La Libre Gracia vs El Libre Albedrío INTRODUCCIÓN
INTRODUCCIÓN
“El labio veraz permanecerá para siempre…” lee Proverbios 12:19. Claro que, la verdad es la verdad, pero la verdad puede llegar a ser adulterada. De esto nos debemos cuidar. El hombre de Dios nunca debe torcer las Escrituras o adulterarlas (II Ped. 3:16; II Cor. 4:2). El siempre debe recordar que la verdad está basada en el sentido de la Escritura más bien que de su sonido. La Escritura debe ser comparada con la Escritura para descubrir la verdad de cualquier tema Bíblico.
Esto especialmente se aplica en la discusión continua de la libre gracia en contra del libre albedrío. Juan 6:37, que dice, “y al que a mí viene, no le echo fuera,” suena a muchos como si cualquiera pudiera venir a Cristo. Sin embargo, el sentido del versículo es completamente diferente. La primera parte del versículo declara, “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí….” Así que, sólo aquellos dados al Hijo por el Padre vienen a El.
Las posiciones opositoras de la libre gracia en contra del libre albedrío, el Calvinismo y el Arminianismo, tienen sus raíces en el pensamiento de Agustín y Pelagio, respectivamente. Agustín (354-430) reveló su posición en este punto en sus CONFESIONES. El creyó que cuando Adán cayó, toda su posteridad cayó con él. “Todos los hombres son depravados,” dijo Agustín. El creyó que los hombres no tenían voluntades libres, pero están esclavizados en el pecado. Pelagio (360-420), por otra parte, negó la depravación total del hombre. El acentuó que el hombre tiene un libre albedrío y puede ser salvo cuando él lo desee.
Como Agustín, Juan Calvino creyó en la libre gracia; y como Pelagio, Jacobo Arminio creyó en el libre albedrío del hombre. No había compatibilidad entre las ideas de Agustín y las de Pelagio, y no había ninguna entre los puntos de vista de Calvino y aquellos de Arminio. Además, no hay en el día de hoy armonía intelectual entre aquellos quienes creen en la libre gracia y aquellos quienes creen en el libre albedrío. La anterior sostiene que el Dios soberano está sobre el trono y el hombre está a Sus pies; la posterior da crédito al hombre con autoridad para elegir a Dios o rechazarle.
Los defensores de la libre gracia aceptan la doctrina Bíblica de la predestinación. Ellos también aceptan estas verdades Bíblicas:(1) El hombre es una criatura caída y no tiene un libre albedrío para hacer lo que es espiritualmente bueno. (2) La justificación es mediante la fe, que es don de Dios. (3) Los dones y llamamiento de Dios son dados sin el arrepentimiento de parte de Dios como así también del creyente.
Los defensores del libre albedrío niegan la doctrina Bíblica de la predestinación y afirman las siguientes: (1) La raza humana posee un libre albedrío para hacer lo que es bueno. (2) La justificación viene por una fe que merece la salvación. (3) Puesto que la fe del hombre viene de sí mismo, él no tiene la seguridad de que un día no la perderá. (Los arminianos están divididos en dos grupos sobre este asunto. Algunos creen que una persona puede ser salva el día de hoy y mañana estar perdida. Los otros creen que una vez que una persona es salva ya es siempre salva.)
Ahora que las posiciones básicas han sido esbozadas, consideremos lo que dicen las Escrituras en lo concerniente a la libre gracia en contra del libre albedrío.
La Libre Gracia vs El Libre Albedrío 6, Autor: W. E. Best
5
LA PREDESTINACIÓN Y LA AGENCIA LIBRE
Romanos 8:29, 30; Efesios 1:5, 11
¿Cómo es que una persona puede ser un agente responsable y libre si sus acciones fueron predeterminadas desde la eternidad? “Agente responsable y libre” indica que una persona inteligente actúa con auto-determinación racional. El término predeterminación significa que desde la eternidad Dios hizo cierto la corriente de los eventos que ocurren en la vida de cada persona y en la corriente de la naturaleza. El mismo Dios quien ordenó todos los eventos ordenó la agencia libre del hombre en el medio de estos eventos predeterminados. La agencia libre está bajo la soberanía absoluta de Dios.
El evangelio no es forzado sobre ninguno en contra de su voluntad. Si la determinación absoluta de eventos estuviera en las manos de hombre, el hombre hubiera llegado a ser superior a Dios. Su voluntad hubiera llegado a ser primaria y la de Dios, secundaria. Y viceversa, la Biblia enseña que la voluntad de Dios es suprema y no depende del hombre. La voluntad de Dios hace la voluntad del hombre dispuesta para aceptar el evangelio al que por naturaleza está en contra.
La palabra predestinación es una traducción de la palabra griega proorizo que es constituida de dos palabras griegas. El sufijo horizo significa marcar fuera, nombrar, decretar, determinar, u ordenar. El prefijo pro significa pre, en la frente de, con anterioridad a, o antes. Entonces, la palabra compuesta traducida predestinación significa determinar o nombrar de antemano. Esto pone una limitación sobre alguien de antemano, y trae a una persona dentro de la esfera de un cierto futuro, o destino. Por tanto, los conocidos de antemano han tenido limitaciones puestas alrededor de ellos que los traen dentro de la esfera de llegar a ser los hijos de Dios (Ef. 1:5) y de llegar a ser conformados a la imagen de Jesucristo (Rom. 8:29). Entonces, la gloria y el honor deben ser atribuidos al Dios soberano por todo recipiente de gracia.
Sólo una persona gobernada por sentimientos naturales más bien que por una revelación de la verdad mediante una mente santificada podría acusar a aquellos quienes creen en la predestinación absoluta de fatalismo. Una persona erróneamente dijo que la conclusión lógica de creer de que los eventos ocurren como predeterminados es que Dios es culpable de toda clase de pecado.
Otros consideran la soberanía divina y la responsabilidad humana como una de las muchas antinomias Bíblicas. Ellos ilustran su creencia por comparar lo que es llamado antinomia a las dos fuerzas naturales—fuerza centrípeta y centrífuga. Ellos dicen que estas son las fuerzas complementarias que contribuyen a la operación armoniosa del universo, y son analógicas a la soberanía divina y la responsabilidad humana. Ellos concluyen que antinomias en la naturaleza prueban que hay antinomias en la teología Bíblica. Ellos creen que puesto que el Autor de la naturaleza es el Autor de la revelación, uno puede concluir razonablemente que la Escritura contiene dificultades analógicas a aquellas en la naturaleza.
Sin embargo, los Reformadores y padres primitivos de la iglesia correctamente interpretaron la predestinación y la agencia libre del hombre. Ellos afirmaron que las dos verdades Bíblicas no se contradicen. La mezcla de la soberanía absoluta de Dios y la agencia libre del hombre es ilustrada en todo reino terrestre. El rey tiene el derecho para imponer leyes, y sus súbditos tienen la obligación de observarlas. El derecho de Dios para imponer la ley proviene desde su soberanía. La obligación del hombre al observar Su ley crece desde su responsabilidad como un ser creado por su Creador.
Discutamos la predestinación y la agencia libre desde tres premisas: (1) La predestinación Bíblica no es el fatalismo. (2) La predestinación Bíblica no elimina la agencia libre del hombre. (3) La predestinación Bíblica no reduce la voluntad del hombre a una simple máquina.
1. LA PREDESTINACIÓN BÍBLICA NO ES EL FATALISMO. El concepto Mahometano de la predestinación es fatalístico. En el fatalismo genuino, el destino es una fuerza natural. El fatalista excluye la mente y el propósito, y confunde a Dios con la ley natural. Según el Estoico, Dios es ley natural y Su otro nombre es el Destino. El cree que las acciones humanas salen desde las fuerzas irracionales. Sin embargo, el Cristiano está seguro de que las acciones proceden del amado Padre celestial. El puede decir con el salmista, “Jehová es mi pastor…En lugares de delicados pastos me hará descansar; Junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma; Me guiará por sendas de justicia…tú estarás conmigo; Tu vara y tu cayado me infundirán aliento. Aderezas mesa delante de mí…Unges mi cabeza con aceite…” (Sal. 23).
Si un fatalista fuera verdaderamente consistente, dejaría de comer. Después de todo, de cualquier manera se va a morir. Y si su destino es vivir muchos años, no necesita comer—no puede morirse si su destino es vivir muchos años. Ve usted, que ninguna persona puede ser consistentemente fatalista. Puesto que Dios ha predestinado que un hombre vivirá, El también ha predestinado que él será guardado de la insensatez suicida en negarse a comer.
El fatalismo es una doctrina pagana, pero la predestinación es una doctrina Cristiana. Es llamado “destinación” porque comprende un orden determinado de los medios hacia el fin. Es llamada “pre”-destinación porque Dios determinó aquel orden en y consigo Mismo antes de la existencia actual de estas cosas que El ordenó. La providencia de Dios completa en el tiempo lo que El predestinó en la eternidad.
La predestinación reconoce el orden del universo. Puesto que Dios es el Dios de orden, la predestinación no sólo llama la atención a Dios pero a la teodicea—la vindicación de Dios en todas Sus acciones. La providencia es la predestinación en ejecución, y la predestinación es la providencia en intención. El Cristiano ve “mediante” y no “a” la providencia para percibir el cumplimiento de la voluntad predeterminada de Dios. Por lo tanto, él no se pone nervioso bajo las circunstancias pero ve la determinación de Dios antes la fundación del mundo revelada mediante Sus acciones providenciales.
