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Archive for diciembre, 2008

29
dic

LA VESTIMENTA DE LOS CULPABLES

LA VESTIMENTA DE LOS CULPABLES

Por Henry Law

“Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túni­cas de pieles, y los vistió.” GÉNESIS 3:21.

Existe un Dios y un acceso hasta su sonrisa. Existe un cielo y una puerta para llegar a él. El Salvador que h tibia de venir, y que ya vino, son un solo Cristo. La fe de Abel y la de Juan el Bautista miraban al mismo Cris­to. No predicó Noé una justificación y Pablo otra. Los patriarcas no se regocijaron en una esperanza y los após­toles en otra. Desde el principio al fin, todos los peregri­nos del Monte Sión se apoyaron en un mismo brazo. To­dos los viajeros que cruzan el mar de la vida, camino del descanso eterno, son guiados por la misma brújula.

Cuán importante es, pues, para nosotros pensar lo siguiente: ¿Hemos escapado de los múltiples caminos tor­tuosos que llevan a la destrucción? ¿Viajamos seguros por la única vereda que conduce a la vida?

Cristo Jesús es este único camino.

Los rayos de su amor redentor brillaron tan pronto como hubo un pecador que iluminar. El jardín del Edén fue testigo del sombrío espectáculo de la inocencia des­truida; pero fue también testigo de algo más que la mera inocencia restaurada. Los padres de nuestra raza no fue­ron expulsados al salvaje desierto de la tierra sin una pro­mesa alentadora, sin un fuerte consuelo, sin una preciosa perspectiva y sin una imagen clara de plena restauración. El camino de regreso al cielo les fue trazado en un mapa muy claro. Sobre el mismo estaba representado, con vi­vos colores, el Señor Jesús.

Hasta los vestidos que les fueron hechos, y les fueron puestos, les predicaban el Evangelio. Considera la situa­ción. Estaban conscientes de su propia vergüenza y se ruborizaban de la misma luz del día. En su turbación tra­taron de ocultarse. Idearon lo que más bien eran sombras de vestidos; no podían humanamente hacer más. ¡Cuán endebles, cuán harapientos y cuán andrajosos aquellos ropajes! Pero Dios, por su misericordia, vine en su ayu­da. Suplió toda su necesidad, hizo “túnicas de pieles y los vistió”.

Tal vez hasta aquí no hayas visto nada en estas pren­das, a no ser calor para el cuerpo y protección contra la intemperie. Pero puedes estar seguro de que el significado es mucho más amplio. Es espiritual. Nos habla del ropaje de justicia que Dios ha provisto para adornar y hermo­sear nuestra alma desnuda. ¡Quiera el Señor mostrarnos, por su Espíritu, esta maravilla!

Recibimos más luz sobre el particular si examinamos la materia de la cual fueron hechas las vestimentas. No eran hojas puestas juntas, ni fibras entretejidas, ni raíces trenzadas. Eran pieles de animales muertos. La muerte, pues, había empezado su obra desoladora en el jardín. Pero, ¿cómo se acercó a sus primeras víctimas? No con el paso lento del decaimiento gradual. Era la mañana de la existencia. E1 tiempo estaba en su infancia. Los desper­dicios de las épocas estaban todavía muy lejanos. Estas bestias del campo deben haber caído por mano de la vio­lencia.

Pero, ¿por qué? No para proveer al hombre de comi­da. Antes del diluvio, los vegetales tan solo bastaban par nutrición. Fue Noé el primero en oír la concesión más amplia: “Todo lo que se mueve y vive, os será para mantenimiento: así como las legumbres y plantas verdes, os “he dado todo” (Génesis 9:3). Aquellos animales fueron muertos, pues, con otros propósitos.

No hubo propósitos impíos, pues Dios no miró con agrado aquella muerte. Testifica de ello usando las pieles. Si, pues, murieron de acuerdo con la voluntad de Dios, queda solamente una conclusión lógica: fueron ofre­cidos en sacrificio. Así representaron al Cordero “orde­nado desde antes de la fundación del mundo”. De ahí: aprendemos que hubo víctimas que derramaron su sangre en el Edén. ¡En efecto! La primera gota de sangre que ensució la tierra, y el primer gemido mortal, proclama­ron los términos más inteligibles que “la paga del pe­cado es muerte” y que “sin derramamiento de sangre no hay remisión”. La doctrina de estos ritos es la doctrina de la cruz.

No hay dudas en cuanto a las pieles que suministra­ron las primeras prendas de vestir al hombre. Fueron tomadas de las ofrendas por el pecado. Así que, para la visión de fe, cada sacrificio es el signo doble de la salva­ción plena. Cada altar proyecta una sombra, no solamente de la sangre que nos libra del infierno, sino también de la justicia que nos gana el cielo.

Tal es el cuadro. Admirable por su simplicidad. Mas, quién puede expresar la amplitud y la profundidad de verdad que encierra. Una verdad que es la misma llave del cielo y el alimento del alma. Hasta que aprenda­mos esto, nos encontraremos en la antesala del Evange­lio. ¿No querréis, vosotros, acercaros conmigo e indagar, y buscar el pleno consuelo del conocimiento perfecto?

No puedo dudar que vuestro más grande deseo es en­trar alas gozosas mansiones de los benditos una vez que esta breve vida haya pasado. Pero, ¿tenéis vosotros el ro­paje adecuado para tal ocasión? Estar en el cielo es estar con Dios. Todo allí es hermoso. Todos brillan con pureza. Todos tienen la blancura de la perfección inmaculada. La mirada de Dios descansa sobre ellos con deleite. No halla defecto ni reproche en ellos. Los considera dignos de sentarse en tronos de gloria. Mas, ¿cómo han obteni­do tales vestimentas? NO puede ser obra de hombres. Las manos manchadas únicamente pueden lograr suciedad. “Somos como pedazos de inmundicia”. Está claro que si pudiéramos morar allí donde sólo la justicia reina seria porque traeríamos con nosotros a la misma justicia. Igual­mente cierto es que podríamos hacernos fácilmente dio­ses, si consiguiéramos vestirnos con ropas inmaculadas. ¿Quién, entonces, puede ataviarnos para que seamos ha­llados dignos?

Nuestro razonamiento nos lleva a las buenas nuevas del glorioso Evangelio. Todo se ha provisto en el Salva­dor Jesucristo. La justicia que necesitamos, y que nos es ofrecida, es su misma obediencia. Él hace por nosotros lo que nosotros nunca hubiéramos podido hacer. En Él nos convertimos en lo que nunca hubiéramos sido sin Él. Él obra una dignidad infinita, a fin de poder ser para nosotros todo lo que su nombre implica “Jehová justicia nuestra.”

¡Cuán precioso es este pozo de verdad! Saquemos de él refresco más profundo en gratitud y fe. He aquí, una y otra vez, el hecho glorioso. Uno, hecho de mujer, ha pasado por la vida humana sin apartarse ni una sola vez del camino de Dios. La tierra ha visto a un Hombre tan puro como Dios, tan santo como Dios, tan perfecto como Dios, tan impecable como Dios. Corrió toda la senda de la ley sin desviarse un solo paso. Con fuertes alas se re­montó y las alturas, y no vaciló ni flaqueó. El ojo escu­driñador de Dios siempre sobre él, no pudo hallar ni por una sola vez la ausencia del amor celestial en su pensa­miento, en su palabra ni en sus hechos. El suelo, a me­nudo, fue resbaladizo, pero él nunca resbaló. Permaneció erguido delante de Dios, sosteniendo con sus manos una plena y perfecta obediencia, realizada y completada has­ta el último detalle. Y todo esto fue por nosotros. Lo trajo para dárnoslo; y lo ofrece a todo pecador desnudo que, par la fe, corre a cobijarse.

Lector, acaso te preguntes: ¿Me confirma el Señor con sus palabras esas nuevas? Si, Él las confirma. Escucha sus palabras: “La justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en Él” (Ro­manas 3:22). Confía completamente en estas palabras y para ti la paz perfecta. Es para todos, como pago a su favor en el libro de contabilidad. Así que, cuando Dios cuenta, al lado del creyente, y exige el cumplimiento de la lev, he aquí que aparece a favor del pobre pecador una obediencia inmensa que cumple las más pequeñas exigencias de la misma. Es el obsequio de la mano de Cristo. Dios ni desea ni puede recibir más. Así que es sobre todos, para todos los que creen. Por consiguiente, cuando el creyente llama a las puertas del cielo, lo hace vestido con el ropaje celestial: la justicia de Cristo le cubre. ¿Qué más puede exigírsele? Aparece tan brillante y glorioso como Dios mismo.

Desearía que hallaras satisfacción en este punto. Y con este deseo os ruego que consideréis otro pasaje de la Escritura: “Al que no conoció pecado, hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en É1″ (II Corintios 5:21). ¡Bendito el hombre en cuyo corazón calan hondo estas verdades! Le son más preciosas que diez mil mundos. ¿No nos dicen ellas que nosotros, que no somos mas que vileza, si solamente esta­mos unidos a Cristo somos hechos justicia de Dios? Que se nos considerara justos sería ya mucho. Pero mucho más es que se nos considere justicia de Dios. Gozaos en tan grande consolación. El creyente humilde hace eco a las palabras de la Escritura cuando dice: En Cristo soy hecho justicia de Dios.

Es manifiestamente la voluntad de Dios que esta provisión por el alma estuviera siempre presente ante nues­tros ojos adoradores. Resultando así que el objeto más familiar a nuestros sentidos, aquel con el que cubrimos el cuerpo, está planeado para tal fin. Estudia esta lección. Es comprensible a toda inteligencia. Es tan clara para el ignorante como para el letrado.

Hallo, sin embargo, que las sombras terrenas no aciertan a describir las realidades celestes; es como la cria­tura que comparada al Creador no es nada.

Admiramos el ropaje de la inocencia de Adán. Puro y delicado, pero era humano. No así esta vestimenta. El Dios‑hombre, Jesús, es su autor. Pronto fue mancilla­do el vestido de Adán, pronto se echó a perder. Lo tocó Satán, y se deshizo. Pero la nueva vestimenta está guar­dada en lo alto de los cielos; y el destructor no la puede alcanzar. Las pieles traídas a Adán pronto se harían viejas y se estropearían. La nueva vestimenta es justicia sempiterna (Daniel 9:24). Una edad sigue a otra edad, pero ella no ve corrupción; su novedad es siempre joven. Los vestidos terrenos son a veces de impresionante es­plendor. Pero, aun las mismas vestiduras regias de Salo­món, ¿qué serían junto al ropaje celestial? Pálidos tra­pos, como la más débil estrella colocada frente a los rayos del sol al mediodía.

Me detengo aquí, creyendo que la eternidad no acaba­rá con las alabanzas por este vestido. Y no habré escrito en vano si estas breves palabras hacen más preciosos a alguna alma los preciosos vestidos de la justicia divina.

Lector, ¿quieres tú vestirte de ellos? Pide, y se te darán. Busca con fe sincera y serán tuyos. El hijo pródigo vuelve y el padre le dice: “Traed el mejor vestido y po­nédselo” (Lucas 15:22). Acude contrito el pecador y las mejores galas de los cielos le son colocadas encima. Sé, pues, sabio y escucha la voz que desde arriba te dice: Os aconsejo que adquiráis de mi vestiduras blancas, para vestiros con propiedad.

¿Qué más puedes desear? La dignidad de Cristo para nuestra indignidad. Su impecabilidad para nuestra peca­minosidad. Su pureza para nuestra impureza. Su belleza para nuestra deformidad. Su sinceridad para nuestra hi­pocresía. Su verdad para nuestra falsedad. Su humildad para nuestro orgullo. Su constancia para nuestra aposta­sía. Su amor para nuestro odio. En una palabra, su ple­nitud para nuestro vacío; su gloria para nuestra vergüen­za, y su justicia por nuestras muchas injusticias.

Feliz el hombre que contesta: ¡Me escondo en ti, Bendito Jesús! Te recibo tal como Dios te hizo para mí, corno mi justicia. Esta alma canta dulcemente: “Me re­gocijo grandemente en el Salvador, mi alma se siente gozosa en mi Dios, porque me ha vestido con las vestimentas de la salvación, y me ha cubierto con el ropaje de la justicia” (Isaías 61:10). Añadiendo humildemente la nota triunfal: “Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (II Timoteo 4:8).

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dic

EL QUE HIERE LA CABEZA DE LA SERPIENTE

EL QUE HIERE LA CABEZA DE LA SERPIENTE

Por Henry Law

“Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañal.”

GÉNE­SIS 3:15.

Miramos alrededor nuestro y vemos un mundo lleno de pecado. Miramos dentro de nosotros mismos y nos en­contramos con corazones llenos de la misma plaga. Es un hecho terrible, y anhelantemente preguntamos cómo ha podido el mal conseguir tal dominio. Solamente la Pa­labra de Dios puede darnos la respuesta. Leemos allí que uno en forma de serpiente engañó a nuestros primeros padres y, cautivándolos, cambió su naturaleza.

Pero, ¿quién es esta serpiente? Más adelante apren­demos que se trata del Diablo. Se disfrazó de esta manera para poder engañar mejor. No se cierra la Biblia sin an­te; dejar esta verdad fuera de dudas. Dos veces se dice: “la serpiente antigua, que es el diablo, Satán” (Apocalip­sis 12:9; 20:2). La causa, pues, de que nazcamos en peca­do, y vivamos en él, es el diablo.

Obtuvo primeramente el poder sobre nuestra raza mediante el engaño. Continúa este dominio engañando todavía. Su arte y sus mañas principales tienden a ce­garnos tanto por lo que respecta a él como al gran Liber­tador. Estoy seguro de esto, pues veo a muchos cuyos días transcurren sin dedicar ni un solo pensamiento al adversario que, siempre cercano, busca su miseria. Oyen hablar del diablo, y hasta quizá ellos mismos hablan de él, pero lo hacen como si se tratara de un nombre vado, y no de un poder maligno y terriblemente eficaz. Lector, este puede quizá ser tu caso. Si es así, no dejes estas líneas. Humildemente te requiero a que prosigas la lectura que, por la gracia de Dios, puede alumbrar tu oscuridad y puede liberar tu alma cautiva.

Considera la naturaleza del diablo. Sus mismos títulos la ponen de manifiesto. Es el príncipe de este mundo, según el Evangelio de Juan 12:31. Su imperio es mundial. Todos los millones nacidos de nuestra raza humana, sin una sola excepción, vinieron al mundo como sus esclavos. Nacieron a la vida con estas cade­nas alrededor de sus manos, y con el trono del maligno erigido en sus corazones. Pueden obtener la libertad por si mismos? No. Sus guardianes son demasiados y sus gri­lletes demasiado fuertes. Pero, ¿es que acaso desean la libertad? No. A1 contrario, son servidores del Maligno por su propia voluntad. Jesús afirma: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y las obras de vuestro padre hacéis” (Juan 8:44).

