EL GRAN GALARDON
EL GRAN GALARDON
Por Henry Law
“Yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande.” GÉNESIS 15:1
Una de nuestras grandes verdades es que el bienestar y la paz moran continuamente juntos en el pecho del creyente. Y tiene que ser así, porque donde hay fe allí está Cristo, y Él es el autor y dador de todo gozo.
Retírate, lector, unos momentos, y medita las sencillas palabras que tratan de confirmar este principio. Si el Espíritu revelador de Cristo descorre el velo, podrás ver el mismo manantial de la felicidad. Y al beber de esta corriente pura podrás continuar tu camino poseyendo mucha bendición celestial, y con la perspectiva del mismo cielo ante ti.
Nos trasladamos ahora a los inspiradores anales de Abraham. Hallándose éste en su país natal, en su hogar, y rodeado de sus amigos íntimos, oyó una voz que le sacudió de su letargo: “Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre…” Muchos hubieran dicho que aquello era demasiado duro. Pero el elegido de Dios no. Por fe “obedeció… y salió sin saber a dónde iba.” No perdió nada. Abraham recibió mucho más en este tiempo presente, y la vida eterna en el mundo venidero.
Después de haber derrotado a varios reyes para rescatar a Lot, Abraham tuvo tesoros principescos a su alcance. Montones de oro y plata relucían a sus pies. “Toma para ti los bienes”, fue la tentadora oferta; pero con santa indiferencia les volvió la espalda. Y no perdió nada, porque después recibía una certeza más rica que todos los tesoros de la tierra: “No temas, Abram; yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande.”
Este relato nos viene de un maestro infalible, y nos enseña que el verdadero cristiano está llamado a renunciar a muchas cosas, a ser abnegado y pisotear constantemente los cebos dorados de este mundo. Pero también nos enseña que todo renunciamiento es riqueza, y toda pérdida es ganancia. El que lo deja todo por Cristo, recibe más en Él.
Unos pocos ejemplos bastarán para afirmar esta verdad. Hay una inscripción sobre la entrada del sendero que conduce al cielo que dice: “Estrecha es la puerta y angosto el camino.” Por lo tanto, el que desee entrar debe despojarse de esos ropajes fastuosos que los hombres ostentan en las amplias avenidas terrenales. Hay que arrancar toda auto justificación porque esto es lo que realmente debilita al alma. La confianza en méritos imaginarios se adhiere a nosotros como la misma piel. Pero hay que renunciar a todo. Las formas más queridas de nuestra propia personalidad deben ser despreciadas y odiadas como algo abominable. Nuestras cualidades más apreciadas, nuestras presunciones predilectas y las causas de nuestra superioridad deben ser rechazadas como un trapo sucio. Es muy duro arrojar todas estas cosas e ir desnudo a Jesús para que Él nos vista, pero si de algún modo queremos ser salvos, hay que hacerlo.
Se debe, también, pulverizar y echar al viento toda esperanza que fije su salvación en los ritos y cultos externos, o en los símbolos de la gracia. Los canales de la gracia no son la gracia misma. Los medios no son el fin.
La puerta no es la mansión. Es éste un acto que requiere el espíritu de un mártir y algo más que el mero discernimiento humano. Satán es muy hábil para cubrir nuestras buenas obras, e incluso nuestros lugares santos, con una capa de eficiencia salvadora. Ese ser maligno insinúa, también, que si no creemos en todas esas cosas le quitamos su valor a la religión. Pero no lo dudemos: si no confiamos en un Cristo único y sin añadiduras nuestra confianza no sirve de nada.
Apenas necesito decir que esos pecados placenteros que por largo tiempo han sido acariciados en los rincones secretos del corazón, se deben sacas a la luz, y allí sacrificarlos. Esto es, con frecuencia, como arrancarse el ojo derecho. Pero no debe haber compasión, porque Cristo es luz y el pecado tinieblas. ¿Cómo pueden estar unidos?
El pecado que se ama, que se excusa y que se retiene, ata el alma alas ruedas del carruaje en que Cristo no se puede sentar.
Y el amor al mundo, con sus locas vanidades, sus exhibiciones vacías, sus consejos impíos, sus placeres sucios, sus falsos principios, sus libros profanos, y toda su adoración idolátrica del talento, el ingenio y la mal llamada gloria, debe ser, también, clavado a la cruz. Hay que rechazar esa conformidad como si fuera veneno o el contacto de una víbora. El trono del corazón debe ser sólo para Cristo. El centro de todo goce estar en Él; toda flor de aliento se debe recoger en Él. Este andar en Cristo es un apartarse del país de lo humano, del parentesco del pecado, del hogar del diablo. Es una marcha hacia la tierra que Cristo nos dará; y requiere muchos esfuerzos, muchas batallas y conflictos, de modo que necesitamos tomar el cayado y las sandalias cristianas, y desdeñar todo lo que nuestra naturaleza tanto ama.
Pero, después de todo, ¿qué es lo que se rechaza? Nada sino sombras y vanidades; nada sino humillación, tristeza y miseria; nada sino la carga opresiva de sombras burlescas, de una preocupación roedora, de esa carrera interminable tras el vacío y el temor del balance futuro. Pero lo que se gana en Cristo es la sustancia de todo el bien y la perfección de toda excelencia. Jesús nos recibe en las cámaras íntimas de su amor y nos abre su corazón. Todo pecador que a Él va oye una voz que le dice: Te entregas a Mí porque Yo me entregué primero a u, y ahora me entrego a ti. No temas, Yo soy “tu recompensa sobremanera grande”.
¡Oh, alma mía! ¿Es tuyo este tesoro de plenitud? La escoria se transforma en oro, las nubes en cielo brillante, cl suspiro en canto, la tierra en la antesala del cielo. Fíjate en la inmensa certeza que ese Yo soy “tu recompensa sobremanera grande” da. Hubiese sido un favor maravilloso si la promesa fuese: Te daré una recompensa. Pero el decir: “Yo soy tu recompensa” es algo mucho mas grande que un favor. La perspectiva de una gloria futura hubiese sido un aliciente agradable, pero el conceder este clon como privilegio presente es una merced sobre todas las mercedes. “Yo soy tu recompensa.” Si Dios le hubiese prometido que no perdería nada en su servicio, ya hubiese sido algo maravilloso; pero lo que le dice es: Yo soy “tu recompensa sobremanera grande”. Así, pues, ésta es nuestra inmensa seguridad. Cristo mismo es la recompensa, la actual, la grande, la sobremanera grande recompensa que llena todo corazón creyente. Todo lo que él es y tiene, nos pertenece. Nuestro es su amor, que no tiene principio; nuestro por su gracia sin limites; nuestro por su promesa inmutable; nuestro por su don irrevocable. Sí, es nuestro porque Él se deleita en bendecirnos, y se regocija en nuestro gozo.
Gustosamente hablaría de la recompensa que Cristo da al entregarse a Sí mismo. Pero las lenguas de hombres y ángeles fracasan en este intento. Cristo es Dios. Su divinidad es un tesoro, por ello dice a su pueblo: Abrid las manos, mi deidad es vuestra. Puesto que es Dios, su peder es ilimitado, y lo usa para bien de los suyos, para protegerlos de la furia de! mundo y del infierno. Su poder es como una Aran barrera que los separa cada momento de la destrucción. Vence a Satán haciéndole retroceder. Persuade al Padre atrayéndole más cerca. La sabiduría de Cristo es inescrutable. No obstante, toda ella es para su pueblo. Todo lo planea y dispone para que, tanto la ruina de un imperio como la caída de un pájaro, sea para bien de ellos. Su Espíritu les pertenece, y ha sido enviado para despertar, para revelar la salvación, para llevar a la cruz, para animar, santificar y conducir a los pastos de verdad y santidad.
Cristo es Dios‑hombre. Como tal murió, sufrió grandes agonías y sobrellevó la maldición, introduciendo así la justicia y adquiriendo un corazón afín al nuestro para comprendernos. Pues bien, todo es nuestro. Su muerte es nuestra para que nunca muramos. Sus agonías son nuestras para expiar nuestro pecado. Su maldición nos pertenece para redimirnos. Nos ha dado su sangre para hacernos más blancos que la nieve pura. Su justicia es nuestra para adornarnos con la hermosura que nos hará dignos de la mirada admirativa del Padre. Tenemos su compasión para que sienta nuestras debilidades y se compadezca, como un hermano, de nuestros dolores. También su vida presente es nuestra, para que vivamos. Su intercesión nos pertenece, y de aquí brota un río de bendiciones continuas. Su defensa es nuestra, y por eso el perdón nunca cesa. El rostro de Dios se ilumina con una sonrisa.
Un poco más, y Jesús volverá otra vez. Su regreso nos es dado para recibirnos con cuerpos glorificados. Tenemos el cielo como hogar, y su trono para reinar. Sus ángeles son nuestros ministros guardianes. Su Providencia se mueve para nuestro bien. Sus ministros nos llaman, alimentan y edifican. En sus Escrituras vemos, como en un espejo, su obra y aprendemos sus caminos. Vivimos, pues, para recibir de Él la gracia. Morimos para alcanzar lo gloria; y resucitamos para ver toda la perfección de Jehová y gozarnos en su presencia.
Procura, lector, ampliar estos pocos indicios, pues tienden a mostrar la maravilla de esa “recompensa sobremanera grande” en Cristo. ¿Desearías participar de ese estado feliz? Ven, entonces, ríndelo todo ante Cristo. Hazle tuyo por fe. Alza las puertas de tu corazón y el Rey de Gloria entrará. Permanece en Él, y Él permanecerá en ti. Dale tu confianza y Él te dará esta incalculable recompensa. ¿Acaso crees que sus bendiciones no son tan ricas ahora como lo eran antiguamente? ¿Acaso sus recompensas han perdido algo de su inconmensurable grandeza? Imposible. Ejerce la fe de Abraham, y oirás y hallarás, como él oyó y halló: Yo soy tu “galardón sobremanera grande”. Como el agradecido Jacob testificarás diciendo: “Dios me ha hecho merced, y todo lo que hay aquí es mío”. Como Moisés experimentarás que el vituperio de Cristo es mayor que los tesoros de los reinos. Entonces pulsarás la cuerda del arpa de David cantando: “Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa”‑ Tu corazón rebosante de gozo testificará que apenas te había dicho la mitad.
Pero no necesitamos ir a las primeras fuentes de la fe para mostrar que Cristo es este “galardón sobremanera grande”. Es, simplemente, la experiencia de todos sus siervos. Hay hogares donde, a pesar de la penuria, el piadoso padre sonríe conformado y entona el canto celestial sobre su escasa provisión. Muchos son los oprimidos y ofendidos en cuya boca no se halla ni un reproche ni una queja sino una mansa expresión de alabanza. Hay muchos que se consumen de dolor y, sin embargo, sus gemidos son verdaderas melodías de gratitud. Hay muchos lechos de moribundos donde la muerte queda abolida y la paz triunfa. Sólo la fe puede explicar todo esto, porque conoce a Aquel que con su presencia, hace ligera toda carga y transforma toda tristeza en gozo. Sí, es el Señor que está allí por la fe. Él es el “galardón sobremanera grande”.
La fe, con sus alas, atraviesa los cielos y llega a entrar en el mismo hogar de los redimidos, contemplando una escena maravillosa: Multitudes inmensas con vestiduras blancas, con coronas de justicia, con palmas de victoria e himnos de interminable alabanza, siguen al Cordero a dondequiera que éste vaya. Ésta es la recompensa que Cristo da. Él lo compró todo, lo preparó todo, y nos lo dio todo. Luego nos preparó a todos para gozarla.
¿No es Jesús, pues, el “galardón sobremanera grande”? ¿Se puede, ahora, escoger el mundo y dejarle a Él? Mira, lee, piensa de nuevo. ¡Oh, Espíritu Santo, no permitas que nadie deje estas páginas hasta que, por tu poder, Cristo quede establecido en el corazón como el “galardón sobremanera grande”!