El Cristiano no está en las manos de un frío determinismo inmutable, pero en las manos del amante y afectuoso Padre celestial. La tribulación que experimenta le enseña dar gloria a Dios (Rom. 5:3-5). La fe de cada Cristiano es probada así. La fe de Abraham fue probada severamente cuando Dios le dijo que ofreciera a Isaac. No obstante, él voluntariamente negó sus propias ambiciones egoístas e hizo como Dios le mandó. El Señor previno a Abraham de matar a su hijo, y El proveyó un sustituto (Gén. 22:1-13). A Abraham no le fue requerido de hecho matar a su hijo, pero el deseo de cumplir la voluntad de Dios estaba en su corazón. El miró mediante aquel hecho providencial y vio la manifestación del propósito eterno de Dios.
La predestinación significa que Dios creó todas las cosas, y Su providencia se extiende a todos Sus obras. Dios Mismo es libre, y El ha provisto que el hombre sea libre dentro los límites de su naturaleza. Aunque el hombre no tiene un libre albedrío, él es un agente libre.
La cierta salvación de unos no es un impedimento a los esfuerzos de todos. Suponga que un ministro pudiera asegurar a una asamblea de personas no salvas que diez de ellos serán salvos, pero ninguno supieron quienes fueron los diez. Esto no desalentaría a los otros en la congregación, y no desalentaría la proclamación del evangelio. Causaría que todos quisieran estar bajo el sonido del evangelio puesto que Dios llama por medio del evangelio. Los ministros que creen la verdad de la predestinación pueden predicar con convicción, determinación y seguridad. La Palabra que es predicada en toda su pureza no volverá vacía pero realizará el propósito para la que Dios la envía: “Así será mi palabra que sale de mi boca, no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié” (Isa. 55:11). Entonces, las personas quienes proclaman la verdad llegan a ser un “…grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden; a éstos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquellos olor de vida para vida…” (2Cor. 2:15, 16). La predestinación divina asegura la salvación a algunos. Sin embargo, la suposición arminiana que Jesucristo proveyó la salvación para todos pero que no la hace segura para nadie pues todo hombre debe ejercer su propio libre albedrío, y no hay seguridad de que alguien lo hará.
La razón principal para que una persona quiera objetar a la predestinación es su repugnancia a admitir que él está a la disposición de otro. El hombre desea auto-destrucción más bien que el control por el Dios soberano. Un himno frecuentemente cantado que afirma que uno fue “una oveja errante que no sería controlada” debe estar corregido a que él no admitiría que fuera controlado. La verdad de la predestinación destruye el orgullo de una persona y lo echa a los pies del Dios soberano.
2. LA PREDESTINACIÓN BÍBLICA NO ELIMINA LA AGENCIA LIBRE DEL HOMBRE. Dios ordenó la historia humana y la agencia libre en el medio. La auto-determinación pertenece solamente al hombre. Dios tiene el derecho de hacer leyes, y el hombre se encuentra obligado a obedecerlas. El hombre es responsable para su volición—su disposición, o inclinación, es auto-movida. Un animal no es responsable por su volición porque el instinto no es auto-movido. La espontaneidad en el hombre es la auto-determinación racional, por cuanto en un animal es nada más que el instinto físico. La espontaneidad del hombre es el objeto de la aprobación o la desaprobación—su sentido de razón le hace responsable. Sin embargo, la espontaneidad en un animal no es el objeto de ni la aprobación o la desaprobación. Un animal no es un agente libre.
Las acciones libres del hombre no son excluidas de la predestinación de Dios. Además, la predestinación de Dios no debe ser considerada como pasar por encima la agencia libre del hombre. La servidumbre de la voluntad depravada no cambia la historia en una vana función de marionetas. Porque Judas siguió sus propios deseos depravados, el Señor le dijo que bueno le fuera sido no haber nacido (Mar. 14:21).
La cuestión concerniente al pecado y la santidad relaciona a la inclinación más bien que a la volición. Las inclinaciones son nacidas en el hombre pero no los elecciones; la voluntad no es determinada por el estado precedente de la mente. Consiguientemente, un hombre es libre mientras que sus voliciones son las expresiones conscientes de su propia mente, o su actividad es determinada y controlada por su razonamiento y temores.
La presciencia y la predestinación permanecen o caen juntos. Puesto que Dios sabe las cosas infinitésimas (Mat. 10:29,30), es contradictorio decir que El conoce de antemano la certeza de un evento que en su misma naturaleza es incierta. La certeza divina no contradice a la agencia libre, puesto que el decreto de Dios no produce un evento. El mismo decreto que determina la certeza de un evento también determina la libertad del agente del evento.
Si la presciencia de Dios fuera inconsistente con la agencia libre, Su predestinación sería inconsistente con la agencia libre. Dios es un Agente libre, y es una certeza que El siempre hará lo bueno. También es una certeza que los hombres caídos, Satanás, y los demonios siempre harán lo malo. La voluntad del hombre no hace nada por la coacción desde afuera, viendo que la determinación exterior de un hecho lo hace no libre. La voluntad del hombre es, al contrario, limitada desde adentro. La determinación racional e interior demuestra la libertad de un hecho. La acción impulsada desde adentro prueba la agencia libre del hombre. Aunque una persona puede ser inconsciente de esta acción, desde el primero a los últimos momentos de su vida, él actúa en sub servitud absoluta a los propósitos y los decretos de Dios concerniente a él.
3. LA PREDESTINACIÓN BÍBLICA NO REDUCE LA VOLUNTAD DEL HOMBRE A UNA SIMPLE MÁQUINA. Las alternativas a la predestinación son el determinismo y el indeterminismo. El determinismo ateísta niega admitir a Dios como la primera causa. No va más allá con causas que los límites de este mundo. El determinismo no ateísta traza la causalidad a Dios, pero este tipo de causalidad excluye la responsabilidad humana. Aunque el término determinismo viene dentro el vocabulario de la conversación Cristiana, la doctrina Cristiana de la predestinación y la agencia libre presenta algo a excepción del determinismo y el indeterminismo. La palabra de Dios revela tanto la actividad omnipotente de Dios y a la vez la responsabilidad humana.
El determinismo y la agencia libre son incompatibles. Entonces, el divino determinismo difiere del determinismo como es entendido generalmente. La rigidez del determinismo no está encontrada en ninguna parte de las Escrituras, pero ni son la responsabilidad, la culpabilidad, y el castigo forzado afuera por el poder soberano de Dios. Todo hombre dará “…cuenta al que está preparado para juzgar a los vivos y a los muertos” (1Ped. 4:5). “De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí” (Rom. 14:12).
Aquellos quienes creen que la soberanía absoluta de Dios y la responsabilidad del hombre son contradictorias tienen que aceptar una de dos perspectivas erróneas. Ellos hacen al hombre el creador de los eventos, y ponen la historia en sus manos; o ellos hacen la historia un juego divino en el cual los seres humanos, vacíos de la responsabilidad, son empujados como el juego de damas chinas.
Una comprensión Bíblica de la soberanía de Dios y la agencia libre del hombre no conduce a una persona a ser despreocupada acerca de todo porque todo es predeterminado. Muchos reaccionan de esa manera después de llegar primero al conocimiento de la soberanía absoluta de Dios, pero la instrucción más a fondo en la Palabra de Dios los conduce para ver el deber del hombre. La predestinación y la responsabilidad no son competitivas o las ideas mutuamente exclusivas como el determinismo racionalizaría. La Biblia enseña una actividad divina “sobre” y “en” las actividades del hombre. Dios rechaza lo que no produce causalmente.
La Libre Gracia vs El Libre Albedrío 5, Autor: W. E. Best
4
DIOS DESTRONADO POR EL LIBRE ALBEDRÍO
Juan 5:40; Hechos 18:27; 1Pedro 1:18-25
La herejía del libre albedrío destrona a Dios y entroniza al hombre. Los defensores del libre albedrío insisten que Dios sería injusto y tiránico en controlar la voluntad del hombre. Ellos no ven nada egoísta o Satánico en intentar encadenar y dirigir la voluntad de Dios. Estos hombres de mentes naturales suponen que sus propias voluntades necias no pueden ser gratificadas a menos que el Dios todo sabio permita abandonar Su voluntad. La doctrina del libre albedrío del hombre rasga las riendas del gobierno de las manos del Dios soberano. El carácter de Dios es difamado por toda persona que cree en el libre albedrío. Las naturalezas depravadas hacen a los hombres maldispuestos a someterse a sí mismos a la voluntad de Dios. Su incapacidad les impide venir a Jesucristo: “Y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:40).
La teoría arminiana es politeísta en su concepto de la primera causa. Concede a la misma tentación de Satanás que Eva concedió en el jardín de Eden: “…y seréis como Dios…” (Gén. 3:5). El libre albedrío es atractivo a los hombres naturales porque apela a su orgullo. Impresiona sobre ellos el hecho que tienen poder sobrenatural que les da auto-determinación hacia Dios, justicia y santidad. ¡Es blasfemo pensar que un hombre tiene la capacidad dentro sí mismo de controlar la voluntad de Dios!
El concepto arminiano conduce a los hombres a creer que deben primero ascender a Dios antes que Dios descienda a ellos. Los ministros y los otros quienes siguen esta noción apelan a los hombres a venir a Cristo, diciéndoles que si vienen a Cristo, Cristo vendrá a ellos. Esto es contrario a la Escritura. El Señor ve la aflicción de Su pueblo y desciende para librarlos. Los Israelitas no ascendieron primero a Dios—el Dios soberano descendió para ayudar Su pueblo desamparado y elegido (Ex. 3:7, 8). El Señor Jesucristo salió del cielo y de toda su gloria para venir al mundo para salvar aquellos a quienes el Padre Le dio en el pacto de la redención: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Luc. 19:10).
