
“Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” Romanos 5:3-5
_______________________
Charles Bridges (1794-1869): uno de los líderes del Partido Evangélico de la Iglesia Anglicana a mediados del siglo XIX. Fue párroco de Old Newton, Suffolk, desde 1823 hasta 1849, y luego de Weymouth y Hinton Martell en Dorset. Aunque The Christian Ministry (El ministerio cristiano) es su obra literaria más conocida, sus exposiciones se tienen en gran estima, las cuales incluyen Eclesiastés y el Salmo 119 al igual que Proverbios.
LA FIDELIDAD DE DIOS
LA FIDELIDAD DE DIOS
Arthur W. Pink (1886-1952)
Portavoz de la Gracia
Publicado por Chapel Library • 2603 West Wright St. • Pensacola, Florida 32505 USA
Enviando por todo el mundo materiales centrados en Cristo de siglos pasados
LA INFIDELIDAD es uno de los pecados más preponderantes en esta época impía en que vivimos. En el mundo de los negocios, dar la palabra de uno, con muy raras excepciones, ya no es algo en que se puede confiar. En el mundo social, la infidelidad matrimonial abunda por todas partes, los vínculos sagrados del matrimonio se rompen con la misma facilidad que se descarta una vieja prenda de vestir. En el terreno eclesiástico, miles que han prometido solemnemente predicar la verdad no tienen ningún escrúpulo en atacarla y negarla. Ni puede el lector o el escritor declararse completamente inmune a este terrible pecado: ¡De cuántas maneras hemos sido infieles a Cristo y a la luz y los privilegios que Dios nos confió! Qué refrescante, entonces, que bendición indescriptible es levantar nuestra vista de esta escena de ruina, y contemplar a Aquél que es fiel, fiel en todas las cosas, fiel en todas las épocas.
“Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel” (Deut. 7:9). Esta cualidad es esencial a su ser, sin ella él no puede ser Dios. Que Dios fuera infiel sería un acto contrario a su naturaleza, lo cual sería imposible: “Si fuéremos infieles, él permanece fiel: no se puede negar a sí mismo” (2 Tim. 2:13). La fidelidad es una de las perfecciones gloriosas de su ser. Él está cubierto de ella; “Oh Jehová, Dios de los ejércitos, ¿Quién como tú? Poderoso eres, Jehová, y tu verdad está en torno de ti” (Sal. 89:8). De la misma manera, cuando Dios se encarnó fue dicho: “Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor de sus riñones” (Isa. 11:5).
Qué palabra es la de Salmo 36:5: “Jehová, hasta los cielos es tu misericordia; tu verdad hasta las nubes.” Mucho más allá de toda la comprensión finita se encuentra la fidelidad inmutable de Dios. Todo lo que se refiere a Dios es grande, vasto, incomparable. Él nunca olvida, nunca falla, nunca tambalea, nunca es infiel a su palabra. El Señor se ha ceñido exactamente a cada declaración de promesa o profecía, cumplirá cada pacto o amenaza porque “Dios no es hombre, para que mienta; ni hijo de hombre para que se arrepienta: El dijo, ¿y no hará?; habló, ¿y no lo ejecutará?” (Núm. 23:19). Por lo tanto, el creyente exclama: “Nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad” (Lam. 3:22, 23).
En las Escrituras abundan las ilustraciones de la fidelidad de Dios. Hace más de cuatro mil años dijo: “Todavía serán todos los tiempos de la tierra; la sementera y la siega, y el frío y calor, verano e invierno, y día y noche, no cesarán” (Gén. 8:22). Cada año que llega brinda un nuevo testimonio del cumplimiento de esta promesa por parte de Dios. En Génesis 15 encontramos que Jehová le declaró a Abraham: “Tu simiente será peregrina en tierra no suya, y servirá á los de allí,… Y en la cuarta generación volverán acá” (vv. 13-16). Los siglos pasaron sin pausa. Los descendientes de Abraham se quejaban en medio de los hornos de ladrillos de Egipto. ¿Había olvidado Dios su promesa? Por cierto que no. Lea Éxodo 12:41: “Y pasados cuatrocientos treinta años, en el mismo día salieron todos los ejércitos de Jehová de la tierra de Egipto.” Por medio de Isaías el Señor declaró: “He aquí que la virgen concebirá, y parirá hijo, y llamará su nombre Emmanuel” (7:14). Nuevamente pasaron siglos, pero “Mas venido el cumplimiento del tiempo, Dios envió su Hijo, hecho de mujer” (Gál. 4:4).
Dios es verdad. Su Palabra de promesa es segura. Dios es fiel en todas sus relaciones con su pueblo. Se puede confiar plenamente en él. Hasta ahora, nadie ha confiado en él en vano. Encontramos esta valiosa verdad expresada casi en todas partes en las Escrituras, porque su pueblo necesita saber que la fidelidad es una parte esencial del carácter divino. Esta es la base de nuestra confianza en él. Pero una cosa es aceptar la fidelidad de Dios como una verdad divina, y muy otra actuar de acuerdo con ella. Dios nos ha dado muchas “preciosas y grandísimas promesas”, pero, ¿realmente esperamos que las cumpla? ¿Estamos realmente esperando que haga por nosotros todo lo que ha dicho? ¿Nos apoyamos en la seguridad implícita de estas palabras: “Fiel es el que prometió” (Heb. 10:23)?
Hay temporadas en la vida de todos cuando no es fácil, ni siquiera para los cristianos, creer que Dios es fiel. Nuestra fe es puesta muy a prueba, nuestros ojos están llenos de lágrimas, y ya no podemos distinguir la obra de su amor. Nuestros oídos están distraídos con los ruidos del mundo, acosados por los susurros ateísticos de Satanás, y ya no podemos escuchar los dulces acentos de su quieta y apacible voz. Planes anhelados se han desmoronado, amigos en quienes confiábamos nos han fallado, alguno que profesaba ser hermano o hermana en Cristo nos ha traicionado.
Estamos estupefactos. Quisimos ser fieles a Dios, y ahora una nube tenebrosa lo esconde de nuestra vista. Nos resulta difícil, sí, hasta imposible por razones carnales, armonizar su providencia severa con sus promesas llenas de su gracia. Ah, alma que flaquea, compañero peregrino que ha sido probado duramente, busque la gracia para atender lo que dice Isaías 50:10: “¿Quién hay entre vosotros que teme a Jehová, y oye la voz de su siervo? El que anda en tinieblas y carece de luz, confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios ” Cuando se sienta tentado a dudar de la fidelidad de Dios, clame: “Retírate, Satanás.” Aunque no pueda armonizar los tratos misteriosos de Dios con las declaraciones de su amor, espere en él hasta recibir más luz. En el momento propicio se lo hará ver con claridad. “Lo que yo hago, tú no entiendes ahora; mas lo entenderás después” (Juan 13:7). Lo que luego vendrá demostrará que Dios no ha abandonado ni engañado a su hijo. “Empero Jehová esperará para tener piedad de vosotros, y por tanto será ensalzado teniendo de vosotros misericordia; porque Jehová es Dios de juicio: bienaventurados todos los que le esperan” (Isa. 30:18). “No juzgues al Señor con la debilidad de los sentidos, En cambio, confía en que te hará objeto de su gracia, Detrás de una providencia que frunce el ceño Se esconde un rostro que sonríe. Santos que teméis, armaos de nueva valentía, Los nubarrones que tanto os aterrorizan, Están repletos de misericordias, e irrumpirán Derramando bendiciones sobre vuestras cabezas.” “Tus testimonios, que has recomendado, son rectos y muy fieles” (Sal. 119:138). Dios no sólo nos ha dicho lo mejor, no ha reprimido lo peor. Ha descrito fielmente la ruina que la Caída ha producido. Ha diagnosticado fielmente el terrible estado que el pecado ha producido. Ha dado a conocer fielmente su inveterado odio por el mal, y que debe castigarlo. Nos ha advertido fielmente de que él es “fuego consumidor” (Heb. 12:29). Su Palabra no sólo abunda en ilustraciones de su fidelidad en cumplir sus promesas, sino que también registra numerosos ejemplos de su fidelidad en cumplir sus amenazas. Cada etapa de la historia de Israel es un ejemplo de esta realidad solemne. Así fue que individuos como Faraón, Korah, Achan y muchos otros son prueba de ello.
Y lo mismo sucederá con usted, mi lector: a menos que haya huido o huya hacia Cristo en busca de refugio, el Lago de Fuego que arde eternamente será su porción cierta y segura. Dios es fiel. Dios es fiel en preservar a su pueblo. “Fiel es Dios, por el cual sois llamados a la participación de su Hijo…” (1 Cor. 1:9). En el versículo anterior aparece la promesa de que Dios confirmará a su pueblo hasta el fin. La confianza del Apóstol en la seguridad absoluta del creyente se basaba no en la fuerza de sus resoluciones o en su habilidad de perseverar, sino en la veracidad de Aquél que no puede mentir. Dado que Dios ha prometido a su Hijo un pueblo determinado como su herencia, librarlos del pecado y la condenación, y hacerlos partícipes de la vida eterna en gloria, ciertamente no dejará que ninguno de ellos perezca.
Dios es fiel en disciplinar a su pueblo. Es fiel en lo que retiene, tanto como en lo que da. Es fiel en enviar dolor tanto como en dar gozo. La fidelidad de Dios es una verdad que hemos de confesar no sólo cuando vivimos tranquilos sino también cuando estamos sufriendo bajo la más aguda reprensión. Tampoco debe ser esta confesión meramente de nuestros labios, sino también de nuestros corazones. Cuando Dios nos golpea con la vara del castigo, su fidelidad es la mano que la sostiene. Reconocer esto significa que nos humillamos ante él, admitimos que merecemos plenamente su corrección y, en lugar de murmurar, se la agradecemos. Dios nunca aflige sin tener una razón. “Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros” (1 Cor. 11:30), dice Pablo, ilustrando este principio. Cuando su vara cae sobre nosotros, digamos con Daniel: “Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la confusión de rostro” (9:7). “Conozco, oh Jehová, que tus juicios son justicia, y que conforme a tu fidelidad me afligiste” (Sal. 119:75). El sufrimiento y la aflicción no sólo coinciden con el amor de Dios prometido en el pacto eterno, sino que son partes del mismo. Dios no sólo es fiel en impedir aflicciones, sino fiel en enviarlas. “Entonces visitaré con vara su rebelión, y con azotes sus iniquidades. Mas no quitaré de él mi misericordia, y ni falsearé mi verdad” (Sal. 89:32,33).
Disciplinar no sólo va de acuerdo con el amor y bondad de Dios, sino que es su efecto y expresión. Tranquilizaría mucho la mente del pueblo de Dios si recordaran que su amor de pacto lo obliga a ejercer sobre ellos una corrección apropiada. Las aflicciones nos son necesarias: “En su angustia madrugarán a mí” (Oseas 5:15). Dios es fiel en glorificar a su pueblo. “Fiel es el que os ha llamado; el cual también lo hará” (1 Tes. 5:24). La referencia inmediata aquí es al hecho de que los santos serán “guardados… sin reprensión para la venida de nuestro Señor Jesucristo”. Dios no trata con nosotros en base a nuestros méritos (porque no tenemos ninguno), sino para que su nombre sea glorificado. Dios es constante a sí mismo y a su propio propósito de gracia: “A los que llamó… a éstos también glorificó” (Rom. 8:30). Dios brinda una completa demostración de la constancia de su bondad eterna hacia sus elegidos llamándolos eficazmente de las tinieblas a su luz maravillosa, y esto debe darles la plena seguridad de la certidumbre de su continuidad. “El fundamento de Dios está firme” (2 Tim. 2:19). Pablo descansaba sobre la fidelidad de Dios cuando dijo: “Porque yo sé a quién he creído, y estoy cierto que es poderoso para guardar mi depósito ara aquel día” (2 Tim. 1:12).
Apropiarnos de esta bendita verdad nos guardará de las preocupaciones. Estar llenos de cuidados, ver nuestra situación con oscura aprensión, anticipar el mañana con triste ansiedad, es una mal reflejo de la fidelidad de Dios. El que ha cuidado a su hijo a través de los años no lo abandonará en su vejez. El que ha escuchado sus oraciones en el pasado no se negará a suplir su necesidad en la emergencia del presente. Descanse en Job 5:19: “En seis tribulaciones te librará, y en la séptima no te tocará el mal” Apropiarnos de esta bendita verdad detendrá nuestras murmuraciones. El Señor sabe qué es lo mejor para cada uno de nosotros, y uno de los efectos de descansar en esta verdad será silenciar nuestra quejas petulantes.
Honramos grandemente a Dios cuando, pasando por pruebas y disciplinas, tenemos buenos pensamientos de él, vindicamos su sabiduría y justicia, y reconocemos su amor justamente en sus reprimendas. Apropiarnos de esta bendita verdad engendrará una confianza en Dios que va aumentando. “Y por eso los que son afligidos según la voluntad de Dios, encomiéndenle sus almas, como a fiel Criador, haciendo bien” (1 Ped.4:19). Cuando confiadamente nos ponemos nosotros mismos y ponemos todos nuestros asuntos en las manos de Dios, plenamente convencidos de su amor y fidelidad, nos sentiremos satisfechos con sus providencias y comprenderemos que “Él hace bien todas las cosas.”
_______________________
A. W. Pink (1886-1952): pastor y maestro itinerante, prolífico autor de Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y muchos libros, incluyendo el muy conocido The Sovereignty of God (La soberanía de Dios
EL SEÑOR RESPONDE A JOB Por Juan Calvino
EL SEÑOR RESPONDE A JOB
Por Juan Calvino
“Entonces respondió Jehová a Job desde un torbellino, y dijo: ¿quién es ése que oscurece el consejo con palabras sin sabiduría? Ahora ciñe como varón tus lomos; yo te preguntaré, y tú me contestarás. ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia” Job 38:1-4
Previamente hemos visto que Eliú, queriendo amonestar a Job, afirmó que él mismo también era un hombre mortal, para que Job no pudiera quejarse de ser tratado por un poder demasiado alto. Luego mostró que Dios quería que procediera por medio de la razón y con dulzura; como también la usa con nosotros; porque nos protege, haciendo que su palabra nos sea predicada por hombres semejantes a nosotros, de manera que podamos acercarnos con más familiaridad a lo que él propone; la doctrina es masticada para nosotros.1 Vemos entonces que Dios ha tenido piedad de nosotros cuando ordena a hombres como ministros de su palabra, y a aquellos que nos enseñan en su nombre y por su autoridad. Porque él sabe lo que podemos llevar, y puesto que somos débiles, pronto seríamos tragados por su majestad, y abatidos por su gloria. Y por eso es que condesciende a nuestra pequeñez cuando nos instruye por medio de hombres. Sin embargo, también es preciso que nosotros seamos tocados a efectos de rendirle la reverencia que él merece; porque sin esto abusaríamos de su bondad, y finalmente, al acercarse a nosotros, sería como que le hiciéramos compañía. Esto es lo que ahora se nos narra, que Dios viendo que Job no fue suficientemente sumiso a las proposiciones y razones presentadas por Eliú, le hace experimentar su grandeza desde un torbellino; para que, siendo atemorizado así, pudiera reformarse por el reconocimiento de sus faltas, y que pudiera obedecer enteramente lo que le es presentado. Así vemos que Dios se acomoda de todos los modos posibles a nosotros, a efectos de ganarnos. Porque por un lado él mismo se humilla. ¿Y por qué? Porque ve que nosotros somos demasiado crudos y groseros para ascender a él. Sin embargo, puesto que hay un orgullo demasiado grande en nuestras mentes, es preciso que los experimentemos a él tal como es, a efectos de aprender a temerle y de oír su palabra en toda humildad y solicitud. Este es un punto que tenemos que observar bien; porque por este medio vemos el amor que tiene a nuestra salvación. Porque ciertamente tiene que estar preocupado por nosotros para transfigurarse de tal manera por así decirlo, que no se conforma a hablar en términos iguales; en cambio, viendo que es bueno y propicio para nosotros, él nos implora; y luego, viendo que semejante bondad no puede volvernos de nuestro desprecio, él se levanta y se magnifica en la medida que le es propia a él; para que nosotros podamos conocer nuestra condición a efectos de sujetarnos enteramente a él. Y, tanto más debiéramos desear ser enseñados en su palabra viendo que ella ha sido conformada a la medida de nuestro entendimiento y que Dios no ha olvidado nada de lo que se requería y de lo que era útil para nuestra salvación. Viendo entonces que nuestro Dios estaba dispuesto a descender a nuestro nivel y que, sin embargo, asciende para reformarnos de modo que le obedezcamos, tomemos tanto más coraje para escucharle cuando habla. Y no usemos la frívola excusa de que la palabra de Dios es demasiado elevada y oscura para nosotros, o que quizá sea demasiado aterradora, o quizá demasiado simple. Porque cuando cada cosa ha sido evaluada y reducida, es cierto que nuestro Señor nos propone una majestad en su palabra, que hará temblar a toda criatura; también hay una simpleza para que pueda ser recibida por el más ignorante y necio; hay una claridad tan grande en ella que podemos recibirla sin haber ido a la escuela, con tal de estar dispuesto a ser enseñados; porque no es sin motivo que él sea llamado “Maestro” por los humildes y pequeños.
Esto es lo que hemos de notar en primer lugar de este pasaje; es decir, cuando Dios nos habla por boca de hombres, es para que nos acerquemos a él con mayor libertad, que recibamos lo que él nos presenta de su parte con mayor facilidad y que no nos asombremos en medida excesiva; pero puesto que estamos endurecidos más allá de toda esperanza, y no le rendimos el honor que él merece, nos hace experimentar cómo él es, y se eleva en majestad, para que ello pueda inducirnos a rendirle homenaje.