EL ESCUDO
EL ESCUDO
Por Henry Law
“No temas, Abram; yo soy tu escudo...” GÉNESIS 15:1.
Ya había Abraham oído el estruendo terrible de la guerra, y se había visto en los peligros de la batalla. Por eso sabía bien que sin la protección de un escudo el guerrero se precipita a una derrota y a una muerte ciertas.
Apenas ha enfundado la espada, cuando el Señor, obrando con misericordia, visita a su fiel siervo. Sus palabras de aliento llegan a tiempo: “No temas, Abram; yo soy tu escudo”. Dios rodeaba al patriarca completamente, y su seguridad consistía en saber que todo enemigo no era más que paja.
Cada soldado de Jesús puede verse reflejado en ese Abraham luchando y escuchando. El servicio del Señor, aunque esté suavizado con la paz del cielo, es una tormenta de embates terrenos e infernales. El reposo de la fe no elimina la lucha de la fe. El descanso en la turbación no significa descanso sin turbaciones. Necesariamente hemos de encontrarnos con bandas hostiles en este territorio hostil. Satán aún tiene poder y está lleno de ira. La carne aún es la carne y codicia contra el espíritu. El mundo es aún el mundo, y, aunque está desgastado por tantos siglos de pecado, todavía tiene vigor para odiar, aptitud para herir, poder y fuerza para encadenar. Por eso se están librando batallas sin cesar. Pero todo es en vano, porque Jesús vive y ama siempre, y sigue animando a cada creyente diciéndole: “No temas, yo soy tu escudo”.
Pero, ¿qué es un escudo? Es simplemente un arma diseñada para la defensa, que el combatiente lleva en el brazo y que, con movimientos rápidos, detiene las acometidas del enemigo. Sea cual sea el ataque, su ancha superficie se interpone, y todo lo que está detrás queda salvo. Del mismo modo, en el cruento campo de batalla dc la fe, Jesús es una cubierta protectora, y los dardos del enemigo son como cañas inofensivas.
Esto es un ejemplo santo, lector. ¡Ojalá le enseñe lecciones santas al alma! Lo hará si, por la gracia vivificante del Espíritu, la fe ve a Jesús más claramente, v el corazón le, ama más. Tomemos, pues, nuestro puesto de oración en el terreno de la verdad, y percatémonos de los peligros que nos amenazan, y del modo como Jesús los aleja.
¡Cuán pocos sospesan debidamente los tremendos peligros a que el pecado los conduce! Pero, ¿se menospreciarla o se trataría superficialmente a este monstruo si se conocieran verdaderamente su naturaleza y sus consecuencias? ¿Vivirían los hombres en su abrazo fatal si supieran que es lo que les hace enemigos de Dios? Dios se reviste de justa ira, y los rayos de su furia arden contra el pecado. El brazo del disgusto omnipotente siempre está alzado para destruirlo.
Vista es la terrible realidad. ¿Cómo podrán resistir el polvo y las cenizas ante la infinita magnitud de Su venganza, y la multitud de Sus recursos? Es imposible huir, pues Dios está por doquier. Resistir es inútil porque Dios es todopoderoso. Confiar en si mismo es la ruina, pues el “yo” es el pecado; y el pecado es la única causa de la ira divina.
Cristo Jesús está entre la majestad ofendida de Dios y el ofensor condenado, presentándose para recibir cada golpe. Caen éstos, y vuelven a caer, porque la verdad y la santidad así lo requieren. La terrible descarga de la indignación de Dios le azota horriblemente. “Agradó al Padre herirlo.» Pero Jesús todo lo soporta. La divinidad defiende lo que la divinidad ataca. Dios blande su espada contra Si mismo. Todas las armas del arsenal de Dios caen sin causar daño porque todas desahogan su furia en el pecho del Hijo coeterno y poderoso de Dios. Así es como el creyente se encuentra con la ira de Dios, y continúa viviendo.
Lector, ¿has hallado refugio en Jesús? Sólo mereces calamidades, y tienen que venir. Jactarse de nuestra indefensa naturaleza es la perdición segura. No existe sombra. de cobijo si, no es bajo Sus alas protectoras. ¿Te has refugiado, por fe, en este abrigo? La fe, y sólo la fe, da acceso a este fuerte impenetrable. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro señor Jesucristo”.
Pero el odio que Dios tiene al pecado no es nuestro único adversario. Está ese ser maligno, teñido con la sangre de millares de nuestros semejantes, que sólo puede odiar porque su corazón es el mismo odio. No tiene compasión sino que, por el contrario, se alegra de la miseria del hombre. No perdona, porque él vive cuando nosotros morimos. Desde los primeros días de nuestra peregrinación está tramando sus trampas y su guerra despiadada. Prepara una emboscada en cada revuelta, y’ unas veces es una lluvia de dardos, o el peso de una descarga incesante, o una flecha que repentinamente se dispara en la oscuridad. Y caemos en un instante, antes de que sospechemos el peligro. Este enemigo nunca duerme ni está cansado. Nunca se aplaca ni pierde la esperanza. Sus golpes van dirigidos tanto a la debilidad infantil como a la inexperiencia de la juventud; a la fortaleza viril o a la vacilante vejez. Las sombras de la noche no le alejan. Se encuentra en todas partes, y en todo momento, por medio de sus legiones. Entra en palacios, chozas y fortalezas. Llena cada habitación de cada hogar; está en los bancos de cada santuario. Se atarea con el atareado; va de un lado para otro con el activo; se sienta junto al lecho del enfermo y susurra a nidos del moribundo. En ese momento en que el espíritu abandona su morada de barro, el maligno tensa su arco con rabia despiadada.
Tal es nuestra lucha perenne y aterradora‑ ¿Cómo es, entonces, que no recibimos una herida mortal a cada momento? Seríamos derribados si no tuviéramos en torno un escudo más resistente que nuestros propios esfuerzos o propósitos. Y, ¿quién sino Jesús puede dar tal protección?
Cristo interpone el poder de su intercesión: “Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte…” Sus oraciones son nuestra victoria porque obtiene la ayuda divina y nos sostienen con el poder del cielo.
De este modo resistimos al diablo, y éste huye de nosotros.
Jesús nos protege, también, dándonos el escudo de la fe. El es autor y consumador de este don. Los dardos incendiarios del maligno no tienen poder contra esto. En cuanto lo tocan se apagan.
Su sangre derramada es otra protección inviolable. Satán tiembla al verla. Es una malla que él no puede atravesar. La experiencia de la Iglesia de los redimidos es está: A pesar de estar gravemente oprimidos son más que vencedores porque triunfan por la sangre del Cordero. Por esto ese ser maligno no puede tocar a los que Jesús escuda.
Pero hay otros enemigos acechando en cada escondrijo del campo de batalla. Tenemos que luchar con nuestra propia personalidad, que nos rodia con su abrazo destructivo. La carne, con sus terribles concupiscencias, no da cuartel. David se enfrentó con ella sin su Escudo, y murió llevando las cicatrices que le dejó. También José fue atacado y, aunque el plan del enemigo era ingenioso, amplio y fuerte, el Señor protegió su corazón y la tentación no triunfó. “¿Cómo, pues”, dijo, “¿haría yo este gran mal, y pecaría contra Dios?” El asalto fracasó y José quedó a salvo.
También los placeres, los lujos y los grandes honores derriban un número incontable de víctimas. Nadie puede resistir estas cosas con la escasa fortaleza humana. Pero ninguno que tenga al Señor por escudo puede ser derrotado. Moisés fue tentado con seductoras posibilidades. Podía haberse sentado junto al rey con categoría regia. Pero “se sostuvo como viendo al Invisible.” Y aun después de muerto nos dice cómo podemos hacer retroceder a ese astuto ejército de fascinaciones.
El temor al hombre y la amenaza de la persecución producen, también, heridas mortales. Esta angustia asaltó a Daniel y a sus jóvenes amigos en la cautividad. La ira del tirano, el horno ardiente y el foso de rugientes fieras se alzaban amenazadores ante ellos. Pero se refugiaron en el Señor, y Él fue el Escudo que protegió sus cuerpos espíritus.
Y además, el sendero que conduce a Sión discurre ante las bocas de los cañones que sirven legiones de preocupaciones y ansiedades para vomitar sus venenosos proyectiles. ¡Con qué rapidez aúnan sus esfuerzos para atormentarnos! Hoy estoy bien, por gracia. Pero, ¿qué traerá el mañana? Los amigos pueden abandonarme; la enfermedad y la flaqueza pueden arruinar mi cuerpo. Y estos pensamientos nos acosan con tesón. Sólo el Señor nos puede proteger. Sólo Él puede aniquilar su aguijón. Para hacerlo, despliega ante nuestros ojos su amor eterno, su presencia constante, su cuidado providencial, sus promesas siempre vivas. No hay temores que puedan matar o apagar la vida del alma cuando la voz de ,Jesús musita: “No temas, porque yo estoy contigo.” “Todo es vuestro.” “Porque este Dios es Dios nuestro eternamente y para siempre; Él nos guiará aun más allá de la muerte.” Ciertamente, el alma está rodeada de paz cuando se encuentra en los brazos de Jesús.
¿Eres, lector, un verdadero discípulo de este Señor? Si es así, dime cuál es tu tentación, tu enemigo, tu peligro, tu necesidad, y te mostraré a ese Jesús todopoderoso, inmutable y cuidadoso que te guardará de todo mal. “Torre fuerte es el nombre de Jehová; a él correrá el justo y será levantado.”
¿Estoy, quizá, conversando en estas páginas con alguien que se encuentra alejado de Cristo? ¿Podría hablarte de la seguridad, oh pobre hijo del hombre? Sí, debo avisarte de que te encuentras entre ruinas e indefenso por todos lados. ¿Con qué te protegerás de la ira de Dios? ¿Y con qué de la rabia de Satán; y de tus propias heridas; y de ese mundo que asesina el alma? No tienes nada. ¡Oh, piénsalo! Todavía no es demasiado tarde. Aún vives, y aunque tus heridas son muchas pueden ser curadas; tus numerosos enemigos desaparecerán ante ti como humo que se desvanezca. Estas palabras que sigues con los ojos, te dirigen al único refugio. ¡Ve a Jesús! Siempre lo tienes cerca, y siempre es suficiente para ser tu Escudo contra todo.
Creyente, ¿vas a dudar en adherirte a esta verdad? ¿Es que no has hallado en Él una ayuda poderosa? ¿Acaso no puedes decir con David: “Muchos son los que dicen de mí: No hay para él salvación en Dios. Mas Tú, Jehová, eres escudo alrededor de mí.”? Clama tú también: “Bienaventurado tú, oh Israel, ¿quién como tú, pueblo salvo por Jehová, escudo de tu socorro, y espada de tu triunfo?” Di con alegría: “Oh Israel, confía en Jehová; Él es tu ayuda y tu escudo. Casa de Aarón, confiad en Jehová; Él es vuestra ayuda y vuestro escudo. Los que teméis a Jehová, confiad en Jehová; Él es vuestra ayuda y vuestro escudo.”
¡Qué aliento tan especial halla aquí el fiel ministro de Cristo! ¡Qué bastión tan potente para los humildes obreros del campo evangélico! Parece que no hacen más que sembrar con temblor la simiente de unas pocas palabras llenas de debilidad. Pero esta simiente echa raíces, y brota una graciosa planta que exhala la fragancia de un nuevo Edén, y produce frutos para el granero del Rey de reyes; prospera a pesar de estar en un clima adverso, requemada por un sol ardiente, y golpeada por la lluvia y la tempestad. El jabalí de los bosques no la puede estropear, ni las bestias pueden devorarla. ¿Y por qué es esto así? Porque todo lo glorioso tiene una defensa. Porque no hay arma dirigida contra ella que pueda triunfar. La Palabra del Señor es verdad: “Yo soy tu escudo.”