Solo el Espíritu Santo tiene la prerrogativa de mandar la gente a venir a Jesucristo. El les da poder para venir por medio de la regeneración. Un ministro quien manda a sus oidores a dejar sus asientos y venir al frente, dando la impresión que ellos pueden venir a Jesucristo por su fe, asume la prerrogativa del Espíritu Santo. Ninguna persona puede usurpar la obra oficial del Espíritu Santo de llamar eficazmente a la gente a la salvación. Los ministros sólo pueden proclamar la Palabra de Dios, señalando a los hombres el Cordero de Dios (Juan 1:29). El hombre no tiene capacidad para llamar a otros de la oscuridad a la luz.
El enfoque arminiano es erróneo. El pecador no puede primero subir a Dios antes que el Señor descienda para ayudarle. Las dos verdades del Antiguo Testamento del orden de los vasos del tabernáculo (Ex. 25-40) y el orden de las ofrendas (Lev. 1-5) nos revelan que Dios toma la iniciativa. El arca del pacto con su propiciatorio representa el lugar donde Dios está. La descripción de Dios de los vasos comenzó con Sí Mismo y descendió con cada vaso—el incensario de oro, el candelabro, la mesa de los panes de la proposición, la fuente, y finalmente, el altar de bronce donde El se encontró con el pecador. El holocausto, que representa quien es Jesucristo a Dios, fue el primero en el orden. Siguió la ofrenda de harina, mostrando lo que El es en Su naturaleza humana e impecable; y después la ofrenda de paz, la ofrenda de pecado, y la ofrenda de expiación, donde Dios se encuentra con el pecador. Este orden divino es revertido por toda persona quien cree en el libre albedrío.
Los arminianos creen que la voluntad del hombre precede a la de Dios. Sin embargo, la voluntad de Dios no sólo planeó y proveyó la salvación sino que también la aplica. La aplicación de Dios de la salvación es resistida por el libre albedrío de los arminianos—la auto-voluntad es la esencia de las religiones anti-Cristianas. Su suposición de que Dios es un tirano al salvar a una persona contra su voluntad es un terrible malentendido de la salvación. Dios obra en una persona para hacerla dispuesta cuando El imparte la regeneración: “Tu pueblo se te ofrecerá voluntariamente en el día de tu poder…” (Sal. 110:3).
Los arminianos afirman que el libre albedrío pertenece tanto al hombre como a Dios. Sin embargo, solo la voluntad de Dios es absolutamente libre. Al momento que una persona acepta que el Creador es subordinado a la criatura, él ha juntado las fuerzas con todas las filosofías vanas del mundo. La religión del hombre le pone a él sobre el trono y subordina a Dios. Dios no vive para la humanidad—antes que Dios creara al hombre o a cualquier criatura, El vivió para Sí Mismo; y El continúa haciéndolo. Dios es inmutable, y El vivirá para Sí Mismo por siempre: “Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos…” (Rom. 11:36).
La teoría arminiana es contraria a la Escritura porque niega la depravación, indicando que la voluntad del pecador puede, aparte de la gracia, hacer una elección espiritual y tiene dentro de sí mismo el poder para volverse de la maldad. Los arminianos insisten que si una persona no salva estuviera contra Cristo, él no podría venir a Cristo, y puesto que él puede venir a Cristo, él no está contra Cristo. Pero la Escritura dice que la voluntad depravada es contra el Señor Jesucristo: “El que no es conmigo, contra mí es…” (Mat. 12:30). Nótense que Cristo no dijo, “El que no es conmigo no es contra mí,” pero, “El que no es conmigo contra mí es.”
Sea Satanás o el Señor Jesucristo que domina a todo individuo bajo el cielo. Toda persona no salva es dominada por Satanás. El anda según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire. El es por naturaleza un hijo de ira (Ef. 2:1-3). Los hijos de Dios, por otra parte, son dominados por el Señor Jesucristo. Ellos han sido librados desde la esclavitud a Satanás y son hechos esclavos de Jesucristo (1Cor. 7:22, 23).
El Arminianismo está en contra de la doctrina de la elección divina. Sus seguidores piensan que su doctrina del libre albedrío destruye aquella verdad Bíblica. Pero deja lo que es llamado el libre albedrío hacer todo lo que puede—no puede evitar el pecado y asegurar el perdón si Dios retiene al Espíritu de regeneración. ¿Si el libre albedrío es lo mismo en todos los hombres, por qué logra la salvación en algunos y no en todos? Los arminianos no pueden contestar esta pregunta. La respuesta se encuentra en la libre gracia. “…Y creyeron todos los que estaban ordenados para la vida eterna” (Hechos 13:48). La gracia de Dios es lo que hace a los creyentes reaccionar en una manera diferente de los no creyentes.
La teoría arminiana rechaza la doctrina Bíblica de la reprobación. Sin embargo, la Escritura enseña que Dios negativamente y positivamente reprueba a los hombres por su propia condición pecaminosa. Hay por lo menos siete verdades que los arminianos no saben o voluntariamente rechazan en la cara de las evidencias Bíblicas:
PRIMERO: Los arminianos rechazan el hecho de que la voluntad no renovada está puesta contra la verdad de Dios. La voluntad no renovada del hombre no puede entender las cosas espirituales (1Cor. 2:14). El hombre natural aborrece la verdad divina (Juan 3:19-21). Tampoco busca al Señor (Rom. 3:11). Por lo tanto, el entendimiento, el afecto, y la voluntad del hombre son depravadas. Puesto que su entendimiento no comprende las cosas espirituales, él no tiene afecto para las cosas de Dios, y su voluntad no puede estar determinada para las cosas de Dios.
Puesto que el deseo para la verdad debe ser dado por el Señor, la verdad siempre es ofensiva al no regenerado. Los hombres naturales aman las tinieblas más que la luz porque sus almas con todas sus facultades son depravadas (Juan 3:19, 20). Aborrecen todo lo que pertenece a la justicia, la verdad, y Dios porque sus hechos son malos. La persuasión por cualquier medio no puede atraer a una persona a Cristo. Un individuo no puede efectuar dentro de sí mismo un deseo para remediar su condición. Es incapaz para ser dispuesto. El debe ser atraído por un poder fuera de sí mismo.
SEGUNDO: Los arminianos rechazan el hecho de que la voluntad no renovada debe ser afectada por el poder divino. Si la voluntad de un hombre no regenerado nunca fue afectada a menos que por la persuasión moral, nunca hubiera sido sujeto al evangelio de Jesucristo. El hombre natural tiene la luz con la que fue nacido: “Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo” (Juan 1:9). El es capaz de considerar ciertos asuntos. El tiene una conciencia que le acusa o le defiende: “…hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos” (Rom. 2:14, 15).
La conciencia debe ser purificada por la sangre de Jesucristo para hacerla libre de la injuria (Heb. 9:12-14). Toda persona tiene dentro de sí mismo conocimiento intuitivo suficiente para culparle ante Dios. El tiene la capacidad para reconocer las evidencias que testifican de la existencia del Creador (Rom. 1:19, 20). Pero el hombre natural no puede tener luz espiritual hasta que el Dios soberano en Su beneplácito se la de. La Luz de vida (Juan 8:12) es poseída solamente por aquellos quienes han sido regenerados por el Espíritu de Dios (Rom. 8:1-4).
TERCERO: Los arminianos rechazan el hecho de que la impotencia natural de la voluntad no pueda ser curada por la persuasión moral. Esta es la actitud general entre el Cristianismo profesante; por lo tanto, los arminianos adoptan trucos y tácticas diferentes para atraer a la gente a sus lugares de adoración. La mayoría de ellos tolerarán alguna doctrina, mientras que ellos pueden tener una parte en un lugar en la operación del programa de la iglesia. Ellos consideran la doctrina secundaria porque sienten que están alcanzando a la gente con sus programas. Sin embargo, solamente la regeneración por el Espíritu de Dios persuade a los hombres para Cristo (1Ped. 1:20, 21).
CUARTO: Los arminianos rechazan el hecho de que la voluntad no renovada del hombre no desprecia a la verdad simplemente porque no la entiende. Algunos argumentan que el pecador recibirá el evangelio si se le es hecho claro a él. Esta es la razón por la cual los hombres recientemente han recopilado muchas versiones de la Biblia. Pero si la explicación por sí sola pudiera convencer a los hombres para Cristo, ellos amarían a la verdad y rechazarían el error—y este no es el caso.
Cualquiera que ha nacido de nuevo por el Espíritu de Dios puede entender la Biblia, pero aparte del nuevo nacimiento, él no puede entender la Palabra de Dios a pesar de su interpretación por el hombre. Un Cristiano tiene la mente de Cristo, y ha sido iluminado por el Espíritu Santo. Sus afectos son movidos por lo que oye con su mente iluminada. Su voluntad es inclinada y auto-determinada para aceptar lo que su entendimiento ha recibido y su afecto desea y ama.
El apóstol Pablo sabía que a menos que el Espíritu de Dios iluminara las mentes de aquellos quienes escucharon, ellos no hubieran podido entender, a pesar de la manera en que la Palabra haya sido proclamada. Esto es la razón que el apóstol nunca pidió oraciones para que el evangelio fuera simplemente declarado o expuesto en una manera que pudiera ser entendido por la gente no salva. Solo pidió oraciones para que él pudiera tener la libertad del Espíritu para proclamar la Palabra (2 Tes. 3:1).
