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Archive for enero, 2009

18
ene

EL ALTAR

EL ALTAR

Por Henry Law


Y edificó Noé un altar a Jehová.” GÉNESIS 8:20.

Para llegar a conocer el poder santificador de la gra­cia, debemos investigar su obra en hombres de piedad. Una máquina complicada parece un rompecabezas inso­luble hasta que se entiende cómo trabaja cada una de sus piezas. Del mismo modo, con un estudio cuidadoso de bue­nos modelos, llegamos a comprender cómo se pueden le­vantar templos espirituales con los viles materiales de la tierra, y cómo pobres pecadores, como nosotros, pueden hacer proezas en el campo de las aflicciones.

La escena puede variar según las circunstancias, pero hay ciertas señales que no pueden oscurecerse. El hijo de Dios debe exhibir siempre una obediencia total a la vo­luntad del Padre celestial, una firme confianza en Su Pa­labra, una dulce sumisión a Su dirección y un constante aproximarse a Él por medio de la sangre reconciliadora, con el gozo de la oración y la alabanza. El verdadero ár­bol de la fe debe estar cargado de estos frutos. El alma nacida de nuevo debe probar su ascendencia con estas características, y un andar celestial debe ser a lo largo de este camino consagrado.

Esta verdad está claramente escrita en los anales de Noé. Dios le dijo: “Hazte un arca.” Y aunque la obra era rara se empezó inmediatamente. Luego Dios ordenó: “Entra tú y toda tu casa en el arca.” Noé entró con gran confianza sin ignorar que, si bien había peligros fuera, también podía haberlos dentro; pero siguiendo al Señor sin reservas se encontró a salvo y en paz. La misma voz tabla de nuevo: “Sal del arca.” Y salió de su refugio para posarse sobre la tumba de un mundo enterrado. Una soledad silenciosa reinaba en aquella tierra que él conoció cundo era la guarida del mal. El epitafio del pecado estaba escrito sobre aquellas vastas ruinas.

Se puede creer, con razón, que su primer acto fue ado­rar, y el complejo momento en que se encontraba da más realce a su actitud. “Y edificó Noé un altar a Jehová.” Muchos asuntos requerían su cuidado. No tenia casa; no habían corrales para el ganado, y él lo tenia que hacer todo. Tenia que pensar, planear, arreglar, esforzarse y trabajar. Si ha habido un hombre que podía haber excluido a Dios por causa de sus muchas ocupaciones, este hombre era Noé. Si ha existido un momento demasiado ajetreado para pensar en el cielo, aquél era el momento. Pero no; todo debe rendirse a Aquel que es sobre todo, lo primero debe ser para Aquel cuyo nombre es Primero. El primer edificio sobre aquella tierra fue un altar para su Hacedor, y la primera actitud del patriarca fue la de arrodillado sobre el suelo con sus manos alzadas al ciclo.

Si parece que franqueo los limites de mi tema es por­que sé que Satán detiene a menudo la mano que se dis­pone a llamar a las puertas de la misericordia persua­diéndola de que aún no es hora, de que este rato debe dedicarse a la familia, al trabajo, al solaz. Pero no le escuches. No es desperdiciado el tiempo cuando se le da a Dios. No hay obra provechosa si no empieza, continúa y termina en Él. Dedícale tu primera y última hora. Nunca estará en deuda contigo.

El altar se edificó para sacrificar ofrendas sobre él. No se puede dudar que aquella víctima y su sangre de­rramada bosquejaban la muerte del Cordero de Dios. Es también cierto, aunque no sea tan evidente, que el altar también proclama a Aquel que es la suma y sustancia del milagro de la redención. Jesús constituye cada parte de la expiación del pecado. Del mismo modo que es el verdadero Sacerdote y la verdadera Víctima, así también es el verdadero Altar. Se ofrece para morir sobre Sí mismo.

Por ello, creyente, ese sacrificio por ti es perfecto, por ser completamente divino. Tienes un Sacerdote, y sólo uno, que entró en los cielos y se sienta a la diestra de la Majestad en las alturas. Tienes un Cordero, y sólo uno, porque no se necesita más, que murió una vez, pues­to que una vez fue absolutamente suficiente para pagar la culpa y salvar del pecado. Así también tienes un Altar, y sólo uno, que está ante el trono de Dios. Jesús es el Altar.

Esto no es un sueño fantástico, sino el pronunciamien­to fiel de nuestro Dios. El mismo Espíritu nos lleva hasta el altar y nos hace leer en él esta lección evangélica, que los labios del Apóstol pronunciaron bajo Su dirección: “Tenemos un altar” (Hebreos 13:10). Por consiguiente, tenemos un altar entre nuestros tesoros. Pero, ¿dónde está? Tiene que estar donde está el Sacerdote, y donde está la sangre. No está aquí, sino tras el velo del cielo, y por ello sólo puede ser el Señor Jesús. Éste es el pozo de verdad que el Espíritu nos abre. Saquemos agua de él con gozo.

El altar tiene diversos usos, pero el principal es el de servir de lecho de muerte de la víctima. Por ello, cuando Jesús vino a morir, tuvo que poseer tal lecho. Vaya­mos con fe al Calvario, que es la cuna de nuestras espe­ranzas. Allí, en la plenitud de los tiempos, vemos a nues­tro Sumo Sacerdote que lleva un manso Cordero, y el cordero es él mismo. Su carga no es corriente… “mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.” El peso de un solo pecado arrojaría un alma en las profundida­des inmensas del abismo de condenación eterna. Pero, ¿quién podría contar los pecados bajo cuyo peso gime Jesús? Su número es infinito y su gravedad inconmensu­rable.

Así pues, ¿sobre qué altar se puede presentar este so­brecargado varón de dolores? Si los ángeles desplegasen toda su fortaleza para sostenerle, se quebrarían como cañas. Si los mundos se amontonasen quedarían como polvo. Ni el cielo mismo podía ayudar; todo eran tinie­blas en lo alto cuando Jesús clamó: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?” La tierra toda había buido, y, al mirar, Cristo no vio a nadie.

Pero todo lo que necesitaba lo tenía en Sí mismo. Su divinidad es el altar de su humanidad expirante. Él es su propio socorro y ayuda, y no flaquea bajo el diluvio de la ira de Jehová. Con mano serena bebe hasta las heces 1 i. copa de la furia divina, y así paga por el pecado hasta que la misma justicia dice basta. Fuerte en su propio po­der, satisface hasta que la satisfacción sobreabunda. Ba­sado inconmoviblemente en su divinidad, borra la ini­quidad hasta que la iniquidad desaparece.

Lector, deseo exaltar a Jesús mostrándolo como el altar de la expiación para que entiendas que Él es el todo en el rescate de un alma de la muerte. Créeme, no es fácil ni común el ver esta verdad en su límpida gloria. Satán y todo el infierno se esfuerzan sin descanso para empañarla con nieblas. Nuestra pobre naturaleza está pronta a beber la poción que hace creer que con un poco de ayuda de Cristo todo irá bien. El yo, engañándose a si mismo con sus propios actos, llega a creer que los mé­ritos del hombre, recubiertos con los méritos de Cristo, son la llave del cielo. Pero esto no es sino construir un altar de basuras humanas con herramientas humanas, y luego colocar a Cristo sobre él.

Esta mentira, colocando a Cristo delante, se pasa por toda la tierra matando a miles. Esto es el árbol venenoso bajo cuya sombra descansan muchos soñando que han he­cho de Cristo su única esperanza, cuando en realidad han puesto su confianza en si mismos. Este es el espíritu que se burla de los perdidos mostrándoles demasiado tar­de que el Cristo exaltado de palabra no es necesariamente el Cristo que reina en el corazón. Este es el enemigo que tan a menudo hace del ministerio un campe estéril. Los hombres imaginan que oír de Cristo y alabar este nom­bre, equivale a la gracia que salva. Así pues, el yo, en alguna de sus formas, es el altar preferido de la tierra pecadora.

Éste es el gran engaño de la iglesia de Roma. Ésta es la red que el poder de las tinieblas ha extendido de for­ma tan ingeniosa. Esta herejía admite lo suficiente de Cristo para calmar la conciencia, pero retiene lo sufi­ciente del yo para matar el alma. No niega que Jesús vivió y murió para salvar, pero tampoco admite que Je­sús solo sea suficiente. Por ello levanta muchos altares altos y cautivadores de los sentidos y de la imaginación, haciendo de ellos la verdadera base de la esperanza del pecador. Luego los corona con Cristo y, como los hom­bres de Babel, cree que alcanzarán el cielo. En todo esto existe cierta semejanza de exaltación de Cristo. Pero es Cristo añadido a los ángeles, Cristo añadido a los san­tos, Cristo añadido a una lista interminable de mediado­res e intercesores, Cristo añadido a la iglesia, a las peni­tencias, al purgatorio y, en fin, Cristo sirviendo de pi­náculo a la pirámide de las ideas humanas.

Este es el evangelio papal. Pero los pies de esta ima­gen son de barro y no se puede sostener; en su caída se deshará como el templo de Dagón.

Hay otros, que también adoran este ídolo, que aun­que no son papistas de nombre lo son de corazón. Su al­tar consiste en ritos y cultos, abnegaciones y supersticio­nes. Edifican sobre unos fundamentos propios y luego ponen a Cristo para adornar la estructura. Dicen que, sin r 1; la balanza no puede pesar, y acceden a poner Sus méritos para equilibrar el defecto. Esta creencia pa­rece conducir a la vida, pero es la senda del infierno, porque la Palabra dice: “De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído” (Gálatas 5:4).

Pero el verdadero altar tiene múltiples usos. Allí se recibían las ofrendas y primeros frutos del adorador. De él se sacaba la provisión de alimentos. Allí huía el culpa­ble; su terreno era un santuario, sus cornijales un refugio. Jesús es todo esto.

Lector, el llamamiento que se te hace es que presentes tu alma, tu cuerpo, todo lo que eres, todo lo que tienes, todo lo que puedes hacer, en sacrificio a Dios. No pue­des regatearle nada a Quien ha dado, para rescate, más de lo que el cielo es. Incrusta esta verdad en tu mente: Excepto en el Amado no hay persona ni servicio acep­table. Palabras y obras carecen de valor si no se ofrecen por fe, y por los méritos y en el nombre de Jesús. El fruto que no está santificado por Su sangre y dedicado para Su gloria, es sólo podredumbre. Es únicamente el rico incienso que se eleva de este altar lo que puede hacer de ti y de tu vida una ofrenda suave a Dios.

Lector, ora mucho. Esto es el respirar del alma, por­que cada momento constituye una necesidad que debe crear un clamor que ascienda al cielo. Pero sólo hay un altar donde las peticiones adquieren el poder de la vic­toria. Los que suplican en el nombre de Cristo hallan contestación en el cielo. Pero la oración desligada de Cristo es como humo que se desvanece en el aire.

Que tu agradecimiento sea, también, abundante, por­que el mandamiento es: “Dad gracias en todo”. El río de sus misericordias fluye incesante, y ¿cómo puede extin­guirse el arroyo de nuestro amor agradecido? Pero no hay alabanza aceptable si no se eleva de este altar.

El alma necesita alimentación regular, y sólo aquí la puede encontrar. ¡El Evangelio nos invita a un gran ban­quete! La palabra, las promesas, las ordenanzas y los sím­bolos están preparados para este banquete abundante. Pero Cristo es la esencia del alimento y, sin Él, los me­dios de la gracia no son más que cáscaras secas.

El altar tenia, además, cornijales. El ofensor aferraba a ellos estaba salvo; la mano vengadora que se no po­día tocarle. Así también, todo el que se refugia en Cristo puede despreocuparse de todo enemigo. Ni las amenazas de la ley, ni la, espada justiciera, ni el furor del per­seguidor pueden dañarle.

¡Cuán feliz es el creyente que ha hecho de este altar su hogar seguro y deleitoso! Bajo su protección pensará con frecuencia: Aquí he descargado el peso de mis pe­cados; aquí viviré, con el poder del Espíritu, una vida entregada y de adoración. Aquel que es el Altar donde muero al pecado, será el Altar donde viviré para Dios. Cristo lo es todo para mi perdón y para mi santidad.

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16
ene

¿Acaso la shemá de Israel denota una sola persona en la Deidad?

¿Acaso la shemá de Israel denota una sola persona en la Deidad?


por Pablo Santomauro

Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.
Deuteronomio 6:4

Los antitrinitarios han usado Deuteronomio 6:4 para probar “infaliblemente” que Dios es unipersonal y que la doctrina de la Trinidad es falsa. ¿Tiene validez bíblica este reclamo? Veamos lo que dice un unitario sociniano; la cita fue tomada de un escrito que pretende refutar uno de nuestros artículos:

El Señor Santomauro parte de una premisa preconcebida-que a mi juicio es errada- la cual afirma que para los Judíos una Deidad plural o compuesta por más de una persona era inherente a la fe Judía. Pero el Sr. Santomauro se olvida de la shemá de Israel, la cual es una confesión fundamental de la fe judía sobre Dios, presenta claramente a la Deidad Yahweh (Elohim) como UNO [echad] (Deut 6:4). UNO que implica singularidad y sin igual, pues el mismo Yahweh dice que nadie más hay como Él, el que creó todo por Sí Mismo (Isa.44:24; 45:6). [1]

La palabra “echad” (uno)


Conviene desde el comienzo señalar que los trinitarios creemos que existe sólo un Dios, pero en la esencia o naturaleza de ese único Dios existen tres personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Estos tres comparten la misma esencia, los mismos atributos y constituyen, hablando en términos lógicos, el único Dios.Si los autores de la Biblia creían que Dios era multipersonal es obvio que habrían escrito de una forma que transmitiera ese concepto a sus lectores. Por otra parte, si los autores de la Biblia creían que Dios era unipersonal, debieron haber escrito en cierta forma que indicara la idea.

Lo correcto es examinar el Antiguo Testamento para ver si el lenguaje utilizado por sus autores, y el Espíritu Santo ultimadamente, favorece una de las dos posiciones. ¿Existe en el hebreo alguna palabra que describa perfectamente el concepto de Dios como un ser unipersonal, o sea un “uno” absoluto sin posibilidades de definir una unidad compuesta? Sí existe, es la palabra

yachiyd. Esta palabra describe un ser absolutamente solitario. Se usa en el Salmo 68:6 y es traducida como “solitario” en algunas versiones bíblicas. La palabra echad (ejad, ecad), a diferencia de “yachiyd”, expresa el concepto de una unidad compuesta. El término deriva de la raíz hebrea “acad”, que significa “unificar, “coleccionar, reunir, juntar”. La palabra “ecad” (ejad, echad) significa literalmente “el Unido”.Veamos algunos ejemplos del Antiguo Testamento:

Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y será una (ecad) sola carne. (Gn. 2:24)

Aquí 2 personas forman “uno” (ecad), o sea, una unidad compuesta.