Es el dios de este mundo (II Corintios 4:4). Levanta los ídolos de la fama, el placer o el dinero, y los hombres se inclinan y los adoran. Abre sus templos y los adorna con toda suerte de ornamentos, y allí ministra la halaga­dora copa del error, y las multitudes acuden para apren­der su credo.

Es el dirigente de innumerables ejércitos. No hay un solo lugar en el mundo, ni un solo hogar, que él no haya visitado. ¿Queremos huir? NOS acorrala. ¿Buscamos la soledad? Nos sigue. En las cortes de Dios, y en las asam­bleas de las multitudes, sus vasallos hormiguean alrededor nuestro. Leemos de alguien que estaba invadido por una legión de ellos. ¡Cuán vasto debe ser, pues, todo el ejército en conjunto! En un sentido podemos decir que la ubicuidad le pertenece, ya que no hay sitio en que no se halle algún emisario suyo. También podemos decir que tiene omnisciencia, porque nada ocurre sin que algún oído suyo se entere. Observa todas nuestras acciones; es­cucha todas nuestras palabras.

Es espíritu (Efesios 2:2). Tiene por consiguiente fácil acceso a los secretos lugares del corazón. Puede plantar la semilla de toda maldad en nuestra mente. Aun cuan­do cerremos las puertas de nuestros sentidos, aún así halla una entrada, y ensucia nuestros pensamientos tor­nando hasta la misma imaginación tan vil como él.

Entró en judas Iscariote (Lucas 22:3). Llenó el cora­zón de Ananías (Hechos 5:3). Querido lector, ¿no se ha albergado a menudo en tu alma? Piensa, pues, si no tie­nes tú también parte entre sus huestes.

Es tan ingenioso como fuerte. Raras veces son descu­biertos sus verdaderos propósitos, hasta que el cebo ha atrapado sus presas. Sus trampas son apenas vislumbra­das hasta que nos encontramos enredados en su maraña. La fosa se extiende invisible a nuestros pies hasta que hemos caído dentro de ella. Ha estado ocupado en el mis­mo empleo desde hace miles de años. Por consiguiente, sabe ya cómo manejar sus armas; ha adquirido experien­cia. Estudia cuidadosamente nuestros temperamentos. Y así como nosotros sabemos muy poco acerca de nosotros mismos, él nos conoce perfectamente bien. Ve nuestro pun­to flaco, espera la hora oportuna y tiende cautelosamente la red.

Poco pensaba Giezi que la visita de Naamán sería la trampa del tentador. Poco pensaba Ezequías que la em­bajada de Babilonia desenmascararía su vanagloria. Pe­dro es lanzado a la cobarde culpabilidad de su negación por la pregunta de una sirvienta. Lector, vigila siempre, ora siempre, si quieres escapar a la tentación.

Cuadro muy sombrío es éste. ¿Quién puede verlo sin temblar? Pero, con todo, y por más sombrío que pueda parecer, no es más que un pálido reflejo de lo que real­mente es el poderoso y cruel enemigo de nuestras almas.

Presta atención ahora a las nuevas que he de pro­clamar. Aunque el diablo es fuerte, hay uno que es más fuerte que él. Aunque es grande, hay uno todavía más grande que él. Aunque es poderoso, hay todavía uno más poderoso que él, el Omnipotente. Aunque es listo, hay uno que es Omnisciente. Aunque es el cautivador, la sido hecho cautivo. Aunque es el esclavizador, ha sido hecho esclavo. Aunque forja cadenas, él mismo ha sido encadenado. Aunque es conquistador, él mismo ha sido conquistado. Pues el bendito Señor Jesucristo vino como Conquistador, Libertador, Redentor y Salvador. Vence al diablo, y da libertad, redención, salvación a todos dos hijos de los hombres que se acogen al estandarte de su vic­toria.

Lector, quizá tienes un espíritu ansioso y no desco­noces muchos temblores al pensar en la suerte que te es­pera si pereces en manos del Maligno. Pides, solícito, prue­bas de que Jesús haya aplastado el poder de este tirano. Gracias a Dios, y a su gracia, porque las pruebas son abundantes.

Escucha la voz de Dios en el Edén: “Ésta ‑la Si­miente de la Mujer, o sea, el Señor Jesús‑ te herirá en la cabeza”. ¿No sabía Dios lo que iba a ocurrir? Cierto que lo sabía. ¿Hablará Dios y no se cumplirán sus palabras? Imposible. Este hecho es, pues, cierto: la cabeza de la serpiente debe ser herida por Jesús. Toma aliento y aní­mate. Apenas había sido arruinado el hombre, cuando el que le arruinó a él fue condenado a perpetua ruina. El gozo salvaje de tener encadenada a toda la Creación fue pronto convertido en rabia desesperada. Su éxito se trocó en desesperación. Huyó del jardín, después de haber apar­tado su pie del cuello del hombre, con el constante eco de la voz de Dios en sus oídos: “Te herirá en la cabeza”.

Tal fue la segura sentencia de Dios. Tomemos ahora un ejemplo que demuestra cómo el poder de Satán está en realidad por debajo de otro poder.

Ya conoces la historia de Abel. Vino al mundo corno ser caído, igual que nosotros. Odiado por Satán, como nosotros. Expuesto a todas sus maquinaciones, como nos­otros. Pero confió en la Simiente prometida para su sal­vación. Satán no pudo nada contra él. Su temprana muer­te, en manos de un asesino, lo llevó, no al reino de las ti­nieblas, sino al reino de Dios. De modo que la primera alma que dejó su cuerpo mortal en la tierra, demostró que Jesús podía arrebatar al diablo sus presas.

Conoces también la historia de Enoc. Era un hom­bre igual que nosotros, de la misma naturaleza: nacido en corrupción. No podéis dudar que Satán lanzó sobre él sus flechas. Pero su alma no recibió ninguna herida fatal. Fue guardado por la fe en el Salvador que había de venir. Por su fe en la promesa divina, ancló con Dices. Por fe subió a los cielos. Otra joya en la corona del Con­quistador.

Y del mismo modo, todos los santos hombres del mun­do antiguo hallaron cobijo y seguridad bajo las alas del prometido Conquistador. Bastó una promesa para con­vencerles, y a ella entregaron sus vidas. ¡Cuántos y cuán bellos testimonios de liberación! ¡Que sus enseñanzas le­gadas a nosotros no sean en vano!

Pero, en la plenitud de los tiempos, aparece el Con­quistador en forma humana. Satán lo conoce muy bien. Oyó la voz del cielo: “Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.” Hace un desesperado intento para hacerse dueño de la situación. El bendito Salvador sabe hacer frente al conflicto. Se le dan al adversario todas la, ventajas de las circunstancias externas. Saca de su aljaba sus mejores y más probados dardos. Prepara su fuerza y entrena su habilidad. Su imperio depende de aquella oportunidad. El infierno hace cuanto puede. Pero todo es en vano. Cada embate se estrella impotente ante la Palabra del Señor. El Diablo debe abandonar el campo de batalla humillado y abatido. Se halla atado por la ca­dena de palabras que resuenan en sus oídos: “Te herirá en la cabeza.”

Hace todavía un esfuerzo final. Incita a hombres im­píos a que prendan y claven sobre la cruz al bendito Sal­vador. Cuando Aquel que es la profetizada Simiente de la mujer inclina su cabeza y expira sobre la cruz del Gól­gota, el Enemigo parece haber triunfado. Pero el final del combate muestra de qué lado está realmente la vic­toria. Si Satán es el más fuerte, que retenga a Cristo en la tumba; que la cárcel detenga a su prisionero. Pero no puede. Jesús quebranta las puertas; se levanta de entre los muertos; se muestra vivo; y asciende triunfal a los cielos. Así que la victoria es ganada para siempre. El des­tructor queda destrozado para siempre bajo los pies de Jesús. Y cuando el Señor mismo descienda otra vez de los cielos con poder y gran gloria, el Diablo será echado en el lago de fuego y azufre y será atormentado día y noche para siempre jamás (Apocalipsis 20:10). Hay un fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles (Ma­teo 25:41). Estaba profetizado: “Te herirá en la cabeza”.

La cosa queda clara. Dios es veraz. Jesús es el Con­quistador. El Goliat del infierno ha sido vencido.

Lector, se ha luchado esta batalla y se ha ganado esta victoria para que pobres pecadores puedan ser salvos. Que el Espíritu Santo te ayude a buscar tu torre de segu­ridad y hallar refugio en ella. Satán no hace más que odiarte; su nombre sólo ya es odio, del misma modo que Dios es amor; el diablo quiere tenerte en sus garras, para zarandearte como trigo. Pero si eres hallado en Jesús estas mucho más allá de su alcance. Atacará. Luchará. Intrigará. Pero Jesús será tu escudo.

Estudia las narraciones de la Palabra de Dios. Es la historia de la larga guerra entre los hijos de luz y el “po­der de las tinieblas”. Verás cómo Satán ha probado tra­bajar con todas las armas del arsenal del infierno. No tiene ya otras en reserva. Pero todas han fallado. No puede herir más que el calcañal, la planta de los pies. La cabeza está a salvo con Cristo en Dios. Considera, asimismo, cómo una mano más poderosa guía sus propias embestidas contra él mismo. El mismo reino satánico es el que resulta perjudicado de los ataques del Maligno. Persigue a los primitivos cristianos, y la verdad se ex­tiende rápidamente por todo el mundo. Echa a Pablo en el calabozo de Filipos, y el carcelero se convierte junto con toda su casa. Lo envía prisionero a Roma, y sus car­tas parece que tengan alas para enseñar y confortar, no sólo a su época, sino a todas las edades de la Iglesia.

No temas, pues, creyente. La maldición pesa sobre tu adversario. El polvo es su alimento. No puede arrebatar las joyas de la corona de Cristo.

Podrá tentarte con muchas cosas atractivas para los sentidos, pero mira a la cruz, y todo se desvanecerá. Te infundirá pavor con rugidos como de león, pero encára­te a él y muéstrale las heridas del Cordero y huirá. Ante el trono del juicio se presentará para acusarte, pero si has sido lavado con la sangre de Jesús, no podrá hallar nada contra ti, ni podrá exigir nada de ti, pues no le per­teneces. Está seguro: si estás unido a Cristo por la fe, el triunfo completo es tuyo y “el Dios de paz herirá pronto a Satán bajo tus mismos pies.” Si éste es tu caso, levanta tu cabeza con gozo y canta la canción santa: “Tu dies­tra, oh Jehová, ha sido magnificada en poder; tu diestra, oh Jehová, ha quebrantado al enemigo. Y con la gran­deza de tu poder has derribado a los que se levantaron con­tra ti. Enviaste tu ira; los consumió como a hojarasca” (Éxodo 15:6, 7).

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27
dic

LA SIMIENTE DE LA MUJER

LA SIMIENTE DE LA MUJER

Por Henry Law

“Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañal.

GÉNE­SIS 3:15.

Éstas son las primeras palabras de gracia a un mundo perdido. ¿Cuándo fueron pronunciadas? ¿Por quién? ¿A quién?

¿Cuándo? Después que el pecado hubo entrado en el mundo, la inocencia había desaparecido y el hombre se había convertido en una criatura culpable delante de Dios. Había sido dado un mandamiento con el propósito de ver si el hombre amaría, temería y serviría a su Ha­cedor. Este mandamiento, sin embargo, había sido piso­teado.

Detente aquí por unos momentos y piensa Hay quien piensa ganar la vida eterna haciendo la voluntad de Dios. Pera se trata de un método que ya ha sido probado. Y falló. El resultado fue la ruina más catastrófica. Nuestros primeros padres eran inocentes, y no teman inclinacio­nes hacia el mal, y sin embargo se hundieron en él. Nos­otros nacemos con corazones corrompidos, completamen­te inclinados hacia el pecado, ¿y pensamos poder mante­nernos santos y sin mancha por nosotros mismos? Es un pensamiento vano. Echémoslo lejos. No podemos seguir sin reproche. Nuestra naturaleza impía nos aparta con­tinuamente del recto camino de la piedad. No hemos podido mantenernos irreprensibles un sólo día ni una sola hora de nuestra vida. Esto es la pura verdad, y toda conciencia sincera lo ha de confesar.

¿Quién pronunció estas palabras? Leemos: “E1. Señor Dios dijo”. ¡Qué prueba tenemos aquí de que Dios es misericordioso! ¡Piensa cuán grandemente fue ofendido! ¡Medita con qué innoble ingratitud fue tratado! El hom­bre confió más en la mentira de Satanás que t n la verdad de Dios. Rompió el yugo suave como si hubiera sido una cadena inaguantable. El lenguaje orgulloso del corazón humano había sido: “No queremos que Dios gobierne sobre nosotros”.

Y, sin embargo, Dios condesciende. No hay ningún látigo en su mano. Ni le acompaña ninguna legión de ángeles vengadores prestos a lanzar a los rebeldes a la perdición. La voz que se oye es una voz de misericordia. Las nuevas que son anunciadas, son nuevas de libertad.

¡Oh, alma mía! Puedes considerar la voz del que habla y no exclamar: Verdaderamente, Dios es bueno? ¡Él no quiere la muerte del pecador! Razona como la mujer de Manoa: “Si Jehová nos quisiera matar, no nos hubiera mostrado todas estas cosas, ni ahora nos habría anunciado esto” (Jueces 13:23).

¿A quién fueron dichas las palabras que nos ocupan? Solamente había allí tres personas. En primer lugar, la pareja culpable. Observad su situación y aprended de ella que el primer paso en el camino de la salvación es dado por Dios. Tenemos evidencias decisivas ante nosotros. Dios quiere salvarnos cuando nosotros queremos perecer. Dios obra para salvar cuando nosotros hacemos todo cuanto está a nuestro alcance para morir. Ante Dios se hallan nuestros primeros padres, formando una imagen de todos los pecadores caídos que nacieron de ellos. Es decir: de todos los hombres. Como ellos allí, así nosotros por naturaleza. Pecadores, ciegos e insensibles. Esto somos todos nosotros. Digo ciegos porque sus ojos no están abiertos a la terrible condición en que se encontraban, en la sórdida miseria a que estaban abocados. Digo insensibles porque no confesaron su pecado, ni se humilla­ron, ni lloraron, ni siquiera oraron pidiendo misericordia. Tales son la ceguera e insensibilidad naturales del hombre, desde entonces hasta hoy. Y aún así, este mismo Dios viene con palabras de amor, habla de un restablecimien­to a Su favor y a Su Reino.