Ahora, se dice específicamente que “el Señor habló a Job desde un torbellino”; que no fue suficiente con darle una señal de su presencia, sino que estuvo allí semejante a un torbellino. Muchas veces encontramos en las escrituras que Dios se movía así mediante el estrépito de truenos queriendo hablar a sus creyentes; pero, especialmente aquí, tenemos que evaluar la circunstancia de que Job todavía no estaba totalmente en jaque mate,3 y que Dios tuvo que mostrarle una fuerza terrible. Por este motivo entonces, tronó y se movió en un torbellino, a efectos de que Job pudiera saber con qué maestro se las tenía que ver. En general se dice que Dios realmente habita en una nube oscura, o quizá que esté rodeado de claridad; sin embargo, es algo que no podemos captar; si queremos contemplar a Dios nuestros sentidos se marean, de manera que hay una oscuridad muy especial. Entonces se describe correctamente, en términos generales, la gloria de Dios, a efectos de que no queramos inquirir demasiado en sus consejos que para nosotros son imposibles de captar; sino que de esa manera podamos gustar lo que a él le agrade revelarnos, y que, entre tanto, sepamos que todos nuestros sentidos son indignos, a menos que él se complazca en acercarnos a nosotros, o quizá de elevarnos hacia él; pero para una consideración aun diferente, es decir, debido a nuestra rebelión Dios tiene que mostrarse en forma aterradora. Es cierto que tal vez él no quiera otra cosa que acercarnos a él con dulzura; y vemos que usa modos amorosos, cuando los hombres están dispuestos a someterse a él, que él nos invita con tanto sentido de humanidad como es posible; pero cuando percibe alguna dureza de corazón, tiene que abatirnos en el comienzo mismo. Porque de otra manera, ¿de qué aprovechará que nos hable? Su palabra será despreciada por nosotros, o tal vez ni siquiera entre en nuestro corazón. Es por eso que, publicando su ley se movía en torbellinos, para que las trompetas sonaran en el aire, para que cada uno temblase, que la gente estuviese atemorizada por ello, como diciendo, “Que no nos hable el Señor, de lo contrario todos seremos muertos, seremos abatidos.” ¿Por qué es que Dios movió así toda la tierra, y que su voz haya resonado en forma tan aterradora? ¿Acaso quería alejar tanto a su pueblo que éste ya no pudiera escucharlo? Al contrario, está dicho, “No en vano dio su ley,” pero quiso dar ciertas instrucciones a su pueblo, es decir, el camino de vida.
De manera entonces, no era para atemorizar que moviese a los estruendos y tempestades del aire; no fue esa, digo, su intención; pero esto servio como preparación para hacer descender4 la altivez de la gente; ésta jamás habría obedecido a Dios o a su palabra, jamás habría conocido siquiera la autoridad de aquel que habla sin estas señales que fueron agregadas. Entonces notemos bien que no es una cosa superflua que Dios haya hablado así desde un torbellino. Y si un hombre tan santo, que había aplicado todo su estudio al propósito de honrar a Dios, tenía que ser refrenado de tal manera, ¿qué de nosotros? Comparémonos con Job. Aquí hay un espejo de santidad angelical. Hemos visto las protestas que presentó aquí abajo; y si bien fue afligido hasta el límite, a pesar de murmurar, y aunque se le escaparon expresiones extravagantes; con todo ello siempre retuvo el principio de adorar a Dios, y de humillarse bajo su majestad; en general cumplió con esto, aunque en parte cayó. Ahora nosotros somos carnales a más no poder, y nuestras vanidades nos extravían de tal manera que, por así decirlo, estamos embriagados; difícilmente consideramos que existe un juez en el cielo; y cuando nos es propuesta su palabra somos más crudos incluso que los asnos. Entonces, ¿acaso no es necesario que nuestro Señor nos haga experimentar su majestad, y que seamos conscientemente afectados por ella? Ahora, es cierto que Dios no levanta tempestades a efectos de que conozcamos que es él quien habla; pero él tiene que usar otros medios para que nos dispongamos a venir a él, como también vemos que lo hace. Entonces, cuando alguien tenga algunos escrúpulos, y algunos problemas de conciencia, cuando otro sea afligido por enfermedad, y otro tenga otras adversidades, sepamos que es Dios quien nos llama a sí mismo viendo que no venimos a estas cosas por nuestra libre voluntad, que no nos acercamos para oír su palabra; él refrena esa dureza de corazón tal como se requiere para que nuestros espíritus puedan ser doblegados a la correcta obediencia. Entonces, Dios ve esa rebelión en nosotros; él se ve precisado a usar estos modos y medios que ya he mencionado para acercarnos a él y ganarnos para sí mismo; para que nosotros podamos oírle él tiene que hablarnos desde un torbellino; no es que así sea con todos; porque vemos a algunos que dan coces contra el aguijón, y actúan como caballos salvajes, y aunque Dios los cuide, ellos no ganan nada así. ¿A cuántos de estos tipos malogrados se ve, a quienes Dios habrá castigado de tantas maneras, a quienes habrá golpeado en la cabeza con fuertes martillazos, de manera que, por muy duros que sean, tendrían que haberse ablandado? Sin embargo, nunca dejan de castañetear sus dientes. Se ve que no pueden moverse sin mostrar que están llenos de orgullo y rebelión contra Dios, y que lo desprecian a más no poder.
De manera entonces, es muy necesario que aquellos y quienes Dios castiga tendrían que estar dispuestos a acercarse a él; porque esa es su intención. Entonces, seamos sabios para no frustrar a nuestro Dios; siempre y cada vez que nos envíe alguna adversidad, aprendamos a ir corriendo a él, como si hablase con truenos, y como si nos ocurrieran a nosotros, a efectos de hacernos oír. Sepamos esto, y sepámoslo de tal manera que nuestro espíritu sea realmente refrenado debajo de él, y que no pretendamos otra cosa sino humillarnos totalmente en obediencia a él. Eso es lo que tenemos que recordar en este pasaje. Además sepamos que, aunque actualmente Dios no truene desde los cielos, todas las señales que han sido dadas en tiempos antiguos prueban que su palabra debiera servirnos hoy. Cuando nos es predicada la ley de Dios tenemos que agregarle lo que nos es narrado en el capítulo 19 de Éxodo; esto es, que la ley ha sido debidamente ratificada y que nuestro Señor le ha dado plena autoridad al enviar truenos y relámpagos del cielo lo cual hizo para traer a la memoria la aparición de trompetas; que todo esto fue para que su ley fuese recibida hasta el fin del mundo en toda reverencia. Así es en este pasaje. Porque cuando dice que “Dios apareció en un torbellino,” hemos de saber que quiso ratificar lo que está contenido en este libro; y no solamente eso; sino que tenemos que extender esta autoridad a través de todo su mundo. Aun existe esta consideración, que si Dios comenzó de un modo amable a llamarnos a él, y si al final se mostró rudo y amargo, ello no debe parecemos de ninguna manera extraño; más bien examinemos nuestras vidas para saber si le hemos obedecido; y de esa manera sepamos que su bondad es de una sola pieza, y entonces sabremos que es muy necesario que él use esta segunda forma para ganarnos cuando ve que no ha aprovechado nada mediante la gracia que nos había mostrado. Ejemplo: A veces el Señor puede ser bueno hacia nosotros cuando quiere tenernos como propios y miembros de los suyos; sin enviarnos ninguna aflicción, él nos propondrá su palabra. O quizá nosotros veamos que es su voluntad y estemos de acuerdo con ella. Sin embargo, no la aprovechamos al tener la debida seguridad de su bondad, renunciado a nuestros deseos malvados, olvidando al mundo, y entregándonos enteramente a él. El nos soporta por un tiempo; pero al final, cuando ve que somos tan indiferentes, comienza a golpear. Mediante esto ciertamente debiéramos experimentar que no habla sin causa como desde un torbellino, porque no le hemos oído cuando quiso enseñarnos con gracia, y de modo humano y paternal. Entonces, es necesario que Dios nos hable con esa vehemencia, puesto que él ve que nunca nos acercaríamos hasta no habernos preparado de esa manera. Es cierto que a algunos los ganará por la simple palabra; pero cuando ve que otros son displicentes, les envía algún problema, alguna aflicción. En efecto, hay muchos que jamás habrían venido al evangelio, que jamás habrían sido tocados correctamente en sus corazones para obedecer a Dios, si no fuera por alguna señal que él les envió indicando que quería castigarlos. Además de esto, cuando experimentaron, por las aflicciones, que sólo hay miserias en este mundo, fueron constreñidos a estar descontentos consigo mismos y a cortar las delicias en las que previamente estaban sumergidos.
Así es entonces cómo Dios acerca de diversas maneras a los hombres a sí mismo. Pero, aprovechemos siempre los medios que usa con nosotros; además cuando no habla desde un torbellino, procedamos nosotros, por nuestra parte, a familiarizarnos con él, y permitamos ser gobernados por él como ovejas y corderos; porque si él ve cierta dureza en nosotros quizá tenga que refrenarnos con alguna maldición; y si por algún tiempo nos deja correr como caballos desbocados; aun así, al final experimentaremos su terrible majestad para ser atemorizados por ella, en efecto, si le complace darnos su gracia; porque es un beneficio especial que Dios nos da, cuando nos despierta de esa manera y truena con su voz, a efectos de que nos entre por los oídos y que podamos estar profundamente apenados por su causa. Ese, digo, es un beneficio que no concede a cualquiera. Además, cuando truena contra los incrédulos es demasiado tarde; porque ya no hay ninguna esperanza de que puedan volver a él. Dios los convoca para que escuchen la condenación. Además, debiéramos recibir apaciblemente esta ayuda que Dios nos da, cuando levanta a algún torbellino para refrenar todas las rebeliones de nuestra carne; es decir, nos hace experimentar su majestad. Esto es en resumen, lo que tenemos que recordar de este pasaje.
Ahora venimos a lo que dice aquí, “¿Quién es ése que oscurece el consejo con palabras sin sabiduría? Ahora ciñe como varón tus lomos; yo te preguntaré, y turne contestarás.” Aquí, en primer lugar, Dios se mofa de Job, ya que este era rebelde, y el parecía que mediante argumentos ganaría su caso. Es por eso que dice, “¿Y tú quién eres?” Y ahora, cuando la escritura nos muestra quiénes somos, es para vaciarnos de todo orgullo. Es cierto que los hombres se estiman demasiado, haciéndose creer que hay alguna gran dignidad en ellos. Ahora, bien pueden valorarse ellos mismos, pero Dios solamente los conoce en olor y hediondez, él los rechaza; en efecto, los considera detestables. Y así, aunque nosotros podamos ser tan necios, y aunque seamos presunciosos pensando en glorificarnos a nosotros mismos en nuestra propia imaginación, pensando que tenemos poder y sabiduría; sin embargo, Dios para vaciarnos y entregarnos turbados, solamente usa la palabra, “Y tú, hombre, quién eres?” Cuando esto es pronunciado, realmente es para despojarnos completamente de toda ocasión para gloriarnos. Porque sabemos que no hay una sola gota de bien en nosotros; y entonces ya no tenemos ocasión de ninguna clase para recomendarnos.
Y eso es por qué Dios también agrega, “ciñe como varón tus lomos,” es decir, “vístete como te plazca, convéncete a ti mismo de que realmente eres un gigante, equípate bien, ármate de la cabeza a los pies. Muy bien, ¿al final qué ganarás con ello, cuando yo me oponga a ti, pobre criatura? ¿Piensas subsistir de alguna manera? ¿Qué tienes?” Aquí vemos entonces la intención de Dios. Porque (como ya lo he dicho) esta necedad de preciarnos a nosotros mismos presumiendo que valemos algo está tan arraigada en nosotros que es muy difícil llevarnos al conocimiento correcto de nuestra pobreza, de manera de quedar libres de todo orgullo y presunción. Además, entonces, tenemos que notar bien los pasajes de la Escritura, en los cuales se nos muestra que no hay valor alguno en nosotros. Y esto pensémoslo bien; porque ello no se dice únicamente de una parte del mundo, sino de la humanidad en general.
Entonces, grandes y chicos, aprendan a avergonzarse; puesto que Dios incluye todo, realmente como si fuera en una garba, cuando dice que la sabiduría del hombre sólo es necedad y vanidad, que en lugar de poder sólo hay debilidad, que en lugar de justicia solamente hay impureza y suciedad. Porque cuando Dios habla en estos términos, no es para dos o tres personas, sino para cada uno en general. Aprendamos entonces desde el más grande hasta el más insignificante, a humillarnos, sabiendo que todas nuestras glorias solamente son vergüenza y confusión delante de Dios. De esa manera, pensemos en la palabra “¿Quién es él?” No la tomemos como referida únicamente a la persona de Job, más bien tomémosla como refiriéndose a todas las criaturas mortales; como si nuestro Señor dijera; “¿Por qué?” ¿Acaso hay tal audacia en una persona, siendo solamente un vaso frágil de barro, y en una persona que es menos que nada, que exista semejante audacia de disputar contra mí y de querer inquirir tanto? ¿Adonde va a parar esto? ¿Quién eres tú, hombre?” Como también vemos que San Pablo nos amonesta mediante esta palabra (Romanos 9:20), “Quién eres tú para que alterques con Dios?” Cuando ha establecido las objeciones que los hombres suponen eficaces para disputar de alguna manera con Dios diciendo, “¿Y por qué perderá Dios a los que ha creado? Y que sin razón alguna pueda discernir uno del otro; para que uno sea llamado a salvación, rechazando a otro; ¿por qué es esto?” Entonces, cuando San Pablo dijo esto, aunque los hombres se complazcan con tales objeciones, dice, “Oh hombre, ¿quién eres tú para dirigirte así contra Dios?” Esto es lo que tenemos que notar de la palabra “¿Quién es él?” Entonces, que cada uno, siempre y toda vez que sea tentado con orgullo, piense así de sí mismo, “Pero, ¿en realidad, quién eres?” No es aquí cuestión de entrar en combate contra criaturas que son nuestros semejantes, y contra aquellos que sin iguales a nosotros; pero si queremos ser tan osados como para inquirir en los secretos de Dios; si soltamos las riendas a nuestras fantasías y a nuestras lenguas para imaginar cosas inútiles, o hablar contra Dios y su honor, debemos pensar,
“Ciertamente, ;,y yo quién soy?” Cuando cada uno haya mirado a su propio interior, y considerado su propia debilidad cuando, en resumen, haya conocido que en sí no es nada en absoluto; entonces seremos suficientemente amonestados, todo este cacareo6 que hayamos concebido previamente será silenciado; incluso todas nuestras fantasías serán refrenadas y cautivadas, lo que sería declarado luego, pero en forma más completa.
Ahora, aquí dice especialmente: “Ciñe como varón valiente tus lomos” para significar que cuando todo el mundo haya reunido sus fuerzas, y las haya exhibido, ello no será absolutamente nada. Es por eso, entonces, porque Dios desafía aquí a Job diciendo, “Que se equipe, y que venga con armadura y armado como un gigante, o como el hombre más ágil que se pueda encontrar.” Con ello se expresa aun mejor lo que hemos dicho, esto es, que cuando los hombres son condenados en las Escrituras, ello no está dirigido simplemente a los vulgares, y aquellos que son despreciables, que carecen de crédito y dignidad; sino que se extiende a los más grandes, a aquellos que suponen tocar las nubes. Y así entonces, aunque los hombres piensen tener alguna apariencia en sí mismos para recibir honor; que sepan que esto no es nada con respecto a Dios. Como por ejemplo: aquellos que son excelentes cuando se comparan a sí mismos con sus semejantes, es cierto que concebirán alguna opinión propia y estarán satisfechos consigo mismos; cuando una persona sea reputada sabia, de buen entendimiento, con gracia – bien, la misma será apreciada a los ojos de aquellos que no tienen las mismas cualidades; una persona puede ser rica, investida de virtudes grandes y dignas de alabanza – a los ojos de quienes pasan. Eso entonces, bien podría capacitarnos para sentirnos muy anchos (como ellos dicen) para recomendarnos a nosotros mismos cuando tengamos tales virtudes especiales; pero cuando nos acerquemos a Dios es preciso que todo sea vaciado. Entonces, no hay ninguno tan robusto y galante que tenga una sola gota de fuerza; aquí ya no queda ninguna santidad, ya no queda ninguna sabiduría, no queda nada en absoluto. De manera entonces, que todo el mundo sepa que todo su equipamiento de nada aprovechará delante de Dios; en cambio, tenemos que ser totalmente vaciados, Dios tiene que anularnos, a efectos de no dejar ninguna gota de virtud’ en nosotros, excepto aquello que tomemos de él, como prestado, sabiendo que todo procede de su pura bondad. Ahora vemos lo que implica la palabra “varón valiente”; es para significar que, aunque tengamos ciertas virtudes especiales, ello no debiera darnos ocasión para enorgullecemos delante de Dios.