He aquí el hombre es como uno (ecad) de nosotros. (Gn. 3:22)

Aquí Adán y Eva se transforman en “uno” (ecad) con Dios, pero no pierden su propiedad de persona.

Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno (ecad) . (Gn.11:6)

Aquí se unifican muchas personas, la población de la tierra en ese entonces, y se les llama “uno” (ecad) No significa que todos se unen para formar una sola persona, la idea es que existe una unidad compuesta.

Ejemplos similares encontramos en Génesis 34:16,22; 2 Crónicas 30:12; Esdras 2:64; y Jeremías 32:39.

En todos estos ejemplos se usa la palabra ecad (uno, un) para designar la unificación de varias personas. Del mismo modo, es en ese sentido que podemos entender el “Jehová uno es” de Deuteronomio 6:4.

La palabra “yachiyd” (uno)


En el hebreo existe la palabra “yachiyd” (pronunciada “yakid”), y esta palabra indica “uno y único” (solitario). Traduce al español como “único”; es una palabra que implica una unidad indivisible en oposición a la unidad compuesta implicada por la palabra “ecad”.Ejemplos de la palabra “yachiyd”:

Y dijo: Toma ahora tu hijo, tu único (yachiyd), Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré. (Gn. 22:2)

Porque yo también fui hijo de mi padre, Delicado y único (yachiyd) delante de mi madre (Pr. 4:3).

Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito (yachiyd), afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito. (Zac.
12:10)

Los opositores de la Trinidad esperarían encontrar la palabra “yachid” para describir a Dios, especialmente en la declaración monoteísta por excelencia, Deuteronomio 6:4:

Oye, Israel, Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.

Sin embargo, la palabra que se usa en Deuteronomio 6:4 no es la que desearían ver, sino que es “ejad” o “echad”.

Shemá Yisrael, YHWH Eloyhenu, YHWH

Ejad.Es obvio que “ejad” es la palabra que un trinitario esperaría encontrar al leer el pasaje, ya que ésta define a una unidad compuesta o unificada. Si los autores de la Biblia creían en un Dios uniplural, la única palabra que podían usar para transmitir el concepto era precisamente “echad”. No existe en el hebreo otra palabra para proyectar la noción.

Pero, ¿cómo puede ser esto si los judíos hoy rechazan la doctrina de la Trinidad? La explicación es sencilla y viene en las palabras del destacado experto en hebreo, David Cooper:

Antes de los días de Moisés Maimonedes, la unidad de Dios era expresada por “echad”, palabra que como ha sido probado más allá de cualquier duda tiene el significado primario de una unidad compuesta. Maimonedes, quien estructuró los trece artículos de fe, en el segundo habla de la unidad de Dios usando “yachid”, término que nunca fue usado en el AT para expresar la unidad de Dios. Partiendo de este hecho es evidente que una nueva idea fue inyectada dentro de la confesión cuando se sustituyó “echad” por “yachid”, palabra que en todos los pasajes acarrea la idea de unicidad en el sentido absoluto. A partir de entonces, desde los días de Maimonedes se impuso una interpretación diferente sobre este importantísimo pasaje. [2]

Como vemos, ante la evidencia lingüística todos los reclamos de los herejes antitrinitarios se derrumban como castillos de arena. Con todas sus maniobras de retórica, los enemigos de la doctrina de la Trinidad no hacen más que poner en duda la inspiración verbal y plenaria de la Biblia. Si los lenguajes y las palabras tienen sentido y transmiten pensamientos y nociones, estos deben ser respetados. De lo contrario hemos perdido la capacidad de comunicarnos. Corresponde preguntarse por qué los autores de la Biblia, bajo la inspiración del Espíritu Santo, escogieron la palabra “echad” para describir la unicidad de Dios. ¿Fue una distracción del Espíritu de Dios? <>

1)

http://apologista.wordpress.com/2009/01/06/el-senor-santomauro-y-su-obcecada-%e2%80%9ctrini-terquedad%e2%80%9d/2) David L. Cooper, The Eternal God Revealing Himself  (Harrisburg: Evangelical Press, 1928), 59-60.

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13
ene

El hecho de que Dios hable en singular, ¿comprueba que la Trinidad es falsa?

El hecho de que Dios hable en singular, ¿comprueba que la Trinidad es falsa?

Por Pablo Santomauro


Tal parece ser el convencimiento de sectarios como Mario Olcese, quien  desde su blog despotrica habitualmente contra la doctrina de la Trinidad. Leamos sus palabras:

En el Salmo 83:18 leemos muy claramente sobre Yahweh con estas solemnes palabras: “Y conozcan que tu nombre es Jehová; Tú solo Altísimo sobre toda la tierra.” Si Yahweh es un Dios compuesto, hubiéramos esperado encontrar que el texto dijera: “Y conozcan que tu nombre es Jehová; Vosotros solos los Altísimos sobre toda la tierra“. Pero para desgracia de los Trinitarios, así no dice el versículo en cuestión, sino que éste dice textualmente en el original Hebreo: “Tú (singular) solo Altísimo sobre toda la tierra“. [1] (énfasis en el original)

La simpleza de este argumento sobrepasa los límites de la ingenuidad. En realidad, Olcese y otros sectarios creen que refutan la doctrina de la Trinidad cuandos citan una serie de versos donde Dios habla usando pronombres singulares.

¿Nos preocupa esto a los trinitarios? ¡Claro que no! Desde que hay un solo Dios, esto no nos sorprende. Es perfectamente adecuado dentro de nuestra doctrina, que Dios hable en términos de “mí” y “yo”. Los trinitarios no tenemos ningún problema cuando encontramos palabras singulares aplicadas a Dios porque creemos que Dios es uno numéricamente.

Pero cuando se trata de nombres, pronombres, adjetivos y verbos plurales, es frustrante para el sectario encontrarlos en en AT. La Biblia abunda en ejemplos. Desde que Dios es multipersonal, es natural que el AT contenga pasajes donde Dios habla en términos como “nosotros” y “nuestro”. Nosotros sabemos que Dios es uno en un sentido y tres en otro. Esa es la doctrina de la Trinidad.

La doctrina de la Trinidad abarca tanto los plurales como los singulares. El pobre antitrinitario sólo admite singulares, está preso es su propia concepción de Dios. No puede dejar que la Biblia hable por sí sola.

No es cierto lo que dicen acerca de que los judíos creían en un Dios unipersonal. Si los autores de la Biblia en realidad creían que Dios era solamente una persona, jamás hubieran usado en su gramática  nombres, pronombres, adjetivos y verbos en el plural. Pero eso es exactamente lo que hicieron.

¿Qué queda de los pasajes mencionados por los unicistas como Olcese? Desde el momento que usan nombres y modificadores singulares, es evidente que Dios está hablando como “Uno”. Es la Deidad que está hablando.

¿Por qué no mencionan pasajes con plurales (en hebreo)? Bueno, ya todos sabemos. Porque cometen la falacia lógica de la evidencia selectiva o parcial, es decir, citan solo la evidencia que les conviene e ignoran aquellas que contradicen su doctrina.

Nombres plurales para Dios

Elohim
El nombre aparece 2570 veces en el AT. La vasta mayoría de veces se refiere a Dios. Aunque su forma es plural casi siempre se usa con referencia al único y verdadero Dios. Sabemos esto porque en esos casos es asociado uniformemente con verbos, pronombres y adjetivos en el singular. Por la razón de que Elohim es plural y es un término general que significa “dios”, también se puede usar para describir falsos dioses. Ejemplo: “Yo soy Jehová tu Dios (Elohim), que te saqué de la tierra de Egipto … No tendrás dioses (elohim) ajenos delante de mí”. De acuerdo con las reglas gramaticales del hebreo, los traductores de nuestra Biblia vierten Elohim en singular (Dios) y lo hacen uniformemente en todo el AT. El hecho de que Elohim en hebreo es una forma plural causa un impacto desvastador en la teología de los antitrinitarios, del cual no se pueden recuperar. En cuatro ocasiones Elohim es usado con la primera persona del plural (nosotros): Génesis 1:26; 3:22; 11:7; Isaías 6:8. En consecuencia, Elohim comunica la unidad del único Dios, y al mismo tiempo permite la pluralidad de personas divinas en la Deidad. Este giro del lenguaje es exclusivo del Israel monoteísta y no se encuentra en ninguno de los lenguajes de las naciones politeístas circundantes (Jack B. Scott, s.v. “elohim,” in Theological Wordbook of the Old Testament, 2 vols. (Chicago: Moody Press, 1980), 1:44).

Adonai
Este término significa “Soberano” o “Señor” y enfatiza el señorío de Dios. Adonai es el plural de Adon. Al igual que Elohim, Adonai es una forma plural que siempre se refiere a Dios y aparece 439 veces en el AT, y reitero, se usa solamente en referencia a Dios (ver Vine’s Expository Dictionary of Biblical Words, Thomas Nelson).

Verbos en forma plural usados en referencia a Dios

El uso de verbos plurales aplicados a Dios es por demás significativo. En el texto hebreo la palabra asah (gah-sah’), o Creador, se encuentra en la forma plural en varias referencias a Dios. Notemos la correcta traducción de Isaías 54:5 según el texto hebreo:

Porque tus maridos son tus Creadores: Jehová de los ejércitos (el Padre) es su nombre; y tu Redentor el Santo de Israel (el Hijo) el Dios de toda la tierra será llamado.

Ø Una expresión similar la encontramos en el Salmo 149:2: “Alégrese Israel en sus Hacedores …” (traducción hebrea)

Ø Igualmente, Eclesiastés 12:1 lee en el hebreo: “Acuérdate de tus Creadores en los días de tu juventud…”

Ø Job 35:10 dice en hebreo: “¿Donde está Dios (Elohim, plural) mis Hacedores (plural de asah)”.

Ø Génesis 20:13: “Dios (Elohim, plural) me hizo salir errante (hitau, plural de taau) de la casa de mi padre”.

Ø Génesis 35:7: “Y edificó allí un altar, y llamó el lugar El-betel, porque allí le había aparecido (forma plural de gla) Dios (Elohim, plural), cuando huía de su hermano”.

Ø Salmo 58:11: “Ciertamente hay Dios (Elohim, plural) que juzga (forma plural de shaphat) en la tierra”.

Adjetivos plurales que describen a Dios

Ø Josué 24:19: “No podréis servir a Jehová, porque él es Dios (Elohim, plural) santo (forma plural de qadosh)”.

Ø Proverbios 9:10: “El conocimiento del Santísimo (forma plural de qadosh) es la inteligencia”.

Ø Proverbios 30:3: “Ni conozco la ciencia del Santo (plural de qadosh)”.

Ø Eclesiastés 12:1 lee en el hebreo: “Acuérdate de tus Creadores en los días de tu juventud…”

Ø Job 35:10 dice en hebreo: “¿Donde está Dios (Elohim, plural) mis Hacedores (plural de asah)”.

Ø Génesis 20:13: “Dios (Elohim, plural) me hizo salir errante (hitau, plural de taau) de la casa de mi padre”.

Ø Salmo 58:11: “Ciertamente hay Dios (Elohim, plural) que juzga (forma plural de shaphat) en la tierra”.

Conclusión

Los nombres y pronombres plurales aplicados a Dios como ELOHIM, ADONAI, NUESTRA, NOSOTROS, y los verbos y adjetivos plurales que hemos detallado, muestran la silueta de la Trinidad dibujada tenue pero indeleblemente en el Antiguo Testamento, doctrina que luego fue revelada claramente en el Nuevo Testamento. Como vemos, la verdad siempre sale a luz y la mentira antitrinitaria queda en evidencia una vez más.

Este es el tercer artículo nuestro refutando la herejía del unitarismo sociniano promovida por el señor Olcese. En los dos primeros, Olcese intentó una pobre defensa y evitó refutar muchos argumentos nuestros. Sólo repitió la conocida retórica sectaria sin poder argumentativo. Prueba de la debilidad de sus argumentos es que el señor Olcese no provee a sus lectores con la dirección de mis artículos. ¿Acaso teme algo? Otra prueba de sus limitaciones para refutar la verdad es que ha recurrido a los ataques personales (ad hominem). Cuando se carece de argumentación clara, no queda más remedio que recurrir a la bajeza de insultar al oponente.

1] http://apologista.wordpress.com/2009/01/06/el-senor-santomauro-y-su-obcecada-%e2%80%9ctrini-terquedad%e2%80%9d/

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11
ene

EL ARCA

EL ARCA

Por Henry Law

Dijo luego Jehová a Noé: Entra tú y toda tu casa en el arca.” GÉNESIS 7:1.

La historia del arca nos es familiar desde la infancia, y prestó interés a nuestras primeras lecciones. Su nom­bre solo, hace revivir en nosotros las tiernas instruccio­nes de la madre o de un maestro diligente. Nos hace re­cordar las primeras páginas de nuestra primera Biblia y nos vuelve a llevar a los bancos de la clase de nuestra niñez.

Así, en un país cristiano, casi todos han ponderado en su juventud el trágico fin de aquel mundo miserable. Muchos repasan con cuidado cada detalle del relato has­ta que cobra el realismo cie una escena presenciada. Pero no se adentran más y juguetean caprichosamente con la historia. Ponen los pies en el umbral del palacio de la verdad, pero no penetran en las amplias cámaras donde Dios da la luz. Son como Agar: el pozo de agua está cer­ca y aunque tienen sed no lo pueden ver.

Lector, no te engañes. La Biblia es como un espejo en tus manos para que en él veas el corazón de un Salvador amante, y las obras de un Salvador poderoso. Cristo es el tesoro que encierran las Escrituras, y si lo ganas serás, para siempre, sabio y rico. Pero si no lo tienes, toda ri­queza es penuria y todo conocimiento locura insólita. Si­gue este principio y nunca cierres las páginas sagradas hasta obtener la sonrisa de Aquel que es el gozo del cielo.

Ven con un deseo santo para recibir la luz de la vida, juntos, contemplemos el arca. Jesús está allí con toda 1 A gloria de su amor redentor.

“Hazte un arca de madera de gofer.” Esto no es premeditación humana sino voz del cielo. Y si se pregunta para que para qué es, se debe responder que es para que los mazos hermosos de la gracia de Dios iluminen un fondo negro.

“Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mu­cha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal.” El pecado desmedido, triunfador, incesante, era el vapor que se elevaba de la tierra.

Pero, ¿es que el pecado puede insolentarse sin que el castigo descienda? ¡Imposible! El pecado es la cosa abo­minable que Dios odia, y no puede progresar sin desen­cadenar la venganza divina.

La prueba es ésta: El santo y justo Dios proclama: “He decidido el fin de todo ser.” ¿Podría alguien imagi­nar que la amenaza era vaga y que no daba una voz de alarma. definida? El juicio de Dios no saca su reluciente espada hasta que las trompetas han dado su claro soni­do. Mira la siguiente nota temblorosa: “Y he aquí que Y‑o traigo un diluvio de aguas sobre la tierra.” Para que todos supiesen que la tragedia se estaba formando. Para que todos escuchasen el tañer a muertos de una campana.

Dios es justo. No hiere sin causa ni aviso. No obs­tante, parece que aunque el anuncio fue claro, sólo lo emitieron los labios de un predicador. Pero, quién puede contar la multitud de mensajes que a través de las edades se han apiñado en torno a nuestro mundo, testificando que el día del juicio y de la perdición de los hombres inicuos se acerca?

Lector, tú has oído decir con frecuencia que el lecho del pecado es la hoguera eterna.

El castigo amenazador se movió con pasos lentos. La longanimidad de Dios soportó con paciencia. Los años se sucedieron y el sol continuaba brillando y los cielos aparecían despejados. Ciertamente, si el plazo del arre­pentimiento hubiese creado el don de arrepentirse, el mundo se habría vestido con saco de arrepentimiento y penitencia. Pero debe haber algo mucho más potente que una mera oportunidad para que un alma sienta, confiese y abandone sus pecados. Si el hombre no es sujetado desde lo alto, se precipita en su culpabilidad. A veces una pausa prolongada no es sino una iniquidad prolongada.

Te ruego que tú mismo te apliques esto. No me es dado el conocer tus tiempos, tus avisos, o tus llamamien­tos. Pero tiempo ya tienes; y avisos ya has tenido; y cada momento constituye un llamamiento. Dime: ¿Te ha conducido la bondad de Dios al arrepentimiento? Que la conciencia conteste. Créeme, un alivio no es un perdón. Una ejecución aplazada no es una ejecución anulada. A Agag se le perdona hoy para que muera mañana de forma más señalada. Si aún estás alejado de Dios, derra­ma ahora tus lágrimas y tus oraciones antes de que vayas al lugar donde nunca se cesa de llorar y jamás se eleva una oración.

La construcción del arca progresa en medio de esta inundación inmensa del mal. Noé había oído bien el man­damiento: “Hazte un arca”. Algo sorprendente. Tenía que proveer algo para protegerse de un castigo nuevo y desconocido. La razón podría inquirir el porqué. La experien­cia, que no tenía parangón, arrojaría sombras de dudas; y‑ el prejuicio, con sus mil sofisterías, sugeriría que era harto improbable, si no imposible. Pero aquel hombre de Dios estaba persuadido y actuó; se preparó y fue salvado.

Podemos imaginar que el ridículo y la mofa amararían aquellos días de esperanzado trabajar, y que mu­chos se burlarían de su inquebrantable empeño. Ésta es la lucha constante de la fe. El hombre natural no entien­de sus motivos, sus esperanzas, sus acciones; pero ella posee un oído sensible y un ojo rápido para ver la mano dirigente de Dios. Sabe bien en quién ha creído, y su certeza es más firme que todas las conclusiones de la ra­zón o los testimonios de los sentidos. Por ello nada la conmueve. Arrolla toda dificultad, y abrazando la cruz gana la corona de la vida.

Al fin suena la hora postrera. La copa de iniquidad está ya hasta rebosar y ¿quién podrá parar la diestra del Señor? Las nubes se apretujan y derraman torrentes ince­santes. ¿Dónde están ahora las chanzas, los vituperios, la incredulidad insolente? A veces la verdad de Dios se des­cubre demasiado tarde y sólo se cree en la destrucción cuando la víctima siente su zarpazo. Ya no queda refu­gio. El edificio más encumbrado, la cima de la roca más elevada, todo, es una tumba anegada. La tierra parece un remolino de desesperación, y luego, sólo queda el silen­cio de la vida ausente.

Estos son los hechos solemnes. Cuando no hay temor de la ira que ha sido anunciada, es imposible escapar de ella. Pero, ¡escucha! porque cada gota de aquel inmenso diluvio tiene una voz a vida de aquel mundo inicuo, y su muerte angustiosa. La palabra de Dios res­ponde de igual modo: tan cierto como que los hombres andan sobre aquella misma tierra, así también estallará la llamarada final. Pero, ¡si no esperamos tal momento! El dormitar desprevenido es señal de que está cerca. Pronto vendrá y pasará. Pronto recibiremos nuestra parte.

Lector, ¿te encontrará aquella hora en el Arca de la salvación, o retorciéndote en las olas de los condenados? Párate y reflexiona. Este mundo decrépito y cegado por el pecado avanza hacia el abismo de su ruina. ¿Estás, pues, seguro en el puerto protector, o estás desprotegido, como una barquilla en medio del océano rugiente?

¿Sabes por qué te pregunto esto? Porque quisiera que estuvieses a salvo, y fueras feliz, y tuvieras paz y ben­dición para siempre. Pero no hay abrigo, ni felicidad, ni paz, ni bendición, fuera del Arca del Evangelio, que es Cristo Jesús.

¡Contémplale! ¡Contémplale! Qué es el arca sino un emblema de Su completa redención? Jesús es la salvación de todo peligro, el refugio en las alturas, la roca protec­tora. Es el palacio duradero cuyo fundamento fue puesto en la eternidad; edificado en el cumplimiento de los tiempos sobre las llanuras de la tierra. Jesús es el resguardo elevado que, habiéndolo Dios decretado, nombrado y pro­visto, ha sido entregado a los hijos de los hombres. Es cobijo tan seguro que los rayos del juicio divino caen sin peligro alrededor suyo, y las rabiosas tormentas de ven­ganza, y las olas furiosas de la ira no hacen más que con­solidar su fortaleza. Y tiene que ser así, porque este lugar de reposo es el Dios poderoso. Nuestra salvación es el siervo de Jehová. Nuestro glorioso santuario es el glorio­so Jesús.

El Arca está cerca de ti, a tus pies. Sus puertas están abiertas de par en par, y todo te invita, más aún, te or­dena que entres. El dedo de Dios ha escrito sobre la puerta que el que entre está, para siempre, a salvo. No hay poderes en la tierra ni en el infierno que puedan dañar a los rescatados.

¿Vacilas? Lástima, porque hay demasiados rostros que proclaman con huellas de preocupación mundana la fri­volidad, indiferencia, profanidad y pecado heredados de sus antepasados. Por qué quieres suicidarte? ¡Oh, si yo pu­diera penetrar en lo hondo de tu corazón para detectar la duda fatal que destila allí su opio!

Con estos argumentos descubrirás los enemigos mor­tales que habitan en ti. La inquietud se calma, a veces, con la idea necia que asegura que somos como los demás. Si estamos en peligro, ¿quién no lo está? ¿Va a perecer esta inmensa multitud? Dios es misericordioso y no pue­de descargar ese castigo inconcebible. Tal pensamiento es engañoso. Los números no pueden cambiar la verdad divina o el carácter del pecado, ni pueden construir una barca para flotar en las olas de fuego.

La juventud, si llega a pensar, cree que los años veni­deros brindarán algún refugio. Sueño banal. ¿Acaso pue­de la fe surgir de la incredulidad envejecida? La huma­nidad, en su infancia, no fue suficiente para detener el diluvio. ¿Quién podría contar las cunas que devoró? Si eres joven, sé prudente y no rías por un poco de tiempo para luego gemir por una eternidad sin limite.

Otros se creen a salvo porque han aprendido las ver­dades del cristianismo. Hace tiempo que estudiaron el Arca y durante muchos días constituyó su visión y su tema principal. Pero esto no salva. Los que confían en un mero conocimiento mental hallarán que su memoria es como un filo agudo para el roer del gusano que no muere.

Tal vez te acerques mucho por medio de ritos, cultos y ordenanzas, tanto, que parezca que has puesto tus ma­nos en la gracia salvadora. También muchos tocaron el arca, y eso fue todo. Cuando las aguas crecieron, quisie­ron asirse a ella con mano agónica. En vano. Estaban fuera, y ahí todo es muerte.

Algunos esperan poder orar y clamar antes de que sea demasiado tarde. Pero, ¡cuántos se hundieron gritan­do inútilmente en demanda de auxilio!

Quizá seas agraciado en dones, en talento, en posición, en diligencia, en amor propio o en aplauso ante los hom­bres. Pero del mismo modo que los picos que horadaban las nubes se doblegaron ante el diluvio, así también las más altas pretensiones son como polvo ante el gran trono blanco.

¿Sigues manteniendo aún la esperanza de que en el último instante podrás componer algún medio de esca­pe? Muchas cosas se inventaron cuando el diluvio em­pezó su obra devastadora, pero todo fue como una paja burlona.

Lector, no te dejes engañar, en el negocio de la vida de tu alma, por estos impostores disfrazados. Vuélvete a la verdad de Dios. Busca la única provisión real y sólida que la Biblia señala con brazo extendido. Sólo hay un nombre bajo los cielos, dado a los hombres, por el cual se puede ser salvo. Sólo hay un refugio. Sólo estamos a salvo encerrados y envueltos en Cristo. Sólo estarnos por encima del peligro cuando Él es nuestra morada, el Arca.

No descanses hasta que hayas traspasado el umbral del Arca descendida del cielo. “Ciertamente en la inundación de muchas aguas no llegarán estas a él”. (Sal­mo 32:6).

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11
ene

LA CONSOLACION

LA CONSOLACION

Por Henry Law

Éste nos aliviará…” GÉNESIS 5:29.

Así nos habla el patriarca Lamec. Ésta es su exclama­ción de gozo al recibir a su primogénito Noé. É1 solo trabajaba aquella tierra endurecida por la maldición, 1a cual únicamente producía cardos y espinos. Pero ahora se le da un hijo para que comparta los sinsabores de su labor diaria, y, animado por esta esperanza, le llama Noé, que significa descanso o alivio.

Lector, en estas páginas sólo se busca una cosa: el máximo bienestar de las almas imperecedera,, y, por esta razón, no voy a examinar la posibilidad de que este nom­bre haya sido dado como un rayo anunciador del Salva­dor que había de venir. Prefiero ir en busca de realida­des. Prefiero indagar las buenas nuevas que relucen en el Evangelio.

En primer lugar debo afirmar una realidad que es tan antigua como la caída, y tan extendida como la hu­manidad; la siguiente: Un mundo pecador es, por nece­sidad, un mundo de lágrimas. Dondequiera que estemos, nuestra sombra es la aflicción. Fue así antes de: diluvio y lo sigue siendo ahora. En todos los ambientes y cate­gorías la mente está exhausta y el corazón enfermo.

A continuación declaro una verdad que vino, como una hermana gemela, con la primera promesa. Es ésta: Tenemos una consolación. Dios ha enviado a Cristo Jesús del seno de su amor para ser la Consolación de este mundo maldito.

Mi ardiente deseo sería que este conocimiento celes­tial derramase, más abundantemente, su bálsamo repa­rador. Gimo porque los hombres beben las heces de la amargura, teniendo torrentes de sanidad que fluyen velo­ces por su lado. Permitidme, pues, que os invite a que entréis conmigo, por unos instantes, a los recintos de la pesadumbre terrenal. Allí os mostraré que Jesús es como una almohada para la mente febril, un reconstituyente para el espíritu débil, una tabla para el náufrago, un des­canso para el atormentado.

Apenas es necesario decir que el corazón de la mise­ria es la miseria del corazón, y que el alma de la, angus­tia es la angustia del alma. Pero, ¿dónde reside este sufrimiento intenso? Con toda certeza, en el pecho de aquel cuya conciencia está despierta para discernir la na­turaleza, la maldad y la retribución de sus pecados. Su propio engaño se convierte en un lecho de espinos. A sus ojos, Dios aparece enojado en Su terrible justicia. La ley retumba en sus oídos con una maldición espantosa. Si quiere avanzar se encuentra al borde del infierno, y no se atreve a moverse pues el próximo paso puede preci­pitarle en las llamas; y tampoco quiere dormir por te­mor a despertarse entre los condenados.

¿De dónde puede venirle el consuelo a un alma ator­mentada de este modo? De la tierra no puede surgir por­que ¡cuán pobres son los encantos que el mundo ofrece! El mundo no posee nada excepto para un hombre cegado por el pecado. Cuando las cosas se ven como son en realidad, todos los caprichos terrenos vienen a ser como burbujas vacías. Para que el alivio tenga valor ahora, debe venir del cielo. Todo es una burla si no me habla de la reconciliación con Dios, del perdón del pecado, de la salvación del alma. Sólo Jesús puede sacarla de esas pro­fundidades terribles y guiar al alma temblorosa hasta Su cruz. Allí le revelará al Padre celestial revestido con las glorias de Su amor eterno. Su propia agonía constituye la muerte de la ira divina. Él puede mostrar la espada jus­ticiera enfundada en Su propio corazón, las llamas ven­gadoras extinguidas con Su propia sangre, la mano que antes se alzaba para castigar extendiéndose vara bende­cir. El infierno cargado sobre el Inocente, y el cielo dado gratuitamente a los culpables.

¿No es esto consolación? Lo es, ciertamente, y la derrama por sus manos taladradas y su costado abier­to. ¿No es esto, repito, consolación? Pregúntale al que la haya probado. Pregúntale a aquel carcelero que, atacado por el pánico, se precipitó en la celda sabiendo que su castigo sería terrible. Allí oyó de Jesús, la paz calmó sus temores y se regocijó creyendo en Dios con toda su casa (Hechos 16:29‑31).

Pero ocurre muy a menudo, por desgracia, que los que se han refugiado en esta roca, como marinos perdi­dos, se desasen otra vez. Cesan de velar y orar, y el ten­tador encuentra una puerta abierta. Descuidan los me­dios preservativos de la gracia, y el enemigo se introduce. El Espíritu, entristecido, se retira, y la corrupción vuelve a ganar todo su poder.

¡Ay de los apostatas! ¡Cuánta miseria hay en ellos! Vuelven a tener la sensación de su situación peligrosa y además la amargura de sus propios reproches. Se dan cuenta de su bajeza al traicionar al Amigo que les había dado vida cuando aún estaban llenos de sangre.