La filosofía arminiana concerniente a la simplificación de la Palabra para el beneficio de los hombres es una negación de la verdad de que el hombre es depravado. La voluntad no renovada del hombre es puesta en contra a la verdad de Dios. Entre más clara sea puesta la verdad delante de él y la urgencia puesta sobre él, más aumenta su odio. Esa reacción entre los hombres fue demostrada en la respuesta a las palabras del Señor Jesucristo mismo (Juan 6:41, 52, 60, 66). Ellos “contendían entre sí” (v. 52), y dijeron que las palabras del Señor fueron “duras” (v. 60), y “ya no andaban con él” (v. 66). Las palabras del Señor estaban llenas de compasión, del Espíritu y de verdad. Nunca ha existido un predicador mejor que El. No obstante, aquellos oidores no fueron persuadidos. Y viceversa, todos aquellos quienes han sido regenerados por el Espíritu de Dios responden a la palabra de Dios en el mismo sentido que lo hizo Pedro, el portavoz de los doce, cuando a él le fue hecha la pregunta por el Señor: “…¿Queréis acaso iros también vosotros? Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Juan 6:67-69). Esta es la respuesta dada por toda persona que cree las doctrinas de la gracia.
QUINTO: Los arminianos rechazan el hecho de que la incapacidad del hombre para cumplir con la ley no proviene de la naturaleza de la ley sino de la corrupción de la voluntad del hombre. Sin embargo, no es posible que el hombre no regenerado pueda cumplir con la ley de Dios. El no puede amar al Señor con todo su corazón, alma, mente y fuerzas y a su prójimo como a sí mismo (Luc. 10:27). Nunca puede amar al Señor hasta que primero haya sido amado por el Señor. El amor es recíproco: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1Jn. 4:10). No obstante, Dios puede mandar al hombre hacer lo que por su propia condición pecaminosa no sea capaz de hacer (Hech. 17:30).
SEXTO: Los arminianos rechazan el hecho de que la voluntad no renovada del hombre está esclavizada al pecado y al ego. Pero la Escritura enseña que la voluntad del hombre está esclavizada al ego y por lo tanto está esclavizada al pecado. Un ranchero rico demostró esta verdad en Lucas 12:18-19. No tuvo suficiente lugar para almacenar sus frutos y demostró su voluntad egoísta diciendo, “…Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma….” Cuatro veces refirió a su propia voluntad. La voluntad de Dios no entró en sus pensamientos.
La mayoría de los Cristianos profesantes no tolerarán la enseñanza de que la voluntad del hombre se encuentra depravada porque no quieren creer que sus propias voluntades son depravadas. Ellos prefieren la felicidad hipócrita y no quieren estar turbados. Sin embargo, la dura verdad es que la voluntad del hombre no regenerado está espiritualmente muerta. Es hecha activa solamente por la obra de Dios en la regeneración.
Juan 1:12 es usado frecuentemente para sostener la teoría del libre albedrío. Sin embargo, su contexto prueba lo contrario. Las palabras “mas a todos…” implican una antítesis. Uno no puede probar la doctrina del libre albedrío de estos versículos en el primer capítulo de Juan. El poder, el privilegio, o el derecho de ser hijos de Dios no es potencial sino real. El privilegio no indica ninguna facultad de medio—el privilegio es pleno y completo. El poder es dado a aquellos quienes han creído ya.
Los arminianos confunden la potencialidad indefinida con el resultado presente. Los hombres llegan a ser hijos de Dios (en el sentido familiar) por la regeneración, y llegan a ser hijos de Dios (en el sentido legal) por la adopción. Los que creen, es porque ya han sido regenerados. La fe fluye desde su fuente: la regeneración—y no viceversa. Cuando el Señor le concede la fe a un individuo, El lo regenera en una manera oculta y secreta no conocida a esa persona.
SÉPTIMO: Los arminianos rechazan el hecho de que el querer y el correr del hombre son los frutos de la gracia y la gracia no es el fruto del querer y el correr. Pero las ideas de la libre gracia y el libre albedrío están diametralmente opuestas. Todos aquellos quienes son los defensores estrictos para el libre albedrío son extraños a la gracia del Dios soberano. El querer y el correr son los frutos de la gracia: “Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” (Rom. 9:16). Los hombres no obran ni se afanan por conseguir un boleto para ir al cielo. Esto fue provisto para los elegidos en la obra redentora de Jesucristo. Como un recipiente de la obra redentora de Cristo, uno vive y trabaja para Cristo. Un creyente está dispuesto morir a sí mismo diariamente (1Cor. 15:31).
Contrario a la enseñanza arminiana que el hombre tiene la voluntad para creer, la Escritura afirma que él cree mediante la gracia: “…los hermanos le animaron, y escribieron a los discípulos que le [Apolos] recibiesen: y llegado él allá, fue de gran provecho a los que por la gracia habían creído” (Hech. 18:27). Algunos afirman que la palabra “gracia” en este versículo aplica al evangelio, y otros piensan que se refiere a la elocuencia de Apolos. Ninguna de estas interpretaciones permanecerán la prueba de la Escritura. El Dios de la naturaleza es también el Dios de la gracia. Su influencia en una dimensión corresponde fuertemente con Su agencia en la otra. Dios no sólo trae las criaturas al mundo de la naturaleza, sino que también provee para su sostenimiento.
La salvación genuina consiste más que un mero asentimiento mental a unas cuantas verdades: “Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Rom. 10:10). Primero una persona cree con su corazón; después confiesa esa salvación con su boca. El estado de su corazón corresponde con su mente.
Un peligro de engaño proviene desde la muy parecida semejanza entre la fe falsa y la genuina. Con el tiempo una persona prueba si él solo ha dado un simple asentimiento mental a unas verdades históricas o si ha sido regenerado por la libre gracia. El individuo en cuyo corazón el Señor ha hecho una obra de gracia desea la Palabra de Dios por la cual puede crecer (1Ped. 2:2). Las obras buenas siguen a la purificación del corazón por la fe (Hech. 15:9; Sant. 2:17-26). La fe obra por el amor (Gál. 5:6).
Por lo general la gente impía da crédito a las Escrituras pero impide la verdad de Dios con injusticia (Rom. 1:18). Los hombres tienen una tendencia de ser satisfechos con un simple asentimiento de la mente pero que es vacío sin la obediencia del corazón (Rom. 6:17).
La fe salvadora es mediante la gracia (Ef. 2:8-10). Desde la fuente de gracia, el Objeto de fe viene como una revelación. El Señor Jesucristo, el Verbo Encarnado, es el Objeto de fe. La Palabra Escrita que revela el Verbo Encarnado es también un objeto de fe.
La fe salvadora es traída a la existencia por la producción divina. Cristo Mismo atribuyó su origen al Dios el Padre: “…no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mat. 16:17). El ejercicio de fe viene de aquella fuente divina. Entonces es ejercida en cada condición de la existencia de uno. Es manifestada durante la prosperidad, la adversidad, la salud, y la enfermedad, y en la devoción y servicio. Puesto que la fe dada por Dios es mantenida por la intercesión de Cristo, no puede ser perdida. El Señor Jesucristo oró por Pedro para que su fe no faltara (Luc. 22:32). La obra intercesora de Jesucristo garantiza el mantenimiento de la fe de uno.
Ninguna persona puede creer en el Señor Jesucristo sin la asistencia de la gracia de Dios (1Ped. 1:18-21). Primero debe ser regenerado por el Espíritu de Dios. Los creyentes no son los recipientes pasivos de la gracia de Dios. Su fe dada por Dios tiene un efecto purificador en sus vidas.
El creyente en Jesucristo necesita asistencia constante durante su peregrinación terrestre. Una persona puede cuestionar la realidad de su fe, pero los Cristianos nunca niegan la eficacia de la fe sobrenatural y divina. Puesto que la fe viene de la gracia de Dios, los hombres están equivocados al pensar que el hombre tiene la virtud, la capacidad, o el poder para ejercitar su propio libre albedrío y elección. Los Cristianos son lo que son por la gracia de Dios (1Cor. 15:10).
La gracia de Dios conduce a sus recipientes sentir sus deficiencias en el conocimiento, la santificación, y la competencia. Ellos no saben nada como lo deben de saber (1Cor. 8:2), pero Dios ha provisto asistencia para todos Sus hijos. El ordenó la iglesia con sus ancianos divinamente elegidos para instruir y guiarles para que no fueran llevados por doquiera (Ef. 4:11-16).
La Libre Gracia vs El Libre Albedrío 4, Autor: W. E. Best
3
LA DEPRAVACIÓN DE LA VOLUNTAD
Santiago 1:14, 15
Hay un relato proverbial que dice que el pecado es un niño a quien nadie quiere reclamar. Ninguna persona en su estado de depravación quiere admitir que el niño es suyo. Los hombres están ansiosos por cometer pecado, pero ellos son reacios para admitir que lo concibieron o lo dieron a luz.
El apóstol Santiago trazó el pecado desde su propia fuente a su resultado final (Sant. 1:13-15). La tentación para pecar no es de Dios, sino de uno mismo. En cada sociedad, los hombres han comenzado muy temprano en la vida buscando echar fuera la carga del pecado de sí mismos a otro. “Se descarriaron hablando mentira desde que nacieron” (Sal. 58:3).
