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30 abril, 2010

¡Bendita Trinidad! Por STUART OLYOTT

¡Bendita Trinidad!

Por STUART OLYOTT

La evidencia de la Escritura, pues, nos conduce a la Trinidad: no hay sino un Dios; hay tres que son Dios: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; estos tres son distintos, y están diferenciados entre sí por sus cualidades personales. La generación es un acto del Padre solamente. Solamente del Hijo se puede decir que es engendrado. La procesión sólo puede atri­buirse al Espíritu Santo. De esta manera hemos presentado casi todos los principales puntos de la doctrina de la Trinidad. Solamente unos pocos que­dan por clarificar, lo cual haremos ahora.

La Trinidad ontológica

Libros más complicados que éste hablan de «la Tri­nidad ontológica» (o algunas veces de la «Trinidad esencial»). Esto significa simplemente que dentro de la Divinidad hay un cierto orden definido. El Padre es primero; el Hijo, segundo; y el Espíritu Santo, tercero. Esto no significa que uno haya exis­tido antes que otro, pues cada Persona es eterna­mente Dios. Tampoco significa que uno es mayor, el segundo menor, y el tercero inferior, pues cada Persona es Dios por derecho propio, y las Personas son iguales. Es sencillamente un reconocimiento de las eternas relaciones que existen entre las Personas de la Divinidad.

El Padre no es engendrado por ninguna otra Per­sona. Ni tampoco procede de cualquier otra Perso­na. El es el Padre del Hijo, al que ha engendrado desde la eternidad. El Espíritu procede de El y es su Espíritu. El envía y opera a través tanto del Hijo como del Hijo y el Espíritu Santo, y nunca ocurre lo contrario.

El Hijo es eternamente el Unigénito del Padre, es enviado por El y le revela. También envía al Espíritu Santo y opera por medio de El, que es su Espíritu, y nunca ocurre lo contrario.

El Espíritu Santo procede eternamente del Padre y del Hijo, y actúa para ambos y los revela.

Cada uno es igualmente Dios y, por tanto, igual en honra, poder y gloria. Uno no es Dios más que el otro. Ninguno es más sabio o más santo que las otras Personas. Ninguno esta subordinado al otro: en otras palabras, no tienen diferente rango. Sin embargo, en lo que respecta a las relaciones perso­nales entre ellos, existe este orden concreto, y en este sentido, y solamente éste, está implícita una cierta subordinación. Hay una prioridad, pero no una superioridad. Hay un orden en la Divinidad, pero no hay rangos. Cuando usamos la expresión «Trinidad ontológica», estamos teniendo en cuenta simplemente este hecho. Así es dentro de la Divi­nidad. Así son las cosas entre las Personas de la Trinidad.

La Trinidad económica

Estas relaciones dentro de la Divinidad se reflejan en la manera en que Dios actúa. Esto es lo que significa el término «Trinidad económica». Todo lo que Dios hace procede del Padre: El es primero. Se lleva a cabo a través del Hijo: El es segundo. Y es efectuado por el Espíritu: El es tercero. Todas las obras de Dios son obras de las tres Personas conjun­tamente. Es cierto que algunos versículos de la Es­critura señalan a la creación como la obra del Pa­dre, la redención como la obra del Hijo y la santificación como la obra del Espíritu. Sin embar­go, cuando observamos todo lo que la Escritura tiene que decir, vemos que en cada caso el Padre es la Causa, el Hijo el Mediador, y el Espíritu Santo el que aplica y completa. Por supuesto, hemos de enfatizar de nuevo que las Personas de la Trinidad son co‑iguales. No hay superior ni inferior. Sin em­bargo, hay este orden armónico de las Personas cuando actúa la Divinidad. Así obra Dios.

Podemos ver esto claramente cuando consideramos la obra creadora de Dios. «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Génesis 1:1). Sin embar­go, fue su Hijo «por quien… hizo el universo» (He­breos 1:2), y está muy claro que fue el Espíritu San­to quien efectuó la obra (Génesis 12), pues a El se le describe a menudo como el Agente de la creación (Salmo 104:30). Dios el Padre lo hizo, a través del Hijo, por medio del Espíritu Santo.