Tal vez sea ésta tu propia agonía. Si antes tenias des­canso en Jesús y ahora ha desaparecido, es sólo por tu culpa. Él no te separó de Si, tú te marchaste. Y ahora sus­piras: ¡Oh, si todo fuera como en los días cuando el Sol de Justicia brillaba sobre mi senda! Llora, porque tu caída es dolorosa, pero ten esperanza porque Jesús está cerca aún, y su voz te dice: “Vuélvete… no haré caer mi ira sobre ti…” (Jeremías 3:12). Nunca se muestra su ter­nura tan tierna como cuando calma los sollozos de los que, penitentes, lloran ante É1. Vuelve, pues. El Se­ñor continúa extendiendo sus brazos de misericordia. Es Médico y bálsamo de Galaad. No puede permanecer silencioso ante el que clama: “Vuélveme el gozo de tu salvación”.

Hay otros que, aunque andan cerca del Señor, viven intranquilos. Con gratitud dicen: “Hasta aquí nos ayudó Jehová”, pero el cielo les parece muy distante, la peregri­nación larga, los adversarios numerosos y su propia forta­leza se tambalean. Miran los vientos y las olas y se sobre­cogen de espanto; como David, creen que un día perece­rán a manos de Saúl.

Lector, tal vez tengas también tales sentimientos erró­neos. Si Jesús no fuera quien es, podrías desmayar; pero te invito confiadamente a que te levantes y te sacudas el polvo. Abre los ojos y lee en su corazón. Te habla con palabras de aliento. Te habla de la fidelidad de su amor que, de igual modo que no tuvo principio, no puede tam­poco tener fin. Te lleva al abrigo de sus alas y allí apaga todas tus dudas con promesas tan grandes come genero­sas, tan tiernas como innumerables. Te dice: “…porque yo vivo, y vosotros también viviréis.” “…vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.” Si pides consolación más rica, pides más de lo que Dios puede dar.

Pero las aflicciones romperán sobre ti como una marea incesante. Hay que esperarlo así; es nuestra suerte co­mún. No hay hogar tan humilde cuya puerta no halle la aflicción, ni palacio tan altivo por cuya escalinata el do­lor no suba. La fe no protege de esto. “En el mundo ten­dréis aflicción.” Pero recibe la aflicción con los brazos abiertos, si con ella viene Jesús. El verdadero creyente siempre lo hace así.

La salud puede marchitarse como una flor; la debili­dad y la enfermedad se pueden cebar en nuestro cuerpo; puede haber intranquilidad hasta el alba. Pero Jesús apa­cigua con sonrisas la frente contraída por el dolor, y tranquiliza con silbo apacible la noche desvelada.

Las posesiones terrenas pueden derrumbarse y la po­breza reinar donde la abundancia imperó. :Puede faltar también el sustento del creyente? ¡Oh, no! Todos sus teso­ros se encierran en esta frase: “Jehová es mi pastor; nada me faltará”.

Los amigos nos pueden abandonar, y sus miradas hui­dizas nos hacen estremecer. La traición y el odio pueden entrar donde un día el amor triunfó. Jesús pasó por esta prueba en su forma más amarga. Por eso está pronto a demostrar que no cambia en este mundo mutable, y aumenta Su amor estando más unido a nosotros que un hermano. Su propia presencia llena con creces todo vacío interno.

Pero la muerte se acerca con pasos veloces. Sí, pronto descorrerá la cubierta de tu cama para sacarte de allí con mano helada. Entonces necesitarás un consuelo fuer­te, pues un puntal gastado ya no puede resistir. A solas pasarás por el valle de sombras. ¿A solas? No, porque Jesús murmura: “Yo estoy contigo. Te llevo a mi casa de muchas moradas”. Así que la última prueba es la me­jor consolación.

Creyente, te ruego que vivas y mueras haciendo de Jesús tu consolación, y que seas ducho en este arte feliz. Habitúate a meditar diariamente en Él, en sus promesas y en sus obras. Mantén una comunión estrecha con Él. Mide la anchura, la largura, la profundidad y la altura de su obra y su misión. Asegúrate de que todo lo que es y tiene, todo lo que ha hecho, hace y hará, es tuyo. Nun­ca has estado ausente de su corazón, ni puedes estarlo, porque eres un miembro “de su cuerpo, de su carne, y de sus huesos”. Permanece siempre en Él, y siempre ten­drás abrigo. Golpea, también, la roca de las promesas con la vara de la fe. Las aguas dulces manarán y fluirán con amplitud y hondura por este canal: “Consolaos, con­solaos, pueblo mío, dice vuestro Dios”.

Paséate a menudo con los fieles peregrinos de la anti­güedad. Su compañía es preciosa. Aunque estén llenos de pesares, siempre están gozosos. Aunque, como Jacob, sean vagabundos sin hogar, siempre están consolados. Aunque para salvar su vida tengan que huir y ocultarse en las ca­vernas de la tierra, como David, están consolados. Si, como aquellos tres jóvenes cautivos, tienen que pasar por el fuego de la persecución, están consolados. Si tie­nen que enfrentarse a todo peligro, aúnalas tormentas más furiosas, como Pablo, o si tienen que dar fiel testimo­nio ante la chusma burlona o ante tiranos altivos, como este apóstol, están consolados. Si mueren la muerte del mártir bajo una lluvia de piedras, como Esteban, están consolados. Aunque lo pierdan todo, nunca pierden la consolación, porque ésta en Jesucristo mismo; la obra de su espíritu; el don de su gracia; la prueba de su pre­sencia; la degustación de su cielo.

Quizás algunos ojos que pasan por estas páginas no conocen este profundo manantial de consolación. ¡Po­bre! Tu corazón está desconsolado. Has sembrado va­nidad y, ¿qué vas a segar? Has hecho del mundo tu todo y, ¿qué te ha ofrecido? El que obtiene mucho codicia más, porque las posesiones no contentan. Si esta hora asus­ta, la próxima es como un abismo temido. Vagas por los campos de la ansiedad y no hallas donde reposar. La so­ciedad es un vacío insípido, y tu soledad es como una lúgubre negrura. ¿Dónde están tus consolaciones? No te acuerdas de ninguna, ni las posees ahora, ni se asoma nin­guna por tu horizonte.

En tu interior una voz te condena diciéndote que es verdad. No te apartes, pues, de la voz implorante de esta página. Convéncete y consiente; consiente en ser feliz. “Buscad a Jehová mientras puede ser hallado.” “Llevad con vosotros palabras.” Ampárate en su misión: “Cierta­mente consolará Jehová a Sión.” Ampárate en su oferta: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” Ampárate en su título: “La consola­ción de Israel.” Ampárate en su tierna voz: “Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo a vos­otros.” Ampárate en la terrible separación entre los sal­vos y los perdidos: “Pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado.” Ampárate en el mandamiento ce­lestial: “Consolaos, consolaos pueblo mío, dice vuestro Dios.” No ceses de suplicar hasta que puedas decir de Aquel que es mayor que Noé: “Este nos aliviará…”

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11
ene

¿Existe una diferencia cualitativa entre Adonai y Adoni?

Gracias al Hermano Pablo Santomauro por compartir este artículo con nosotros.

“Jehová dijo a mi Señor” (Salmo 110:1)
¿Existe una diferencia cualitativa entre Adonai y Adoni?”

Por Pablo Santomauro

El grueso del material a continuación ha sido extractado, traducido y adaptado del estudio de Sam Shamoun, Examining Psalm 110:1,


www.answeringislam.org/Shamoun/psalm110_1.htm

Para los cristianos, las primeras palabras del Salmo 110 presentan dos personas, una es Jehová Padre y la otra es Jehová hijo. Este es un pasaje donde prácticamente Dios llama “Dios” al Mesías. Aquellos que niegan que Jesucristo fue Dios y humano simultáneamente, y que enseñan que durante su estadía en la tierra fue solamente un hombre, aducen que el segundo personaje, a quien David llama “Señor”, no es Divino sino solamente humano. Grupos sectarios como los mesiánicos y los unitarios socinianos creen eso. Mario Olcese, un sectario sociniano dice:

Para la fe Judía, Dios (Elohim) no tiene igual, es Todopoderoso, Soberano, y muy singular. En el Salmo 110:1 está la prueba de que el Señor Yahweh (Adonai) y el segundo ‘señor’ (Adoni) son dos personas distintas, siendo uno el Señor Dios propiamente dicho, y el segundo, el Señor Mesías. De modo que si hacemos una interpretación correcta de Deuteronomio 6:4, el único Yahweh que es Dios (Elohim) es Adonai, que en el Salmo 110:1 se refiere exclusivamente al Padre y no al Hijo. Jamás al Hijo se le llama Adonai, sino Adoni… y Adoni era un título para hombres majestuosos o con poderes extraordinarios, tales como los reyes y los jueces. (www.apologista.wordpress.com)

Esto simplemente no es verdad. La distinción que Olcese hace entre Adonai y Adoni es lingüísticamente inválida. Para beneficio del lector digamos que los cristianos genuinos usamos Salmo 110:1 en la Biblia hebrea para mostrar que Jehová no es solamente el Padre, sino que Jehová en sí es multipersonal. En otras palabras, hay más de una persona en Jehová y el Mesías es Dios. El texto lee así:

Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies. (Sal. 110:1)

De acuerdo con Jesucristo y ciertos autores del NT, esta es una referencia de David relacionada con la ascención de Cristo al cielo:

Enseñando Jesús en el templo, decía: ¿Cómo dicen los escribas que el Cristo es hijo de David? Porque el mismo David dijo por el Espíritu Santo: Dijo el Señor a mi Señor:


Siéntate a mi diestra, Hasta que ponga tus enemigos por estrado de tus pies. David mismo le llama Señor; ¿cómo, pues, es su hijo? Y gran multitud del pueblo le oía de buena gana. (Mr. 12:35-37)

Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís. Porque David no subió a los cielos; pero él mismo dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies. Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo. (Hch. 2:33-36)

Basados en estos textos. los cristianos creemos que Jesús es el Señor de David (el Cristo), y como el Señor de David es Jehová, lógicamente Jesús es Jehová. Muchos sectarios como Olcese dicen que estamos equivocados porque el texto Hebreo usa dos palabras diferentes para Jehová y para Señor. Los dos nombres son “Yahweh” y Adoni. El verso leería en principio: “Yahweh dijo a mi Adoni”. Como los judíos cada vez que el manuscrito decía “Yahweh” lo cambiaban por “Adonai”, el verso lee así: “Adonai dijo a mi Adoni”. El argumento sectario reclama que debido a esta diferencia, el texto presenta dos seres distintos, y el segundo (Adoni) se trata de alguien que no es Dios. Los socianianos como Olcese dicen que el verso sí habla del Mesías (Adoni), quien en su teología no es ontológicamente igual a Dios, o sea, el Padre.

Desafortunadamente para el sociniano, el hecho de que elsalmista usara dos términos diferentes no significa que tuviera en mente dos seres completamente distintos en su esencia, uno Divino y otro humano. Los cristianos estamos de acuerdo en que el salmista proyecta dos personas diferentes, pero entendemos que ambas comparten la misma esencia, porque puesto en forma sencilla: ¿No es verdad que el Señor de David es Yahweh?:

Oh alma mía, dijiste a Jehová: Tú eres mi Señor. (Sal. 16:2)

Muévete y despierta para hacerme justicia, Dios mío y Señor mío, para defender mi causa. (Sal. 35:23)


A la luz de esta verdad, estimado señor Olcese, el segundo personaje en el texto (Adoni), a quién David llama “Mi Señor”, es Jehová, es decir, comparte la misma naturaleza y atributos de Jehová Padre. La lógica dice que estamos frente a Jehová Hijo (el Mesías).Ahora, usted dice que eso no puede ser porque el término Adoni nunca se usa para Dios en el AT, siempre se usa para seres humanos o ángeles. Aun más, le voy a ayudar en su argumento. Si yo fuera usted agregaría que David pudo haber usado Adonai (literalmente “Señores” o “mis Señores”) si hubiera querido dar a entender que la segunda persona es también Jehová. En principio parece ser un buen argumento, pero como veremos a continuación, no tiene sentido. ¡Oh! Dicho sea de paso, ¿notó que Adonai es plural? Cosa extraña para los que niegan la naturaleza pluripersonal de Dios, pero eso lo dejamos para otra ocasión.

Permítanos ahora, señor Olcese, mencionar algunos casos donde la palabra Adoni es usada para reconocer a Jehová. El sectario por lo general no ve estas cosas debido a su adquirida visión de túnel, un síndrome muy común en ellos. La palabra Adoni es usada para describir al Angel de Jehová en Jueces 6:13. Este personaje no es un ser creado sino una manifestación de Jehová mismo como se ha demostrado ya hace tiempo. El artículo “El Angel de Jehová y la Trinidad” pone esto en la perspectiva correcta (pastordanielbrito.wordpress.com/2008/12/26/el-angel-de-jehova-y-la-trinidad / ).

Hay otro pasaje donde el mismo personaje Divino es llamado Adoni por Josué. El mismo artículo mencionado anteriormente analiza el pasaje y demuestra que este personaje es nada más ni nada menos que Jehová mismo, pero veámoslo más de cerca:

Estando Josué cerca de Jericó, alzó sus ojos y vio un varón que estaba delante de él, el cual tenía una espada desenvainada en su mano. Y Josué, yendo hacia él, le dijo: ¿Eres de los nuestros, o de nuestros enemigos? El respondió: No; mas como Príncipe del ejército de Jehová he venido ahora. Entonces Josué, postrándose sobre su rostro en tierra, le adoró; y le dijo: ¿Qué dice mi Señor a su siervo? Y el Príncipe del ejército de Jehová respondió a Josué: Quita el calzado de tus pies, porque el lugar donde estás es santo. Y Josué así lo hizo. (Jos. 5:13-15)

Comparemos ahora este último texto con los siguientes:

Apacentando Moisés las ovejas de Jetro su suegro, sacerdote de Madián, llevó las ovejas a través del desierto, y llegó hasta Horeb, monte de Dios. Y se le apareció el Angel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza;  y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía. Entonces Moisés dijo: Iré yo ahora y veré esta grande visión, por qué causa la zarza no se quema. Viendo Jehová que él iba a ver, lo llamó Dios de en medio de la zarza, y dijo: !!Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí. Y dijo: No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es. Y dijo: Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob. Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios. (Ex: 3:1-6)

He aquí yo envío mi Angel delante de ti para que te guarde en el camino, y te introduzca en el lugar que yo he preparado. Guárdate delante de él, y oye su voz; no le seas rebelde; porque él no perdonará vuestra rebelión, porque mi nombre está en él. Pero si en verdad oyeres su voz e hicieres todo lo que yo te dijere, seré enemigo de tus enemigos, y afligiré a los que te afligieren. Porque mi Angel irá delante de ti, y te llevará a la tierra del amorreo, del heteo, del ferezeo, del cananeo, del heveo y del jebuseo, a los cuales yo haré destruir. (Ex. 23:20-23)

Cualquier persona de buen criterio puede entender que el hombre que esgrimía una espada, el mismo que es comandante en jefe del ejército de Jehová, es el Angel de Jehová enviado delante de Israel para defenderlo de sus enemigos, el que lleva el nombre de Dios, según Dios mismo, y el que tiene potestad para perdonar pecados (una prerrogativa única de la Deidad). En otras palabras, el Adoni de Josué era el Angel de Dios, quien es también Dios todopoderoso mismo. ¡Con razón Josué postró su rostro en tierra y le adoró!

