LA REDENCIÓN LIMITADA
Un Sermón predicado el 28 de Febrero de 1858, por C.H. Spurgeon. En El Salón de Música, Royal Surrey Gardens, Inglaterra
LA REDENCIÓN LIMITADA
“Como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” Mateo 20:28
El día en que por primera vez ocupé este púlpito en el cumplimiento de mi ministerio para predicar en esta sala, mi congregación tenía el aspecto de una masa irregular de personas, reunidas de todas las calles de esta ciudad para oír la Palabra. Entonces, se trataba simplemente de un evangelista predicando el Evangelio a muchos que nunca lo habían oído anteriormente. Por la gracia de Dios, el más bendito cambio tuvo lugar; y ahora, en vez de contar con una multitud irregular y fluctuante, mi congregación es tan estable como la de cualquier ministro de Londres. Desde este púlpito, puedo contemplar las caras de mis amigos que han ocupado los mismos sitios, tan exactamente como les ha sido posible, durante todos estos meses; y tengo el privilegio y el placer de saber que la mayor parte de ellos, tres de cada cuatro de los aquí reunidos, no son personas que hayan entrado en este lugar movidos por la curiosidad, sino que son mis asiduos y constantes oyentes. Y observad cómo mi condición ha cambiado también; pues de ser simplemente un evangelista, ahora me he convertido en vuestro pastor. Antes erais un abigarrado grupo que os juntabais para oírme, pero ahora todos estamos unidos por los lazos del amor, y por medio de este contacto hemos crecido en amor y respeto los unos para con los otros, y habéis llegado a ser las ovejas de mi dehesa y miembros de mi rebaño. Y es para mí un honor el asumir el cometido de pastor en este lugar, así como en la capilla donde desarrollo mi ministerio por la tarde. Creo, pues, que como congregación y el lugar han cambiado, no extrañará a nadie que las enseñanzas también sufran un pequeño cambio. Ha sido siempre mi costumbre el dirigirme a vosotros con las verdades sencillas del Evangelio, y raras veces he tratado de explorar en lo profundo de Dios. Un texto que yo haya considerado apropiado para mi congregación de por la tarde, no lo sometería a vuestra consideración por la mañana. Hay elevadas y sublimes doctrinas, las cuales he tenido frecuentemente la oportunidad de tratar en mi propio local, que no me he tomado la libertad de traerlas aquí, considerándoos como concurrencia reunida casualmente para oír la Palabra. Pero ahora, puesto que las circunstancias han cambiado, la enseñanza también cambiará. No me ceñiré simplemente a la doctrina de la fe, o a la enseñanza del bautismo del creyente. No trataré de una manera superficial las cosas, sino que me aventuraré, según Dios quiera guiarme, a penetrar en aquello que es la base de nuestra amada religión. No me alteraré si os predico la doctrina de la soberanía divina, ni temblaré si os anuncio de forma clara y sin reservas la de la elección. No tendré miedo de exponeros la gran verdad de la perseverancia final de los santos, ni la inequívoca doctrina del llamamiento eficaz de los elegidos de Dios. Me esforzaré, hasta donde Dios me ayude, en no ocultar nada a vosotros, mi nuevo rebaño. Considerando que muchos ya habéis “gustado que el Señor es benigno”, procuraremos examinar detenidamente todo el sistema de las doctrinas de la gracia, para que los santos puedan ser edificados y reafirmados en su más santa fe.
Así pues, comenzaremos esta mañana con la doctrina de la redención. El Señor vino para “dar su vida en rescate por muchos”.
Esta doctrina es una de las más importantes del sistema de la fe. Un error en este punto nos llevaría inevitablemente a la más completa confusión de todo el sistema de nuestras creencias.
Ahora bien, vosotros sabéis que hay diferentes teorías en cuanto a la redención. Todos los cristianos creen que Cristo murió para redimir, pero no todos enseñan la misma redención. Discrepamos sobre la naturaleza de la expiación, y sobre el propósito de la misma redención. Por ejemplo, los arminianos dicen que Cristo, cuando murió, no fue con la intención de salvar a ninguna persona en particular, y enseñan que su muerte no asegura, más allá de toda duda, la salvación de ningún hombre determinado. Ellos creen que Jesús murió para hacer posible la salvación de todos y que, haciendo algo más, cualquiera que lo desee puede alcanzar la vida eterna; en consecuencia, se ven obligados a mantener que, si la voluntad humana no cede y se entrega voluntariamente a la gracia, la expiación de Cristo será inútil. Sostienen que no hay nada especial ni particular en la muerte de Cristo. Jesús murió, según ellos, tanto por Judas en el infierno como por Pedro que subió al cielo. Creen que ha habido una verdadera y real redención tanto para los que han sido entregados al fuego eterno, como para aquellos que están delante del trono del Altísimo. Pero nosotros no creemos tal cosa. Afirmamos que, cuando Cristo murió, lo hizo con un propósito definido, y que este propósito se cumplirá con toda exactitud y sin ningún genero de duda. Medimos el objeto de la muerte de Cristo por su resultado. Si alguien nos preguntara: “¿Qué se propuso Cristo con su muerte?”, responderíamos con otra pregunta: “¿Qué ha hecho Cristo, o que hará Cristo por su muerte?” Porque nosotros declaramos que la medida del efecto del amor de Cristo, es la medida de su objeto. No podemos falsear de tal forma nuestra razón como para creer que la intención del Todopoderoso podría ser frustrada, o que el propósito de algo tan grande como la expiación podría fracasar por alguna causa. Mantenemos y no tenemos reparo en decir lo que creemos que Cristo vino a este mundo con la intención de salvar “una gran multitud que nadie puede contar”; y como resultado de ello, estamos seguros de que todos aquellos por quienes El murió, serán certísimamente limpios de pecado, y permanecerán delante del trono del Padre, lavados por sangre. No creemos que Cristo efectuara una expiación eficaz por los que están condenados para siempre; no osaríamos pensar que la sangre de Cristo fue derramada con la intención de salvar a aquellos que Dios previó que nunca serian salvos, y menos aún que, de acuerdo con lo que dicen algunos, Cristo muriera por muchos que ya estaban en el infierno cuando Él subió al Calvario.
He expuesto así someramente nuestra teoría de la redención y aludido a las diferencias que separan a dos grandes grupos de la iglesia profesante. Trataré ahora de mostrar la grandeza de la redención de Jesucristo y, al hacerlo, espero ser ayudado por el Espíritu de Dios para sacar a la luz todo el gran sistema de la redención, de forma que pueda ser comprendido por todos nosotros, aunque no todos lo aceptemos. Pero debéis tener presente, si es que algunos estáis dispuestos a discutir lo que yo afirmo, que eso de argumentar no va conmigo; yo enseñaré siempre las cosas que considere ser la verdad, sin impedimento ni estorbo de persona alguna. Vosotros tenéis la misma libertad de acción en vuestros locales, y podéis predicar lo que creáis conveniente en vuestras propias asambleas, como yo pretendo tener el derecho de hacerlo en la mía, plena y decididamente.
Cristo Jesús “dio su vida en rescate por muchos”; y por ese rescate obró gran redención para nosotros. Trataré de mostrar la grandeza de esta redención midiéndola de cinco maneras. Notaremos su grandeza, pues, primeramente, por la atrocidad de nuestra propia culpa, de la cual El nos ha librado; en segundo lugar, apreciaremos su redención por la severidad de la justicia divina; en tercer lugar, la mediremos por cl precio que El pagó, los tormentos que tuvo que sufrir; acto seguido, trataremos de magnificaría estimando la liberación que por El gozamos ahora; y terminaremos haciendo mención del inmenso número por quienes esta redención ha sido efectuada, que nuestro texto describe como “muchos”.
1. Primeramente, pues, veremos que la redención de Cristo, sólo con medirla por NUESTROS PECADOS, no fue algo insignificante. Hermanos, considerad por un momento el abismo de donde habéis sido sacados y la cantera donde habéis sido labrados. Vosotros que habéis sido lavados, purificados y santificados, paraos un momento y recordad vuestro primitivo estado de ignorancia; los pecados a los que os entregabais, los delitos en los que os precipitabais, y la continua rebelión contra Dios que teníais como forma ordinaria de vida. Un solo pecado puede perder un alma para siempre; no hay capacidad en la mente humana para poder comprender la maldad infinita que encierran las entrañas de un solo pecado, ni la inmensidad de la culpa que se esconde en una sola de las transgresiones contra la majestad de las alturas. Así, sólo con que vosotros y yo hubiésemos pecado una sola vez, nada que no fuera una expiación de infinito valor podría haber borrado jamás el pecado y satisfecho por él. Pero ¿es cierto que vosotros y yo fuimos transgresores solamente una vez? No, hermanos míos, nuestras iniquidades fueron más numerosas que los cabellos de nuestra cabeza, y han prevalecido poderosamente sobre nosotros. Podemos contar las arenas de la mar, o averiguar las gotas que encierra el vasto océano, antes que enumerar las transgresiones que han marcado nuestras vidas. Recordemos nuestra niñez. ¡Qué temprano comenzamos a pecar! ¡Cómo desobedecíamos a nuestros padres y hacíamos de nuestra boca cueva de mentiras! ¡Cuán pícaros y desobedientes fuimos en nuestra infancia! Testarudos y veleidosos, prefiriendo nuestra propia voluntad, rompíamos violentamente todo freno o moderación que nuestros piadosos padres ejercían sobre nosotros. Nuestra adolescencia tampoco nos apaciguó. Furiosamente, muchos de nosotros, nos precipitamos en la vorágine de la danza del pecado. Nos convertimos en guías de iniquidad; no solamente pecamos nosotros, sino que enseñamos a otros. Y al llegar a la madurez, y entrar en la flor de la vida, llegamos a ser más sobrios en apariencia, y quizá nos liberamos de la disipación de la juventud; pero, ¡que mejoría tan imperceptible! A menos que la gracia soberana de Dios nos haya renovado, no somos mejor de lo que éramos al principio; y aunque este cambio haya sido operado en nosotros, aún tenemos pecados de qué arrepentimos, y aún hemos de poner nuestras bocas en el polvo, y ceniza sobre nuestras cabezas, clamando: ” ¡inmundo!, ¡inmundo!” Y vosotros también, los que os apoyáis cansados en vuestro bastón, soporte de vuestra vejez, ¿no quedan todavía pecados adheridos a vuestras ropas? ¿Son vuestras vidas tan blancas como los albos cabellos que coronan vuestras cabezas? ¿No sentís que la trasgresión salpica todavía los bordes de vuestros vestidos manchando su albura? ¡Cuán frecuentemente os habéis hundido en el arroyo hasta que vuestra misma ropa os ha causado náuseas! Posad vuestros ojos sobre los sesenta, setenta u ochenta años que Dios os ha perdonado la vida, y decidme si podéis contar vuestras innumerables transgresiones o calcular el peso de los delitos que habéis cometido. ¡Oh, estrellas del cielo!, el astrónomo puede medir vuestra distancia y decirnos vuestra altura, pero vosotros, ¡Oh, pecados de la humanidad!, sobrepasáis toda medida y conocimiento. ¡Y vosotras, altas montañas!, venero de tempestades y nido de tormentas; el hombre puede trepar a vuestras cimas y hollar vuestras nieves con su pie; pero vosotras, ¡Oh, simas de transgresiones!, sois más hondas que todo cuanto nuestra imaginación pudiera profundizar. ¿Me acusáis vosotros, queridos oyentes, de que denigro la naturaleza humana? Si lo hacéis es, porque no la conocéis. Si Dios os hubiera mostrado vuestros corazones, daríais testimonio de que, lejos de exagerar, mi pobre palabra falla en el intento de describir la grandeza de nuestra perversidad. ¡Ay!, si cada uno de todos nosotros miráramos hoy en el interior de nuestros corazones, y nuestro, ojos pudieran penetrar hasta ver la iniquidad que, como con punta de diamante, está grabada en nuestras rocosas entrañas, tendríamos que decirle al ministro que, aunque el pudiera describir la gravedad de nuestra maldad, su descripción siempre sería pobre. ¡Cuán grande, pues, amados, tuvo que ser el rescate pagado por Cristo para salvarnos de todos estos pecados! Los hombres por quienes Jesús murió, por grandes que fueran sus pecados, fueron justificados de todas sus transgresiones cuando creyeron. Aunque pudieran haber caído en los más grandes vicios, y se hubieran entregado a los más bajos deseos que Satanás les insinuaba y que el hombre fuera capaz de cometer, toda la culpa fue borrada solamente con creer. Quizá han andado años tras año metidos en tinieblas de maldad hasta que su pecado ha llegado a ser doblemente negro y horrible; pero en un momento de fe, en un momento de triunfal confianza en Cristo, la gran redención quitó la culpa de muchos años. Y no sólo eso, sino que si fuera posible que todos los pecados que la humanidad ha cometido en pensamiento, palabra, y obra, desde que el mundo fue hecho fueran cargados sobre una sola y pobre cabeza, la gran redención es totalmente suficiente para borrarlos todos y emblanquecer al pecador más que la misma nieve.
¡Oh!, ¿quién medirá la altura de la suprema suficiencia del Salvador? Al que lo intente, habladle primero de la inmensidad del pecado y, después, recordadle que, como Noé permaneció sobre la cima de las montañas de la tierra, la sangre de la redención de Cristo creció sobre las cumbres de las montañas de nuestros pecados. En los atrios celestiales hay hombres que una vez fueron asesinos, ladrones, borrachos, fornicarios, blasfemos y perseguidores; pero que han sido lavados, han sido santificados. Preguntadíes de dónde nace el brillo de sus ropas, y dónde se ha perfeccionado su pureza, que todos al unísono os contestarán que han lavado sus vestiduras y las han emblanquecido en la sangre del Cordero. ¡Oíd vosotros, los que tenéis la conciencia afligida!, ¡los trabajados y cargados!, ¡los que gemís bajo el peso de vuestros pecados!; la gran redención que ahora os proclamamos es del todo suficiente para colmar vuestras necesidades. Y si la multitud de vuestros pecados sobrepasase en número a las estrellas que engalanan el cielo, sabed que hay una expiación hecha por todos ellos, un río que puede arrastrarlos y llevarlos lejos de vosotros para siempre. Ésta es, pues, la primera medida de la expiación: la atrocidad de nuestra culpa.
II. En segundo lugar, debemos medir la gran redención. POR LA SEVERIDAD DE LA JUSTICIA DIVINA. “Dios es amor”, bondad infinita; pero mi próxima proposición no contradiga en modo alguno esta aseveración. Dios es severamente justo, inflexiblemente riguroso en su trato con el hombre. El Dios de la Biblia no es la clase de dios que algunos imaginan, que tiene tan en poco el pecado que lo pasa por alto sin exigir el castigo debido. No es el dios de aquellos que creen que nuestras transgresiones son minucias, simples pecadillos a los que el dios del cielo hace la vista gorda y tolera hasta que mueran marchitos por el olvido. No, Jehová, el Dios de Israel, ha dicho de sí mismo “El es Dios celoso”. Y he aquí su propia declaración: “De ningún modo justificaré al culpable”. “El alma que pecaré, esa morirá.” Aprended, amigos míos, a considerar a Dios tan severo como si en El no hubiese amor, y tan amoroso como si en Él no hubiera severidad. Su amor no atenúa su justicia, ni su justicia, en el más mínimo grado, hace mella en su amor. Las dos cosas están dulcemente enlazadas en la expiación de Cristo. Pero notad que nunca podremos comprender la plenitud de la expiación, si antes no hemos entendido la verdad bíblica de la inmensa justicia de Dios. No ha habido nunca una mala palabra dicha, un mal pensamiento concebido, o una mala acción cometida, que Dios no haya de castigar en la persona de los culpables o en la de otro. El quiere una satisfacción de vosotros, o si no de Cristo. Si no tenéis expiación por medio de Cristo, la deuda que nunca pudisteis saldar, la pagaréis en eterna miseria sin fin; porque, tan cierto como que Dios es Dios, antes perderá su Deidad que dejar un solo pecado sin castigar, o un intento de rebelión sin venganza. Podéis decir que este carácter de Dios es frío, riguroso y severo. No puedo impedir que habléis así; no obstante, lo que he dicho es verdad. Así es el Dios de la Biblia; y aunque repetimos como cierto que Él es amor, no es menos verdad que, además de amor, es suma justicia; porque en Dios se halla todo lo bueno elevado a la perfección, de forma que, mientras el amor alcanza su consumada hermosura, la justicia se torna en severamente inflexible. No hay aberración ni componenda en el carácter de Dios; ninguno de sus atributos destaca sobre los demás de forma que les haga sombra. El amor tiene pleno dominio, y la justicia no está más limitada que su amor. ¡Oh, amados!, pensad, pues, cuán grande debe de haber sido la sustitución de Cristo cuando satisfizo a Dios por todos los pecados de su pueblo. Porque el pecado del hombre exige de Dios eterno castigo, y El ha preparado un infierno para arrojar en él a todos los que mueran impenitentes. ¡Oh, hermanos!, por toda esta eterna aflicción que Dios debió haber cargado sobre nosotros si no hubiera sido abrumada sobre Cristo nuestro sustituto, podréis comprender cuál debió ser la grandeza de la expiación. ¡Mirad!, ¡mirad!, ¡mirad con grave mirada las sombras que nos separan del mundo de los espíritus, y contemplad aquel lugar de desgracia y miseria que los hombres llaman infierno! No podéis soportar el espectáculo. Recordad que allí hay almas pagando para siempre su deuda a la justicia divina; y aunque muchas de ellas han estado en aquel lugar abrasándose en las llamas durante los últimos cuatro mil años, su deuda sigue tan intacta como cuando empezaron; y cuando diez mil veces diez mil años hayan pasado, continuarán sin haber satisfecho a Dios por su culpa, como no lo han hecho hasta ahora. Sabiendo esto, podréis apreciar también la grandeza de la mediación de vuestro Salvador, cuando pagó de una sola vez lo que adeudabais. Así pues, no hay nada de la deuda del pueblo de Cristo que haya quedado sin pagar a Dios, a no ser un gran débito de amor. Para la justicia, el creyente no debe nada; y aunque al principio su deuda fuera tan enorme que toda la eternidad no bastaría para saldarla, aún así, Cristo en un momento la pagó, de manera que el que cree es completamente justificado de toda culpa y librado del castigo por la obra de Jesús. Considerad, pues, la grandeza de su expiación por todo cuanto Él ha hecho.
Haremos aquí una pausa para exponeros otro pensamiento. Hay veces en que Dios Espíritu Santo muestra la severidad de la justicia en las conciencias de los hombres. Quizás haya aquí alguno cuyo corazón ha sido herido por una sensación de pecado. Uno que era un libertino, no sujeto a nadie; pero ahora, la flecha del Señor se ha hundido firmemente en su corazón y le ha sumido en una esclavitud más dura que la de Egipto. Vedle hoy y escuchad cómo os dice que su culpa le persigue por doquier. El negro esclavo, guiado por la estrella polar, puede escapar de las crueldades de su amo y alcanzar otra tierra donde ser libre; pero nuestro hombre sabe que aunque recorriera todo el ancho mundo, no podría huir de su culpabilidad. El que esta atado por muchas cadenas aún tiene la esperanza de encontrar una lima que le desate y le dé la libertad; pero este hombre os dirá cómo ha probado con oraciones y lágrimas y buenas obras, que no bastaron para soltar los grillos de sus muñecas; ahora se siente como un pobre y perdido pecador, y la emancipación le parece una imposible quimera. El cautivo en la mazmorra piensa a veces que es libre, aunque su cuerpo este preso. Su espíritu rompe los muros de su celda, y vuela a las estrellas como el águila, que no es esclava de nadie; pero este hombre es esclavo de sus mismos pensamientos; no puede tener una idea alegre o feliz. Su alma ha sido abatida, las cadenas se han soldado con su espíritu, y está sumamente afligido. El preso olvida a veces su esclavitud en el sueno, mas este hombre no puede dormir; por la noche sueña con el infierno, y durante el día le parece vivir en él; un horno de fuego arde en su corazón, y haga lo que haga no lo puede apagar. Ha sido confirmado, ha sido bautizado, recibe los sacramentos, asiste a la iglesia o frecuenta alguna capilla, guarda todas las reglas y obedece todos los preceptos; pero a pesar de ello el fuego sigue ardiendo. Da limosnas a los pobres, está dispuesto a dar su cuerpo para ser quemado, da de comer al hambriento, visita al enfermo, viste al desnudo; pero el fuego continúa ardiendo, y haga lo que haga no lo puede apagar. ¡Oid vosotros, hijos de aflicción y fatiga!, esto que sentís es la justicia de Dios que os busca, y bienaventurados sois por ese sentimiento, porque es a vosotros a quienes os predico este glorioso Evangelio del bendito Dios. Vosotros sois los hombres por los que Cristo ha muerto; por vosotros El ha satisfecho la severa justicia; y ahora todo lo que tenéis que hacer para lograr la paz de la conciencia es decir a vuestro adversario que os busca: “¡Mira allí! Cristo murió por mí; yo sé que mis buenas obras no te detendrían ni mis lágrimas te apiadarían; pero ¡mira allí! ¡Contempla a mi Dios sangrante, pendiente de la cruz! ¡Escucha su lamento de muerte! ¡Vele morir! ¿No estás ahora satisfecho?” Y cuando hayáis hecho esto, tendréis la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, la cual guardará vuestro corazón y mente por Cristo Jesús Señor nuestro; y así conoceréis la grandeza de su expiación.
III. En tercer lugar, mediremos la grandeza de la redención de Cristo por EL PRECIO PAGADO. Es imposible para nosotros saber cuán grandes fueron los tormentos de nuestro Salvador; pero el contemplarlos nos dará una pequeña idea de la magnitud del precio que pagó por nosotros. ¡Oh, Jesús!, ¿quien describirá tu agonía?
“¡Venid a mí, vosotros los manantiales, todos,
Morad en mi cabeza; ; venid, nubes y lluvia!;
Mi aflicción necesita de todas esas aguas
Que la naturaleza ha engendrado en vosotros.
Veneros, parid ríos que aneguen estos ojos,
Mis ojos ya cansados, y por el llanto secos
A menos que otros canos los llenen nuevamente,
Y despierten sus fuerzas, para que prestar puedan
A mi dolor inmenso los chorros de sus fuentes.”
¡Oh, Jesús!, Tú fuiste víctima desde tu nacimiento, varón de dolores, experimentado en quebranto. Los sufrimientos cayeron sobre ti en llovizna perpetua, hasta la última pavorosa hora de tinieblas; y entonces, no como nube, mas como torrente, como catarata de aflicción, tus agonías se precipitaron sobre ti. ¡Vedle allá! Es noche de frío y escarcha, pero Él está en el campo. Es de noche; no duerme, sino que está en oración. ¡Oid en el silencio sus gemidos! ¿Ha tenido nunca ningún hombre lucha como la suya? ¡Acercaos y mirad su faz! ¿Habéis visto alguna vez sobre rostro mortal semejante sufrimiento como podéis contemplar en ella? ¿Oís sus palabras? “Mi alma está muy triste, hasta la muerte.” Se levanta; es agarrado y prendido por los traidores. Avancemos hacia el sitio en que ha estado en agonía. ¡Oh, Dios!, ¿qué es lo que ven nuestros ojos? ¿Qué es esto que mancha la tierra? ¡Sangre! ¿De dónde? ¿Quizás de alguna herida que se ha abierto de nuevo por su espantosa lucha? ¡Ah!, no. “Fue su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra.” ¡Oh, agonías que las palabras no bastan para describir! ¡Oh, sufrimientos que el lenguaje es pobre para narrar! ¡Cuán terribles debisteis ser que excitasteis el bendito ser del Salvador hasta hacer brotar sudor de sangre de todo su cuerpo! Y este es el principio, el comienzo de la tragedia. Seguidle tristemente, Iglesia afligida, para dar testimonio de la consumación. Es acuciado en tropel por las calles, arrastrado de un tribunal a otro, desechado y condenado ante el Sanedrín, escarnecido por Herodes, juzgado por Pilato. Su sentencia es pronunciada: “¡Sea crucificado!” Y ahora la tragedia llega a su momento culminante. Su espalda es desnudada, es amarrado a la columna romana del suplicio. El sangriento látigo levanta tiras de piel, y como por un río de sangre sus lomos se tintan de grana; vestidura carmesí que le proclama emperador de aflicción. Es metido en el cuerpo de guardia; sus ojos son vendados, y la soldadesca le abofetea y le dice: “Profetiza quién es el que te hirió”. Escupen sobre su rostro, tejen una corona de espinas y la clavan sobre sus sienes, le visten con un manto de grana, hincan la rodilla delante de El burlándose. Enmudece, no abre su boca. “Cuando le maldecían, no retornaba maldición”, sino que encomendó su causa a Aquel a quien vino a servir. Y ahora lo asen, y entre burlas y desprecio lo sacan del palacio y lo llevan en tropel por las calles. Desfallecido por los continuos ayunos y abatido por su agonía de espíritu, tropieza bajo el peso de su cruz. ¡Hijas de Jerusalén!, Él desmaya en vuestras calles. Lo vuelven a levantar, ponen su cruz sobre otros hombros, y lo empujan, quizás a punta de lanza, hasta que llega al monte de la ejecución. Groseros soldados caen sobre Él y lo tumban sobre su espalda; el leño cruzado queda bajo Él, sus brazos son distendidos cuanto el cruel suplicio requiere, los clavos son preparados; cuatro martillos los clavan a una en las partes más tiernas de su cuerpo, y helo allí, acostado sobre el madero, muriendo en su cruz. Todavía no se ha terminado. El leño es alzado por los rudos soldados. El agujero ya está preparado. La cruz es soltada bruscamente en él, lo rellenan con tierra, y allí queda.