Querido lector, medita con calma sobre esto. Verás como cuándo el hombre se desentiende de si mismo, Dios C’, nodo preocupación por él. Cuando el hombre no puede hacer rada, Dios lo hace todo. Cuando el hombre no me­rece nada, Dios lo da todo. Desde el principio al fin, la salvación es una obra de gracia. El hombre se hunde en el infierno y Dios lo llama al cielo.

Pero, además de la pareja culpable, había otro ser allí. Mas no había esperanza para él. Se le dijo solamente que no podía esperar otra cosa que ruina. Tenemos aquí una prueba de que Dios hace diferencia entre los culpa­bles. No preguntemos vanamente por qué la gracia gana a1 hombre y da la espalda a los ángeles caídos. Solamente puede haber una respuesta: “Sí, Padre, porque así te agradó”. ¿Y podemos luego dejar de cantar las alabanzas de Dios, que tanto se ha apiadado de nosotros, tan peca­dores, ofreciéndonos una provisión tan perfecta por el pecado? ¡Oh, alma mía! Piensa en estas cosas.

¿En qué consiste esta provisión? Tenemos la respuesta en una palabra: “Su simiente”. He ahí la promesa de que vendrá un libertador a este mundo, el cual nacerá de una mujer. Si se nos preguntara: “¿Quién es la simiente de la mujer?, nuestra rápida respuesta será: El Señor ,Jesucristo, el bendito Salvador. El único Redentor. El único Hijo unigénito del Dios Altísimo. La voz de Dios pro­mete aquí que Jesús, señalado para venir a salvar, se hará hombre ‑igual a nosotros‑ hueso de nuestros huesos y sangre de nuestra sangre.

Esto se dice pronto. Pero, ¿te has detenido, lector, a ponderar las grandes y preciosas verdades que ello im­plica? ¡Observa bien! El Dios todopoderoso, sin dejar de ser Dios, se hace hombre para redimirnos. ¡Maravilla de maravillas! Nada parecido hay, ni ha habido m habrá. Si el más grande rey se convirtiera en el más miserable de los pobres, o el más rico de los príncipes dejara su palacio por una choza o una celda de la más vil cárcel, no sería nada comparado con lo que hizo Jesús cuando dejó el cielo para llevar sobre si los andrajos de nuestra mortandad. ¡El Creador de todas las cosas apareciendo como criatura! ¡El Todopoderoso convertido en un bebé! ¡El Eterno hecho un hijo del tiempo! ¡Lo infinito constre­ñido dentro de los límites de esta pobre carne nuestra! ¿No es esto la maravilla de las maravillas? ;No es esto gracia sin limites? Querido lector, ¿crees seriamente que Cristo se ha humillado a sí mismo, incluso por ti? Si así lo crees, no puedes menos que sentir que no hay deuda como tu deuda; y que así como los cielos están muy por encima de la tierra, del mismo modo tu deuda estaba mu­cho más allá de tus posibilidades de pagar.

En las pobres costumbres de este mundo, el nacimiento de un príncipe o un noble despierta señales de alegría y gozo. Ondean las banderas. Suenan las trompetas. Se reparten suculentos manjares. ¿Pediremos al mundo de la naturaleza que celebre con alabanzas este portento inefable? ¡Imposible! Aunque el sol pudiera prestar mil sillones de luces, a cual más brillante; aunque cada gota de los océanos pudiera elevar un coro de aleluyas; y aun­que todas las hojas de los bosques pudieran repicar como campanas, sería todo ello indigno todavía y manera vil de celebrar el nacimiento del Salvador.

Pero hay un testimonio delicioso que busca Jesús. Cris­to se considera pagado cuando los corazones agradecidos abren de par en par sus portales para recibirle, y cuando alabanzas de bienvenida ensalzan Su nombre salvador. ¡Oh, alma mía! ¿No ofrecerás todo lo que hay en ti para prorrumpir en cánticos de adoración amorosa alrededor del pesebre de Belén?

Cuando Abraham vio de lejos el día de Cristo, nos dicen las Escrituras que se regocijó y fue feliz. Cuando Juan el Bautista todavía estaba en el vientre de su madre, no pudo contener la emoción de presentir cerca a Jesús, quien tampoco había nacido aún (Lucas 1:41).

La estrella de luz que dirigía a los sabios en su viaje, os llenaba de gozo. La multitud de los ejércitos celestia­les, quienes no participan de las gracias de la reden­ción, hicieron que las bóvedas de los cielos devolvieran el eco de sus alabanzas. ¡Oh, alma mía! ¿Puedes estar ca­llada? ¿No oyes los cánticos de los ángeles? “Os traigo nuevas de gran gozo”. ¿No beberás tú también con gran gozo la delicia de estas nuevas? “Os ha nacido un Sal­vador, que es Cristo el Señor”. ¿No lo traerás, con el mismo espíritu del anciano Simeón, al corazón de tu fe, y elevarás un himno de alabanza?

Has considerado seriamente alguna vez con qué propósito Jesús se convirtió en la Simiente de la Mujer? Nues­tra paz y felicidad depende del exacto conocimiento de este punto. Fue con este propósito: para que pudiera tomar nuestro lugar, el lugar de los pobres pecadores, y pudiera representarnos. Tú ya sabes que la Palabra de Dios ha dictado sentencia, y esta Palabra no puede volverse atrás: “El alma que pecare, ésa morirá”. Tú también sabes que morir, en esta frase, significa sufrir eternamente los tormentos de los perdidos. Por causa de nuestro pecado, tú y yo somos llevados a esta conde­nación. Tú y yo debemos sufrirla, a menos que Dios se dime aceptar la muerte de Uno que es sin pecado en lugar de la nuestra. Jesús está dispuesto; está dispuesto a sufrirlo todo por nosotros, pero ¿cómo podrá, no sien­do hombre? Es menester que tomara nuestra naturaleza humana. Y así lo hizo. De modo que, cuando la Verdad y la justicia de Dios dicen: Debo tener la vida de este hom­bre, Jesús prontamente responde: Soy de su misma natu­raleza, he aquí mi vida en vez de la suya. Notad, pues, que Cristo es la Simiente de la Mujer para que pueda dar su vida y su sangre en rescate por nosotros. Ved cla­ramente que Jesús toma la carne del hombre para poder redimir con su muerte a todos aquellos humana, acuden y confían en El.

Así también, como hombre, Cristo obedece todos los mandamientos de Dios. Pero la justicia de tal manera adquirida no es en su propio beneficio. La ha ganado realmente que Jesús toma la carne del hombre para poder pecador se presenta a las puertas del cielo, puede exhibir como pasaporte una justicia perfecta que le ha sido dada por Jesús. No necesita nada más; pesado en la balanza de Dios no es hallado falto.

Yo repito estas verdades porque son la base de la ver­dadera fe. Jesús era la Simiente de la Mujer. Como nos­otros, humano. Pero sin pecado. Su muerte vale por la nuestra, su justicia para nuestra justificación.

Lector, ¿eres un pobre pecador, sintiendo tu miseria a temiendo la ira eterna? Acude al que es Simiente de la Mujer. Hay perdón en él para lavar todas las iniquidades. Los fieles del antiguo mundo no le conocían por otro nombre, pero creían que Dios, a su debido tiempo, vendría y pagaría por ellos. Miraban al que había de nacer. Miraban, y nadie mira en vano.

¿Buscas una justicia que te sirva para entrar en los cielos? Está lista en el que es Simiente de la Mujer. Ex­tiende la mano de la fe; tómala y es tuya para siempre. ‘Podo lo que tú necesitas está, en abundancia, en quien es Simiente de la Mujer. Entrégale tu vileza y toma su pu­reza; entrega tu pobreza y toma sus riquezas; arroja sobre Él tu nulidad y toma de Él su plenitud; entrégale tu maldición, y recibe su bendición.

¿Vacilas? ¿Temes acercarte a quien es tan grande­,„ente Santo? Bien podrías temer, y temblar, si tuvieras que acercarte a Dios en su gloria. Pero éste que te llama es tu amigo, es de la Simiente de la Mujer, es de tu misma raza.

¿Sigues vacilando? Habiendo venido Jesús de tan le­jos para ti, ¿no vas a dar tú ni un solo paso para acudir a É1? ¿No subirás hasta el que tan bajo descendió por amor de ti? Se te ofrece a tu misma puerta, en forma humana, ¿y no le abrirás y recibirás? Ciertamente, hay suficiente en la Simiente de la Mujer para quitar toda incredulidad, suficiente para ganar y conquistar cualquier corazón. Vemos en Cristo cómo el cielo baja a la tierra, para que la tierra pueda elevarse a los cielos. Vemos al Hijo de Dios haciéndose hombre, para que los hom­bres puedan ser hechos hijos de Dios. ¿No satisface esto? ¿No convence? ¿No inspira? Ciertamente, Dios no podía hacer más. El hombre, pues, no puede añadir ni una pala­bra más.

Cierro con esta ferviente súplica: lee estas breves líneas una y otra vez, hasta que halles la llama de la fe y tu alma se encienda de amor divino. Y entonces, sobre las rodillas postradas de gratitud, ora: Te bendigo, Pa­dre Celestial, por la promesa que hiciste en el Edén, acer­ca de la Simiente de la Mujer. Te bendigo, por haberla enviado venido el cumplimiento del tiempo. Te bendigo, oh Señor Jesús, por haber venido a salvarme como la Si­miente de la Mujer. Te bendigo, Espíritu Santo, por ha­ber revelado a mi alma la Simiente de la Mujer.

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25
dic

EL NOVIO CELESTIAL

EL NOVIO CELESTIAL

Por Henry Law

“Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne.”

GENESIS 2:23.

Nuestra Biblia es un verdadero Paraíso de hermosas flores y dulces frutos. Pero el creyente se encuentra más a gusto, sobre todo, en aquellos parajes escogidos pobla­dos de señales de la ternura del Salvador. Nuestra feli­cidad se eleva hasta el cielo cuando, apoyados en la Es­critura, y bajo la luz del Espíritu Santo, el alma discier­ne que Jesús ama con amor eterno.

Lector, este humilde tratado te visitará en una hora afortunada, si te lleva a las fuentes profundas de ese gozo.

No podemos andar mucho por las páginas de la Pa­labra sin que pronto escuchemos la voz que nos dice: Prestadme atención, quiero hablaros de mi amor. Con este propósito, cada imagen de ternura habla en su turno. ¿Ama un padre con la fortaleza del amor varonil? Jesús es nuestro Padre Eterno. ¿Es una madre amorosa en sus dulces caricias? E1 Señor es más constante todavía, pues aunque padre y madre te olvidara “yo no te olvidaré nunca”. ¿Es generoso el afecto del hermano? Cristo es el primogénito entre muchos hermanos. ¿Es la unión de las hermanas tan tierna como las fibras del corazón? La Iglesia es “su hermana, su esposa”. ¿Es noble la simpatía de un amigo? Leemos: “Ya no os llamaré siervos…, pero os he llamado amigos”. ¿No bastan estos paralelos? No, si no se les añade otro. Así como para formar la luz más pura se precisa la combinación de todos los colores, así todos los matices deben juntarse para darnos el retrato completo de un amante Salvador. Falta el cariño per­fecto que fluye de un corazón a otro corazón en el enla­ce nupcial. Pero, llamará también Jesús a su pueblo con el calificativo de “novia”? Si, asa es como lo llama. Y ello constituye la delicia del Espíritu. Encontramos este tra­to en el jardín del Edén. Camina a nuestro lado a lo largo de todos los verdes pastos de la Palabra. Nos deleita sola­mente cuando el Apocalipsis ya no escribe más. “El Espí­ritu y la Esposa dicen: Ven.” Un eco responde a otro eco: “Como el novio se goza. de su amada, así Dios se rego­cija en ti”. “Te desposaré conmino vara siempre; te des­posaré conmigo en justicia, juicio, benignidad y misericordia” (Oseas 2:19).

Siguiendo cera dirección santa, vivamos en busca de Tesas con aquellos sentimientos puros fue inocentemente se albergan en el corazón de Adán, antes de cine el peca­do entrase y lo profanase. La narración es simple: “Enton­ces Jehová Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, v mientras éste dormía, tomó una de sus costillas, v cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre” (Génesis 3:21, 22). Pero el misterio de esta porción es profundo. Uno mayor que Adán, el primer esposo, se encuentra en esta historia de unión sin pecado. A la fe se le ha enseñado, y lo ha aprendido rápidamente, que el novio espiritual y la esposa mística se hallan en esta narración. Los primeros esposos terrenos no son más que una sombra del amor celestial. El segundo Adán duerme un sueño, el sueño de la muerte, sobre el duro altar de su ignominiosa cruz. Su costado es atravesado. Y de allí fluyen los medios para constituir la Iglesia. Hay sangre para expiar cada pecado, y agua para lavar cada mancilla. El Padre presenta la esposa a Adán. El mismo Padre entrega a Cristo su favorecida esposa. Adán la recibe como parte de sí mismo. La palabra de Cristo otorga la misma bienvenida: “Miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos.”

Nos sentimos grandemente animados a trazar las se­mejanzas con reverencia. Los matrimonios entre personas de muy distinta posición social resultan difíciles de reali­zar. Aquí se trata de una novia muy baja en cuanto a sus orígenes. Está formada de barro. En cambio Jesús mora en el brillante palacio del cielo, glorioso, con todos los atributos de su deidad. ¿Cómo podrá efectuarse seme­jante unión? Deja su alta morada. Un velo cubre su po­ner omnipotente. Y desciende a nuestra choza. No se mofa de nuestros harapos. Nace como hombre en Betlehem. Vive en naturaleza humana el Hijo del Hombre. ¿Oh, alma mía! ¿Se ha detenido el Señor en tu camino para hacerte suyo para siempre? La distancia es infinita, pero vino con la velocidad de la luz sobre alas de amor í no paró hasta que posó en nuestro hogar lejano.

El novio tiene por pocos todos los esfuerzos para ga­narse una mirada de la novia. ¿Es posible que Jesús luche para ganar nuestras desagradables almas? Sí, Jesús ba­talla para ello. Él vive cuando nosotros amamos. Apenas parece reinar si no le presentamos el corazón para que haga de él su trono. Ahí, en las Escrituras, envía carta tras carta solicitando y ardiendo en la pura llama de la ternura divina. Nos sigue con el clamor constante: “Vuel­ve a mí, vuelve a mí, quédate conmigo”. Por esto envía a sus fieles ministros, los amigos del novio, para pleitear su causa, para suplicar en su lugar, para buscar en su Nom­bre, para presentar sus inmaculados encantos, para mos­trar que su amor es fuerte como la muerte y puro como la luz, tan infinito como la eternidad.