Y ahora, un último ejemplo de Adoni usado para un ser Divino:

A los veinticuatro días del mes undécimo, que es el mes de Sebat, en el año segundo de Darío, vino palabra de Jehová al profeta Zacarías hijo de Berequías, hijo de Iddo, diciendo: Vi de noche, y he aquí un varón que cabalgaba sobre un caballo alazán,  el cual estaba entre los mirtos que había en la hondura; y detrás de él había caballos alazanes, overos y blancos. Entonces dije: ¿Qué son éstos, señor mío? Y me dijo el ángel que hablaba conmigo: Yo te enseñaré lo que son éstos. Y aquel varón que estaba entre los mirtos respondió y dijo: Estos son los que Jehová ha enviado a recorrer la tierra. Y ellos hablaron a aquel ángel de Jehová que estaba entre los mirtos, y dijeron: Hemos recorrido la tierra, y he aquí toda la tierra está reposada y quieta. (Zac. 1:7-11)

Más adelante, Zacarías presenta suficientes pistas para identificar a este ángel como el mismo Angel de Jehová mencionado en todos los textos anteriores:

Me mostró al sumo sacerdote Josué, el cual estaba delante del ángel de Jehová, y Satanás estaba a su mano derecha para acusarle. Y dijo Jehová a Satanás: Jehová te reprenda, oh Satanás; Jehová que ha escogido a Jerusalén te reprenda. ¿No es éste un tizón arrebatado del incendio? Y Josué estaba vestido de vestiduras viles, y estaba delante del ángel. Y habló el ángel, y mandó a los que estaban delante de él, diciendo: Quitadle esas vestiduras viles. Y a él le dijo: Mira que he quitado de ti tu pecado, y te he hecho vestir de ropas de gala. (Zac. 3:1-4)

¡Aquí el profeta identifica a este Angel como Jehová Dios quien tiene el poder de perdonar y quitar pecados!

Los textos citados refutan de plano el reclamo sectario de que Adoni nunca se usa para designar a Jehová. Hemos visto que, en por lo menos tres lugares, Adoni se usa para un hombre-Angel a quien el texto identifica explícitamente como Jehová.

Ahora, para asegurarnos de que nuestros oponentes no digan que venimos puntualizando todo esto para evitar el argumento ligüístico planteado por ellos (la diferencia en el deletreado de la segunda persona en el verso), conviene recordar el razonamiento del erudito mesiánico y hebreo Dr. Michael L Brown. Este plantea que todo el argumento sectario y de los rabinos judíos modernos se basa en la vocalización del texto masorético, el cual no alcanzó su forma final hasta la Edad Media. Como todo estudiante de Hebreo sabe, el idioma original era escrito con consonates solamente. Los símbolos vocales fueron agregados cientos de años más tarde. Esto significa que originalmente, Adonai (usado para Jehová solamente) y Adoni (usado para hombres y ángeles), se deletreaban exactamente igual en el hebreo. Este deletreado era de 4 consonantes, Alef, Dálet, Nun y Yod (Brown, Answering Jewish Objections to Jesus: Messianic Prophecy Objections [Baker Books, Grand Rapids, MI 2003], Volume Three, pp. 137-138).


¿Cómo pueden los antitrinitarios como Olcese declarar tan dogmáticamente que el deletreado de las dos palabras, Adonai y Adoni, marca una diferencia cualitativa entre las dos personas en Salmo 110:1? Ese argumento sólo tendría validez aceptando la absoluta autoridad de la vocalización masorética, la cual en algunos casos fue hecha casi 2000 años después que los originales fueron escritos.

No podemos dejar de mencionar que el Salmista, refiriéndose al mismo Señor del verso 1, el mismo que los sectarios dicen que no es Deidad, le llama Adonai en el verso 5:

El Señor (Adonai) ESTA A TU DIESTRA; Quebrantará a los reyes en el día de su ira. Juzgará entre las naciones, Las llenará de cadáveres; Quebrantará las cabezas en muchas tierras. Del arroyo beberá en el camino, Por lo cual levantará la cabeza. (Sal 110:5-7)

¿Quién lo diría? Aquí Adonai es el que ejecutará juicio contra las naciones y sus reyes, y hasta beberá en el camino (“de un arroyo” junto al camino). Esta es una clara referencia al Señor de David en el verso 1, no sólo porque beberá de una corriente de agua, una función netamente humana, pero al mismo tiempo el verso dice que está a la diestra de Jehová, lo mismo que dice el verso 1 (la diestra de Jehová no es una referencia posicional o de ubicación, sino de poder, autoridad y gloria que sólo corresponde a Dios).

Por si no bastara con las pruebas expuestas hasta aquí, digamos que el Señor de ambos versos, 1 y 5, es el que quebrantará a los reyes de las naciones, un acto que según el NT será llevado a cabo por Jesucristo en su Segunda Venida (Mt. 25:31-33; Jn. 5:22-23; 27; 1 Co. 15:24-28; Ap. 6:12-17; 17:14; 19:11-21).

Estos versos son prueba adicional e irrefutable de que el Adoni de Salmo 110:1 y Salmo 110:5 es el Mesías, el Señor de David, Dios encarnado en la persona de Jesucristo, humanidad y Deidad en la misma persona. De esta forma el argumento antitrinitario es invalidado por la Escritura, la evidencia lingüística, y el sentido común.

Lectura recomendada (en Inglés):

http://www.tektonics.org/guest/antianti.html#ten


http://messianicart.com/chazak/yeshua/psalm110.htm

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8
ene

La Santidad de Dios-CAPITULO 1: LA COPA SAGRADA

R.C. Sproul–La Santidad de Dios

¿Cómo te afecta a ti la santidad de Dios? Chuk Colson: “El material de este libro me puso de rodillas y cambió radicalmente mi vida cristiana. Escrito por uno de los teólogos más brillante de nuestros tiempos, este libro no debe faltar en ningún hogar cristiano.”Jerry Bridges: “Cada cristiano que se ocupa en serio de su crecimiento espiritual necesita leer este libro. Fue sumamente provechoso para mí.”James Montgomery Óbice: “Quizás sea muy temprano para calificar el libro, La Santidad de Dios, por R. C. Sproul, como uno de las obras clásicas teológicas de nuestros tiempos, pero si todavía no ha alcanzado este reconocimiento lo logrará muy pronto.

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CAPITULO 1: LA COPA SAGRADA

Sentí el impulso de irme del cuarto. Una profunda e innegable orden turbó mi sueño, pues algo santo me llamaba. El único sonido era el tic-tac rítmico del reloj sobre mi escritorio. Parecía vago e irreal, como si estuviese sumergido bajo profundas aguas. Comenzaba a dormirme, en el momento cuando la línea entre la conciencia y la inconsciencia se diluye. Estaba suspendido en ese estado aferrado al umbral, aun percibiendo en la quietud de su cerebro los sonidos del mundo exterior, ese momento inmediatamente antes de sucumbir a la noche. Dormido, pero no completamente; despierto, pero no alerta; aún vulnerable al llamado interno que me dijo, “Levántate y sal de este cuarto.”

El llamado se hizo más fuerte, más urgente, imposible de ignorar. Un estallido de lucidez hizo que me incorporara y pusiera mis pies en el suelo. El sueño se desapareció en un instante y mi cuerpo se puso en acción. En segundos me vestí y salí del dormitorio de la universidad. Un vistazo al reloj registró el tiempo en mi mente. Faltaban diez minutos para la media noche. El aire nocturno era frío, convirtiendo la nieve de la mañana en un colchón con sábana quebradiza. Sentí el crujido bajo mis pies al caminar hacia el centro del plantel. La luna proyectaba una sombra fantasmagórica sobre los edificios de la universidad cuyos canales de desagüe estaban adornados con gigantes puntas congeladas – gotas de agua detenidas en el espacio que formaban cuchillos sólidos de hielo simulando colmillos. Ningún arquitecto humano podría haber diseñado esas gárgolas de la naturaleza. Los engranajes del reloj de la vieja torre principal se movieron y sus agujas se colocaron verticalmente.

Escuché el pesado sonido de la maquinaria una fracción de segundo antes del repique de las campanas. Cuatro tonos musicales señalaron la hora exacta. Después llegaron los doce golpes parejos y sonoros. Yo los conté en mi mente como siempre lo hacía, revisando la posibilidad de un error en el número que nunca fallaba. Sonaron exactamente doce golpes desde la torre como el martillo de un juez severo golpeando sobre metal. La capilla se hallaba bajo la sombra de la vieja torre principal. Su puerta era de cedro pesado con un arco gótico. La abrí y llegué al vestíbulo, la puerta se cerró detrás de mí con un sonido que hizo vibrar las paredes de piedra de la nave. El eco me estremeció. Era un contraste extraño con los ruidos de los servicios diarios en la capilla donde el abrir y cerrar de las puertas era apagado por los sonidos de los estudiantes desplazándose hacia sus lugares asignados. En el vacío de la media noche el sonido de la puerta era amplificado.

Esperé un momento en el vestíbulo, dándole a mis ojos unos segundos para adaptarse a la obscuridad. El débil brillo de la luna penetraba por los silenciosos vitrales. Yo pedía ver la línea de las bancas y el pasillo central que guiaba hacia las gradas de la plataforma. Sentí una majestuosa sensación de espacio, acentuada por los alargados arcos del techo los cuales parecían elevar mi alma en una sensación de altura que evocaba la emoción de una mano gigante extendiéndose para levantarme. Me moví lenta y deliberadamente hacia las gradas de la plata-forma. El sonido de mis pies sobre el piso de piedra evocaba las imágenes temibles de soldados alemanes marchando con sus botas a lo largo de calles empedradas. Cada paso resonaba mientras llegaba a la plataforma alfombrada. Allí me tiré sobre mis rodillas. Había llegado a mi destino. Estaba listo para reunirme con Quien había turbado mi descanso con su llamado. Me encontraba en posición de oración, pero no tenía nada que decir. Me arrodillé allí silenciosamente, permitiendo que la sensación de la presencia de un Dios santo me llenara. El latido de mi corazón indicaba algo, golpeando mi pecho. Sentí un frío intenso en la base de mi espina que subió hasta mi cuello. El terror me invadió. Luché contra el impulso de escapar de esa sobrecogedora presencia que se apoderó de mí. El terror pasó, y pronto siguió otra ola, pero diferente. Esta inundó mi alma con una paz inexplicable que trajo un reposo instantáneo a mi turbado espíritu. Me sentí tranquilo. Quería permanecer allí. Sin decir ni hacer nada. Simplemente deleitarme en la presencia de Dios. Ese momento transformó mi vida. Algo profundo se estableció en mi espíritu para siempre. Desde ese momento no podía haber regreso; no podía ser borrada esa indeleble impresión de su poder. Yo estaba solo con Dios. Un Dios santo, un Dios asombroso. Un Dios que podía llenarme con terror en un segundo y con paz en el próximo. Supe en ese momento que había realizado el fin de mi búsqueda santa. Dentro de mí nació una nueva hambre que nunca podría ser satisfecha en este mundo. Me propuse aprender más, seguir a este Dios que vivía en las catedrales góticas obscuras y que invadió mi dormitorio para levantarme de mi complaciente sueño.

¿Qué hace a un estudiante universitario buscar la presencia de Dios a estas horas de la noche? Algo sucedió esa tarde en una de las clases que me llevó a esa capilla. Yo era un recién convertido cuya conversión había sido repentina y dramática, para mí una réplica del camino de Damasco. Mi vida había sido cambiada radicalmente, yo estaba lleno de celo por la dulzura de Cristo. Me consumía una nueva pasión. Estudiar las Escrituras, aprender cómo orar, conquistar los vicios que asaltaban mi carácter y crecer en gracia. Yo quería desesperadamente hacer mi vida valiosa para Cristo. Mi alma cantaba, “Señor, quiero ser cristiano.” Pero algo estaba ausente en mi nueva vida cristiana. Mi celo era abundante, pero estaba marcado por superficialidad, una clase de simplicidad que estaba haciendo de mí una persona unidimensional.

En cierto modo yo era un unitario, un unitario de la segunda persona de la Trinidad. Yo sabía quién era Jesús, pero Dios el Padre estaba envuelto en el misterio. El era un enigma escondido para mi mente y un extraño para mi alma. Un velo obscuro cubría su rostro. Mi clase de Filosofía cambió todo eso. Era un curso que no me interesaba. Estaba ansioso de terminarlo, y dejar detrás de mí ese curso obligatorio. Yo había escogido especializarme en la Biblia, y pensaba que las abstractas especulaciones de la clase de Filosofía eran un desperdicio de tiempo. Escuchar a los filósofos discutir acerca de la razón y de la duda me parecía vacío. No encontraba alimento para mi alma.

Nada que encendiera mi imaginación, sólo difíciles y aburridos problemas intelectuales que me dejaban frío, hasta que llegó esa tarde de invierno. La lección de ese día fue sobre un filósofo cristiano cuyo nombre era Aurelio Agustín. En el transcurso de la historia, él había sido canonizado por la iglesia Católica-Romana. Todos se referían a él como San Agustín. El profesor habló sobre las opiniones de Agustín sobre la creación del mundo. Yo estaba familiarizado con el relato bíblico de la creación. Yo sabía que el Antiguo Testamento abre con las palabras, “En el principio Dios creó los cielos y la tierra.” Pero yo nunca había pensado profundamente acerca del acto original de la creación. Agustín sondeó dentro de este glorioso misterio y se preguntó, “¿Cómo fue hecho?” “En el principio…” Sonaba como el comienzo de un cuento de niños: “Había una vez.” El problema es que en el principio no había tiempo como nosotros entendemos ser “había una vez.” Nosotros pensamos de los comienzos como el punto inicial de algo en el medio de un período de la historia. La Cenicienta tuvo una madre y una abuela. Su historia, que comenzó “una vez” que comenzó en el comienzo absoluto. Antes de la Cenicienta, hubo reyes, reinas, rocas, árboles, caballos, liebres y lirios. ¿Qué había antes del principio de Génesis 1? La gente que Dios creó no tenía padres o abuelos. Ellos no libros de historia que leer porque no había habido historia. Antes de la creación no había reyes o reinas o rocas o árboles. No había nada; nada, excepto Dios.