Pero mirad los miembros del Salvador, ¡cómo tiemblan! ¡Todos sus huesos se han descoyuntado por el golpe cruel del madero contra el suelo! ¡Cómo llora! ¡Cómo gime! ¡Cómo solloza! Y aún más; oíd su último grito de agonía: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” ¡Oh, sol, no me pasma que cerraras tus ojos para no contemplar por más tiempo un hecho tan cruel! ¡Oh, rocas, no me maravilla que la compasión ablandara y rompiera vuestros corazones cuando vuestro Creador murió! Nunca sufrió nadie como El. Aun la muerte se enterneció, y muchos de los que estaban retenidos en sus tumbas salieron y bajaron a la ciudad. Pero estas fueron todas las señales externas; y creedme, hermanos, lo que no se vio fue muchísimo peor. Lo que nuestro Salvador sufrió en su cuerpo no es nada comparado con el suplicio de su alma. No podéis imaginaros, ni yo tengo palabras para ayudaros, el sufrimiento moral de nuestro Redentor. Suponed por un momento -y repito esta idea que a menudo he usado- suponed a un hombre que ha caído en el infierno; imaginaos que todos sus eternos tormentos pudieran concentrarse en una hora y ser multiplicados por el número de los salvados, número que sobrepuja toda humana consideración. ¿Podéis imaginar así la inmensidad de la desgracia y miseria de los sufrimientos del pueblo de Dios, si hubiese sido castigado por toda la eternidad? Y recordad que Cristo tuvo que soportar el equivalente a todos los infiernos de sus redimidos. Es imposible expresar este pensamiento mejor que con aquellas conocidas palabras: El infierno fue puesto en su copa; El la tomó, y en un terrible trago de amor bebió la condenación hasta las heces”. Así pues, apuró todas las penas y miserias infernales para que su pueblo jamás tuviera que sufrirías. Yo no digo que El sufriera en esa misma proporción, sino que sufrió en conformidad a la deuda de los suyos, pagó a Dios por todos los pecados de su pueblo, y llevó un castigo equivalente al de ellos. ¿Podéis ahora imaginar, podéis haceros una idea de la gran redención de nuestro Señor Jesucristo?
IV. Seré muy breve en este punto que consideraremos ahora. La cuarta manera de medir las agonías del Salvador es ésta: POR LA GLORIOSA LIBERACIÓN QUE ÉL HA EFECTUADO.
¡Levántate, creyente; permanece firme y seguro, y da testimonio de la grandeza de lo que el Señor ha hecho por ti! Déjame que lo diga en lugar tuyo. Yo diré tu experiencia y la mía en un solo corazón. Una vez mi alma estaba cargada de pecado. Me rebelé contra Dios y gravemente le ofendí. Los terrores de la ley me asaltaban, el desasosiego de mi convicción me conturbaba. Me vi culpable. Mire al cielo y contemplé un Dios airado decidido a castigarme. Torné mis ojos al suelo, y allí había un infierno abierto, listo para devorarme. Busqué mis buenas obras para satisfacer mi conciencia; pero todo fue en vano. Traté de apaciguar la intranquilidad que ardía en mí asistiendo a las ceremonias religiosas; pero todo fue inútil. Mi alma estaba triste, hasta la muerte. Pude haber dicho como el antiguo enlutado: “Mi alma escogerá la asfixia y la muerte antes que la vida”. He aquí el gran interrogante que siempre me dejaba perplejo: “Yo he pecado, Dios debe castigarme, pues ¿cómo sería Él justo si no? Entonces, si es justo, ¿qué será de mí? Hasta que, una vez, mis ojos repararon en aquella dulce palabra que dice: “La sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado”. Con aquel texto entré en mi cuarto, y en mi soledad medité. Vi a uno pendiente de una cruz: era mi Señor Jesús. Allí estaba la corona de espinas y las señales de inigualable y sin par miseria. Mire a El, y a mi pensamiento acudió aquel versículo que dice: “Palabra fiel y digna de ser recibida de todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”. Y me dije: “¿Murió este hombre por los pecadores? Yo soy uno de ellos; así pues, Él murió por mí. Todos aquellos por quienes El murió serán salvos; yo soy pecador, El murió por mí, Él me salvará”. Mi alma confió en aquella verdad. Mire a El, y cuando “contemplé el flujo de su sangre redentora”, mi espíritu se regocijó, y pudo decir:
Nada traigo en mis manos a tu luz,
Sólo vengo a abrazarme a tu cruz;
En ti, mi desnudez halla vestido;
Desamparado, busco gracia en ti,
Y mi mancha, a tu fuente, traigo aquí,
¡Lávame, Salvador, o estoy perdido!”
Y ahora te toca a ti, creyente, decir lo que queda. Desde el momento que creíste, tus hombros fueron descargados, y fuiste hecho más ligero que el aire. La luz sustituyó a la oscuridad; en lugar de vestidos de tristeza, fuiste vestido con ropas de alabanza. ¿Quién describirá tu gozo? Cantas en la tierra himnos celestiales, y tu sosegada alma disfruta ya del eterno reposo de los redimidos. Porque has creído, has entrado en el reposo. Sí, pregónalo por el mundo; todos aquellos que creen son justificados por la muerte de Jesús de todo lo que no pudieron ser librados por las obras de la ley Di en el cielo que nadie puede acusar a los elegidos de Dios. Anuncia a toda la tierra que los redimidos de Dios están limpios de pecado a los ojos de Jehová. Grita aún al mismo infierno que los escogidos de Dios nunca irán allá; porque si Cristo murió por ellos, ¿quién los condenará?
V. Nos hemos dado un poco de prisa en acabar esta consideración, para entrar en el último punto, el más dulce de todos. Se nos dice en nuestro texto que Jesucristo vino al mundo “para dar su vida en rescate por muchos”. Podemos medir la grandeza de la redención de Cristo por el INMENSO NÚMERO POR QUIENES HA SIDO EFECTUADA. Él dio su vida “en rescate por muchos”. Nos vemos obligados a tratar de nuevo esta cuestión tan discutida. Frecuentemente se nos dice (me refiero a aquellos que comúnmente somos apodados por el nombre de calvinistas -por cierto que no nos avergonzamos de ello; creemos que Calvino, después de todo, sabia más del Evangelio que casi todos los hombres que han vivido, a excepción de los escritores inspirados-); frecuentemente se nos dice, pues, que nosotros limitamos la expiación de Cristo por el hecho de que decimos que Él no ha satisfecho por todos los hombres, o de otro modo todos serían salvos. Pero tenemos que volver contra ellos su misma imputación, son ellos los que hacen la limitación no nosotros. Los arminianos dicen que Cristo murió por todos los hombres. Pedidles que os expliquen eso. ¿Murió Cristo para asegurar la salvación de todos los hombres? “No, ciertamente no”, dirán. ¿Murió Cristo para asegurar la salvación de algún hombre en particular? De nuevo, “no”; y tienen que admitirlo así, si son consecuentes. Dicen: “No; Cristo murió para que cualquier hombre pueda ser salvo si…”, y añaden ciertas condiciones para la salvación. Nosotros decimos, pues, volviendo a la primera afirmación: Cristo no murió para asegurar la salvación de nadie, ¿verdad? Tenéis que decir que “no”; os veis obligados a ello, porque creéis que el hombre puede caer de la gracia y perderse, aún después de haber sido perdonado. Así pues, ¿quiénes son los que limitan la muerte de Cristo? Vosotros. Decís que Cristo no murió para asegurar infaliblemente la salvación de nadie. Os presentamos nuestras excusas, cuando nos acusáis de ser nosotros los que limitamos la muerte de Cristo. “No, queridos amigos, sois vosotros los que lo hacéis. Nosotros decimos que Cristo murió para asegurar infaliblemente la salvación de una multitud que nadie puede contar, quienes por Su muerte, no solamente podrán ser salvos, sino que lo serán, deben serlo, y de ninguna manera correrán el riesgo de ser otra cosa que salvados. Que os aproveche vuestra expiación; podéis guardárosla. Nosotros no renunciaremos a la nuestra por lo que vosotros digáis.
Ahora, amados, cuando oigáis a alguien que se ríe o se burla de una expiación limitada, podéis decirle que la expiación universal es como un puente de gran anchura que sólo tiene medio arco, no cruza el río: solamente llega hasta la mitad del camino y no asegura la salvación de nadie. Así que yo prefiero poner mi pie sobre un puente tan estrecho como el de Hungerford, que llega hasta la otra orilla, antes que en uno tan ancho como el mundo, pero que no cruce la corriente. Hay quienes me dicen que es mi obligación el anunciar que todos los hombres han sido redimidos, y que las Escrituras lo atestiguan: “El cual se dio a sí mismo en precio del rescate por todos, para testimonio en sus tiempos”. Pero también parecen haber poderosos argumentos que se oponen a esta interpretación. Por ejemplo: “El mundo se va tras de Él”. ¿Quiere ello decir que todo el mundo iba tras de Cristo? “Y salía a Él toda la provincia de Judea, y los de Jerusalén; y eran todos bautizados por él en el río de Jordán.” ¿Fue toda Judea, o toda Jerusalén bautizada en el Jordán? “Sabemos que somos de Dios”, y “todo el mundo está puesto en maldad”. ¿Quiere decir “todo el mundo” todas las personas? Si así fuera, ¿quiénes serían los “de Dios”? Las palabras “mundo” y “todos” tienen siete u ocho significados en la Escritura; y pocas veces “todos” significa todas las personas una por una. Esas palabras se usan generalmente para dar a entender que Cristo ha redimido a muchos de todas clases, tanto judíos como gentiles, ricos y pobres; El no ha reservado su redención a judíos ni gentiles.
Dejando la controversia, responderé a una pregunta: ¿Por quién murió Cristo? Respóndeme a un par de preguntas y te diré si Cristo murió por ti. ¿Quieres un Salvador? ¿Sientes necesidad de Él? ¿Tienes conciencia de pecado esta mañana? ¿Te ha enseñado el Espíritu Santo que estás perdido? Si es así, Cristo murió por ti y serás salvo. ¿Tienes conciencia de que Cristo es tu única esperanza en este mundo? ¿Comprendes que no puedes ofrecer por ti mismo una expiación que satisfaga la justicia de Dios? ¿Has abandonado toda confianza en ti mismo? ¿Y puedes decir de rodillas: “Señor, sálvame, o perezco? Cristo murió por ti. Pero si dices: “Soy tan bueno como debo ser; puedo ir al cielo por mis propias obras”, entonces, recuerda lo que la Escritura dice de Jesús: “No he venido a llamar justos, sino pecadores a arrepentimiento”. Mientras permanezcas en estas condiciones no hay expiación para ti. Pero si, por el contrario, esta mañana te sientes culpable, miserable, digno del castigo, y estás dispuesto a aceptar a Cristo como tu único Salvador, no solamente te diré que puedes ser salvado, sino, lo que es mejor, que lo serás. Cuando estés desnudo y no tengas nada excepto la esperanza en Cristo, cuando estés preparado para venir con las manos vacías para que sea tu todo, y tu nada, entonces podrás mirar a Cristo y decirle: “¡Tú bendito, Tú inmolado Cordero de Dios! Tú sufriste mis aflicciones; por tus llagas fui sanado, y por tus sufrimientos fui perdonado.” Y cuando hayas hablado así, sentirás que la paz inunda tu conciencia; porque si Cristo murió por ti, no puedes perderte. Dios no castiga dos veces la misma falta. Y si Cristo fue castigado por ti, jamás te castigara. “El pagó a las demandas de la justicia de Dios no se exige dos veces, primero de la sangrienta mano, y luego de la mía.” Hoy, si creemos en Cristo, podemos subir al mismo trono de Dios; permanecer allí, y cuando se nos diga: “Pero, ¿tú no eres culpable? Y si lo eres, ¿cuál es la razón por la que no has sido castigado?”, podemos decir: “Gran Dios, tu justicia y tu amor son nuestra garantía de que Tú no nos castigarás por nuestros pecados, ¿no castigaste ya a Cristo por ellos? ¿Cómo serías justo, cómo podrías ser Dios si, habiendo Él satisfecho nuestra deuda, la exigieras ahora de nuestras manos?” La única pregunta que debe preocuparos es: “¿Murió Cristo por mí?” Y la única respuesta que puedo daros: “Palabra fiel y digna de ser recibida de todos, que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”. ¿Podéis escribir vuestros nombres detrás de esta frase, entre los pecadores; no entre los pecadores de compromiso, sino entre los pecadores que se sienten como tales, entre los que lloran su culpa, entre los que la lamentan, entre los que buscan misericordia para la misma? ¿Eres pecador? Si así lo sientes, si así lo reconoces, si así lo confiesas, estás invitado a creer que Cristo murió por ti, porque tú eres pecador; y eres instado a caer sobre esta grande e inamovible roca, y a encontrar seguridad eterna en el Señor Jesucristo.
APRESURANDO A LOT
Apuntes de Sermones
Charles H. Spurgeon
Sermón 1
APRESURANDO A LOT
«Y, al rayar el alba, los ángeles daban prisa a Lot» Gén. 19:15
¿Eran estos personajes ángeles o apariencias visibles de las personas divinas? No importa, eran mensajeros de salvación enviados por el Todopoderoso Invisible, y nos enseñan cómo tenemos que tratar a los hombres para moverles y bendecirles. Imaginaos a los dos ángeles detrás del grupo familiar empujándolos, con sus dos brazos, por las espaldas para sacar a Lot, su esposa y sus dos hijas del gran peligro que ellos conocían estaban por llegar.
I. LOS JUSTOS NECESITAN SER EMPUJADOS
¿En qué cosas? En lo que se refiere a obediencia a su Señor. En sacarles del mundo (vers. 26). En buscar el bien de sus familias (vers. 12).
¿Por qué? La carne es débil. Lot era un anciano demasiado inclinado a las cosas mundanas. Sodoma tiene una influencia indolente.
¿Por qué medios? Recordándoles sus obligaciones y oportunidades. Llevándoles a considerar el correr del tiempo y la brevedad de la vida. Advirtiéndoles de su segura ruina.
II. LOS PECADORES NECESITAN SER APRESURADOS.
1. Los pecadores son muy lentos y propios a demorarse.
Se hallan establecidos en la Sodoma del pecado.
No creen nuestras advertencias (vers. 14).
Se entretienen en el gran engaño de Satanás para su ruina.
2. Es nuestro deber apresurarles.
Debemos ser nosotros insistentes como lo fueron los ángeles.
Debemos ser pacientes y repetir nuestros ruegos.
Debemos ser resueltos y apretarles de todas formas.
3. Tenemos muchos argumentos para hacerles apresurar.
Su inminente peligro si se entretienen.
El pecado de demorarse cuando Dios ordena apresurarse.
La suprema necesidad de inmediata decisión.
Cuando cierto joven hizo pública profesión de fe, su padre, muy resentido, le dio este consejo: «Jaime, deberías primeraente establecerte en un buen negocio y entonces entrar en asuntos de religión.» «Padre -dijo el muchacho-, Jesucristo me da un consejo totalmente diferente. El dice: “BUSCAD PRIMERAMENTE EL REINO DE DIOS”.
«Hermano –dijo cierto hombre moribundo—, ¿por qué no fuiste más insistente con respecto a mi alma?» «Querido Jaime -replicó el hermano-, yo le he hablado diversas veces.» «Sí -fue la respuesta-. No tengo que reprocharte esto. Pero siempre que me hablabas ¡era con tanta cautela! Yo quisiera que me hubieses cogido por el cuello y me hubieses hecho poner de rodillas, pues yo he sido tan descuidado que necesitaba esto para no despertar de mi sueño en el infierno.»
LA SOBERANÍA DIVINA Por Charles H. Spurgeon
Un sermón predicado el 4 de Mayo de 1856,
En la capilla de New Park Street, Southwark, Inglaterra,
Por Charles H. Spurgeon
LA SOBERANÍA DIVINA
¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? (Mateo 20:15)
El padre de familia dice: “¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?” Y esta mañana, el Dios de cielos y tierra os hace la misma pregunta: “¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?” No hay un atributo de Dios más consolador para sus hijos que la doctrina de la soberanía divina. Bajo las más adversas circunstancias, en los más graves contratiempos, ellos creen que esa soberanía ha ordenado sus aflicciones, que las gobierna y que las santifica. No hay otra cosa por la que los hijos de Dios deban contender más firmemente que por el dominio de su Señor sobre toda la creación, trono suyo -la realeza de Dios sobre las obras de sus mano-, y el derecho a sentarse en ese trono. Por otra parte, tampoco hay doctrina más odiada por los mundanos, ni verdad convertida en semejante pelota de fútbol, como la de la grande, maravillosa y ciertísima soberanía del infinito Jehová. Los hombres permitirán a Dios estar en cualquier sitio menos en su trono. Consentirán en hallarlo en el taller formando los mundos y haciendo las estrellas. Accederán a que esté en su casa de caridad repartiendo limosnas y otorgando mercedes. Le tolerarán mantener firme la tierra y sostener Sus pilares, o iluminar las lámparas del cielo, o gobernar al inquieto océano; pero cuando Dios sube a su trono, sus criaturas rechinan los dientes. Y cuando proclamamos un Dios entronizado y su derecho a hacer según le plazca con lo suyo, a disponer de sus criaturas como le parezca sin consultar con ellas, entonces somos silbados y despreciados, y los hombres cierran sus oídos a nuestras palabras, porque un Dios en su trono no es el Dios que ellos aman. Les agradaría contemplarle en cualquier sitio menos en su solio con su cetro en su mano y la corona en sus sienes. Pero es un Dios entronizado el que a nosotros nos gusta predicar, en quien confiamos, de quien hemos cantado y de quien hablaremos en esta plática. Sin embargo, haré hincapié solamente sobre una parte de la soberanía de Dios, y es la que toca a la distribución de sus dádivas. En este aspecto creo que, no solamente tiene derecho a hacer lo que quiera con lo suyo, sino que, en realidad, lo hace.
Antes de comenzar nuestro sermón, debemos reconocer como cierto que todas las bendiciones son regalos de Dios, a los que no tenemos derecho por nuestros propios méritos; y creo que toda persona que piense un poco debe reconocerlo así. Una vez admitido esto, nos ocuparemos en demostrar que si hace lo que quiere con lo suyo es porque tiene derecho a quedárselo todo si le place, a repartirlo si así lo prefiere, a dar a unos y a otros no, o bien a no dar a nadie o dar a todos, según parezca bien a sus ojos. “¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?”
Dividiremos los dones de Dios en cinco clases: Temporales, salvadores, honoríficos, útiles y consoladores. De todos ellos debemos decir: “¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?”
1. Empezaremos, pues, con LOS DONES TEMPORALES. Es un hecho indiscutible que Dios, en las cosas temporales, no ha repartido a todos por igual; no todas sus criaturas han recibido la misma cantidad de ventura y posición en este mundo. Existe una desigualdad. Notadla sobre todo en los hombres, porque de ellos nos ocuparemos principalmente. Unos nacen como Saúl, que “del hombro arriba sobresalía a cualquiera del pueblo”; otros serán toda su vida como un Zaqueo, hombre de corta estatura. Unos tienen un cuerpo musculoso y son físicamente atractivos; otros son débiles y distan de tener una figura hermosa. Cuantos encontramos cuyos ojos nunca han gozado de la luz del sol; cuyos oídos jamás han escuchado el encanto de la música y cuyos labios en la vida han pronunciado palabras inteligibles o armoniosas. Id por el mundo y hallaréis hombres superiores a vosotros en vigor, salud y figura; y otros inferiores en todas estas mismas cosas. Algunos de los que están aquí son preferidos por su aspecto exterior al resto de sus semejantes, mientras que otros son dejados a un lado y no tienen nada de que puedan gloriarse en la carne. ¿Por qué ha dado Dios belleza a un hombre y a otro no? ¿A uno todos sus sentidos y a otro sólo parte de ellos? ¿Por qué ha despertado en unos el sentido del entendimiento, mientras que otros se ven obligados a tener una mente obtusa y terca? Digan lo que digan los hombres, no puede haber otra respuesta que esta: “Así, Padre, pues que así agradó en tus ojos”. Los antiguos fariseos preguntaron: “Rabí, ¿quién pecó este o sus padres, para que naciese ciego?” Sabemos que no fueron los pecados de los padres ni los del hijo la causa de que éste naciera ciego, como tampoco es por eso por lo que otros han sufrido desgracias parecidas; sino porque Dios ha actuado según le ha placido en el reparto de sus beneficios terrenales, diciendo de este modo al mundo: “¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?”
Notad, también, la desigualdad que existe en la distribución de los dones intelectuales. No todos los hombres son como Sócrates; hay pocos como Platón; los hombres como Bacon aparecen muy de tarde en tarde; no se da muy frecuentemente la ocasión de poder hablar con algún Isaac Newton. Algunos tienen maravillosa inteligencia con la que pueden desentrañar grandes misterios, sondear las profundidades de los océanos, medir la altura de las montañas, analizar los rayos del sol y pesar los astros. Otros no tienen sino pocos alcances. Podéis educarlos y educarlos, que nunca lograréis hacer de ellos grandes hombres. Es imposible mejorar lo que no tienen. Carecen de genio y vosotros no podéis impartírselo. Cualquiera puede ver que hay una diferencia inherente en el hombre desde su mismo nacimiento. Algunos, con poca instrucción, aventajan a aquellos que han sido concienzudamente preparados. Tomad dos muchachos, educadlos en el mismo colegio, por el mismo maestro; los dos se aplicarán en sus estudios con la misma diligencia, pero uno de ellos dejará rezagado a su compañero. ¿Por qué es esto? Porque Dios hace sentir su soberanía tanto sobre la inteligencia como sobre el cuerpo. Él no nos ha hecho a todos iguales; sino que ha dado variedad a sus dones. Un hombre es elocuente como Whitefleld, y otro tartamudea aunque sólo tenga que hablar tres palabras en su propia lengua. ¿Qué es lo que establece estas marcadas diferencias entre hombre y hombre? Tenemos que responder que debemos atribuirlo todo a la soberanía de Dios, quien hace lo que quiere con lo suyo.
Reparad de nuevo en las diferentes condiciones de los hombres en el mundo. De vez en cuando han surgido preclaras inteligencias entre hombres cuyos miembros han arrastrado las cadenas de la esclavitud y cuyas espaldas han sido ofrecidas al látigo; hombres de piel negra, pero de entendimiento inmensamente superior al de sus brutales amos. También en Inglaterra es frecuente encontrar a sabios que viven en la pobreza, y ricos no pocas veces ignorantes y vanos. Unos vienen a este mundo para ser ataviados con la púrpura imperial, otros no llevaran más que sus humildes ropas de campesino. Unos tienen un palacio para morar y colchón de plumas para descansar, mientras otros no tienen sino un duro catre y nunca les cobijará más suntuoso techo que el de paja de su cabaña. Si de nuevo preguntásemos la razón de todo esto, la respuesta seguiría siendo la misma: “Así, Padre, pues que así agradó en tus ojos”. A vuestro paso por la vida podréis observar de otras muchas maneras la manifestación de la soberanía de Dios. Da a algunos hombres una salud recia durante toda su vida, de forma que apenas saben lo que es una indisposición; mientras que otros se arrastran vacilantes por el mundo esperando encontrar la tumba abierta a cada paso, viviendo miles de miles de muertes al temer constantemente a una. Hay personas, como Moisés, que aun en los últimos días de una vida extraordinariamente larga tienen una vista aguda y que, aunque tengan el cabello blanco, se mantienen firmes sobre sus pies, como cuando eran jóvenes. Nuevamente preguntamos: ¿cuál es la causa de esta diferencia? Y otra vez aparece la única respuesta adecuada: La soberanía de Jehová. Encontraréis también que, mientras a unos se les quita la vida prematuramente -en la flor de su vida-, a otros les es dado llegar más allá de setenta; unos parten antes de haber cubierto la primera etapa de su existencia, mientras otros prolongan sus días hasta convertirse totalmente en un estorbo. Estimo que necesariamente debemos atribuir la causa de todas estas diferencias de la vida a la soberanía de Dios. El es Rey y Soberano y, ¿no hará lo que quiera con lo suyo?
Vamos a dejar este extremo de la cuestión; pero antes de hacerlo, debemos recapacitar un poco más sobre él. ¡Oh!, tú que has sido dotado de una noble figura, de un cuerpo hermoso: no te enorgullezcas de ello, porque tus dones proceden de Dios. No te gloríes, porque si lo haces, desaparecerá en un momento toda tu apostura. Las flores no presumen de su belleza ni los pájaros cantan su plumaje. Hijas, no os envanezcáis con vuestra hermosura; hijos, no seáis engreídos de vuestra gallardía. Y vosotros, ¡oh! hombres, poderosos e inteligentes, recordad que todo cuanto tenéis os ha sido concedido por un Soberano Señor: El creó, El puede destruir. No hay mucha diferencia entre la más preclara inteligencia y el idiota más desvalido: las mentes penetrantes rayan en la locura. Vuestros cerebros pueden ser trastornados en cualquier momento, y en adelante estar condenados a vivir en la demencia. No os jactéis de vuestro saber, porque aun el más pequeño conocimiento que poseéis os ha sido dado. Por lo tanto, yo os digo, no os enaltezcáis sobremanera, sino emplead para Su gloria los dones que Dios os ha dado, porque son dádivas reales que no podéis rechazar. Si el Soberano Señor os ha dado un talento, y no más, no lo guardéis en vuestra faltriquera, sino haced buen uso de él y quizá os será aumentado. Bendecid a Dios porque tenéis más que algunos, y dadle gracias, también, porque os ha dado menos que a otros, porque así no es tanto lo que tenéis que llevar sobre vuestros hombros; ya que cuanto más ligera sea vuestra carga, menos gemiréis en vuestro caminar hacia la tierra mejor. Bendecid a Dios, pues, si poseéis menos que vuestros semejantes, y ved su bondad tanto en el dar como en el retener.