Además también dice que “Job envolvió (u oscureció) el consejo con palabras sin sabiduría.” Con ello Dios declara que, habiendo tratado sus secretos, ciertamente debiéramos pensar en nosotros mismos, a efectos de proceder aquí sobriamente y en todo temor; porque con la palabra “consejo” Dios quiere significar las cosas elevadas de las que Job había estado hablando. Nosotros bien podemos disputar acerca de muchas tonterías menores, y podemos disputar deliberadamente – bien, nuestras proposiciones serán vanas y frívolas – sin embargo, no habrá blasfemias, y el nombre de Dios no será profanado en absoluto. Pero cuando venimos a la doctrina de salvación, cuando entramos a las obras de Dios, y cuando disputamos acerca de su providencia y de su voluntad; no es propio que vengamos tan apresuradamente; porque envolvemos o entregamos el consejo en proposiciones sin conocimiento. Entonces vemos para qué es que Dios amonesta a Job; es decir, por el hecho de haber hablado demasiado pronto de cosas que están más allá de su comprensión; porque si bien tenía dones excelentes, no obstante, tenía que haberse humillado siempre, reconociendo su debilidad; y también debía haberse refrenado cuando realmente hubo llegado al final de sus sentidos, y que sólo debía haber pensado en los juicios de Dios; y, viéndose turbado de esa manera, debía haber considerado la debilidad de su espíritu; y conociéndose a sí mismo como hombre mortal, debía haber dicho: “Ciertamente, sólo hay ignorancia y necedad en mí.” Entre tanto también tendría que haber considerado la inestimable majestad de Dios y su consejo incomprensible; ello lo debía haber humillado. Job no hizo ni una cosa ni la otra. De manera entonces, aunque no se extravió del camino correcto, sino que siempre aspiró al verdadero fin no obstante vemos aquí que es amonestado por la boca de Dios.
Ahora, este pasaje debería advertirnos de la reverencia que Dios quiere que tengamos ante sus grandes misterios, y por aquello que concierne a su reino celestial. Si disputamos acerca de nuestros asuntos – muy bien – no necesitamos proceder con cautela tan extrema; porque estas son cosas que pasan: pero siempre y toda vez que se trate de hablar de Dios, de sus obras, de su verdad, de aquello que está contenido en su palabra, vengamos a ello con temor y solicitud, no tengamos la boca abierta, para aspirar todo aquello que nos venga a la imaginación; que ni siquiera tengamos nuestras mentes demasiado abiertas para inquirir en aquello que no nos atañe y que no nos es lícito; en cambio, refrenemos nuestra mente, pongamos rienda a nuestra lengua. ¿Y por qué? Porque es el consejo de Dios, es decir, estas cosas son demasiado oscuras para nosotros, y demasiado elevadas. Entonces, no tenemos que presumir de venir a ellas a menos que Dios quiera instruirnos por medio de su pura bondad. Y quiera Dios que estas cosas puedan ser practicadas correctamente y que no tengamos los combates que hay en todas partes del mundo. Pero, ¿por qué existen? Es evidente que muy pocos son afectados por la majestad de Dios. Cuando uno discute su palabra y la doctrina de nuestra salvación, y toda la Santa Escritura, cada uno tendrá su propio camino; cada uno que habla de ella a la sombra de una lámpara, querrá despedirse de ella. Estas son cosas que sobrepasan todo entendimiento humano; sin embargo, se ve que debemos ser más osados para discutir tan elevados misterios de Dios – los cuales deberían llenarnos de asombro, y deberíamos adorarlos con toda solicitud – para balbucear de ellos debemos ser, digo, más osados que discutiendo una transacción por cinco centavos, y no sé qué. ¿Y cuál es la causa de esto sino que los hombres no han considerado que Dios se oculta de nosotros y oscurece su consejo y que en las Escrituras nos ha expuesto su voluntad a la cual tenemos que estar sujetos? Por un lado vemos a los papistas que blasfeman contra Dios, que trastornan, falsifican, depravan y corrompen la totalidad de las Sagradas Escrituras, de manera que no les cuesta nada burlar a Dios y a toda su palabra. ¿Y por qué? Porque nunca gustaron el significado de la palabra “consejo.” Entre nosotros se ven personas ebrias que también sujetarían a Dios a sus fantasías. Aunque fuesen los más ágiles del mundo, los más experimentados en las Santas Escrituras, tendrían que llegar a esta conclusión: El consejo de Dios es superior a nosotros. Pero aquellos son estúpidos y totalmente embrutecidos; no tienen sentido ni razón, el vino los gobierna como a puercos; y sin embargo, querrán ser teólogos, y trastornar las cosas de tal manera que si actualmente les creyéramos, tendríamos que construir y forjar8 un evangelio totalmente nuevo. Pero recordemos todavía que aquí se nos muestra que cuando hablamos de Dios no tenemos que tomarnos la licencia de charlar y balbucear lo que nos parezca bien; en cambio, sepamos que él nos ha revelado su consejo en su Santa Escritura, para que tanto grandes como chicos puedan someterse y adorarlo. Y esto es lo que se dice acerca de “palabras sin sabiduría.” Entonces Dios muestra aquí que siempre y toda vez que hablamos de él, y de sus obras, es una doctrina de consejo, una doctrina elevada. Y contrariamente, lo que podamos presentar, y lo que podamos concebir en nuestras mentes, ¿qué es? Proposiciones sin sabiduría. Que los hombres mismos se pongan en la balanza, y se hallará que son más livianos que la vanidad, tal como dice en el Salmo/ Entonces, además tenemos que notar bien esta doctrina, que en nosotros no habrá sabiduría, para saber cómo discutir las obras de Dios, a menos que él nos haya instruido. Es así como seremos sabios, siendo gobernados por el Espíritu de Dios y por su palabra. Sin embargo, cuando no hallemos en la palabra de Dios lo que queremos conocer, sepamos que hemos de seguir ignorantes; y luego, después de ello tenemos que mantener cerrada nuestra boca; porque tan pronto queramos decir una palabra, faltará la sabiduría; solamente habrá decepción en nosotros. Esta es entonces la acusación que Dios presenta contra Job.
Además Dios dice: “Responde a todas mis preguntas; ciertamente, si tienes sabiduría me puedes responder aquello que yo quiero saber de ti.” Aquí Dios persiste en burlarse de la necia presunción de los hombres, cuando piensan ser tan sutiles como para poder disputar y pleitear contra él. Entonces Dios dice, “Muy bien, es cierto que ustedes son muy ingeniosos; a ustedes les parece al hablar que yo les doy rienda suelta; pero voy a tener mi turno, y voy a hablarles un poco, y ustedes me tienen que responder y seguramente verán su engaño.” ¿Cuál es la causa entonces de que los hombres sean tan temerarios para avanzar tan neciamente contra Dios? Es porque ellos mismos se toman la libertad de hablar, y de ocupar el lugar, y les parece que Dios no tiene respuesta. Ahora, aquí está el remedio que nos da Dios para abatir la necia temeridad que hay en nosotros; esto es, que pensemos en aquellos que él pueda preguntarnos. Si Dios comienza a interrogarnos, ¿qué vamos a responder? Si nos acordásemos de esto, ¡oh! es cierto que nos refrenaríamos totalmente; y aunque tuviéramos mentes muy vivarachas, y aunque pareciera que podemos mover todo el mundo, realmente seríamos puestos en nuestro lugar siguiendo sencillamente aquello que nuestro Señor nos ha mostrado; siempre y cuando, digo, que supiéramos pensar: “¡Ciertamente! Y si venimos delante de Dios, /.acaso no tiene abierta su boca, y acaso no tiene la autoridad y maestría para interrogarnos? ¿Y qué vamos a responderle?” A esto pues debemos llegar. Es lo que debemos recordar de este pasaje a efectos de obtener correcta instrucción de él. Luego, que no seamos demasiado apresurados para hablar; es decir, que por naturaleza tengamos el vicio de entremeternos en más cosas de las que nos corresponden. Aprendamos a mantener la boca cerrada. Pues, por qué es que inmediatamente abrimos la boca para vomitar lo que no conocemos? Es porque no pensamos que nuestro oficio sea más bien el de responder a Dios que el de adelantarnos para hablar. Porque, ¿acaso no es para trastornar el orden de la naturaleza, que el hombre mortal que no es nada se anticipe a su Creador y le obligue a dar audiencia, y que entre tanto Dios guarde silencio? ¿Adonde irá esto? Sin embargo, eso es lo que hacemos siempre y cada vez que murmuramos contra Dios, cuando rompemos en pedazos su palabra, cuando moldeamos proposiciones a voluntad, diciendo: “Esto es lo que me parece.” ¿Cuál es la causa de esto excepto que queramos que Dios guarde silencio ante nosotros, y que seamos escuchados con más atención que él? ¿No es esto pura locura? Entonces, para corregir esta arrogancia que hay en nosotros, aprendamos a no tener la presunción de responder a Dios; sabiendo que al presentarnos ante él, él tendrá la autoridad de examinarnos – ciertamente, conforme a nuestra condición; y cuando él nos haya cerrado la boca, y cuando él haya comenzado a hablar, nosotros seremos más que turbados; aprendamos a humillarnos, de manera que seamos enseñados por él; y cuando hayamos sido enseñados que él nos haga contemplar su resplandor en medio de las sombras de este mundo. Entre tanto, aprendamos también a servirle y a adorarle en todo y por todo. Porque es así también cómo habremos aprovechado la escuela de Dios; será cuando hayamos aprendido a magnificarle, y a atribuirle tal gloria que pueda parecemos bien todo aquello que procede de él. Entre tanto, que también seamos sabios para estar disgustados con nosotros mismos, a efectos de correr a él para hallar el bien que nos falta. Y más allá de ello, que se complazca en gobernarnos de tal manera por su Santo Espíritu que, siendo llenos de su gloria, tengamos con qué glorificarnos a nosotros, no en nosotros mismos, sino solamente en él. Ahora inclinémonos en humilde reverencia ante el rostro de nuestro Dios.
***
NOTAS DELTEXTO
SERMÓN NO. 20
*Sermón 147 en Calvini Opera, Corpus Reformatorum, V. 35, pp. 351-362.
1. Es tarea del predicador presentar la doctrina de Dios de tal manera que los oyentes la puedan digerir.
2. Actualmente diríamos: “Trataríamos a Dios como a cualquier hijo de vecino.’
3. Estoy casi seguro que Calvino toma la metáfora del tablero de ajedrez.
4. O hacerles “jaque mate.”
5. O herido.
6. 6. Francés: coquees. 1. O poder.
7. Referido a un herrero; no a la falsificación literaria.
8. Salmo 62:9.
SERMON SOBRE LA PASION DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO
SERMON SOBRE LA PASION DE NUESTRO
SEÑOR JESUCRISTO
Por John Calvin
“Entonces le escupieron en el rostro, y le dieron de puñetazos, y otros le abofeteaban, diciendo: Profetízanos, Cristo, quién es el que te golpeó. Pedro estaba sentado fuera en el patio; y se le acercó una criada, diciendo: Tú también estabas con Jesús el Galileo. Mas él negó delante de todos, diciendo: No sé lo que dices. Saliendo él a la puerta, le vio otra, y dijo a los que estaban allí:
También éste estaba con Jesús el Nazareno. Pero él negó otra vez conjuramento:
No conozco al hombre. Un poco después, acercándose los que por allí estaban, dijeron a Pedro: Verdaderamente también tú eres de ellos, porque aun tu manera de hablar te descubre. Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco al hombre. Y enseguida cantó el gallo. Entonces Pedro se acordó de las palabras de Jesús, que le había dicho: Antes que cante el gallo, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, lloró amargamente.”
“Venida la mañana, todos los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo entraron en consejo contra Jesús, para entregarle a muerte. Y le llevaron atado, y le entregaron a Poncio Pilato, el gobernador. Entonces Judas, el que le había entregado, viendo que era condenado, devolvió arrepentido las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos,[i] diciendo: Yo he pecado entregando sangre inocente. Mas ellos dijeron: ¿Qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú! Y arrojando las piezas de plata en el templo, salió, y fue y se ahorcó. Los principales sacerdotes, tomando las piezas de plata, dijeron: No es lícito echarlas en el tesoro de las ofrendas, porque es precio de sangre. Y después de consultar, compraron con ellas el campo del alfarero, para sepultura de los extranjeros. Por lo cual aquel campo se llama hasta el día de hoy: Campo de Sangre. Así se cumplió lo dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: Y tomaron las treinta piezas de plata, precio del apreciado, según precio puesto por los hijos de Israel; y las dieron para el campo de alfarero, como me ordenó el Señor” (Mateo 26:67-27:10).
Como dice San Pablo, la predicación del evangelio es olor grato para aquellos a quienes Dios llama a salvación y olor de muerte para todos los reprobados que perecen,[ii] del mismo modo tenemos dos notables ejemplos aquí que se nos presentan para mostrarnos que la muerte y pasión del Hijo de Dios fue para la salvación de uno y para arrojar a condenación a otro. Porque en el caso de Pedro se ve la necesidad que tenía de ser rescatado del pozo en el cual estaba atrapado. Porque mientras permanecía allí estaba desterrado del reino de los cielos, estaba alienado de toda esperanza de salvación y cortado de la iglesia, como un miembro corrompido. No obstante, la muerte de nuestro Señor Jesús no falló en serle de beneficio, aunque quizá no haya sido digno de ello. En cuanto a Judas se dice que, viendo que Jesucristo es condenado, fue preso de la desesperación. Ahora, en esta condenación de nuestro Señor Jesús (como ya hemos dicho) uno tiene que animarse a depositar la esperanza en Dios. Porque nosotros somos absueltos en virtud de que nuestro Señor Jesús fue condenado. Pero era necesario que tuviésemos aquí estos dos espejos para que pudiésemos saber tanto más que si no somos llamados por gracia especial a ser partícipes del fruto de la muerte y pasión del Hijo de Dios, éste será inútil para nosotros. No es suficiente entonces que nuestro Señor Jesucristo haya sufrido, sino que el bien adquirido por él tiene que ser comunicado, y tenemos que ser puestos en posesión de él. Esto ocurre cuando por la fe somos atraídos hacia él.
Pero para entender todo esto tanto mejor, sigamos el hilo de la historia que aquí se nos narra. Dice aquí que nuestro Señor Jesús fue avergonzado de todas formas en la casa de Caifás, que le escupieron en el rostro, que fue insultado que se burlaron de él llamándole “Profeta,” en desgracia. Ahora, ello ocurrió para que nosotros pudiésemos saber que lo que él sufrió en su persona fue para librarnos delante de Dios y de sus ángeles. Porque no hace falta que nadie escupa en nuestro rostro para que tengamos muchas manchas e impurezas delante de Dios. Todos nosotros no solamente estamos desfigurados por nuestros pecados, sino llenos de infección, abominables. Además, aquí está el Hijo de Dios, que es su imagen viviente, en quien resplandece su gloria y majestad, quien sufrió semejantes vergüenzas, para que en su nombre ahora podamos aparecer delante de Dios para obtener gracia, y para que pueda conocernos y poseemos como hijos suyos, y para que puedan ser borradas todas nuestras manchas e impurezas. Eso (digo) es lo que tenemos que considerar en primer lugar.
Llegarnos ahora la caída de Pedro. Dice aquí: “Una criada, viéndolo, lo acusó de ser un discípulo de Jesús. El lo niega.” Viene otra criada. El lo niega nuevamente. Luego lo presiona Caifás y la pregunta se convierte en asunto de todos. Entonces comienza a jurar, incluso a maldecir y usar la forma de blasfemia. Como diciendo: “Maldito sea yo, que me muera, que la tierra me trague si lo conozco.” Esa es, entonces, la caída de San Pedro, y no es una sola, sino tres que son tan pesadas y enormes que ciertamente deberíamos leer atemorizados esta historia. Ahora bien, conocemos el celo que había en él. Además, había sido alabado por nuestro Señor Jesucristo, y el nombre de Pedro le había sido dado para destacar la firmeza y constancia de su fe; había sido enseñado en una escuela tan buena. Había oído esta doctrina: “Todo aquel que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de Dios mi Padre y lo desconoceré.” Sin embargo, vemos cómo tropieza. Entonces, ciertamente, cada uno tendría ocasión aquí para temblar. Porque si no fuera que somos sostenidos desde arriba, la debilidad de Pedro no sería mayor que la nuestra. De manera que en primer lugar vemos cuán frágiles son los hombres tan pronto Dios los deja salir de su mano. Porque esto nos se dice de algún escarnecedor, de un hombre profano, de alguien que nunca ha escuchado nada del evangelio, que no tiene temor de Dios y que nunca haya tenido reverencia hacia nuestro Señor Jesucristo. Ocurre absolutamente lo contrario. Porque ya había algunos dones excelentes en Pedro. Por la boca del Hijo de Dios se le había dicho: “No te lo ha revelado carne y sangre, sino mi Padre.” Es entonces el Espíritu de Dios quien habita en Pedro. ¡Pero cuán poco se opone a negar a nuestro Señor Jesús! ¡Una criada! Si lo hubiera atacado un hombre, o silo hubiera atacado alguna persona honorable, podría haber tenido alguna excusa. Pero vemos que sólo se necesitó de una criada para hacerle renunciar a la esperanza de vida y de salvación.
Contemplemos entonces, en la persona de Pedro, que es sumamente necesario que Dios nos fortalezca cada minuto. Porque de otra manera es imposible perseverar. Aunque hayamos tratado de acercarnos a Dios, y aunque hayamos hecho muchas obras virtuosas, de todos modos, al menor cambio de la mano seremos totalmente transformados si Dios no sigue dándonos una constancia invencible. Aprendamos entonces, a practicar la amonestación de San Pablo: “El que piensa estar firme, mire que no caiga.”[iii] Es cierto que no podemos sostenemos nosotros mismos. En cambio recurramos a aquel que tiene los medios. De todos modos, andemos humildemente. Como dice San Pablo en otro pasaje: “Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad, ocupaos de vuestra salvación con temor y temblor.”[iv] Es como si dijera que toda presunción debe ciertamente ser abatida y, ciertamente toda indiferencia. Cuando vemos la necesidad que tenemos de ser ayudados por Dios, y que lo necesitamos de tantas maneras, ¿acaso no es correcto que estemos en guardia, por cierto, que de ninguna manera nos confiemos en nuestra propia fuerza, sino que seamos solícitos invocando a Dios de noche y de mañana, y de encomendarnos a su cuidado y dirección?