Fue aquí donde mi clase de Filosofía hizo que me diera un enorme dolor de cabeza. Antes de que el mundo comenzara, no había nada. Pero, ¿Qué realmente es “nada”? ¿Ha tratado usted de pensar acerca de nada? ¿Dónde se encuentra eso? Obviamente en ningún lugar. ¿Por qué? Porque es nada, y la nada no existe. No puede existir, porque si existiera entonces sería algo y no nada. ¿Le está comenzando a doler la cabeza como a mí? Piense acerca de ello por un segundo. Yo no puedo decirle a usted que piense en “ello” porque la nada no es “ello.” Lo único que puedo decir es que la nada no existe Entonces, ¿cómo podemos pensar sobre nada? No podemos. Es simplemente imposible. Si tratamos de pensar en nada siempre terminaremos pensando en algo. Tan pronto como trato de pensar sobre nada, comienzo a imaginarme un montón de aire vacío.

Pero el aire es algo. Tiene peso y sustancia. Yo sé eso por lo que sucede si un clavo pincha la llanta de mi carro. Jonathan Edwards dijo una vez que la nada es lo que las rocas sueñan cuando duermen. Pero eso no ayuda mucho. Mi hijo me ofreció un mejor definición de nada. Cuando él estaba en la escuela intermedia yo le preguntaba al venir de la escuela, ¿Qué hiciste hoy, hijo? Su respuesta siempre era la misma: “Nada.” Así que la mejor explicación que yo puedo dar de “nada” es lo que mi hijo solía hacer en la escuela intermedia. Nuestro entendimiento de la creatividad involucra el moldear y dar forma a la pintura, la arcilla, las notas sobre un papel o a alguna otra substancia. Nunca hemos experimentado que haya un pintor que pinte sin pintura o un escritor que escriba sin palabras, o un compositor que componga sin notas. Los artistas tienen que comenzar con algo. Lo que los artistas hacen es moldear, dar forma o redistribuir otros materiales, pero ellos nunca trabajan con nada. San Agustín enseño que Dios creo el mundo de la nada. La creación fue algo así como un mago sacando un conejo de un sombrero. Excepto que Dios no tenía un conejo, ni tenía un sombrero.

Mi vecino es un hábil fabricante de gabinetes. Una de sus especialidades es construir gabinetes para magos profesionales. El medio un recorrido por su taller y me mostró cómo se hacen las cajas y los gabinetes para magos. El truco es el uso astuto de espejos. Cuando el mago sale a escena y muestra una caja o un sombrero vacío, lo que usted ve es sólo la mitad de la caja o el sombrero. Por ejemplo, si usted toma el sombrero “vacío” luego le fija un espejo a medio sombrero, el espejo refleja el lado vacío del sombrero y proyecta una imagen exacta. La ilusión crea el efecto visual de ver vacíos ambos lados del sombrero. Pero usted sólo está viendo la mitad del sombrero. La otra mitad tiene suficiente espacio para esconder palomas blancas o conejitos gordos. No hay mucha magia en esto, ¿verdad? Dios no creó el mundo con espejos. Para hacerla habría necesitado que la mitad del mundo comenzara con un espejo gigante que escondiera la otra mitad. La creación involucra traer a la existencia todo lo que es, incluyendo los espejos. Dios creó el mundo de la nada. Hubo un tiempo en que hubo nada. Pero repentinamente, por el mandato de Dios, hubo un universo. De nuevo preguntamos, ¿cómo lo hizo? El único indicio que la Biblia nos da es que Dios llamó al universo a la existencia. Agustín llamo a ese acto “el imperativo divino” o “fiat divino.” Sabemos que un imperativo es un mandato. Así es un fiat. Cuando Agustín habló de un fiat, no estaba pensando en un carro italiano. El diccionario define fiat como un mandato o un acto de la voluntad que crea algo. En este momento yo estoy escribiendo sobre una computadora fabricada por la IBM ©. Es una máquina asombrosa bastante complicada. Está diseñada para responder a ciertos comandos. Si cometo un error al mecanografiar, no tengo que tener un borrador.

Simplemente oprimo una tecla y la computadora lo corrige. La computadora trabaja por fiat, pero el poder de mi fiat es limitado. Los únicos fiat que trabajan son los que ya están programados en la computadora. Me encantaría poder decirle a la computadora, “Por favor escríbeme todo este libro, mientras me voy a jugar golf.” Mi máquina no puede hacer eso. Le puedo gritara la pantalla con el más fuerte imperativo: “¡Escribe ese libro!” Pero la máquina es muy obstinada para obedecer. Los fiats de Dios no están limitados así. El puede crear por la pura fuerza de su divino mandato. Puede traer algo de la nada y vida de la muerte. Puede hacer estas cosas por el sonido de su voz. El primer sonido que se escuchó en el universo fue la voz de Dios ordenando” ¡Sea!” En realidad, es inapropiado decir que este fue el primer sonido “en” el universo porque hasta que el sonido fue hecho no había universo. Dios le habló al vacío. Podríamos decir que esto era una especie de proclamación primigenia dirigida hacia el obscuro vacío.

El mandamiento de Dios creó sus propias moléculas para transportar las ondas sonoras de la voz de Dios lejos en el espacio. Pero las ondas sonoras se tardarían mucho. El sonido de este mandato imperativo excedió la velocidad de la luz. Tan pronto como las palabras salieron de la boca del Creador, las cosas comenzaron a suceder. Cuando su voz resonó las estrellas aparecieron emanando una luz indescriptible entonada con el sonido de los ángeles. La fuerza de la energía divina se esparció en el cielo como un caleidoscopio de colores brotando de la paleta de un poderoso artista. Los cometas cruzaron el cielo con brillantes colas como los fuegos artificiales que celebran la independencia. El acto de la creación fue el primer evento en la historia. Fue también el más asombroso. El Supremo Arquitecto observó su complejo bosquejo y pronunció sus mandatos para que los límites del mundo se establecieran. Cuando El habló, los mares fueron encerrados en sus límites, y las nubes se llenaron con rocío.

El amarró las Pléyades y ciñó el cinturón de Orión. Luego habló de nuevo y la tierra comenzó a llenarse de orquídeas floreciendo en su plenitud. Las flores brotaron como la primavera en Mississippi. Los tonos lavanda de los ciruelos danzaban con los brillos de las azaleas y la flor de olivo. Dios habló una vez más y las aguas se llenaron de seres vivientes. El caracol se ocultó bajo la sombra de la manta-raya, mientras que el pez espada rompió la superficie del agua para pasearse sobre las olas con su cola. De nuevo El habló y el rugido del león y el balido de las ovejas se escuchó. Los animales de cuatro patas, las arañas de ocho y los insectos alados aparecieron.

Y Dios dijo, “Esto es bueno.” Entonces Dios se inclinó hacia la tierra y cuidadosamente le dio forma a una pieza de barro. La levantó delicadamente hacia sus labios y sopló sobre ella. El barro comenzó a moverse. Comenzó a pensar, comenzó a sentir, comenzó a adorar. Estaba vivo y estampa-do con la imagen de su Creador. Consideren la resurrección de Lázaro de entre los muertos. ¿Cómo lo hizo Jesús? El no entró a la tumba donde yacía el cadáver putrefacto de Lázaro; no tuvo que administrar resucitación boca a boca. El se paró frente a la tumba, a la distancia, y gritó en alta voz, “¡Lázaro, ven fuera!” La sangre comenzó a fluir en las venas de Lázaro y sus ondas cerebrales a pulsar. En una explosión de vida, Lázaro abandonó su tumba y caminó hacia afuera. Este es el fiat creador. El poder del imperativo divino. Algunos teóricos modernos creen que el mundo fue creado por la nada. Note la diferencia entre decir que el mundo fue creado de la nada y decir que fue creado por la nada. Según esta opinión moderna, el conejo sale del sombrero sin conejo, sin sombrero y sin mago. Esta opinión moderna es más milagrosa que el punto de vista bíblico pues sugiere que la nada creó algo.

Y más aún, sostiene que la nada lo creó todo – ¡Ciertamente una hazaña! Seguramente en esta era científica no puede haber gente seria reclamando que el universo fue creado por la nada. ¿O acaso la hay? Pues, sí, y en grandes números. Por supuesto, ellos no suelen decirlo de la manera que yo lo digo y probablemente se irritarán conmigo por expresar sus puntos de vista de esta forma. Sin duda protestarán que yo ofrezco una caricatura distorsionada de su sofisticada posición. Muy bien, ellos no dicen Que el universo fue creado de la nada; ellos dicen que el universo fue creado por la casualidad. Pero la casualidad no es algo objetivo. No tiene peso, medida, ni poder. Es meramente una palabra que usamos para describir posibilidades matemáticas. No puede hacer nada y no lo hace porque es nada. Decir que el universo fue creado por la casualidad es decir que vino de la nada.

Esto es una locura intelectual. ¿Cuáles son las probabilidades de que el universo fuese creado por casualidad? San Agustín entendió que el mundo no podía ser creado por la casualidad. El sabía que se requería algo o alguien con poder – el mismísimo poder de la creación – para que el trabajo fuese hecho. El sabía que algo no podía venir de la nada. Entendió que en algún lugar, de alguna manera, algo o alguien tenían que tener el poder de ser por sí mismo. De lo contrario, hoy no existiría nada. La Biblia dice. “Sn el principio Dios.” El Dios que nosotros adoramos siempre ha estado allí. Sólo El puede crear seres porque sólo El tiene el poder de ser. Él no es “nada.” El no es casualidad. El es puro Ser. El es aquel que tiene el poder de ser todo por sí mismo. El es el único eterno. El único que tiene poder sobre la muerte. Sólo El puede ordenar que los mundos existan por su fiat, por el poder de su mandato. Tal poder es abrumador y asombroso.

Es merecedor de respeto y de humilde adoración. Las palabras de Agustín – que Dios creó el mundo de la nada por el puro poder de su voz – fueron las que me condujeron hacia la capilla aquella medianoche. Yo sé lo que significa ser convertido. Sé lo que es ser nacido de nuevo. También entiendo que una persona nace de nuevo sólo una vez. Cuando el Espíritu Santo activa en nuestras almas la nueva vida en Cristo, El no detiene su obra. El continúa trabajando en nosotros para cambiamos. Mi experiencia en el salón de clases reflexionando sobre la creación del mundo, fue como nacer de nuevo una segunda vez. Fue como convertirme no meramente a Dios el Hijo, sino al Dios el Padre. Repentinamente sentí pasión por conocer a Dios el Padre. Quería conocerlo a El en su majestad, en su poder y en su majestuosa santidad.

Mi “conversión” a Dios el Padre no sucedió sin sus respectivas dificultades. Aunque fui profundamente impresionado por la noción de un Dios que creó un universo entero de la nada, me sentía confundido por el hecho de que vivimos en un mundo lleno de lamentos, un “mundo plagado de maldad. Mi próxima pregunta fue ¿Cómo pudo un Dios bueno y santo crear un mundo que ahora se encuentra en este caos? Mientras estudiaba el Antiguo Testamento también me perturbaban las historias sobre Dios ordenando la muerte de mujeres y niños, de Dios matando instantáneamente a Uza por tocar el arca, y algunos otros relatos que parecían revelar un lado brutal del carácter de Dios.

El concepto, la idea central que yo seguía encontrando en la Escritura, era que Dios es santo. Esa palabra me era extraña. No estaba seguro de su significado. Yo hice de esta idea un asunto de diligente y persistente investigación. Aún hoy estoy absorto con el tema de la santidad de Dios. Estoy convencido de que es una de las ideas más importantes con las cuales un cristiano debe lidiar. Es básica para nuestro entendimiento de Dios y del cristianismo. La idea de la santidad es tan central a la enseñanza bíblica que se dice de Dios que “Santo es su nombre” (Lucas 1:49). Su nombre es santo porque El es santo. El no siempre es tratado con reverencia santa.

Su nombre es pisoteado con la suciedad de este mundo. Se usa como una palabra para maldecir y una plataforma para la obscenidad. El poco respeto que este mundo tiene por Dios, es vívidamente evidenciado por la manera en que el mundo usa su nombre. No hay honra, no hay reverencia ni hay asombro delante de El. Si yo le preguntara a un grupo de cristianos cuál es la principal prioridad de su iglesia, sé que tendría una amplia variedad de respuestas. Algunos me dirían evangelismo, otra acción social y otra nutrición espiritual. Pero aún estoy esperando a alguien hablar de cuáles fueron las prioridades de Jesús. ¿Cuál es la primera petición del “Padre Nuestro”? Jesús dijo, “Vosotros pues oraréis así: ‘Padre nuestro que estás en los cielos… “, (Mateo 6:9).

La primera línea de la oración no es una petición. Es una forma personal de acercamiento. La oración continúa: “Santificado sea tu nombre, venga tu reino” (Mateo. 6:9-10). Con frecuencia confundimos las palabras “Santificado sea tu nombre” con la parte del acercamiento como si las palabras fuesen “Santificado es tu nombre.” Si ése fuera el caso, las palabras serían meramente una designación de alabanza a Dios. Pero no es así como Jesús lo dijo. Ello expresó como la primera petición. Nosotros deberíamos de orar que el nombre de Dios sea santificado. Que Dios sea considerado santo. Hay una especie de secuencia dentro de la oración. El reino de Dios nunca vendrá donde su nombre no sea considerado santo. Su voluntad no se hace en la tierra como en el cielo, si aquí su nombre es profanado. En el cielo el nombre de Dios es santo. Es pronunciado por los ángeles con un susurro sagrado. El cielo es un lugar donde la reverencia por Dios es total. Es necio buscar el reino donde Dios no es reverenciado.