II. En todo cuanto hemos dicho hasta aquí, probablemente la mayoría esta de acuerdo con nosotros; pero cuando entramos en el segundo punto, LAS DÁDIVAS SALVADORAS, gran número de personas discrepan, porque no pueden aceptar nuestra doctrina. Cuando aplicamos esta verdad con relación a la soberanía de Dios en la salvación del hombre, vemos como hay quien se levanta para defender a sus semejantes, a quienes consideran perjudicados por la predestinación divina. Pero nunca oí de alguno que se alzara para abogar por Satanás; y yo creo que si algunas criaturas de Dios tuvieran derecho a quejarse de Su comportamiento, éstas serían los ángeles caídos. Por su pecado fueron arrojados del cielo fulminantemente, y no leemos que nunca les fuera enviado un mensaje de misericordia. Una vez echados fuera, su condenación fue sellada; mientras que a los hombres se les dio una tregua, fue enviada redención a su mundo, y un gran número de ellos fueron escogidos para vida eterna. ¿Por qué no contender con la soberanía tanto en un caso como en otro? Afirmamos que Dios ha elegido un pueblo de entre los hombres, y se le niega el derecho a obrar así. Y yo pregunto: ¿por qué no se discute igualmente el hecho de que haya escogido a los hombres y no a los ángeles caídos, o su justicia por esa forma de proceder? Si la salvación fuese asunto de derecho, los ángeles tendrían en verdad tanto como los hombres. ¿No estaban situados en una dignidad superior?, ¿o es que pecaron más? Creemos que no. El pecado de Adán fue tan intencionado y pleno que no podemos imaginar uno mayor. Si los ángeles expulsados del cielo hubiesen sido restaurados, ¿no habrían prestado mayor servicio a su Hacedor que el que nosotros podamos prestarle jamás? Si se nos hubiera permitido juzgar en esta cuestión hubiéramos liberado a los ángeles y no a los hombres. Así pues, admirad el amor y la soberanía divinos, ya que mientras aquellos fueron hechos pedazos, Dios levantó un número de elegidos de entre la raza humana para hacerles estar entre príncipes por los méritos de Jesucristo nuestro Señor.
Notad de nuevo la soberanía divina en el hecho de que Dios escogió al pueblo israelita y dejó a los gentiles en la oscuridad durante años. ¿Por qué fue Israel enseñado y salvado mientras Siria se perdía en la idolatría? ¿Era una raza más pura en su origen y mejor en su condición que la otra? ¿No tuvieron los israelitas dioses falsos centenares de veces, que provocaron la ira y el aborrecimiento del Dios verdadero? ¿Por qué fueron favorecidos más que todos sus semejantes? ¿Por qué el sol brilló sobre ellos, mientras a su alrededor las naciones eran dejadas en la oscuridad, y miríadas eran sepultados en el infierno? ¿Por qué? La única respuesta que puede darse es esta: Que Dios es soberano y “del que quiere tiene misericordia; y al que quiere, endurece”.
Y también, ¿cómo es que Dios nos ha dado su Palabra a nosotros, mientras multitud de personas están todavía sin ella?
-¿Por qué nos podemos acercar al tabernáculo de Dios cada uno de nosotros, domingo tras domingo, teniendo el privilegio de escuchar la voz de un ministro de Jesús, mientras otras naciones no han sido bendecidas del mismo modo? ¿No podía Dios haber hecho que la luz resplandeciera también en sitios de tinieblas? ¿No podía Él, si le hubiese placido, haber enviado mensajeros raudos como la luz para que proclamasen su Evangelio por toda la tierra? Podía haberlo hecho si hubiera querido. Pero, puesto que sabemos que no ha sido así, nos inclinamos con humildad, confesando su derecho de hacer lo que quiera con lo suyo.
Mas permitidme que traiga, una vez más, la doctrina a nuestros ámbitos. Observad cómo manifiesta Dios su soberanía en el hecho de que de la misma congregación donde todos han oído al mismo predicador y escuchado idéntica verdad, es tomado el uno y dejado el otro. ¿Por qué será que en una de mis oyentes, sentada en los últimos bancos de la capilla junto a su hermana, el efecto de la predicación es diferente que en la otra que está a su lado? Ambas han sido criadas sobre las mismas rodillas, mecidas en la misma cuna y educadas con igual esmero; las dos han oído al mismo predicador y con idéntica atención; ¿por qué una será salvada y la otra dejada? Lejos esté de nosotros el buscar excusas en favor del hombre que se condena, cuando no hay ninguna. Igualmente, lejos esté de nosotros el restarle gloria a Dios, pues sabemos que es Él quien hace la diferencia; por eso la hermana que se ha salvado no debe agradecérselo a sí misma, sino a su Señor. Habrá también dos hombres dados al vicio de la bebida. Unas palabras de la predicación traspasarán a uno de ellos de parte a parte, pero el otro permanecerá impasible, aunque serán bajo todos los aspectos idénticamente iguales, tanto en temperamento como en educación. ¿Cuál es la razón? Tal vez digáis: porque uno ha aceptado el mensaje del Evangelio y el otro lo ha rechazado. Pero debemos responder con la misma pregunta: ¿quién hace que uno acepte y el otro rechace? Me figuro que diréis que el hombre mismo hizo la distinción; pero debéis admitir en vuestra conciencia que es a Dios solo a quien pertenece este poder; a pesar de ello, aquellos a los que no les agrada esta doctrina, están siempre en pugna contra nosotros y dicen: ¿Cómo puede Dios hacer tal acepción entre los miembros de su familia? Imaginaos un padre que tuviese determinado número de hijos, y que a uno diera todos sus beneficios, relegando a los otros a la miseria: ¿diríamos que era un padre duro y cruel? Admito que sí, pero no es el mismo caso, porque no es con un padre con quien tenéis que tratar, sino con un juez. Decís que todos los hombres son hijos de Dios, y yo os sitúo a probarlo con la Biblia. Nunca he leído en ella nada parecido, y jamás me atrevería a decir: “Padre nuestro que estás en el cielo”, hasta que fuese regenerado; no puedo gozarme de su paternidad hasta saber que soy uno con Él y coheredero con Cristo; no osaría llamarle Padre mientras fuera una criatura sin regenerar. No existe aquí la misma relación que entre padre e hijo -porque el hijo siempre tiene algún derecho sobre su padre- sino entre rey y súbdito; y aun ni siquiera ésta, porque el súbdito tiene a veces algo, por pequeño que sea, que reivindicar de su rey. Pero una criatura, una criatura pecadora, jamás puede tener derechos sobre Dios; porque si así fuera, la salvación sería por obras y no por gracia. Si el hombre pudiera merecerla, el salvarlo sería entonces el pago de una deuda, y no se le daría más que lo que se le debía. Sostenemos que la gracia, para que sea tal, ha de hacer diferencias. Alguno dirá: Pero, ¿no está escrito que “a cada uno le es dada medida de gracia para provecho” Bien, si os gusta podéis repetir esa maravillosa cita hasta la saciedad, que seréis bien recibidos. Pero tened en cuenta que esta no es una cita de las Escrituras, a menos que se halle en una edición arminiana. El único pasaje parecido a este se refiere a los dones espirituales de los santos, y sólo de los santos. Ya que, admitiendo vuestra suposición, si a cada uno le es dada medida de gracia para provecho, es evidente que hay otros que la reciben con carácter especial para que, precisamente, les sea provechosa. ¿Qué entendéis por gracia que puede usarse para provecho? Me es fácil comprender los adelantos humanos para perfeccionar la utilización de la grasa, pero lo que no entiendo es una gracia que sea perfeccionada para ser usada por los hombres.
La gracia no es una cosa que yo pueda usar, sino algo que me usa a mí; sin embargo la gente habla de ella como pudiéndola manejar, y no como una influencia que tiene poder sobre ellos. No es algo que yo pueda perfeccionar, sino que me perfecciona a mi, que me emplea y obra sobre mí. Que los hombres hablen cuanto quieran sobre la gracia universal; absurdo por completo porque no existe tal cosa ni puede existir. De lo que pueden hablar con propiedad es de bendiciones universales, porque vemos que los dones naturales de Dios han sido esparcidos por doquier, en mayor o menor profusión, y los hombres pueden aceptarlos o rechazarlos. Pero que no digan lo mismo de la gracia, porque nadie puede cogerla para, por sí mismo, y volverse de las tinieblas a la luz. La luz no viene a la oscuridad y le dice: úsame, sino que la toma y la echa fuera. La vida no acude al cadáver y le dice: válete de mi y torna a vivir, sino que con su propio poder lo resucite. Lo espiritual no se acerca a los huesos resecos para decirle: usadme y revestios de carne, sino que él los cubre, y acaba la obra. La gracia es, pues, algo que se nos da y que ejerce su influjo sobre nosotros.
Solamente el deseo soberano
De Dios, nos hace herederos de gracia;
Nacidos a la imagen de su hijo,
Restaurados de la caída raza..
Y nosotros decimos a todos aquellos que rechinan sus dientes al oír esta verdad, que, tanto si lo saben como si no, sus corazones están llenos de enemistad contra Dios; porque mientras no lleguen al conocimiento de esta doctrina, hay algo que aun no han descubierto, y que les hace oponerse a la idea de un Dios absoluto, libre, sin cadenas, inmutable y teniendo libre albedrío, cosa que son tan dados a demostrar que las criaturas poseen. Estoy persuadido de que debemos mantener la doctrina de la soberanía de Dios, si tenemos una mente sana. “De Jehová es la salud.” Dad, pues, toda la gloria a su santo nombre, pues a Él le pertenece toda.
III. En tercer lugar, vamos a considerar las distinciones que Dios hace en su Iglesia al repartir los DONES HONORIFICOS. Hay diferencia entre los propios hijos de Dios; cuando éstos son tales. Fijaos en lo que quiero decir: Unos tienen, por ejemplo, el don honorífico del conocimiento en mayor grado que otros. Tropiezo de vez en cuando con un hermano con el que podría hablar durante meses, y aprender algo de él cada día. Posee una profunda experiencia -ha buscado en “lo profundo de Dios”-, toda su vida ha sido un continuo estudio, dondequiera que ha estado. Parece haber sacado sus pensamientos, no de 1os libros meramente, sino de la vida de los hombres, de Dios, de su propio corazón; y conoce todas las vueltas y recodos de la experiencia cristiana: ha comprendido la anchura, lo largo, profundidad y altura del amor de Cristo, que excede a todo conocimiento. Ha conseguido una clara idea e íntimo conocimiento del sistema de la gracia, y puede vindicar la conducta del Señor para con su pueblo.
Os encontraréis con otro que ha pasado por multitud de tribulaciones, pero que no tiene un conocimiento profundo de la experiencia cristiana; no aprendió ni un solo secreto en todas sus calamidades. Surgía del barro de una charca para caer inmediatamente en otra, pero nunca se detuvo a recoger alguna de las joyas depositadas en el cieno, ni trató jamás de descubrir las perlas escondidas en sus aflicciones. Conoce muy poco de la altura y la profundidad del amor del Salvador. Podéis charlar con ese hombre tanto como queráis, que no sacaréis de él nada de provecho. Si me preguntáis por qué es esto, os responderé que hay una soberanía de Dios que da el conocimiento a unos y a otros no. Paseando el otro día con un cristiano de edad avanzada, me hablaba de cuánto provecho había sacado de mi ministerio. Nada hay que me haga humillar más que el pensamiento de que un creyente anciano reciba instrucción en los caminos del Señor de un neófito en la gracia. Pero yo espero, cuando llegue a viejo, si es que llego, ser también instruido por algún recién nacido en la fe; porque Dios cierra muchas veces la boca de los mayores y abre la de los niños. ¿Por qué somos maestros de centenares de personas que, en otros aspectos, están mucho más capacitadas para instruirnos a nosotros? La única respuesta que hemos encontrar reside en la soberanía de Dios, y debemos inclinarnos ante ella; porque, ¿no le es lícito a Él hacer lo que quiera con lo suyo? En vez de tener envidia de aquellos que tienen el don del conocimiento, procuremos tenerlo nosotros también, si nos es posible. En lugar de murmurar, protestando por no tener más entendimiento, deberíamos recordar que ni el pie puede decirle a la cabeza, ni la cabeza al pie, no te necesito; porque Dios nos ha dado los talentos como a Él le ha placido.
No penséis, cuando hablamos de dones honoríficos, que éstos se reducen solamente al del conocimiento; también el del servicio es un don honorífico. No hay nada más honroso para un hombre que el cargo de diácono o ministro de la Palabra. Engrandecemos nuestro oficio, pero no a nosotros mismos; porque estamos plenamente convencidos de que el desempeñar cualquier cometido en la iglesia es uno de los más grandes honores. Preferiría ser diácono antes que alcalde de Londres. No hay honor más grande para mí que el de ser ministro de Cristo. Mi púlpito me es más apetecible que el más alto trono, y mi congregación es un gran imperio, ante el cual los más grandes reinos de la tierra quedan reducidos a algo sin importancia eterna. ¿Por qué Dios, por medio del Espíritu Santo, llama con especial vocación a unos para que sean pastores, y no a otros? Incluso hay personas mejor dotadas, pero no nos atreveríamos a darles el púlpito, porque no han sido llamadas con esa vocación. Igual ocurre con el diaconado; hombres a los que consideramos los más capacitados son excluidos, mientras otros son escogidos. Es la soberanía de Dios, que también se hace patente en el nombramiento dé los que han de ser utilizados en cualquier cometido -al poner a David sobre el trono, al escoger a Moisés como caudillo de los hijos de Israel por el desierto, y a Daniel para desenvolverse en las esferas palaciegas; al elegir a Pablo como ministro de los gentiles, y a Pedro como apóstol de la circuncisión-. Y los que no habéis recibido ningún don honorífico, meditad humildemente en la verdad y razón de la pregunta del Señor: “¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?”
Otro de los dones honoríficos de Dios es el de la expresión. La elocuencia ejerce mayor poder sobre los hombres que todos los demás dones juntos, y si alguno quiere influir sobre las multitudes, deberá tocar sus corazones y encadenar sus oídos. Hay quienes son como vasos llenos de conocimiento hasta los mismos bordes, pero sin recursos para darlos a conocer a los demás; poseen todas las perlas del saber, pero no saben cómo engarzarlas en el dorado anillo de la elocuencia; pueden cortar las más delicadas flores, pero no son capaces de trenzarlas en dulce guirnalda para ofrecerla a los ojos de su amada. ¿Cómo puede ocurrir esto? He aquí la misma e invariable respuesta: la soberanía de Dios también se manifiesta en el reparto de los dones honoríficos. Aprended, hermanos, si tenéis algún don, a poner todo su honor a lo pies del Salvador, y a no murmurar, si no los tenéis; porque, recordad que Dios es igualmente bondadoso tanto cuando retiene como cuando distribuye sus dádivas. Si hay entre vosotros alguno que está encumbrado, que no se envanezca, ni desprecie al humilde, porque Dios da a cada vaso su medida de gracia. Servidle según vuestra medida, y adorad al Rey del cielo que hace según le place.
IV. Consideraremos en cuarto lugar los dones de utilidad. Muchas veces he hecho mal censurando a otros hermanos pastores por no tener más fruto, y he dicho que podían haber sido tan efectivos como yo si hubiesen mostrado mayor celo y diligencia; pero he llegado a comprender que hay otros cuya efectividad no guarda relación, ni mucho menos, con su gran celo y constancia. Por lo tanto, me retracto de mis censuras para afirmar que el don de la utilidad es otra manifestación de la soberanía de Dios. No reside en el hombre tal facultad, sino en Dios. Podemos desplegar tanta actividad como queramos, pero sólo en Él está la virtud de hacernos útiles. Izaremos todas nuestras velas cuando el viento sople, pero no nos es dado el poder levantar ni la más ligera brisa.
Vemos también la soberanía Divina en la diversidad de los dones ministeriales. Hay ministros cuya predicación es como mesa servida con ricos y abundantes manjares, mentiras que otros no tienen suficiente para dar de comer a un ratón; siempre que hablan es para censurar y no para alimentar a los hijos de Dios. Hay otros que pueden ofrecer gran consuelo, pero son incapaces de reprender a los que caen; no tienen la suficiente fuerza de espíritu para dar unos cuantos azotes cariñosos que tantas veces son necesarios. Y, ¿cuál es la razón? La soberanía de Dios. Hay algunos, también, que son la antítesis de lo anterior: manejan magníficamente el martillo, pero no saben curar un corazón quebrantado, y si intentaran hacerlo, su efecto sería tan deplorable que os imaginaríais a un elefante tratando de ensartar una aguja. Son buenos para reprender, pero inútiles para aplicar aceite y vino a una conciencia abrasada. ¿Por qué? Porque Dios no les ha dado ese don. Asimismo los hay que sólo predican teología experimental, y muy pocas veces sobre temas doctrinales. Otros son todo doctrina y hablan poco de Cristo crucificado. ¿Por qué, de nuevo? Dios no les ha dado el don de doctrina. Otros -como los de la escuela Hawker- sólo predican a Jesús -¡bendito Jesús!-, y hay quienes se quejan porque no hablan de los problemas de la vida cristiana, porque no entran en detalles sobre la corrupción que experimentan y aflige a los hijos de Dios. Pero no les censuréis por eso. Habréis reparado como de la misma persona unas veces brotan chorros de agua de vida, y otras no podría estar más seco. Por esto, un domingo os marcháis llenos y gozosos, y al siguiente vacíos e indiferentes. Debemos aprender a reconocer y a admirar la mano poderosa de la soberanía de Dios obrando en todo ello. Predicando a una gran muchedumbre, la semana pasada, ocurrió que, en cierto momento de la predicación, la emoción nos embargó a todos y sentí como el poder de Dios estaba con nosotros. Una pobre criatura, movida por el horror de la ira de Dios contra el pecado, clamaba a voz en grito sin poderse reprimir. Aquellas mismas palabras podrán ser pronunciadas de nuevo, con el mismo deseo en el corazón del predicador, y no producir ningún efecto. En las dos ocasiones, pues, debemos atribuirlo a la soberanía divina. La mano de Dios está en todo. ¿Os habéis percatado de que la generación actual es la más impía que haya pisado la tierra? Yo al menos así lo creo. Cuando en tiempos de nuestros padres caía un fuerte aguacero, decían que era Dios quien lo mandaba; oraban pidiendo la lluvia, o el sol, o la bondad de la cosecha; oraban por los pajares cuando se incendiaban, y oraban cuando el hambre azotaba la tierra; nuestros antepasados decían: El Señor lo ha querido. Pero ahora, nuestros filósofos tratan de explicarlo todo, atribuyendo cuantos fenómenos ocurren a causas secundarias. Mas nosotros, hermanos, pensamos que el origen y dirección de todas las cosas pertenecen al Señor y sólo al Señor.
V. Finalmente consideraremos que los DONES CONSOLADORES son de Dios. Cuán reconfortantes son las dádivas que hacen que nos gocemos con las ordenanzas del culto y con un ministerio provechoso. Pero, ¿cuántas iglesias hay que no lo tienen, y por qué nosotros sí? Porque Dios ha hecho la diferencia. Algunos tenéis una fe firme y podéis sonreír ante la adversidad; podéis cantar en todo tiempo, tanto en la tempestad como en la calma. Sin embargo, hay otros con una fe tan flaca que están en peligro de derrumbarse al menor soplo del viento. Unos nacen con un carácter melancólico y, aun en la calma, ven señales de borrasca; otros son de temperamento más alegre y, aunque las nubes sean negras, en cada una de ellas ven una cinta de plata, y son felices. Pero, ¿por qué es esto? Porque los dones consoladores vienen de Dios. Podéis observar que nosotros mismos somos diferentes en determinados momentos de nuestra vida. ¿Por qué ha habido épocas en que hemos podido tener un bendito contacto con el cielo, y nos ha sido permitido el mirar más allá del velo? Y otras veces, sin embargo, ese delicioso placer desaparece repentinamente. ¿Murmuramos por ello? ¿No le es lícito a Él hacer lo que quiere con lo suyo? ¿No puede quitar lo que antes había dado? El consuelo que nosotros tenemos era suyo antes que nuestro.
“Y aunque te lo llevaras
Yo jamás me quejaría;
Que antes que me lo dieras.
Sólo Tú lo poseías.”
No hay gozo del Espíritu, ni bendita esperanza, ni fe fuerte, ni deseo ardiente, ni comunión íntima con Cristo que no sea una dádiva de Dios y que no provenga de Él. Cuando esté en tinieblas y sufra contrariedades, alzaré mis ojos y diré: Él da canciones en la noche; y cuando tenga que gozarme, diré: Mi monte permanecerá para siempre. El Señor es el soberano Jehová, y por tanto, postrado a sus pies estoy, y si perezco pereceré allí.
Pero permitid que os diga, queridos hermanos, que esta doctrina de la soberanía divina, lejos de hacer que os sentéis perezosamente, espero que, con la ayuda de Dios, os humille y os lleve a exclamar: “Indigno soy de la más pequeña de todas tus mercedes, y reconozco que tienes derecho a hacer conmigo lo que quieras. Si me aplastas como a un vil gusano, no serás afrentado; no tengo derecho a pedirte que tengas compasión de mí; sólo te ruego que me mires según tu misericordia. Señor, si quieres puedes perdonarme, y jamás diste tu gracia a alguien que la deseara más ardientemente. Lléname del pan del cielo, porque estoy vacío; vísteme de tus ropajes, porque estoy desnudo; dame vida, porque estoy muerto”. Si elevas esta plegaria con toda tu alma y con toda tu mente, aunque Jehová es soberano, extenderá su cetro y salvará, y vivirás para adorarle en la hermosura de la santidad, amando y bendiciendo su bondadosa soberanía. “El que creyere”, es la declaración de la Escritura, y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere será condenado.” El que creyere en Cristo únicamente y fuere bautizado con agua en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, será salvo; pero el que rechaza a Cristo y no cree en El, será condenado. Éste es el decreto soberano y la proclamación celestial; inclínate a él, reconócelo, obedécele, y Dios te bendiga.
La Perseverancia Final de los Santos
El Púlpito del Tabernáculo Metropolitano
La Perseverancia Final de los Santos
NO. 1361
Sermón predicado la Mañana del Domingo 24 de Junio de 1877
por Charles Haddon Spurgeon
En el Tabernáculo Metropolitano, Newington, Londres.
“No obstante, proseguirá el justo su camino.” — J
ob 17: 9
El hombre que es justo ante Dios tiene un camino propio. No es el camino de la carne, ni tampoco es el camino del mundo; es un camino que el mandato divino le ha señalado, y en el que él camina por fe. Es la calzada del Rey de la santidad, y el impío no transitará por ella: sólo los que son rescatados por el Señor caminarán por esa calzada, y éstos descubrirán que es un sendero de separación del mundo.
Una vez que ha entrado en el camino de vida, el peregrino debe perseverar en él o perecer, pues así ha dicho el Señor: “Y si retrocediere, no agradará a mi alma.” La perseverancia en el camino de fe y santidad es una necesidad del cristiano, pues solamente “el que persevere hasta el fin, éste será salvo.” Sería en vano brotar rápidamente como la semilla que es sembrada sobre la roca, para luego secarse rápidamente cuando el sol está en lo alto; eso solamente demostraría que una planta así no tiene raíces, pero “Se llenan de savia los árboles de Jehová,” y permanecen y continúan y dan fruto, aun en su ancianidad, para demostrar que el Señor es recto.
Hay una gran diferencia entre el cristianismo nominal y el cristianismo real, y esto generalmente se puede comprobar en el fracaso de uno y en la perseverancia del otro. Ahora, la declaración del texto es que el hombre verdaderamente justo proseguirá su camino; no regresará, no saltará los vallados ni se desviará a la derecha ni a la izquierda, no descansará quedándose sin hacer nada, ni tampoco desmayará ni dejará de andar su camino; sino que él “proseguirá su camino.” Frecuentemente le resultará muy difícil hacerlo, pero él tendrá tal resolución, tal poder de gracia interna que le ha sido otorgado, que él “proseguirá su camino,” con firme determinación, como si se sostuviera con sus dientes y no esté dispuesto a soltarse.
Es posible que no siempre viaje a la misma velocidad; no se dice que mantendrá su paso, sino que él proseguirá su camino. Hay momentos en los que corremos sin cansarnos, pero a menudo simplemente caminamos y estamos muy agradecidos porque no nos desmayamos; ay, y hay períodos cuando estamos contentos con gatear como un bebé y arrastrarnos hacia arriba con dolor; pero aun así demostramos que “proseguirá el justo su camino.” Bajo toda clase de dificultades el rostro del hombre a quien Dios ha justificado, está firmemente orientado hacia Jerusalén; y él no se desviará hasta que sus ojos hayan visto al Rey en Su belleza.
Esta es una gran maravilla. Es algo maravilloso simplemente que un hombre sea cristiano, y una maravilla aun mayor que continúe siéndolo. Consideren la debilidad de la carne, la fuerza de la corrupción interna, la furia de la tentación satánica, las seducciones de las riquezas y el orgullo de la vida, el mundo y sus caminos: todas estas cosas están en contra nuestra, y sin embargo, he aquí, “es más grande Quien está a favor nuestro que todos los que están en contra,” y desafiando al pecado, y a Satanás, y a la muerte, y al infierno, el justo prosigue su camino.
Yo interpreto que nuestro texto declara con precisión la doctrina de la perseverancia final de los santos. “No obstante, proseguirá el justo su camino.” Hace años, cuando hubo una encendida y amarga controversia entre calvinistas y arminianos, cada uno de los bandos tenía la costumbre de caricaturizar al otro bando. Mucho del peso de los argumentos no estaba orientado en contra del sentir real del bando opuesto, sino más bien en contra de lo que se le atribuía. Hicieron un muñeco de paja, y luego lo quemaron, cosa muy fácil de hacer, pero yo confío que este tipo de cosas ha quedado completamente atrás.
La gloriosa verdad de la perseverancia final de los santos ha sobrevivido la controversia, y de una forma u otra es una apreciada creencia de los hijos de Dios. Sin embargo, pongan mucho interés en entender en qué consiste. La Escritura no enseña que un hombre llegará al final de su jornada sin que continúe viajando a lo largo del camino; no es cierto que un acto de fe sea todo, y que no se requiera de fe, de oración, y de vigilancia cada día. Nuestra doctrina es exactamente lo opuesto a eso, es decir, que el justo proseguirá su camino; o, en otras palabras, continuará en fe, en arrepentimiento, en oración, y bajo la influencia de la gracia de Dios.
Nosotros no creemos en la salvación como una fuerza física que trata al hombre como un tronco muerto, y que lo transporta al cielo, ya sea contando con su aprobación o sin contar con ella. No, “él prosigue,” él está activamente involucrado en el asunto, y camina pesadamente cuesta arriba y luego desciende al valle hasta que llega al fin de su jornada.