Santiago indicó el origen del pecado del hombre cuando dijo que todo hombre es tentado cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. El apóstol no dijo que el hombre es atraído por Dios, las circunstancias, o Satanás. La palabra tentación es usada en dos maneras en la Escritura: (1) Significa prueba cuando es atribuida a Dios. Dios probó la fe de Abraham (Gn. 22:1-14). Por ser sobrenatural la fe de Abraham, él fue capaz de soportar la prueba. (2) Esta indica un empeño por la pretensión u otros medios para atraer a una persona en el pecado (Sant. 1:13-15). Esa tentación no es de Dios pero del corazón propio del hombre.
El hombre es tentado cuando es atraído por su propia concupiscencia. Aquí Santiago no sólo se estaba refiriendo a la impureza sexual. El hablaba de la corrupción que poseen todas las facultades respectivas del alma—el entendimiento, el afecto, y la voluntad.
Algunos han estado equivocados en tratar de determinar las causas del pecado. Los hombres han culpado a Dios Mismo por el pecado. El decreto de Dios no es una causa del pecado. La distinción apropiada debe ser hecha entre el decreto de Dios y la acción real que trajo el pecado a la existencia. El decreto de Dios no tiene influencia causal en la acción pecaminosa, puesto que un decreto no opera a efectuar la cosa decretada. El propósito de Dios es una cosa y Su hecho actual en traer a la existencia lo que ha propuesto es otra. El pecado entró en el mundo por la caída de Adán y no por la mano creativa de Dios.
Toda cosa decretada se llevará a cabo en el tiempo, pero la presciencia de Dios de una acción no hace necesaria la acción. Cualquier cosa que el hombre hace, buena o mala, la hace con tanta disposición como si estuviera realmente libre su voluntad. La presciencia de una acción no influye activamente a la acción en sí. Dios permanece omnisciente, y El sabe todas las cosas que el hombre hará. No obstante, debemos distinguir entre la presciencia de Dios de una cosa y la actividad de las cosas preconocidas.
Los hombres también han culpado a los cuerpos celestiales por la maldad sobre la tierra. Pero las estrellas y los planetas no influyen en nada sobre hombres ni los impelen a hacer el mal. La astrología es una ciencia falsa que profesa interpretar la influencia de los cuerpos celestiales en cuanto a los asuntos terrestres. La llamada ciencia de astrología es un ataque directo a Dios. El intercambio entre estrellas y un alma humana es imposible porque el intercambio entre objetos inanimados y animados es imposible. (El sol, la luna, y las estrellas influyen las cosas que tienen una naturaleza común con sí mismos.)
Los astrólogos no saben nada acerca de la gracia de Dios. La Biblia los condena, clasificándolos como magos y encantadores (Dan. 1:20; 2:2, 10, 27; 4:7; 5:7, 15). Isaías los llamó los que observan las estrellas y los que cuentan los meses para pronosticar (Isa. 47:13), y rogó a la gente que se libraran de ellos.
Ni son la providencia, los tiempos, la gente, y las circunstancias las causas del pecado. Solo son las ocasiones para pecar. Estos son medios indirectos por los cuales los hombres acusan a Dios con su propio pecado. Un hombre niega su responsabilidad hacia el pecado cuando le echa la culpa a algo o a alguien para su propio pecado. Los Cristianos rehúsan atribuir su pecado a Dios. Cuando la providencia de Dios puso a Betsabé ante los ojos de David, David no acusó a Dios con su pecado de adulterio. La providencia de Dios puso un barco a la disposición de Jonás, pero Jonás no acusó a Dios con su pecado de huir en el barco y de buscar evitar cumplir con la comisión que Dios le dio a él. La corrupción de los tiempos sólo sirven como una ocasión para traer a luz la manifestación de las voluntades depravadas de los hombres perdidos.
Ni es la constitución y condición del cuerpo dl hombre una causa de pecado. La reacción a ciertos químicos en el cuerpo de una persona no le causa a pecar. El cuerpo fue hecho para servir, no para ordenar. La causa de la maldad se encuentra más profundo de lo que es revelado en el hecho del pecado mismo. Muchas irregularidades del cuerpo realmente vienen del corazón, y no viceversa: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jer. 17:9). Toda maldad procede del corazón: “Pero lo que sale de boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias: Estas cosas son las que contaminan al hombre…” (Mat. 15:18-20). El cometer los hechos de pecado no causa la culpabilidad de la persona por estos hechos. Más bien, la determinación de la voluntad del hombre lo hace ser un alcohólico, un adúltero, un ladrón, o un mentiroso: “Tienen los ojos llenos de adulterio, no se sacian de pecar, seducen a las almas inconstantes, tienen el corazón habituado a la codicia, y son hijos de maldición” (2Ped. 2:14). Una persona con ojos llenos de adulterio es uno quien es prendido totalmente y ocupado en la mente, el corazón, y la voluntad por mirar con deseo. Esto mismo es verdad con todo tipo de pecado.
Ni puede el hombre justamente acusar a Satanás por su pecado. Satanás es el tentador, y él es detenido como responsable por la tentación, pero aquellos quienes ceden a su tentación no tienen excusa. Un hombre puede planear un robo y encargarle a otro hombre efectuar sus planes, pero el segundo hombre no es libre de culpa. El también es responsable por el crimen. En la misma manera, los individuos quienes ceden a las tentaciones de Satanás son responsables por su consentimiento.
¿Cuál, entonces, es la causa del pecado? Se encuentra en la voluntad depravada del hombre. Jacobo Arminio declaró que todos los hombres no regenerados, por su libre albedrío, tienen el poder de resistir al Espíritu Santo, rechazar la gracia ofrecida por Dios, condenar el consejo de Dios concerniente a sí mismos, rechazar el evangelio de gracia, y rehusar abrir sus corazones a El quien toca. Esto es herejía. Un arminiano más reciente, siguiendo la enseñanza de Arminio, correctamente afirmó que el hombre es totalmente incapaz de salvarse a sí mismo, pero heréticamente afirmó que el hombre es capaz de ejercitar sus facultades de razonamiento, libertad de la voluntad y de elección.
El arminiano proclama, “¡libre albedrío!” como si la voluntad sola se hubiera escapado de la caída—como si el pecado de Adán no hubiera afectado aquella noble facultad virgen. Cuando un arminiano conservador y un liberal discuten el tema del libre albedrío de hombre, el arminiano afirmará que el hombre tiene un libre albedrío, y el liberal declarará que él tiene una chispa divina. Sin embargo, el libre albedrío y la chispa divina esencialmente no difieren. Los dos puntos de vista son erróneos.
El hombre es depravado—esclavizado al pecado. ¿Si el hombre tiene un libre albedrío para escoger lo bueno o lo malo, por qué universalmente los hombres escogen la maldad? La razón es que su depravación alcanza aún a sus voluntades: “Y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:40). Los hombres aman las tinieblas porque sus obras son malas. Ellos aborrecen la luz y no vienen a la luz porque no quieren que sus obras sean expuestas (Juan 3:19-21).
Según los arminianos, el pecador posee el libre albedrío sólo mientras que es un pecador. Cuando uno llega a ser un hijo de Dios, él se sujeta a la voluntad de Dios. Los arminianos dicen que todos los hombres pueden creer, pero la Biblia enseña que ellos no pueden creer a menos que sean ovejas de Cristo (Juan 10:25-27). Los arminianos afirman que todos los hombres pueden venir a Cristo, pero la Biblia enseña “ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere…” (Juan 6:44).
Los arminianos hacen el mayor subordinado al menor, pero la Biblia prueba que Dios es mayor que los hombres. Por lo tanto, no hay compatibilidad entre las filosofías de aquellos quienes creen en el libre albedrío y aquellos quienes creen en la libre gracia. Todos quienes han recibido la gracia del Dios soberano siguen la enseñanza de la Palabra de Dios acerca de la libre gracia.
El hombre depravado se encuentra engolosinado y engañado voluntariamente, atraído por su propia concupiscencia. El está provocado desde su propia concupiscencia: “…la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia” (2Ped. 1:4). El mundo es sólo el objeto, no la causa de su pecado. La concupiscencia significa el deseo para y la inclinación hacia las cosas ilícitas. El deseo por los placeres ilícitos es el vicio de la sensualidad. El deseo por las riquezas ilícitas es la fundación para el fraude. El pecado de la ambición causa a uno usar métodos corruptos. El deseo por la religión sin Cristo es la fundación de la idolatría y la superstición.
Satanás sabe que la sugerencia es impotente sin la concupiscencia. La llama es del diablo, pero la madera para el incendio está en el ser del hombre. El hombre tiene el poder para desear y hacer cosas naturales (mundanas), pero no tiene el poder hacer las cosas espirituales. Como una ramera, la concupiscencia atrae a su víctima en su abrazo y entonces concibe, o llegue a estar encinta. Todo hombre es atraído por su propia concupiscencia y seducido. La concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado. El pecado, siendo consumado, da a luz la muerte. La concepción es producida por la unión de la concupiscencia y la voluntad. El sugerir pasa a el propósito. El deseo pasa a la determinación.
El hombre depravado es peor que un títere o un robot. Un títere es guiado por la mano hábil del titiritero, pero el hombre no salvo es guiado por la depravación de su propia voluntad esclavizada. El hombre es agente libre en que él no es forzado desde fuera; pero él no tiene libre albedrío porque él está atado por dentro. La facultad de la voluntad del hombre fue afectada en la caída. El es capaz de razonar y entender las cosas naturales, pero no es capaz de entender las cosas espirituales: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1Cor. 2:14).