La manera en que entendemos la persona y el carácter de Dios el Padre afecta cada aspecto de nuestras vidas. Afecta más de lo que nosotros normalmente llamamos el aspecto “religioso” de nuestras vidas. Si Dios es el Creador del universo entero, entonces El es el Señor de todo el universo. Ninguna parte del mundo se escapa de su señorío. Estos significan que ninguna parte de mi vida debe estar fuera de su señorío. Su carácter santo tiene algo que decir acerca de la economía, la política, los deportes, el romance – todo en lo cual estamos involucrados. No podemos escaparnos de Dios. No hay lugar que nos pueda esconder de El. El no sólo penetra cada aspecto de nuestras vidas, pero penetra en su majestuosa santidad. Por eso tenemos que buscar entender qué es la santidad. No nos atrevamos a evadir este tema. No puede haber adoración y crecimiento espiritual ni verdadera obediencia sin ello.

Esto define nuestra meta como cristianos. Dios ha declarado, “Sed santos porque yo soy santo” (Levítico 11:44). Para alcanzar esa meta, tenemos que entender qué es la santidad. Permitiendo que la Santidad de Dios Toque Nuestras Vidas. Mientras usted reflexiona sobre lo que ha aprendido y descubierto sobre la santidad de Dios, responda estas preguntas. Use una libreta para registrar sus respuestas a la santidad de Dios o discútalas con un amigo.

1. Cuando usted piensa en Dios como santo, ¿qué viene a su mente?

2. Describa alguna ocasión en la que usted haya sido sobrecogido por la santidad de Dios.

3. ¿Le atrae la santidad de Dios?

4. ¿Qué significa para usted ser santo durante la próxima semana?

Visión que recibió Isaías hijo de Amoz acerca de Judá y Jerusalén, durante los reinados de Uzías, Jotán, Acaz y Ezequías, reyes de Judá. Judá, nación rebelde ¡Oigan, cielos! ¡Escucha, tierra! Así dice el Señor: “Yo crié hijos hasta hacerlos hombres, pero ellos se rebelaron contra mí. El buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su amo; ¡pero Israel no conoce, mi pueblo no entiende!” ¡Ay, nación pecadora, pueblo cargado de culpa, generación de malhechores, hijos corruptos! ¡Han abandonado al Señor! ¡Han despreciado al Santo de Israel! ¡Se han vuelto atrás! ¿Para qué recibir más golpes? ¿Para qué insistir en la rebelión? Toda su cabeza está herida, todo su corazón está enfermo. Desde la planta del pie hasta la coronilla no les queda nada sano: todo en ellos es heridas, moretones, y llagas abiertas, que no les han sido curadas ni vendadas, ni aliviadas con aceite. Su país está desolado, sus ciudades son presa del fuego; ante sus propios ojos los extraños devoran sus campos; su país está desolado, como si hubiera sido destruido por extranjeros. La bella Sión ha quedado como cobertizo en un viñedo, como choza en un melonar, como ciudad sitiada. (Isa 1:1-8)

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6
ene

A.N. Martin—“Union Con Cristo”

A.N. Martin—“Union Con Cristo”

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La doctrina bíblica de la unión con Cristo, conocida como la doctrina más fundamental y central de la Biblia, lamentablemente es más desconocida en nuestros tiempos entre ellos que profesan conocer la Biblia.El Pastor Martin en estos capítulos desarrolla en una forma sencilla y clara la enseñanza, la aplicación y la base de nuestra salvación: la justificación, la santificación y la glorificación del creyente verdadero.

CAPITULO 1: DIOS ESCOGE, SALVA Y SELLA A SU PUEBLO

Es muy fácil darse cuenta de que. Cristo es lo más importante en las Escrituras. Pero no es tan fácil ver que esta doctrina de la unión con Cristo es también una enseñanza importantísima. Esto es así quizás porque la frase misma no se halla escrita en la Biblia. Sin embargo, usamos esta frase porque tiene el mismo significado de otras varias que sí encontramos en el Nuevo Testamento. La más común de estas, “en Cristo”, se encuentra 150 veces considerando solamente las cartas del apóstol Pablo.

Otra frase que habla de la unión con Cristo es “con Cristo”. Romanos 6:6 nos dice que el viejo yo fue crucificado “con El”. Colosenses 2:12 nos dice que fuimos sepultados y resucitados “con Cristo”. Efesios 2:6 nos dice que estamos sentados “con El”. Y las frases “Cristo en mí” y “Cristo en vosotros” aparecen en Gálatas 2:20 y Colosenses 1:27. Ambos Pablo y Juan dicen que Cristo vive en su pueblo y su pueblo en El. Pablo ora, para que Cristo “habite” en los corazones de los creyentes por medio de la fe (Efesios 3:17). Así mismo, Juan usa la palabra “permanecer” tanto en su evangelio Juan 15:4, 5,7) como en su primera carta (1 Juan 2:6). Como ya se había dicho, podemos resumir todas estas frases y palabras en una sola: la unión con Cristo.

Encontramos este importante tema muchas veces en Efesios 1:3-14. Pablo empieza esta parte con las palabras: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendito con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo”. Nunca debemos pensar en Dios sin pensar a la vez en la relación de éste con su propio Hijo amado. Dios es el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Como tal, Dios es la fuente de donde viene toda bendición espiritual para con los hijos indignos de Adán.

Todas estas bendiciones espirituales vienen “en Cristo”. Nos llegan mediante nuestra unión con Cristo. Esta unión con Cristo es la única posibilidad de recibir alguna bendición de Dios.

En los versículos que vamos mirando (Efesios 1:3-14) Pablo hace una lista de las bendiciones que Dios da a su pueblo. Y usa frases “en Cristo”, “en quien”, “en el amado”, por medio de Jesucristo”, “en El”, unas once veces. “Nos escogió en El” (vs. 4). ”’En quien tenemos redención” (vs. 7). En Efesios 1:3-14, podemos distinguir tres principales clases de bendiciones:

1. Dios escogió a su pueblo (4 – 5) Dios nos escogió en él antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de él. En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad.

2. Dios salva a su pueblo (6 – 7) Para alabanza de su gloriosa gracia, que nos concedió en su Amado. En él tenemos la redención mediante su sangre, el perdón de nuestros pecados, conforme a las riquezas de la gracia

3. Dios sella a su pueblo (13) En él también ustedes, cuando oyeron el mensaje de la verdad, el evangelio que les trajo la salvación, y lo creyeron, fueron marcados con el sello que es el Espíritu Santo prometido.

Pablo dice en el versículo 3 que Dios es la fuente de toda bendición espiritual. En los versículos siguientes dice que todo aspecto de nuestra salvación viene a vosotros mediante nuestra unión con Cristo. Estos aspectos de la salvación incluyen el propósito en la mente de Dios, el acto de Cristo consumándola en cierto lugar y en cierto momento de la historia, y la obra del Espíritu Santo quién al sellamos, nos hace entender que somos salvos. Efesios 1:3-14, pues, es como un índice de los temas tratados en el Nuevo Testamento. Allí, estos aspectos son tratados una y otra vez. El carácter y la obra de Cristo son los temas centrales a través de sus páginas. Esto es cierto, pero el de la unión con Cristo muestra la manera cómo Dios planeó; obtuvo, y trajo la salvación a ciertos pecadores.

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6
ene

Los Fundamentos de la Fe Cristiana

James Boice fue el famoso pastor de Tenth Presbyterian Church en Filadelphia, Pensylvania, y autor de muchos libros, el más leído siendo Los Fundamentos de la Fe Cristiana:

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Capitulo 11: NUESTRO DIOS SOBERANO

HAY ALGUNOS ATRIBUTOS DE DIOS QUE NUNCA ALCANZAREMOS a comprender. Podemos hablar de la autoexistencia de Dios, de su autosuficiencia, de su eternidad y de su naturaleza trinitaria. Sin embargo, siempre debemos reconocer que no las comprendemos completamente, porque no nos asemejamos a Dios

en ninguno de estos atributos. Sencillamente, debemos confesar que él es Dios y nosotros somos sus criaturas. El infinito trasciende nuestro entendimiento. Por otro lado, existen otros atributos de Dios que sí podemos comprender, porque en menor grado nosotros también los compartimos. Esto es cierto en el caso de varios atributos de Dios: su sabiduría, su verdad, su misericordia, su gracia, su justicia, su ira, su bondad, su fidelidad, y otros más. De estos atributos nos ocuparemos ahora. Vamos a comenzar con la soberanía de Dios. Él tiene el gobierno y la autoridad absoluta sobre su creación. Para ser soberano, Dios también debe ser omnisciente, omnipotente y completamente libre. Si Dios tuviera alguna de estas áreas restringidas, entonces no sería completamente soberano. Empero, la soberanía de Dios es mayor que cualquiera de los atributos contenidos en ella. Puede ser que alguno de estos atributos nos resulte más importante -el amor, por ejemplo. Pero si hacemos el ejercicio de detenernos a pensar un poco más, veremos cómo cualquiera de estos atributos son posibles sólo por la soberanía de Dios.

Dios podría ser amor, por ejemplo, pero si no fuera soberano, las circunstancias podrían coartar su amor de manera que nos resultara inservible. Lo mismo con respecto a su justicia. Dios podría querer instaurar la justicia entre todos los seres humanos, pero si no fuera soberano, la justicia se frustraría y la injusticia prevalecería. Por lo tanto, la doctrina de la soberanía de Dios no es un mero dogma filosófico carente de valor práctico. Más bien es la doctrina que le da significado y sustancia a todas las demás doctrinas. Como observa Arthur

Pink es “el cimiento de la teología cristiana… el centro de gravedad del sistema de la verdad cristiana -el sol alrededor del cual giran el resto de los astros”.1 Y como también veremos, es la fortaleza del cristiano y su consolación en medio de los avatares de esta vida.

LAS INTERROGANTES INTELECTUALES

Sin duda que surgen varias interrogantes al afirmar el gobierno de Dios con relación a un mundo que evidentemente ha seguido su propio curso. Podemos aceptar que Dios gobierna en el cielo. Pero la tierra es un lugar sin Dios. Aquí la autoridad de Dios no ha sido acatada y el pecado es lo que prevalece. ¿Podemos

decir realmente que Dios es soberano en medio de un mundo como este? La respuesta, si miramos al mundo solamente, es obviamente que no. Pero si comenzamos por las Escrituras, que es lo que debemos hacer si deseamos conocer a Dios, entonces sí podemos hacer tal afirmación; porque la Biblia declara en varias oportunidades que Dios es soberano. Puede suceder que no entendamos esta doctrina. Puede suceder que todavía no entendamos por qué Dios tolera el pecado. Pero nunca dudaremos sobre esta doctrina ni nos

apartaremos de sus consecuencias.

En las Escrituras la soberanía de Dios es un concepto tan importante, que abarca tantas cosas, que resulta imposible estudiarlo en su totalidad. Algunos pasajes, sin embargo, pueden servir para aclarar esta doctrina. “Tuya es, oh Jehová, la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo, oh Jehová, es el reino, y tú eres excelso sobre todos… y tú dominas sobre todo” (1 Cr. 29:11-12). La misma enseñanza la encontramos en los Salmos. “De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan” (Sal. 24:1). “Estad quietos, y conoced que yo soy

Dios; seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra” (Sal. 46:10). “Dios es el Rey de toda la tierra” (Sal. 47:7). La doctrina de la soberanía de Dios descansa en la base de todas las exhortaciones a confiar en él, a alabarle y a encomendar nuestro camino a él. Además de estos pasajes que ya hemos mencionado y de muchísimos otros, hay ejemplos del gobierno de Dios sobre el orden material. El mundo de los objetos y de la materia están sujetos a las normas que Dios les ha impuesto. Son las leyes de la naturaleza y las leyes científicas. Pero no debemos creer, sin embargo, que estas leyes, porque así se les llama, son absolutas y que por lo tanto controlan a Dios y lo limitan; ya

que en ocasiones Dios actúa de manera impredecible para hacer lo que llamamos milagros.

Dios mostró su soberanía sobre la naturaleza cuando dividió el Mar Rojo para que los hijos de Israel pudieran salir de Egipto, y luego hizo que las aguas escendieran sobre los perseguidores egipcios para así destruirlos. Mostró su soberanía cuando envió el maná del cielo para alimentar al pueblo mientras estaba en el desierto. En otra ocasión, les envió codornices al campamento para que tuvieran carne. Dios dividió las aguas del Río Jordán para que el pueblo entrara en la tierra de Canaán. Hizo que las murallas de Jericó se derrumbaran. Hizo que el sol se detuviera en los días de Josué en Gabaón para que Israel pudiera obtener una victoria sobre sus enemigos en retirada. En los días de Jesús, la soberanía de Dios se manifestó en la alimentación de los cuatro mil y los cinco mil por medio de unos pocos panes y unos peces, se manifestó en las curaciones de los enfermos y la resurrección de los muertos. Y por último, se manifestó en los acontecimientos que rodearon la crucifixión de Cristo y su resurrección.

Otros pasajes nos muestran cómo la soberanía de Dios alcanza la voluntad humana y por lo tanto las acciones humanas también. Así fue que Dios endureció el corazón de Faraón para que no dejara ir al pueblo de Israel. Pero, por el otro lado, enternece los corazones de los individuos para que respondan a su amor y

le obedezcan. Puede argumentarse, como ya lo hemos señalado, que algunos hombres y mujeres a pesar de todo desafían a Dios y le desobedecen. Pero esta observación no es suficiente para derribar las enseñanzas de la Biblia concernientes al gobierno de Dios sobre su creación; si así fuera, la Biblia caería en una contradicción. Esta supuesta contradicción se explica fácilmente por la rebelión humana, que si bien está en abierta oposición a los mandamientos explícitos de Dios, permanece dentro de sus propósitos eternos u ocultos. Es decir, Dios tiene sus razones para tolerar el pecado; sabe de antemano que el pecado será juzgado en el día de su ira, y que mientras tanto no sobrepasará los límites que él ha prefijado. Desde nuestra perspectiva hay muchas cosas que parecen obrar en contra de la soberanía de Dios. Pero desde la perspectiva de Dios, su mandatos siempre son implementados. Como los describe el Catecismo Abreviado de Westminster, son “su eterno propósito, de acuerdo al consejo de su voluntad, por el cual, para su propia gloria, él ha preordenado todo lo

que haya de suceder”.