Por consiguiente, siervos del Dios vivo, bendecid su santo nombre. Él hace que siempre triunfemos en Cristo. Avanzad con el escudo de la fe, y bajo la protección del Señor. El conflicto terminará pronto, y en el reino de la salvación cantaréis las glorias del Escudo que nos ha salvado.
“LA NECESIDAD DE CRISTO JESUS”
“LA NECESIDAD DE CRISTO JESUS”
Por Rommel Flores
Tipo, Tipologia (tupos): En teología bíblica, la tipología es el estudio de los tipos, y se denomina así a un objeto, animal, persona o institución, en general del A.T., que representaba o prefiguraba otra, llamada “antitipo”, cuyo cumplimiento se produce o se anuncia en el N.T. Un tipo se diferencia de un símbolo o una profecía, en que el tipo tiene existencia histórica. Por ejemplo, El templo fue un tipo de la Iglesia (1 Corintios 3:16-17)
Pecado De Adán – (Génesis 2:16,17. Génesis 3:6-19)
El pecado de Adán fue imputado a nosotros (Génesis 5:1-3; Romanos 5:12; Efesios 2:1-3; Salmos 58:3)
Cada facultad del hombre esta corrupta:
El Corazón (Marcos 7:21-23; Eclesiastés 9:3; Jeremías 17:9)
La Mente (Romanos 8:7,8; Efesios 4:17-18; 1 Corintios 2:14)
La Voluntad (Romanos 3:9-12; Juan 8:44; Jeremías 13:23)
El Primer Evangelio “Proto-evangelium” Génesis 3:15
¡UNA SOLA SIMIENTE! (Deuteronomio 7:6; Deuteronomio 10:15; Deuteronomio 14:2; Isaías 41:8-9)
La iglesia del nuevo testamento es la continuación de esta Simiente (Hechos 15:12-17; Romanos 9:23-26; Romanos 11:11-32; Gálatas 3:7-8; Gálatas 3:13-14; Efesios 2:11-22; Efesios 3:5-6)
Por lo tanto, llaman los creyentes del nuevo testamento Judíos, semilla de Abraham (Romanos 2:28-29; Romanos 4:11-12; Romanos 9:6-8; Gálatas 3:6-7; Gálatas 3:26-29; Gálatas 4:21-31; Gálatas 6:16; Hebreos 12:22-24; Filipenses 3:31 Pedro 2:9-12;Apocalipsis 2:9)
Adán es un tipo de Cristo (Romanos 5:19):
Tipo de Cristo en CARÁCTER (Génesis 1:27; Colosenses 1:15; Hebreos 1:3)
Tipo de Cristo en su AUTORIDAD (Génesis 1:28; Salmos 8:6; Hebreos 2:5-8)
La cabeza de una raza (Efesios 1:22; Efesios 4:15; Efesios 5:23)
Tipo de Cristo en su PUREZA (Hebreos 7:26)
Pues así como Eva era parte de Adán, así también nosotros somos parte de Cristo (Efesios 1:22-23; Efesios 2:15,16,22-23)
Dios trajo ala mujer al hombre, pues la iglesia será traída a Cristo (Génesis 2:22; Juan 6:44)
Retrato de la salvación:
1- Oyeron (Génesis 3:8, Romanos 10:17)
2- Pedido de una respuesta (Génesis 3:13)
3- Convicción y Confesión en la respuesta (Juan 16:8, Génesis 3:13)
4- Recepción del trabajo de otro (Génesis 3:21) 5- Su testimonio (Génesis 4:1)
En ambos casos, éste era el “precio de novia”. Adán dio una costilla. Cristo dio su vida (1 Corintios 6:20)
Génesis 3:6 “y dió también á su marido, el cual comió así como ella.”
¿Por qué él comió? Él sabía que Eva moriría; Dios había dicho (Génesis 2:17). Adán amó ah Eva, mucho. Tanto para morir por Ella. Adán: “Prefiero morir con ella, que vivir sin ella.”
Colosenses 3:19; 1 Pedro 3:7, Efesios 5:25
“Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella”
“Para suponer que cualquier cosa requerida de Dios de nosotros que tenemos energía de nosotros mismos de hacer, es hacer la cruz y la Gracia de Jesús Cristo de ninguno efecto.”
Juan Owen
“El último destino de cada individuo es decidido por la voluntad de Dios, y bendecido le es que tal sea el caso. Si fuera dejado a nuestras voluntades, la destinación de nosotros sería el lago del fuego”
Arturo W. Pink
MELQUISEDEC
MELQUISEDEC
Por Henry Law
“Entonces Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, sacó pan y vino…”
GÉNESIS 14:18.
Había concluido la primera guerra que ensombrece las páginas de la Historia. Abraham regresa coronado por el éxito y cargado de botín. Súbitamente, aparece ante nuestros ojos una escena tan maravillosa por lo que revela como por lo que oculta. En las páginas de las Escrituras se alza un personaje que viene envuelto en gran misterio, y ya su mismo nombre atrae nuestra atención pues lleva mensaje de Evangelio. En cuanto a dignidad terrenal, su posición es alta, ya que es rey de Salem. Por sus oficios sagrados también ocupa lugar prominente, pues es sacerdote del Dios Altísimo. Si investigásemos su linaje tropezaríamos con un velo imposible de traspasar. Sobre su vida el sol nunca sale ni se oculta. Cuando aparece, lo hace con todo su vigor, luciendo como el sol de mediodía. Tan oscuro es en su sublimidad y tan sublime en su oscuridad, que debemos preguntarnos: ¿Estamos sólo ante un hombre? A1 aparecer no trae sus manos vacías, ni sus labios guardan silencio. Reconforta al patriarca con provisiones para el camino, y a esto añade el aliento de la bendición en el nombre de Dios. El derecho a la reverencia y al homenaje pertenece a Abraham, y, no obstante, éste le entrega el diezmo de todo.
Éste es el relato que nos ha llegado. Pero las Escrituras no se detienen aquí, sino que nos enseñan que todas estas líneas son pistas que nos conducen a Jesús. En este importante personaje vemos con gran claridad las glorias del oficio de nuestro Señor. Con una frase concisa las Escrituras nos dicen que Melquisedec es “hecho semejante al Hijo de Dios” (Hebreos 7:3). Con frecuencia se anuncia que Jesús es “sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec.” Por eso la fe, que sólo subsiste mirando a Jesús, se sienta a Sus pies con gozo santo, al calor de los rayos del Evangelio.
¡Contempla a Melquisedec Sus antepasados están ocultos, con sabio propósito, a nuestra vista. También los primeros orígenes de Jesús están envueltos en nubes y oscuridad. Por generación eterna es el Hijo coeterno del Padre. Pero, ¿quién puede entender tal misterio? Es decir, que el que engendra no precede al engendrado, y el engendrado no es posterior al que actúa de padre. Esta verdad es como un océano sin límites. Quedémonos a sus orillas con mansedumbre y admirémosla. Pero no nos apuremos porque no podemos sondear lo que es insondable. E1 pináculo de esta verdad se oculta en lo profundo de los cielos, y nosotros, pobres gusanos terrenos, debemos permanecer con reverencia en torno a su base. Para conocer la esencia de Dios debemos poseer, primero, la mente de Dios. Para verle como es, debemos ser como £1 es. Para medir las dimensiones de su naturaleza, debemos poseer su infinidad, y sentarnos en su trono como amigos.
Leemos, y sabemos que Jesús es, por generación eterna, Dios de Dios, y Dios verdadero del Dios verdadero. Si bien es verdad que no podemos sumergirnos hasta lo profundo, podemos, al menos, refrescar nuestras almas en las aguas de la superficie. Porque todo esto significa que Cristo es suficiente para pactar con Dios. y para satisfacerle, salvando así a su pueblo hasta el fin. No podemos ver la cuna de Melquisedec, es cierto; pero le vemos sobre la tierra hecho ya hombre. Los testigos oculares que oyeron y tocaron a Jesús, dan testimonio de que también Él anduvo en este tabernáculo de barro, pudiendo así derramar su sangre para nuestro rescate.
En cuanto a Melquisedec, no podemos hallar ni su principio ni su fin. La investigación no nos revelará cuándo empezó o cesó de existir. Así es Jesús. Su Piedad es como un día imperecedero que se extiende de una eternidad a otra. Su ser fluye como una corriente continua. Antes de que el tiempo existiera su nombre era “Yo soy el que soy.” Cuando el tiempo concluya su nombre seguirá siendo “Yo soy el que soy.”
¿Te causa, lector, tal grandeza temblores de espanto? Tal vez te preguntes si puedes acercarte y echarte en sus brazos. No lo dudes. Mira a Jesús. Su amor es tan eterno como su ser. No ha vivido, ni nunca vivirá sin dejar de tener a su pueblo grabado en su corazón: “Con amor eterno te he amado; por tanto te prolongué mi misericordia.” Los muros de Sión se yerguen perpetuamente ante Él. Tan gran inmensidad da aliento, porque es la inmensidad de una gracia tierna.
Melquisedec. ¡Cuán grande es este nombre! Quién lo pronuncia está en realidad diciendo: Rey de justicia. Pero, ¿quién sino Jesús puede reclamar tal título en todo su significado? Porque, ¿qué es su obra, y qué su persona sino la gloria de la justicia? Desde que Adán cayó, la tierra no ha visto justicia excepto en Él. Su reino es primero justicia y luego paz (Romanos 14:17). Existe allí un trono, justamente erigido, que administra la justicia. Todos sus estatutos, preceptos y órdenes; cada decreto, cada recompensa o castigo es como un rayo de justicia. Cada súbdito aparece esplendente con los ropajes reales de la pureza, y ciñendo una corona de justicia (I1 Timoteo 4:8). Cada uno se deleita en su nueva naturaleza de justicia.
Lector, ¿no anhelas ser justo como Él también es justo? Sólo existe un camino: aférrate a Jesús. Su Espíritu matará en ti el amor al pecado, y te dará las simientes vivas de la justicia.
Melquisedec era un monarca local. Su ciudad estaba adornada con el nombre de Salem, que significa Paz. La guerra que había azotado el país no afectó a sus pacíficos ciudadanos. Y aquí tenemos de nuevo un dulce símbolo del bienaventurado reino de Jesús. Sus dominios están envueltos en una atmósfera de paz, son como un abrigo de calma imperturbable.
El cielo ha firmado la paz con los habitantes de este reino. El pecado se rebeló, y despertó la ira divina tiñendo de cólera cada atributo de Dios. Se desenvainó la espada de la venganza, y las flechas destructoras apuntaron hacia este mundo de iniquidad. Pero he aquí que viene Jesús y limpia a su rebaño de toda mancha de maldad. Él es “el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. El ojo examinador de Dios no puede hallar causa alguna de enemistad, y su sonrisa desciende sobre ese reino lavado con sangre.
También sus ciudadanos tienen paz con el cielo, porque aunque el pecado les había llenado de odie a la santidad de Dios, de temor a su brazo vengador, y aversión a su presencia, Jesús, por medio de su Espíritu, arranca ese corazón de piedra e implanta otro lleno de amor filial. Y ahora sólo se encuentra deleite en acercarse a Dios, andar a su lado, escuchar su voz y cantar sus alabanzas.
Los habitantes del reino tienen paz interior. A1 ver la cruz se aquieta toda tormenta de la conciencia, y la voz acusadora de Satán se apaga. Pueden ver a un Redentor divino que apaga con su sangre las llamas del infierno, y construye con sus méritos el palacio celestial.
No existe la paz, lector, fuera de este Salem. Pero dentro de sus muros se oye un canto de paz perfecta. Sus puertas aún están abiertas. El Príncipe de Paz está llamando. ¡Bienaventurados son los que le oyen y se apresuran para recibir el reposo que Él da!