Eso es entonces, lo que tenemos que observar en primer lugar. Incluso nos es sumamente necesario reconocer que las tentaciones, aunque quizá no sean muy grandes pronto nos habrán abrumado si Dios en su gracia no obra en ello y lo remedia. Y aquellos que se creen ser los más resistentes mientras están lejos de los golpes, realmente se encuentran perdidos cuando apenas sopla un poco de viento. Es cierto que si Dios nos ayuda hemos de perseverar no importa cuán grandes tormentas se levanten. Porque conocemos la figura del lenguaje utilizada por Jesucristo nuestro Señor: Que una casa con un buen fundamento y construida de buen material siempre permanece entera no importa cuán gran torrente venga; pero lo que se construye sobre la arena dejará de existir pronto. De manera entonces, cuando estemos fundamentados en nuestro Dios y cuando él nos extienda su mano fuerte, ciertamente tendremos la capacidad de soportar alarmas muy severas. Y aunque no haya ningún enemigo combatiéndonos, no obstante, si Dios se aparta de nosotros o nos deja librados a nosotros mismos, seremos conquistados enseguida, tal como lo vemos en Pedro.
Pero lo peor es que no es una sola vez que niega al Señor Jesús. Si no que lo repite tantas veces como se lo preguntan. Vemos que no le importó nada el hecho de estar yendo de mal en peor, incluso al extremo de la execración, como pidiendo a Dios que lo maldijera y lo tragara. Viendo esto sepamos que aquel que ha caído en vez de anhelar una pronta restauración, se arrojará a una ruina más profunda, hasta perecer completamente en ella a menos que Dios lo remedie. Esta es la condición de los hombres. Desde el comienzo ellos mismos se convencen de ser maravillas en su propio poder. Sin embargo, nuestro Señor demuestra por experiencia de que no son nada, y que apenas soplan un poco de viento ellos son derribados. Aun así, están persuadidos de que pueden levantarse nuevamente. Pero, por el contrario, no hacen sin aumentar su mal, agregando falta sobre falta, abundando aun más con acciones disparatadas. Si San Pedro hubiera sido tentado cien veces al día cien veces habría negado a Jesucristo, además de otras mil veces. En esa condición habría estado si Dios no hubiese tenido piedad de él. Pero Dios lo protegió y no quiso que fuese probado más. Sin embargo, las tres caídas mencionadas aquí son suficientes para darnos un terrible ejemplo, y los pelos se nos tendrían que parar de punta viendo que por tercera vez Pedro se olvidó de sí mismo, y que obró sin sentido, como un bruto, renunciando a su salvación. Además, siempre tenemos que recordar que si aun le hubieran sobrevenido otras tentaciones, no las habría resistido mejor, y habría caído en las profundidades más grandes si Dios no lo hubiera protegido a tal extremo.
Esto es, entonces, lo que debemos aprovechar de esta doctrina. Ahora bien, no tenemos que oír estas cosas a efectos de juzgar a Pedro y condenar su cobardía. Por cierto, no podemos hacerlo justificadamente, pero, si en primer lugar es necesario que recibamos instrucción, seamos conscientes de nuestra debilidad, incluso sepamos que no podemos hacer absolutamente nada, no nos inflemos de orgullo, atribuyéndonos mediante falsas opiniones virtud alguna. Sin embargo, sepamos también que, puesto que el diablo tiene tantos medios para tramar nuestra ruina, pronto pondría fin a nuestra vida, puesto que San Pedro cayó sin que él apareciera. Y finalmente, sepamos que nuestro Señor Jesús tiene piedad de nosotros al no permitir que seamos tentados sin límite. Porque ciertamente, se descubrirían tantos males más, y no tendrían fin si no fuésemos retenidos por su bondad. Todas estas son las cosas que tenemos que observar aquí.
Después dice: “Pedro, habiendo oído cantar al gallo (como dice San Lucas) y después que Jesús le miró, salió y lloró amargamente.” Mediante esta conclusión se nos muestra (como ya lo he mencionado) que la muerte y pasión de nuestro Señor Jesús ya produjo su efecto y poder en que Pedro fue levantado de tan horrible caída. Porque, ¿acaso no es un milagro que Dios tenga piedad de él y que todavía haya alcanzado misericordia habiendo cometido una falta tan detestable? Hemos declarado de que no podía excusarse alegando ignorancia, como si su falta de negar a Jesucristo hubiera sido pequeña. Porque se le había dicho y declarado que si no confesaba su fe dando testimonio delante de los hombres merecería ser cortado totalmente delante de los ángeles de Dios y que su nombre fuese borrado del libro de la vida. Sin embargo no le importa vender esta vida miserable y frágil por una negación tan villana y extraña. En efecto, ni siquiera ha sido llevado ante los jueces. No ha sido interrogado hasta el límite. Solamente hay una criada que le habla. Cuando ya lo podían haber tratado con rudeza, y justificadamente, él apenas había luchado como una criatura pobre y desgraciada. Sin embargo, no olvidó del todo el temor a Dios. Entonces, cuando vemos esto, pensemos cuánto más necesario era para nosotros que Dios exhibiera los tesoros infinitos de su bondad cuando aun hace de Pedro un partícipe del fruto de la muerte y pasión de su Hijo.
Entonces este es un milagro que debería cautivarnos viendo que Pedro obtuvo remisión por una ofensa tan grande, en efecto, al parecer por su arrepentimiento. Porque esto es cierto, si una persona es íntimamente tocada después de haber fallado, y si gime y llora delante de Dios para obtener perdón, esto es una señal de que Dios y la ha recibido, y que Dios la ha reconciliado consigo. Porque el arrepentimiento también es un don peculiar procedente del Espíritu Santo, quien nos muestra que Dios tiene piedad de nosotros y que no quiere que perezcamos. Al contrario, él nos acerca a Dios. Ahora, esto lo vemos en Pedro. En consecuencia la muerte y pasión de nuestro Señor Jesucristo ya le estaba aprovechando, ciertamente, en forma maravillosa, como ya lo he dicho. Pero, en primer lugar, notemos que San Pedro permaneció adormecido y estúpido hasta recibir la señal de la cual nuestro Señor Jesucristo le había advertido, esto es, que el gallo no cantaría hasta que él le hubiera negado tres veces. Mejor dicho, que el gallo no cantaría por segunda vez sin que antes Pedro hubiese cometido sus negaciones. Entonces, siendo esto así, que si no hubiera sido advertido por nuestro Señor Jesucristo habría permanecido en su pecado[v] siendo arrojado para siempre a la perdición. Sepamos entonces que tenemos que ser solícitos después de haber cometido alguna falta. Porque si fuésemos privados de la gracia de Dios, y si no nos exhortase a volver a él, ciertamente seríamos abrumados por Satanás y todos nuestros sentidos serían embrutecidos de modo que no nos quedaría escrúpulo alguno ni ningún movimiento bueno a efectos de volver al camino de la salvación.
Eso es entonces, lo que tenemos que contemplar además en la persona de Pedro. Peno cuando San Lucas afirma que Jesucristo le miró es para enseñamos tanto mejor que no basta con que seamos aguijoneados o conque alguien nos tire de las orejas, para que volvamos a Dios; lo que hace falta es que Jesucristo fije su vista en nosotros y nos mire. Ahora bien, es cierto que aquí solamente se menciona la mirada de los ojos. Sin embargo, nuestro Señor Jesucristo no trata
en forma visible con nosotros. De todos modos es cierto que hasta no haber fijado su mirada en nosotros seguiremos siendo tontos testarudos que permanecemos en nuestras faltas incapaces de pensar en gemir y lamentarnos aunque hayamos provocado la ira de Dios. Por más que él haya tensado su arco y desenvainado su espada nosotros permaneceremos en nuestra indiferencia hasta tanto nuestro Señor Jesús nos haya hecho sentir que no nos ha olvidado y que no está dispuesto a dejarnos perecer sino que quiere acercarnos nuevamente a él. Y para que esto sea así es que todos los días oímos sermones por medio de los cuales somos exhortados al arrepentimiento. ¿Y cómo somos tocados por ellos? Ellos contienen tantas amonestaciones como es posible. ¿Acaso no nos incita la creación toda a venir a Dios? Si nuestros sentidos son bien gobernados de modo que en nosotros haya alguna partícula de prudencia, ¿acaso la salida del sol en la mañana no nos llama a adorar a Dios? Y después, al notar cómo la tierra y todos los elementos cumplen con su función, tanto las bestias como los árboles, ello nos muestra que tenemos que acercarnos a Dios a efectos de que sea glorificado en nosotros, y para que no se nos ocurra a pensar de otra manera. Entonces el gallo cantó bien, y no solamente el gallo, sino que Dios hace cantar[vi] a todas sus criaturas, tanto las de arriba como las de abajo, para exhortarnos a acercamos a él. Y lo que es más, ciertamente se digna a abrir su santa boca, ya sea a través de la ley, de los profetas y del Evangelio, para decir: “Vuelvan a mí.” Sin embargo, está visto que realmente somos lerdos.[vii] Pero es tal la estupidez que se ven en nosotros que somos, por así decirlo, monstruos. Entonces es sumamente necesario que nuestro Señor Jesús nos considere con piedad, tal como lo hizo con Pedro, a efectos de obtener lamentos sinceros de nosotros dando testimonio de nuestra penitencia. Porque cuando dice que Pedro lloró amargamente es con referencia al dolor que San Pablo menciona en II Corintios afirmando que obra para salvación[viii] y que no tenemos que huir de él, sino que incluso debemos buscarlo. Aunque naturalmente quisiéramos regocijarnos sin experimentar ninguna vergüenza, no obstante es preciso que tengamos alguna melancolía. Como cuando Dios nos toca con angustia, habiéndole ofendido, es preciso que seamos atormentados en nuestro corazón. Porque esa clase de angustia es para llevarnos al verdadero descanso, y el dolor es para hacernos regocijar delante de Dios y de los ángeles.
Pronto veremos que Judas se arrepintió, pero fue en una forma distinta y diferente. Pero en cuanto a Pedro, él lloró para mostrar que estaba grandemente apenado en su pecado y que había vuelto plenamente a Jesucristo. Notemos también que “saliendo fuera lloró.” Es cierto que el temor de mostrar su arrepentimiento delante de la multitud aun procedía de su debilidad. Pero aunque tal vez sea así, al llorar a solas demuestra claramente que se siente tocado por su falta y ofensa. Porque no busca a otros hombres para mostrarles su arrepentimiento, sino que estando a solas llora delante de Dios. Es así también cómo debemos hacerlo nosotros. Porque si solamente lloramos delante de los hombres con ello demostramos nuestra hipocresía. En cambio, cuando cada uno vuelve en sí y examina sus faltas y pecados y luego se siente angustiado, ello es una señal de que no hay engaño en él, de que conoce a su Juez, y que está allí para pedir perdón, sabiendo que el oficio de Dios es rescatar de las profundidades a aquellos que en realidad ya están condenados y perdidos. Entonces, en resumen, esto es lo que tenemos que recordar del relato dado aquí en cuanto a la caída de Pedro y en cuanto a estas tres negaciones por las cuales merecía haber sido cortado del reino de Dios si no fuera que Cristo ya había mostrado el poder de su muerte y pasión a efectos de llamarlo al arrepentimiento, tal como vemos que ocurrió.
Luego dice que: “Los sacerdotes y principales tomaron consejo para condenar a Jesús.” Pero, puesto que esto no estaba en poder de ellos lo llevaron sujeto y atado al gobernador que tenía jurisdicción sobre el país, es decir, a Poncio Pilato. Después de esto el Evangelio dice que Judas se arrepintió, viendo que Jesucristo era condenado, y arrojando al suelo el dinero que había recibido como precio y pago por su traición hizo una confesión completa de su falta. Sin embargo, los sacerdotes no están dispuestos a recibir el dinero, en cambio compran el campo del alfarero, donde se habían producido tejas, de manera que era inútil para ser cultivado o sembrado. Entonces compran dicho terreno para dar sepultura a viajeros que estaban de paso. En efecto, lo hacen simulando cierta devoción. Porque decían que no era licito poner el dinero en las ofrendas del templo. A todo esto el evangelista agrega que se cumplió lo dicho por el profeta, de que los treinta denarios, que fue el precio puesto por el pueblo de Israel para Dios, pudieron ser usados para el campo del alfarero. Aquí tenemos que considerar lo que ya hemos mencionado, es decir, que la muerte y pasión de nuestro Señor Jesús no lleva fruto en todas las personas, porque es una gracia especial que Dios concede a sus elegidos cuando los toca por medio de su Espíritu Santo. Aunque hayan caído, él los levanta. Aunque se hayan extraviado, como ovejas errantes, él los corrige y les extiende su mano para traerlos de vuelta a su redil. Porque allí está Judas el cual es totalmente cortado del número de los hijos de Dios. Incluso es necesario que su condenación sea evidente ante los hombres y totalmente obvia.
Aprendamos entonces (siguiendo lo que ya he mencionado) a conocer en todo y por todo la inestimable bondad de nuestro Dios. Porque así como declara su amor hacia la humanidad al no escatimar a su único Hijo, sino entregándolo a la muerte por los pecadores, así también nos declara un amor especial cuando nos toca por su Espíritu Santo haciéndonos conocer nuestros pecados, y a lamentarnos y acercándonos a sí mismo con arrepentimiento. Entonces, la entrada que tenemos para venir a nuestro Señor Jesucristo no procede de nosotros, sino de Dios, en la medida en que él nos gobierna complaciéndose en mostrarnos su elección. Y es bueno notar estas circunstancias. Consideren a Judas que había sido un discípulo de nuestro Señor Jesucristo. En su nombre había hecho milagros. Sin embargo, ¿qué fue de ello? Aprendamos entonces a temer y a andar solícitos, apoyándonos enteramente en nuestro Dios; y oremos para que él no nos permita caer en semejante confusión como la de este miserable infeliz. E incluso, cuando hayamos caído, que él quiera levantarnos nuevamente por su poder y que podamos volver a él; no con un arrepentimiento como el de Judas, sino con una auténtica y correcta confesión. Porque los malvados se burlan de Dios a más no poder. Se complacen en sus pecados. Incluso se glorían en ellos y al final se vuelven tan desvergonzados como las prostitutas,[ix] tal como lo dicen los profetas Jeremías y Ezequiel. Además, al final Dios les hace sentir sus pecados, y entonces se aterrorizan de manera que se irritan y exclaman “¡Ay de mí! ” Pero no es a efectos de concebir alguna esperanza ni de presentarse ante Dios. Es más bien una furia la que los impulsa. Huyen tan lejos pueden y quisieran destronar a Dios. Es apenas un asunto de irritarse y de crujir sus dientes en completa rebelión contra él.
Ahora bien, ciertamente es necesario que vengamos con otro tipo de arrepentimiento; es decir, no es cuestión de aterrorizarnos viendo que no podemos escapar del juicio y de la mano de Dios; sino de confesar nuestros pecados y de detestarlos; y, acto seguido, que no cesemos de acercamos a Dios, en efecto, siendo emplazados a presentarnos delante de él sin ser traídos por la fuerza; sino que por nuestra propia voluntad nos acerquemos para rendirle homenaje, y para confesar que merecemos perecer; seguros, sin embargo, que no obstante merecer la muerte cien mil veces, no por eso dejará de tener piedad de nosotros. Ese fue el arrepentimiento de Pedro. En cambio el de Judas debiera mostrarnos que con algunos sentimientos en cuanto a nuestras faltas y algunos escrúpulos no es suficiente, sino que tenemos que estar plenamente convertidos[x] a Dios. Esto es sumamente digno de ser notado, porque vemos a tantos, y prácticamente a todos, que se adulan a sí mismos. Cuando con una palabra hicieron confesión de sus faltas, no importa cuán terribles sean, les parece estar libres y eximidos, como si todo lo que tenían que hacer era limpiarse la boca. Incluso, cuando se les menciona algún ejemplo creen que se les está haciendo un gran daño. “¿Cómo?” dicen, “¿Acaso no he reconocido todas mis faltas? ¿Acaso no he hecho penitencia?” Esto es todo cuanto hagan, como si Dios fuese un niño al cual se tranquiliza con un poco de risa, incluso con risa falsa, llena de hipocresía y mentira. Pero puesto que entre los hombres es algo común que quieran apaciguar a Dios, y realmente no sé cómo, es que dicen que Judas se arrepintió. Por lo tanto, temamos cuando Dios nos amonesta y cuando nos hace sentir nuestras faltas, pero no lo dejemos todo allí. Porque eso realmente no es arrepentimiento. Pero aquí está la prueba por la cual podemos saber si estamos realmente arrepentidos o no. Es cuando por nuestra propia voluntad buscamos completa armonía[xi] con Dios sin querer evitar el ser juzgados por él, siempre y cuando él nos reciba en su misericordia. Esto es lo que hará cuando nos reconocemos culpables. Porque aquel que se juzga a si mismo a efectos de reconocerse culpable delante de Dios, delante de los ángeles, y delante de los hombres será justificado y absuelto, porque no pide sino únicamente que Dios le sea favorable. Esto es entonces en resumen, lo que tenemos que observar.