Nunca hemos pensado, ni mucho menos hemos soñado, que simplemente porque un hombre supone que ha entrado alguna vez en este camino puede consecuentemente concluir que él tiene certeza de la salvación, aunque deje el camino inmediatamente después. No, sino que nosotros afirmamos que quien verdaderamente recibe el Espíritu Santo, de tal forma que cree en el Señor Jesucristo, no regresará, sino que perseverará en el camino de la fe.
Está escrito: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo,” y no podría ser salvo si se le permitiera que regresara y se deleitara en el pecado como lo hacía antes; y, por tanto, él será guardado por el poder de Dios a través de la fe para salvación. Aunque el creyente cometerá todavía muchos pecados, para su congoja, sin embargo el tenor de su vida será la santidad para Dios, y proseguirá en el camino de obediencia.
Nosotros detestamos la doctrina que establece que un hombre que alguna vez creyó en Jesús será salvo a pesar de haber abandonado el sendero de la obediencia. Nosotros negamos que tal desviación sea posible para el verdadero creyente, y por lo tanto la idea que nos ha imputado nuestro adversario es claramente una invención. No, amados hermanos, un hombre, si es verdaderamente un creyente en Cristo, no vivirá según la voluntad de la carne. Cuando en efecto cae en pecado, sentirá dolor y miseria, y no descansará nunca hasta que es lavado de la culpa; pero voy a afirmar esto acerca del creyente, que si él pudiera vivir como él quisiera vivir, entonces llevaría una vida perfecta.
Si le preguntaras, después que ha creído, si podría vivir como él quisiera, él respondería: “Quiera Dios que yo pudiera vivir como yo quisiera, pues deseo vivir completamente sin pecado. Quisiera ser perfecto, así como mi Padre celestial es perfecto.” Esta doctrina no es la idea licenciosa que un creyente puede vivir en pecado, sino que no puede ni quiere hacerlo.
Esta es la doctrina, y en primer lugar vamos a demostrarla; y en segundo lugar, en el sentido puritano de la palabra, vamos a aplicarla de manera breve, al extraer dos lecciones espirituales de ella.
I. DEMOSTREMOS ENTONCES LA DOCTRINA. Por favor sigan mi argumento con sus Biblias abiertas. La mayoría de ustedes, queridos amigos, han recibido como materia de fe las doctrinas de la gracia, y por tanto para ustedes la doctrina de la perseverancia final no requiere ninguna demostración, porque se deduce de todas las otras doctrinas. Nosotros creemos que Dios tiene un pueblo elegido al que Él ha escogido para vida eterna, y esa verdad necesariamente implica la perseverancia en la gracia.
Nosotros creemos en la redención especial, y esto asegura la salvación y la consiguiente perseverancia de los redimidos. Nosotros creemos en el llamamiento eficaz, que está ligado a la justificación, una justificación que asegura la glorificación. Las doctrinas de la gracia son como una cadena: si tú crees en una de ellas entonces debes creer la siguiente, pues cada una implica a las demás; por tanto, yo digo que, quienes aceptan cualquiera de las doctrinas de la gracia, deben recibir esta doctrina también, como inherente a ellas.
Pero voy a intentar demostrar esta doctrina para aquellos que no aceptan las doctrinas de la gracia; no quisiera argumentar en un círculo, demostrando algo que ustedes dudan por medio de otra cosa que ustedes también dudan, sino que “¡A la ley y al testimonio!” Vamos a remitir este asunto a las palabras reales de la Escritura.
Antes de avanzar al argumento, será bien que enfaticemos que aquellos que rechazan esta doctrina, nos dicen frecuentemente que hay muchas advertencias en la palabra de Dios en contra de la apostasía, y que esas advertencias no podrían tener algún significado si fuera cierto que el justo proseguirá su camino. Pero ¿qué pasa si esas advertencias son los instrumentos que utiliza la mano de Dios para evitar que Su pueblo se desvíe? ¿Qué pasa si esas advertencias son usadas para excitar un santo temor en las mentes de Sus hijos, convirtiéndose así en el medio de prevenir el mal que esas advertencias denuncian?
También quisiera recordarles que en la Epístola a los Hebreos, que contiene las advertencias más solemnes contra la apostasía, el apóstol siempre se cuida de añadir palabras que demuestran que él no creía que aquellos a quienes él advertía, realmente apostatarían. Veamos Hebreos 6: 9. Él les ha estado diciendo a estos hebreos que si los que una vez fueron iluminados, recayeran (apostataran), sería imposible que fueran otra vez renovados para arrepentimiento, y agrega: “Pero en cuanto a vosotros, oh amados, estamos persuadidos de cosas mejores, y que pertenecen a la salvación, aunque hablamos así.” En el capítulo 10, el apóstol hace también una severa advertencia, declarando que aquellos que actúan de manera contraria al espíritu de gracia son dignos de un mayor castigo que los que violaron la ley de Moisés, pero concluye el capítulo con estas palabras: “Mas el justo vivirá por fe; y si retrocediere, no agradará a mi alma. Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma.” De esta manera el apóstol muestra cuáles serían las consecuencias de la apostasía, pero él está convencido que ellos no elegirán incurrir en tan terrible condenación.
Adicionalmente, quienes objetan esta doctrina a veces citan algunos ejemplos de apostasía que son mencionados en la palabra de Dios, pero al mirar estos casos con detenimiento descubrimos que se trata de personas que simplemente profesaron conocer a Cristo, pero que realmente no eran poseedores de la vida divina. Juan, en su primera Epístola, 2: 19, describe plenamente a estos apóstatas: “Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros.”
Aquel memorable pasaje en el Evangelio de Juan es igualmente aplicable, donde nuestro Salvador habla de los pámpanos de la vid que no permanecen en ella, que son echados fuera y arrojados al fuego: estos son descritos como pámpanos en Cristo que no llevan fruto. ¿Son ellos verdaderos cristianos? ¿Cómo pueden serlo si no llevan fruto? “Por sus frutos los conoceréis.” El pámpano que lleva fruto es limpiado, pero nunca es echado fuera. Quienes no llevan fruto no son figuras de verdaderos cristianos, sino que representan adecuadamente a simples profesantes. Nuestro Señor, en Mateo 7:22, nos habla en relación a muchos que en ese día dirán: “Señor, Señor,” y que Él responderá: “Nunca os conocí.” No les dirá: “Os he olvidado,” sino más bien: “Nunca os conocí”: nunca fueron realmente Sus discípulos.
Pero ahora nos enfocaremos en el argumento mismo. En primer lugar sostenemos la perseverancia de los santos, de manera muy clara a partir de la naturaleza de la vida que es impartida en la regeneración. ¿Qué dijo Pedro en relación a esta vida? (1 Pedro 1: 23) Él habla del pueblo de Dios como “siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre.”
La nueva vida que es plantada en nosotros cuando nacemos de nuevo, no es como el fruto de nuestro primer nacimiento, pues ese está sujeto a la mortalidad, sino que es un principio divino, que no puede morir ni puede corromperse; y, si es así, entonces quien lo posee debe vivir para siempre, ciertamente debe ser para siempre aquello en lo que el Espíritu de Dios lo ha convertido.
Y en 1 Juan 3: 9 tenemos el mismo pensamiento planteado de otra forma: “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios.” Es decir, la inclinación de la vida del cristiano no es hacia el pecado. No sería una descripción justa de su vida decir que vive en pecado; por el contrario, lucha y contiende contra el pecado, porque posee un principio interno que no puede pecar. La nueva vida no peca; es nacida de Dios, y no puede transgredir; y aunque la vieja naturaleza está en guerra contra ella, sin embargo la nueva vida prevalece de tal manera en el cristiano, que es guardado de vivir en pecado.
Nuestro Salvador, en Su sencilla enseñanza del Evangelio a la mujer samaritana, le dijo (Juan 4: 13) “Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.” Ahora, si nuestro Salvador le enseñó esto a una mujer pecadora e ignorante, en Su primera entrevista con ella, yo entiendo que esta doctrina no está reservada al círculo interno de santos ya maduros, sino que debe predicarse ordinariamente entre la gente común, y que debe considerarse como un privilegio extremadamente bendito. Si ustedes reciben la gracia que Jesús imparte a sus almas, será como la mejor parte que María escogió, no les será arrebatada; morará en ustedes, no como el agua en una cisterna, sino como una fuente viva que salta para vida eterna.
Todos nosotros sabemos que la vida que es dada en el nuevo nacimiento está íntimamente conectada con la fe. Ahora, la fe es en sí misma un principio conquistador. En la Primera Epístola de Juan, que es un gran tesoro de argumentación (1 Juan 5: 4) se nos dice: “Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” Vean, entonces, que lo que es nacido de Dios en nosotros, es decir, la nueva vida, es un principio conquistador; no se sugiere para nada que puede ser derrotada alguna vez: y la fe, que es un signo exterior, es en sí misma una eterna triunfadora.
Por lo tanto, necesariamente, porque Dios ha implantado una vida tan maravillosa en nosotros, sacándonos de las tinieblas y llevándonos a Su luz admirable, porque nos ha engendrado nuevamente a una esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de los muertos, porque el eterno y siempre bendito Espíritu ha venido para habitar en nosotros, nosotros concluimos que la vida divina en nosotros, nunca morirá. “Proseguirá el justo su camino.”
El segundo argumento para el cual solicito la atención de ustedes se deduce de las declaraciones expresas del propio Señor. Aquí vamos a examinar nuevamente el Evangelio de Juan, y en su bendito capítulo tercero, donde nuestro Señor estaba explicando el Evangelio de la manera más sencilla posible a Nicodemo, y le encontramos poniendo mucho énfasis en el hecho que la vida que se recibe por la fe en Él, es eterna. Miren a ese precioso versículo, el catorce: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”
Por lo tanto, ¿acaso creen en Él los hombres y sin embargo perecen? ¿Acaso creen en Él y reciben una vida espiritual que llega a un final? No puede ser, pues “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda”: pero él se perdería si no perseverara hasta el fin; y por lo tanto debe perseverar hasta el fin. El creyente tiene vida eterna, ¿cómo entonces puede morir, y dejar de ser un creyente? Si no permanece en Cristo, evidentemente él no tiene vida eterna, por lo tanto permanecerá en Cristo hasta el fin. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”
Algunos replican a esto que un hombre puede tener vida eterna y sin embargo perderla. A eso respondemos que las palabras no pueden significar eso. Tal afirmación es una contradicción clara. Si se pierde la vida el hombre está muerto; entonces ¿cómo pudo tener vida eterna? Es claro que sólo tenía una vida que duró por un tiempo: ciertamente no tenía vida eterna, pues si la hubiera tenido, habría vivido eternamente. “El que cree en el Hijo tiene vida eterna” (Juan 3: 36). Los santos en el cielo poseen vida eterna, y nadie espera que mueran. Su vida es eterna; pero la vida eterna es vida eterna, ya sea que la persona que la posea habite en la tierra o en el cielo.
No necesito leer todos los pasajes en los que se enseña la misma verdad; pero más adelante, en Juan 6: 47, nuestro Señor le dijo a los judíos: “De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna.” No una vida temporal, sino “vida eterna.” Y en el versículo 51 dijo: “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre.” Y luego viene esa famosa declaración del Señor Jesucristo, que, si no existiera ninguna otra, sería más que suficiente para demostrar nuestro punto. Juan 10: 28: “Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie (la palabra “hombre” no está en el original) las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. ¿Qué significado tiene sino éste: que Él ha agarrado a Su pueblo, y que tiene la intención de sostenerlo muy seguramente en Su poderosa mano?
“¿Dónde está el poder que puede alcanzarnos allí,
O, quién podrá arrebatarnos de Su mano?”
Por encima de la mano de Jesús que fue perforada viene la mano del Padre omnipotente como una especie de segundo agarre. “Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.” Esto debe mostrar con toda seguridad que los santos están seguros de cualquier cosa y de todo lo que pudiera destruirlos, y por consiguiente están protegidos de la apostasía total.
Otro pasaje afirma también lo mismo, y es Mateo 24: 24, donde el Señor Jesús ha estado hablando de los falsos profetas que van a engañar a muchos. “Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos.” Y esto demuestra que es imposible que los escogidos sean engañados por ellos. De las ovejas de Cristo se dice: “Mas al extraño no seguirán, sino huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños,” sino que por instinto divino ellos conocen la voz del Buen Pastor, y lo siguen.
De esta manera nuestro Salvador ha declarado, tan sencillamente como las palabras pueden expresarlo, que aquellas personas que son Su pueblo, poseen la vida eterna en ellos, y no perecerán, sino que entrarán en la felicidad eterna. “Proseguirá el justo su camino.”
Un argumento muy bendito para la seguridad del creyente se encuentra en la intercesión de nuestro Señor. No necesitan buscar la referencia bíblica, pues ustedes la conocen muy bien, que muestra la conexión entre la intercesión viva de Cristo y la perseverancia de Su pueblo: “Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.” (Hebreos 7: 25)
Nuestro Señor Jesús no está muerto; Él ha resucitado, se ha elevado a la gloria y ahora intercede sobre la base del mérito de Su obra perfecta ante el eterno trono, y conforme intercede allí por todo Su pueblo, cuyos nombres están escritos en Su corazón, como los nombres de Israel estaban escritos en el pectoral del sumo sacerdote, Su intercesión salva a Su pueblo hasta lo sumo.
Si quisieran un ejemplo de esto, deben ver el caso de Pedro que está registrado en Lucas 22: 31, donde nuestro Señor dice: “Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos.” La intercesión de Cristo no salva a Su pueblo de las pruebas, ni de las tentaciones, ni de ser sacudido hacia arriba y hacia abajo como el trigo en la criba, ni tampoco lo salva de una cierta medida de pecado y de dolor, pero sí lo salva de la apostasía total. Pedro fue conservado, y aunque él negó a su Señor, esto fue sólo una excepción a la grandiosa regla de su vida. Por gracia prosiguió en su camino, porque no sólo en ese momento, sino muchas otras veces, aunque pecó, tenía un abogado ante el Padre, Jesucristo el justo.
Si desean saber cómo intercede Jesús, lean con calma en sus respectivas casas ese maravilloso capítulo 17 de Juan, la oración del Señor. ¡Qué oración es esa! “Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese.” Judas se perdió, pero Judas fue dado a Cristo como un apóstol y no como una de Sus ovejas. Él tenía una fe temporal, y mantuvo una profesión temporal, pero nunca tuvo vida eterna, pues de lo contrario hubiera vivido.
Esos gemidos y esos clamores del Salvador que acompañaron sus súplicas en Getsemaní, fueron escuchados en el cielo, y fueron respondidos. “Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre”; el Señor los guarda por medio de Su palabra y Su Espíritu, y los guardará. Si la oración de Cristo en Getsemaní fue respondida, con cuánta más razón es escuchada la que se eleva ahora desde el propio trono eterno.
“Con clamores y lágrimas Él ofreció
Su humilde súplica desde la tierra;
Pero con autoridad solicita ahora,
Entronado en Su gloria.
Para quienes vienen a Dios por Él,
Salvación Él demanda;
Señala sus nombres grabados en Su pecho,
Y extiende sus manos traspasadas.”
Ah, si mi Señor Jesús intercede por mí, no puedo tener temor ni de la tierra ni del infierno: Esa voz que vive y que intercede tiene poder para guardar a los santos, y también lo tiene el propio Señor viviente, pues Él ha dicho: “Porque yo vivo, vosotros también viviréis” (Juan 14:19).
Ahora tenemos un cuarto argumento. Acumulamos una segura confianza en la perseverancia de los santos por el carácter y la obra de Cristo. Voy a ser muy breve en esto, pues confío que ustedes conocen tan bien a mi Señor que no necesita ninguna palabra de recomendación de parte mía para ustedes; pero si lo conocen, dirán lo mismo que el apóstol dice en 2 Timoteo 1:12, “Porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día.” Él no dijo: “yo sé en quién he creído,” como lo cita la mayor parte de la gente, sino, “yo sé a quién he creído.” Él conocía a Jesús, conocía Su corazón y Su fidelidad, conocía Su expiación y Su poder, conocía Su intercesión y Su fuerza; y él entregó su alma a Jesús por un acto de fe, y se sentía seguro.
Mi Señor es tan excelente en todas las cosas que sólo necesito darles un vislumbre de su carácter y ustedes verán lo que fue mientras habitó aquí entre los hombres. Al comienzo de Juan capítulo 13 leemos: “Como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.” Si no hubiera amado a Sus discípulos hasta el fin cuando estaba aquí, podríamos concluir que es cambiante ahora como lo fue entonces; pero si amó a Sus elegidos hasta el fin cuando todavía estaba en Su humillación aquí abajo, esto nos trae la dulce y bendita confianza que ahora que Él está en el cielo, Él amará hasta el fin a quienes confían en Él.
En quinto lugar, podemos deducir la perseverancia de los santos del tenor del pacto de gracia. ¿Les gustaría comprobarlo por ustedes mismos? Si es así, entonces vayamos al Antiguo Testamento, a Jeremías 32 y allí encontrarán el pacto de gracia expuesto bastante ampliamente. A nosotros nos bastará leer el versículo cuarenta: “Y haré con ellos pacto eterno, que no volveré atrás de hacerles bien, y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí.” Él no se apartará de ellos, y ellos no se apartarán de Él. ¿Qué puede ser mayor garantía de su perseverancia hasta el fin? Ahora es muy claro que éste es el pacto de gracia bajo el cual vivimos, con base en la Epístola a los Hebreos, pues el apóstol cita ese pasaje con ese objetivo, en el capítulo 8. El tema va más o menos así: “He aquí vienen días, dice le Señor, en que estableceré con la casa de Israel y la casa de Judá un nuevo pacto; no como el pacto que hice con sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos no permanecieron en mi pacto, y yo me desentendí de ellos, dice el Señor. Por lo cual, este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré; y seré a ellos por Dios, y ellos me serán a mí por pueblo.”
El antiguo pacto tenía un “si” incorporado en él, y por lo tanto sufrió un naufragio; era “si ustedes obedecen entonces serán bendecidos”; y viene una falla de parte del hombre, y todo el pacto terminó en desastre. Era el pacto de obras, y bajo ese pacto estábamos en servidumbre, hasta que fuimos liberados de él e introducidos al pacto de la gracia, que no tiene ningún “si” incorporado, sino que manifiesta claramente el peso de la promesa; es “Yo haré” y ustedes “harán” en todo momento. “Seré a ellos por Dios, y ellos me serán a mí por pueblo.”
Gloria sea dada a Dios, este pacto no dejará de tener vigencia, pues vean cómo el Señor declara su carácter durable en el libro de Isaías (54: 10): “Porque los montes se moverán, y los collados temblarán, pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará, dijo Jehová, el que tiene misericordia de ti.” Y nuevamente en Isaías 55: 3: “Y haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes de David.”
La idea de apartarse totalmente de la gracia es una reliquia del viejo espíritu legal, es una separación de la gracia para caer nuevamente bajo la ley, y yo les exhorto a ustedes que alguna vez que han sido esclavos emancipados, y han logrado que las cadenas de la servidumbre legal hayan sido soltadas de sus manos, nunca consientan llevar esas ataduras de nuevo. Cristo los ha salvado si en verdad ustedes creen el Él, y no los ha salvado por una semana, o un mes, o un trimestre, o un año, o veinte años, sino que Él les ha dado vida eterna, y nunca perecerán, ni nadie los arrebatará de Su mano. Gócense en este bendito pacto de gracia.
El sexto argumento, que es muy poderoso, se deduce de la fidelidad de Dios. Miren a Romanos 11: 29. ¿Qué dijo el apóstol allí, hablando por el Espíritu Santo? “Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios,” que quiere decir que Él no da vida ni perdona a un hombre y lo llama por gracia y luego se arrepiente de lo que ha hecho, y retira las buenas cosas que ha otorgado. “Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta.” Cuando extiende Su mano para salvar no la retira hasta que la obra es consumada.
Su palabra es, “Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos.” (Malaquías 3: 6). “Además, el que es la Gloria de Israel no mentirá, ni se arrepentirá.” (1 Samuel 15: 29). El apóstol quiere que afirmemos nuestra confianza en la perseverancia sobre la confirmación que la fidelidad divina ciertamente nos la va a dar. Él dice en 1 Corintios 1: 8 “El cual también os confirmará hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor.” Y nuevamente dice algo parecido en 1 Tesalonicenses 5: 24 “Fiel es el que os llama, el cual también lo hará.”
Desde tiempos antiguos era la voluntad de Dios salvar al pueblo que Él dio a Jesús, y de esto no se ha arrepentido, pues nuestro Señor dijo (Juan 6: 39), “Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.” De esta manera se desprende de estos pasajes, y hay todavía muchos más, que la fidelidad de Dios asegura la preservación de Su pueblo, y “proseguirá el justo su camino.”
El séptimo y último argumento lo sacaremos de lo que ya ha sido hecho en nosotros. No haré más que citar las Escrituras, y dejar que penetren en sus mentes. Un bendito pasaje es el de Jeremías 31: 3: “Jehová se manifestó a mí hace ya mucho tiempo, diciendo: Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia.” Su no hubiera querido que su amor fuera eterno, no nos habría prolongado Su misericordia, pero debido a que ese amor es eterno, por tanto nos ha prolongado Su misericordia.
El apóstol argumenta de manera muy elaborada en Romanos 5: 9, 10: “Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliado con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.” No puedo detenerme para mostrarles cuán enfática es cada palabra en estos versículos, pero así es: si Dios nos reconcilió cuando éramos enemigos, Él ciertamente nos salvará ahora que somos Sus amigos, y si nuestro Señor Jesús nos ha reconciliado por Su muerte, mucho más nos salvará por Su vida; así que podemos estar seguros de que Él no dejará ni abandonará a quienes ha llamado.
¿Necesitan que traiga a sus mentes ese capítulo dorado, el octavo de Romanos, el más noble de cualquier lengua que jamás haya sido escrito por la pluma de un hombre? “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.” No hay ningún rompimiento en la cadena entre justificación y glorificación: y ningún rompimiento que podamos suponer que puede ocurrir, pues el apóstol lo coloca fuera de cualquier peligro, cuando dice: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió: más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo?” Luego él nos presenta todas las cosas que podrían suponerse que separan, y dice: “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.”
De la misma manera, el apóstol escribe en Filipenses 1: 6. “Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.” No puedo detenerme para mencionar las muchas otras Escrituras en las que lo que ha sido hecho es utilizado como argumento que la obra será completada, sino que es de conformidad a la conducta del Señor terminar cualquier cosa que Él emprende. “Gracia y gloria dará Jehová,” y perfeccionará lo concerniente a nosotros.
Un maravilloso privilegio que nos ha sido otorgado es de especial significación: somos uno con Cristo por una unión íntima, vital, espiritual. El Espíritu nos enseña que gozamos de una unión de matrimonio con Cristo Jesús nuestro Señor. ¿Se disolverá esa unión? Estamos casados con Él. ¿Acaso ha dado Él alguna vez carta de divorcio? Nunca se ha dado el caso que el novio celestial haya divorciado de Su corazón a un alma elegida con quien se ha unido con los lazos de gracia.
Escuchen estas palabras del profeta Oseas 2: 19, 20. “Y te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia, juicio, benignidad y misericordia. Y te desposaré conmigo en fidelidad, y conocerás a Jehová.”
Esta maravillosa unión es explicada por medio de la figura de la cabeza y el cuerpo: nosotros somos miembros del cuerpo de Cristo. ¿Acaso los miembros de Su cuerpo pueden descomponerse? ¿Es amputado Cristo? ¿Se le pueden poner miembros nuevos cuando pierde los viejos? No, siendo miembros de Su cuerpo, no seremos separados de Él. “Pero el que se une al Señor,” dice el apóstol, “un espíritu es con él,” y si somos hechos un espíritu con Cristo, esa unión misteriosa no permite la suposición de una separación.
El Señor ha hecho otra grandiosa obra en nosotros, pues nos ha sellado con el Espíritu Santo. La posesión del Espíritu Santo es el sello divino que tarde o temprano es colocado en todos los elegidos. Hay muchos pasajes en los que se habla de ese sello, y es descrito como una prenda, una prenda de la herencia. Pero ¿cómo una prenda si después de recibirla, no alcanzamos la posesión adquirida?
Reflexionen en las palabras del apóstol en 1 Corintios 1: 21, 22: “Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría.”(1) Con el mismo objeto, el Espíritu Santo habla en Efesios 1: 13, 14: “En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.”
Amados hermanos, tenemos la certeza que si el Espíritu Santo habita en nosotros, Él que levantó a Jesucristo de los muertos, guardará nuestras almas y dará vida a nuestros cuerpos mortales y nos presentará perfectos ante la gloria de Su rostro en el último día. Por tanto hacemos un resumen de nuestro argumento con la expresión confiada del apóstol cuando dijo (2 Timoteo 4: 18), “Y el Señor me librará de toda obra mala, y me preservará para su reino celestial. A él sea gloria por los siglos de los siglos. Amén.”
II. Ahora, ¿cómo APLICAREMOS PRÁCTICAMENTE ESTA DOCTRINA? La primera aplicación es para animar al hombre que va camino al cielo. Proseguirá el justo su camino.” Si yo tuviera que realizar un viaje muy largo, digamos de Londres a John o’ Groats, confiando en que mis pobres piernas débiles me lleven, y con un peso que cargar también, podría comenzar a desesperarme, y, ciertamente, el propio primer día de camino me noquearía: pero si yo tuviera una seguridad divina que me afirma categóricamente: “Tú proseguirás tu camino, y llegarás a tu destino,” yo siento que me cobraría ánimos para alcanzar la tarea. Difícilmente alguien se lanzaría a una jornada difícil sino creyera que puede terminarla, pero la dulce seguridad que alcanzaremos nuestro hogar, nos lleva a cobrar ánimos.
El tiempo es lluvioso, húmedo, muy ventoso, pero debemos proseguir, pues el fin está garantizado. El camino es muy difícil, y corre por colinas y valles; respiramos agitadamente y nuestras piernas nos duelen; pero como vamos a llegar al fin de nuestro camino, proseguimos a la meta. Estamos a punto de arrastrarnos a cualquier casa y acostarnos para morir de cansancio, diciendo: “Nunca voy a completar mi tarea;” pero la confianza que hemos recibido nos pone de pie nuevamente, y proseguimos.