Melquisedec ejercía las funciones más santas. Era sacerdote consagrado del Dios Altísimo. Por ser rey ocupa un lugar sobre los demás hombres; y siendo sacerdote está ante Dios continuamente. Este mismo santo oficio es el que Jesús posee, y no desdeña obra alguna que pueda servir a la Iglesia. La entrada del pecado requiere una expiación porque no hay pecador que pueda aproximarse, sin una causa que borre la culpa, a un Dios que odia el pecado. Y esta expiación sólo se puede realizar mediante la muerte de una víctima propiciatoria, y esta víctima sólo puede morir a manos de un sacrificador. Por esta razón necesitamos un sacerdote que celebre este rito sangriento, y en Jesús hallamos todo lo necesario. Por lo tanto, creyente, exclama con gozo que Cristo es tu todo.
Hay un altar; ese altar es Cristo. Ningún otro sería suficiente. Sólo Él puede sostener la víctima que ha’ de llevar los pecados del pueblo. Traen un cordero, y ese cordero es Cristo. Ningún otro posee en su sangre un mérito equiparable a la culpa del hombre. Y por ello Jesús, Dios en esencia y hombre en persona, se extiende sobre el madero maldito. Pero, ¿qué sacerdote se atreverá a acercarse a este altar sobrenatural? ¿Qué mano se alzará contra esa víctima divina? Su sola vista haría temblar a un hombre hasta consumirlo. Jesús, pues, tiene que ser el Sacerdote.
Pero, ¿puede sacrificarse a Sí mismo? Lector, la voluntad de Dios viene determinada por su naturaleza. Su corazón está lleno de amor por su pueblo. Cristo mira a Dios, y mira a su Iglesia, y da su sangre con gozo. Creyente, abre bien los ojos de la fe y contempla la obra gloriosa de tu glorioso Sumo Sacerdote. Cristo no se perdona a sí mismo para que todos aquellos que se refugien en Él puedan ser perdonados para siempre.
Pero hay que hacer notar que el Cordero ha muerto una vez para siempre. La obra del Sacerdote en la tierra ha sido concluida para siempre. Las tinieblas se han disipado. El Sacerdote ha entrado con su propia sangre en el lugar santísimo, obteniendo así eterna redención. ¿Hay aún quien se atreva a hablar de sacerdotes, altares y sacrificios en la tierra? Que teman cuidado y lo consideren. Es algo grave jugar con el lenguaje del Espíritu y con los nombres de Jesús. Lo que empieza por la ignorancia puede terminar en la muerte. En la obra del Sacerdote aquí abajo hay esta gloriosa inscripción: “Consumado es”. Y en su obra allá arriba está escrito: “Nunca cesa”. Jesús vive, y por ello su oficio vive también. Mírale, creyente, sentado a la diestra de la Majestad en las alturas. Aparece con vestiduras sacerdotales, y sobre sus hombros están los nombres del verdadero Israel, que es una prueba de que mientras su corazón palpite lo hace por ellos. La voz de Su intercesión siempre se oye y siempre triunfa. Padre, perdónalos; y son perdonados. Padre, ten misericordia de ellos; y las misericordias descienden rápidas. El incienso de Su intercesión asciende continuamente. Padre, bendícelos; y son bendecidos. Con su mano extendida recoge todas sus ofrendas de oración, alabanza y servicio. Luego las perfuma con la rica fragancia de Sus méritos. Todo lo dignifica con Su dignidad, y así nuestra pobreza se convierte en gran bienestar.
Melquisedec sale al encuentro de Abraham con pan y vino. El agotado guerrero se halla débil y muy cansado, pero esta provisión le reconforta. El Señor cuida con ternura las necesidades de Su pueblo. La maldición sobre los amonitas es terrible por no haber dado pan y agua a Israel cuando iban de camino después de salir de Egipto (Deuteronomio 23:4). Aquí tenemos otra imagen de nuestro gran Sumo Sacerdote. Con divina generosidad Cristo da todo lo que una fortaleza desgastada, un espíritu decaído o un corazón desmayado necesita. La batalla de la fe es dura; el sendero de la vida nos parece, con frecuencia, largo; pero a cada paso nos encontramos con salas de banquete abiertas con toda clase de deleites preparados. Tenemos el manjar sólido de la Palabra; las copas rebosantes de promesas; las fuentes abundantes de las ordenanzas; los símbolos, que son como el maná de la mano de Dios; y tenemos también el aliento espiritual del cuerpo que Él entregó, y la sangre que derramó. Nuestro verdadero Melquisedec nos invita para que nos acerquemos. Y mientras nos regalamos con fe vivificante, aquella voz amorosa se deja oír diciendo: “Bendito seas del Dios Altísimo”.
El patriarca, con reverencia agradecida, ofrenda el diezmo de todo. ¡Oh alma mía! ¿Qué darás tú al gran sumo Sacerdote? Dile con lenguaje de adoración: Señor, yo soy tuyo; Tú me has comprado con tu sangre; Tú me has ganado con la ternura de tu gracia; Tú me has llamado con tu voz irresistible; Tú me has subyugado con tu Espíritu. Soy tuyo. Mi alma es tuya para adorarte; mi corazón es tuyo para amarte, y mi cuerpo para servirte. Con mi lengua te alabaré, y mi vida es tuya para glorificarte. Mi eternidad es tuya para contemplarte, para seguirte, para cantar tu nombre. Pero la Eternidad ‑la Eternidad‑ es demasiado corta para que un alma redimida glorifique a Jesús, el Redentor.
LA BENDICION
LA BENDICION
Por Henry Law
“Y serán benditas en ti todas las familias de la tierra.” GÉNESIS 12:3.
Nuestro Padre celestial es amor, y la prueba es el don de su Hijo, porque Jesús es amor. La prueba es que É1 se ha dado a sí mismo. El Espíritu es amor, y la demostración está en que hace que Jesús entre en el corazón de fe.
De aquí que las Escrituras aparezcan modeladas por una mano de amor, y vienen a ser como un gran mapa que muestra las glorias del Señor a los hijos de los hombres. Cada página añade un nuevo matiz a esa imagen esplendorosa. Cada personaje parece un heraldo que precede a Jesús con una nota que aumenta en claridad. Por eso, cuando Abraham aparece de las sombras de la idolatría, se le anuncia el Evangelio instantáneamente y las buenas nuevas resuenan potentes: “En ti serán benditas todas las naciones” (Gálatas 3:8). La fe ve en Jesús el cumplimiento de esta profecía, porque ¿quién sino Él es la bendición del mundo?
Cuando el patriarca percibió la verdad desde esta altura, pudo contemplar masas incontables de seres inmortales que habían recibido esta bendición a través de las edades sin fin. “Abraham vuestro padre se gozó de que habla de ver mi día; y lo vio, y se gozó” (Juan 8:56).
¿Quisieras, lector, contemplar maravillas semejantes, y participar del mismo gozo? ¿Desearías ser bendecido en esta vida, y en la muerte, y por toda la eternidad? ¿Te gustaría vivir cada día con la sonrisa favorable de Dios, ‑reposar cada noche al amparo de sus alas, y descender al sepulcro apoyándote en su brazo, para pasar las después de la muerte y entrar en la nueva Jerusalén? Pues, toda esta bendición se halla en Cristo.
En todo momento de tu vida puedes alzar un corazón tranquilo y decir: El gran Creador es mi Padre; Jesús es mi redentor; el Espíritu es el Maestro, el Santificador: el Consolador que mora en mi; los santos en luz son Mis hermanos; los ángeles son mis fieles guardianes; mi hogar es el cielo; mi asiento es un trono de gloria, y la gloria será mi corona. Sí, toda esta bendición se halla en Cristo.
Pero sin Él no hay bendición. La mano que bendice permanecería inerte, y muda la voz que promete, a no ser por É1. Tales son los hechos como aparecen en las raíces del Evangelio de verdad.
Se podría preguntar que porqué no puede descender la bendición sobre la tierra si no es por medio de Jesús el pecado es el obstáculo que intercepta el camino. La bendición no puede entrar en el canal hasta que una fuerza superior limpie el cauce.
Pero el pecado no se limita a obstaculizar. La maldición es esta tierra en que nacemos, y, por ello, en este desierto vacío no llueve más que dolor. Hemos de ser trasladados al Edén de la Gracia para disfrutar el favor de Dios en abundancia.
Hay muchos que se pasean por esta vida sin darse cuenta de que están en el país de la miseria. Si das un valor a tu alma, examina conmigo este caso solemne. Dejemos a un lado los preceptos del mundo. Que se oculten los conceptos infantiles de nuestra endeble razón y que hable la Palabra desde su trono infalible y elevado, pues su sentencia es clara e inequívoca. Nada puede obscurecerla. He aquí la decisión del Señor: “Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas” (Gálatas 3:10). ¡Qué voz más terrible! Te incluye a ti, porque habla de “todo aquel”. Esta red envuelve a toda la humanidad. Ni las riquezas del rico ni la pobreza del pobre; ni la edad del anciano ni la juventud del adolescente; ni la cultura del sabio ni la ignorancia del iletrado serán puertas de escape. Ninguna, condición, cualidad o logro puede excusar. Todo ser nacido de mujer, en toda latitud y época, está aprisionado por esta terrible sentencia.
No obstante, esta ley sólo proclama un mandamiento: amor. Sólo requiere esto. Pero su amplitud cubre todo pensamiento, y su longanimidad abarca todo el tiempo. Ama a Dios, dice, ama al hombre con toda la intensidad de tu mente, en todo momento de tu existencia. Ama a Dios y ama al hombre de una forma perfecta, sin decaer ni detenerte.
¿Qué ocurriría si se fracasara en el empeño? Entonces el castigo es éste: “Maldito seas tú”. No queda lugar para excusas, ni lágrimas, ni penitencia, ni promesas de reforma. La desobediencia significa maldición.
No le vuelvas la espalda a este asunto. Considera en qué forma te afecta. ¿Estoy, acaso, añadiendo a la Escritura? Ciertamente no. ¿Estoy, entonces, exagerando? No. ¿Cómo podría hacer más horroroso lo que ya es infinitamente terrible? Si miras alrededor de tu celda verás que sus muros son altos y no están resquebrajados. No los puedes escalar. Parece que hacen resonar el terrible trueno: “Maldito seas tú”.
Pero, ¿en qué consiste la maldición? Es la acumulación eterna de toda la angustia que los recursos de Dios pueden aportar, y su poder infligir. Es el torrente ardiente que nace en el lago de fuego. Es dolor y angustia extremos. Es la eternidad en la suma del tormento. Es el infierno. Éste es el estado, lector, de los que no han huido de los horrores del Sinaí, y mueren sin recibir la bendición de la gracia salvadora que brota de Sión. Pero, ¿por qué te he traído a este valle tétrico? Es porque quiero que veas a Jesús “saltando sobre los montes, brincando sobre los collados” de bendición. Si bien es verdad que la ley desencadena una maldición despiadada, no es menos cierto que la bendición que en Cristo se encuentra es tan extensa y eterna como la primera. Jesús se corona con espinas para poder dar a su pueblo una corona de gloria.
Esta obra maravillosa de transacción se llevó a cabo en el huerto y en la cruz. Y para ello no negó las acusaciones, ni deseó una mitigación, ni arguyó debilidad, ni pidió clemencia. No, sino al contrario, honró y dio sublimidad a la ley en grado sumo. Con ello glorificó al mandamiento como justo, recto y bueno. Así queda demostrado, también, que la maldición es completamente merecida y debe ser sobrellevada.
Jesús clama que todo el castigo descienda, pero no sobre el pobre pecador, sino sobre Sí mismo. Se ofrece, como un sustituto, para soportarlo todo, y todo cae sobre Él. Fue hecho maldición por nosotros. La espada vengadora se hunde en su pecho; el último sorbo de la copa de ira es apurado por Él, y ni una gota queda para aquellos a quienes Él representa. Así, pues, Jesús quita toda la maldición de las manos de Dios, y se presenta como la Bendición del mundo.