El hombre no puede determinar su voluntad hacia el bien; solo la gracia de Dios puede determinar esa dirección de la voluntad del hombre. Una voluntad enferma no puede proveer una cura espiritual—la cura debe venir de afuera del hombre. Semejanza produce semejanza; por lo tanto, una voluntad depravada produce una voluntad depravada.
Los defensores del libre albedrío creen que a menos que el hombre esté completamente libre, Dios no le puede mandar hacer lo que no puede. El pecado del hombre debe ser considerado en este punto. Dios no es la causa del pecado de hombre; ni es la causa de la condición caída del hombre.
Nosotros todos estaríamos de acuerdo en que una persona tiene el derecho de demandar el pago de un ladrón por las cosas robadas de su hogar—aunque el ladrón pueda o no pueda pagar. En este mismo sentido, Dios tiene el derecho de demandar la rectitud del hombre quien es incapaz de hacerlo por su propio pecado. Dios le ordenó al hombre que tenía una mano seca extenderla (Luc. 6:6-10). Aunque Lázaro había estado en la tumba cuatro días y apestaba, el Señor le ordenó venir fuera (Juan 11). Aunque el hombre está impotente, no obstante él es responsable. El es incapaz de arrepentirse y creer aparte de la gracia, pero Dios le manda hacer las dos cosas (Hechos 17:30; 20:21). Cuando aún éramos débiles, Cristo murió por los impíos (Rom. 5:6). El plan entero de gracia es construido sobre el hecho de que aunque todos los hombres son incapaces ellos son responsables, y entre ellos Jesucristo murió por los suyos.
La libertad de la coacción es una cosa, pero la libertad desde adentro es otra. El hombre caído es desprovisto de poder espiritual, y la muerte espiritual está escrita sobre toda persona. Como Nicodemo, el hombre está cerrado al nacimiento nuevo (Juan 3:1-18); y como el leproso, él está cerrado a la voluntad de Dios (Luc. 5:12). La Biblia detiene al hombre responsable, pero también quita de poder espiritual al hombre caído. Toda jactancia es excluida, y toda gloria es dada al Dios soberano (Rom. 3:26-28).
El hombre en su condición natural es incapaz de estar dispuesto o no dispuesto ser capaz a venir a Cristo. Su voluntad es totalmente depravada, que es el resultado de su condición caída. Debe ser hecho claro que la capacidad natural e la incapacidad espiritual difieren. La capacidad natural de una persona le capacita a asistir al lugar donde la Palabra de Dios es proclamada. La capacidad natural de Lidia le dio poder para ir al lugar donde oyó a Pablo exponiendo la palabra de Dios. Sin embargo, fue un hecho del Dios soberano el que abrió su corazón para entender la proclamación por Pablo (Hechos 16:13, 14). La capacidad natural de un individuo le hace responsable por su pecado, pero su depravación le hace espiritualmente incapaz de venir a Cristo. La depravación de la voluntad se debe al pecado, y el pecado es la causa de la concupiscencia del hombre. No hay esperanza para nadie aparte de la gracia de Dios.
La Libre Gracia vs El Libre Albedrío 3, Autor: W. E. Best
2
LA ESCLAVITUD DE LA VOLUNTAD
Juan 5:40
Hubo un cambio radical en la voluntad de Adán en la caída, y él fue capacitado para volver a Dios por otro cambio radical. No fue Adán quien buscó a Dios, sino más bien Dios quien buscó a Adán. La voluntad esclavizada no puede por sí misma amar a Dios. Entonces, los hombres quienes aman a Dios lo hacen porque Dios les amó primero ( 1Jn. 4:10).
La voluntad esclavizada es controlada por sus afectos, que son terrenales, animales, y diabólicos (Sant. 3:15). Como la voluntad de Adán actuó según su naturaleza después la caída, así, la voluntad de cada pecador es libre sólo para actuar según su naturaleza. La acción de la voluntad es determinada por la naturaleza de la persona que hace la elección. La mente carnal es enemistad contra Dios (Rom. 8:7). Solo la gracia de Dios puede cambiar la voluntad que es esclavizada al pecado y causarla llegar a ser esclavizada a Jesucristo. La libertad verdadera es encontrada sólo en esta esclavitud: “Porque el que en el Señor fue llamado siendo esclavo, liberto es del Señor; asimismo el que fue llamado siendo libre, esclavo es de Cristo” (1Cor. 7:22). El testigo Bíblico a la libertad es limitada a la relación del hombre a Dios.
La esclavitud del hombre no significa impotencia sino más bien pecado, culpabilidad, rebelión, y alienación del Omnisciente. El pecado del hombre no manifiesta su libertad sino su esclavitud. La primera lección que una persona debe aprender es que él o ella no tienen ni la voluntad ni el poder para salvarse a sí mismos. Dios da ambas cosas en la regeneración. El cambio de la voluntad en la regeneración es tan radical como el cambio en la voluntad de Adán cuando cayó. El disfrutó la libertad antes de su caída; después su voluntad se hizo esclava. Ninguna persona desde Adán jamás ha tenido un libre albedrío. Los hombres son agentes libres, pero ellos no tienen libre albedrío. Una persona quien atribuye la salvación al libre albedrío del hombre no sabe nada de la libre gracia.
Uno que se adhiere a la doctrina del libre albedrío del hombre recientemente hizo las siguientes declaraciones: “Desafortunadamente Dios no tiene poder sobre la voluntad del hombre; es decir, que Dios no puede salvar a una persona en contra de su voluntad, pero a la vez, El no quiere que ninguno perezca. Dios ha hecho posible que todos los hombres sean salvos, pero la Biblia indica que la salvación depende en la disposición del hombre para ser salvo. Sería un tipo de tiranía si Dios salvara a la gente en contra de sus voluntades. Y por el libre albedrío del hombre, es obvio por la misma definición de las cosas que el hombre puede negar la voluntad de Dios y frustrar Su plan benévolo”.
Las declaraciones arriba son hechas frecuentemente por la gente quienes creen en el libre albedrío. Ellos deshonran al Dios soberano y enaltecen al hombre caído. Los hechos aquí son de que la voluntad de toda persona no salva es esclavizada al pecado. El es libre para ir en una sola dirección. Como una cascada, él es libre para ir hacia abajo. Los pecadores son libres de actuar según sus naturalezas depravadas. El hombre no tiene ni la voluntad ni la capacidad para venir a Cristo: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere…” (Juan 6:44). “Y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:40).
La controversia ha existido y continúa existiendo en cuanto a la (1)La naturaleza, (2) La libertad, y (3) El poder de la voluntad:
1. Aquellos quienes creen que la naturaleza de la voluntad del hombre es tal que él puede ser salvo en cualquier tiempo que él lo desee siguen la enseñanza de Pelagio. Los arminianos creen que la voluntad se determina a sí misma. Ellos hacen que la voluntad sea soberana, declarándola ser el determinante y el determinado. Así que, su creencia hace que la voluntad sea separada de las otras facultades y la coloca primero en el orden de los poderes del alma humana.
Los semi-pelagianos creen que la voluntad del hombre es libre pero necesita alguna asistencia del Señor. Uno de los dogmas de los Católicos Romanos los colocan en esta categoría concerniente a la naturaleza de la voluntad. Durante la Reforma entre los años 1545 y 1563, la jerarquía de la Iglesia Católica Romana se juntó intermitentemente para formular su dogma. Su cuarta ley del canon afirmó, “Si cualquiera dice, que el libre albedrío del hombre, movido y excitado por Dios, por asentir a Dios excitando y llamando, en ninguna manera coopera hacia disponerse y prepararse para obtener la gracia de la justificación; que no puede negar su consentimiento, si lo hiciera, pero que, a veces inanimado, no hace ninguna cosa y es simplemente pasivo; que sea anatema.” El propósito para la reunión del concilio no fue sólo para definir la doctrina como ellos la creyeron pero para condenar a los Reformadores.
Los Reformadores primitivos enseñaron que había dos facultades del alma humana—entendimiento y voluntad. Ellos verdaderamente afirmaron que el entendimiento es primero cognoscitivo, o perceptivo, capacidad de la mente, y el entendimiento es comprendido no sólo del intelecto pero también de la conciencia del hombre. Sin embargo, un estudio más completo del tema reveló que habían tres facultades en el alma humana—el entendimiento, la sensibilidad, y la voluntad. Luego, los teólogos creyeron que las tres facultades fueron mejor expresadas por referirlas como el entendimiento, el afecto, y la voluntad. (El afecto fue metido en el lugar de la sensibilidad.) Y así, vemos que el alma es una trinidad: Su intelecto es el poder de saber; sus afectos son el poder de sentir; y su voluntad es el poder de escoger. La voluntad es influenciada por lo que es oído y entendido; los afectos son afectados por el entendimiento; y la voluntad es influenciada a volición.
La voluntad del hombre no puede ser el determinador y determinado, la causa y el efecto, o el soberano y el sirviente. Esto colocaría la voluntad primero en el orden de las facultades del alma. Afirmar que la voluntad está aparte de las otras facultades del alma afirma que hay un hombre dentro de un hombre quien puede revertir el hombre y atacarle y quebrarle en pedazos. La idea que la libertad de la voluntad ordena, determina, e influye a sí misma a escoger es contradictorio. Si la voluntad es influenciada, o determinada, como los arminianos declaran, algo debe causar que sea influenciada, o determinada.