Para el hombre de corazón recto, la garantía de éxito es el mejor estímulo para trabajar. Si así es, que voy a vencer al mundo, que voy a conquistar el pecado, que no voy a ser un apóstata, que no voy a abandonar mi fe, que no voy a arrojar mi escudo, que voy a llegar a casa siendo un conquistador, entonces voy a actuar como un hombre y voy luchar como un héroe. Esta es la razón por la que las tropas británicas han ganado la batalla a menudo, porque los jóvenes que tocan los tambores no saben cómo llamar a retirada, y las tropas no creen en la posibilidad de la derrota. Muchas veces fueron derrotados por los franceses, eso dicen los franceses, pero ellos no querían creerlo, y por lo tanto no huían. Ellos sentían que ganaban, y por tanto permanecían como rocas sólidas en medio de la terrible artillería del enemigo hasta que se declaraba la victoria a su favor.
Hermanos, nosotros haremos lo mismo si nos damos cuenta que somos preservados en Cristo Jesús, guardados por el poder de Dios por medio de la fe para salvación. Cada creyente verdadero será un conquistador, y esta es la razón para pelear una buena guerra. Está preparada para nosotros una corona de vida en el cielo que no perderá su color. La corona está preparada para nosotros, y no para quienes vienen de manera imprevista. La corona reservada para mí es tal que nadie más puede usarla; y si es así, entonces voy a combatir y voy a esforzarme hasta el fin, hasta que el último enemigo sea vencido, y la muerte misma esté muerta.
Otra aplicación es esta: qué estímulo es este para los pecadores que desean la salvación. Debe guiarlos a venir y recibir esto con un deleite agradecido. Quienes niegan esta doctrina ofrecen a los pecadores una pobre salvación devaluada, que no vale la pena, y no es sorprendente que los pecadores no se queden con ella. Así como el Papa dio Inglaterra al rey de España (si hubiera podido obtener ese país) así ellos ofrecen la salvación de Cristo si un hombre puede merecerla por medio de su propia fidelidad.
De conformidad con algunas personas, la vida eterna es dada a ustedes, pero puede ser que no sea eterna; puedes perderla, puede durar sólo un poco de tiempo. Cuando yo no era más que niño, me preocupaba porque veía a algunos de mis jóvenes compañeros, que eran un poco mayores que yo, cuando se convertían en aprendices y llegaban a Londres, que se convertían en personas viciosas; he escuchado los lamentos de sus madres, y he visto sus lágrimas por sus hijos; he escuchado a sus padres que expresaban su amarga pena por esos muchachos, a quienes yo había conocido en mi clase, como muy buenas personas, como yo no hubiera podido serlo jamás, y me inquietaba con horror la idea que yo tal vez podría pecar como ellos. Ellos no guardaban el día del Señor; hubo un caso de un robo de una caja fuerte para irse de farra el domingo. Simplemente pensar en eso me aterraba; yo anhelaba mantener un carácter sin mancha y cuando escuché que si yo entregaba mi corazón a Cristo, Él me guardaría, eso fue precisamente lo que me conquistó; parecía un seguro de vida celestial para mi carácter, que si yo me entregaba verdaderamente a Cristo, Él me salvaría de los errores de la juventud, me preservaría en medio de la tentaciones de la edad adulta, y me guardaría hasta el fin. Me agradaba el pensamiento que si yo era hecho justo por la fe en Cristo Jesús, proseguiría mi camino por el poder del Espíritu Santo. Eso que me agradó en mi niñez es aún más atractivo para mí en mi edad adulta: yo estoy feliz de predicarles una salvación cierta y eterna.
Siento que tengo algo que ofrecerles el día de hoy, que es digno de la pronta aceptación de cada pecador. No tengo las condiciones de “si” ni “pero” para diluir el puro Evangelio de mi mensaje. Aquí está: “El que creyere y fuere bautizado será salvo.” Se me cayó un pedazo de hielo al piso ayer, y le dije a alguien que estaba conmigo en la habitación “¿acaso no es eso un diamante?” “Ah,” me respondió, “no lo dejarías en el piso, te lo garantizo, si fuera un diamante de ese tamaño.”
Pero yo tengo un diamante aquí, ¡vida eterna, vida para siempre! Me parece que se darán prisa para tomarlo de inmediato, para que sean salvos ahora, para ser salvados en la vida, para ser salvados en la muerte, para ser salvados en la resurrección, para siempre, por el poder eterno y el amor infinito de Dios. ¿Acaso no vale la pena tener esto? Pobre alma, agárralo; tú puedes tenerlo simplemente creyendo en Jesucristo, o, en otras palabras, confía tu alma a Él. Deposita tu eterno destino en este banco divino, y luego puedes decir, “Porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día.” Que el Señor los bendiga, por Cristo nuestro Señor. Amén.
Nota del Traductor: En la publicación original del sermón está establecida esta cita sin embargo la fuente correcta es 2 Corintios 1: 21,22, favor de tomar nota y hacer sus cambios correspondientes.

CRISTO Y EL CREYENTE
CRISTO Y EL CREYENTE
Por Robert Murray M’Cheyne
«Como el lirio entre las espinas, as! es mi amiga entre las doncellas. Como el manzano entre los árboles silvestres, as! es mi amado entre los mancebos: bajo la sombra del deseado me senté con gran deleite y su fruto fue dulce a mi paladar» (Cantar de los Cantares 2:2‑3).
Si una persona no convertida fuese llevada al cielo, donde está Cristo sentado en gloria, y oyese las palabras de amor que Cristo, lleno de admiración, dirige al creyente, he podría entenderlas; no podría comprender cómo Cristo puede descubrir belleza alguna en la despreciable gente religiosa a quien él, en el fondo de su corazón, menosprecia. Y si un inconverso pudiese oír a un cristiano en sus devociones cuando realmente ha transpuesto el velo y se enterase de sus palabras de admiración y amor hacia Cristo, tampoco podría en modo alguno comprenderlas; no le sería posible entender cómo el creyente puede tener tan encendido amor hacia un ser que no ha visto, en quien él mismo no ve atractivo ni hermosura. Tan cierto es ‑las Sagradas Escrituras lo declaran que el hombre natural no conoce las cosas del Espíritu de Dios, ni las puede entender, porque le son locura.
Quizá algunos de los que me oyen sienten un profundo desprecio hacia el pueblo piadoso ‑¡están tan cargados de manías, tienen escrúpulos de conciencia por tales nimiedades, parecen siempre tan graves y poco amigos de la diversión!‑ que no pueden soportar su compañía. Bien, veamos, pues aquí lo que Cristo piensa acerca de ellos: “Como el lirio entre las espinas, así es mi amor entre las doncellas”. ¡Cuán diferentes sois vosotros de Cristo! Hay aquí quizá alguno de los que me oyen que no tiene ningún deseo por Cristo, que nunca piensan en Él con placer. Muchos de vosotros no veis en Él atractivo ni hermosura, ni belleza alguna que os le haga desear, ni amáis la melodía de su nombre, ni podéis orar a Él continuamente. Veamos ahora lo que el creyente piensa de Cristo: “Como el manzano entre los árboles silvestres, así es mi amado entre los mancebos; bajo la sombra del deseado me senté y su fruto fue dulce a mi paladar”. ¡Oh, que al pensar vosotros en lo diferentes que sois de Cristo y del creyente, despertarais a la triste realidad de que todavía os encontráis en la condición perdida del hombre natural, del hombre no nacido de nuevo y, por consiguiente, estáis bajo la ira de Dios!
Doctrina. ‑ El creyente es inefablemente precioso a los ojos de Cristo y Cristo inefablemente precioso a los ojos del creyente.
I. CONOCED LO QUE CRISTO PIENSA DEL CREYENTE. ‑ “Como el lirio entre las espinas, así es mi amiga entre las doncellas.”
Cristo no ve nada tan suave y hermoso en todo este mundo, como el creyente. El resto del mundo es como espinas, pero el creyente es como un bello lirio en sus ojos. Si mientras andamos por un desierto vemos que todo lo que crece son cardos y espinas, pero nuestros ojos tropiezan con alguna fina flor, pequeña y blanca, pura y fragante, que crece en medio de las espinas, nos parece peculiarmente bella. Si fuese en medio de un jardín entre muchas otras flores, entonces su valor no resaltaría de forma tan notable. Pero cuando se halla rodeada por todos los lados de espinas, entonces llama nuestra atención. Tal es el creyente a los ojos de Cristo: “Como el lirio entre las espinas, así es mi amiga entre las doncellas”.
1. Ved lo que Cristo piensa del mundo no convertido a Dios. Es como un campo lleno de cardos y espinas. Primeramente, a causa de su esterilidad, su falta de fruto. “¿Cógense uvas de los espinos o higos de los abrojos?” Así Cristo no halla fruto del mundo no convertido. Todo él le es como un desierto espinoso.
En segundo lugar, porque cuando la palabra de Dios les es anunciada, es como cuando se siembra entre espinas. “Haced barbecho para vosotros y no sembréis sobre espinas” (Jeremías, 4:3). Cuando el sembrador ha sembrado, parte de su simiente ha caído entre espinas y las espinas la ahogan cuando empiezan a brotar. Tal es el resultado de la predicación en los inconversos.
En tercer lugar, porque su fin será como el fin de las espinas. Son secas y solamente sirven para ser quemadas. “,Como las espinas, se cortarán, y serán arrojadas al fuego”. “P rque la tierra que embebe el agua que muchas veces vino sobre ella y produce solamente espinas y abrojos, es reprobada y cercana de maldición, cuyo fin será el ser abrasada’.
Mis amigos, si vosotros estáis sin Cristo, ved lo que sois ante los ojos de Cristo; espinas. Pensáis que tenéis cualidades admirables, que sois miembros valiosos de la sociedad en que vivis, y tenéis la esperanza de que en la eternidad todo os irá bien. Ved lo que dice Cristo: “Vosotros sois espinas y cardos, inútiles en este mundo y aprovechables tan sólo para ser quemados”.
2. Ved lo que Cristo piensa del creyente. “Como el lirio entre las espinas, así es mi amada entre las doncellas”. El creyente es como una fina flor a los ojos de Cristo. Primeramente, porque está justificado ante los ojos de Cristo, purificado con su sangre y limpio como puro y blanco lirio. Cristo no puede descubrir mancha alguna en su propia justicia y, por ello, ve mancha en el creyente. “Tú eres hermosa, amiga mía; como el lirio entre las espinas, así es mi amada”.
En segundo lugar, porque el creyente ha experimentado un cambio de naturaleza, es ‑‑‑en términos bíblicos‑‑ una nueva criatura, ha nacido de nuevo. En un tiempo fue como un estéril y espinoso cardo, cuyo único fin era el ser quemado. Sin embargo, ahora Cristo ha puesto un nuevo espíritu en él; la semilla ha sido puesta en él y crece como lirio. Cristo ama la nueva criatura. “Toda mi delicia está en ellos”. “Como el lirio entre las espinas, así es mi amada entre las doncellas”. ¿Eres cristiano? Entonces nunca olvides que aunque el mundo te desprecie, aunque te insulte y se burle, recuerda: Cristo te ama; Él te llama “mi amiga”. Habita en Él y habitarás en su amor. “Si permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos”.
En tercer lugar, a causa de los pocos que sois en el mundo. Observad que hay un solo lirio y muchas e4pinas. Hay un gran desierto lleno de espinas y sólo una solitaria flor. Así hay un mundo puesto en maldad y un pequeño rebaño que cree en Jesús. Algunos creyentes están apesadumbrados por el hecho de sentirse solos, e incluso llegan a dudar de si en verdad caminan por los senderos de la justicia. No os desaniméis. Es precisamente una nota característica del pueblo de Cristo el sentirse solos en el mundo, pero en realidad no estáis solos.
Ésta es precisamente una de las muchas bellezas que Cristo encuentra en su pueblo. Que se halla solo en medio de un mundo de espinas. “Como el lirio entre las espinas”.
No te desanimes, no desfallezcas. Este mundo es un mundo de solitarios. Cuando seas trasplantado allí al jardín de Dios, nunca más estarás solo y además serán eliminadas todas las espinas. Como las flores en un bello jardín despiden todas sus miles de perfumes para enriquecer con su olor el ambiente, así en el paraíso celestial tú te unirás a los miles de redimidos exhalando con ellos la fragancia de tu alabanza.
II. CONOCED LO QUE EL CREYENTE PIENSA DE CRISTO. ‑ “Como el manzano entre los árboles silvestres, así es mi amado entre los mancebos, bajo la sombra del deseado me senté y su fruto fue dulce a mi paladar”.
1. Cristo es para el creyente más precioso que todos los demás salvadores, ya que, aunque no los hay, muchos los consideran como a tales. Como un viajero prefiere un manzano a todo otro árbol silvestre porque halla en él refugio y alimento nutritivo, así el creyente prefiere a Cristo a todo otro Salvador. Cuando un hombre viaja a través de países meridionales a menudo se cobija bajo un árbol para guarecerse de los ardientes rayos del sol, y i qué refrigerio halla cuando llega a un bosque! Cuando los israelitas anduvieron peregrinando a través del desierto, vinieron a Elim, en donde había doce pozos de agua y setenta palmeras y acamparon allí porque había agua. Se gozaron bajo la sombra del refrescante palmeral. Así Ezequiel promete que el pueblo de Dios “habitará en el desierto en seguridad y dormirá en los bosques”.
Pero si el viajero siente hambre y necesita alimento, entonces no puede quedar contento con ningún árbol del bosque, sino que prefiere un árbol fruta], bajo el cual pueda sentarse y hallar tanto alimento, como sombra y cobijo. Si ve un manzano, por ejemplo, él lo preferirá a cualquier otro árbol del bosque, pues de él y bajo de él comerá su delicioso fruto y hallará sombra. Así sucede con el alma despertada por Dios. Ve cómo se cierne amenazadora sobre su cabeza la ira de Dios, descubre que reside en un mundo maldito, es llevada al desierto y está a punto de perecer; entonces acude a un bosque, y muchos árboles le ofrecen su sombra: ¿dónde se sentará? ¿bajo algún abeto? Pero ¡ay! ¿Qué fruto le ofrece el árbol? Morirá allí. ¿Se cobijará bajo el cedro ‑de poderosas ramas? ¡Ay! que también allí perecerá, por cuanto también carece de fruto. El alma que ha aprendido de Dios, anhela y busca una salvación completa en un completo Salvador. El manzano, siguiendo la figura, es entonces revelado al alma. El alma hambrienta siempre escoge esto. Necesita ser salvada del infierno y nutrida para el cielo. “Como el manzano entre los árboles silvestres, así es mi amado entre los mancebos”.
Almas despertadas, recordad que no debéis sentaros bajo todo árbol que se os ofrece. “Mirad que nadie os engañe, porque vendrán muchos en mi nombre diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán”. Hay muchas maneras de decir “Paz, paz” no habiendo paz. Seréis tentados a buscar la paz en el mundo, en el mérito del propio arrepentimiento o en las penitencias, en una reforma fruto de vuestra carne. Recordad que debéis elegir el árbol que os ofrezca sombra y alimento. “Como el manzano entre los árboles silvestres, así es mi amado entre los mancebos”. Rogad a Dios que os enseñe a escoger vuestra fe, invocad a Dios os conceda un ojo que pueda discernir cuál es el manzano. i Oli, no hay descanso para el alma sino sólo bajo el árbol que Dios ha plantado! El deseo y la oración de mi corazón en favor vuestro, es que todos podáis hallar descanso bajo ted árbol.
2. ¿Por qué tiene el creyente tan alta estima de Cristo?
Primeramente, porque el creyente ha gustado a Cristo. “Bajo la sombra del deseado me senté y su fruto fue dulce a mi paladar”. Todos ‑los verdaderos creyentes se han sentado bajo la sombra de Cristo. Muchas personas se creen que porque tienen un conocimiento intelectual de Cristo, ya son salvas. Leen de Cristo en la Biblia, oyen de Cristo en el templo de Dios, y piensan que son cristianas. ¡Cuidado, mis Amigos! ¿De qué os aprovechará lograr un conocimiento de la existencia del manzano? ¿Os hago, acaso, sólo su descripción refiriéndoos su belleza y quizá hablándoos fría y. amargamente de su delicado fruto? ¿No os ¡noto a comer de él y no lo hago como uno que ha probado espiritualmente su dulce sabor? Si yo fuese enviado a vosotros para enseñaros. sólo un cuadro del árbol, o mi misión consistiese en solo mostrarnos dónde se halla el árbol para que lo miraseis solamente de lejos, ¿no os quejaríais de que no os serviría de ningún provecho? No disfrutaríais ni de su buena sombra, ni de su delicioso fruto. Pero os anuncio un árbol, un manzano que está a vuestro alcance, y a vuestra disposición.
Del mismo modo queridos hermanos, ¿qué bien podréis obtener de Cristo si solamente oís de Él en los libros o sermones, o é1 solamente le veis en dibujos y vuestra visión de Él es la visión que sólo se puede lograr con el ojo corporal? ¿De qué os aprovechará todo ello si no os sentáis bajo su sombra? ¡Oh, amigos míos, debe haber un sentarse personal bajo la sombra de Cristo, si queréis ser salvos! Cristo es la zarza ardiente, que, aunque quemada, no ha sido consumida. Es, amigos, un lugar seguro para descansar toda aliná que estaba reservada para el infierno.
Hay muchos que, al oírme, podrían decirme: “Yo me senté bajo su sombra” aun cuando ahora parecen haberlo olvidado. ¿No es cierto que, vueltos de Cristo, han ido tras los amantes? Y ¿no ha sembrado Dios vuestros caminos de espinas para haceros volver? “Vuélvete, vuélvete, oh, sunamita”. No hay otro refugio para tu alma. Ven y siéntate otra vez bajo la sombra del Salvador.
En segundo lugar, porque su fruto fue dulce a su paladar. “Bajo la sombra del deseado me senté y su fruto fue dulce a mi paladar”.
La mayoría de las personas piensan que no hay gozo en la religión, que es algo triste o trágico. Cuando se convierte un joven, muchos dicen de él: ¡Ay de él! ya puede despedirse de los placeres, de las alegrías de la juventud, y decir adiós al corazón alegre. Habrá de cambiar estos placeres por la lectura de la Biblia y por los áridos sermones, así como también por una vida de gravedad y piadosos actos de rectitud extrema”. Esto es lo que el mundo dice.
¿Qué dice, no obstante, la Biblia? “Su fruto fue dulce a mi paladar”. ¡Ah, sea Dios verdadero y todo hombre mentiroso, aunque nadie pueda creer esto, excepto sólo quienes ya lo han probado! No os engañéis, vosotros, jóvenes; el mundo tiene muchas delicias sensuales y pecani1nosas. las delicias de las comidas y bebidas ‑‑digamos banquetes y banqueteos‑‑‑, las delicias de ir a la moda hasta el extremo de vivir esclavos de. ella, las delicias de las fiestas y del baile. Nadie que sea sabio ‑ni yo mismo‑ negará que estas cosas son cosas deliciosas al corazón natural, pero ¡oh! perecerán y terminarán con el castigo eterno. Sentarse bajo la sombra de Cristo, apesadumbrado y quebrantado por el temor de la ira de Dios, entristecido por el cansancio de una estéril búsqueda de la salvación que ofrecen quienes no son salvadores y encontrar al fin descanso verdadero bajo la sombra de Cristo, ¡ah, esto id que es una gran delicia! ¡Señor, que siempre permanezca cobijado bajo esta sombra!
Hay personas que abrigan sus temores con respecto al gozo cristiano. Ellas mismas no lo tienen y les desagrada verlo en otros. Su religión es algo así como las estrellas, muy altas y muy claras, pero también muy frías. Cuando en otros ven lágrimas de ansiedad o lágrimas de gozo, protestan diciendo: ¡entusiasmo, entusiasmo! Bien, entonces apelemos “a la ley y al testimonio”. “Su fruto fue dulce, agradable a mi paladar” o como traducen otros textos: “bajo su sombra me senté con gran delicia”. ¿ Es entusiasmo esto?
¡Que el Señor pueda henchirnos con el gozo y la paz inefables de la le! Si ellos, el gozo y la paz, realmente tienen como fundamento la palabra de Dios y están amparados bajo la sombra de Cristo, nada habrá que impida vuestro gozo. no habrá ataduras para vuestra alegría. ¡Oh, si Dios abriese solamente vuestros ojos y os diese una fe sencilla, infantil, para mirar a Cristo, para sentaros bajo su sombra, entonarías entonces himnos de gozo que brotarían de vuestras entrañas. “Gozáos en el Señor siempre; otra vez os digo que os gocéis”.
En tercero y último lugar, porque el fruto de Cristo es dulce al paladar. Todos los verdaderos creyentes no sólo se sientan bajo la sombra de Cristo, sino que además participan de su delicioso fruto. Del mismo modo que cuando vosotros os sentáis debajo de un manzano, el fruto pende sobre vosotros y en derredor. vuestro a vuestro alcance y os invita a alargar la mano para llevároslo a la boca, así también cuando venís a someteros a la justicia de Dios y os halláis, inclinada vuestra cabeza, sentados bajo la sombra de Cristo, todas las demás cosas os son añadidas. Las misericordias de que nos rodea Dios, las que podríamos llamar temporales, son dulces al paladar. Solamente en aquellos de vosotros que sois verdaderamente cristianos y que os sentáis bajo la sombra de las bendiciones temporales de Cristo y de las misericordias del pacto, se cumplirá aquella promesa bíblica que dice: “Se le dará su pan y sus aguas serán ciertas”. Éstas son dulces manzanas del árbol de Cristo. ¡Oh, cristianos! decidme, ¿no os es el pan más dulce cuando lo coméis así, con tal confianza? ¿No es el agua más deliciosa que el vino, y las legumbres de Daniel mejor que las golosinas de la mesa del rey?
Las aflicciones son dulces al paladar. Toda buena manzana tiene algo de amargor. As! sucede con las manzanas del árbol de Cristo. Él nos rodea de aflicciones, tanto como de misericordias y bienes; así hace que a veces nuestros dientes tengan dentera con el amargor. Sin embargo, aun esto constituye una bendición, aunque oculta, y forma parte de los dones que nos han sido legados con su bendito pacto. ¡Oh! la aflicción es una tragedia cuando no se está bajo la sombra de Cristo. Pero ¿sois cristianos? Mirad, pues, a vuestras penas como manzanas del bendito árbol. Si supieseis cuán saludables os han de resultar, en modo alguno desearíais que os faltasen. “El dolor que es según Dios, obra arrepentimiento saludable, de que no hay que arrepentirse; mas el dolor del siglo obra muerte” (II Cor. 7:10). Algunos de vosotros sabéis que no digo ninguna contradicción al afirmar: “Estas manzanas, aunque amargas, son dulces a mi paladar”.
Los dones del Espíritu son dulces al paladar. ¡Ah? he aquí el mejor fruto que produce el árbol, he aquí las más finas y sabrosas manzanas colocadas en las ramas más altas del árbol. Los creyentes saben cuán a menudo su alma desfallece. He aquí ahora alimento para vuestra alma decaída. Todo lo que necesitáis está en Cristo. “Bástate mi gracia”. Querido hermano, siéntate mucho bajo aquel árbol, confórtate mucho con su alimento. “Sustentadme con frascos, corroboradme con manzanas, porque estoy enferma de amor”.
Las promesas de la gloria son dulces al paladar. Algunas de las manzanas tienen ‑diríamos‑‑‑ sabor “a cielo”. Comed de ellas, amados creyentes. Algunas dé las manzanas de Cristo os harán disfrutar tanto como se deleitaron los israelitas al comer de la fruta de Canaán, al comer los deliciosos racimos de Escol. “¡Señor, dame siempre de estas manzanas, porque son dulces a mi paladar!”
La Soberanía de Dios en la Salvación (Romanos 9:1-24)
La Soberanía de Dios en la Salvación
(Romanos 9:1-24)
Por Robert Deffinbaugh
Traducido por Juanita Contesse G.
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Introducción
Al acercarse el tiempo en que mi seminario de entrenamiento llegaba a su fin, tenía que pensar en lo que haría después de la graduación y dónde desarrollaría aquello que deseaba hacer. En mi mente había determinado que Houston, Texas, era uno de los lugares donde no deseaba ir. Aunque siempre decía que Houston estaba fuera de mi planes, de alguna manera pensé seriamente que no consideraría ninguna solicitud que viniera de allí. En ese tiempo, internamente saqué a Houston de la lista negra que había hecho en mi corazón: “Está bien, Dios. Incluso consideraré Houston”, suspiré. Esa noche, un grupo de Houston me telefoneó, a quienes nunca había contactado. Aún cuando consideré la oportunidad de ministrar allí, debo admitir que sentí bastante alivio cuando no se materializó.
Aunque nos gusta creer que estamos completamente sometidos a la soberanía de Dios, virtualmente todos tenemos algunas áreas que conciente o inconcientemente hemos rodeado con una reja, como si Dios pudiera ser ‘soberano’ sólo en algunas áreas de nuestra vida y no en otras. La mayoría de los cristianos profesan creer en la soberanía de Dios, pero se rehúsan a concederle que obre en algunas áreas. Generalmente, la muerte es asignada a la categoría de la soberanía de dios, pues no tenemos control alguna sobre ella. Los desastres son considerados materia de la soberanía divina sobre los cuales incluso los incrédulos se refieren a ellos, como ‘obras de Dios’.
La mayoría del evangelicalismo se rehúsan a otorgar su obra a la soberanía de Dios cuando llegan a la salvación de los pecadores, aunque ese rechazo podría cambiar el hecho de Su soberanía. Están deseando conceder a Dios la gran parte del crédito por el trabajo de Cristo en la cruz y la del Espíritu Santo, en llevar a los hombres a la fe. Pero no admiten que Dios está en completo control (pues esto es precisamente la soberanía -el completo control) de la salvación de los pecadores perdidos. Aunque asintamos que los hombres tienen un rol en este proceso, está absolutamente claro que Dios tiene el control, el completo control del proceso.