LAS INTERROGANTES HUMANAS

Desde una perspectiva humana, el problema de fondo con respecto a la soberanía de Dios no es que la doctrina resulte falsa, aunque hay algunos problemas intelectuales que dilucidar, si no más bien que a los hombres y a las mujeres no les gusta este aspecto del carácter de Dios, tan perturbador y que tanto los

humilla. Superficialmente, podríamos pensar que los hombres y las mujeres que están viviendo en medio de una cultura caótica abrazarían con entusiasmo la soberanía. “¿Qué podría ser mejor que saber que, a pesar de las apariencias, todo está bajo control, y que Dios puede obrar para que finalmente todo resulte para

nuestro bien?”, podrían plantear. Pero esta manera de pensar no toma en cuenta la rebelión básica de la humanidad contra Dios, rebelión que vemos en nuestra búsqueda humana por la autonomía. La rebelión ha sido una de las características de la humanidad desde los inicios de la historia de nuestra raza. Pero es especialmente visible en nuestra cultura contemporánea, como lo señala R. C. Sproul en The Psychology of Atheism. Nuestro sistema democrático, por ejemplo, rechaza toda autoridad monárquica. “Aquí no servimos a ningún soberano” fue el slogan de la Guerra por la Independencia de los Estados Unidos de América. Hoy, doscientos años más tarde, la consigna todavía nos acompaña. Así es que “el gobierno por el pueblo” se ha convertido en “el gobierno por mí mismo”, o al menos por aquellos que básicamente se asemejan mucho a mí o con los que estoy de acuerdo. Dios, el digno Señor sobre todas las naciones y todos

los individuos, ha sido con delicadeza excluido de todos los ámbitos de toma de decisiones de nuestra vida nacional.

La iglesia no está mucho mejor, como también lo observa Sproul. Muchas veces oímos hablar acerca de las características de Dios en cuanto “Salvador” -su amor, su misericordia, su bondad y así sucesivamente, pero ¿cuántas veces oímos hablar con respecto a su señorío? Esta distorsión se ve con mucha claridad en la evangelización. En la práctica moderna, al llamado al arrepentimiento se lo suele llamar “una invitación”, que podemos aceptar o rechazar. Es una invitación muy gentil y educada. Muy pocas veces se nos presenta el mandato soberano de Dios para arrepentimos o su mandato de completa sumisión a la autoridad del rey verdadero, Cristo Jesús.

En la actualidad, incluso en la teología, el énfasis de la proclamación de la iglesia radica en la liberación. Pero esta liberación en ocasiones es librarse de Dios tanto como de las “estructuras sociales opresoras”, para usar la terminología usada por la teología de la liberación. Dice Sproul: “En resumidas cuentas, la “liberación moderna” implica una revolución contra la autoridad soberana de Dios cuando los miembros de la Iglesia y del Estado unen sus fuerzas en un acto de traición cósmica”.2

La razón básica por la que los hombres y las mujeres no quieren aceptar una doctrina de la soberanía de Dios es que no desean un Dios soberano. Desean ser autónomos. Entonces, pueden negar la existencia de Dios, negando el atributo de su existencia, o simplemente ignorarlo con respecto a cualquier propósito práctico. El factor más inmediato de la actual falta de respeto por la autoridad ha sido el impacto del existencialismo europeo, a través de las obras de filósofos como Friedrich Nietzsche, Jean-Paul Sartre, Albert Camus y Martin Heidegger. En sus obras, la autonomía del individuo es el ideal filosófico predominante; todos los demás conceptos, incluyendo la existencia de Dios, deben ser eliminados. Sólo podemos encontramos a nosotros mismos cuando nos hayamos despojado de todas las ataduras externas. Sólo cuando hayamos eliminado a Dios podremos ser verdaderamente humanos. ¿Pero funciona esto? En la obra de Nietzsche, la

figura ideal es el “superhombre” o Uebermensche, el hombre que crea sus propios valores y que sólo responde a sí mismo. Pero Nietzsche, el inventor de esta filosofía, no murió como un ser libre sino como una persona prisionera de su propia mente por su locura. La filosofía de la autonomía existencial es un callejón

sin salida -o peor aún, un desastre. Pero, a pesar de ello, es la filosofía que redomina en nuestra época. Dios nos limita, por lo tanto, debemos despojarnos de él -ese es el punto de vista. Las interrogantes deben ser respondidas no sobre la base de los principios divinos que nos revelan lo que es el bien y lo que es el

mal, sino sobre la base de lo que el individuó o la mayoría desea. Y puede suceder que la mayoría dentro de un sector de la sociedad esté en abierta oposición con otras personas de otros sectores.

El problema no comenzó con el existencialismo, sin embargo. Comenzó mucho tiempo antes –cuando Satanás encaró a la primera mujer en el huerto de Edén, haciéndole la pregunta diabólica: “¿Conque Dios os ha dicho?” y luego sugiriéndole que si ella y su esposo desobedecían a Dios serían “como Dios, sabiendo el bien y el mal”. Como Dios es la expresión crucial, porque significa ser autónomo. Fue la tentación de sustituir a Dios en su soberanía, como ya Satanás lo había intentado hacer. ¿Tuvieron lugar los resultados prometidos por la serpiente? De ningún modo. Es cierto que el hombre y la mujer conocieron la diferencia entre el bien y el mal, aunque de una manera pervertida. Aprendieron

haciendo el mal. Pero no obtuvieron la libertad que ansiaban. Por el contrario, quedaron esclavizados al pecado, del cual sólo el Señor Jesucristo en obediencia al Padre pudo liberarlos a ellos y a nosotros. La autonomía humana condujo a la crucifixión de Cristo. “Se levantarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su ungido diciendo: Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas” (Sal. 2:2-3). Pero la verdadera libertad viene de la crucifixión con Cristo, como lo señala Pablo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”

(Gá. 2:20).

Esta es la paradoja, por supuesto, como ha sido señalada por Agustín, por Lutero, por Edwards, por Pascal, y por tantos otros. Cuando los individuos se rebelan contra Dios, no obtienen su libertad. Quedan esclavizados, porque la rebelión es pecado, y el pecado es un tirano. Por otro lado, cuando los hombres y las

mujeres se someten a Dios, convirtiéndose en sus esclavos, es entonces cuando son verdaderamente libres. Pueden lograr el máximo de su potencialidad y convertirse en algo especial, en los seres únicos que Dios quiso crear.

LAS BENDICIONES DE LA SOBERANÍA

Encontramos la verdadera libertad cuando estamos prontos a aceptar la realidad tal como se nos presenta (incluyendo la soberanía efectiva sobre toda su creación que le corresponde a Dios), y cuando le permitimos que nos convierta en lo que él desea. El tema de la soberanía de Dios, lejos de ser una ofensa para nosotros puede convertirse en una maravillosa doctrina de la que sacaremos muchas bendiciones.

¿Cuáles son estas bendiciones? Primero, el reconocimiento de la soberanía de Dios inevitablemente profundiza nuestra veneración del Dios vivo y verdadero. Sin este entendimiento y apreciación de estas verdades, muy difícilmente podremos conocer al Dios del Antiguo y el Nuevo Testamento. Porque, ¿qué

clase de Dios es ese cuyo poder está constantemente coartado por los designios de la gente y de Satanás?

¿Qué clase de Dios es ese cuya soberanía debe ser cada vez más restringida, no vaya a suceder que nos imaginemos que está invadiendo la ciudadela de nuestro “libre albedrío”? ¿Quién es capaz de adorar a esa deidad tan truncada y frustrada? Pink nos dice que “un dios” cuya voluntad es resistida, cuyos designios son frustrados, cuyos propósitos son jaqueados, no tiene ningún derecho al título de Deidad, y en lugar de ser un objeto digno de nuestra adoración, sólo merece nuestro desprecio”.3

Por otro lado, un Dios que verdaderamente gobierna su universo es un Dios que gozosamente deberíamos buscar, adorar y obedecer. Este es el Dios que vio Isaías: “vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria” (Is. 6:1-3). Este es el Dios de las Escrituras. Fue una

visión de este Dios, no de ningún otro dios menor, que transformó el ministerio de Isaías.

Segundo, el conocimiento de Dios y toda su soberanía nos consuela en medio de las pruebas, la tentación y la tristeza. Tanto los cristianos como los no cristianos sufren tentaciones y pasan por la tristeza. La cuestión es: ¿Cómo afrontarlas? Sin duda, si las afrontamos sin saber a ciencia cierta si están o no controladas por

Dios, y si Dios las permite para sus propósitos, entonces carecen de sentido y la vida es una tragedia. Esto es justamente lo que dicen muchos existencialistas. Pero si Dios todavía ejerce el control, entonces estas circunstancias son conocidas por él y él tiene sus propósitos.

Por supuesto, no conocemos todos los propósitos de Dios. Si los conociéramos seríamos como Dios. Sin embargo, podemos conocer algunos de sus propósitos porque Dios nos los ha revelado. Por ejemplo, el anciano apóstol Pedro escribe a unos que habían pasado por grandes tribulaciones, recordándoles que todavía no es el fin -Jesús volverá, pero que mientras tanto Dios los está fortaleciendo y purificándolos por medio de las pruebas. “En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1 P. 1:6-7). Similarmente, Pablo escribe a los de Tesalónica que habían perdido a sus seres amados, recordándoles que el Señor Jesucristo volverá y que reunirá a todos los que aún viven con sus seres queridos. Concluye diciendo: “alentáos los unos a otros con estas palabras”

(1 Ts. 4:18).

Tercero, un entendimiento de la soberanía de Dios nos proporcionará ánimo y gozo en la evangelización. ¿Cómo es posible evangelizar sin dicha confianza? ¿Cómo puede alguien proponerse llevar un mensaje que resulta tan repugnante para el hombre o la mujer natural y tener todavía la esperanza de que él o ella lo

acepten, si Dios no es capaz de tomar a los pecadores rebeldes y convertirlos, a pesar de sus propias inclinaciones, a la fe en Jesús? Si Dios no puede hacer esto, ¿cómo puede alguien en su sano juicio tener la esperanza de poder hacerlo él mismo? Debería abstraerse del problema o tener ridículamente demasiada

confianza en sí mismo. Pero Dios es soberano en esta cuestión como en todas las demás -si Dios llama a quien él quiere y lo llama “efectivamente”-, y es por eso que podemos entonces ser audaces en la evangelización, sabiendo que Dios por su gracia puede usamos como canales de su bendición. Es más, sabemos que nos usará. Porque es a través del testimonio humano que él se ha propuesto atraer a otros a él.

Por último, un conocimiento de la soberanía de Dios nos brindará un profundo sentido de seguridad. Si nos observamos a nosotros mismos, no encontramos seguridad. La lujuria de la carne y de la vista, el orgullo de nuestra vida, son más fuertes que nosotros. Sin embargo, cuando observamos la fortaleza de nuestro Dios, podemos estar confiados. Pablo escribe: ¿Qué pues diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?… ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?… Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios,

que es en Cristo Jesús Señor nuestro. (Ro. 8:31, 35, 37-39)

PARA DIOS ES POSIBLE

La Biblia está llena, de principio a fin, de afirmaciones de lo que Dios puede hacer y hará por su pueblo. A continuación hay siete versículos que, cuando los agrupamos, cubren casi todas las doctrinas fundamentales del cristianismo.

1. Hebreos 7:25 en cierto sentido engloba a todos los demás. Nos dice que Jesucristo “puede salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos”. Mel Trotter, un evangelista de otra generación a quien Dios había rescatado de una vida de alcoholismo, decía que éste era su versículo favorito; haciendo un juego de palabras en inglés, hablaba de la posibilidad que Dios tiene para salvar a una persona “de las cloacas a las alturas” (from the guttermost to the uttermost). Esta es también nuestra historia. Abarca el pasado, el presente y el futuro.

2. En 2a Timoteo 1:12 Pablo escribe: “porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día”. Es una metáfora financiera y este versículo literalmente significa que “Dios tiene el poder de conservar mis depósitos espirituales”. Dios no nos defraudará.

3. Después tenemos a 2 Corintios 9:8 que dice: “Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra”. Algunos cristianos creen que la salvación de los hombres y las mujeres es algo sólo para el futuro, una filosofía de espejismos en el más allá. Esto no es así. La Biblia nos dice que la gracia de Dios nos puede ayudar en toda buena obra ahora. Es en esta vida que tenemos que abundar en su suficiencia.

4. También se nos dice que Dios nos puede ayudar en tiempos de tentación. La Biblia nos dice sobre Jesús: “en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (He. 2:18). El mejor comentario sobre este versículo lo encontramos en las Escrituras; en otro lugar se nos dice que aunque la tentación es la suerte que le corresponde a la condición humana, Dios no nos dejará ser tentados más de lo que podamos resistir, y que nos ha provisto de una salida incluso antes de que nos sobrevenga la tentación (1 Co. 10:13).

5. Efesios 3:20 nos dice que Dios nos puede ayudar a crecer espiritualmente. Está expresado como una bendición. “Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén”.

6. Dios puede también salvar nuestros cuerpos. El Señor Jesucristo “transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Fil. 3:21).

7. Para terminar, en otro versículo, que también es una bendición, Judas dice: “Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría, al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. Amén” (Judas 24-25).

Tomados en conjunto, estos versículos nos declaran que Dios puede salvamos en esta vida y en la eternidad, puede mantenernos fuera de caer en el pecado y en la tentación, puede conducirnos a lo mejor de la experiencia humana y puede colmamos completamente. ¿Son verdaderas estas cosas? Sí… pero solamente por una razón. Son verdaderas porque son la determinación eterna e inmutable del Dios que es soberano.

Notas

1. Arthur W. Pink, The Sovereignity of God (Grand Rapids, Mich.: Baker Book House, 1969), p. 263.

2. Sproul, The Psychology of Atheism, p. 139.

3. Pink, The Attributes of God, p. 28.

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ene

La doctrina de la aplicación de la redención

Teología sistemática de Wayne Grudem:

La doctrina de la aplicación de la redención

A. Introduccion y definición

Cuando Adán y Eva pecaron, se hicieron dignos de castigo eterno y de separación de Dios (Gn 2: 17). De la misma manera, cuando los seres humanos pecan hoy se hacen merecedores de la ira de Dios y del castigo eterno: «La paga del pecado es muerte» (Rom 6:23). Esto quiere decir que una vez que las personas pecan, la justicia de Dios requiere solo una cosa: Que queden eternamente separados de Dios, alejados de la posibilidad de experimentar sus cosas buenas y que vivan para siempre en el infierno, recibiendo solo la ira divina para siempre. De hecho, esto es lo que les sucedió a los Ángeles que pecaron, y nos podría haber sucedido a nosotros también: «Dios no perdono a los Ángeles cuando pecaron, sino que los arrojo al abismo, metiéndolos en tenebrosas cavernas y reservándolos para el juicio» (2 P 2:4).

Para descargar (Download) click aquí

Estudio Biblico para la Edificacion de la Iglesia de Cristo

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