Ese ministerio es tanto más fiel a Cristo, más rico en frutos eternos, cuanto más vívidamente presenta a Cristo.

Pero aún hay más. El Espíritu Santo es enviado por el Padre y el Hijo. Revela al Señor en todas las bellezas de su persona, todas las maravillas de su gracia, todas las glorias de su obra. Derriba todos los prejuicios, tuerce la corriente de la voluntad opuesta y enciende una fla­mearte antorcha en los oscuros rincones de nuestra alma. Así es consumada la unión. El alma fiel olvida a su pro­pio pueblo y la casa de sus padres. Echa lejos los anti­guos pretendientes que cautivaron sus pensamientos. Sale afuera y se separa del mundo que antes tanto amaba. Lo deja todo y se une a Cristo.

Los lazos nupciales anulan los antiguos documentos en cuanto al estado y, a veces, el domicilio. Un nuevo apellido y una, nueva dirección muestran que la novia ya no es independiente, que ya no se pertenece a ella sola. Lo mismo ocurre en la unión espiritual. La persona de Cristo proclama su divinidad, y ésta es la diadema de la Iglesia. ¿No está escrito así en jeremías 23:6 y 33:16? Se nos dice primeramente que “El Señor, justicia nuestra”, es su nombre. Y la misma porción es para la esposa, por­que añade: “El Señor, justicia nuestra” es el nombre de ella también.

El novio busca la comunión íntima. Igual ocurre con Jesús. Por su Palabra, y por medio de sus mensajeros, lleva a su pueblo a su lado. Abre delante de él los propósitos de su gracia y los secretos de su Reino. Le anima a que le cuente sus necesidades, temores, deseos y esperanzas. Invita tiernamente: “Déjame oír tu voz..:” ¿Quién puede describir el cariño de un novio? Y, sin embargo, es como una gota de agua comparada al océano de una caricia del Salvador. “No tenemos un Sumo Sa­cerdote que no puede compadecerse de nuestras miserias”. ¿Quien os toca, toca la misma niña de sus ojos”. “Él es afligido en todas nuestras aflicciones”. Aún no han da­ñado a uno de sus miembros sufrientes y ya la Cabeza llo­ra en los cielos: “¿Por qué me persigues?” pregunta a un enemigo de su Esposa, la Iglesia.

Querido lector, tú has escuchado quizá a menudo es­tas verdades. ¿Han vibrado en ti de manera que han hallado una respuesta en tu corazón? Si no es así, no tienes el espíritu de la novia.

El novio trae su dote. ¿Y no nos enriquece Cristo con toda suerte de dones? Los mismos ángeles pueden maravillarse y sorprenderse al contemplar las riquezas de la Iglesia. Cristo no le esconde nada. Todos Sus atributos, con su gran herencia. Su sabiduría está lista para su dirección. Su poder para su socorro. Su amor para consolar. Su fidelidad y Su verdad son su cayado. Su Espíritu Santo es vertido sobre ella sin medida, para enseñarle, enlazarla y bendecirla. Suya es la justicia de Cristo, para ataviarse con ella en las moradas celestes. Sus cielos son los cielos de la Esposa Mística. Su trono es el suyo tam­bién. Y Su gloria y Su corona. La misma eternidad es para ella, para que pueda gozarse siempre. ¡Feliz el alma que responde a esta invitación amorosa!

El novio no rehuye fatigas para poder traer sostén v abundancia a su amada. Así Cristo vive una vida de trabajo vigilante. No descansa ni día ni noche. Sus manos horadadas están siempre intercediendo v derramando siem­pre suministros de gracia nos del cielo, para que nada que surgen necesidades, Él pido para satisfacerlas.

Las reuniones terrenas conocen a menudo la pena de la separación. La severa voz del deber puede ordenar a veces: Vete. La necesidad puede obligar a partir lejos. Pero nada en el cielo ni en la tierra, ni en el infierno, puede abrir el abrazo que se ciñe en torno al Novio divino. En cada momento se halla más cerca que la misma sombra del que la proyecta. La vida se apoya en sus manos. La muerte sueña en su pecho. Ningún lazo puede fallar en el mundo de seguridad celestial: “Nunca os dejaré ni os olvidaré.”

En este frío mundo los afectos suelen enfriarse. El día que amaneció con el amor puede terminar con odio. Los gustos cambian y producen cambios. Los temperamentos discordes no concuerdan. Pero muy distinto es el “matri­monio celestial”. Siempre es verdad aquel texto: “El que se une con el Señor un espíritu es”. Cuando el Señor llama con amor, cambia por su Espíritu. Imparte una nueva naturaleza, cuyas pulsaciones van al unísono con las del Esposo. Es la misma armonía del cielo cuando Cristo es el todo.

Aquí, en este mundo, un hogar tiene que llorar a veces por causa de la impiedad que del mismo brota. Muchos han tenido que lamentar: “¡Oh, Absalón, hijo mío!” Pero de la unión Celestial no surge más que simiente celestial. Los creyentes son desposados con Cristo para que lleven fruto a Dios (Romanos 6:22). Aparte de Cristo, el corazón es un nido de maldad. Unido a É1, es el progenitor santo de cada gracia santa.

Pero, al presente, la Iglesia ve a su Novio solamente con los ojos de la fe. El velo de la carne impide la visión clara. Pero aún un poco y el día de la gran boda manifies­ta llegará. Un mundo sorprendido oirá la llamada: ¡He aquí viene el Novio! Se escucharán las voces de una gran multitud, como voz de muchas aguas y como voz de true­nos que prorrumpirá en exclamaciones: ¡Aleluya, porque el Señor Omnipotente reina! Alegrémonos v gocémonos y demos gloria a El, porque han llegado las bodas del Cordero y la esposa está aparejada. Entonces Cristo brillará y será admirado en sus santos y glorificado en todos los que creen. La novia será traída delante del Rey, con alegría y gozo entrará en el Palacio riel Rey. El cántico nupcial será un incesante Aleluya. ¡Feliz el alma que responde a esta invitación amorosa!

Lector, ¿es tu feliz privilegio el conocer esta unión, que dura siempre, que cimenta tu corazón en Cristo y Cristo en ti? Recuerda, pues, que esta bendita relación erige tu fidelidad. El Señor es celoso del amor de su pueblo. No debes alejarte de Él ni un solo momento ni en un solo pensamiento. Hay que ir con cuidado, porque ya son llegados los días cuando vienen extraños profe­sando ser los amigos del Novio. Incluso se levantan en púlpitos, y dan instrucción en Su nombre. Pero podréis conocerlos por esta señal: Exaltan más a la novia que al Señor. Enaltecen más sus ordenanzas que al Señor mismo. La incitan a contemplarse a sí misma, a apoyar­se en sí misma, a confiar en sí misma y a decorarse a sí misma con los disfraces de la falsa humildad y la supers­tición. Id con cuidado, el terreno es resbaladizo. Puede parecer agradable a nuestra naturaleza egoísta, pero ello desliza hacia el Anticristo.

Quizá alguna alma mundana cuya vida está ligada a otro señor lea estas líneas. ¿No querrá volverse atrás y romper sus lazos? ¡Oh, el príncipe de este mundo! Sus promesas son mentiras. Su porción angustia, su abrazo la muerte, su morada la oscuridad, su lecho las llamas del fuego, su unión un grito angustiado de agonía. Hombres y mujeres sumidos en la mundanalidad, apodéis amar a semejante consorte?

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25
dic

ADAN

ADAN

Por Henry Law


“Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tie­rra.” GÉNESIS 2:7

La vida de Adán es una página muy breve. Pero cada línea nos ofrece material para un volumen más grande que el de los libros creados por la mente humana. Halla­mos en ella la clave de esta maravilla que tanto nos asombra: el Hombre. Los innumerables seres humanos que pueblan actualmente la tierra, los incontables que ya están en gloria, y el inmenso número de los que se han perdido eternamente, todos tienen su origen en Adán. Y todos los que tienen todavía que nacer para brillar en el cielo o para arder en el infierno, todos fluyen de él como de su fuente madre.

Cuando consideramos su nacimiento nos pregunta­mos: ¿Cómo ocurrió? ¿De qué material hizo Dios al hom­bre? El orgullo pronto deducirla que tal ser no pudo sa­carse de ninguna cantera común. Pero el orgullo debe doblegarse ante la palabra infalible que afirma: “Eres polvo”.

Medita esta primera verdad. El monarca más pode­roso y el pobre Lázaro son hechos de lo mismo. Su común parentesco es el de los gusanos. La carne de ambos es inmundicia despreciable. ¿Quién, pues, blasonará de her­mosura o de fortaleza? Parece como si el polvo se bur­lara de semejante locura.

Pero el hombre es algo más que un montón de barro. El caparazón del hombre alberga una joya de incalcula­ble valor. Dios “sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente”. La carne es terrena, el espí­ritu es del cielo. La una es materia, el otro es un rayo de Dios. La una pronto se derrumba en vileza, el otro tiene un principio eterno. La una se rebaja al mismo nivel de las bestias, el otro despliega las alas de la inmortalidad.

Siempre será poco lo que pienses de tu alma. Nunca puede cesar de ser. El tiempo pasa sin producirle arru­gas. No se marchita ni decae. Su duración es la eternidad y es por tanto inextinguible.

Dios formó al hombre. Un maravilloso jardín consti­tuía el palacio del rey de la creación. Las fragancias de las flores y los frutos acariciaban cada uno de los senti­dos. La comunión con Dios fluía con toda naturalidad. Vivir era una delicia constante. La sonrisa de la inocen­cia se abrazaba con la sonrisa del cielo. El corazón estaba lleno de amor, la adoración era una alabanza continua. Pero el hombre era una criatura, y una criatura debe obe­decer. En el cielo, los ángeles no hacen más que la volun­tad de su Hacedor. Dios es el que está sentado en el trono y gobierna. Pero la obediencia no es un yugo pesado. Y así un solo mandamiento y una sola prohibición le fue dada a Adán: no debía comer del fruto de uno de los árboles del Paraíso. La trasgresión de este mandamiento acarrearía la muerte. “Y mandó Jehová Dios al hombre diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.” ¿Quién puede escuchar estas palabras y seguir pensando que el pecado es algo sin importancia? El más leve peca­do coloca el alma en abierta rebelión. Arroja a Dios del corazón. Es una manifestación del impío principio de la independencia. Demuestra que el yo ha levantado el ídolo del amor propio.

¿Puede Dios consentir el mal? ¡Ah, no! La Divinidad lo detesta. Por consiguiente, la trasgresión es muerte. Esta es la pena. Mas, quién puede calcular las profun­didades de miseria que acarrea esta condenación? Impli­ca, la expulsión instantánea de la presencia celestial. Se marchitan de pronto todas nuestras facultades y percep­ciones espirituales. Nuestro cuerpo se siente herido de muerte v el alma gusta la muerte espiritual. Todo esto demuestra que el pecado tiene su morada únicamente en les eternos lamentos de la conciencia acusadora y en los estremecimientos eternos en el lecho de la ira condena­toria.

Es el día más negro de la tierra. Se acerca el tentador. No discutiremos con los que preguntan si esto no hubiera podido ser conjurado. Aprendamos que la piedad no pro­bada es piedad incierta. La trampa es colocada sutilmente. Se pronuncia la primera mentira. Nuestros padres se pondrán a pensar. ¿Sucumbirán? E1 hombre perfecto no es más que una caña vacilante. Se rompe el único mandamiento impuesto por Dios al hombre. Entra el pe­cado. Desaparece la inocencia. Se extingue la vida de Dios en el alma. Adán inclina su cabeza, caído y culpa­ble, en una tierra maldecida a causa de su pecado.

Debemos considerar las miserias provocadas por este hecho trágico. Es la clave para entender toda la confu­sión universal que nos aturde y la desazón personal que nos humilla. El universo no gira sobre un eje de orden justo. La espina, el cardo, el huracán, el terremoto y las pestilencias proclaman el disgusto de los cielos. Todas las cosas tienden a su propio decaimiento y muestran que la muerte ejerce un señorío implacable. Las lágrimas, los suspiros, los lamentos y toda la secuela de pesares que brotan del camino del dolor y el sufrimiento, evidencian que un Dios airado obra airadamente. Pero no es esto todo. Lo más amargo de la condenación cayó sobre nues­tro corazón. ¡Qué jungla de hierbajos odiosos! Leemos, y la conciencia devuelve el eco de estas palabras, “que todo designio de los pensamientos del corazón del hom­bre es de continuo solamente el mal.” “Dios miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres, para ver si ha­bía algún entendido, que buscara a Dios. Todos se des­viaron, a una se han corrompido; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno”. La mente es vana, la inteligencia entenebrecida, la ignorancia soberana y los sentimientos justos han huido. Se adora y se sirve más a la criatura que al Creador. El testimonio fiel de la Pala­bra Santa así lo afirma. Y la conciencia lo confirma. Los relatos de la caída lo explican. Todos los males vinieron de la mano del pecado.

“En Adán todos mueren”. Observa seguidamente, querido lector, cómo toda la raza humana participó en el primer pecado. Adán estaba frente a Dios, no como una persona aislada, sino como una representación comu­nitaria. En su simiente estaban todas las generaciones. Toda la familia humana yacía, en potencia, en aquel pri­mer hombre. Y así como una semilla contiene toda la po­tencia de un bosque, así todas las naciones de todos los tiempos estaban implicadas en esta única primera cabeza. Del mismo modo que todos los rayos se originan de un mismo sol, así también todos los descendientes estaban en aquel padre. De ahí que la acción de Adán afecta hasta el último de sus hijos, como una fuente sucia contamina todas las gotas de agua que fluyen de la misma.

Se sigue, pues, que en Adán todos quebrantamos el pacto de las Obras. Pecamos en su pecado. Ofendimos en su ofensa. Transgredimos en su trasgresión. Somos culpa­bles de su culpa. Y en él nos hemos alejado de Dios. En él nos hemos aprisionado en las cárceles de la condena­ción. En él recibimos una herencia infernal. El orgullo que encuentra todos los elementos buenos en el yo, ¿se atreverá a desmentir esas afirmaciones? Que nos muestre primero por qué los niños mueren, y por qué los primeros pensamientos no son más que gérmenes de maldad. No hay mejor prueba de la pecaminosidad y ceguera de la naturaleza humana que sus vacilaciones en el pantano del engreimiento antibíblico.