La voluntad es una agente auto-determinante, pero no es ambos determinador y determinado. ¿Cómo puede la mente actuar primero y, por su propio hecho de escoger, determinar cual motivo será la razón para su escogimiento? Eva escogiendo y comiendo la fruta prohibida fue influenciada: Satanás la engañó, al decirle que serían como dioses. Por lo tanto, su intelecto fue influenciado, su afecto se fue a lo prohibido, y escogió tomarla. Tomar del fruto fue un hecho de la voluntad, pero su voluntad fue influenciada.
El hombre tiene el poder para discernir, discriminar, y expresarse a sí mismo. El intelecto percibe lo que será hecho; la conciencia instruye a la mente en lo que debe ser hecho. Por lo tanto, el entendimiento es la facultad estacionaria del alma. Puede ser pervertida mediante la instrucción inadecuada, pero no puede ser radicalmente cambiada.
Adán retuvo sus capacidades intelectuales después de su caída, y continuó haciendo decisiones naturales. Todo pecador escoge las cosas naturales. No obstante, él no puede hacer decisiones espirituales porque él es depravado, es un enemigo de Dios, aborrece a Dios, y su voluntad no está inclinada hacia Dios. Aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas (Juan 3:19-21).
Toda persona no salva es auto-céntrica y aborrece cualquier cosa que intervenga con su concentración en sí mismo. El desea su propia voluntad, no se preocupa acerca de la voluntad de otros, y desprecia la voluntad de Dios. Su voluntad queda en aquella condición hasta que es cambiada por la gracia de Dios. El corazón naturalmente duro debe ser quitado por Dios y reemplazado con un corazón nuevo (Ez. 36:26).
Aunque los Israelitas fueron el pueblo escogido de Dios, ellos tuvieron que ser traídos al fin de sí mismos. La providencia de Dios les causó ir a Egipto y servir bajo capataces hasta que conocieron su impotencia. Dios les dio el deseo para el rescate, y ellos clamaron a El para recibirlo. Dios oye el clamor de toda persona en cuyo corazón El ha hecho la obra de gracia, y da el deseo para el rescate de las cosas mundanas y una delicia en las cosas espirituales. Ninguna persona desea la salvación en vano, porque el Dios quien da el deseo también satisface.
La persona quien desea oír el evangelio y es atraído al hecho que Dios de tal manera le amó que dio a Su Hijo para morir en su lugar como el Sustituto tiene una obra de gracia ya en su corazón. La voluntad, la última facultad del alma, es determinada por cosas precedentes—el entendimiento de la mente y afecto del corazón.
Después que uno ha comenzado la vida Cristiana, su deseo para el Señor y las cosas del Señor nunca disminuyen. Lo que es mejor, el celo aumenta con el crecimiento en la gracia y conocimiento. La seguridad, la estabilidad, y la esperanza son ganadas mediante el conocimiento que Dios trae a la fruición cualquier cosa que El comienza.
2. La controversia existe sobre la libertad de la voluntad. Los pelagianos mantuvieron que hay libertad absoluta de la voluntad. Los semi-pelagianos creyeron que Dios da capacidad igual a todos los hombres, y que algunos la usan para llegar ser Cristianos, y los otros la usan para rechazar a Jesucristo.
El diccionario define al libre albedrío como la doctrina que la acción humana expresa la decisión personal y no es determinada por fuerzas divinas o físicas. Los arminianos definen el libre albedrío como un poder en la voluntad humana por el cual una persona puede aceptar o rechazar la salvación. Su creencia que el libre albedrío del hombre lo capacita para escoger lo bueno o lo malo niega la depravación. (La mayoría entre los religiosos son clasificados con los arminianos).
Sin embargo, la Escritura declara que no hay ninguno que puede resistir la voluntad de Dios (Rom. 9:19). Si una persona fuera de Jesucristo tiene la capacidad en su propia voluntad de aceptar o rechazar a Jesucristo, él tiene mayor capacidad que un Cristiano, porque la voluntad de un Cristiano está sujeta a la voluntad de Dios (Fil. 2:12, 13).
Los defensores de la libre gracia adecuadamente distinguen la agencia libre del libre albedrío. La voluntad del hombre no es libre. Por su caída, la voluntad del hombre ha quedado predispuesta naturalmente hacia la maldad. Siempre está inclinada hacia lo que deshonra a Dios. El hombre caído es libre para actuar según su naturaleza depravada. El es libre de la justicia y libre al pecado: “Porque cuando erais esclavos del pecado, erais libres acerca de la justicia” (Rom. 6:20). Aun las cosas correctas y honradas (desde el punto de vista de la justicia cívica) son desempeñadas de motivos egoístas y no para la gloria de Dios. Uno debe poseer la gracia de Dios para hacer algo para la gloria de Dios.
Un agente libre tiene el poder para desear y para actuar como dicte su voluntad. La agencia libre es el poder para decidir según el carácter de uno. Toda persona es un agente libre porque no es forzado desde afuera, pero él no tiene un libre albedrío hacia Dios. Todo individuo se encuentra atado desde dentro y sólo puede actuar según su propia naturaleza depravada.
El libre albedrío asume una capacidad en la voluntad misma para escoger lo bueno o lo malo. Por supuesto, esto no puede ser cierto en una voluntad depravada. Una voluntad que espontáneamente y de sí misma escoge la santidad no puede ser llamada depravada. Pero tal voluntad no existe en cualquier ser humano. Ninguna persona puede aceptar a Jesucristo por su propia voluntad. La voluntad humana es depravada naturalmente. Un individuo hace lo que su voluntad desea. El va hacia abajo como un automóvil sin un motor hasta que Dios por Su gracia cambia su curso. Si una persona ejercita su voluntad para aceptar a Cristo, es porque ya le ha sido dada una voluntad nueva y cambiada en la regeneración.
En la caída, el hombre no perdió las facultades necesarias para hacerle una persona responsable. El no perdió su razón, conciencia, o libertad de elección; pero sí perdió su libertad moral, el poder para hacer decisiones espirituales. El hombre no es un agente moral y libre porque él no puede escoger entre lo bueno y lo malo. El sólo escoge la maldad.
La auto-determinación de Adán a la maldad comenzó y terminó consigo mismo. Dios no fue involucrado en ello. Viceversa, el cambio radical que ocurre en la regeneración es auto-determinación impulsado por el Espíritu de Dios. En la regeneración, la dureza que previene la voluntad a actuar en la dirección de Dios es quitada (Ez. 36:25-27). Por lo tanto, por el poder de la gracia, la voluntad que una vez fue inclinada a la maldad es ahora inclinada hacia Dios. La operación de Dios en la voluntad esclavizada no es forzada desde fuera. El hace a la voluntad tierna y flexible desde dentro. El Espíritu Santo es la causa eficiente, y el espíritu humano es el recipiente de la participación del Espíritu en la inclinación de la voluntad hacia Dios.
3. La controversia existe acerca del poder de la voluntad. Los arminianos creen que la voluntad tiene la capacidad para ordenar, determinar, e influenciarse a sí misma para actuar con respecto a lo bueno o lo malo. Ellos creen que el hombre no puede ser libre sin aquel poder. Pero ellos confunden la disposición del hombre con su capacidad.
Si uno admite el libre albedrío (en el sentido que la determinación absoluta de sucesos es colocada en las manos de los hombres), él pondría al hombre en una posición mayor que Dios, haciendo la voluntad del hombre principal y la voluntad de Dios secundaria. Pero nosotros sabemos que la voluntad de Dios precede a la voluntad del hombre. No es dependiente de la voluntad de ninguno. El arminiano hace un dios de su propia voluntad. Consiguientemente, él debe creer que hay tantos dioses como tantas voluntades libres, lo cual es un tipo de politeísmo.
No hay validez en la declaración del arminiano de que Dios dio la misma capacidad a todos y algunos la usan para aceptar a Jesucristo mientras que otros la usan para rechazarle. Esto confunde la repugnancia del hombre para responder a Cristo con su inhabilidad. Sin embargo, los dos deben permanecer separados.
Agustín negaba que el hombre caído tenía la capacidad de sí mismo para venir a Dios. El hizo algunas declaraciones importantes concerniente a la voluntad humana: (1) La libertad del hombre antes de la caída fue la potencialidad para pecar o no pecar. (2) Desde la caída, el hombre tiene libertad para pecar pero no capacidad hacer el bien. (3) En el cielo, el hombre tendrá libertad para hacer el bien pero no el mal.
Agustín estuvo en lo correcto en su negación que el hombre caído tiene la capacidad de sí mismo para venir a Dios. Sus distinciones concernientes a la voluntad humana son también correctas. En contraste con Agustín, el Cristianismo profesante es llevado lejos de la enseñanza de la Iglesia Primitiva. Lo más lejos que los hombres vayan de la enseñanza primitiva y apostólica, mayor su apostasía. Agustín afirmó que la libertad del hombre antes de la caída fue la capacidad para pecar o no pecar. Esto es como decir que Dios dio poder al hombre para perseverar o no perseverar. (Adán fue una persona que podía pecar y no perseveró.) Agustín distingue entre la agencia libre y el libre albedrío en su declaración que desde la caída el hombre tiene la libertad para pecar. Como un agente libre, el hombre tiene la libertad para pecar, pero él no tiene la capacidad para hacer el bien. Como Agustín declaró, el hombre tendrá la libertad de hacer solo el bien en el cielo.