Ahora bien, fue preciso que Judas hiciera esta confesión para que los sacerdotes fuesen tanto más inexcusables. Además, el evangelista ofrece este relato para que podamos contemplar tanto mejor la ceguera que Satanás puso en todas estas personas reprobadas, y para que cada uno pueda pensar en sí mismo. Cuando Dios nos presenta semejantes ejemplos de su ira y de su venganza y cuando muestra que los hombres realmente están enloquecidos, que están privados de sentido y razón, que (para ser breve) son tan brutos para arrojarse con furia infernal, es para que cada uno de nosotros pueda inclinar su cabeza y que cada uno de nosotros pueda saber con qué frecuencia podríamos llegar a eso si no fuésemos preservados por la bondad y gracia de nuestro Dios. De todos modos, seamos prudentes para no luchar contra nuestra propia conciencia como lo hicieron los sacerdotes. Porque todos aquellos que de esa manera se endurecen contra Dios finalmente caerán en una condición tan reprobada que ya no habrá razón alguna en ellos. Aun después de ser deshechos así delante de Dios, también dejarán de avergonzarse delante de los hombres. Porque es bueno que su bajeza[xii] sea mostrada a todos y que sean puestos en tal desgracia que cada uno quede horrorizado por su vileza.
Este es entonces el motivo por el cual el evangelista nos ha relatado aquí que cuando Judas vino para devolver el dinero, los sacerdotes no se conmovieron en absoluto. Ciertamente dicen que no les es lícito ponerlo en el cofre del tesoro, puesto que ese dinero es precio de sangre. Es así como los hipócritas siempre guardan bien, no sé qué apariencias, para hacer una sombra y una pantalla para cubrir sus iniquidades. Pero esto no es sino mofarse de Dios. Porque nunca se le acercan con integridad y abiertamente. Porque, ¿qué hay para decir al respecto? “Oh, no vamos a poner este dinero con las ofrendas sagradas, porque es precio de sangre.” Además, ¿había sido robado este dinero? Se sabe que los sacerdotes vivían de las ofrendas del templo. Como lo hacen actualmente en el papado aquellos que son llamados prelados y gente de la iglesia que levantan las ofrendas sin importarles a qué propósitos serán aplicadas. Aunque los sacerdotes hayan sacado dinero de las ofrendas del templo para darle a Judas, esto no les importaba; eran desconsiderados. Pero ahora tienen escrúpulos en poner el dinero nuevamente en el cofre de las ofrendas. Con ello en realidad rechazan a Judas con burla y como si dijeran: “Quizá este hombre malvado haya traicionado a su Señor. A nosotros únicamente nos incumbe determinar si ha hecho bien o mal. Pero para que por nuestra parte no seamos partícipes de su ofensa, y a efectos de mantener nuestras manos limpias (puesto que habían utilizado este dinero para semejante propósito) con él compraremos un campo para dar sepultura a los extranjeros.” Ciertamente, ello era para decir que habían cumplido satisfactoriamente con Dios y que él seguramente no sabría qué más pedir, aunque en lo que hicieron hubo cierta deficiencia.
Es así como los hipócritas siempre tendrán sus satisfacciones, pensando comprarse un escape, pero esto no es sino juego de niños. Pero sepamos que esto se nos relata para que aprendamos que habiendo caído reconozcamos nuestras faltas en verdad y a no hacer circuitos desde un lado o desde el otro, sino a llevar francamente en todo y por todo la condenación. Esto es entonces lo que se nos muestra. Entre tanto, oremos a Dios para que nos quite la venda que Satanás quiere colocamos, para que no lancemos graznidos[xiii] referidos a nuestras adulaciones, tratando de justificar al mal; que, en cambio, nos esforcemos más y más para examinar bien todos nuestros vicios a efectos de condenarlos y de presentar una confesión correcta de ellos. Además también vemos cómo derrumba Dios la opinión de los hipócritas, de manera que al final quedan frustrados en lo que habían pretendido. Porque ciertamente, los sacerdotes habrían querido borrar su falta para que nadie jamás las mencione. Es por eso que fingen cuando compran un campo para dar sepultura a los extranjeros. Pero Dios lo vuelve en algo totalmente contrario a su intención. Porque este campo tuvo que ser llamado “campo de sangre” o “campo de crimen.” Es preciso que ese memorial sea perpetuo y que permanezca para siempre en la boca de los hombres, de las mujeres y de los niños; de tal manera este crimen detestable que fue cometido por los sacerdotes es conocido diariamente y manifestado, porque ellos dicen: “He aquí el campo de sangre, esto es, el campo que fue comprado con el precio de la traición. ¿Y quiénes lo hicieron? Los sacerdotes y los principales del pueblo.” Así vemos entonces que cuando los hipócritas tratan de ocultarse en sus crímenes y a disfrazarse, Dios descubre su vileza, y lo hace tanto más haciendo que su vergüenza sea conocida por todos los hombres, y que todos los hombres los detesten. Es por eso que he dicho que es tanto más necesario que seamos prudentes para venir a Dios y allí descubrir todas nuestras ofensas para que él se complazca en sepultaría quitándolas de delante suyo, de delante de los ángeles y de delante del mundo entero, cuando nosotros las hemos reconocido así.
Finalmente el evangelista cita un pasaje de los profetas para mostrar que esto no se relata solamente por causa del pecado de Judas, o por la obstinación diabólica de los sacerdotes, sino por causa de la condenación de la gente en general. Entonces dice: “Se ha cumplido lo escrito por el profeta, que treinta denarios fue el precio de Dios, y los dieron para el campo del alfarero.”Ahora bien, Zacarías,[xiv] de quien proviene este pasaje, compara a nuestro Señor Jesucristo con un pastor,[xv] y afirma que queriendo gobernar al pueblo judío ha tomado su vara, o su cayado de pastor el cual es llamado “gracia,” para indicar que era de condición tan excelente que entre aquel pueblo realmente era posible que se le permitiera ser guiado por la mano de Dios. Porque, ¿acaso existe algo más deseable? Y para que esto sea así, ¿adónde está nuestro gozo soberano y nuestra bienaventuranza, si Dios no se ocupa de nuestra salvación cumpliendo entre nosotros el oficio de pastor? Entonces, ese era el gobierno de Dios entre aquella gente, cuando se menciona esta vara, la cual no tenía el propósito de golpear y romper todo, sino de guiar y gobernar apaciblemente a aquellas ovejas que se habían vuelto dóciles. Ahora, nuevamente dice que tomó una segunda vara. Como lo hizo efectivamente cuando el pueblo hubo retornado del cautiverio en Babilonia, porque en esa ocasión tan horrible como la que había existido anteriormente, ahora Dios reúne a su pueblo para gobernarlo apaciblemente bajo su mano. Pero al final hubo una ingratitud tan vil que Dios tuvo que terminar con todo. De manera que dice: “Oh, ya veo lo que pasa; no necesito perder mi tiempo ni hacerme problemas con ustedes.” Aquí habla en la forma común de los hombres. “Emprendamos el camino de una buena vez. Páguenme para que me vaya.” Y en respuesta le trajeron treinta denarios. “¿Qué?” dice Dios, “esta es la recompensa y el pago que recibo de ustedes?” Porque cuando habla de los treinta denarios piensa en las ofrendas que dieron en el Templo. Dichas ofrendas eran (puesto que fueron usadas con hipocresía, sin fe y sin arrepentimiento) nada más que vanas ceremonias que los sacerdotes y los judíos apreciaban, sin embargo, en gran manera. Como hoy lo hacen los papistas, cuando han cumplido muchas “santidades”[xvi] y todas sus hermosas devociones creen que Dios prácticamente está en deuda con ellos. Ahora bien, Dios dice que todo ello no es más que basura. “¿De qué manera,” dice Dios, “he ganado con que ustedes lo hayan pasado? Quizá ese sea el pago de un pastor, en tal caso estoy sumamente obligado hacia ustedes. ¡Oh, oh, no! No tengo nada que ver con ello. ¡Vayan, échenlos a la alfarería, con ellos pueden decorar las bocas y asas de sus vasijas![xvii] ¡Vayan! Yo los abandono. Utilícenlos es sus tejas.” Es como si dijera: “Si su templo se llueve, arréglenlo ustedes mismos. En cuanto a mi, ya no tengo parte ni porción alguna con ustedes. Quisiera que ustedes se fueran. Y no piensen apaciguarme aquí, trayéndome lo que en realidad es el pago de un pillo. Absolutamente no apruebo nada de ello.” Esto es entonces, lo que en resumen quiso decir el profeta.
Ahora sabemos que lo que fue predicho por nuestro Dios en aquel entonces, fue cumplido en la persona de nuestro Señor Jesucristo, quien es nuestro verdadero Dios manifestado en la carne. De esa manera fue necesario que este pasaje fuese verificado de manera visible, y que Jesucristo fuese valorado en únicamente treinta denarios, es decir, que la gente mostrase una ingratitud tan vil hacia aquel que era el Pastor eterno, a quien Dios había establecido sobre su pueblo. Ciertamente, puesto que el pueblo había dejado de ser gobernado por Dios, nuestro Señor Jesús también cumplió siempre con el oficio de Mediador, en efecto, aunque todavía no había aparecido en carne humana. Esto debemos recordarlo bien a efectos de aprender por nuestra parte que si Dios nos ha mostrado su gracia para recibirnos, por así decirlo, bajo su mano, y si somos su rebaño, y si nos da a nuestro Señor Jesucristo por Pastor, no debemos aguijonearlo de manera de entristecer su Espíritu ni de cansarlo con nuestros actos de rebeldía e ingratitud. Tampoco no vamos a tirarle ramos de flores[xviii] (como dice el refrán popular), pero puesto que él se ha entregado a si mismo para nosotros, aferrémonos a él como a nuestro Dios y Rey, dediquémosle la totalidad de nuestra vida, y abstengámonos de traerle un pago que él rechaza; en cambio, presentémosle tanto nuestra alma como nuestro cuerpo. Porque incluso está perfectamente bien que él tenga toda preeminencia sobre nosotros y que nos posea enteramente, viendo que él no busca otra cosa sino nuestra salvación.[xix]
Ahora bien, para finalizar y arribar a una conclusión, dice: “Nuestro Señor Jesús habiendo sido llevado ante Pilato nada respondió. Pilato entonces le dijo: ¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti? Pero Jesús no le respondió ni una palabra; de tal manera que el gobernador se maravillaba mucho.” En primer lugar debemos recordar que cuando nuestro Señor Jesucristo es juzgado ante un juez terrenal, es para que nosotros pudiéramos ser eximidos y absueltos de la condenación que merecíamos delante del Juez celestial. Sabemos que no podemos escapar a lo que está escrito por el profeta Isaías, de que toda rodilla tiene que doblarse ante Dios.[xx] Puesto que Dios es el Juez del mundo, ¿cómo hemos de subsistir[xxi] delante de su rostro y delante de su majestad? No hay ninguno de nosotros que no sea constreñido cien mil veces a condenarse a si mismo. Cuando apenas hemos vivido un año en el mundo ya hay cien mil faltas por las cuales merecemos ser condenados. No hay ninguna que no tenga este testimonio grabado sobre su corazón, y que no esté convencido del mismo. Ahora Dios, que ve tanto más claro que nosotros, ¿cómo no va a condenamos cuando cada uno está constreñido a condenarse a sí mismo de tantas maneras? Pero aquí nuestro Señor Jesús está sujeto a esta situación extrema de ser acusado delante de un juez terrenal, más aun, delante de un hombre profano, delante de un hombre que era impulsado únicamente por su avaricia y ambición. Entonces, cuando el Hijo de Dios es humillado a tal extremo, sepamos que es para que nosotros podamos presentarnos con la cabeza levantada delante de Dios, y para que él pueda recibirnos, y para que el temor ya no nos haga retroceder ante su trono de juicio, sino para que podamos acercamos osadamente, sabiendo que allí seremos recibidos en misericordia. Incluso sabemos que Jesús adquirió autoridad y poder y dominio soberano para ser el Juez del mundo. Y al ser condenado así por Pilato es para que hoy nosotros podamos venir osadamente a él, sabiendo ciertamente que le ha sido dado el poder para juzgamos. Puesto que él estuvo de pie allí, sepamos que quiso llevar nuestra condenación y que no intentó hacer un juicio para justificarse, además, sabiendo bien que tenía que ser condenado, en efecto, en nuestra persona. Porque si bien él era sin mancha o culpa, llevó en si todos nuestros pecados. Entonces no tenemos por qué asombramos viendo que estaba allí como si hubiese sido un convicto. Porque de otra forma no podría haber cumplido el oficio de Mediador, sino mediante su aceptación de la sentencia y confesando que en la persona de cada uno de nosotros había merecido la condenación. Esto es entonces lo que implica el silencio de nuestro Señor Jesucristo, a efectos de que hoy nosotros podamos invocar a Dios a plena voz, y para que podamos pedirle perdón por todos los pecados y ofensas.
Ahora inclinémonos en humilde reverencia ante la majestad de nuestro Dios.
[i] Prestres, no es la palabra usual para ancianos, la cual sería Anciens. Prestres del fr., y “priests” del ing. son derivados del gr. PRESBUTEROS, significando “ancianos.”
[ii] Un resumen de I Cor. 1:18 y II Cor. 2:15,16.
[iii] 1 Cor. 10:12, en forma no totalmente literal.
[iv] Filipenses 2:13, 12b.
[v] Cropissani en son péhé.
[vi] En inglés esto suena mal. Fr., chanter significa tanto “graznar” como “cantar”. El juego de palabras se pierde en la traducción.
[vii] Eslourdis, embotado.
[viii] II Cor. T9,10.
[ix] Creo que la referencia explícita es a Jeremías 6:15 y 8:12, pasajes prácticamente idénticos. En Ezequiel hay muchas referencias generales a “llevar vergüenza.”
[x] Reduits, quizá “sometido debajo de.”
[xi] Appointement, no en el sentido moderno de la palabra sino en el sentido de la expresión idiomática latina a punctam. Vea nota anterior 25, p. 45.
[xii] Turpitude.
[xiii] Cropissons. Creo que es una palabra coloquial onomatopéyica.
[xiv] Zacarías 11:12,13. En Mateo 17:9, donde este pasaje se asigna a Jeremías, obviamente estamos ante un error. En su Comentario Calvino reconoce francamente el error pero en los sermones no lo menciona.
[xv] Calvino está relacionando Ezequiel 34:11‑16, 23 con Zacarías 11:4‑17.
[xvi] Agios. Creo que el uso de la palabra aquí es una transliteración del griego, más que la palabra en su sentido moderno.
[xvii] Refaciez vos trous et vos pertuis. Me fue imposible identificar estos con más claridad.
[xviii] Que nous le payons point de néfles, no se puede traducir en forma directa. He dado lo que creo que es la interpretación más aproximada.
[xix] De acuerdo al bosquejo de Calvino el sermón terminaba aquí. El resto es estrictamente improvisación.
[xx] Isaías 45:23
[xxi] Subsister. En Calvino hay una sutil distinción entre subsistir y existir. Aun no he hallado la clave de la diferencia, solamente he hallado la clave de la diferencia, solamente he notado que subsiste incluye más que exister; subsister es casi idéntico a viviré. A Calvino le desagrada pensar en una mera existencia, separada de la vida real.
JOSE ABRE LOS GRANEROS
JOSE ABRE LOS GRANEROS
Por Charles H. Spurgeon
«Entonces José abrió todo granero donde había… » (Gén. 41:56).
Observad la bondad de la Providencia al levantar a José para salvar del hambre a la casa de Israel, y aun a todas las gentes de Egipto y alrededores, y comparadlo con la grandeza de la gracia soberana que levantó a Jesús para salvar a su pueblo y ser salvación de Dios hasta los fines de la tierra.
José había llenado de antemano los vastos graneros, y nuestro texto nos muestra cómo usó sus depósitos: «José abrió todos los graneros.» ¡Cuánto más ha sido hecho por Jesús! ¡Y qué privilegio es ser participantes de su gracia!
1. JOSÉ ABRIÓ LOS GRANEROS POR AUTORIDAD REAL.
1. Al rey de Egipto sólo se podía ir por medio de José (vers. 55). Así es con Jesús (Juan 14:6).
2. El rey ordenó que todos obedeciesen a José (vers. 56) (Juan 5:23).
3. En todo el país nadie podía abrir los graneros excepto José (Juan 3:35).
II. JOSÉ ERA LA PERSONA APTA PARA ABRIR LOS GRANEROS.
1. El fue el que inventó aquel recurso de los grandes graneros, y era la persona señalada pira controlarlos (versículos 33 a 36 y 38; compárense con Heb. 1: 1-3).
2. El lo hizo todo en gran escala (vers. 49).
3. El tenía sabiduría para distribuir bien aquella bendición. Fácilmente puede encontrarse la comparación. Es nuestro Señor Jesucristo el Señor de la casa; escogido entre diez mil, que ha provisto para el hambre de nuestras almas (Col. 1:19 y Juan 1:16).
III. JOSÉ ABRIO LOS GRANEROS, EFECTIVAMENTE.
1. Para este propósito los había llenado. La gracia de Dios es para ser usada.
2. Abrió los depósitos en el tiempo oportuno (vers. 55-56).
3. Los mantuvo abiertos mientras duró el hambre. Nunca fueron cerrados mientras hubiera cerca un necesitado que lo requiriera.