Hasta aquí, nuestra visión de Adán ha sido como una nube sombría y esparcidora de tinieblas. Pero ob­servemos de nuevo. Hay en el fondo rayos brillantes. Mientras nosotros nos sumimos en el llanto, el Espíritu vuela en alas de amor para cambiar el espectáculo. Se oyen dulces voces: “Adán es figura del que había de venir” (Romanos 5:14). “Fue hecho el primer hom­bre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vi­vificante” (I Corintios 15:45). “El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Se­ñor, es del cielo”. “Y así como en Adán todos murieron, así también en Cristo todos serán vivificados”. ¡Benditas nuevas! ¡Bendito privilegio poder trazar esta semejanza! Que el Espíritu Santo nos ayude ahora a ele­var nuestra mirada del Adán que trajo el pecado al Adán que lo cargó sobre sí.

¿No es Adán el padre de toda la familia humana? Así también Cristo es el padre de toda la familia de la gra­cia. Está escrito: “Verá su simiente”; “Su simiente le ser­virá”. Él es el “Padre Eterno”. Como Adán es el manan­tial de la corrupción y la muerte, Cristo es el creador de una nueva vida. Él es Espíritu vivificante. Si los que son nacidos de la carne son carnales, los que son renacidos del Espíritu son espirituales. Sus energías y facultades son como luz en medio de las tinieblas. Hubo un tiempo cuan­do fueron una masa muerta. Ahora, sin embargo, tienen oídos para oír su llamamiento, ojos para ver su hermo­sura, y boca para cantar las alabanzas de Dios y adorar­le. Tienen también manos para agarrarse fuertemente de la cruz y pies para subir al monte Sión. Antes sus cora­zones eran de piedra; ahora sus latidos son pulsaciones de amor. Antes su gusto sólo apetecía lo bajo y sórdido de la tierra; ahora anhelan lo alto y puro de los cielos. El mejor de los libros es su más dulce pasatiempo. El mejor de los temas es su más feliz conversación. Nuevas incli­naciones les demuestran que han nacido de nuevo. Tales son los felices hijos de la gracia. Se sientan en armonía alrededor de la mesa del Señor, y le adoran como el autor de su vida y de su gozo. Así en el jardín de Cristo crecen las plantas para el Paraíso celestial, como en la selva de Adán las malezas para ser quemadas.

Pero aún hay más contrastes. Adán sucumbe y con él cae todo el mundo. Cristo vence y en Él toda su si­miente levanta la cabeza. Aparece en la carne como el Jefe común de sus hijos adoptivos. Y como tal resiste triunfalmente todos los asaltos del diablo. Actúa dentro de una perfecta e inconmovible línea de pureza y amor. La más completa voluntad del padre es el único deseo de su corazón. Y todos sus miembros redimidos participan con ti de la victoria y la justicia de quien es la Justicia misma. Cada creyente verdadero puede exclamar: “El Señor es mi justicia”, y puede llamar a la puerta de los cielos con esta garantía. En Cristo tengo la misma justi­cia de Dios. Si grande fue la pérdida de Adán, mucho más grande es el beneficio otorgado por Cristo.

Corno una persona cualquiera pendió de una cruz. En É1 sufre su pueblo hasta la muerte. En Él apura la nona de la ira divina. En la prueba los más amargos dolores que merece el pecado. En Él paga todo lo que se debe a la justicia. En Él lo soporta todo hasta que no pueda atributo de Dios que no haya sido satisfecho. Y todo hijo de fe exclama: “Estoy crucificado juntamente con Cristo”. ¿Quién puede cargar a aquel por quien Cris­to ha cargado todo? En Adán merecemos toda la ira di­vina. En Cristo la experimentamos.

Cristo se levanta de entre los muertos. Nada puede detenerlo. Pero aún sostiene a los suyos. En Él cada uno ve un anticipo de la mañana de resurrección, en la cual esto corruptible será vestido de incorrupción y la muerte será sorbida en victoria. En Adán descendemos a la tum­ba. En Cristo descubrimos la puerta de la vida. En Adán sufrimos la postración en lechos de tinieblas. En Cristo nos vestimos de luz como de vestimentas para la eter­nidad.

Habiendo terminado la obra de redención, Jesús vuel­ve a los cielos. ¿Ascendió desligado de sus miembros? ¿Puede el Cuerpo vivir sin la Cabeza? No. Con Cristo entran los miembros en los cielos y toman sus sillas ante el trono de Dios. No está escrito en vano que “nos resu­citó juntamente con Él y nos hizo sentar en lugares celes­tiales con Cristo Jesús”. Cada silla celestial ha sido preparada desde toda la eternidad, y a los ojos de Dios no hay vacante.

¿Decís que esto es misterioso? Lo es. Pero es tan cierto como profundo. Y se nos ha revelado para consolación del creyente. Porque, ¿qué consuelo mayor que el de sa­ber que somos uno con nuestro Señor en todo lo que ha hecho y en todo lo que está haciendo? Es la simiente de la santidad, porque ¿quién, viviendo en el espíritu, en medio de las glorias celestiales, puede siquiera rozar las vanidades de la tierra?

Querido lector, es un hecho claro que el nacimiento natural te trajo al viejo mundo del pecado. Cuán impor­tante es, pues, la pregunta: ¿Has sido trasladado por el nuevo nacimiento al nuevo mundo de la gracia? Lo has sido si eres de Cristo y tú eres de Cristo si Cristo es tuyo; y Cristo es tuyo si mora en tu corazón por la fe verda­dera, y la fe es verdadera cuando sólo confía en él y se entrega a Él completamente, amándole, escuchando su voz y sirviéndole.

Si no tienes estas evidencias, te hallas todavía en la tierra de desolación. ¿Vas a demorar tu desgraciada rui­na? ¡Clama a Él, quien siempre ayuda al que le suplica desesperadamente! Busca la vida en quien es el Señor de la vida. Clama por tu resurrección espiritual al que es Espíritu vivificante.

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dic

Felizmente Justificados

Por Favor the comprar el nuevo e-libro de Roger Smalling: Felizmente Justificados

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dic

La Soberanía de Dios

La Soberanía de Dios

A. W. Pink

Este es un resumen extractado del libro “La soberanía de Dios”de A.W.Pink.

Que el Señor lo use para que podamos comprender su grandeza y su poder.

Eduardo Costagliola

Gracias a: www.iglesiareformada.com

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INTRODUCCIÓN

Se ha observado a menudo que uno de los requisitos fundamentales en la exposición de la Palabra de Dios es la necesidad de preservar el equilibrio de la verdad. Estamos plenamente de acuerdo con ello.

Hay dos cosas que están por encima de toda discusión: Dios es soberano, el hombre es responsable. Reconocemos sin dudar que existe un verdadero peligro tanto en enfatizar demasiado lo primero como en ignorar lo segundo.

Cierto es que en los tiempos corrompidos en que nos ha tocado vivir, cuando por todas partes se exalta al hombre, y la expresión “superhombre” ha llegado a ser común existe una auténtica necesidad de resaltar el hecho glorioso de la supremacía de Dios. Tanto más cuanto que está siendo negada de modo explícito.

Es perfectamente lícito insistir en la responsabilidad del hombre pero, ¿y Dios? ¿Acaso no tiene derechos y privilegios?

LA SOBERANÍA DE DIOS Y NUESTRA ÉPOCA

Nos preguntamos ¿Quién ordena los asuntos en la tierra hoy día, Dios o el Diablo?

Se admite generalmente que Dios reina supremo en los cielos; pero se niega casi universalmente que lo haga en este mundo. Los hombres, en sus filosofías y teorías, tratan cada vez más de relegar a Dios a segundo plano.

Pero ¿quién está dirigiendo los asuntos de la tierra en la actualidad? ¿Dios  o el Diablo?

Traten de observar el mundo de manera seria y total. El pecado se comete descaradamente, abunda la ilegalidad; los malos hombres y los engañadores van de mal en peor (2 Timoteo 3:13).Los corazones de los hombres están “secándose a causa del temor y expectación de las cosas que sobrevendrán  en la tierra (Lucas 21:26). ¿Dan a entender estas cosas que Dios lo dirija todo?

Concentremos nuestra atención en la esfera religiosa. Después de veinte siglos de predicación del Evangelio, Cristo es aún “despreciado y desechado entre los hombres”; muy pocos son los que proclaman y engrandecen a Cristo. A la luz de la Escritura nos vemos obligados a creer que los “muchos” están en el camino espacioso que lleva a la perdición, y que “pocos” son los que están en el camino angosto que lleva a la vida. Muchos afirman que el cristianismo es un fracaso.

¿Y que decir de Dios? ¿Mira y oye? ¿Es impotente e indiferente?

¿Quién gobierna entonces las cosas de la tierra actualmente?¿Dios o el Diablo?

¿No es cierto que todo parece indicar que el Diablo tiene mucho más que ver con los negocios de la tierra que Dios? ¡Ah! Todo depende si andamos por fe o por vista.

¿Están basados tus pensamientos sobre este mundo y la relación de Dios con el mismo, en lo que ves?

Es triste que andemos tan poco por fe. Pero ¿qué significa andar por fe? Significa que nuestros pensamientos son formados, nuestras acciones reguladas, y nuestras vidas moldeadas por las Sagradas Escrituras, pues “la fe es por el oír, y el oír por la palabra de Dios” (Romanos 10:17).

Es en la palabra de Dios, y solo en ella, que podemos aprender cuál es la relación de Dios con este mundo.

¿Quién está dirigiendo los asuntos de la tierra? ¿Dios o el Diablo? ¿Qué dice la palabra de Dios?.

Si creemos en sus declaraciones claras y positivas no hay lugar para la duda. Afirman una y otra vez que Dios se sienta en el trono del universo; que el cetro está en sus manos; que Él lo dirige todo “según el consejo de su voluntad”.Es preciso que desde todos los púlpitos se predique a gran voz que Dios vive y que ve y reina. Está escrito: “el pueblo que conoce a su Dios, se esforzará y hará” (Daniel 11:32). Aunque el mundo esté absorto por el terror, la palabra para el creyente es “NO TEMAS”. Todas las cosas están sujetas a su control directo, todas las cosas se desarrollan conforme a su eterno propósito, y por tanto, todas las cosas “ayudan a bien a los que a Dios aman, a los que conforme al propósito son llamados”. Es preciso que sea así, pues “de Él y por Él y en Él son todas las cosas” (Romanos 11:36).

Es cierto que el hombre tiene voluntad pero también la tiene Dios. Es cierto que el hombre está dotado de poderes pero Dios es Todopoderoso. Es cierto que el mundo material está regido por leyes, pero detrás de esas leyes está el Legislador y Ejecutor.

Debido a que Dios es santo, su ira se enciende contra el pecado; debido a que Dios es justo, sus juicios descienden sobre los que contra Él se rebelan; debido a que Dios es fiel, se cumplen las amenazas de su palabra; debido a que Dios es omnipotente, ninguno puede resistirse a Él con éxito, y debido a que Dios es omnisciente, no hay problema que escape a su conocimiento ni dificultad que confunda su sabiduría. a soberanía absoluta de Dios en tanto que se ejercite la fe. La fe sostiene “como viendo al Invisible” (Hebreos 11:27);soporta los desengaños, las dificultades y todos los pesares de la vida, reconociendo que todo viene de la mano de Dios. Aun admitiendo que hay muchas cosas en este mundo de pecado y sufrimiento que nos desaniman y entristecen, no es razón suficiente para que nos unamos al incrédulo que dice: “Si yo fuera Dios no permitiría esto ni toleraría aquello”.Es mucho mejor decir como el salmista: “enmudecí,no abrí mi boca; porque Tú lo hiciste” (Salmos 39:9).Esta es la diferencia fundamental entre el hombre de fe y el incrédulo. De esta forma acepta todo como proveniente de la mano de Dios, su corazón vive tranquilo en medio de la tormenta y se goza en la esperanza de la gloria del Altísimo.

DEFINICIÓN DE LA SOBERANÍA DE DIOS

“Tuya es, oh Jehová, la magnificencia, y el poder, y la gloria, la victoria, y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo, oh Jehová, es el reino, y la altura sobre todos los que están por cabeza”  1 Crónicas 29:11

La soberanía de Dios: ¿Qué queremos decir con esta expresión?.Queremos decir la supremacía de Dios, que Dios es Rey, que Dios es Dios.

Cuan diferente es el Dios de la Biblia del Dios de la moderna cristiandad. El Dios del siglo veinte es un ser impotente, frágil, que no inspira respeto a nadie….

Que la gran mayoría de nuestros semejantes esté muriendo en pecado y pasando a una eternidad sin esperanza, equivale a decir que Dios Padre ha sido decepcionado, que Dios Hijo ha quedado insatisfecho y que Dios Espíritu Santo está derrotado.

Argumentar diciendo que el hombre es el que determina exclusivamente su propio destino, y que por tanto tiene poder para contrarrestar a su Hacedor, es despojar a Dios del atributo de la omnipotencia.

La soberanía del Dios de la Escritura es absoluta, irresistible e infinita. Afirmamos que su derecho es el derecho del alfarero sobre el barro; él puede moldear ese barro en la forma que quiera, haciendo de la misma masa un vaso para honra y otro para vergüenza.

Dios es soberano en todos sus atributos:

a) Es soberano en el ejercicio de su poder. Lo ejerce según quiere, cuando quiere y donde quiere.

Faraón se atrevió a poner impedimentos a que Israel saliese a adorar a Jehová en el desierto y, ¿qué ocurrió?.Dios ejerció su poder, su pueblo fue liberado y el ejército de Faraón murió.

La ciudad de Jericó impedía el avance de los suyos y, ¿qué sucedió? Israel no tensó un solo arco ni asestó un solo golpe; Jehová alzó su mano y los muros cayeron.

Dios interpuso su poder y David fue librado del gigante Goliat; las bocas de los leones fueron tapadas y Daniel escapó ileso; los tres jóvenes hebreos fueron echados en el horno de fuego y salieron sin daño ni quemadura.

Pero este poder de Dios no siempre se interpuso para liberación de su pueblo, pues leemos: “Otros experimentaron vituperios y azotes, y además de esto prisiones y cárceles, fueron apedreados, aserrados, tentados, muertos a cuchillo, anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados” (Hebreos 11:36). Pero ¿porqué estos hombres de fe no fueron librados como los demás?. Por ejemplo ¿porqué permitió que Esteban fuese apedreado hasta la muerte, y luego libró a Pedro de la cárcel?… PORQUE DIOS ES SOBERANO.

b) Dios es soberano en el ejercicio de su misericordia. El ejercicio de la misericordia de Dios, la compasión demostrada hacia los desventurados, se mostró cuando Jehová se hizo carne y habitó entre los hombres.

c) Dios es soberano en el ejercicio de su gracia. Es necesario que sea así, pues gracia es el favor mostrado hacia el que nada merece, más aún, al que merece el infierno. La gracia ha sido definida como favor inmerecido de Dios; y si es inmerecido, nadie puede reclamarlo como derecho inalienable. Por lo tanto puesto que la salvación es por gracia, Él la concede a quien quiere.