Te invitaría gustosamente a que adorases conmigo a esta Bendición suprema. Pero ante tal maravilla, todo pensamiento y palabra no son más que sombras de una sombra. ¿Sería la libertad una bendición para un prisionero en cadenas; o el perdón de un rey para un traidor convicto; o los encantos de un país para el que retorna del exilio? ¿No es el alivio una bendición rara el atormentado por el dolor; o la voz de la salud para el que se debate en su enfermedad; o la vista para el ciego? ¿No es el consuelo una bendición para el desconsolado; el descanso para el agotado; el hogar para el vagabundo; el pan para el hambriento; o la paz pisa el temeroso? Pues bien, todo esto no es más que un bosquejo superficial de las bendiciones que abundan en Jesús.
Sería un placer rebuscar en las Escrituras para encontrar las repeticiones incesantes de estas gratas nuevas. Pero un breve ejemplo nos bastará: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Efesios 1:3). En estas palabras no queda nada por decir.
Examina las riquezas de la tesorería de la Gracia. El creyente puede decir que esta herencia es suya. Es imposible medir esa cadena de oro que se extiende desde una mano de Dios en el pasado hasta la otra en 1a eternidad venidera. Y, además, cada eslabón es una bendición.
Contempla el cielo estrellado. Esos orbes esplendentes sobrepasan toda belleza, y su número es incontable. El firmamento de Cristo es así. Está tachonado de bendiciones, y millones de mundos serían de menos valor que la menor de ellas. Los ojos de la fe las ven relucir; son como una constelación de perdón. “En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados. .” También euros el brillo de nuestra adopción en la familia de Dios: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. Luego está la vía ladea de la paz: “La paz os dejo, mi paz os doy…”, y el lucero del pecado destruido: “Dios, habiendo levantado a su Hijo, lo envió para que os bendijese, a fin de que cada uno se convierta de su maldad”. La justicia divina destella a su vez: “…y se le llamará: Jehová justicia nuestra”. La luz de la vida anuncia: “…y yo les doy vida eterna”. En ese firmamento se encierra toda la gloria: “La gloria que me diste yo les he dado”. Tenemos, también, la posesión de todo el bien presente y futuro: “Porque todo es vuestro… sea lo presente, sea lo por venir”. Y por último se nos da la certeza de que nada nos dañará: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”.
Tal es la gran procesión de bendiciones que el creyente contempla con calma. Pero, ¿son tuyas? Lo son si has encontrado refugio en esos brazos de Jesús que imparten bendición. Si no, ten cuidado, porque tu destino será la noche sin estrellas de la horrenda maldición.
Tal vez me esté dirigiendo a algún ministro del Señor. En ese caso debo decir que, como Jesús, estás para tropiezo y recuperación de muchos. Si quieres hacer de tu obra un ministerio de felicidad, habla a tu rebaño de Cristo. Predica a Cristo con claridad, con plenitud, sólo a Él, a tiempo y fuera de tiempo. Guíales desde el desierto maldito a los únicos pastos donde se pueden encontrar las verdaderas bendiciones.
Quizá esté hablando a un padre. Tú amas a tus hijos. Más de una vez has pedido con ojos húmedos y corazón ansioso que el Señor los bendiga. Pues bien, enséñales a Cristo. Si omites esto, cualquier otra instrucción no hará más que añadir dolor a la maldición, y preparar el camino del infierno.
Lector, tú tienes amigos que estimas como tu propia vida, y cualquier trabajo te parece ligero si con ello contribuyes a su bienestar. Recuerda que el que no es amigo del alma, es en realidad un enemigo. Para tener amistad con un alma hay que guiarla a Cristo.
Tal vez ocupes un cargo de responsabilidad y, sea en la familia o en el trabajo, hay quien depende de ti. Como es natural, tú te preocupas por su bienestar y se lo proporcionas. A su vez ellos esperan tu ayuda y tú se la brindas. Hasta aquí todo está bien. Si este mundo lo fuera todo, serías una bendición para ellos. Pero el mundo que realmente importa es el que está más allá del sepulcro. Por ello, para ser una verdadera bendición, debes atraerlos al conocimiento, fe, amor y servicio de Jesús.
Supongamos que perteneces a un nivel más humilde. En ese caso piensa que muchos de los mejores siervos del Señor eran pobres, y no obstante hicieron ricos a muchos. Posees una lengua que emite muchas palabras cada día, y cada palabra llega a algún oído y quizá a algún corazón. Debes creer que tus humildes palabras pueden ministrar gracia y bendición al servir de canales que transporten la salvación de Jesús.
Sea quien fueres no deseches estas grandes verdades, ‑el Espíritu dará testimonio a tu espíritu de que la Bendición de todos los pueblos de la tierra es, también, la bendición de tu corazón. Permanece en El, y la Bendición de Abraham, el amigo de Dios, será tuya: “Te bendeciré y engrandeceré tu nombre”.
Pero no podremos imaginar en qué consiste esa bendición hasta que oigamos Su bienvenida: “Venid benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo”.
LA COSA MÁS DIFÍCIL
LA COSA MÁS DIFÍCIL
“La cosa más difícil para cual quiera de nosotros hacer es TOTALMENTE y COMPLETAMENTE confiar y descansar en nuestro Señor Jesús para redimirnos, para santificarnos, y para hacernos aceptados con el Padre. Somos tan propensos a nuestra propia justicia y obras, que tenemos una batalla constante de intentar recordar que “el hombre en su MEJOR ESTADO es vanidad” y en sus MOMENTOS MÁS DÉBILES el Amor hacia el no diminuye, ni tampoco es él menos aceptado si él está en Cristo. Como el Hermano Don Fortner dijo “Mi relación con el Dios eterno (en Cristo) si determina lo que yo hago, pero lo que yo hago o no hago, nunca determina mi relación con mi Padre Celestial”. En la carne, ningún hombre puede complacer a Dios, es en Cristo que el Padre esta y siempre es complacido, y solamente en Cristo es que él puede Amar, aceptar, y puede estar complacido conmigo. Yo no vine a Cristo en base de mi buenas obras, ni tampoco soy sostenido en Cristo por mis buenas obras!, Miro hacia Cristo para todo lo que necesito, y miro hacia él en este día para todo lo que necesito. Cualquier mirada hacia mí, sería una depresión, pero mirando a Cristo, el autor y consumador de mi Fe, solamente me daría aliento, porque él nunca cambia. Su don de vida eterna y su llamado eficaz nunca cambia. El mandato “Volveos a mí y sed salvos” no solamente es la esperanza del pecador, pero es también la continua esperanza. Yo reconozco mis pecados pero también me regocijó en su Gracia. Yo sé mis debilidades pero descanso en su fuerzas ” O qué paz perdemos a menudo, O qué dolor innecesario llevamos” ¡todo porque no echamos nuestros pecados, nuestras almas en Cristo y NO LAS DEJAMOS ALLÍ!”
Por Pastor Henry Mahan
Traducido Por Rommel José Antonio Flores
“¿QUÉ ES UNA IGLESIA DE LA GRACIA SOBERANA?”
“¿QUÉ ES UNA IGLESIA DE LA GRACIA SOBERANA?”
Por Pastor Don Fortner
Traducido por Lasaro Flores
“Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, y en la comunión, y en el partimiento del pan, y en las oraciones”–Hechos 2:42
Por dondequiera que vaya, se me pregunta, “¿Qué es una iglesia de la gracia soberana?” La mayoría de la gente que me oye predicar, aún una vez, inmediatamente realizan que no soy asociado ni con una iglesia arminiana del libre albedrío o una congregación reformada legalista. Usualmente, también entienden muy rápido que soy un bautista, pero no como ningún otro que han conocido antes. Porque todos nos gusta de dividir a todos y a toda doctrina en una categoría o otra, la primera pregunta que se hace acercas de mi asociación de iglesia es, “¿Qué clase de iglesia pastoreas?” Cuando respondo en decir, “Una iglesia bautista de la gracia soberana,” me preguntan, “¿Qué es una iglesia de la gracia soberana?” Por lo tanto, pensé que sería de beneficio para algunos en definir la clase de iglesia que es nuestra y definir lo que quiero decir por el termino “iglesia de la gracia soberana”.
Primero, déjame enfatizar el hecho que yo no hablo por ningun otro sino que de mí mismo. Realizo que algunos han de diferir con mi definición de una iglesia local y de una iglesia de la gracia soberana. Yo no pretendo de hablar por algun otro, sino por mí mismo y de la iglesia local de la cual soy privilegiado de servir como el pastor.
Mientras nos asociamos libremente con muchas otras iglesias locales por todo el país y alrededor del mundo, no somos parte de alguna denominación o asociación eclecíastica, y no deseamos de serlo. No tenemos ninguna queja con ellos quienes escogen tales asociaciones. Nosotros simplemente perferimos, a causa de nuestro entendimiento de la Palabra de Dios, en siempre funcionar y quedarnos como una iglesia local e independiente. Como tales, estamos activamente empeñados en soportar misioneros que predican el evangelio y esfuerzos evangelísticos por todo el mundo. Ahora, permiteme definir lo que quiero decir por el termino “iglesia de la gracia soberana.”
Una iglesia de la gracia soberana es una iglesia local la cual se adherirse sólo a la Palabra de Dios como su único estandarte y regla de fe y practica. En ninguna manera nos avergonzamos en identificar nuestra doctrina, confesándola delante de los hombres, y predicándola desde los techos. No obstante, nuestra asamblea no es reglada, gobernada, o en ninguna manera obligada a cualquier credo, o confesión de fe de menos autoridad e inspiración que “así dice la Palabra de Jehová”. Habiendo dicho eso, se que muchos se oponen a ello. Pero, como dije antes, yo no pretendo de hablar por alguien más sino por mi mismo y por nuestra asamblea. Toda doctrina que predicamos, cada ordenanza que practicamos, y cada parte de nuestro culto público viene de…, no, es demandada por las declaraciones obvias y sencillas de la Sagrada Escritura. En la iglesia y en el reino de Dios no tenemos ningún derecho para inventar o aún desarrollar doctrinas y ordenanzas; ni de nuestros propios opiniones, ni de credos, confesiones, y catecismos escritos por otros hombres, no importa que tan altamente los consideramos. Por lo tanto, una iglesia de la gracia soberana de necesidad es una iglesia bautista. Otra manera de declarar esto es en decir que una iglesia Bíblica es de necesidad una iglesia bautista
Habiendo dicho que sólo la Palabra de Dios es nuestra única regla de fe y practica, soy constreñido en definir una iglesia de la gracia soberana en terminos bíblicos. No puedo hacer mejor, en el espacio de tal un artículo corto, que usar el lenguaje de Hechos 2:42, donde Dios el Espíritu Santo describe las características de la primera asamblea de creyentes después de la ascención de nuestro Señor. Allí se nos dice, “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, y en la comunión, y en el partimiento del pan, y en las oraciones.” Aquí hay cuatro cosas las cuales caracterizan una iglesia evangélica, una iglesia de la gracia soberana.
Una iglesia de la gracia soberana se adhiere firmemente a “la doctrina de los apóstoles”. Eso es decir, que creemos y predicamos incesantemente la doctrina de los apóstoles, exactamente como lo hicieron. Sin ninguna duda, la doctrina de los apóstoles incluían todas aquellas gloriosas doctrinas que honran a Dios, exaltan a Cristo, que humillan la carne, que comunmente son referidas como el Calvinismo, o Las Doctrinas de Gracia. Nadie tiene derecho al nombre cristiano, como es usado en el Nuevo Testamento, quien no cree estas doctrinas; y ningún hombre es un predicador del evangelio quien no las predica. Yo aquí no trataré de probarlas o defenderlas; pero podrá ser de beneficio para algunos que simplemente yo las declare y dar algunas referencias de las Escrituras las cuales demostrarán a cualquier lector honesto que estas doctrinas son las doctrinas de los apóstoles.