IV. JOSÉ ABRIÓ LOS GRANEROS A TODOS LOS QUE VENÍAN.
1. Mucha gente vino desde lejos en busca de alimentos (vers. 57).
2. Nadie fue despedido vacío.
- Sin embargo, José vendía el alimento; mientras que Jesús da sin dinero ni precio. ¿No acudiréis a El para obtener el pan celestial?
William Bridge dice: «Hay suficiencia en Jesús para satisfacer a todos nosotros. Si dos, seis o veinte personas sedientas fueran a beber de una botella, mientras el uno bebe el otro tendría ansiosa envidia, pensando que quizá no habría suficiente para él; pero si un centenar de sedientos va a un río, mientras uno bebe el otro no siente ninguna envidia ni ansia, porque hay suficiente para todos.»
«Todas las gracias espirituales que enriquecen a la Iglesia son por Jesucristo. El apóstol Pablo nos presenta algunas de las mejores: Ef. 1:3. Nuestra elección por El (vers. 4). Nuestra adopción es también por El (vers. 5). Nuestra redención y remisión de pecados son por El. Todas las generosas transacciones entre Dios y su pueblo son por medio de Cristo. Dios nos ama a través de Cristo. Escucha nuestras plegarias hechas en el nombre de Jesús; perdona todos nuestros pecados mediante Crísto.»
«Por Cristo nos justifica; mediante Cristo nos santifica; por Cristo nos mantiene; por Cristo nos perfecciona. Todas sus relaciones con nosotros son a través de Jesucristo. Todo lo que tenemos es de Cristo; todo lo que esperamos depende de El. El es el eje de oro sobre el cual gira todo el proceso de nuestra salvación.» – Ralph Robinson.
Los Cincos Puntos Esenciales de la Biblia
Los Cincos Puntos Esenciales de la Biblia
1.- PECADO ORIGINAL. CORRUPCION TOTAL. Exposición de la doctrina.
La doctrina de la corrupción total aparece en la confesión de Westminster de la manera siguientes; “Por este pecado nuestros primeros padres cayeron de su rectitud original y perdieron la comunión con Dios, y por tanto quedaron muertos en el pecado y totalmente corrompidos en todas las facultades y partes del alma y del cuerpo”
“Siendo ellos el tronco de la raza humana, la culpa de este pecado le fue imputada, y la misma muerte en el pecado y la naturaleza corrompida se transmitieron a la posterioridad que desciende de ellos según la generación ordinaria.
El alcance y los efectos del pecado original San Pablo, Agustín y Calvino toman como punto de partida el hecho de que toda la humanidad pecó en Adán y que todos los hombres son “inexcusables” Ro. 2:1. Pablo recalca una y otra vez que estamos muertos, Efe. 2:12. Podemos notar en este versículo el énfasis quíntuple que hace el apóstol colocando frase sobre frase para acentuar dicha verdad.
La doctrina de la corrupción total, que declara que el hombre sean igual de malos, ni que no exista persona alguna sin alguna virtud, ni que la naturaleza humana sea mala en sí misma. Lo que significa es que el hombre desde la caída se encuentra bajo la maldición del pecado, y que es incapaz de amar a Dios.
El hombre no regenerado puede, debido a la gracia común, amar a sus familiares, ser buen ciudadano, quizá de donar un millón de pesos para un hospital, pero no puede dar ni un simple vaso de agua fría a un discípulo en el nombre de Jesús. Un hombre si fuere borracho, puede que logre abstienes de la bebida por laguna razón; pero jamás podrá hacerlo por amor a Dios.
PRUEBAS BIBLICAS: I COR. 2:14, GEN. 2:17, ROM. 5:12, II COR. 1:9, EFE. 2:1-3; 12, JER. 13:23, SAL. 51:5, JN. 3:5 RO. 3:10-12.
2. EL DECRETO ETERNO DE DIOS. ELECCIÓN INCONDICIONAL.
Exposición de la doctrina.
La doctrina de la elección ha de considerarse sólo como una aplicación particular de la doctrina general de la predestinación en tanto se relaciona con la salvación de los pecadores. La confesión de Westminster presenta la doctrina de la siguiente manera: “Por el decreto de Dios, para la manifestación de su propia gloria, algunos hombres y ángeles son predestinados a vida eterna, y otros preordenados están designados particularmente inalterablemente, y su número están cierto y definido que ni se puede aumentar ni disminuir”.
Es importante entender con claridad esta doctrina de la elección divina, ya que nuestro concepto de dicha doctrina determinará nuestro concepto de Dios, del hombre, del mundo, y de la redención. Calvino dice “Jamás nos convenceremos como debiéramos de que nuestra salvación procede y mana de la fuente de la misericordia gratuita de Dios, mientras no hayamos comprendido se elección eterna, pues ella, por comparación, nos ilustra la gracia de Dios.
Prueba bíblica.
La primera pregunta que debemos formularnos es, ¿Hallamos esta doctrina en las Escrituras? Consideremos lo que dice San Pablo en Ef. 4:5. También es bueno considerar la cadena de oro con sus cinco eslabones; conocidos, predestinados, llamados, justificados, glorificados. Ro. 8:29.30. podemos considerar esta elección bajo diferentes aspectos: (ver cat. menor P. 7 y 8)
a) Una elección individual.
Las Escrituras presentan la elección como algo que ocurre en el pasado sin consideración a méritos personales, y totalmente soberano. Ro. 9:11,12; Jn. 15:16; Ro. 5:6,8; 1Rey. 19:18.
b) Una elección nacional.
Dios escoge a algunas naciones para que reciban mayores bendiciones espirituales y temporales que otras. Esta forma de elección ha sido bien ilustrada en la nación Judía, en ciertas naciones europeas y de América. A través del Antiguo Testamento se afirma que los judíos eran un pueblo escogido. Am. 3:2; Sal. 147:20; Deut. 7:6
c) Una elección para los medios externos de gracias.
Nacer en un hogar cristiano donde se escucha y lee el Evangelio. Nadie puede escoger el lugar de su nacimiento.
d) Una elección en cuanto las vocaciones.
Dios nos concede los talentos especiales que nos capacitan para ser estadista, o médico, o abogado, o agricultor, o músico, ser inteligente, o los dones de belleza, etc.
La elección también incluye a los ángeles, pues de ellos son partes de la creación de Dios y están bajo su gobierno. Algunos son Santos, otros pecaminosos. 1 Tim. 5:21; Mar. 8:38: 2 Ped. 2:4: Mt. 25:41.
3. LA EXPIACIÓN LIMITADA.
La pregunta que tenemos que discutir es, ¿Ofreció Cristo su vida como sacrificio por toda la humanidad, sin distinción o excepción; o la ofreció solamente por los elegidos? Los calvinistas sostienen que según la intención y el plan de Dios, Cristo murió por los elegidos únicamente.
La confesión de Fe Westminster dice concerniente a esta doctrina “Por tanto, los que son elegidos, habiendo caído en Adán son redimidos por Cristo, y en debido tiempo eficazmente llamados a la fe en Cristo por el Espíritu Santo; son justificados, adoptados, santificados, y guardados por su poder, por medio de la fe, para salvación. Nadie más será redimido por Cristo eficazmente llamado, justificado, adoptado, santificado y salvado, sino solamente los elegidos. (cap. 3 secc. 6) cat. m. P, 16 Esta doctrina no significa que se puede limitar el valor o el poder de la expiación que Cristo hizo. El valor de la expiación depende de y es medio por la dignidad de la persona que la hizo Jesucristo el Hijo de Dios. Es importante hacer esta declaración: El calvinista limita la expiación al decir que ésta no es aplicada a todas la personas, el arminiano la limita al decir que solamente el que cree es salvo.
Las escrituras afirman que Cristo fue un rescate por sus elegidos. Cristo también enseñó que los elegidos y los redimidos eran las mismas personas, leer; Jn. 10:14,15; 15:13: 17:6,9,10; Ef. 5:25. Cristo murió por hombres como Pablo y Juan, no por hombres como Faraón y Judas, quienes eran cabras y no ovejas. En Génesis leemos que Dios “puso enemistad” entre la simiente de la mujer y la simiente de la serpiente. En Gal. 3:16 Pablo usa el termino “simiente” y lo aplica a Cristo como individuo, dándonos a entender que la simiente de la mujer es el pueblo de Dios elegido. De igual manera puede notarse que la simiente de la serpiente son esa porción de la raza humana no elegida por Dios. Prestemos atención a las palabras del señor Jesús en Jn. 6:70; 8:44. Y las de Pablo, Hech. 13:10.
4. LA GRACIA EFICAZ. EL LLAMAMIENTO EFICAZ
La confesión de Westminster presenta la doctrina de la gracia eficaz de la siguiente manera, “A todos a quienes Dios ha predestinado para vida, y a ellos solamente, la agrada en su tiempo señalado y aceptado, llamar eficazmente por su palabra y Espíritu fuera del estado de pecado y muerte en que están por naturaleza, a la gracia y salvación por Jesucristo, iluminando espiritual y salvadoramente su entendimiento, a fin de que comprendan las cosas de Dios; quitándoles el corazón de piedra y dándoles uno de carne, renovando sus voluntades y por su potencia todopoderosa, induciéndoles hacia aquello que es bueno, y trayéndoles eficazmente a Jesucristo; de tal manera que ellos vienen con absoluta libertad, habiendo recibido por la gracia de Dios la voluntad de hacerlo” (cap. X secc. I y2) ver cat. men. preg. 31
Creemos que los méritos de la obediencia y del sufrimiento de Cristo son suficientes, adecuados y ofrecidos gratuitamente a todos los hombre. Pero surge la pregunta, ¿Por qué se salva y otro se pierde? ¿Por qué razón unos se arrepienten y creen, mientras que otros, con los mismos privilegios externos no se arrepienten? El calvinista sostienen que es Dios quien causa la diferencia. El arminiano, atribuye la diferencia a los hombres mismos.
Las escrituras enseñan que el hombre en su estado natural está totalmente muerto en su pecado, y que Dios por su gracia nos resucita. Ef. 2:1,4-6; Jn. 5:24; Col. 2:13; Tit. 3:5; 1 Ped. 2:9; II Cor. 5:17; Ez. 11:19.
La regeneración y el llamamiento eficaz, no viola la libertas del hombre. Dios tampoco trata al hombre como si fuese una piedra o un pedazo de madera. Dios ilumina la mente y cambia todos los conceptos erróneos que el pecador abriga sobre Dios sobre sí mismo, y sobre el pecado. La persona regenerada comienza a ser guiada por nuevos motivos y deseos, y cosas que antes odiaba, ahora ama y desea. Este cambio no acontece por ninguna compulsión externa, sino debido a un nuevo principio de vida creado en el alma y que busca lo que le satisface.
5. LA PERSEVERANCIA DE LOS CREYENTES. (DE LOS SANTOS)
la doctrina de la perseverancia de los santos aparece en la confesión Westminster de la manera siguiente: “A quienes Dios ha aceptado en su amado, y que han sido eficazmente llamados y santificados por su Espíritu, no pueden caer ni total ni definitivamente del estado de gracia, sino que ciertamente han de perseverar en él hasta el fin, y serán salvados eternamente. Fil. 1:6; 2 Ped. 1:10; Jn. 10:28,29; 1 Jn. 3:9. cap. XVII secc. 1 y 2
Esta perseverancia… depende no de su propio libre albedrío, sin o de la inmutabilidad del decreto, que fluye del amor gratuito e inmutable de Dios Padre (2 Tim. 2.18,19; Jer. 31:3) de la eficacia del mérito y de la intercesión de Jesucristo (Heb. 10:10,14; 13:20,21; 7;25; 9:12-15; Jn. 17:11,24; Rom. 8:33-39) de la morada del Espíritu” (Jn. 14:16,17: 1 Jn. 2:27; 3:9). Si Dios ha escogido incondicionalmente a ciertas personas para vida eterna, y si su Espíritu aplica eficazmente a éstas los beneficios de la redención, entonces la conclusión es, que estas personas serán eternamente salvas. La perseverancia no depende de nuestras buenas obras sino de la gracia de Dios. Pablo enseña que los creyentes no están bajo la ley sino bajo la gracia y por esto no pueden ser condenados por haber violado la ley (Rom. 6:14; 7:4,8; 4:15; Gal. 5:3).
La doctrina de la perseverancia, no significa que el creyente no pueda caer en pecado, el mejor de lo creyentes aun puede caer en pecado. (2 Cor. 4:7; Rom. 7:19-25) En cuanto a los supuestos creyentes que se apartan de la fe definitivamente, demuestra que nunca han sido hijos de Dios. La cizaña nunca fue trigo. Mat. 13:38; 2 Cor. 11:14; Mt. 24:24; Rom. 9:6,7; 1 Jn. 2:9; Apc. 2:9.
LA REDENCIÓN LIMITADA
Un Sermón predicado el 28 de Febrero de 1858, por C.H. Spurgeon. En El Salón de Música, Royal Surrey Gardens, Inglaterra
LA REDENCIÓN LIMITADA
“Como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” Mateo 20:28
El día en que por primera vez ocupé este púlpito en el cumplimiento de mi ministerio para predicar en esta sala, mi congregación tenía el aspecto de una masa irregular de personas, reunidas de todas las calles de esta ciudad para oír la Palabra. Entonces, se trataba simplemente de un evangelista predicando el Evangelio a muchos que nunca lo habían oído anteriormente. Por la gracia de Dios, el más bendito cambio tuvo lugar; y ahora, en vez de contar con una multitud irregular y fluctuante, mi congregación es tan estable como la de cualquier ministro de Londres. Desde este púlpito, puedo contemplar las caras de mis amigos que han ocupado los mismos sitios, tan exactamente como les ha sido posible, durante todos estos meses; y tengo el privilegio y el placer de saber que la mayor parte de ellos, tres de cada cuatro de los aquí reunidos, no son personas que hayan entrado en este lugar movidos por la curiosidad, sino que son mis asiduos y constantes oyentes. Y observad cómo mi condición ha cambiado también; pues de ser simplemente un evangelista, ahora me he convertido en vuestro pastor. Antes erais un abigarrado grupo que os juntabais para oírme, pero ahora todos estamos unidos por los lazos del amor, y por medio de este contacto hemos crecido en amor y respeto los unos para con los otros, y habéis llegado a ser las ovejas de mi dehesa y miembros de mi rebaño. Y es para mí un honor el asumir el cometido de pastor en este lugar, así como en la capilla donde desarrollo mi ministerio por la tarde. Creo, pues, que como congregación y el lugar han cambiado, no extrañará a nadie que las enseñanzas también sufran un pequeño cambio. Ha sido siempre mi costumbre el dirigirme a vosotros con las verdades sencillas del Evangelio, y raras veces he tratado de explorar en lo profundo de Dios. Un texto que yo haya considerado apropiado para mi congregación de por la tarde, no lo sometería a vuestra consideración por la mañana. Hay elevadas y sublimes doctrinas, las cuales he tenido frecuentemente la oportunidad de tratar en mi propio local, que no me he tomado la libertad de traerlas aquí, considerándoos como concurrencia reunida casualmente para oír la Palabra. Pero ahora, puesto que las circunstancias han cambiado, la enseñanza también cambiará. No me ceñiré simplemente a la doctrina de la fe, o a la enseñanza del bautismo del creyente. No trataré de una manera superficial las cosas, sino que me aventuraré, según Dios quiera guiarme, a penetrar en aquello que es la base de nuestra amada religión. No me alteraré si os predico la doctrina de la soberanía divina, ni temblaré si os anuncio de forma clara y sin reservas la de la elección. No tendré miedo de exponeros la gran verdad de la perseverancia final de los santos, ni la inequívoca doctrina del llamamiento eficaz de los elegidos de Dios. Me esforzaré, hasta donde Dios me ayude, en no ocultar nada a vosotros, mi nuevo rebaño. Considerando que muchos ya habéis “gustado que el Señor es benigno”, procuraremos examinar detenidamente todo el sistema de las doctrinas de la gracia, para que los santos puedan ser edificados y reafirmados en su más santa fe.
Así pues, comenzaremos esta mañana con la doctrina de la redención. El Señor vino para “dar su vida en rescate por muchos”.
Esta doctrina es una de las más importantes del sistema de la fe. Un error en este punto nos llevaría inevitablemente a la más completa confusión de todo el sistema de nuestras creencias.
Ahora bien, vosotros sabéis que hay diferentes teorías en cuanto a la redención. Todos los cristianos creen que Cristo murió para redimir, pero no todos enseñan la misma redención. Discrepamos sobre la naturaleza de la expiación, y sobre el propósito de la misma redención. Por ejemplo, los arminianos dicen que Cristo, cuando murió, no fue con la intención de salvar a ninguna persona en particular, y enseñan que su muerte no asegura, más allá de toda duda, la salvación de ningún hombre determinado. Ellos creen que Jesús murió para hacer posible la salvación de todos y que, haciendo algo más, cualquiera que lo desee puede alcanzar la vida eterna; en consecuencia, se ven obligados a mantener que, si la voluntad humana no cede y se entrega voluntariamente a la gracia, la expiación de Cristo será inútil. Sostienen que no hay nada especial ni particular en la muerte de Cristo. Jesús murió, según ellos, tanto por Judas en el infierno como por Pedro que subió al cielo. Creen que ha habido una verdadera y real redención tanto para los que han sido entregados al fuego eterno, como para aquellos que están delante del trono del Altísimo. Pero nosotros no creemos tal cosa. Afirmamos que, cuando Cristo murió, lo hizo con un propósito definido, y que este propósito se cumplirá con toda exactitud y sin ningún genero de duda. Medimos el objeto de la muerte de Cristo por su resultado. Si alguien nos preguntara: “¿Qué se propuso Cristo con su muerte?”, responderíamos con otra pregunta: “¿Qué ha hecho Cristo, o que hará Cristo por su muerte?” Porque nosotros declaramos que la medida del efecto del amor de Cristo, es la medida de su objeto. No podemos falsear de tal forma nuestra razón como para creer que la intención del Todopoderoso podría ser frustrada, o que el propósito de algo tan grande como la expiación podría fracasar por alguna causa. Mantenemos y no tenemos reparo en decir lo que creemos que Cristo vino a este mundo con la intención de salvar “una gran multitud que nadie puede contar”; y como resultado de ello, estamos seguros de que todos aquellos por quienes El murió, serán certísimamente limpios de pecado, y permanecerán delante del trono del Padre, lavados por sangre. No creemos que Cristo efectuara una expiación eficaz por los que están condenados para siempre; no osaríamos pensar que la sangre de Cristo fue derramada con la intención de salvar a aquellos que Dios previó que nunca serian salvos, y menos aún que, de acuerdo con lo que dicen algunos, Cristo muriera por muchos que ya estaban en el infierno cuando Él subió al Calvario.