LA SOBERANÍA DE DIOS EN LA CREACIÓN

“Señor,digno eres de recibir gloria y honra y virtud: porque Tú creaste todas las cosas y por tu voluntad tienen ser y fueron creadas” (Apocalipsis 4:11)

En el gran espacio de la eternidad que se extiende más allá de Génesis 1:1,el universo no había nacido aún y la creación existía tan solo en la mente del Gran Creador. En su majestad soberana Dios vivía solo. Pero aún en aquel tiempo Dios era soberano. Podía crear o no crear conforme a su buena voluntad.

Considerad entonces la acción de la soberanía divina mucho antes de que el hombre viera la luz. Levantad los ojos al cielo y observad los misterios de la soberanía divina; bajad ahora vuestros ojos a nuestro propio planeta; contemplad el reino animal y observad la maravillosa variedad del mismo; considerad también el reino vegetal; y considerad las huestes angelicales……y todo cuanto podemos decir es: “Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho” (Salmos 115:3).

Aprended esta verdad básica: el Creador es soberano absoluto. Puesto que Dios es Dios ¿quién se atreverá a disputar su prerrogativa?. Murmurar contra Él es pura rebelión. Discutir sus caminos es impugnar su sabiduría. Criticarle es pecado.¿Hemos olvidado quién es Él?.

LA SOBERANÍA DE DIOS EN SU PROVIDENCIA

“Jehová afirmó en los cielos su trono; y su reino domina sobre todos” (Salmos 103:19)

Dios efectivamente gobierna; su dominio se extiende a todas las cosas y todas las criaturas.

1. Dios gobierna la materia inanimada

Como declara el salmista: “Porque Él dijo y fue hecho, Él mandó y existió”.Observemos el control absoluto de Dios sobre la materia inanimada en las plagas de Egipto. Observemos que a su mandato las aguas del Mar Rojo se dividieron para que los israelitas pasaran en seco. Una palabra suya y la tierra abrió sus fauces para tragarse a Coré y sus rebeldes. Observemos como también el mar, ante la voluntad del Creador, lo sostuvo sobre las olas. A su palabra la higuera se secó; a su contacto las enfermedades huían al instante. A su mandato el sol retrocedió diez grados en el reloj de Acaz para ayudar a la débil fe de Ezequías.

Es Dios quien retiene la lluvia y es Dios quien la da cuando quiere. Los observatorios meteorológicos se atreven a predecir el tiempo, pero cuan frecuentemente Dios anula sus cálculos.

He aquí que Dios gobierna verdaderamente la materia inanimada. Por lo tanto cuando nos quejamos del tiempo estamos en realidad murmurando contra Dios.

2. Dios gobierna a las criaturas irracionales

En el hecho histórico del diluvio, Dios mostró evidentemente su gobierno sobre los animales.

Observemos como Dios hizo que fueran a Noé todo tipo de criaturas vivientes, dócilmente y de dos en dos. Dios hace también que un mudo asno reprenda la locura del profeta.

Envía dos osas de los bosques a devorar a cuarenta y dos de los atormentadores de Eliseo.

Sella la boca de los leones de Babilonia cuando Daniel es echado en el foso.

Prepara un gran pez para que tragase al desobediente Jonás.

Dios reina sobre las criaturas irracionales.

3. Dios dirige a los hijos de los hombres

“En Él vivimos y nos movemos y somos” (Hechos 17:28).

“El corazón del hombre piensa su camino, más Jehová endereza sus pasos” (Proverbios 16:9)

Pensar e insistir en que algunos hombres ponen impedimentos efectivos a la voluntad de Dios y trastornan sus consejos es negar las Escrituras. Observen bien lo que dicen: “Pero si Él se determina en una cosa,¿quién lo apartará? Su alma deseó e hizo” (Job 23:13).”Porque Jehová de los ejércitos ha determinado,¿y quién invalidará? Y su mano extendida ¿quién la hará tornar? (Isaías 14:27).

En vano leemos la Biblia si no descubrimos que los actos de los hombres, tanto de los malos como de los buenos, están gobernados por Dios.

Observen: Nimrod y sus compañeros determinaron erigir la torre de Babel, pero antes de que su obra fuese acabada Dios frustró sus planes. Esaú juró vengarse de Jacob, pero cuando se encontraron después de la separación, en vez de pelear llenos de odio, se abrazaron con lágrimas de gozo. Los hermanos de José planearon su destrucción, pero sus malos consejos fueron frustrados. Amán erigió una horca para Mardoqueo, pero fue él quien fue colgado en ella.

4. Dios gobierna a los ángeles y a los demonios

Los ángeles son siervos de Dios y escuchan siempre su voz y cumplen sus mandamientos (1°Crónicas 21:15-28) (Hechos 12:11) (Apocalipsis 22:6) (Mateo 24:31).

Dios también gobierna sobre los demonios (Jueces 9:23) (1 Reyes 22:23) (1 Samuel 16:14).

Sí, el propio Satanás está absolutamente sujeto al control de Dios. Acusado en el Edén, escuchó su sentencia sin pronunciar palabra. No pudo tocar a Job hasta que Dios le diera autorización. También tuvo que esperar autorización antes de “zarandear” a Pedro.

Y como acto final sabemos que será echado al lago de fuego que ha sido preparado para él y sus demonios.

EL SEÑOR OMNIPOTENTE REINA.

LA SOBERANÍA DE DIOS EN LA SALVACIÓN

“Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios; cuan incomprensibles son sus juicios e inescrutables sus caminos” (Romanos 11:33)

La salvación pertenece a Jehová…..pero el Señor no salva a todos.

¿Porqué no?¿Quizás porque son demasiado pecadores? NO….pues el apóstol escribió: “Palabra fiel y digna de ser recibida de todos”.

¿Porqué entonces Dios no salva a todos?¿Quizás porque algunos tienen el corazón muy duro para ser ganados para Cristo? NO.(Ezequiel 11:19)

¿Será porque son tan obstinados, tan intratables y tan retadores?

AMIGO….¿no es cierto que hubo un tiempo en que andabas en consejo de malos, estabas en camino de pecadores, te sentabas en silla de escarnecedores, y con ellos decías: “No queremos que éste reine sobre nosotros”?¿Cómo es posible que ahora todo haya cambiado?.Como nacido del Espíritu responderás con rapidez: “Por la gracia de Dios soy lo que soy” (1 Corintios 15:10).¿O acaso dices?…pero llegó un momento en que yo quise, estuve dispuesto a recibir a Cristo como mi salvador. Ciertamente fue así….pero fue el Señor quien te hizo querer (Salmos 110:3- Filipenses 2:13).

¿Porqué no todos los que escuchan el Evangelio son salvos? ¿Rehúsan creer?. Bien, es cierto, pero esa es solo una parte de la verdad. Es la verdad vista desde el aspecto humano. Pero hay también un aspecto divino. Es Dios mismo quien hace distinción entre el escogido y el no escogido.

Antes de la fundación del mundo Dios hizo una selección, una elección. Ante sus ojos omniscientes estaba toda la raza humana de Adán y de ella escogió un pueblo, y lo “ordenó” para vida eterna (Hechos 13:48) (1 Corintios 1:26-29) (Efesios 1:3-5) (2 Tesalonicenses 2:13) (2 Timoteo 1:9) (1°Pedro 1:2) (Romanos 8:28-29). Resumiendo las enseñanzas de estos pasajes aprendemos: Que Dios ha ordenado para vida eterna a ciertas personas; y que, como consecuencia de su ordenación, ellos, a su debido tiempo,”creen”. Ésta ordenación para salvación que Dios hace de sus elegidos no se debe a nada bueno ni a mérito alguno en ellos, sino exclusivamente a su “gracia”.

Volvemos entonces a preguntarnos: ¿Porqué escogió Dios a quienes escogió? ¿Fue porque poseían ciertas virtudes? ¿Por qué tenían corazones generosos? ¿los escogió porque eran buenos? ¿fue a causa de alguna buena obra? NO. La causa de su elección estriba en Él y no en los objetos. Él escogió a quienes escogió simplemente porque decidió hacerlo así.

Pero ahora nos preguntamos ¿Por quién murió Jesucristo?

CRISTO MURIÓ POR LOS ESCOGIDOS DE DIOS.

Si la determinación absoluta de Cristo abarcara a toda la humanidad, entonces toda la humanidad se salvaría. En lo referente al propósito predeterminado de su muerte, Cristo murió solamente por los elegidos. Cristo no murió para hacer posible la salvación de toda la humanidad, sino para hacer segura la salvación de todos los que el Padre le ha dado. Una y otra vez nuestro maestro se refirió a aquellos que el Padre le había dado y por los cuales tenía especial interés: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le hecho fuera…..Y ésta es la voluntad del que me envió, del Padre: Que todo lo que me diere, no pierda de ello, sino que lo resucite en el día postrero” (Juan 6:37) (Juan 17:1,2,6,9,24).

Sabemos que Cristo intercede ahora como Gran Sumo Sacerdote. Pero ¿por quién intercede? ¿por toda la raza humana o solamente por su propio pueblo?.La respuesta es muy clara. Nuestro Salvador ha entrado en el cielo personalmente “para presentarse por nosotros en la presencia de Dios” (Hebreos 9:24),es decir, por los que son “partícipes de la vocación celestial” (Hebreos 3:1). Esto concuerda con las palabras de nuestro Señor en Juan 17:9…..”Yo ruego por ellos, no ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque tuyos son”.La salvación de cualquier pecador entra dentro de la esfera del poder divino.

¿Cómo actúa la soberanía de Dios a través de su Espíritu Santo en la salvación?

El nuevo nacimiento es debido a la voluntad soberana del Espíritu. Cada una de las tres Personas de la bendita Trinidad tiene que ver con nuestra salvación. El Padre nos escogió; el Hijo murió por nosotros; el Espíritu nos da vida.

El Padre pensó en nosotros; el Hijo derramó su sangre por nosotros; el Espíritu efectúa su obra dentro de nosotros.

El nuevo nacimiento es una resurrección espiritual, un “pasar de muerte a vida” (Juan 5:24).

Y evidentemente la resurrección está totalmente fuera del dominio del hombre.

La obra del Espíritu es necesaria para el cumplimiento total del propósito eterno de Dios. Para que un pecador vea la necesidad que tiene de un Salvador y quiera recibir al Salvador que necesita se precisa indispensablemente, sobre él y en él, la obra del Espíritu Santo.¿No es pues evidente que la razón de que “otros” sean dejados fuera del reino de Dios no es solamente porque no quieren entrar, sino también porque el Espíritu Santo no ha procedido así con ellos?.

LA SOBERANÍA DE DIOS EN OPERACIÓN

“Porque de Él, y por Él, y en Él, son todas las cosas” (Romanos 11:36)

¿Está Dios ahora gobernando el mundo, y a todos, y a todo lo que hay en él? SI

¿lo gobierna de acuerdo a un propósito concreto o lo hace sin objetivo y al azar?

Y si lo gobierna conforme a un propósito,¿cuándo fue formado ese propósito?

¿Está Dios cambiando continuamente su propósito y formando uno nuevo cada día o estaba ya formado desde un principio?

La presciencia de Dios no es la causa de los acontecimientos, sino más bien los acontecimientos son el efecto de su propósito eterno. Cuando Dios ha decretado que algo ha de ser, ÉL SABE QUE SERÁ.

Dios creó todas las cosas. Dios formó primero el propósito de crear y luego realizó el acto creativo en cumplimiento de dicho propósito. Es obvio que Él no se propuso simplemente crear el mundo y colocar al hombre en él, para luego abandonar a ambos. Es preciso que veas que Dios tiene alguna gran finalidad en su propósito; y que Él está actualmente gobernando el mundo con objeto de realizar estos fines.

Entonces ¿con qué gran propósito fueron creados este mundo y la raza humana?. La respuesta encontrada en la Biblia es: “Todas las cosas ha hecho Jehová por sí mismo” (Proverbios 16:64).

Pero ¿qué diremos del gobierno de Dios sobre la familia humana?¿Qué revela la Escritura respecto al modus operandi de su administración sobre la humanidad?¿Hasta qué punto y por medio de qué influencias controla Dios a los hijos de los hombres?.

Consideraremos primeramente el método de Dios para con los justos (sus elegidos):

1.  DIOS EJERCE SOBRE SUS ESCOGIDOS UNA INFLUENCIA O PODER VIVIFICANTE

Por naturaleza, ellos están espiritualmente muertos en delitos y pecados, y su necesidad primordial es la vida espiritual, pues “el que no naciere de nuevo no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3).En el nuevo nacimiento somos hechos participantes de la naturaleza divina. Sin esta naturaleza santa que se nos imparte es absolutamente imposible para el hombre el producir un impulso espiritual, el formar un concepto espiritual, el tener un pensamiento espiritual, el entender las cosas espirituales y mucho menos el ocuparse en obras espirituales. El nuevo nacimiento es mucho más que derramar unas cuantas lágrimas debido a un remordimiento temporal por el pecado. Es mucho más que cambiar nuestra manera de vivir. No es mera reforma sino transformación completa. En resumen es un milagro hecho por la sobrenatural operación de Dios. Esto es lo primero que Dios hace con sus escogidos.

2. DIOS EJERCE SOBRE SUS ESCOGIDOS UNA INFLUENCIA O PODER FORTALECEDOR

Los hijos de Dios son capacitados para pelear la buena batalla de la fe y para contender con las fuerzas adversarias que les hostigan. Ellos de por sí no tienen fuerza alguna; dice la palabra de Dios: “El da esfuerzo al cansado y multiplica las fuerzas al que no tiene ninguna” (Isaías 40:29).

3. DIOS EJERCE SOBRE SUS ESCOGIDOS UNA INFLUENCIA O PODER DIRECTIVO

Dios nos guiará obrando en nosotros tanto el querer como el hacer por su buena voluntad. Que Dios nos guía en la forma indicada se desprende claramente de las palabras del apóstol en Efesios 2:10:”Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó para que anduviésemos en ellas”.

4. DIOS EJERCE SOBRE SUS ESCOGIDOS UNA INFLUENCIA O PODER PRESERVADOR

“Jehová guarda a todos los que le aman; pero destruirá a todos los impíos” (Salmos 145:20).No podemos perseverar sin que Dios nos preserve.