El Dios todopoderoso es absolutamente soberano en todas las cosas, especialmente en la
predestinación, y creación, y la providencia, y salvación (Romanos 8:28-30; 11:33-36).
Todo lo que viene a cabo en el tiempo era predestinado por Dios en la eternidad y es traído a pasar
por Dios por la providencia para la salvación de sus escogidos (Romanos 8:28-30; Efesios 1:11).
Dios soberanamente escogió algunos de la raza caída de Adam para vida eterna en Cristo antes que
comenzó el mundo (Efesios 1:3-6; 2 Tesalonicenses 2:13-14).
El Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, murió por, y redimió aquellos pecadores elegidos escogidos
para salvación en la eternidad y llamados á vida y la fe en él con el tiempo (Hebreos 9:12; Apocalipsis 5:9).
Dios el Espíritu Santo regenera y llama a cada pecador escogido y redimido a vida y fe en Cristo por el poder irresistible de su gracia mediante la predicación del evangelio (Romanos 1:16-17; 10:13-17; 1 Corintios 1:21-23; Santiago 1:18; 1 Pet. 23-25).
Cada pecador nacido de nuevo por la gracia irresistible, soberana, y libre de Dios es guardado en vida y fe en Cristo por esa misma gracia para la gloria eterna, siendo sellado en Cristo por el Espíritu Santo (Efesios 1:13-14).
Todos quienes son nacidos de Dios, siendo redimidos por Cristo, son libres enteramente y para siempre de la ley (Romanos 6:14-15; 7:4; 10:4).
No obstante, hay mucho, mucho más para una iglesia evangélica de la gracia soberana que adherirse a estos puntos de la doctrina ortodoxo. Nosotros sostenemos, y adoramos, y predicamos estas doctrinas como las obras, y la gracia, y las bendiciones de Dios en Cristo. Nosotros reconocemos que el evangelio no es una teoría, sino una persona; y esa persona es nuestro todo glorioso Salvador, el Señor Jesucristo. En predicar la Palabra de Dios es predicar el evangelio (1 Pedro 1:25); y en predicar el evangelio es predicar a Cristo (Hechos 20:17; 1 Corintios 2:2). Esto es lo que es de perseverar en la doctrina de los apóstoles. Te doy un reto de leer el Libro de los Hechos en una sentada. Marca cada vez de las treinta y siete veces las palabras “predicar”, y “predicando”, y “predicó” se usan. Hallarás que cada vez el tema es Cristo. Por lo tanto, no puede ser considerado predicación del evangelio, predicación apostólico, o predicación Bíblica, aquello que no tiene a Cristo como su tema.
Una iglesia de la gracia soberana es un compañerismo de creyentes unidos á Cristo e unidos unos á otro en Cristo. Es más que un grupo de gente con sus nombres en el mismo registro de la iglesia. Es un compañerismo de creyentes cometidos unos á otro, cometidos al adelantamiento del evangelio, cometidos á la gloria de Dios y la voluntad de Dios, y cometidos á la edificación del reino y la iglesia de Dios, la salvación de los elegidos de Dios, porque son cometidos á Cristo. El “compañerismo” es mucho más que juntarse juntos y pasar un buen tiempo. El “compañerismo”, como la palabra es usada en Hechos 2:42, es un entrego de unos á otro. Es tal en entrego total que causó aquellos creyentes primitivos en tener todas sus posesiones en común, nadie considerando que las cosas que poseíyan eran propias. ¡No es una maravilla que Dios los uso tan grandemente!
Una iglesia de la gracia soberana es una iglesia la cual vive en memoria y en la expectación del Señor Jesucristo. Cada vez que la iglesis en el Libro de los Hechos se reunía, ellos observaban la Cena del Señor. Ellos comían el pan sin levadura y bebían el vino en memoria de la incarnación, y la obediencia, y de la muerte del Substituto de ellos, y en expectación de su regreso prometido. En todo caso, la observancia constante de esta ordenanza bendita era mucho más que un rito religioso para ellos. Aquellos santos observaban la ordenanza como una representación de la actitud de sus corazones en cúanto á estas cosas. Una iglesia evangélica de la gracia soberana es una iglesia cuya misma existencia es la memoria y la expectación de Cristo.
Una iglesia de la gracia soberana es una iglesia de adoración. Hay muchos que siempre parecen vivir en el pasado. Ellos pelean las batallas del pasado. Ellos sostienen los credos del pasado. Ellos se glorían en los avivamientos del pasado. Nosotros vivimos en, y ministramos á, y servimos lo presente por la oración, eso es decir, en la adoración de Dios el Salvador nuestro. Una iglesia evangélica de la gracia soberana es una iglesia de adoradores, una congregación de hombres y mujeres quienes continúan “en las oraciones”, quienes continúan en la adoración de Dios. Quiero decir con eso que ellos adoran á Dios “según el debido órden” prescribido en la Palabra de Dios, como se relata á todos los asuntos de la adoración pública. Á lo menos, también quiero decir (y Hechos 2 me respalda) que los santos de Dios le adoraban de continúo. Cuando una iglesia evangélica de la gracia soberana se asambléa en el Día del Señor, la gente está haciendo públicamente lo que hacen cada día de sus vidas – ADORANDO Á CRISTO. Cuando te encuentres tal iglesia, si eres un creyente, únete con ella. Dedicate á ella. Gasta tu vida y las energías de tu vida edificándola para la gloria de Cristo y el bien eterno de tu propia alma. Ningún valor puede ser puesto sobre tal privilegio. Ningún costo puede ser comparado á ello.
Concluyo este breve artículo con la oración que pueda ser de beneficio por la bendición de Dios á todos quienes lo leen, y en recordarles que LA BENDICIÓN Y PRIVILEGIO MÁS GRANDE EN ESTE MUNDO ES EL PRIVILEGIO Y LA BENDICIÓN DE SER PARTE DE UNA IGLESIA EVANGÉLICA DE LA GRACIA SOBERANA DE LA CUAL SE PUEDE DECIR VERDADERAMENTE – “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, y en la comunión, y en el partimiento del pan, y en las oraciones”.
La Oración de Rick Warren..Lo bueno, lo malo y lo feo
La Oración de Rick Warren…Lo bueno, lo malo y lo feo
Por Pablo Santomauro
La oración invocatoria de Rick Warren en ocasión de la inauguración presidencial fue bastante interesante. A continuación pasamos a examinarla desde la perspectiva bíblico-cristiana.Lo bueno
Fue reconfortante ver cómo en la apertura de la invocación Warren se dirigió al Dios Todopoderoso de la Biblia, específicamente citando la shemá judía de Deuteronomio 6:4.
Lo malo
Inmediatamente luego de citar la shemá, y en el mismo pensamiento, Warren dijo: “Tú eres el compasivo y el misericordioso”. Estos dos adjetivos o títulos son los mismos que aparecen en el Corán con referencia a Alá comenzando en el primer verso y a través de todo el libro. ¿Casualidad o inclusivismo?
Lo feo
Warren concluye la apertura de su oración diciendo “y tú (Dios) amas a todos los que has creado”. Como no pretendo hacer un análisis teológico profundo, sólo deseo señalar que lo dicho por Warren es altamente discutible, sobre todo sabiendo que Dios preparó vasos de ira para destrucción (Ro. 9:22). En otras palabras, “Dios no le ama y tiene un plan horrible para su vida”. Warren, por otra parte, propone la idea de que somos tan adorables que Dios no pudo resistir la tentación de crearnos. En una palabra, mala teología.
Lo bueno
Warren expresó que los americanos “se gozan hoy en una transmisión de mando pacífica por cuadragésima cuarta vez”. Sin duda estamos de acuerdo con Warren, lo que vimos el 20 de enero fue democracia en acción al mejor nivel.
Lo malo
Warren continuó diciendo, “Estamos agradecidos de vivir en esta tierra donde el hijo de un inmigrante africano puede ascender hasta el más alto rango de autoridad”. Warren también señaló que ésta es una nación de oportunidades inigualables. Esto es verdad, pero no vemos con agrado que Warren haya usado una variante del “naipe racial”, no había necesidad de ello ni de abrir viejas heridas. Por este tipo de cosas es que cualquiera que critique al Presidente Obama, aun legítimamente, será considerado racista.
Lo feo
Warren finaliza el pensamiento anterior diciendo: “Y sabemos que hoy, el Dr. King y una gran nube de testigos están celebrando en el cielo”. ¿Perdón? ¿El pueblo acaba de elegir un presidente pro-aborto y pro-homosexual y hay fiesta en los cielos? Feo, Rick. Pero peor fue la mención del Dr. King en el cielo. Es cierto que su estatura como líder de los derechos civiles es inigualable, pero en materia de doctrina negó, entre otras cosas, la Trinidad, el nacimiento virginal, la Segunda Venida de Cristo, y la infalibilidad de las Escrituras. Saque usted la cuenta, amigo lector.
Lo bueno
Warren oró porque Dios le dé a Barack Obama la sabiduría para liderar la nación con humildad, el coraje para liderar con integridad, y la compasión para hacerlo con generosidad. Pidió protección para el presidente y su familia, el vicepresidente y su gabinete.
Lo malo
Warren oró: “Ayúdanos, oh Dios, a recordar que somos americanos, no unidos por raza, religión o sangre, sino por nuestro compromiso por la libertad y justicia para todos”. Puse esto en la categoría de malo porque se trata de mala teología. La Biblia dice que todos los hombres somos de una sola sangre (Hch. 17:26). ¿Acaso algunos somos de otro planeta?
Lo feo
Warren pidió que Dios nos perdonara cuando no tratamos a los seres humanos “y a toda la Tierra con el respeto que merecen”. Warren aquí dobla rodillas para complacer a los fanáticos de la ecología. ¿No hubiera sido mucho mejor que hubiera pedido perdón en nombre de los americanos por no “respetar” la Palabra de Dios? Se me ocurre, nomás.
Lo bueno
Aplausos de pie para Rick Warren porque hizo algo que muchos no pensaron que haría, nombrar a Jesús. Sobre el final de la oración Warren dijo que pedía todas las cosas “en el nombre de aquel que cambió mi vida”, Yeshua, Isa, Jesus, Jesús (este último en español).
Lo malo
Nombrar a Jesús y describirlo como “aquel que cambió mi vida”, no hace justicia a la persona, deidad, y majestad de Jesús. Un maestro de escuela, un amigo fiel, o Alcohólicos Anónimos también pueden cambiar la vida de alguien. Warren no se animó a decir “Jesucristo”, o “Cristo Jesús”, hubiera sido muy comprometedor y él no quiere perder popularidad. La tibieza es protectora.
Lo feo
En su afán inclusivista y aplacador, incluyó entre los nombres de Jesús a Isa, el nombre usado en el Corán para Jesús. Claro que Isa en el Corán fue sólo un profeta de Alá que no murió en la cruz sino que fue arrebatado al cielo como en una especie de rapto. Fue, además, muy inferior a Mahoma. Pero el problema mayor es que Isa no fue nunca el nombre de Jesús. Ni siquiera los cristianos árabes lo usan, ellos le llaman Yesou, no Isa.
Evaluación
Es difícil explicarse por qué un líder cristiano decide participar con una oración en la toma de mando de un hombre que ha prometido apoyar toda iniciativa destinada a promover el aborto. Obama ha prometido crear el Acta de Libertad de Elección, la cual decretará como ilegal hasta los esfuerzos pacíficos con la finalidad de persuadir a las madres de no abortar a sus hijos. ¿No hubiera sido mejor confrontarlo en su maldad, Rick? Mucho me temo que Warren hasta hubiera orado en la ceremonia de coronación del rey Herodes, el que ordenó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén. Pastor Rick Warren, el mal se debe confrontar. Hubiera sido mejor rechazar la invitación, como se lo pidieron muchos líderes cristianos, pero usted no puede estar lejos de los aplausos.
EL ARCO EN LAS NUBES
EL ARCO EN LAS NUBES
Por Henry Law
“Mi arco he puesto en las nubes…” GÉNESIS 9:13.