Este debate sobre la relación entre el rol que tiene Dios en la salvación y el que tiene el hombre, puede parecer como que está reservado sólo para los académicos. Pero esto no es verdad, pues la soberanía de Dios en la salvación es un doctrina demasiado importante, como lo señaló Martín Lutero:
“Por lo tanto, para el cristiano no es irreverente, inquisitivo o trivial, sino que útil y necesario determinar si la voluntad se involucra algo o nada en los asuntos relacionados con la salvación eterna… Si desconocemos estas cosas, no sabremos nada del resto de los asuntos cristianos, y serán peores que cualquier pagano… Por lo tanto, cualquiera que no las conoce, puede confesar que no es un cristiano. Pues si ignoro lo que puedo hacer, cómo hacerlo y cuán lejos puedo llegar en mi relación con Dios, será igualmente incierto y desconocido lo que Dios puede hacer conmigo, cuánto puede hacer Él por mí y cuán lejos puede llegar en relación conmigo… Y cuando la obra y el poder de Dios son desconocidos por mí, no puedo alabarlo, adorarlo, agradecerle y servirle, por cuanto desconozco lo que debo atribuirme a mí mismo y lo que debo atribuirle a Dios. Por lo tanto, nos corresponde a nosotros saber distinguir con certeza entre el poder de Dios el nuestro. Entre la obra de Dios y la nuestra, si deseamos vivir una vida en Él”[1]
¿Qué significa cuando decimos que Dios es soberano en la salvación? Charles H. Spurgeon lo ha señalado, al igual que puede ser señalado por los hombres:
“Primero, entonces, la Soberanía Divina Ejemplificada en la Salvación. Si cualquier hombre es salvo, lo es por la gracia divina y sólo por la gracia divina; la razón de su salvación no se encuentra en él, sino en Dios. No somos salvos como resultado de algo que hagamos o que deseemos, sino que haremos y desearemos como resultado de la buena voluntad de Dios y de la obra de Su gracia en nuestros corazones. Ningún pecador puede obstruir a Dios; es decir, el hombre no puede adelantársele, no puede anticipársele. Dios está siempre primero en la salvación. Él está antes que nuestras convicciones, antes que nuestros deseos, antes que nuestros temores y esperanza. Todo lo que es bueno en nosotros o lo será bueno, está precedido por la gracia de Dios y es el efecto de una causa divina en ella”[2]
“Nuevamente, la gracia de Dios es soberana. Lo que significa que Dios tiene el derecho absoluto de otorgar esa gracia donde Él quiera y para quitarla cuando Él quiera. No está limitado a darla a algún hombre determinado y menos a todos los hombres; si Él determina otorgarla a alguien en especial y no a otro, Su respuesta es: “¿Es tu ojo ruin porque el mío es malo? ¿No puedo hacer lo que yo deseo? Tendré misericordia con el que tendré misericordia”"[3]
Las Escrituras dicen lo mismo, enfática y claramente:
“Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:44).
“Y dijo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre” (Juan 6:65).
“Los gentiles, oyendo esto, se regocijaban y glorificaban la palabra del Señor, y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna” (Hechos 13:48).
“Entonces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía” (Hechos 16:14).
“Porque, ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque del, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén” (Hechos 11:34-36).
“Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor” (1ª Corintios 30:31).
“…porque estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6).
“Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tito 3:5).
“Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios” (Hebreos 12:2).
Aquellos que son salvos, los son porque Dios les ha elegido para salvación. El Espíritu Santo ha dado vida a un espíritu muerto y comprensión a una mente cegada por el pecado y por Satanás. Los que son salvos pueden decir que han elegido a Dios; pero sólo después que Dios les ha elegido para salvación:
“No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé” (Juan 15:16).
El otro lado de la ecuación, también es verdad. Aquellos que están perdidos eternamente, lo son porque Dios no los eligió para salvación:
“Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí. Y dijo: Anda, y di a este pueblo: Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, mas no comprendáis. Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos, y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni su corazón entienda, ni se convierta, y haya para él sanidad” (Isaías 6:8-10).
“Vi una de sus cabezas como herida de muerte, pero su herida mortal fue sanada; y se maravilló toda la tierra en pos de la bestia, y adoraron al dragón que había dado autoridad a la bestia y adoraron a la bestia, diciendo: ¿Quién como la bestia, y quién podrá luchar contra ella? También se le dio boca que hablaba grandes cosas y blasfemias; y se le dio autoridad para actuar cuarenta y dos meses. Y abrió su boca en blasfemias contra Dios, para blasfemar de su nombre, de su tabernáculo, y de los que moran en el cielo. Y se le permitió hacer guerra contra los santos, y vencerlos. También se le dio autoridad sobre toda tribu, pueblo, lengua y nación. Y la adoraron todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida de Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Apocalipsis 13:3-8).
“La bestia que has visto, era, y no es; y está para subir del abismo e ir a perdición; y los moradores de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos desde la fundación del mundo en el libro de la vida, se asombrarán viendo la bestia que era y no es, y será” (Apocalipsis 17:8).
Se debe comprender bien lo que aquí se dice. Para ser salvos, los hombres deben confiar en Jesucristo, como la provisión de Dios para salvar a los pecadores que estaban perdidos. Y cuando lo hacen, es porque Dios les ha dado el corazón para hacerlo. Hombres que han ejercitado la fe fuera del corazón, Dios les ha hecho creer:
“Y circuncidará Jehová tu Dios t corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas” (Deuteronomio 30:6).
“Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo” (Jeremías 31:33).
De la misma manera, cuando los hombres están eternamente perdidos, se debe a que han elegido rechazar la revelación de Dios (Romanos 1:8ss) y Su provisión para la salvación en Jesucristo. ¿Por qué los pecadores se van al infierno? Mueren porque no han elegido a Dios. También porque Dios no les ha elegido para rescatarlos de su pecado y de su rebelión. En términos más simples, los hombres no sólo van al infierno porque Dios lo ha decretado, sino porque lo merecen (ver Apocalipsis 16:4-7).[4]
Muchos textos como los citados anteriormente, reflejan claramente que la salvación no es obra nuestra, sino de Dios y que nosotros no contribuimos en nada a lo que Él todavía no nos hada dado mediante Su gracia. En esta lección, prestaremos nuestra atención que establece con mayor fuerza que los ya leídos, la soberanía de Dios en la salvación. La soberanía de Dios en la salvación, se puede inferir de varios textos bíblicos y se establece claramente en otros. Pero el Capítulo 9 de Romanos, está dedicado a establecer la soberanía de Dios en la salvación. Es el tema del texto y la conclusión de todo el Capítulo. No está simplemente implícita o levemente señalada; sino que es declarada, probada e incluso defendida en contra de las objeciones populares de esta verdad. Es por esta razón, que veremos la inspirada lógica de Pablo a través de los primeros 24 versículos de Romanos 9.
La Deplorable Promesa de Israel
(Romanos 9:1-5)
“Verdad digo en Cristo, no miento, y mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo, que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón, Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne; que son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas; de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, bendito por los siglos. Amén”
En los primeros ocho Capítulos del Libro de Romanos, Pablo establece la explicación más detallada y racional del evangelio de Jesucristo. Entre Romanos 1:18-3:20, Pablo establece la doctrina de la depravación humana -esa condición pecadora y caída de todo ser humano, sin excepción- que ubica a los pecadores bajo la sentencia de la condenación divina, sin esperanza de salvación aparte de la intervención divina. Entre Romanos 3:21-5_21, Pablo explica la provisión divina en la los pecadores pueden ser justificados por fe en Cristo. En los Capítulos 6-8, Pablo habla de las implicaciones presentes y futuras de esta justificación por fe.
Hasta ahora, Pablo ha hablado tanto de judíos como gentiles como los receptores de la justificación por fe. En los Capítulos 9-11, demuestra que la incredulidad de los judíos y la salvación de los gentiles, no son evidencias de un error de la Palabra de dios, sino más bien a un cumplimiento inesperado; pero preciso, de Su Palabra. En el Capítulo 9, Pablo da a conocer que la doctrina de la elección es una manifestación de la soberanía de Dios en la salvación y que explica la incredulidad de muchos judíos y también la conversión de muchos gentiles. Para decirlo con simplicidad, aquellos muchos judíos (y gentiles) que han rechazado la obra de Jesucristo y que por lo tanto, están perdidos eternamente, son una ilustración de la soberanía de Dios en la salvación. Y aquellos gentiles (y judíos) que han llegado a la fe en Jesús, como el Mesías prometido, son salvos por la obra externa de la soberanía de Dios en la salvación.
Dos Observaciones Muy Importantes
Antes de considerar los detalles de este pasaje, se deben considerar dos observaciones muy importantes concernientes al texto como un todo. Estas observaciones son necesarias, debido a aquellos que no quieren reconocer la soberanía de Dios en la salvación (incluyendo especialmente la doctrina de la elección). Evitan evitar el tema, insistiendo que Pablo está hablando aquí de una elección corporativa y no individual, y que esta elección no está dirigida a la salvación o al tormento eterno, sino más bien a ciertas bendiciones. El texto nos obliga fuertemente a diferir con este punto de vista y a oponernos.
Primero, deberíamos observar que los versículos 1-5, reforzados por los versículos 22-23, insisten que se trata de la salvación y de nada menos. En términos simples, Pablo está hablando acerca del cielo y del infierno, quienes van allá y porqué. Pablo está muy desesperado porque sus hermanos israelitas están perdidos y bajo la condenación divina. ¿Por qué entonces dice que desea ser maldito, separado de Cristo, a favor de sus hermanos (Romanos 9:3)? La curación no debe ser más grave que la enfermedad y es así que vemos que la enfermedad es la de los condenados eternos.
Segundo, observamos que el texto no se trata acerca de una salvación colectiva, sino que de una individual. Decir que la salvación es colectiva, es no comprender que esto es precisamente lo que el pasaje rechaza. Los judíos amaban la doctrina de la elección, porque aplicaban equivocadamente la elección corporativa a la descendencia de Abraham.[5] Creían que ellos eran los elegidos de Dios y todo el resto los no elegidos. Creían que todos los judíos irían al cielo y todos los gentiles al infierno. A unos pocos gentiles que primero tendrían que hacerse prosélitos, se les podría otorgar la bendición de irse al cielo. La elección, vista de esta forma, era un deleite para los judíos. Pero esta no es la elección que enseña la Palabra de Dios.
Esta es exactamente la clase de ‘elección’ a la que Pablo se opone. En Romanos 9, Pablo prueba que la elección de Dios no es corporativa y que no todos los descendientes físicos de Abraham y de Jacob (también llamado Israel), eran receptores de las prometidas bendiciones de Dios. El fallo de la nación de Israel con relación al Mesías, no fue un error de la Palabra de Dios, sino el de aquellos que presumieron que las benditas promesas de Dios, eran colectivas -con lo que se incluían en ellas a todos los judíos y excluían a todos los gentiles. Por lo tanto, en Romanos 9:6-18, Pablo cita tres ilustraciones de la elección individual de Dios: Isaac y no Ismael (9:6-9); Jacob y no Esaú (9:10-13) y Moisés y no el Faraón (9:14-18).
De acuerdo a lo que Pablo dice, el problema de la incredulidad judía (en Jesús como el Mesías) y de la creencia de los gentiles no se debe considerar como que si las promesas de Dios hubieran fracasado. Más bien, la bendición de salvación de Dios jamás se ha concedido sobre la base de lo que son o hacen los hombres. La salvación siempre ha sido sobre la base de la elección divina. Tampoco son elegidas las personas que son ‘merecedores’, porque las que ‘no lo merecen’, no lo son. Los que han sido elegidos, son los que no son merecedores de haberlo sido, los que cuya salvación se debe solamente a la soberana gracia de Dios. En este Capítulo de Romanos, Pablo insiste en que Dios por último determina el destino eterno de los hombres. Sólo aquellos que Él ha escogido le escogerán a Él. Aquellos a quienes Él ha rechazado, le rechazarán persistentemente. Dios elige a algunos para ser salvos y ordena la condenación eterna para el resto. En Romanos 9, Pablo no sólo demuestra la verdad de esta afirmación a partir del Antiguo Testamente; también manifiesta las objeciones que la doctrina de la elección provoca. Entonces las responde de un modo que defiende la doctrina de la soberanía de Dios en la salvación.
En los versículos 15, Pablo revela lo que su corazón siente con relación a sus hermanos israelitas. No escribe como un traidor a su nación, sino como un verdadero patriota. Él ama a sus hermanos israelitas y si pudiera, estaría dispuesto a sacrificar su vida por su salvación. Escribe con un corazón quebrantado y con un deseo sincero de ver a su pueblo salvo.
La condición espiritual deplorable de la nación de Israel, no se debe a una falta de exposición a Dios, sino que más bien es a pesar de los privilegios espirituales no paralelos que Dios se prodiga con los judíos. Su incredulidad, a pesar de tantos privilegios que Dios les ha otorgado, les separó de Él. Consideremos algunos de estos privilegios:
(1) Su adopción como hijos (su llamado a ejercitar que la soberanía de Dios gobierna sobre la tierra -Éxodo 4:22-23; 2 Samuel 7:12-6; Salmo 2:1-9; comparar con Romanos 8:18-25).
(2) La gloria (la revelación de la gloria de Dios a los israelitas -Éxodo 40:34-35; 1 Reyes 8:10-11).
(3) Los pactos (Génesis 12:1-3; 17:2; Deuteronomio 28-31).
(4) La entrega de la Ley (Éxodo 20ss; Deuteronomio 5ss; Salmo 147:19).
(5) El servicio del templo (Deuteronomio 7:6; 14:1ss; Hebreos 9:1-10).
(6) Las promesas de Dios (Hechos 2:39; 13:32-33; Gálatas 3:13-22; Efesios 2:12).
(7) Los patriarcas (Deuteronomio 7:8; 10:15; Hechos 3:13; Romanos 11:28).
(8) Los judíos (específicamente la tribu de Judá) son el pueblo del cual saldrá el Mesías (Génesis 12:1-3; 2 Samuel 7:14; Mateo 1:1-16; Lucas 1:26-33).
A pesar de sus tantos privilegios, la condición de Israel ilustra un principio muy relacionado con la doctrina de la soberanía de Dios en la salvación o, más sencillo, la elección divina: La salvación de Dios no está dirigida hacia los privilegiados, a quienes podríamos juzgar merecedores de la salvación, sino a aquellas almas patéticas que no son merecedoras de la salvación, a quienes el mundo incrédulo considera no merecedores de ella.
Los escribas y los fariseos no podían comprender la razón porqué Jesús les asociaba con los ‘pecadores’. La respuesta de nuestro Señor, no era la que querían oír:
“Y Leví le hizo gran banquete en su casa; y había mucha compañía de publicanos y de otros que estaban a la mesa con ellos. Y los escribas y los fariseos murmuraban contra los discípulos, diciendo: ¿Por qué coméis y bebéis con publicanos y pecadores? Respondiendo Jesús, les dijo: Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Lucas 5:29-32).
Las palabras de Pablo a los cristianos corintios, tampoco adulan a los santos, pues enfatizan que la salvación es el resultado de la elección de Dios y que aquellos que Él elige no son los que nosotros esperaríamos:
“Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil de mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor” (1ª Corintios 1:26-32).
En este texto se dicen dos cosas que debiera evitar que un cristiano se enorgullezca o crea que él tiene algo que ver en su salvación. Primero, es Dios quien lo ha hecho todo. Es ‘por Su obra’ que alguien es salvo (versículo 30). Es Él quien nos ha elegido (primero), no nosotros que le hayamos escogido a Él (Juan 15:16). Segundo, no nos atrevamos a jactarnos en nosotros mismos como cristianos, porque por lo general la gente que Dios elige es aquella que ha sido necia, débil y deshonesto (versículos 27-28). Si alguien se jacta en su salvación, se debe jactar en el Señor, pues la salvación es del Señor.
El error del judaísmo es haber pretendido que al haber tomado parte de los privilegios nacionales de Israel (los que se detallan en los versículos 4-5), les asegura de tomar parte en forma individual de la bendición de la salvación eterna. Juan el Bautista, atacó este error en los primeros tiempos del Evangelio:
“Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aún de estas piedras. Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego” (Mateo 3:8-10).
La salvación no está determinada por sus ancestros o por su raza; no está determinada sobre la base de algún privilegio que hayamos recibido. La salvación está basada solamente en la elección individual de Dios, que resulta en tener fe en Jesucristo, para el perdón de los pecados y el don de la vida eterna.
Hay quienes asumen erróneamente que el crecer en un hogar cristiano, les asegura la bendición de la salvación. Existen privilegios en el hecho de ser parte de una familia cristiana (ver 1ª Corintios 7:12-14); pero no hay seguridad en que por el hecho de haber crecido en una familia cristiana, le haga salvo. Muchos padres cristianos se sienten culpables si sus hijos no creen en Cristo; pero ellos no tienen control alguno sobre este asunto. Todo lo que pueden hacer es vivir su fe en obediencia a las Escrituras en el contexto familiar y reconocer que la salvación es del Señor. El crecimiento en medio de cristianos, no es garantía de salvación, de la misma manera que crecer en un ambiente pagano no le condena a uno a ser un incrédulo. De la misma forma como no debemos enorgullecernos de nuestra propia salvación, o de la de alguien más, tampoco debemos culparnos a nosotros mismos cuando aquellos que amamos rechazan el evangelio que nosotros hemos abrazado.
¿Salió Algo Mal en el Plan?
(Romanos 9:6-13)
“No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia. Esto es: no los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes. Porque la palabra de la promesa es esta: Por este tiempo vendré, y Sara tendrá un hijo. Y no sólo esto, sin también cuando Rebeca concibió de uno, de Isaac nuestro padre.(pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menor. Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí”
Isaac, no Ismael
(Romanos 9:6-9)
Una primera mirada, nos sugiere que algo ha ido mal. Si muchos judíos están rechazando a Jesús como el Mesías y muchos gentiles están llegando a Él por medio de la fe, ¿no es lo contrario de lo que Dios prometió? ¿Ha ido algo mal en el plan de Dios? Con más precisión, ¿han fallado las promesas de Dios? ¿Ha fallado la Palabra de Dios (versículo 6)? Pablo nos informa inmediatamente que no ha habido falla alguna en la Palabra de Dios. Está pronto a probar que la Palabra se ha cumplido en lo que respecta a los judíos y gentiles. El plan de Dios de la salvación de los hombres, se está cumpliendo no como lo esperaríamos nosotros (ver Romanos 11:33-35); sino como lo ha prometido Dios.
La doctrina de la elección divina es la única explicación adecuada para el alejamiento de los judíos incrédulos y para el acercamiento a la fe de los gentiles. Esto es importante para nosotros, porque en el análisis final, la última explicación para los no creyentes y la fe, es la elección divina. ¿Cómo podemos explicar la incredulidad y el consiguiente juicio de los hombres? La respuesta tiene dos caras. Primero, los hombres se pierden porque no han elegido aceptar la provisión de salvación de Dios, en Jesucristo. Segundo, están perdidos porque Dios no los ha escogido. En Romanos 9, el énfasis de Pablo está puesto en esta segunda razón.
El error de los judíos, que todos los judíos son elegidos y por lo tanto deben ser salvos, estaba basado en su errada suposición que todos los israelitas son escogidos por Dios, el verdadero Dios de Israel. Los judíos conjeturaron que debido a que eran descendientes físicos de Abraham, se les garantizaba un lugar en el reino de Dios. Pablo corrige este concepto errado, informándonos que sólo por el hecho de ser descendiente de Jacob (o Israel), él o ella no es necesariamente un israelita verdadero.[6] Tampoco todos los hijos de Abraham son ‘hijos de Dios’.
Si al ser un descendiente físico de Abraham no es la base de nuestra entrada a las bendiciones de la salvación, ¿qué determina quién recibe estas bendiciones? La respuesta es simple: la elección divina. Los ‘hijos de Dios’ son los ‘hijos de la promesa’ (9:8). Dios prometió a Abraham que tendría un hijo y que aún teniéndolo, las promesas de Dios se cumplirían. Ismael no fue aquel hijo. Ismael fue el resultado de los esfuerzos de Abraham y Sara de concebir un hijo por métodos que no eran los que Dios pretendía -una esposa y madre subrrogante, Agar. De estos dos ‘hijos’ de Abraham, sólo uno era el hijo de la promesa -Isaac. Y, por lo tanto, no todos los descendientes de Abraham eran los receptores de las bendiciones prometidas por Dios. Dios eligió a Isaac y rechazó a Ismael. ¿Falló la Palabra de Dios porque eligió a Isaac y rechazó a Ismael? De ninguna manera, porque la promesa de Dios sólo le fue dada a Isaac.
Jacob y no Esaú
(Romanos 9:10-13)
Algunos podrán objetar que el principio de la elección difícilmente se puede establecer en la evidencia de la elección que Dios hizo por Isaac y de Su rechazo a Ismael. Después de todo, estos hijos tuvieron al mismo padre; pero a distintas madres y la madre de Ismael era una concubina. No nos sorprende porqué Ismael fue rechazado e Isaac elegido. Por lo tanto, Pablo señala su segunda ilustración de la elección. La elección de Dios por Jacob y su rechazo a Esaú (versículos 10-13). Estos dos hijos nacieron de los mismos padres e incluso son el producto de la misma unión. Eran mellizos. No hay dos hermanos que pudieran ser más parecidos y aún así, Dios rechazó a uno y escogió al otro.
La elección de Dios de Jacob y no de Esaú, es contraria a todo lo que pudiéramos esperar. Por costumbre, el hijo que nacía primero, recibía la primogenitura y aún así Dios indicó Su elección por el hijo más joven de Rebeca, antes que Jacob y Esaú nacieran:
“Y oró Isaac a Jehová por su mujer, que era estéril; y lo aceptó Jehová, y concibió Rebeca su mujer. Y los hijos luchaban dentro de ella; y dijo: Si es así, ¿para qué vivo yo? Y fue a consultar a Jehová; y le respondió Jehová: Dos naciones hay en tu seno, y dos pueblos serán divididos desde tus entrañas; el un pueblo será más fuerte que el otro pueblo, y el mayor servirá al menor” (Génesis 25:21-23).
Dios señaló Su elección por Jacob por sobre Esaú antes de su nacimiento, sin considerar las obras que cualquiera de ellos hiciera. Algunos insisten en que Dios elige a quien eligen, porque Él sabe de antemano quién le elegirá a Él. Suponen que Dios elige a aquellos que beneficiarán Su obra. Con mucha frecuencia escucho a gente comentar qué dinámica cristiana convendría para que alguien se salvara. Deberían considerar las palabras de Pablo que indican que la elección que Dios hizo por Jacob por sobre Esaú se hizo sin tomar en cuenta lo que podrían hacer, aparte de sus obras. No es que Dios ignorara lo que estos dos harían; más bien Su elección se hizo sin considerar sus obras. Su elección fue una declaración y una demostración de Su soberanía:
“…(pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menor” (Romanos 9:11-12).
No debemos dejar de notar que cuando Dios eligió a Jacob por sobre Esaú, lo hizo a pesar de la fuerte preferencia que Isaac tenía por Esaú (era Rebeca quien favorecía a Jacob, mientras que Isaac prefería a Esaú, Génesis 27). Antes de comenzar, Jacob fue la elección de Dios y Esaú fue rechazado. Al finalizar, Jacob fue el hijo que recibió las bendiciones de Dios y no Esaú. Para que no pensemos que la elección de Dios por Jacob no incluyera también el rechazo por Esaú, Pablo nos recuerda:
“Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí” (Romanos 9:13).
La soberanía de Dios es demostrada en la elección que hizo de Jacob y el rechazo de Esaú.
Moisés y no Faraón
(Romanos 9:14-18)
“¿Qué, pues, diremos? ¿Qué hay injusticia en Dios? En ninguna manera. Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia , y me compadeceré del que yo me compadezca. Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra. De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece”
Pablo emite una pregunta que espera una respuesta negativa: “¿Qué hay injusticia en Dios?” Si dudamos en la respuesta que se espera (el texto griego lo expresa claramente), la respuesta de Pablo saca toda duda: “En ninguna manera”. Prefiero la antigua traducción de la versión King James: “¡Que Dios no lo permita!” Por supuesto, que Dios está libre de acusación alguna por injusticia. Si esta pregunta presupone una respuesta, también presupone la razón de formular esta pregunta. Pablo está enseñando la elección divina. Dios elige a uno y rechaza a otro y cuando Él elige a alguien para salvación, siempre lo hace cobre la base de la gracia, concedida por Su elección soberana y no sobre la base de las obras. Si Pablo no estuviera enseñando la doctrina de la elección, la pregunta sería inapropiada y ni siquiera merecería una respuesta. Pero Pablo estaba enseñando la elección, que es la razón por la que formula la pregunta sobre la justicia.
¿Cómo entonces puede Dios decidir salvar a un hombre y endurecer a otro sin ser acusado de injusticia? La respuesta es muy sencilla: gracia. La salvación es un asunto de la gracia soberana divina, concedida sobre aquellos que Dios elige como sus receptores. La gracia es algo maravilloso que Dios concede a los pecadores culpables que no son merecedores de las bendiciones de Dios. La justicia está relacionada con lo que la gente recibe lo que merece. Es injusticia cuando un hombre trabaja para su empleador y no se le paga. Es injusticia cuando un criminal culpable no recibe su castigo. Dios no es injusto al condenar a pecadores al tormento eterno, porque están obteniendo precisamente lo que merecen. Más aún, Dios no injusto cuando salva a gente. El castigo para los pecadores a quienes Dios ha salvado, ha sido cargado por el Señor Jesucristo, quien murió en lugar del pecador, trayendo sobre Sí la ira de Dios. Por lo tanto, Dios es justo al condenar a los hombres a cargar la penalidad que merecen y es justo al salvar a los hombres, cuya penalidad ha cargado Cristo.
“Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Romanos 3:21-26).
Observen el tono de las palabras de Pablo en Romanos 9:14-18. No son apologéticas. Pablo no está dudando en la respuesta. Es valiente y está confiado. Se irrita ante la posibilidad que alguien pudiera sugerir que Dios es injusto con respecto a la elección. No tiene interés en defender a Dios, sino más bien en declarar la soberanía de Dios.