Ahora consideraremos el método de Dios en su proceder hacia los pecadores:

1. DIOS EJERCE ,A VECES, SOBRE LOS PECADORES UNA INFLUENCIA RESTRICTIVA POR LA CUAL LES IMPIDE EJECUTAR LO QUE POR NATURALEZA SE SIENTEN INCLINADOS A HACER.

Un ejemplo lo encontramos en el caso de José y en la forma en que sus hermanos lo trataron. Debido a la preferencia que Jacob sentía por él, sus hermanos le odiaban, y cuando creyeron tenerlo en su poder idearon matarle. Pero Dios no permitió que llevaran a cabo sus propósitos. Primero movió a Rubén a librarlo de las manos de ellos, y luego hizo que Judá sugiriera venderlo como esclavo.

2. DIOS EJERCE, A VECES, SOBRE LOS PECADORES UNA INFLUENCIA SUAVIZADORA QUE LOS INCLINA EN CONTRA DE SU PROPENSIÓN NATURAL A OBRAR PARA FOMENTAR SU CAUSA.

Observemos las experiencias de José en Egipto. Se nos dice que mientras estaba en casa de Potifar “Jehová fue con José”.Su amo vio que Jehová era con él, por lo cual,”halló gracia en sus ojos y le puso por mayordomo”. Más tarde cuando José fue injustamente echado en la cárcel se nos dice:”Más Jehová fue con José, y extendió a él su misericordia, y le dio gracia en ojos del principal de la casa de la cárcel”.Finalmente después de salir de la prisión, se nos enseña que Jehová “le dio gracia y sabiduría en la presencia de Faraón, rey de Egipto; el cual le puso por gobernador sobre Egipto, y sobre toda su casa”.

3. DIOS EJERCE, A VECES, SOBRE LOS PECADORES UNA INFLUENCIA ENCAUSADORA, LOGRANDO QUE EL MAL QUE INTENTABAN HACER RESULTE EN BIEN.

El ejemplo supremo de la influencia controladora y encausadora que Dios ejerce sobre los pecadores es la cruz de Cristo con todas las circunstancias que la acompañan. Desde toda la eternidad Dios había predestinado cada uno de los detalles de aquel evento.

¿Había sido decretado que el Salvador sería traicionado por uno de sus discípulos? (Salmos 41:9- Mateo 26:50).

¿Se había decretado que el traidor recibiría por su actuar treinta siclos de plata?

¿Se había decretado que esta paga de la traición sería empleada con un fin particular, a saber, la compra del campo del alfarero? (Mateo 27:7)

¿Se había decretado que habría quienes serían testigos falsos contra nuestro Señor? (Salmos 35:11)

¿Se había decretado que el Señor de la gloria sería blanco de “injurias y esputos”? (Isaías 50:6)

¿Se había decretado que el Salvador sería contado con los transgresores?

¿Se había decretado que le sería dado a beber vinagre estando en la cruz?

¿Se había decretado que los soldados echarían suerte sobre sus vestiduras?

¿Se había decretado que ninguno de sus huesos sería quebrantado? (Éxodo 12:46- Números 9:12)

4. DIOS ENDURECE LOS CORAZONES DE LOS PECADORES Y CIEGA SUS MENTES

La palabra de Dios afirma esto en el Salmo 105:25.En este pasaje se hace mención de la estancia de los descendientes de Jacob en tierra de Egipto. En su época los hijos de Israel fueron aumentados en extremo de tal forma que eran más y más fuertes que los de Faraón. Fue entonces cuando Dios “volvió el corazón de ellos para que aborreciesen a su pueblo”.La consecuencia del odio de los egipcios es conocida; no solamente endureció el corazón de Faraón, sino que, después de que Dios hubo azotado el país con las plagas, Dios dijo a Moisés: “Y yo he aquí endureceré el corazón de los egipcios” (Éxodo 14:17).

Lo mismo ocurrió luego en relación con Sehón, rey de Hesbón, por cuyo territorio tenía que pasar Israel en su éxodo hacia la tierra prometida (Deuteronomio 2:30).

Lo mismo acaeció cuando Israel hubo entrado en Canaán (Josué 11:19).

En Juan 12:37-40 leemos: “Pero habiendo hecho delante de ellos tantas señales, no creían en Él. Para que se cumpliese el dicho que dijo el profeta Isaías: ¿Señor, quién ha creído a nuestro dicho? ¿Y el brazo del Señor, a quién es revelado?.Por esto no podían creer, porque otra vez dijo Isaías: Cegó los ojos de ellos y endureció su corazón; para que no vean con los ojos y entiendan de corazón, y se conviertan, y yo los sane”.

¿Está Dios en realidad gobernando el mundo?

ALELUYA, PORQUE EL SEÑOR NUESTRO DIOS TODOPODEROSO REINA (Apocalipsis 19:6)

LA SOBERANIA DE DIOS Y LA VOLUNTAD DEL HOMBRE

“Porque Dios es el que en vosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:13)

La idea popular que actualmente prevalece es que el hombre tiene “libre albedrío”,y que la salvación viene al pecador por la cooperación entre su voluntad y el Espíritu Santo.

Negar el libre albedrío del hombre es desacreditarse enseguida. Pero la Biblia dice “No es del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” (Romanos 9:16).

Preguntamos ahora: ¿Qué es la voluntad humana? ¿Es un agente que toma sus propias determinaciones o es a su vez determinada por otra cosa? ¿Es soberana o sierva?.

Se enseña a menudo que la voluntad gobierna al hombre, pero la palabra de Dios declara que el centro dominante de nuestro ser es el corazón;”Sobre toda cosa guardada guarda tu corazón, porque de él mana la vida” (Proverbios 4:23).Aquí nuestro Señor descubre la fuente de estos actos pecaminosos, y declara que su origen es el corazón y no la voluntad. También dice su palabra: “Este pueblo de labios me honra, mas su corazón lejos está de mí” (Mateo 15:8).Pongamos un ejemplo; un individuo ante quien se ofrecen dos alternativas: ¿cuál escogerá?.Respondemos que la que más le agrade a él, es decir a su corazón: el centro más recóndito de su ser. Ante el pecador se ha colocado una vida de virtud y piedad, y una vida de vicio, entregada al pecado;¿cuál seguirá? La segunda.¿por qué? Porque es la que escoge. Pero ¿demuestra eso que la voluntad es soberana? En absoluto. Pues ¿porqué escoge el pecador una vida de entrega al pecado? Porque la prefiere, y la prefiere a pesar de todos los argumentos adversos.¿Y porqué la prefiere? Porque su corazón es pecaminoso. De igual manera las mismas alternativas se enfrentan con el cristiano, y sin embargo éste se decide y lucha por una vida de piedad y virtud.¿Por qué? Porque Dios le ha dado un nuevo corazón.

En cualquier tratado que se proponga estudiar la voluntad humana, debe tenerse en cuenta la voluntad de tres hombres diferentes: Adán, el pecador y el Señor Jesucristo.

En Adán, antes de caer, la voluntad era libre en ambos sentidos; libre hacia el bien y libre hacia el mal. Con el pecador las cosas son diferentes; el pecador nace con una voluntad que no está en equilibrio moral, porque en él hay un corazón engañoso. Pero con respecto al Señor Jesús la cosa fue muy distinta. Cristo difería radicalmente. Él no podía pecar porque era  “el Santo de Dios”.

Ahora bien, en contraposición a la voluntad del Señor Jesús y la voluntad de Adán, tenemos la voluntad del pecador, libre, pero siempre propensa al mal.¿En qué consiste pues la libertad del pecador? El pecador es libre en el sentido de que no es forzado desde fuera, él nunca es forzado a pecar. Pero no es libre de escoger entre el bien y el mal. Ilustremos esto:

Tengo un libro en la mano. Lo suelto.¿qué pasa? Cae. ¿en qué dirección? Hacia abajo.¿porqué? Porque de acuerdo a la ley de gravedad su propio peso le hace caer. Supongamos que deseo que el libro ocupe una posición un metro más arriba,¿qué hago? Tengo que levantarlo; un poder externo debe levantarlo. Tal es la relación que el hombre caído tiene con Dios.

¿Cómo podrá el pecador ir al cielo? ¿Por un acto de su propia voluntad? NO. Un poder externo a él debe levantarlo y sostenerlo.

¿Está dentro de los límites de la voluntad humana aceptar o rechazar al Señor Jesucristo como Salvador?

¿Está en su propio poder ceder ante Dios? NO y NO.

Si la voluntad de una criatura caída ha de ir hacia Dios alguna vez, es preciso que un poder divino obre sobre ella, venciendo las influencias del pecado que tienden en dirección contraria. Esto es solamente otra manera de decir “ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (Juan 6:44).

SI CRISTO VINO A SALVAR LO QUE SE HABÍA PERDIDO, EL LIBRE ALBEDRÍO NO TIENE CABIDA.

La voluntad no es libre, porque el hombre es esclavo del pecado (Juan 8:36).

Para que un pecador sea salvo fueron indispensables tres cosas: Dios Padre tuvo que “proponerse” su salvación; Dios Hijo tuvo que “comprarla” y Dios Espíritu Santo tiene que “aplicarla”.

Respondamos a la objeción acostumbrada e inevitable: ¿Porqué predicar el Evangelio si el hombre es impotente para responder al mismo?

No predicamos el Evangelio porque creamos que el hombre tiene libre albedrío, sino que lo predicamos porque se nos ha mandado hacerlo (Marcos 16:15) (1 Corintios 1:25).

A la sabiduría carnal le parece el colmo de la locura predicar el Evangelio a los que están muertos y son totalmente incapaces de hacer algo por si mismos. El hombre quizás considere locura profetizar a los “huesos secos” y decirles: “Huesos secos, oíd palabra de Jehová” (Ezequiel 37:4).Los sabios habrían dicho junto a la tumba de Lázaro que era señal de demencia el que el Señor se dirigiese a un hombre muerto y le diga: “Lázaro,ven fuera”.

Por lo tanto salimos a predicar el Evangelio no porque creamos que los pecadores tienen en sí el poder de recibir al Salvador, sino porque el propio Evangelio es poder de Dios para salvación a todo aquel que en él cree, y porque sabemos que “todos los que estaban ordenados para vida eterna”,creerán en el momento que Dios ha designado.

LA SOBERANÍA DE DIOS Y LA ORACIÓN

Decir que Dios ha ordenado que los destinos humanos puedan ser cambiados y moldeados por la voluntad del hombre es absolutamente falso. EL DESTINO HUMANO NO LO DECIDE LA VOLUNTAD DEL HOMBRE, SINO LA VOLUNTAD DE DIOS (1 Samuel 26:8).

Entonces ¿porqué Dios ha determinado que oremos?.Hay varias respuestas a este interrogante:

En primer lugar, y ante todo, la oración es un mandamiento para que Jehová sea honrado. Dios exige que le adoremos, y la verdadera oración, es un acto de culto. En ella reconocemos que dependemos de Él.

En segundo lugar, Dios ha designado la oración para nuestra bendición espiritual, como medio para nuestro crecimiento en la gracia. Dios ha designado la oración para nuestra humillación. La oración es un ejercicio para nuestra fe.

En tercer lugar, la oración ha sido mandada por Dios para que busquemos en Él las cosas que necesitamos. Pero aquí surge una dificultad: si Dios antes de la fundación del mundo, ha determinado todo lo que ocurre dentro del tiempo, ¿de qué sirve la oración? ¿para qué orar? ¿de qué sirve que yo comparezca ante Dios y le diga lo que ya sabe?

La oración no ha sido designada para que Dios pueda saber lo que necesitamos, sino como confesión a Dios de nuestra experiencia de la necesidad. Sin embargo, vuelve a plantearse la pregunta:

¿no será la oración una práctica poco provechosa? NO. Es evidente que la oración no carece de significado ni de valor, así lo dice la Escritura: “Orad sin cesar” (1 Tesalonicenses 5:17); “Es necesario orar siempre” (Lucas 18:1); “la oración de fe salvará al enfermo” ; “la oración del justo puede mucho” (Santiago 5:15).

¿Cuál es entonces la relación entre la soberanía de Dios y la oración cristiana?

Ante todo dejemos bien en claro que la oración no tiene por objeto alterar el propósito de Dios. Dios ha decretado que ciertos acontecimientos tengan lugar, pero también ha decretado que estos acontecimientos tengan lugar a través de los medios que Él ha designado para su cumplimiento. El Evangelio es uno de los medios establecidos para el cumplimiento del eterno consejo del Señor, como la oración es otro.

La palabra de Dios enseña claramente que las oraciones pidiendo precisamente el cumplimiento de las cosas que Dios ha decretado no carecen de significado. Daniel “entendió” por los escritos de los profetas que la cautividad debía durar solamente setenta años, pero cuando estos setenta años habían casi terminado, se nos dice que volvió su “rostro al Señor, buscándole en oración y ruego, en ayuno, y cilicio y ceniza”(Daniel 9:2).En Ezequiel 36 leemos las promesas explícitas e incondicionales que Dios ha hecho tocante a la futura restauración de Israel, pero en el versículo 37 de ese capítulo se nos dice: “Así ha dicho el Señor Jehová; aún seré solicitado de la casa de Israel para hacerles esto”.

¿Acaso el Hijo de Dios no sabía que ninguno de los suyos perecería? Sin embargo rogó al Padre que los guardara (Juan 17:11).

Nuestras creencias con respecto a la oración han de ser revisadas. La idea que se tiene hoy en día es: “me presento ante Dios, le pido algo que necesito, y espero que me lo dé. NO, y otra vez NO.

Orar es presentarme ante Dios, contarle mi necesidad, encomendarle mis caminos y dejar que haga según a Él le parezca mejor. Esto es dejar que Dios conteste la oración de la manera que Él crea conveniente, sea la que sea, bien que a menudo su respuesta sea la que menos agrade a la carne.

Como ejemplo consultemos 2 Corintios 12: Se ha concedido a Pablo un privilegio inaudito. Ha sido arrebatado al Paraíso. Sus oídos han escuchado y sus ojos contemplado lo que ningún otro mortal ha oído ni visto en el lado de acá de la muerte. La maravillosa revelación fue más de lo que el apóstol podía soportar. Estaba a punto “de creérsela” a causa de su experiencia. Por lo tanto se le envía un aguijón en la carne, un mensajero de Satanás que le abofetee para que no se enaltezca demasiado. Y el apóstol presenta su necesidad ante el Señor, le implora tres veces que éste aguijón sea quitado; ¿fue contestada su oración? Sin duda, aunque no como hubiera deseado. El aguijón no fue quitado, pero le fue dada gracia para soportarlo.