El arco iris posee una belleza que todo ojo puede percibir. La tierra se alegra cuando recibe su visita avivadora desde los obscuros ventanales de la tormenta, y sus suaves matices anuncian que las tinieblas han pasado. Llega hasta las nubes, como el hermoso heraldo de la claridad que retorna. Su forma noble, y la variedad y distinción de sus colores, sobrepasan toda alabanza. Con admiración debemos confesar que ensalza dignamente a su poderoso Hacedor.
Tales deleites nos hacen bien. Dios ha escrito el libro de la naturaleza, y cada línea debiera ser una lección santificante. El espíritu iluminado canta: “Grandes son las obras de Jehová, buscadas de todos los que las quieren.”
Pero la luz brillante del arco iris va más allá de enseñar que Dios planea con sabiduría y actúa con gran potencia. Para comprender su significado especial debemos considerar su origen.
Retrocedamos, pues, y recordemos aquella primera ocasión en que despertó el agradecimiento de Noé.
Por fin podía poner los pies otra vez en tierra firme, pero el ruido de aquellos torrentes desbordados resonaba aún en sus oídos, y su vista seguía percibiendo la extensa desolación del paisaje. ¿Volvería a suceder de nuevo? Cada nube parecía amenazar al mundo con una catástrofe final. Cada gota podía abrir las compuertas de otro diluvio. Sí, su pecho albergaba tales temores, y el miedo atormenta.
Dejemos al meditabundo patriarca y fijémonos en nuestro Dios. Su ternura, piedad y compasión son gloriosos; guarda a Su pueblo con gran celo. Su misericordioso deseo es que éste repose con paz perfecta, y nos invita a que bebamos de las aguas tranquilas de un amor fiel. Su deseo es que cada soplo de la brisa nos traiga renovado gozo, y que cada sombra nos cubra con su ala protectora.
Pero, ¿cómo calmará el Señor la temblorosa ansiedad de Noé? Una palabra, una promesa del cielo, bastaría. Pero Dios multiplica, no sólo el perdón, sino también la seguridad. Cuando Su palabra brota, lo hace con un sello permanente y revelador. Por ello hace surgir una nueva maravilla de aquellas nubes llorosas‑ Es un chorro sonriente que asegura a la tierra que las aguas ya no tienen autoridad para destruir.
¿Qué es esta maravilla? Es un arco brillante y alegre que abraza el firmamento. En ese pergamino de luces multicolores se puede leer: Las tormentas descargarán adelante fertilidad. Se desencadenarán, no para herir, sino para bendecir.
¿Cómo se ha formado esta maravilla? Las obras de Jehová son sublimes por su simplicidad. EL sol observa desde atrás, y sus rayos entran en las gotas que descienden de las nubes. Luego llegan al ojo divididos en muchos colores que han dibujado un arco sobre un fondo iluminado. El cielo seca las lágrimas de la tierra, y su bóveda parece repetir el grato himno: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” Por lo tanto, el arco es mucho más que una evidencia del poder y habilidad de Dios. Es el sello reluciente del brazo protector de Dios. Es la marca dorada con que ratifica el pacto: “… y no habrá más diluvio de aguas para destruir toda carne.”
Pero la fe mira más allá. Siempre procura percibir la imagen de su amado Señor porque ha aprendido la gran lección de que toda la naturaleza refleja la belleza y gloria de jesús. También ha leído el testimonio que afirma que Él es la “luz verdadera”, y “el verdadero pan”, y “la vid verdadera”. Por esta razón pregunta con prontitud: ¿No es Él, entonces, el “testigo fiel en el cielo?” Mientras la fe espera para oír la música evangélica del arco iris, resuenan claramente estas palabras: “Por un breve momento te abandoné, pero te recogeré con grandes misericordias. Con un poco de ira escondí mi rostro de ti por un momento; pero con misericordia eterna tendré compasión de ti, dijo Jehová tu Redentor. Porque esto me será como en los días de Noé, cuando juré que nunca más las aguas de Noé pasarían sobre la tierra; así he jurado que no me enojaré contra ti, ni te reñiré. Porque los montes se moverán, y los collados temblarán, pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de paz se quebrantará, dijo Jehová, el que tiene misericordia de ti” (Isaías 54:7‑10).
Aquí está revelada la gran profundidad del amor de Dios. Del mismo modo que el diluvio cubrió los picos de las más altas colinas, así también esta certeza anega los pináculos de la vacilación y la duda. El pacto de Noé queda así contrastado con el pacto de Jesús. El Dios que promete detener las aguas representa al Dios que ha jurado salvación hasta el fin. La tierra a salvo de ser destruida por las aguas es la Iglesia libre de toda ira. Pero si la Seguridad de la primera estaba impresa en el firmamento, la de la segunda está en un sello de perpetuidad indeleble: Jesús exaltado en la gloria celestial. Y cuando la fe ve cl arco en las nubes, adora al Salvador que está sentado a la diestra de Dios.
Pero esto no es todo. El mismo arco que brilla alegre en las primeras páginas de la Biblia, continúa con el mismo fulgor hasta el fin. En el Apocalipsis leemos que Juan cataba en el Espíritu. Vio ante él una puerta abierta en el cielo y, he aquí, había un trono establecido en él. ¿Y qué es lo que lo rodeaba? En Apocalipsis 4:3 leemos que era un arco iris. Al proseguir la visión, también vio descender del cielo a un ángel fuerte, envuelto en una nube, con el arco iris sobre su cabeza (Apocalipsis 10:1). Vemos así que en la plenitud del Evangelio se sigue eligiendo al arco iris como emblema de la gracia y la verdad que vinieron por Jesucristo.
¿Cómo podremos agradecer bastante esta perla añadida a nuestra ya repleta diadema de consolaciones? Ahora, podemos buscar nuestro arco iris en las tormentas amenazadoras. No siempre es visible en el mundo natural, pero siempre brilla en el mundo de la gracia. Cuando nubes negrísimas se ciernen sobre nosotros, el Sol de Justicia, que no está, oculto ni eclipsado, envía su sonrisa, convirtiendo las gotas en un arco iris de paz.
Ilustremos esto con algunos ejemplos de la vida diaria. En nuestro viajar por este desierto, el horizonte se obscurece, con frecuencia, con tempestades chales la acusación de la conciencia, ausencia de paz, dudas alarmantes, y dificultades y problemas aplastantes. Pero detrás de esta cortina tenebrosa el arco iris irradia con todo su poder.
¡Qué triste es el día en que la conciencia empieza a descargar sus golpes despiadados! Los espectros de los pecados cometidos se alzan ante nosotros. Una triste procesión de iniquidades pasadas salen de sus tumbas y nos aterrorizan con sus formas imprecisas, y anuncian que la muerte eterna es su salario. Tan grande es el temor que nos parece que la luz de la vida ya no existe. ¿Puede haber esperanza cuando los pecados han sido tantos, y tan hirientes, y cometidos con pleno conocimiento? ¿Puede haber esperanza después de tan tierno perdón y curación tan misericordiosa? ¡Cómo aturde el rugido de esta tempestad! Pero en medio de ella la fe mira hacia arriba y ve a Jesús, con los brazos extendidos, ante el trono de Dios. Hay un arco iris sobre su cabeza, y sus brillantes colores parecen escribir: “Padre, perdónalos.” “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.” La oscuridad desaparece y el gozo retorna.
La ausencia de paz también es una nube cargada. El sendero del creyente está lleno de angustias espirituales. Si hoy descansa con gozo en las laderas soleadas del Evangelio, mañana se aterroriza ante los truenos del Sinaí. David se sienta hoy en el primer lugar del banquete real, pero mañana será un fugitivo en la cueva de Adullam. La iglesia se regocija ahora en la voz del Amado que llama diciendo: “Ábreme.” Pero pronto se lamenta exclamando: “Búsquelo y no lo hallé.” No puedo detenerme a investigar las causas de estas anomalías, pero, con toda certeza, la culpa está en nuestro corazón. La paz muge si se es indulgente con el pecado. La comunión celestial se interrumpe cuando se descuidan los medios santificantes.
Sin embargo, el arco iris de esperanza que corona la cabeza del Redentor aparece de repente en esas horas áridas, y con letras de luz de verdad proclama: “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.” “Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos. Nunca te dejaré ni te abandonaré.” Una vez más las tinieblas se desvanecen y la claridad del gozo retorna. Los problemas se nos presentan, con frecuencia, como una masa de nubes. El peregrino quisiera subir al monte de Sión, pero a ambos lados se alzan rocas inescalables; el mar se extiende delante y los egipcios acosan por detrás. Como aquellos leprosos de Samaria, exclama: “Si tratáremos de entrar en la ciudad, por el hambre que hay en la ciudad moriremos en ella; y si nos quedamos aquí, también moriremos” (II Reyes 7:4). Cree encontrarse en la misma angustia de David, a quien el enemigo había dejado amargado y los amigos querían apedrear (I Samuel 30:6). Pero mira a Jesús, y el Arco resplandece. “El testigo fiel y verdadero” te anima a continuar, diciendo: “Éste es el camino, andad por él.” “Te haré entender y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos.”
También las cargas y las dificultades nos oprimen a menudo y el creyente parece hundirse bajo su peso. También Moisés senda esto cuando dijo: “¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel?” Pero en esta nube había un arco que brilló con esta promesa: “Ve, porque yo estaré contigo.” Y Moisés fue y triunfó. Las mujeres que fueron al sepulcro caminaban preocupadas diciendo entre sí: “Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?” Avanzando con una esperanza infundada vieron brillar el arco iris de aquella nube hallando que la piedra ya no estaba. Pablo tembló cuando tuvo que aparecer solo ante el tirano y su corte. Pero también allí había un arco que le fortaleció: “En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon… Pero el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas… Así fui librado de la boca del león.”
Creyente, ¿no te ha llamado Dios, como a Noé, para que entres en el arca de salvación? Si es así, como Noé, puedes también entrever el arco iris en todas tus pruebas y desalientos. Avanza sin desmayar, confiando en el pacto de gracia, porque nada puede separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús. Si crees que las aguas ya no pueden volver a destruir la tierra, debes creer también que ni Satán ni el pecado pueden arrastrarte a la perdición. Tu “vida está escondida con Cristo en Dios”. El Dios eterno es el bastión que te protege, y Cristo te rodea con sus brazos. En tanto que Dios sea Dios, y más poderoso que Satán, estás a salvo. En tanto que Cristo sea el Cristo todo suficiente para redimir, estás a salvo. Satán no puede arrancar el arco de las nubes; no puede tocar el trono de Jesús.
¿Acaso no alaban la belleza del arco iris los que no se han refugiado en el arca protectora? Por desgracia, para tales, el arco iris no es un heraldo de paz. Es cierto que anuncia que Dios es amor y verdad, pero un amor rechazado no es buen amigo, y una verdad despreciada es un enemigo despiadado. Cuando el cielo se oscurezca que se echen a temblar, porque la Verdad dice: “Sobre los malos hará llover calamidades; fuego, azufre y viento abrasador…” Que tiemblen cuando el arco brille dulcemente, porque anuncia que Dios lo ha colocado como prueba de que su palabra es inquebrantable.
Estas líneas, creyente, son para guiarte a mirar hacia arriba, y también hacia adelante. Aquí en la tierra no hay arco iris sin nubes o tempestades. Aquí sólo vemos a Jesús con los ojos de la fe, con símbolos, fuentes escritos y los medios de la gracia. Pero muy pronto veremos, el resplandor sereno del arco iris de su gloria. Y mientras lo contemplamos, brillaremos como brilla, y seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como Él es (I de Juan 3:2).
EL OLOR GRATO
EL OLOR GRATO
Por Henry Law
“Y percibió Jehová olor grato.” GÉNESIS 8:21.