Lo vemos en la obra salvadora de Dios. Fue Dios el Padre quien eternamente dio un pueblo escogido a su Hijo, al cual envió al mundo para salvarlos (Juan 6:37‑40). Fue Dios el Hijo el que fue entrega­do a la muerte por sus transgresiones, y resucitado para su justificación (Romanos 4:24,25). Es Dios el Espíritu Santo el que los hace partícipes de los bene­ficios que Cristo ha obtenido para ellos (1 Corin­tios 2:1‑5; 1 Tesalonicenses 1: 5‑ 10). La obra del Es­píritu Santo sigue a la obra del Hijo, de la misma manera que la obra del Hijo sigue a la del Padre. No existe exactamente un orden definido dentro de la Divinidad. Esto se refleja externamente por la manera en que Dios obra. Cuando usamos la expre­sión «Trinidad económica», sencillamente tenemos en cuenta esta verdad.

Sin analogía

No estamos más próximos a explicar el incompren­sible misterio de la Trinidad, pero al menos hemos podido observar lo que de hecho dicen las Escritu­ras acerca del mismo. La verdadera dificultad reside en comprender cómo cada Persona puede ser Dios mismo y, sin embargo, tener esa relación particular con las otras dos Personas. La dificultad continúa, y nunca podrá ser salvada. Está fuera del alcance de la mente humana.

No obstante, desde el primer siglo hasta nuestros días, son muchísimos los que han tratado de descu­brir y usar diferentes analogías e ilustraciones para hacer comprensible la verdad de la Trinidad (por ejemplo: las tres hojas de un trébol; mente, emocio­nes y voluntad en un hombre; el sol, sus rayos y su calor, etc.). Cada una de ellas es defectuosa de una u otra manera. 0 bien expresa algo menos de lo que la Biblia dice, o algo más, o algo diferente. Debemos reconocerlo: la doctrina de la Trinidad no tiene analogía. No hay manera en absoluto en que podamos ilustrarla. No hay nada comparable en ninguna parte. Es el primer y gran misterio de todos. ¿Cómo puede una ilustración finita describir al Dios infinito? Es el ser de Dios lo que estamos considerando, y El está, por definición, fuera del alcance del entendimiento de los mortales.

La mejor manera de explicarlo

Es imposible saber la verdad acerca de Dios sin estudiar su Palabra. Por consiguiente, no podemos ayudar a la gente a creer este misterio a menos que estén dispuestos a que se les explique la Biblia, o a abrirla por sí mismos. Si tenemos la oportunidad de hablar acerca de este tema con un amigo que muestre interés, ¿por qué no seguir el método y orden de este libro con la Biblia abierta?

Si las circunstancias no permiten una larga expli­cación, lo mejor que podemos hacer es llevar a nuestros amigos a un versículo bíblico que exami­namos en el capítulo 6. Al menos, esto les ayudará a empezar a pensar acerca del tema. El versículo en cuestión es Mateo 28:19, donde Jesús nos man­da que vayamos y hagamos discípulos a todas las naciones, «bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». El no dijo «nom­bres» sino «nombre». Esto aclara que se está refi­riendo a un solo Ser. Solamente hay un Dios. Tam­poco dijo: «del Padre, Hijo y Espíritu Santo», como si estos fueran meramente tres términos con el mis­mo significado, algo así como «yo, mí y mí mismo». Tiene cuidado en señalar que cada uno tiene su propia identidad, y distingue entre ellos diciendo «del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». Sola­mente hay un Dios. Hay tres que son Dios. Estos son uno, en cierto sentido; y tres, en un sentido totalmente diferente. El Padre es primero, el Hijo es segundo y el Espíritu Santo es tercero. Hay, por supuesto, mucho más que decir (como hemos vis­to). Sin embargo, ésta, en esencia, es la doctrina de la Trinidad.

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