Dios no es injusto en la salvación de los pecadores que merecen la ira eterna de Dios (versículos 15-16). Tampoco es injusto en la condenación de pecadores como el Faraón, cuyo corazón fue endurecido por Dios (versículos 17-18). Moisés y el Faraón son más contemporáneos que se encontraron cara a cara durante el éxodo. Moisés fue el hombre que se ve que estuvo muy próximo a ser Faraón de Egipto. Dios envió fuera a Moisés, indicándole que debía guiar a Su pueblo fuera de los límites de Egipto. Y Dios señaló a Faraón para ser el que se rehusaría a dejar salir al pueblo fuera de los límites de Egipto y cuya resistencia proveería la oportunidad para que se manifestara el poder de Dios, en toda la tierra.
A través de Moisés, Dios desplegó Su gracia. Cuando Dios comenzó a revelar Su gloria a Moisés en Éxodo 13 (cuyo clímax se encuentra en el Capítulo 34), Él declaró que Su misericordia sería otorgada soberanamente a quienes Él quisiera. La razón por la que alguna persona recibió Su gracia, no debía encontrarse en la persona, la receptora de Sus bendiciones, sino en Dios, el que bendice. La gracia es un don no merecido y por lo tanto, debe ser concedido soberanamente, pues nunca seremos merecedores de ella. Si alguien pudiera ser merecedor del favor de Dios (algo que nadie puede), las bendiciones de Dios no serían entregadas sobre la base de la gracia, sino de las obras. Pero por cuanto nadie es merecedor del favor divino, cada una de las bendiciones de Dios es otorgada sobre la base de la gracia, sin otro factor de decisión que la soberana elección de Dios.
Dios habló directamente a Moisés (versículo 15) e indirectamente con el Faraón (a través de Moisés y de las Escrituras) (versículo 17). El Faraón también fue elegido; pero para un rol y destino muy diferentes. Él fue considerado para que el poder de Dios pudiera ser demostrado debido a su oposición contumaz. La victoria de Dios sobre el Faraón, por medio de las plagas y después por medio de la separación del Mar Rojo, fue ampliamente proclamada (ver Éxodo 15:14-16). Dios fue glorificado a través del endurecimiento del corazón del Faraón, de la misma manera que fue glorificado a través de Moisés.
Aquí tenemos una verdad muy importante, que al parecer desconocen varios cristianos. Aparentemente, muchos piensan que Dios sufre un tipo de derrota cuando los pecadores no se arrepienten y no tienen fe en Él. Suponen que Dios sólo es glorificado a través de la salvación de los perdidos y no en la condenación de los pecadores que se resisten tozudamente. De hecho, Dios es glorificado a través de la salvación de los pecadores y de la condenación de los mismos. Dios revela Su misericordia al salvar a los pecadores y Su poder triunfando sobre quienes se oponen a Él. Dios no es avergonzado por quienes lo rechazan. Él no ‘necesita’ salvar hombres para ser glorificados por ellos.
Otra Objeción
(Romanos 9:19-23)
“Pero me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad? Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria”
Hay una respuesta para esta pregunta; pero Pablo no la responderá hasta que no haya señalado un punto de mucha importancia. El versículo 19, no es sólo una pregunta; es un insulto porque pone en duda la integridad de Dios. En realidad es una acusación en contra de Dios. No espera recibir una respuesta; da la impresión que al formular la pregunta, Dios será silenciado.
En este Capítulo, Pablo ha estado enseñando la soberanía de Dios. Siglos antes que Pablo viviera, Dios llevó hasta Sus rodillas a un rey babilónico. Este gran rey aprendió algunas lecciones muy importantes acerca de la soberanía. Lo primero que aprendió Nabucodonosor, fue que aunque Dios concede a los hombres cierto grado de soberanía sobre la tierra (ver Daniel 2:37, 9:18ss.), en última instancia, sólo Él es soberano:
“Mas al fin del tiempo yo Nabucodonosor alcé mis ojos al cielo, y mi razón me fue devuelta; y bendije al Altísimo, y alabé y glorifiqué al que vive para siempre, cuyo dominio es sempiterno, y su reino por todas las edades. Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces? En el mismo tiempo mi razón me fue devuelta, y la majestad de mi reino, mi dignidad y mi grandeza volvieron a mí, y mis gobernadores y mis consejeros me buscaron; y fui restablecido en mi reino, y mayor grandeza me fue añadida. Ahora yo Nabucodonosor alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo, porque todas sus obras son verdaderas, y sus caminos justos; y él puede humillar a los que andan con soberbia” (Daniel 4:34-37).
Para la respuesta de Pablo en Romanos 9:2′-21, es esencialmente importante lo que se lee en Daniel 4:35:
“…y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces?” (Daniel 4:35).
Soberanía significa que aquel que es soberano está en completo control de todo, está por sobre todo cuestionamiento que pueda hacer algún subordinado. Pablo es muy sensible a este hecho y por lo tanto, reaccionan en forma inmediata, censurando la actitud del que pregunta. ¿Quién es el hombre para cuestionar a Dios? Dios es el Creador y es Su prerrogativa que los hombres usen Su creación de alguna forma. Él elige. Los hombres son Su creación y ellos no tienen derecho alguno a cuestionar a su Creador. Si Dios elige uno de sus vasos para que le dé gloria siendo un vaso preparado para destrucción, es Su derecho. Si Dios elige recibir gloria haciendo que otro vaso sea de misericordia, un vaso que Él salvará, también es Su prerrogativa.
El poder de Dios está demostrado por el derramamiento de Su ira sobre los pecadores, como lo fue durante el Éxodo. La misericordia y la gracia de Dios se demuestran por el derramamiento de Su gracia sobre pecadores que no la merecen, salvándolos a pesar de su pecado. Su atraso en destruir “los vasos de la ira”, es a propósito, permitiéndole tiempo para demostrar Su gracia a “los vasos de misericordia”. Y estos “vasos de misericordia” incluyen a algunos que eran judíos y otros, gentiles.
Gentiles y No Sólo Judíos
(Romanos 9:24-29)
Siempre me asombro la lentitud con que los discípulos (¡y yo también!) comprendieron las enseñanzas del Señor. Incluso después de la muerte, del entierro, de la resurrección y de la ascensión de nuestro Señor, vemos que los apóstoles fueron lentos a abrazar las enseñanzas del Antiguo Testamento y de Jesús, en el Libro de los Hechos. En Hechos 1:8, Jesús les dijo:
“Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8).
Esto no fue sino una repetición de lo que Jesús ya les había ordenado a Sus discípulos antes de Su muerte:
“Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:18-20; énfasis del autor).
¿Se dispusieron los discípulos a evangelizar en forma inmediata a los gentiles en el Libro de los Hechos? Ciertamente, no. En realidad, se resistieron. La evangelización de los gentiles se produjo a pesar de los apóstoles, más que debido a ellos -otra evidencia de la soberanía de Dios en la salvación. Tuvo que producirse una intensa persecución para dispersar a los judíos desde Jerusalén (Hechos 8:1ss.). Pedro tuvo que tener una visión dramática y reiterada para que fuera a la casa de Cornelio, un gentil, para predicar el evangelio (ver Hechos 10:1ss.). Y cuando la palabra alcanzó los oídos de los líderes judíos de la iglesia de Jerusalén, Pedro fue llamado y censurado por predicarle a los gentiles (Hechos 11:1-3).
El argumento de Pedro fue muy apremiante. Tuvieron que admitir que Dios también tenía la intención de salvar a los gentiles; pero observen lo que hicieron cuando oyeron esto -nada:
“Y cuando comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo sobre ellos también, como sobre nosotros al principio. Entonces me acordé de lo dicho por el Señor, cuando dijo: Juan ciertamente bautizó en agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo. Si Dios, pues, les concedió también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios? Entonces, oídas estas cosas, callaron, y glorificaron a Dios, diciendo: ¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida! Ahora bien, los que habían sido esparcidos a causa de la persecución, que hubo con motivo de Esteban, pasaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, no hablando a nadie la palabra, sino sólo a los judíos. Pero había entre ellos unos varones de Chipre y de Cirene, los cuales, cuando entraron en Antioquía, hablaron también a los griegos, anunciando el evangelio del Señor Jesús. Y la mano del Señor estaba con ellos, y gran número creyó y se convirtió al Señor” (Hechos 11:15-21)
Si no hubiera sido por ese grupo anónimo de judíos helénicos, que no sabían nada mejor que compartir su fe con los gentiles, la iglesia gentil de Antioquía jamás se hubiera establecido (humanamente hablando, por supuesto).
Cuando llegamos al versículo 24 de Romanos 9, Pablo desea que sus lectores comprendan que la salvación de muchos gentiles y la incredulidad de muchos judíos, no debieran sorprendernos. Ahora, él se refiere al Antiguo Testamento para demostrar que lejos de que las promesas habían fracasado por la fe de los gentiles y por la incredulidad de los judíos, Sus promesas han sido cumplidas:
“…y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria, a los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo de los judíos, sino también de los gentiles? Como también en Oseas dice: Llamaré pueblo al que no era mi pueblo, y a la no amada, amada. Y en el lugar donde se les dijo: Vosotros no sois pueblo mío, allí serán llamados hijos del Dios viviente. También Isaías clama tocante a Israel: Si fuere el número de los hijos de Israel como la arena del mar, tan sólo el remanente será salvo; porque el Señor ejecutará su sentencia sobre la tierra en justicia y con prontitud. Y como antes dijo Isaías: Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado descendencia, como Sodoma habríamos venido a ser, y a Gomorra seríamos semejantes. ¿Qué, pues, diremos? Que los gentiles, que no iban tras la justicia, es decir, la justicia que es por fe; mas Israel, que iba tras una ley de justicia que es por fe; mas Israel, que iba tras una ley de justicia, no la alcanzó. ¿Por qué? Porque iban tras ellas no por fe, sino como por obras de la ley, pues tropezaron en la piedra de tropiezo, como está escrito: He aquí pongo en Sion piedra de tropiezo y roca de caída; y el que creyere en él, no será avergonzado” (Romanos 9:23-33).
Conclusión
Todos los que Dios elige para ser salvos, son pecadores perdidos, muertos en sus iniquidades y pecados, cautivos no sólo en sus propios pecados, sino que en Satanás mismo, sin ninguna diferencia con aquellos que han pasado una eternidad en el infierno (ver Efesios 2:1-3). Aquellos que Dios salva, no le buscan a Él; son salvos sin considerar si habían buscado lo justo (Romanos 9:30-33). No son salvos por lo que son, por lo que serán o por lo que podrían ser (Romanos 9:11). Han sido escogidos y salvados, no por alguna decisión que hayan hecho; más bien la decisión de confiar en Dios es el resultado de Su obra y no de la del hombre (Juan 1:12; Hechos 13:48; 16:14; Filipenses 1:29; 2:12-13). A través de Su Espíritu, Dios regenera al que está muerto en sus transgresiones y pecados, dándole tanto vida como fe de manera que el individuo es ahora atraído a Él (Juan 6:44) y expresa su fe en Jesucristo para su salvación; una fe que también viene de Dios (Efesios 2:8-9; 1ª Corintios 4:7); es así que la salvación es considerada como la obra de la soberanía de Dios -no de los hombres (Romanos 9:11, 15-16; 11:36; 1ª Corintios 1:30-31; Hebreos 12:2).
¿Se afligen algunos porque Dios elige a algunos y a otros no? ¡No debieran! Cuando Dios elige salvar a alguien, ese alguien nunca lo hubiera elegido a Él. Michael Horton lo describe así:
“Esencialmente, la elección es un acto en el que Dios toma la decisión por nosotros; una decisión que nunca la habríamos hecho por Él”[7]
Debiéramos estar agradecidos que Dios elige a algunos para ser salvos; de otra forma, nadie podría haber sido salvo. Si Dios miró hacia abajo al corredor del tiempo y eligiera a aquellos que lo hubieran elegido a Él, no hubiera podido elegir a nadie, pues nadie lo hubiera elegido a Él. (ver Romanos 3:10-18).
Si Dios hubiera elegido a aquellos que eran merecedores de Su salvación, no hubiera elegido a nadie. La elección es la prerrogativa de un Dios soberano de elegir a algunos. La elección está basada solamente en la gracia de Dios y no en nuestros propios méritos. La elección es la obra externa de la gracia y el único medio por el cual los pecadores pueden ser salvos. No es una doctrina que deba angustiarnos, sino una doctrina en la cual deberíamos gozarnos. Es la base de la gratitud y de la adoración. Tal como Pablo lo expresó en el Capítulo 12:
“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:1-2; énfasis del autor).
La conclusión de los Capítulos 9-11 de Romanos, es no escatimar el reconocimiento de la soberanía de Dios, sino una adoración gozosa de Su soberanía:
“¡O, profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque, ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén” (Romanos 11:33-36)
La soberanía de Dios es un incentivo para orar por la salvación de los perdidos y una fuente de consuelo cuando alguien rechaza Su ofrecimiento de salvación en Cristo. El saber que Dios es soberano en la salvación, es un gran incentivo para ser testigo, porque sé que Dios cumplirá Su propósito. A pesar de mis fracasos al presentar el evangelio y de la ceguera de aquellos a quien se les predica, Dios es el Único que salva. Mi tarea y la suya en la evangelización, jamás es en vano. Incluso cuando los hombres rechazan el evangelio, Dios es glorificado en la predicación de Su evangelio, crean o no los hombres en esa palabra. Él es glorificado tanto por la salvación de los pecadores como por el castigo eterno de los pecadores.
Por último, los hombres no son salvos porque los hayamos convencido o incluso porque decidieron (ellos primero) creer en Dios. Los hombres son salvos porque Dios los ha elegido, los ha iluminado mediante Su Espíritu para que comprendan el evangelio y los ha llamado eficazmente abriéndoles sus corazones para que respondan al evangelio. ¿A quién consideraría usted que tiene el control del destino eterno de los hombres, a hombres pecadores o a un Dios amante, misericordioso y soberano? ¿A quién clamaría para la salvación de los hombres? Él es un Dios que nos ama y que se deleita en contestar nuestras oraciones. Regocijémonos en que la salvación de nuestros seres queridos está en Sus manos y que podemos suplicarle que los salve. Y cuando nuestros seres queridos rechazan el evangelio, sabemos que Él es capaz de salvarlos. Cuando nuestros seres queridos mueren sin haber llegado a tener fe, sabemos que esto no toma a Dios por sorpresa, sino que es parte de Su gran y eterno plan.
A menudo en nuestra presentación del evangelio, temo que no representamos completamente a Dios y degradamos Su gloria en el cuadro que mostramos a los perdidos. El evangelio no debe ser visto como a Dios suplicando y argumentando desesperadamente para que le elijan. El evangelio es un mandato y así lo debemos proclamar a los pecadores perdidos. Sabemos que no podemos convencer a los hombres de su pecado o hacer que se vuelvan a Cristo; pero Dios puede y lo hace con todos los que Él a elegido. Nunca retratemos a un Dios débil, dependiente de las decisiones de los hombres; más bien debemos proclamar al verdadero Dios, que siempre consigue lo que se propone.
No nos asombra que el evangelio es ofensivo para los pecadores perdidos que quieren pensar que son ‘víctimas de su destino’, los ‘capitanes de sus almas’. No tenemos el control. Los hombres perdidos son pecadores, que han ofendido al Dios recto y santo y que están destinados al infierno eterno. No pueden hacer nada para salvarse a sí mismos. Deben reconocer sus pecados y someterse a la misericordia de Dios para hacerse merecedores en la sangre vertida de Jesucristo, quien pagó la pena por los pecados de los hombres y que ofreció a los pecadores no merecedores, Su justicia. El evangelio es una oferta gloriosa para los pecadores perdidos, quienes saben que no pueden hacer nada por salvarse a sí mismos. El evangelio es una ofensa para los que se creen justos por sí mismos, quienes piensan que pueden salvarse a sí mismos, por sus propios méritos.
¿Ha reconocido usted su pecado y su culpa? ¿Se ha sometido al Dios soberano del universo y ha aceptado Su provisión para su salvación? Yo no puedo convencerlo o convertirlo. Le puedo decir que por sus pecados merece una eternidad en el infierno y que Dios, por Su gracia, ha enviado a Su Hijo Jesucristo, para tomar el lugar del pecador y darle a los hombres Su justicia. Él ha prometido que Su Espíritu convencerá a los pecadores perdidos de su pecado, de Su justicia y del juicio eterno. ¿Se someterá usted a Dios aceptando Su forma de salvación, la única manera de salvación? Oro para que lo haga.
¿Cuál es la Relación entre Regeneración y Creer?
Considere estos pensamientos en la relación entre la regeneración y creer:
Todos los hombres están muertos en sus transgresiones y pecados, indiferentes frente a Dios e incapaces de hacer algo para cambiar su condición (ver Efesios 2:1-3). Los que están muertos en sus transgresiones y pecados, no comprenden a Dios; no tienen en consideración el evangelio ni buscan a Dios. Están destinados a enfrentarse con la ira de Dios, apartados desesperanzadamente de la intervención de la gracia divina.
La regeneración es la obra sobrenatural de Dios, que da vida a los hombres muertos (Efesios 2:5; Tito 3:5).
La fe es un don que da Dios a quienes Su Espíritu Santo ha regenerado, permitiendo así que los elegidos por Él respondan al evangelio, confiando en Jesucristo para su salvación (Efesios 2:8-9).
La regeneración precede al creer. La regeneración es la obra del Espíritu Santo, mediante la cual concede vida al que está espiritualmente muerto. Esta nueva vida es expresada por la fe en la persona y en la obra de Jesucristo. Dios es el que la inicia -la causa inicial- y por lo tanto, la fe del hombre es el resultado de la obra de Dios en el hombre.
Esto significa que la salvación es, por último, obra de Dios. Él es el que la inicia y nosotros respondemos (ver 1ª Juan 4:19). Él es el autor y el que perfeccionador de nuestra fe (Hebreos 12:1-2). Él completará lo que ha comenzado en nosotros (Filipenses 1:6). En consecuencia, vemos que Dios se describe como la fe de los hombres (Hechos 13:48; 16:14).
La otra visión (la incorrecta), es que el hombre actúa primero, confiando en Dios y después Dios responde concediéndole la salvación, en respuesta a la fe del hombre. En este caso, el hombre es la primera causa. El problema con este punto de vista es que se contradice con las Escrituras. Niega la soberanía de Dios y niega la depravación del hombre. ¿Cómo puede un hombre muerto, que odia a Dios y no le busca, repentinamente y por propia iniciativa volverse a Dios con fe? (ver Romanos 3:9-18).
Objeciones a la Soberanía Divina
Existen muchas objeciones a la soberanía divina. Veamos algunas de ellas y ofreceremos respuestas bíblicas:
La elección de Dios está basada en Su preconocimiento [presciencia] y este preconocimiento es el conocimiento de Dios de antemano, de quiénes le elegirán. (Se basan en pasajes como Romanos 8:29, como prueba).
(1) El conocimiento previo se refiere a veces al conocimiento previo que se tiene de alguien. En las Escrituras también se usa como una elección hecha de antemano. Y ‘conocer’, a veces se usa como ‘elegir’ (Génesis 18:19, ver nota marginal; Jeremías 1:5) y ‘conocer de antemano’, a veces significa ‘elegir antes de tiempo’. En Romanos 11:2 y 1ª Pedro 1:20, ‘conocer de antemano’ no puede significar simplemente ‘conocer antes de tiempo’. Debe significar: ‘elegido o seleccionado antes de tiempo’.
(2) Si la elección que hizo Dios de aquellos a quienes Él quería salvar estuviera basada en su conocimiento previo de aquellos que lo elegirían a Él, nadie sería salvo debido a la depravación del hombre (ver Juan 6:37, 44; Romanos 3:9-18). Nadie elegiría a Dios a no ser que Él nos elija primero, regenerándonos y dándonos la fe para responder al evangelio.
(3) Si la elección de Dios estuviera determinada por haberlo elegido a Él nosotros, seríamos los iniciadores de la salvación y Dios quien respondería a ella. Esto contradice a las Escrituras (Hebreos 12:1-2; Filipenses 1:6; etc.) y es inconsistente tanto con la soberanía de Dios como con la naturaleza de la gracia.
(4) Las Escrituras enseñan que Dios es el que inicia la fe y la salvación y no los hombres (Juan 6:44; Hechos 13:48; 16:13; ver también Deuteronomio 30:6; Jeremías 31:31-34).
Y, ¿qué de aquellos textos que llaman al hombre a creer y aquellos que hablan de la elección que hacen los hombres como si fueran Dios?
(1) Los hombres son llamados a arrepentirse y a creer en Jesucristo, para salvarse. Los hombres son salvos por su fe. Todos los que vinieron a Él, los que proclaman el nombre del Señor, serán salvos (Juan 6:37; Romanos 10:13). Pero esta respuesta que es necesaria que los hombres manifiesten, es el resultado de la obra salvadora y soberana de Dios y no su causa (Juan 1:12).
La soberanía divina impide o excluye la responsabilidad humana.
(1) De ninguna manera. La soberanía divina es la base de la responsabilidad humana.
“Muchos han dicho neciamente que es bastante imposible demostrar dónde termina la soberanía de Dios y dónde comienza la responsabilidad de las criaturas. Aquí es donde comienza la responsabilidad humana: en la disposición soberana del Creador. ¡Con respecto a Su soberanía, no existe y jamás existirá un fin![8]
“Dios es un caballero y no fuerza a nadie a venir a Él”
(1) Esta declaración expresa una visión retorcida de la soberanía de Dios y de la depravación del hombre. Si Dios no interviniera y no obviara nuestra enfermedad letal de pecado y rebeldía, nadie sería jamás salvo. El evangelio es imposible para el hombre, separado de la intervención divina y la habilitación que Él nos concede. Cuando Dios nos salva, Él permite que los muertos vivan; Él elimina nuestra ceguera espiritual, dándonos visión; Él abre nuestro corazón para responder y Él nos da una nueva naturaleza que es la que Dios desea. Si técnicamente es incorrecto decir que Dios pasa por encima de nuestra voluntad, ciertamente Él cambia nuestra naturaleza y nuestra voluntad.
Sugerencias y Aplicaciones de la Soberanía Divina en la Salvación
El tema de la soberanía de Dios en la salvación, es vitalmente importante:
“Por lo tanto, no es irreverente, inquisitivo o trivial, sino necesaria para los cristianos averiguar si la voluntad [humana] tiene alguna acción o no en los asuntos relacionados con la salvación eterna… Si no sabemos estas cosas, no sabremos absolutamente nada de lo que debemos conocer como cristianos y seremos peores que cualquier incrédulo… Por lo tanto, que todo aquel que no esté de acuerdo con esto, que confiese que no es un cristiano. Pues si ignoro lo que puedo hacer y cuánto puedo hacer con respecto a Dios, será igualmente incierto y desconocido para mí lo que Él puede hacer en mí y cuánto puede hacer en mí… Pero cuando desconozco la obra y el poder de Dios, soy incapaz de adorarle, alabarle, agradecerle y servirle, por cuanto no sé cuánto debo atribuir de mi vida a mí mismo o cuánto a Él. Por lo tanto, nos compete a nosotros tener una certeza en saber las diferencias entre el poder de Dios y el nuestro, entre la obra de Dios y la nuestra, si es que deseamos vivir una vida en Él”[9]
La soberanía es diametralmente opuesta a todo lo natural y caído que hay en nosotros y es completamente consecuente con lo que la Biblia enseña. Los hombres, en forma natural, rechazan la soberanía de Dios y la reciben sólo en forma sobrenatural. ¿Se resiste usted a ella? No deberíamos sorprendernos. La doctrina de la soberanía de Dios es una doctrina en la que nadie creería en forma natural a no ser que las Escrituras la enseñen claramente y sin que el Espíritu de Dios cambie nuestros corazones para abrazarla. ¿Desea conocer la verdad de este asunto? Estudie las Escrituras y pídale a Dios que le dé comprensión.
“La razón por la que la gente se opone a ella [la elección], se debe a que desean que Dios se cualquier cosa, excepto Dios. Él puede ser un siquiatra cósmico, un pastor útil, un líder, un maestro, cualquier cosa… pero no Dios. Por una razón muy simple -ellos quieren ser Dios”[10]
“Si despreciamos a Dios por amarnos antes que nosotros le amemos a Él, es una actitud egocéntrica”[11]
Rechazar o resistir la soberanía de Dios en la salvación, es un asunto muy serio:
“Esta doctrina [la soberanía de Dios], demuestra la irracionalidad y la espantosa maldad de su rechazo de corazón a poseer la soberanía de Dios en este asunto. Demuestra que usted desconoce que Dios es Dios. Si supiera esto, estaría internamente muy quieto y en silencio; humilde y calmadamente se postraría en el polvo delante de un Dios soberano y sería para usted una razón suficiente.
Al objetar y pelear con respecto a la justicia de las leyes de Dios, a Sus amenazas y a las dispensaciones soberanas que Él le concede a usted y a otros, se está oponiendo a Su divinidad; muestra así su ignorancia con relación a Su grandeza y excelencia divinas y que usted no soporta que Él es el que debe recibir la honra divina. Su mente se opone a la soberanía de Dios, a partir de pensamientos tan bajos y ruines que no tiene conciencia de cuán peligrosa puede ser su conducta y de cuánta audacia tiene siendo una criatura que contiende con el Hacedor”[12]
En la Biblia, la soberanía de Dios no es una verdad negativa, una doctrina problemática que en lo posible debiéramos evitar; es una doctrina positiva que nos anima, nos consuela y nos motiva.