Lector, ¿no desearías que tu alma fuese acepta ante el trono de la gracia? Quizá contestes: Tal bendición es inalcanzable. ¿Cómo puede alcanzar tal favor una criatura tan insignificante, un pecador tan vil?
¡Bendito sea Dios! Hay una puerta disponible. Acércate apoyado con fe en el brazo de Jesús; revestido, por fe, en su justicia; amparándote, por fe, en los méritos de su sangre, y entrarás envuelto en cantos de bienvenida. Los cielos se regocijarán por tu causa con alegría indescriptible.
La Biblia parece escrita con el objeto de guiarnos, por un camino eterno, al reposo que Dios ofrece. Por eso, en sus páginas, vemos cómo las doradas puertas se abren cuando manos como las nuestras las tocan. Abel se acerca con el cordero requerido y no hay hosquedad que le repela. “Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda.” Noé fue con la misma llave y no encontró peros que le obstruyeran. Su culto consistió en aquel incienso de gratitud. “Y percibió Jehová olor grato.”
Así fue y siempre será. Hay tan preciosa y potente virtud en la muerte de Jesús, que Dios no la puede resistir. Cuando un pobre pecador la presenta, resuena un nuevo coro en los himnos de lo alto: “Otra vez dijeron: ¡Aleluya!”
¡Cuán importante es que veamos esta verdad con toda claridad! De aquí que el Espíritu relate que cuando Noé vertió la sangre, que representaba a Cristo, Jehová percibió olor grato. Al ser inmolado el Cordero una fuerte fragancia inundó el cielo.
¡Oh, alma mía! Gratas nuevas son éstas, pues muestran el argumento irresistible con que podemos obtener el perdón y toda la gracia necesaria. Aún cuando hubiéramos tratado de explicar esta lección con gran profusión de pruebas y razonamientos, tan solo se hubiera conseguido elaborar un exiguo bosquejo. Pero el Espíritu simplemente afirma: “Y percibió Jehová olor grato”.
Con una sola mirada lo comprendemos todo. Al alzarse la cruz, nubes de aroma de victoria traspasan el firmamento.
Esta imagen es una joya valiosa del tesoro bíblico porque habla en el lenguaje de todas las clases en todas las épocas y en todos los lugares. Fue ella como una luz para los piadosos peregrinos de los tiempos patriarcales. Después de muchos siglos continúa siendo una luz para nosotros mismos. Reavivó a nuestros hermanos de la antigüedad y reavivará al último santo. Desciende a la humildad de la más sencilla morada, pero se remonta también por encima del intelecto más elevado. “Y percibió Jehová olor grato.” Todos leen y entienden por igual que Jehová halla su reposo en Jesús quedando su divinidad satisfecha.
Del mismo modo que toda la luz está en un orbe, así también todo el Evangelio de la reconciliación se encuentra en esa frase. Los hijos de Israel aprendieron, en la penumbra de sus ritos, la plenitud de la obra de Cristo. El derramamiento de sangre proclamaba un perdón completo. Pero para darles una certeza más grande aún, se agitaba, sobre cada víctima, este ramo de olivo: “…y el sacerdote hará arder todo sobre el altar; holocausto es, ofrenda encendida de olor grato para Jehová” (Levítico 1:9).
Y cuando el gran apóstol ensalza la cruz, usa el mismo emblema para demostrar su poder: “…Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Efesios 5:2). Éste es el cristal de aumento con el que vemos que la muerte de Jesús es el jardín que emana los perfumes más suaves para Dios. Aquel solo sacrificio exhala una fragancia eterna e ilimitada.
Acerquémonos más y veamos el deleite infinito de Dios. Cuando contemplamos a Dios en su majestad, podemos ver sobre su cabeza las incontables coronas de su pura y santa excelencia. Todas ellas brillan armoniosamente con gloria infinita e inmutable. Son inseparables y no pueden existir solas. Están unidas con lazos que sólo Dios podía atar, y que Dios nunca deshará. Siendo así, se podría preguntar: ¿Cómo, entonces, pueden todas ellas contribuir para hacer que un pecador participe del trono del Eterno?
Que hable, primero, la justicia. Sus reclamaciones nos llenan de terror. Tiene derecho a exigir una obediencia ininterrumpida durante toda la vida. Cada pensamiento que se desvía del amor perfecto, incurre en una deuda infinita. En su mano lleva un rollo escrito, contra nosotros, por dentro y por fuera. Si se relajara equivaldría a tolerar el mal, y Dios cesaría de ser Dios. Por lo tanto, clama con insistencia: Paga lo que debes. Pero ¿cómo podrá pagar el que no posee nada sino su propio pecado? Contempla la cruz. Allí pagó Jesús con su muerte, y no hay lengua que pueda expresar su valor. La Justicia sostiene la balanza, que chirría con el peso de tanta iniquidad. Pero aquel sacrificio colma, con creces, la diferencia. La justicia se regocija ahora, porque ha sido infinitamente honrada, pues, aunque toda la raza humana hubiese sido precipitada en la celda del tormento y allí se hubiese retorcido eternamente pagando el castigo infernal, con todo la deuda no se hubiera cancelado. Pero muere Jesús y la justicia queda, de inmediato, coronada con satisfacción eterna.
Un ejemplo de la vida diaria, aunque sólo refleja la verdad en parte, pudiera ayudarnos a verlo más claro. Cierto hombre tiene una deuda que asciende a miles. Sus medios sólo le permiten pagar un céntimo cada día. El acreedor manda arrestarlo y empieza a cobrar el débito diario. Pasan los años pero la cantidad apenas decrece, pues el quitar un grano de arena cada día nunca extinguirá las arenas del océano. Pero, hete aquí, un hombre rico viene y, con un solo pago, cancela la deuda. La acusación se retira; el prisionero sale libre; y el acreedor se regocija con el pago, que es una ganancia inesperada. Del mismo modo, la copa de expiación que 1a justicia recibe en la cruz está tan llena que no puede contener más. La justicia se goza con la dulzura de su sabor.
Considera las maravillas que así se obran: La Justicia descansa su espada vengadora y se envuelve en sonrisa de amor aprobatorio. Cesa de ser el adversario que exige la condena, y se transforma en abogado que, insistente, pide la absolución. El mismo principio que con tanta rigidez demanda la muerte por cada pecado, se niega, con igual rigidez, a recibir el pago dos veces. Aférrate, pues, a la cruz. La Justicia establece allí, con petición poderosa, tu derecho al cielo.
Veamos ahora el dulce sabor que desprende la Verdad de Dios. Si la justicia es inflexible, también lo es la Verdad. Su sí es sí; su no es no. Cuando habla, su palabra debe cumplirse. Los cielos y la tierra pasarán, pero ella no puede retroceder. Su voz ya se ha dejado oír anunciando la ira eterna que cada pecado provoca. Por ello ha cerrado las puertas del cielo con barras de duro diamante. Lágrimas, penitencias y súplicas son en vano. La Verdad sería falsa si el pecado escapase impune. Pero Jesús viene a beber la copa de venganza; cada amenaza recae sobre ÉI. La Verdad no necesita más. Bate sus alas con gozo, y veloz vuela al cielo para anunciar que ni una palabra ha dejado de cumplirse.
Tomemos otro ejemplo imperfecto. Un rey proclama un edicto y declara bajo juramento que la desobediencia será seguida por la muerte.
Un súbdito se rebela y es hallado culpable. Se impone la ejecución. Si el rey vacilase ahora, ¿dónde pararían su fidelidad y la majestad de su imperio? Pero imaginemos que el hijo del rey se ofrece para sufrir la pena en lugar del ofensor. De este modo la ley sería honrada, el edicto no se violaría, y el orden se gozaría, a la par que el culpable seguiría viviendo. Así también, cuando Jesús sufre, la Verdad se reviste de honor y percibe el aroma suave de la satisfacción.
Gózate en la cruz, creyente. La misma ley que había forjado tan fuertes cadenas, halla que, sólo allí, puede acceder a hacer de tu vida su morada. Ahora demanda tu salvación porque no tiene nada contra ti sino, por el contrario, todo te lo ofrece con la promesa… “para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”
Debo añadir que Jesús es olor grato a la Santidad de Dios. Este atributo es la planta sensitiva del cielo que se retrae ante la presencia del pecado. No puede resistir la impureza y sólo acepta una rectitud inmaculada. Sólo respira donde todo es puro. Pues bien, en la cruz sucede algo maravilloso que hace vibrar de gozo cada fibra del corazón. Brota de ella una corriente que limpia toda culpa hasta hacerla desaparecer. Y esto no es todo. Cuando el pecador la contempla, su pasión por el pecado se marchita, y florece el amor de Dios. Por ello, la cruz presenta a la Santidad… “una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante.”
¿Quisieras, lector, obtener un salvoconducto y aptitud para el cielo? Mora junto a la cruz. Allí adquirirás el derecho de heredar el cielo y la libertad de gozar.
¿Quisierais, ministros de Cristo, debilitar el poder de Satanás? Predicad la cruz. Sólo morirán al pecado los que mueran primero, en Cristo, a su castigo. La única fuerza santificante es la fe en Cristo.
También la Misericordia inhala dulce aroma. La Misericordia llora al contemplar la miseria humana. Se aflige ante la aflicción. Prueba la gota más amarga de la copa de dolor. Pero su triunfo es grande cuando se evita la angustia, cuando se perdona al culpable, cuando se rescata al que perece. ¡Cuán intenso es su gozo cuando ve la inmensa multitud que ha sido arrancada de la amarguísima agonía, y llevada a la gloria celestial! Su deleite se desborda al oír las voces de los que cantan las victorias del Cordero, y al entender que esta adoración resonará con melodía más potente a través de las edades sin fin. Pero sólo en la cruz puede la misericordia erguir la cabeza en triunfo.
Con dolor me doy cuenta de que muchos hijos del pecado tiene una vaga esperanza de hallar misericordia sin haber hallado a Cristo. ¡Oh, si pudiesen comprender a tiempo que la misericordia de Dios nunca se aleja del Calvario!
Confío, lector, que ahora podrás ver con claridad en qué forma todos estos atributos cantan, se gozan, dan gracias y gloria por ese Jesús que da satisfacción por todo. Su incienso asciende y el cielo se extasía con su perfume. Por eso el Padre presenta al Hijo diciendo feliz: “He aquí… mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento”. Y también: “Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”.
Lector, ¿piensas igual? ¿Es el gozo del cielo tu propio gozo? ¿Es su frescor el frescor de tu corazón, y su perfume el perfume de tu espíritu? ¿Se recrean y reposan todas tus facultades en Jesús? ¿Es Él tu paraíso de las más bellas flores y fragantes especies?
Créeme, todo dulce aroma está en Él. Créeme, fuera de Él no existe aroma de dulzura. El mundo es un desierto impuro. El vapor de su maldad es corrupción y podredumbre. Apártate de sus espinos. Ven y paséate por las verdes alamedas del Evangelio, y participa de sus delicias abundantes. Los redimidos cantan por los caminos del Señor: “Su nombre es como óleo derramado.” “Es la rosa de Sarón.” “Mi amado es para mí un manojito de mirra.” “Él es como un racimo de flores de alheña.”
«Mirra, áloe y casia exhalan todos tus vestidos.” Si, Él es el olor grato que nunca se desvanece.
¿Y quién puede oír esto y persistir en una vida sin Cristo? Te suplico, hijo del pecado, que hagas una pausa. Sin Cristo estás bajo maldición; tus méritos son trapos sucios; tu oración es abominación; tu alabanza un insulto; tu servicio una burla. Cada día te lleva un paso más lejos de Dios, y tu muerte será tu caída en el infierno. Dime, ¿no es mucho mejor ser olor grato de Cristo para Dios? ¡Piénsalo! Una vida con el perfume de Cristo será como una fragancia eterna en el reino de luz. Pero una vida que despide el olor de las corrupciones terrenas se convierte por fin en el humo aborrecible del sepulcro de las tinieblas.