He expuesto así someramente nuestra teoría de la redención y aludido a las diferencias que separan a dos grandes grupos de la iglesia profesante. Trataré ahora de mostrar la grandeza de la redención de Jesucristo y, al hacerlo, espero ser ayudado por el Espíritu de Dios para sacar a la luz todo el gran sistema de la redención, de forma que pueda ser comprendido por todos nosotros, aunque no todos lo aceptemos. Pero debéis tener presente, si es que algunos estáis dispuestos a discutir lo que yo afirmo, que eso de argumentar no va conmigo; yo enseñaré siempre las cosas que considere ser la verdad, sin impedimento ni estorbo de persona alguna. Vosotros tenéis la misma libertad de acción en vuestros locales, y podéis predicar lo que creáis conveniente en vuestras propias asambleas, como yo pretendo tener el derecho de hacerlo en la mía, plena y decididamente.
Cristo Jesús “dio su vida en rescate por muchos”; y por ese rescate obró gran redención para nosotros. Trataré de mostrar la grandeza de esta redención midiéndola de cinco maneras. Notaremos su grandeza, pues, primeramente, por la atrocidad de nuestra propia culpa, de la cual El nos ha librado; en segundo lugar, apreciaremos su redención por la severidad de la justicia divina; en tercer lugar, la mediremos por cl precio que El pagó, los tormentos que tuvo que sufrir; acto seguido, trataremos de magnificaría estimando la liberación que por El gozamos ahora; y terminaremos haciendo mención del inmenso número por quienes esta redención ha sido efectuada, que nuestro texto describe como “muchos”.
1. Primeramente, pues, veremos que la redención de Cristo, sólo con medirla por NUESTROS PECADOS, no fue algo insignificante. Hermanos, considerad por un momento el abismo de donde habéis sido sacados y la cantera donde habéis sido labrados. Vosotros que habéis sido lavados, purificados y santificados, paraos un momento y recordad vuestro primitivo estado de ignorancia; los pecados a los que os entregabais, los delitos en los que os precipitabais, y la continua rebelión contra Dios que teníais como forma ordinaria de vida. Un solo pecado puede perder un alma para siempre; no hay capacidad en la mente humana para poder comprender la maldad infinita que encierran las entrañas de un solo pecado, ni la inmensidad de la culpa que se esconde en una sola de las transgresiones contra la majestad de las alturas. Así, sólo con que vosotros y yo hubiésemos pecado una sola vez, nada que no fuera una expiación de infinito valor podría haber borrado jamás el pecado y satisfecho por él. Pero ¿es cierto que vosotros y yo fuimos transgresores solamente una vez? No, hermanos míos, nuestras iniquidades fueron más numerosas que los cabellos de nuestra cabeza, y han prevalecido poderosamente sobre nosotros. Podemos contar las arenas de la mar, o averiguar las gotas que encierra el vasto océano, antes que enumerar las transgresiones que han marcado nuestras vidas. Recordemos nuestra niñez. ¡Qué temprano comenzamos a pecar! ¡Cómo desobedecíamos a nuestros padres y hacíamos de nuestra boca cueva de mentiras! ¡Cuán pícaros y desobedientes fuimos en nuestra infancia! Testarudos y veleidosos, prefiriendo nuestra propia voluntad, rompíamos violentamente todo freno o moderación que nuestros piadosos padres ejercían sobre nosotros. Nuestra adolescencia tampoco nos apaciguó. Furiosamente, muchos de nosotros, nos precipitamos en la vorágine de la danza del pecado. Nos convertimos en guías de iniquidad; no solamente pecamos nosotros, sino que enseñamos a otros. Y al llegar a la madurez, y entrar en la flor de la vida, llegamos a ser más sobrios en apariencia, y quizá nos liberamos de la disipación de la juventud; pero, ¡que mejoría tan imperceptible! A menos que la gracia soberana de Dios nos haya renovado, no somos mejor de lo que éramos al principio; y aunque este cambio haya sido operado en nosotros, aún tenemos pecados de qué arrepentimos, y aún hemos de poner nuestras bocas en el polvo, y ceniza sobre nuestras cabezas, clamando: ” ¡inmundo!, ¡inmundo!” Y vosotros también, los que os apoyáis cansados en vuestro bastón, soporte de vuestra vejez, ¿no quedan todavía pecados adheridos a vuestras ropas? ¿Son vuestras vidas tan blancas como los albos cabellos que coronan vuestras cabezas? ¿No sentís que la trasgresión salpica todavía los bordes de vuestros vestidos manchando su albura? ¡Cuán frecuentemente os habéis hundido en el arroyo hasta que vuestra misma ropa os ha causado náuseas! Posad vuestros ojos sobre los sesenta, setenta u ochenta años que Dios os ha perdonado la vida, y decidme si podéis contar vuestras innumerables transgresiones o calcular el peso de los delitos que habéis cometido. ¡Oh, estrellas del cielo!, el astrónomo puede medir vuestra distancia y decirnos vuestra altura, pero vosotros, ¡Oh, pecados de la humanidad!, sobrepasáis toda medida y conocimiento. ¡Y vosotras, altas montañas!, venero de tempestades y nido de tormentas; el hombre puede trepar a vuestras cimas y hollar vuestras nieves con su pie; pero vosotras, ¡Oh, simas de transgresiones!, sois más hondas que todo cuanto nuestra imaginación pudiera profundizar. ¿Me acusáis vosotros, queridos oyentes, de que denigro la naturaleza humana? Si lo hacéis es, porque no la conocéis. Si Dios os hubiera mostrado vuestros corazones, daríais testimonio de que, lejos de exagerar, mi pobre palabra falla en el intento de describir la grandeza de nuestra perversidad. ¡Ay!, si cada uno de todos nosotros miráramos hoy en el interior de nuestros corazones, y nuestro, ojos pudieran penetrar hasta ver la iniquidad que, como con punta de diamante, está grabada en nuestras rocosas entrañas, tendríamos que decirle al ministro que, aunque el pudiera describir la gravedad de nuestra maldad, su descripción siempre sería pobre. ¡Cuán grande, pues, amados, tuvo que ser el rescate pagado por Cristo para salvarnos de todos estos pecados! Los hombres por quienes Jesús murió, por grandes que fueran sus pecados, fueron justificados de todas sus transgresiones cuando creyeron. Aunque pudieran haber caído en los más grandes vicios, y se hubieran entregado a los más bajos deseos que Satanás les insinuaba y que el hombre fuera capaz de cometer, toda la culpa fue borrada solamente con creer. Quizá han andado años tras año metidos en tinieblas de maldad hasta que su pecado ha llegado a ser doblemente negro y horrible; pero en un momento de fe, en un momento de triunfal confianza en Cristo, la gran redención quitó la culpa de muchos años. Y no sólo eso, sino que si fuera posible que todos los pecados que la humanidad ha cometido en pensamiento, palabra, y obra, desde que el mundo fue hecho fueran cargados sobre una sola y pobre cabeza, la gran redención es totalmente suficiente para borrarlos todos y emblanquecer al pecador más que la misma nieve.
¡Oh!, ¿quién medirá la altura de la suprema suficiencia del Salvador? Al que lo intente, habladle primero de la inmensidad del pecado y, después, recordadle que, como Noé permaneció sobre la cima de las montañas de la tierra, la sangre de la redención de Cristo creció sobre las cumbres de las montañas de nuestros pecados. En los atrios celestiales hay hombres que una vez fueron asesinos, ladrones, borrachos, fornicarios, blasfemos y perseguidores; pero que han sido lavados, han sido santificados. Preguntadíes de dónde nace el brillo de sus ropas, y dónde se ha perfeccionado su pureza, que todos al unísono os contestarán que han lavado sus vestiduras y las han emblanquecido en la sangre del Cordero. ¡Oíd vosotros, los que tenéis la conciencia afligida!, ¡los trabajados y cargados!, ¡los que gemís bajo el peso de vuestros pecados!; la gran redención que ahora os proclamamos es del todo suficiente para colmar vuestras necesidades. Y si la multitud de vuestros pecados sobrepasase en número a las estrellas que engalanan el cielo, sabed que hay una expiación hecha por todos ellos, un río que puede arrastrarlos y llevarlos lejos de vosotros para siempre. Ésta es, pues, la primera medida de la expiación: la atrocidad de nuestra culpa.
II. En segundo lugar, debemos medir la gran redención. POR LA SEVERIDAD DE LA JUSTICIA DIVINA. “Dios es amor”, bondad infinita; pero mi próxima proposición no contradiga en modo alguno esta aseveración. Dios es severamente justo, inflexiblemente riguroso en su trato con el hombre. El Dios de la Biblia no es la clase de dios que algunos imaginan, que tiene tan en poco el pecado que lo pasa por alto sin exigir el castigo debido. No es el dios de aquellos que creen que nuestras transgresiones son minucias, simples pecadillos a los que el dios del cielo hace la vista gorda y tolera hasta que mueran marchitos por el olvido. No, Jehová, el Dios de Israel, ha dicho de sí mismo “El es Dios celoso”. Y he aquí su propia declaración: “De ningún modo justificaré al culpable”. “El alma que pecaré, esa morirá.” Aprended, amigos míos, a considerar a Dios tan severo como si en El no hubiese amor, y tan amoroso como si en Él no hubiera severidad. Su amor no atenúa su justicia, ni su justicia, en el más mínimo grado, hace mella en su amor. Las dos cosas están dulcemente enlazadas en la expiación de Cristo. Pero notad que nunca podremos comprender la plenitud de la expiación, si antes no hemos entendido la verdad bíblica de la inmensa justicia de Dios. No ha habido nunca una mala palabra dicha, un mal pensamiento concebido, o una mala acción cometida, que Dios no haya de castigar en la persona de los culpables o en la de otro. El quiere una satisfacción de vosotros, o si no de Cristo. Si no tenéis expiación por medio de Cristo, la deuda que nunca pudisteis saldar, la pagaréis en eterna miseria sin fin; porque, tan cierto como que Dios es Dios, antes perderá su Deidad que dejar un solo pecado sin castigar, o un intento de rebelión sin venganza. Podéis decir que este carácter de Dios es frío, riguroso y severo. No puedo impedir que habléis así; no obstante, lo que he dicho es verdad. Así es el Dios de la Biblia; y aunque repetimos como cierto que Él es amor, no es menos verdad que, además de amor, es suma justicia; porque en Dios se halla todo lo bueno elevado a la perfección, de forma que, mientras el amor alcanza su consumada hermosura, la justicia se torna en severamente inflexible. No hay aberración ni componenda en el carácter de Dios; ninguno de sus atributos destaca sobre los demás de forma que les haga sombra. El amor tiene pleno dominio, y la justicia no está más limitada que su amor. ¡Oh, amados!, pensad, pues, cuán grande debe de haber sido la sustitución de Cristo cuando satisfizo a Dios por todos los pecados de su pueblo. Porque el pecado del hombre exige de Dios eterno castigo, y El ha preparado un infierno para arrojar en él a todos los que mueran impenitentes. ¡Oh, hermanos!, por toda esta eterna aflicción que Dios debió haber cargado sobre nosotros si no hubiera sido abrumada sobre Cristo nuestro sustituto, podréis comprender cuál debió ser la grandeza de la expiación. ¡Mirad!, ¡mirad!, ¡mirad con grave mirada las sombras que nos separan del mundo de los espíritus, y contemplad aquel lugar de desgracia y miseria que los hombres llaman infierno! No podéis soportar el espectáculo. Recordad que allí hay almas pagando para siempre su deuda a la justicia divina; y aunque muchas de ellas han estado en aquel lugar abrasándose en las llamas durante los últimos cuatro mil años, su deuda sigue tan intacta como cuando empezaron; y cuando diez mil veces diez mil años hayan pasado, continuarán sin haber satisfecho a Dios por su culpa, como no lo han hecho hasta ahora. Sabiendo esto, podréis apreciar también la grandeza de la mediación de vuestro Salvador, cuando pagó de una sola vez lo que adeudabais. Así pues, no hay nada de la deuda del pueblo de Cristo que haya quedado sin pagar a Dios, a no ser un gran débito de amor. Para la justicia, el creyente no debe nada; y aunque al principio su deuda fuera tan enorme que toda la eternidad no bastaría para saldarla, aún así, Cristo en un momento la pagó, de manera que el que cree es completamente justificado de toda culpa y librado del castigo por la obra de Jesús. Considerad, pues, la grandeza de su expiación por todo cuanto Él ha hecho.
Haremos aquí una pausa para exponeros otro pensamiento. Hay veces en que Dios Espíritu Santo muestra la severidad de la justicia en las conciencias de los hombres. Quizás haya aquí alguno cuyo corazón ha sido herido por una sensación de pecado. Uno que era un libertino, no sujeto a nadie; pero ahora, la flecha del Señor se ha hundido firmemente en su corazón y le ha sumido en una esclavitud más dura que la de Egipto. Vedle hoy y escuchad cómo os dice que su culpa le persigue por doquier. El negro esclavo, guiado por la estrella polar, puede escapar de las crueldades de su amo y alcanzar otra tierra donde ser libre; pero nuestro hombre sabe que aunque recorriera todo el ancho mundo, no podría huir de su culpabilidad. El que esta atado por muchas cadenas aún tiene la esperanza de encontrar una lima que le desate y le dé la libertad; pero este hombre os dirá cómo ha probado con oraciones y lágrimas y buenas obras, que no bastaron para soltar los grillos de sus muñecas; ahora se siente como un pobre y perdido pecador, y la emancipación le parece una imposible quimera. El cautivo en la mazmorra piensa a veces que es libre, aunque su cuerpo este preso. Su espíritu rompe los muros de su celda, y vuela a las estrellas como el águila, que no es esclava de nadie; pero este hombre es esclavo de sus mismos pensamientos; no puede tener una idea alegre o feliz. Su alma ha sido abatida, las cadenas se han soldado con su espíritu, y está sumamente afligido. El preso olvida a veces su esclavitud en el sueno, mas este hombre no puede dormir; por la noche sueña con el infierno, y durante el día le parece vivir en él; un horno de fuego arde en su corazón, y haga lo que haga no lo puede apagar. Ha sido confirmado, ha sido bautizado, recibe los sacramentos, asiste a la iglesia o frecuenta alguna capilla, guarda todas las reglas y obedece todos los preceptos; pero a pesar de ello el fuego sigue ardiendo. Da limosnas a los pobres, está dispuesto a dar su cuerpo para ser quemado, da de comer al hambriento, visita al enfermo, viste al desnudo; pero el fuego continúa ardiendo, y haga lo que haga no lo puede apagar. ¡Oid vosotros, hijos de aflicción y fatiga!, esto que sentís es la justicia de Dios que os busca, y bienaventurados sois por ese sentimiento, porque es a vosotros a quienes os predico este glorioso Evangelio del bendito Dios. Vosotros sois los hombres por los que Cristo ha muerto; por vosotros El ha satisfecho la severa justicia; y ahora todo lo que tenéis que hacer para lograr la paz de la conciencia es decir a vuestro adversario que os busca: “¡Mira allí! Cristo murió por mí; yo sé que mis buenas obras no te detendrían ni mis lágrimas te apiadarían; pero ¡mira allí! ¡Contempla a mi Dios sangrante, pendiente de la cruz! ¡Escucha su lamento de muerte! ¡Vele morir! ¿No estás ahora satisfecho?” Y cuando hayáis hecho esto, tendréis la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, la cual guardará vuestro corazón y mente por Cristo Jesús Señor nuestro; y así conoceréis la grandeza de su expiación.
III. En tercer lugar, mediremos la grandeza de la redención de Cristo por EL PRECIO PAGADO. Es imposible para nosotros saber cuán grandes fueron los tormentos de nuestro Salvador; pero el contemplarlos nos dará una pequeña idea de la magnitud del precio que pagó por nosotros. ¡Oh, Jesús!, ¿quien describirá tu agonía?
“¡Venid a mí, vosotros los manantiales, todos,
Morad en mi cabeza; ; venid, nubes y lluvia!;
Mi aflicción necesita de todas esas aguas
Que la naturaleza ha engendrado en vosotros.
Veneros, parid ríos que aneguen estos ojos,
Mis ojos ya cansados, y por el llanto secos
A menos que otros canos los llenen nuevamente,
Y despierten sus fuerzas, para que prestar puedan
A mi dolor inmenso los chorros de sus fuentes.”