El señor Spurgeon se refirió correctamente en su sermón basado en Mateo 20:15: “No existe atributo más consolador para Sus hijos que la Soberanía de Dios. Bajo las circunstancias más adversas, en los desafíos más severos, ellos creen que la Soberanía ordenó su aflicción, que la Soberanía los domina y que la Soberanía les santificará a todos. No existe otra cosa por la que Sus hijos deban contender más que la doctrina de su Maestro de la creación -la Majestad de Dios sobre toda la obra de Sus manos- el Trono de Dios y Su derecho a sentarse en aquel Trono. Por otra parte, no existe doctrina más odiada por los mundanos, no existe otra verdad de la cual hayan hecho un juego, como la grande, estupenda; pero más verdadera que la doctrina de la Soberanía del infinito Jehová. Los hombres aceptarán que Dios esté en todas partes, excepto en Su trono. Le permitirán estar en los lugares en que se le adore con palabras de moda y exuberantes. Le permitirán estar en donde se dan las limosnas para que Él las conceda y entregue Su gracia. Le permitirán sostener la tierra y sus pilares, o las luces del cielo, o regir sobre las olas del océano; pero cuando Dios asciende a Su trono, entonces Sus criaturas hacen rechinar sus dientes y cuando proclamamos a un Dios entronado y Su derecho a hacer como Él quiere con lo que es Suyo, a disponer de Sus criaturas de la forma como Él quiere, sin consultarles, entonces es cuando somos silbados y detestados y entonces es cuando los hombres se vuelven sordos, pues Dios en Su trono no es el Dios que aman. Pero a nosotros nos encanta predicar sobre el Dios que está en Su trono. Es en el Dios sentado en Su trono en quien confiamos”[13]
Preguntas para Examinar con Relación a la Soberanía de Dios en la Salvación
¿Por qué cree que los hombres se resisten o rechazan la doctrina de la soberanía de Dios en la Salvación? ¿Por qué los cristianos resisten o rechazan la soberanía de Dios en la salvación, en circunstancias que la aceptan en otros ámbitos?
¿Cuál es la relación entre la soberanía de Dios en la salvación y la gracia? ¿Entre la soberanía de Dios en la salvación y la depravación humana? ¿Por qué la gracia de Dios debe ser una gracia soberana?
¿Cómo afecta al evangelio la soberanía de Dios en la salvación? ¿Cómo afecta al evangelio la depravación del hombre y su resistencia a la soberanía de Dios en la Salvación? [En otras palabras, ¿cómo podría obtener el evangelio el hombre natural o no salvo de otra forma?]
¿Cómo cree que le ayudó a Pablo (tal como está descrita en Hechos 9, 22, 26) su conversión a tratar el tema de la soberanía de Dios en la salvación?
¿Cómo debiera afectar nuestras oraciones por los que están perdidos, el punto de vista bíblico de la soberanía de Dios en la salvación? ¿Nuestra motivación por la evangelización? ¿Nuestros métodos de evangelización? ¿El mensaje que proclamamos en la evangelización?
La soberanía de Dios en la salvación, ¿significa que usted sea uno de los no elegidos y que podría no serlo incluso deseándolo? ¿Significa que nunca podremos saber si somos salvos, por cuanto la salvación depende de Dios y no de nosotros?
Citas Citables
“Las Escrituras dan muchos ejemplos de la libertad de Dios en la gracia selectiva. Cerca de un estanque en Jerusalén, ser reunía “una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos” (Juan 3:5). Así, Cristo se hace lugar entre la gente y se acerca a un hombre -sólo una persona- y le sana de su parálisis. Ahora bien, debemos comprender que este era un lugar habitual para mucha gente que tenían la esperanza en que cada día era su día para que se hiciera el milagro. Podríamos pensar que había algún tipo de turno para ser sanado; pero Jesús sólo trató de sanar ese día, a una sola persona. ¿Por qué no los sanó a todos? Podría haberlo hecho; tenía el poder. Pero no lo hizo. Sin embargo, sigo oyendo en cuán injusto fue que Jesús sanara a sólo un hombre que estaba cerca del estanque ese día. ¿Por qué la elección tiene que ser diferente en el ámbito de nuestra salvación?”[14]
“En la elección, llegamos hasta el Dios de Abraham, Isaac y Jacob; el Dios del desierto; el Dios de la encarnación, de la muerte y de la resurrección de Cristo; el Dios que es todo menos una deidad frustrada que ‘no tiene otras manos, sino las nuestras’ y debe caminar por los suelos del cielo mientras hace sonar sus dedos esperando que los hombres ‘le permitan hacer como Él quiere’. Este es el Dios que es todo menos un copiloto. ‘Dios resiste a los soberbios, y da gracias a los humildes’ (Santiago 4:6)”[15]
“Podrían estar pensando: ‘Elección y evangelismo -¿en el mismo saco? ¡Se me ha dicho que son mutuamente excluyentes! Pero honestamente puedo decir que el evangelismo nunca significó lo que realmente es después de haber comprendido la elección. Compartir la fe con los no creyentes, ha llegado a ser una carga para muchos y también lo fue para mí, hasta que esta verdad cambió mi manera de pensar. La elección cambia nuestro evangelismo en tres niveles: nuestro mensaje, nuestros métodos y nuestra motivación”[16]
“Pero puede ser objetada. ¿No leemos una y otra vez en las Escrituras cómo los hombres desafiaron a Dios, resistieron Su voluntad, quebrantaron Sus mandamientos, no consideraron Sus advertencias y se volvieron sordos a todas Sus exhortaciones? Ciertamente lo hemos leído. ¿Y esto anula todo lo que hemos dicho antes? Si es así, entonces ciertamente la Biblia se contradice a sí misma. Pero esto no puede ser. A lo que se refiere el que objeta, es simplemente la maldad del hombre hacia la palabra externa de Dios, mientras que lo que hemos mencionado antes es lo que Dios se ha propuesto a Sí mismo. La regla de conducta que Él nos ha dado, está perfectamente incumplida por todos nosotros; Sus propios ‘consejos’ eternos se han cumplido hasta en los detalles más mínimos”[17]
“Estando infinitamente elevado por sobre la criatura más alta, Él es el Altísimo, Señor de los cielos y de la tierra. Sin estar sujeto a nadie, absolutamente independiente; Dios obra como Él quiere y sólo como Él quiere y siempre como Él quiere. Nadie puede obstruirlo; nadie puede esconderse de Él. Es así que Su propia Palabra lo declara expresamente: “Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero” (Isaías 46:10); “…y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano…” (Daniel 4:35b). La soberanía divina significa que Dios es Dios tanto de hecho como de nombre, que Él es el que está en el Trono del universo, dirigiendo todas las cosas, obrando en todas las cosas “según el designio de su voluntad” (Efesios 4:11b)”[18]
“Esta doctrina [la soberanía de Dios], demuestra la irracionalidad y la espantosa maldad de su rechazo de corazón a poseer la soberanía de Dios en este asunto. Demuestra que usted desconoce que Dios es Dios. Si supiera esto, estaría internamente muy quieto y en silencio; humilde y calmadamente se postraría en el polvo delante de un Dios soberano y sería para usted una razón suficiente.
Lo más insanamente osado que un hombre puede hacer, lo más excesivamente necio que un puede hacer, la cosa más desesperadamente malvado que un hombre puede hacer, es replicarle a Dios, entrar en controversias con Dios, criticar a Dios, condenar a Dios. Pero eso es lo mucha gente está haciendo”[19]
“¿Qué somos todos nosotros? Viles -el mejor de nosotros, no es más que un repugnante pecador. Es posible que aún no estemos conscientes de ello; pero es verdad. Nuestras vidas han sido penetradas una y otra vez por el pecado. Aún así usted pretende estar ante la presencia de este Dios Santo, en cuya presencia los serafines se cubren sus rostros y sus pies, contendiendo con Él sugiriéndole lo que debe hacer; entra en controversia con Él, le critica las cosas que Él ha hecho y que ha resuelto que son las que deben ser y murmura contra Dios”[20]
“Él es… un Ser de sabiduría infinita. Miramos hacia los cielos estrellados que están sobre nuestras cabezas, miramos esos hermosos mundos de luz que repletan los cielos en la noche. Pensamos en las cosas que nos abruman por su inmensidad y en la increíble velocidad de sus movimientos al cruzar el espacio y mientras los observamos, como si fuésemos sabios, exclamamos: ‘Oh, Dios, qué Ser de más infinita sabiduría y majestad eres, que puedes guiar esos mundos inconcebiblemente enormes mientras cruzan el espacio con tal increíble velocidad’”
“Y aún así, muchos de ustedes que está aquí esta noche, no dudan mirar al Dios infinito quien hizo estas magníficas esferas de luz, que guían a todo el universo en su curso maravilloso, estupendo y que nos deja perplejos, ¡e intentan decirle lo que debe hacer! Necios, ¿estáis locos? Ningún paciente de algún manicomio haría algo más insano que eso. ‘¿Quiénes sois?’ El hombre más sabio de la tierra, no es más que un niño; el filósofo más sabio no sabe tanto; el hombre de ciencia más grande no sabe casi nada. Lo que sabe es casi nada comparado con lo que no sabe. Lo que sabe, incluso acerca del universo material, es como nada comparado con lo que no sabe”[21]
“Supongamos que algunos niños de trece o catorce años, deben tomar un libro de filosofía que trata el último producto del mejor pensamiento filosófico de hoy día y comienza a criticarlo, página por página. ¿Qué pensaríamos? ¿Nos detendríamos a mirar al niño y decir con admiración ilimitada: ‘Qué muchacho tan inteligente’? No, diríamos: ‘¡Qué idiota más vanidoso este muchacho, que se atreve a su edad a criticar el mejor pensamiento filosófico de nuestros días!’ Pero no es tan idiota como usted o como yo cuando intentamos criticar a un Dios infinitamente sabio, pues somos mucho menos que niños comparados con el Dios infinito.
El filósofo más profundo de nuestros días, no es sino un niño comparado con el Dios Infinito. E incluso ustedes, que no tienen en absoluto alguna pretensión de ser filósofos, toman el Libro de Dios, ustedes como niños, como infantes, toman este Libro que representa la mejor sabiduría de Dios, se sientan, vuelven las páginas una a una y pretenden criticarlo y la gente se para a vuestro lado con admiración y dicen: ‘¡Qué conocimientos!’ Pero los ángeles miran hacia abajo y dicen: ‘¡Qué necio!’ Y, ¿qué dice Dios? “Oh, hombre, ¿quién eres que altercas con Dios? El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos” (Salmo 2:4)”[22]
“Nunca se le ha ocurrido a alguien que incluso Dios podía por alguna posibilidad, saber más que ellos. Tampoco se me ocurrió a mí durante años en los cuales yo era un universalista. Pensaba que todos los hombres al final, serían salvos. Eran un universalista porque tenía un argumento para la salvación última de todos los hombres, al que pensaba jamás podrían destruir. Pensaba que si yo no tenía una respuesta, porqué nadie la tenía. Por lo tanto, desafié a cualquiera a responderme ese argumento. Iba dando vueltas por allí con mi preciosa y altiva cabeza, diciendo: ‘He encontrado una razón incontestable para el universalismo’. Pensé que era un universalista para siempre y que cualquiera que no lo fuera, era porque no estaba en sus cabales.
Un día se me ocurrió que un Dios infinitamente sabio, podía saber más que yo. Lo que nunca se me había ocurrido pensar antes. También pensé que era bastante posible que un Dios de infinita sabiduría podría tener miles de buenas razones para hacer alguna cosa mientras que yo, en mi infinita necedad, ni siquiera tenía una. Y fue entonces cuando mi querido y acariciado universalismo, se transformó en humo.
Si aceptamos y comprendemos el pensamiento que es posible que un Dios infinitamente sabio sabe más que nosotros y que Dios en su infinita sabiduría pudiera tener mil buenas razones para hacer algo en circunstancias que nosotros no tenemos ni siquiera una, habremos aprendido una de las verdades teológicas más grandes del día -una que resolverá muchos de los problemas de la Biblia que nos dejan perplejos.
Los hombres pretenden tener una sabiduría infinita y fantasean que pueden hacer uso de ella de acuerdo a las capacidades limitadas de sus mentes. Pero debido a que son incapaces de llegar a esa sabiduría infinita en sus mentes estrechas, dicen: ‘No creo que es Libro sea la Palabra de Dios, porque no hay nada en él que me impida comprender su filosofía’. ¿Por qué tenemos que comprender su filosofía? ¿Quiénes somos? ¿Cuál es el tamaño de nuestras mentes? ¿Por cuánto tiempo la hemos tenido? ¿Por cuánto tiempo la mantendremos? ¿Quién nos la dio?”[23]
“No es de nuestra incumbencia conocer la filosofía de las cosas; no es de nuestra incumbencia conocer la razón de las cosas. Sí lo es oir lo que Dios tiene que decir y cuando lo dice, creer en ello, ya sea que comprendamos Su filosofía o no”[24]
“Existe una clase más de hombres que altercan con Dios; los hombres que en vez de aceptar a Jesucristo como su Salvador y rendirse ante él como Señor y Maestro, confesándose abiertamente frente a él de la misma manera que lo hacen frente al mundo, están dando excusas por no hacerlo. Jesús dice en Juan 6:37: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera”. Dios dice en Apocalipsis 22:17: “…y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente”. Cualquiera puede ir a Cristo y cualquiera que lo hace, será recibido y será salvo. Pero muchos de ustedes, en lugar de ir, dan excusas para no hacerlo. En toda excusa que se haga para no hacerlo, estará entrando en controversia con Dios, estará condenando a Dios, quien le está invitando. No podemos esgrimir alguna excusa por no ir y aceptar a Dios, que no esté condenando a Dios. Cada excusa que cualquier mortal haga para no aceptar a Cristo, en su último análisis, condena a Dios”[25]
[1] Martín Lutero, The Bondage of the Will (Philadelphia: Westminster, 1975), p. 117, de acuerdo a lo citado por Michael Scott Horton, Putting Back Into Grace (Nashville: Thomas Nelson Publishers, 1991), p. 60.
[2] Charles Haddon Spurgeon, The New Park Street Pulpit, vol. 4 (mensaje predicado el 1º Agosto de 1858, en el Music Hall, Royal Surrey Gardens, de acuerdo a lo citado por Warren Wiersbe, Classic Sermons on the Sovereignity of God (Grand Rapids: Kregel Publications, 1994), pp. 114-115.
[3] Spurgeon, de acuerdo a lo citado por Wiersbe, pp. 116-117
[4] También debemos recordar que Satanás tiene su parte en la incredulidad de los perdidos, pues él está siempre intentando apartar a los hombres del evangelio (Marcos 4:3-4, 13-14), enceguecer a los hombres frente al evangelio (2ª Corintios 4:3-4) y también por corromper y distorsionar el evangelio (2ª Corintios 11:14; 13-15).
[5] Juan Bautista reconoció y consignó el error, cuando les dijo a los escribas y a los fariseos: “…y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aún de estas piedras” (Mateo 3:9).
[6] En ningún otro lugar, Pablo explica que un verdadero israelita es un hijo de Dios por fe en Cristo, ya sea judío o gentil (ver Romanos 4:16-17; Gálatas 6:16). A propósito, en Romanos 4, Pablo señala que Abraham era en realidad un gentil (incircunciso) cuando llego a ser un creyente (ver 4:10-12).
[7] Michael Scott Horton, Putting Amazing Back Into Grace, p. 45.
[8] A.W. Pink, The Attributes of God, p. 29.
[9] Martín Lutero, The Bondage of the Will (Philadelphia: Westminster, 1975), p. 117, según cita de Michael Scott Horton, Putting Amazing Back Into Grace (Nashville: Thomas Nelson Publishers, 1991), p. 60.
[10] D. James Kennedy, Truths That Transform (Old Tappan, NJ: Revell, 1974), según cita de Michael S. Horton, Putting Amazing Back Into Grace (Nashville: Thomas Nelson Publishers, 1991), p. 43.
[11] Michael Horton, p. 45.
[12] Jonathan Edwards, tomado de The Words of Jonathan Edwards (vol. 2, 1976), publicado por Banner of Truth Trust, según cita de Warren Wiersbe, Classic Sermons on The Sovereignity of God (Grand Rapids: Kregel Publications, 1994), p.107.
[13] A.W. Pink, The Attributes of God, p. 27.
[14] Horton, p. 59.
[15] Michael Horton, Putting The Amazing Back Into Grace, pp. 58-59.
[16] Horton, p. 66.
[17] Pink, p. 25.
[18] Pink, p. 27.
[19] Torrey, Wiersby, p. 45.
[20] Torrey, p. 47.
[21] Torrey, p. 48.
[22] Torrey, p. 49.
[23] Torrey, p. 57.
[24] Torrey, p. 58.
[25] Torrey, p. 58.
Soy morena pero preciosa – Cantares 1:5
Soy morena pero preciosa – Cantares 1:5
Por Henry Law
Traducido por Rommel José Antonio Flores
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El creyente representa su estado. Parece ser una paradoja. Ella representa dos aspectos. La deformidad y la amabilidad componen el retrato. “Soy morena pero preciosa”
El grado de oscuridad es espantoso y repulsivo. Ningún ojo puede mirar y estar satisfecho. Pero el grado de oscuridad es el emblema de nuestro estado de naturaleza pecaminosa. Somos concebidos y nacemos en pecado, y el pecado es lo mas horroroso dondequiera que aparezca. El Espíritu Santo debe revelar esta verdad a cada convertido.
Él lo ve,
Él lo siente,
Él lo posee
Es su miseria constante. Cuando él haría bien, el más está presente con él. Él odia y detesta y se aborrece en polvo y cenizas. Al examinar la corrupción en Él, él tristemente confiesa “Soy morena pero preciosa”
Pero él mira hacia Jesucristo. Él ve la sangra preciosa que elimina cada mancha y borra el tinte carmesí. El grado de oscuridad desaparece. En Jesucristo él es más blanco que la más blanca nieve.
Él se pone a Jesucristo, y lo adora pues él fue hecho pecado para que él sea justicia en él. Él ve su obediencia pura y perfecta labrada como un traja para ocultar cada defecto, tan brillante, tan encantadora y tan gloriosa, que excede todo la admiración.
Él siente que esta Justicia (rectitud) es por medio de la Gracia imputada a él. Él sabe que él es encantador a través de la Divina Amabilidad. Así arropado y cubierto, él dice triunfante a sus amigos, “Soy Negro pero Precioso”
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El viejo Adán se puso un mejor vestido
El viejo Adán se puso un mejor vestido
Por Thomas Watson
Traducido por Rommel José Antonio Flores
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“Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.” Juan 3:3
Honradez natural, virtud moral, prudencia, justicia, templanza-estas cosas no son el nuevo nacimiento. Estos hacen una gloriosa demostración ante los ojos del mundo-pero es una diferencia grande del nuevo nacimiento, así como un palillo diferencia de una estrella. La moralidad es en hecho recomendable, y estaría bien si había más de ella. Toda la moralidad es solamente natural en su mejor estado, no asciende a la Gracia Salvadora. No hay nada de Jesucristo en la moralidad. Esa fruta es amarga–¡la cual no crece en la raíz de Jesucristo!
Caliente el agua al grado más alto-y usted todavía no puede hacer vino del agua, sigue siendo agua. Y de esta manera, deje que la moralidad sea elevada al estado más alto, y sigue siendo naturaleza, es solamente el viejo Adán que sea puesto un mejor vestido. La virtud moral puede existir con el odio hacia la Santidad. El hombre moral odia la Santidad.
“No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo” Juan 3:7
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Cuatro Hechos que son Evidentes
Cuatro Hechos que son Evidentes
Por Pastor Don Fortner
Traducido por Rommel José Antonio Flores
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Aquí están cuatro hechos que son revelados tan obviamente en la Santas Escrituras que no se pueden pasar por alto, excepto por un esfuerzo deliberado. Con todo, obvio como son, no pueden ser entendidos, excepto por la revelación divina en la experiencia bendecida de la Gracia de la Salvación de Dios en Jesucristo.
1- Jesucristo es la única Justicia (rectitud) del creyente-Jeremías 23:6 “En esos días Judá será salvada, Israel morará seguro. Y éste es el nombre que se le dará: “El Señor es nuestra salvación.” Jeremías 33:16 “En aquellos días Judá estará a salvo, y Jerusalén morará segura. Y será llamada así: El Señor es nuestra justicia.”
2- La obediencia de Jesucristo a muerte es la Justicia (rectitud) de Dios imputada a los elegidos de Dios en la Libre Justificación-Romanos 3:24 “siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” Romanos 5:19 “Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.”
3- Jesucristo quien es nuestra Justicia es formado en nosotros (impartido-Él no podría ser formado en nosotros excepto que Él sea impartido a nosotros) que somos pecadores Redimidos en el nuevo nacimiento, haciendo los pecadores nuevas criaturas regeneradas, participantes de la naturaleza divina y los poseedores de la santidad sin la cual nadie vera al Señor- 2 Corintios 5:17 “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.” Colosenses 1:27 “a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” Hebreos 12:14 “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.” 2 Pedro 1:4 “por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia”
4- Jesucristo es el nuevo hombre creado en (impartido-Él no podría ser creado en nosotros excepto que Él sea impartido a nosotros) cada pecador Salvado en la Justicia y la Santidad verdadera, que nace de Dios y no puede pecar, haciendo a cada alma nacido del cielo en este mundo uno que posee dos distintas naturalezas que batallan, la carne (la naturaleza pecaminosa) y la otra el Espíritu- Romanos 7:14-23 “Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.” Gálatas 5:17-23 “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley. Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.” Efesios 4:24 “y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.” 1 Juan 3:5-10 “Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él. Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo. El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios. En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios.”
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Cristo murio por los impíos
Cristo murio por los impíos
Por Rev. Horatius Bonar (1808-1889)
Traducido por Pedro B Durik
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«Y vio Jehová que la malicia de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal.» Génesis 6:5 RVR 1909
El testimonio divino acerca del hombre es, que él es un pecador. Dios da testimonio contra él; y testifica que «no hay justo, ni aun uno;» que «no hay quien haga lo bueno;» «no hay quien entienda;» «no hay quien busque a Dios,» y, nadie que le ame a Él (Sal. 14:1-3; Rom. 3:10-12). Dios habla del hombre amablemente, pero severamente; así como uno que suspira por su niño perdido, pero uno que no se compromete con el pecado, y de ninguna manera hará libre al culpable. Él declara al hombre ser un perdido, un desviado, un rebelde, un «aborrecedor de Dios» (Rom. 1:30); no un pecador ocasional, pero un pecador siempre; no un pecador en parte, con muchas cosas buenas acerca de él; pero completamente un pecador, sin ninguna bondad compensatoria; malo de corazón y de vida, muerto «en delitos y pecados» (Ef. 2:1); un hacedor de maldad, y por lo tanto bajo condenación; un enemigo de Dios, y por lo tanto «bajo ira;» un violador de la justa ley, y por lo tanto bajo «maldición» de la ley (Gál. 3:10). El pecador no sólo trae a luz pecado, pero él lo carga consigo mismo, como su segundo de sí mismo; él es un cuerpo o una masa del pecado (Rom. 6:6), un «cuerpo de muerte,» sujeto no a la ley de Dios, pero a «la ley del pecado» (Rom. 7:23, 24).
Hay otro y todavía peor cargo contra él. El no cree en el nombre del Hijo de Dios, ni ama al Cristo de Dios. Este es su pecado de pecados. Que su corazón no está bien con Dios es el primer cargo contra él. Que si corazón no está bien con el Hijo de Dios es el segundo. Y es el segundo que es el culminante, compresivo pecado, cargando consigo más terrible damnación que todos los otros pecados puestos juntos. «El que en Él cree, no es condenado; mas el que no cree, ya es condenado, porque no creyó en el nombre del unigénito Hijo de Dios.» (Juan 3:18). «El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo: el que no cree á Dios, le ha hecho mentiroso; porque no ha creído en el testimonio que Dios ha testificado de su Hijo» (1 Juan 5:10). «El que no creyere, será condenado» (Marcos 16:16). Y aquí es el primer pecado que el Espíritu Santo redarguye al hombre que es la incredulidad; «Y cuando Él (el Espíritu Santo) viniere redargüirá al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio: De pecado ciertamente, por cuanto no creen en mí» (Juan 16:8-9).
El hombre no necesita tratar de poner una buena palabra a favor de si mismo, o confesar que no es culpable, a menos que él puede demostrar que ama, y siempre ha amado, a Dios con todo su corazón y alma. Si él puede verdaderamente decir eso, él totalmente está bien, no es un pecador, y no necesita el perdón. Él encontrará su camino al reino sin la cruz y sin el Salvador. Pero, si él no puede decir eso, su boca se calla y él queda convicto ante Dios. Sin embargo, no importa cuan favorable su vida exterior lo presente a él y otros vean su caso justo ahora, el veredicto será contra él en el estado venidero. Este es el día del hombre, cuando los juicios del hombre prevalecen; pero el día de Dios viene, cuando el caso será juzgado por sus méritos reales. Entonces el Juez de toda la tierra hará correcto, y el pecador será puesto a vergüenza.
Este es un veredicto divino, no humano. Es Dios, no el hombre, quien condena; y Dios no es hombre para que mienta. Este es el testimonio de Dios acerca del hombre, y sabemos que su testimonio es verdadero. Concierne mucho a nosotros para recibirlo tal como es, y obrar a impulso de ello.
«Mirad á mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra: porque yo soy Dios, y no hay más» (Isa. 45:22), un «Dios justo y Salvador» (v.21). «Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos; y vuélvase á Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar» (Isa. 55:7).
Fije su ojo, el ojo de fe, en la cruz y vea estas dos cosas – los crucificadotes y el Crucificado. Vea los crucificadotes, los aborrecedores de Dios y de Su Hijo. Ellos son usted mismo. Lea en ellos su propio carácter. Vea al Crucificado. Es Dios manifiesto en carne, sufriendo, muriendo por los impíos. ¿Puede conjeturar Su gracia? ¿Puede estimar pensamientos malos acerca de Él? ¿Puede usted pedir algo más, para despertar en usted la más completa y no reservada confianza? ¿Mal interpretaría usted aquella agonía y muerte, sea diciendo que ellas no significan gracia, o que la gracia que ellas significan no son para usted? Traiga a su mente lo que está escrito — «En esto hemos conocido el amor, porque Él puso su vida por nosotros: también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos» (1 Juan 3:16). «En esto consiste el amor: no que nosotros hayamos amado á Dios, sino que Él nos amó á nosotros, y ha enviado á su Hijo en propiciación por nuestros pecados» (1 Juan 4:10).