La verdadera oración es comunión con Dios, de manera que es necesario que Él llene nuestros corazones de sus pensamientos .Si pedimos algo conforme a su voluntad, Él nos oye, y si no pedimos, no nos oye (Santiago 4:3).

Que sea nuestro clamor: SEÑOR ENSÉÑANOS A ORAR (Lucas 11:1).

NUESTRA ACTITUD HACIA LA SOBERANÍA DE DIOS

Reconocer en verdad la soberanía de Dios es contemplar al propio Soberano, es tener una visión del Dios tres veces santo en su excelente gloria.

Notemos la experiencia de Job, aquel de quien el propio Señor dijo: “No hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios, y apartado del mal” (Job 1:8).Al final del libro de Job se lo muestra en presencia de Dios; ¿y cómo se comporta? Job dice: “De oídas te había oído, más ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco y me arrepiento en el polvo y en la ceniza” (Job 42:5).Así la visión de Dios hizo que Job se aborreciera a sí mismo y se humillara ante el Omnipotente.

En el capítulo seis de Isaías se nos ofrece una escena pocas veces igualada. El profeta contempla al Señor en su trono “alto y sublime”.Sobre este trono hay serafines con rostros cubiertos dando voces, diciendo: “Santo,Santo,Santo,Jehová de los ejércitos”.¿Cuál es el efecto de ésta visión en el profeta?.”Entonces dije: Ay de mí que soy muerto; que siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey” (Isaías 6:5).La visión del Rey humilló a Isaías hasta el polvo.

Analicemos la experiencia de Daniel. Cerca del final de su vida, este hombre de Dios contempló al Señor en una teofanía. Jehová se apareció a su siervo en forma humana, vestido de santidad y gloria divina. Daniel cuenta el efecto que ésta visión tuvo sobre él y los que con él estaban:”Y solo yo, vi aquella visión, y no la vieron los hombres que estaban conmigo, sino que cayó sobre ellos un gran temor, y huyeron y se escondieron. Quedé solo y vi ésta visión, y no quedó en mí esfuerzo. Pero oí la voz de sus palabras: y oyendo, estaba adormecido sobre mi rostro, y mi rostro en tierra” (Daniel 10:6-9).

Aquí vemos una vez más que la visión del Dios soberano hace que el esfuerzo de la criatura se marchite y ésta sea humillada.

Entonces ¿cuál debe ser nuestra actitud para con el Soberano Dios?

Nuestra respuesta es:

1.  SANTO TEMOR

¿Porqué las masas están hoy tan despreocupadas de las cosas espirituales y aman los placeres del mundo más que a Dios?.La Biblia dice en Romanos 3:18: “Porque no hay temor de Dios delante de sus ojos”.Proverbios 1:7 cita: “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová”.Feliz el alma que ha sido atemorizada por una visión de la majestad de Dios, que ha tenido una percepción de la grandeza de Dios.

2.  OBEDIENCIA IMPLÍCITA

La visión de Dios nos lleva a darnos cuenta de nuestra pequeñez y termina mostrándonos nuestra dependencia de Él, y hace que nos pongamos en sus manos.

3.  ENTERA RESIGNACIÓN

Es natural quejarse cuando nos vemos privados de aquellas cosas en las que habíamos puesto nuestros corazones. Pensamos que cuando hemos desarrollado nuestros planes con prudencia y esfuerzo, tenemos derecho al éxito, que cuando estamos rodeados de una familia venturosa, ningún poder puede penetrar y herir a un ser que amamos; pero si en cualquiera de estos casos llega a producirse un disgusto, el instinto pervertido del corazón humano lo lleva a clamar contra Dios.

Pero en aquel, que por la gracia, ha reconocido la soberanía de Dios, ésta murmuración es acallada, y en su lugar el corazón se inclina ante la voluntad divina.

Una sorprendente ilustración del alma inclinándose ante la voluntad soberana de Dios es la que nos ofrece la vida de Job. Como es sabido Job era temeroso de Dios y apartado del mal. Si jamás hubo alguien que pudiera esperar que la providencia divina le sonriera éste era Job. Pero ¿cómo le fue?.Por un tiempo las cuerdas le cayeron en lugares deleitosos. El Señor llenó su aljaba dándole siete hijos y tres hijas. Le prosperó en los asuntos terrenales hasta convertirlo en un hombre rico. Pero de golpe el sol de la vida se escondió tras espesas nubes. En un solo día Job perdió, no solo sus rebaños y manadas, sino también a sus hijos e hijas. Le llegó la noticia de que los ladrones se habían llevado su ganado, y que sus hijos habían muerto por un ciclón.¿Y cómo recibió todo esto?.Oíd sus palabras: “Jehová dio, y Jehová quitó”.Pero no solo reconoció la soberanía de Dios, sino que además se gozó con ella y dijo: “Sea el nombre de Jehová bendito” (Job 1:21).

Si, es ante la voluntad del Señor que debemos inclinarnos. Es Él quien debe decir donde debo vivir, en que circunstancias he de vivir, y cuanto tiempo he de hacerlo.

4.  PROFUNDO AGRADECIMIENTO Y GOZO

En este punto es donde muy a menudo se pone a prueba el estado de nuestras almas. Cuando las cosas van según nuestros deseos, parece que estamos muy agradecidos a Dios, pero ¿qué decimos en aquellas ocasiones en que las cosas nos son adversas y desbaratan nuestros planes?.Vayamos de nuevo al ejemplo de Job. Cuando experimentó pérdida ¿qué hizo? ¿lamentarse? ¿maldecir? ¿murmurar?

NO; se inclinó ante Dios y lo adoró.

No habrá verdadero descanso en tu corazón hasta que aprendas a ver la mano de Dios en todo. Para esto es preciso que la fe sea practicada constantemente. Pero,¿qué es la fe?¿una resignación fatalista?

NO. La fe descansa en la palabra de Dios, y por tanto dice: “Sabemos que a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien, a los que conforme a su propósito son llamados” (Romanos 8:28).La fe que obra se goza en el Señor siempre (Filipenses 4:4).

5.  ADORACIÓN

El solo hecho de que la voluntad de Dios es irresistible e irrevocable, me llena de temor; pero cuando me doy cuenta de que Él solo quiere lo bueno, mi corazón se llena de gozo. El reconocimiento de la soberanía de Dios ha de abrumar mi corazón y hacer que me incline ante Él en adoración.

EL VALOR DE LA DOCTRINA DE LA SOBERANÍA DE DIOS

“Toda la palabra de Dios es inspirada divinamente, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instituir en justicia, para que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente instruido para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16-17).

Doctrina es enseñanza, y es por medio de la doctrina o enseñanza que nos son dadas a conocer las grandes realidades de Dios. Es por medio de la doctrina que los creyentes son alimentados y edificados.

Es muy triste que hoy en día la doctrina sea popularmente considerada como poco práctica.

Es la ignorancia de la doctrina lo que ha hecho que la Iglesia visible sea impotente para enfrentarse con la creciente marea de infidelidad.

La doctrina de la soberanía de Dios es básica en la teología cristiana. La doctrina de la soberanía de Dios es un tónico divino para reanimar nuestros espíritus. Produce gratitud en la prosperidad y paciencia en la adversidad. Proporciona consuelo para el presente y seguridad para el futuro desconocido.

El valor de ésta doctrina hace más profunda nuestra veneración por el carácter divino. Declara que los derechos de Dios son los del alfarero que da forma al barro haciendo vasos del tipo que quiere y para el uso que desee. Nos habla del carácter inescrutable de su sabiduría. Muestra que aunque Dios es infinito en su santidad, permitió que el mal entrase en su creación. Muestra que si bien es poseedor de toda potestad, permitió que el diablo guerree contra Él desde hace mucho tiempo. Muestra que si bien es la perfecta personificación del amor, no perdonó a su propio Hijo. Muestra que si bien es el Dios de toda gracia, no todos son hechos participantes de dicha gracia.

El valor de ésta doctrina es el fundamento de toda verdadera religión. No habrá progreso alguno en las cosas de Dios, si antes no hay un reconocimiento personal de que Él es Supremo, y de que ha de ser confesado y servido como Señor. Toda oración que elevemos a Dios será mera presunción carnal si no es ofrecida conforme a su voluntad. Todo servicio en que nos ocupemos será obra muerta si no lo hacemos para la gloria de Dios.

El valor de ésta doctrina repudia la herejía de la salvación por las obras. El camino que parece derecho y que termina en muerte, muerte eterna, es la salvación por los esfuerzos y méritos humanos. Decir que la salvación del pecador depende de la acción de su propia voluntad, es otra forma que deshonra a Dios.

Mientras el pecador confíe en sus propias fuerzas, no caerá en brazos de la misericordia soberana; pero una vez que el Espíritu Santo le convenza de que no hallará ayuda alguna en sí mismo, reconocerá que está perdido, y clamará, y este clamor será oído.

El valor de esta doctrina es profundamente humillante para el hombre. Esta doctrina es un potente ariete contra el orgullo humano. El espíritu de nuestra época es un espíritu de jactancia y glorificación humana. Pero la verdad de la soberanía de Dios, quita toda base para esta jactancia. Esta verdad declara que la salvación es del Señor. Recalca que es Él quien no solo ha de ofrecer, sino también obrar; quien no solo ha de comenzar su obra salvadora en nuestras almas, sino también perfeccionarla; quien no solo ha de llamarnos, sino que también mantenernos y sustentarnos hasta el fin. Enseña que la salvación es por gracia por la fe, y que todas nuestras obras, nada cuentan para ser salvos.

El valor de esta doctrina ofrece una experiencia de certeza absoluta. Dios es infinito en poder y por tanto es imposible resistir a su voluntad. Semejante declaración podrá llenar de alarma al pecador, pero en el santo no despierta sino alabanza. Mi Dios es infinito en poder, por lo tanto decimos: “en paz me acostaré y asimismo dormiré, porque solo tú me haces vivir confiado” (Salmos 4:8).

El valor de esta doctrina ofrece consuelo en las pruebas. La doctrina de la soberanía de Dios es un manantial de consolación que rebosa e infunde gran paz al cristiano.!Qué bendición saber que no hay un solo rincón del universo que esté fuera de su alcance!.!Qué bendición saber que la fuerte mano de Dios está sobre todos y sobre todo!.!Qué bendición saber que aun nuestras aflicciones no vienen por casualidad, ni proceden del diablo, sino que son ordenadas y mandadas por Dios!.

Dios es demasiado sabio para errar y demasiado amante para hacer derramar a sus hijos una sola lágrima innecesaria.

El valor de esta doctrina engendra un espíritu de apacible resignación. Acatar la voluntad soberana de Dios es uno de los grandes secretos de la paz y la felicidad.

El valor de esta doctrina inspira un canto de alabanza. No solamente debemos estar agradecidos a Dios por su gracia para con nosotros en el pasado, sino que su continuo proceder hacia nosotros nos llena de gratitud.

¿Cuál es el sentido de las palabras: “Gozaos en el Señor siempre”?. Fíjense que no dice: “Gozaos en el Salvador”,sino “Señor”,como dueño de toda circunstancia (recuerden que cuando el apóstol escribió estas palabras estaba prisionero).¿Cuál era el secreto de su paz?.El secreto era el saber que todas las cosas están bajo el control de Dios, Él las dirige.

El valor de esta doctrina garantiza el triunfo final del bien sobre el mal. Desde el día que Caín mató a Abel, el conflicto entre el bien y el mal en la tierra ha sido un penoso problema. Cuando uno mira a su alrededor descubre que casi todo aquí en la tierra está en confusión, en caos y en ruinas; parece como si Satanás estuviese llevando la mejor parte en la batalla. Pero cuando uno mira hacia el cielo, el ojo de la fe ve claramente un trono, estable y seguro, en el que se sienta Aquel cuyo nombre es Omnipotente. Dios está en el trono, el timón está en sus manos, y por consiguiente su propósito no puede fallar.

El valor de esta doctrina ofrece un lugar de reposo para el corazón. Aquel que está sentado en el trono del cielo no solo es infinito en poder, sino también en sabiduría y bondad.

CONCLUSIÓN

“Aleluya,porque el Señor Todopoderoso reina”

Consideremos ahora una o dos de las objeciones que suelen oponerse a la doctrina de la soberanía divina.

Si Dios no solo ha predeterminado la salvación de los suyos, sino que también ha preparado las buenas obras en que han de andar (Efesios 2:10), ¿qué incentivo nos queda para luchar por la piedad práctica?.

Si Dios ha fijado ya el número de los que han de ser salvos, siendo los demás vasos de ira preparados para muerte, ¿qué estímulo tenemos para predicar el Evangelio a los perdidos?.

Una de las respuestas  del creyente es: “Prosigo al blanco, al premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:14).

Si Dios ha determinado antes de la fundación del mundo el número exacto de los que han de ser salvos,

¿por qué debemos preocuparnos del destino eterno de aquellos con los cuales entramos en contacto?

NUESTRA LABOR NO TIENE POR OBJETO HACER QUE SE CUMPLA LO QUE DIOS NO HA DECRETADO.

Nosotros no somos responsables de los resultados: estos dependen de Dios y de su acción. La palabra de Dios dice: “Pablo plantó, Apolos regó, pero es Dios quien ha dado el crecimiento” (1 Corintios 3:6).

Nosotros hemos de obedecer a Cristo y predicar su palabra a toda criatura, hacer énfasis en el mensaje que dice: “Todo aquel que en Él cree”,y luego dejar que el Espíritu Santo aplique dicha palabra con poder vivificante a quien Él quiera.

Dios no nos ha enviado a disparar un arco al aire. Cuán alentadoras son para el alma aquellas palabras de nuestro Señor: “También tengo otras ovejas (observen que dice tengo y no tendré, ya han sido dadas por el Padre) que no son de este redil; aquellas me conviene traer, y oirán mi voz” (Juan 10:16).No dice “es posible que oigan mi voz”,ni “lo harán si quieren”;”Oirán mi voz” es su promesa sin reservas, es absoluta.

QUERIDO HERMANO, CONTINÚA LA BÚSQUEDA DE LAS “OTRAS OVEJAS” DE CRISTO. No te desalientes porque los cabritos no atienden a la voz del Señor cuando predicas. Sé fiel, persevera, y que Cristo te use como vocero y portavoz suyo.

EL FIN Y OBJETO DE TODO ES LA GLORIA DE DIOS.

“ÉL LO HA ORDENADO; SU PODER LO LOGRARÁ”

AMÉN

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