¡Oh, Jesús!, Tú fuiste víctima desde tu nacimiento, varón de dolores, experimentado en quebranto. Los sufrimientos cayeron sobre ti en llovizna perpetua, hasta la última pavorosa hora de tinieblas; y entonces, no como nube, mas como torrente, como catarata de aflicción, tus agonías se precipitaron sobre ti. ¡Vedle allá! Es noche de frío y escarcha, pero Él está en el campo. Es de noche; no duerme, sino que está en oración. ¡Oid en el silencio sus gemidos! ¿Ha tenido nunca ningún hombre lucha como la suya? ¡Acercaos y mirad su faz! ¿Habéis visto alguna vez sobre rostro mortal semejante sufrimiento como podéis contemplar en ella? ¿Oís sus palabras? “Mi alma está muy triste, hasta la muerte.” Se levanta; es agarrado y prendido por los traidores. Avancemos hacia el sitio en que ha estado en agonía. ¡Oh, Dios!, ¿qué es lo que ven nuestros ojos? ¿Qué es esto que mancha la tierra? ¡Sangre! ¿De dónde? ¿Quizás de alguna herida que se ha abierto de nuevo por su espantosa lucha? ¡Ah!, no. “Fue su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra.” ¡Oh, agonías que las palabras no bastan para describir! ¡Oh, sufrimientos que el lenguaje es pobre para narrar! ¡Cuán terribles debisteis ser que excitasteis el bendito ser del Salvador hasta hacer brotar sudor de sangre de todo su cuerpo! Y este es el principio, el comienzo de la tragedia. Seguidle tristemente, Iglesia afligida, para dar testimonio de la consumación. Es acuciado en tropel por las calles, arrastrado de un tribunal a otro, desechado y condenado ante el Sanedrín, escarnecido por Herodes, juzgado por Pilato. Su sentencia es pronunciada: “¡Sea crucificado!” Y ahora la tragedia llega a su momento culminante. Su espalda es desnudada, es amarrado a la columna romana del suplicio. El sangriento látigo levanta tiras de piel, y como por un río de sangre sus lomos se tintan de grana; vestidura carmesí que le proclama emperador de aflicción. Es metido en el cuerpo de guardia; sus ojos son vendados, y la soldadesca le abofetea y le dice: “Profetiza quién es el que te hirió”. Escupen sobre su rostro, tejen una corona de espinas y la clavan sobre sus sienes, le visten con un manto de grana, hincan la rodilla delante de El burlándose. Enmudece, no abre su boca. “Cuando le maldecían, no retornaba maldición”, sino que encomendó su causa a Aquel a quien vino a servir. Y ahora lo asen, y entre burlas y desprecio lo sacan del palacio y lo llevan en tropel por las calles. Desfallecido por los continuos ayunos y abatido por su agonía de espíritu, tropieza bajo el peso de su cruz. ¡Hijas de Jerusalén!, Él desmaya en vuestras calles. Lo vuelven a levantar, ponen su cruz sobre otros hombros, y lo empujan, quizás a punta de lanza, hasta que llega al monte de la ejecución. Groseros soldados caen sobre Él y lo tumban sobre su espalda; el leño cruzado queda bajo Él, sus brazos son distendidos cuanto el cruel suplicio requiere, los clavos son preparados; cuatro martillos los clavan a una en las partes más tiernas de su cuerpo, y helo allí, acostado sobre el madero, muriendo en su cruz. Todavía no se ha terminado. El leño es alzado por los rudos soldados. El agujero ya está preparado. La cruz es soltada bruscamente en él, lo rellenan con tierra, y allí queda.
Pero mirad los miembros del Salvador, ¡cómo tiemblan! ¡Todos sus huesos se han descoyuntado por el golpe cruel del madero contra el suelo! ¡Cómo llora! ¡Cómo gime! ¡Cómo solloza! Y aún más; oíd su último grito de agonía: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” ¡Oh, sol, no me pasma que cerraras tus ojos para no contemplar por más tiempo un hecho tan cruel! ¡Oh, rocas, no me maravilla que la compasión ablandara y rompiera vuestros corazones cuando vuestro Creador murió! Nunca sufrió nadie como El. Aun la muerte se enterneció, y muchos de los que estaban retenidos en sus tumbas salieron y bajaron a la ciudad. Pero estas fueron todas las señales externas; y creedme, hermanos, lo que no se vio fue muchísimo peor. Lo que nuestro Salvador sufrió en su cuerpo no es nada comparado con el suplicio de su alma. No podéis imaginaros, ni yo tengo palabras para ayudaros, el sufrimiento moral de nuestro Redentor. Suponed por un momento -y repito esta idea que a menudo he usado- suponed a un hombre que ha caído en el infierno; imaginaos que todos sus eternos tormentos pudieran concentrarse en una hora y ser multiplicados por el número de los salvados, número que sobrepuja toda humana consideración. ¿Podéis imaginar así la inmensidad de la desgracia y miseria de los sufrimientos del pueblo de Dios, si hubiese sido castigado por toda la eternidad? Y recordad que Cristo tuvo que soportar el equivalente a todos los infiernos de sus redimidos. Es imposible expresar este pensamiento mejor que con aquellas conocidas palabras: El infierno fue puesto en su copa; El la tomó, y en un terrible trago de amor bebió la condenación hasta las heces”. Así pues, apuró todas las penas y miserias infernales para que su pueblo jamás tuviera que sufrirías. Yo no digo que El sufriera en esa misma proporción, sino que sufrió en conformidad a la deuda de los suyos, pagó a Dios por todos los pecados de su pueblo, y llevó un castigo equivalente al de ellos. ¿Podéis ahora imaginar, podéis haceros una idea de la gran redención de nuestro Señor Jesucristo?
IV. Seré muy breve en este punto que consideraremos ahora. La cuarta manera de medir las agonías del Salvador es ésta: POR LA GLORIOSA LIBERACIÓN QUE ÉL HA EFECTUADO.
¡Levántate, creyente; permanece firme y seguro, y da testimonio de la grandeza de lo que el Señor ha hecho por ti! Déjame que lo diga en lugar tuyo. Yo diré tu experiencia y la mía en un solo corazón. Una vez mi alma estaba cargada de pecado. Me rebelé contra Dios y gravemente le ofendí. Los terrores de la ley me asaltaban, el desasosiego de mi convicción me conturbaba. Me vi culpable. Mire al cielo y contemplé un Dios airado decidido a castigarme. Torné mis ojos al suelo, y allí había un infierno abierto, listo para devorarme. Busqué mis buenas obras para satisfacer mi conciencia; pero todo fue en vano. Traté de apaciguar la intranquilidad que ardía en mí asistiendo a las ceremonias religiosas; pero todo fue inútil. Mi alma estaba triste, hasta la muerte. Pude haber dicho como el antiguo enlutado: “Mi alma escogerá la asfixia y la muerte antes que la vida”. He aquí el gran interrogante que siempre me dejaba perplejo: “Yo he pecado, Dios debe castigarme, pues ¿cómo sería Él justo si no? Entonces, si es justo, ¿qué será de mí? Hasta que, una vez, mis ojos repararon en aquella dulce palabra que dice: “La sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado”. Con aquel texto entré en mi cuarto, y en mi soledad medité. Vi a uno pendiente de una cruz: era mi Señor Jesús. Allí estaba la corona de espinas y las señales de inigualable y sin par miseria. Mire a El, y a mi pensamiento acudió aquel versículo que dice: “Palabra fiel y digna de ser recibida de todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”. Y me dije: “¿Murió este hombre por los pecadores? Yo soy uno de ellos; así pues, Él murió por mí. Todos aquellos por quienes El murió serán salvos; yo soy pecador, El murió por mí, Él me salvará”. Mi alma confió en aquella verdad. Mire a El, y cuando “contemplé el flujo de su sangre redentora”, mi espíritu se regocijó, y pudo decir:
Nada traigo en mis manos a tu luz,
Sólo vengo a abrazarme a tu cruz;
En ti, mi desnudez halla vestido;
Desamparado, busco gracia en ti,
Y mi mancha, a tu fuente, traigo aquí,
¡Lávame, Salvador, o estoy perdido!”
Y ahora te toca a ti, creyente, decir lo que queda. Desde el momento que creíste, tus hombros fueron descargados, y fuiste hecho más ligero que el aire. La luz sustituyó a la oscuridad; en lugar de vestidos de tristeza, fuiste vestido con ropas de alabanza. ¿Quién describirá tu gozo? Cantas en la tierra himnos celestiales, y tu sosegada alma disfruta ya del eterno reposo de los redimidos. Porque has creído, has entrado en el reposo. Sí, pregónalo por el mundo; todos aquellos que creen son justificados por la muerte de Jesús de todo lo que no pudieron ser librados por las obras de la ley Di en el cielo que nadie puede acusar a los elegidos de Dios. Anuncia a toda la tierra que los redimidos de Dios están limpios de pecado a los ojos de Jehová. Grita aún al mismo infierno que los escogidos de Dios nunca irán allá; porque si Cristo murió por ellos, ¿quién los condenará?
V. Nos hemos dado un poco de prisa en acabar esta consideración, para entrar en el último punto, el más dulce de todos. Se nos dice en nuestro texto que Jesucristo vino al mundo “para dar su vida en rescate por muchos”. Podemos medir la grandeza de la redención de Cristo por el INMENSO NÚMERO POR QUIENES HA SIDO EFECTUADA. Él dio su vida “en rescate por muchos”. Nos vemos obligados a tratar de nuevo esta cuestión tan discutida. Frecuentemente se nos dice (me refiero a aquellos que comúnmente somos apodados por el nombre de calvinistas -por cierto que no nos avergonzamos de ello; creemos que Calvino, después de todo, sabia más del Evangelio que casi todos los hombres que han vivido, a excepción de los escritores inspirados-); frecuentemente se nos dice, pues, que nosotros limitamos la expiación de Cristo por el hecho de que decimos que Él no ha satisfecho por todos los hombres, o de otro modo todos serían salvos. Pero tenemos que volver contra ellos su misma imputación, son ellos los que hacen la limitación no nosotros. Los arminianos dicen que Cristo murió por todos los hombres. Pedidles que os expliquen eso. ¿Murió Cristo para asegurar la salvación de todos los hombres? “No, ciertamente no”, dirán. ¿Murió Cristo para asegurar la salvación de algún hombre en particular? De nuevo, “no”; y tienen que admitirlo así, si son consecuentes. Dicen: “No; Cristo murió para que cualquier hombre pueda ser salvo si…”, y añaden ciertas condiciones para la salvación. Nosotros decimos, pues, volviendo a la primera afirmación: Cristo no murió para asegurar la salvación de nadie, ¿verdad? Tenéis que decir que “no”; os veis obligados a ello, porque creéis que el hombre puede caer de la gracia y perderse, aún después de haber sido perdonado. Así pues, ¿quiénes son los que limitan la muerte de Cristo? Vosotros. Decís que Cristo no murió para asegurar infaliblemente la salvación de nadie. Os presentamos nuestras excusas, cuando nos acusáis de ser nosotros los que limitamos la muerte de Cristo. “No, queridos amigos, sois vosotros los que lo hacéis. Nosotros decimos que Cristo murió para asegurar infaliblemente la salvación de una multitud que nadie puede contar, quienes por Su muerte, no solamente podrán ser salvos, sino que lo serán, deben serlo, y de ninguna manera correrán el riesgo de ser otra cosa que salvados. Que os aproveche vuestra expiación; podéis guardárosla. Nosotros no renunciaremos a la nuestra por lo que vosotros digáis.
Ahora, amados, cuando oigáis a alguien que se ríe o se burla de una expiación limitada, podéis decirle que la expiación universal es como un puente de gran anchura que sólo tiene medio arco, no cruza el río: solamente llega hasta la mitad del camino y no asegura la salvación de nadie. Así que yo prefiero poner mi pie sobre un puente tan estrecho como el de Hungerford, que llega hasta la otra orilla, antes que en uno tan ancho como el mundo, pero que no cruce la corriente. Hay quienes me dicen que es mi obligación el anunciar que todos los hombres han sido redimidos, y que las Escrituras lo atestiguan: “El cual se dio a sí mismo en precio del rescate por todos, para testimonio en sus tiempos”. Pero también parecen haber poderosos argumentos que se oponen a esta interpretación. Por ejemplo: “El mundo se va tras de Él”. ¿Quiere ello decir que todo el mundo iba tras de Cristo? “Y salía a Él toda la provincia de Judea, y los de Jerusalén; y eran todos bautizados por él en el río de Jordán.” ¿Fue toda Judea, o toda Jerusalén bautizada en el Jordán? “Sabemos que somos de Dios”, y “todo el mundo está puesto en maldad”. ¿Quiere decir “todo el mundo” todas las personas? Si así fuera, ¿quiénes serían los “de Dios”? Las palabras “mundo” y “todos” tienen siete u ocho significados en la Escritura; y pocas veces “todos” significa todas las personas una por una. Esas palabras se usan generalmente para dar a entender que Cristo ha redimido a muchos de todas clases, tanto judíos como gentiles, ricos y pobres; El no ha reservado su redención a judíos ni gentiles.
Dejando la controversia, responderé a una pregunta: ¿Por quién murió Cristo? Respóndeme a un par de preguntas y te diré si Cristo murió por ti. ¿Quieres un Salvador? ¿Sientes necesidad de Él? ¿Tienes conciencia de pecado esta mañana? ¿Te ha enseñado el Espíritu Santo que estás perdido? Si es así, Cristo murió por ti y serás salvo. ¿Tienes conciencia de que Cristo es tu única esperanza en este mundo? ¿Comprendes que no puedes ofrecer por ti mismo una expiación que satisfaga la justicia de Dios? ¿Has abandonado toda confianza en ti mismo? ¿Y puedes decir de rodillas: “Señor, sálvame, o perezco? Cristo murió por ti. Pero si dices: “Soy tan bueno como debo ser; puedo ir al cielo por mis propias obras”, entonces, recuerda lo que la Escritura dice de Jesús: “No he venido a llamar justos, sino pecadores a arrepentimiento”. Mientras permanezcas en estas condiciones no hay expiación para ti. Pero si, por el contrario, esta mañana te sientes culpable, miserable, digno del castigo, y estás dispuesto a aceptar a Cristo como tu único Salvador, no solamente te diré que puedes ser salvado, sino, lo que es mejor, que lo serás. Cuando estés desnudo y no tengas nada excepto la esperanza en Cristo, cuando estés preparado para venir con las manos vacías para que sea tu todo, y tu nada, entonces podrás mirar a Cristo y decirle: “¡Tú bendito, Tú inmolado Cordero de Dios! Tú sufriste mis aflicciones; por tus llagas fui sanado, y por tus sufrimientos fui perdonado.” Y cuando hayas hablado así, sentirás que la paz inunda tu conciencia; porque si Cristo murió por ti, no puedes perderte. Dios no castiga dos veces la misma falta. Y si Cristo fue castigado por ti, jamás te castigara. “El pagó a las demandas de la justicia de Dios no se exige dos veces, primero de la sangrienta mano, y luego de la mía.” Hoy, si creemos en Cristo, podemos subir al mismo trono de Dios; permanecer allí, y cuando se nos diga: “Pero, ¿tú no eres culpable? Y si lo eres, ¿cuál es la razón por la que no has sido castigado?”, podemos decir: “Gran Dios, tu justicia y tu amor son nuestra garantía de que Tú no nos castigarás por nuestros pecados, ¿no castigaste ya a Cristo por ellos? ¿Cómo serías justo, cómo podrías ser Dios si, habiendo Él satisfecho nuestra deuda, la exigieras ahora de nuestras manos?” La única pregunta que debe preocuparos es: “¿Murió Cristo por mí?” Y la única respuesta que puedo daros: “Palabra fiel y digna de ser recibida de todos, que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”. ¿Podéis escribir vuestros nombres detrás de esta frase, entre los pecadores; no entre los pecadores de compromiso, sino entre los pecadores que se sienten como tales, entre los que lloran su culpa, entre los que la lamentan, entre los que buscan misericordia para la misma? ¿Eres pecador? Si así lo sientes, si así lo reconoces, si así lo confiesas, estás invitado a creer que Cristo murió por ti, porque tú eres pecador; y eres instado a caer sobre esta grande e inamovible roca, y a encontrar seguridad eterna en el Señor Jesucristo.



El testimonio divino acerca del hombre es, que él es un pecador. Dios da testimonio contra él; y testifica que «no hay justo, ni aun uno;» que «no hay quien haga lo bueno;» «no hay quien entienda;» «no hay quien busque a Dios,» y, nadie que le ame a Él (Salmos 14:1-3; Romanos 3:10-12). Dios habla del hombre amablemente, pero severamente; así como uno que suspira por su niño perdido, pero uno que no se compromete con el pecado, y de ninguna manera hará libre al culpable. Él declara al hombre ser un perdido, un desviado, un rebelde, un «aborrecedor de Dios» (Romanos 1:30); no un pecador ocasional, pero un pecador siempre; no un pecador en parte, con muchas cosas buenas acerca de él; pero completamente un pecador, sin ninguna bondad compensatoria; malo de corazón y de vida, muerto «en delitos y pecados» (Efesios 2:1); un hacedor de maldad, y por lo tanto bajo condenación; un enemigo de Dios, y por lo tanto «bajo ira;» un violador de la justa ley, y por lo tanto bajo «maldición» de la ley (Gálatas 3:10). El pecador no sólo trae a luz pecado, pero él lo carga consigo mismo, como su segundo de sí mismo; él es un cuerpo o una masa del pecado (Romanos 6:6), un «cuerpo de muerte,» sujeto no a la ley de Dios, pero a «la ley del pecado» (Romanos 7:23,24).