Antes de la caída, Adán fue un agente libre. El hombre es un agente libre ahora, y él será un agente libre en la eternidad. Pero él está caído ahora y no puede dejar de pecar: “Tienen los ojos llenos de adulterio, no se sacian de pecar…” (2Ped. 2:14). El hombre en la gracia tiene conflicto con el pecado (Rom. 7), pero él puede confesar sus pecados y así ser restaurado al compañerismo con el Señor. El curso general del hombre en la gracia es siempre hacia arriba: “…la senda de los justos es como la luz de la aurora, Que va en aumento hasta que el día es perfecto” (Prov. 4:18). En el cielo, el hombre tendrá la libertad para hacer el bien, pero él no será capaz de hacer lo malo. A lo largo de la eternidad él usará su agencia libre para alabar y honrar al Señor.
Los Reformadores enseñaron que la agencia libre pertenece a Dios, los ángeles, los santos en la gloria, los hombres caídos, y Satanás mismo. Los Puritanos afirmaron que el hombre no tiene la capacidad para cambiar su estado moral por un hecho de la voluntad.
Los Reformadores estuvieron correctos en su afirmación. Dios es un agente libre, pero El no puede hacer la maldad. El hace lo que a El le place pero no puede hacer nada contrario a Su naturaleza. Las elecciones pueden ser hechas sólo según la naturaleza de uno. Por lo tanto, el hombre fuera de Jesucristo no puede hacer elecciones positivos o espirituales. Una persona puede mejorar sus circunstancias y ambiente, pero sin un cambio en su naturaleza, él no puede mejorar su condición espiritual. De hecho, su final será peor que su principio (Mat. 12:43-45; 2Ped. 2:20-22).
Satanás no puede recobrar la bendición perdida por un hecho de su propia voluntad; ni puede el hombre. Ninguna provisión fue hecha para la recuperación de Satanás, y ninguna provisión se ha hecho para la recuperación de los ángeles caídos. Los ángeles caídos son reservados en cadenas esperando el castigo (2Ped. 2:4; Judas 6). Cuando Dios eligió algunos de los ángeles, El los guardó de una caída. Sin embargo, El no previno la caída de toda la humanidad en Adán. Algunos de entre la humanidad caída fueron escogidos para ser salvos. Por lo tanto, hay esperanza para los elegidos en Jesucristo de entre la humanidad, pero no hay esperanza para los ángeles caídos.
Satanás tuvo el poder de auto-determinación. El no fue tentado desde adentro como fue Eva (o como fue Adán tentado mediante Eva). No había nada fuera de Lucifer para tentarle. Esta es la razón por la cual su caída lo dejó sin esperanza.
Los Puritanos correctamente afirmaron que el hombre no tiene la capacidad para cambiar su estado moral por un hecho de la voluntad. El hombre debe ser un agente libre para ser responsable ante Dios. Sin embargo, uno no puede atribuir la agencia moral al hombre. La agencia libre es el poder para decidir según el carácter de uno. El libre albedrío es el poder de cambiar el carácter de uno por volición o elección. La agencia libre pertenece a todo hombre, pero el poder para cambiar el carácter de uno por el ejercicio de la voluntad no pertenece a la humanidad. El hombre es libre para usar su mano, pero la mano no es libre. Sólo hace lo que el hombre le manda. Es un esclavo de sus músculos. Una persona no salva debe actuar en armonía con su naturaleza engañosa, depravada, y malvada. El no puede actuar al contrario de lo que se le es mandado por su corazón.
El mismo Dios quien ha ordenado todos los sucesos, ha ordenado la agencia libre del hombre en medio del curso de los sucesos que El preordenó. El evangelio no es forzado sobre los elegidos contra sus voluntades (Sal. 110:3). Sus voluntades son cambiadas mediante la regeneración, que los hace dispuestos a aceptar el evangelio.
La Libre Gracia vs El Libre Albedrío 2, Autor: W. E. Best
1
LA LIBERTAD DE LA VOLUNTAD
Efesios 1:11
La idea Bíblica de la libertad de la voluntad sólo puede ser entendida al estudiarla desde el principio de la Biblia. Pero entonces, un estudio de cualquier verdad Bíblica debe comenzar en esta manera. Así como las teclas equivocadas de un órgano tocados equivocadamente traen distorsiones, así unos pocos versículos de la Escritura tomados aisladamente fuera del contexto parecen enseñar cosas que no armonizan con todo la enseñanza de la Palabra de Dios.
La libertad absoluta de la voluntad sólo puede pertenecer a Dios. No hay ley que restrinja la voluntad de Dios, porque El es Su propia ley. Puesto que Dios es soberano, no hay poder que pueda vencer Su voluntad. El es omnipotente. El “…hace todas las cosas según el designio de su voluntad” (Ef. 1:11). La voluntad de Dios es irresistible, fija, y eterna: “…¿Quién ha resistido a su voluntad?” (Rom. 9:19). Es eterna porque Dios no cambia: “Porque yo Jehová no cambio…” (Mal. 3:6). El Señor Jesucristo, la segunda Persona de la Deidad, es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos (Heb. 13:8). Con Dios “…no hay mudanza, ni sombra de variación” (Sant. 1:17). La voluntad de Dios no puede ser cambiada por lo mejor porque Dios no puede ser mejor. No puede ser cambiada por lo peor porque Dios no puede ser menos de lo que El es.
La voluntad de Dios no está sujeta a nadie, pero la voluntad de todo hombre está sujeta a Dios. Dios no determinó salvar a los hombres sobre la base de su voluntad de ser salvo. Si así se hubiera resuelto, la voluntad del hombre determinaría la voluntad de Dios. Pero esto es imposible (y herético)—la libertad de Dios indica que El no está bajo ninguna compulsión fuera de Sí Mismo. El actúa según la ley de Su ser. Dios es auto-movido, e incapaz de pecar.
El es el más intenso poder de auto-determinación, la más intensa libertad. Consiguientemente, la libertad de la voluntad es atribuible sólo a Dios. Toda criatura es responsable ante El. Una voluntad auto-determinada a la santidad absoluta—la voluntad de Dios—es marcada por la libertad más alta. La libertad en Dios es la inmutable auto-determinación; viceversa, la libertad en un ser finito—Adán antes de la caída—es la mutable auto-determinación. La verdad de que la libertad en Dios es la inmutable auto-determinación es la llave al remanente de la discusión de la libertad de la voluntad.
La voluntad de Dios es la ley del universo, no la voluntad del hombre. Si no hubiera tal ser como el supremo y determinante Jehová, el universo vendría a ser rápidamente caótico. Si no hubiera libre-elegido amor, todo ministro cerraría sus labios, y todo pecador se sentaría en la muda desesperación. Las Escrituras no registran un ejemplo de una limitación a la voluntad de Dios. Su voluntad de propósito es suprema, y es realizado sin la derrota (Rom. 9:19; Sant. 1:17). Pero nosotros necesitamos distinguir entre la voluntad de Dios de propósito y Su voluntad de mando. Los hombres son responsables de cumplir con la posterior, pero la voluntad de Dios de propósito no es revelada totalmente al hombre: “Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre…” (Deut. 29:29).
¿Pero qué de la voluntad de Adán y su auto-determinación? Adán fue creado en un estado de rectitud. La rectitud es un estado más alto que la inocencia: “…Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones” (Ecl. 7:29). Algunos refieren a la rectitud de Adán como “justicia original”; otros la llaman “justicia creada”; y algunos la clasifican “santidad.” La rectitud de Adán fue en un sentido la justicia y la santidad, pero no fue absoluta. La santidad de Adán, justicia, o la rectitud fue mutable, porque Dios no puede crear Dios. Cualquier cosa que Dios crea debe ser menos que Sí Mismo.
Algunos creen que Adán fue creado en un estado de equilibrio o indiferencia. El no fue inclinado ni hacia lo bueno ni hacia lo malo. Así que, él podía volver al Creador o a la criatura. Puesto que volvió a la criatura, él hizo la decisión equivocada. Este punto de vista erróneo ha sido refutado por grandes eruditos del pasado. La Escritura refuta la afirmación de que Adán fue creado en un estado de indiferencia.
Un estado actual de indiferencia nunca se ha sabido que exista; una voluntad no entregada nunca ha ocurrido dentro de la conciencia humana. De todos modos, no es necesario asumir una indiferencia absoluta a la santidad y al pecado para explicar la caída de Adán.
La inocencia no describe suficientemente la condición de Adán de la rectitud. La rectitud original consistió de cualidades positivas. Las cualidades positivas intelectuales y morales de Adán antes de la caída fueron manifestadas en su capacidad para nombrar a los animales (Gén. 2:20) y en su compañerismo con el Creador (Gén. 2:15-25). Algún conocimiento de las características de los animales fue necesario para nombrarlos. Además, la rectitud positiva fue necesaria para disfrutar de un compañerismo positivo con Dios.
El hecho de que Dios creó a Adán en rectitud significa que Adán tuvo conocimiento de Dios. Esto es expuesto así: Las tres facultades o los poderes en el alma humano son (en este orden) el entendimiento, el afecto, y la voluntad. El orden no puede ser revertido. El pecado de Eva averigua el orden de las facultades del alma. Ella ganó conocimiento del fruto prohibido por verlo. Su afecto salió hacia dicho fruto del cual había ganado conocimiento. Ella entonces ejerció su voluntad al tomar de ese fruto. Por lo tanto, puesto que Adán fue creado con una comprensión de Dios, una voluntad no entregada era imposible. La conciencia siempre informa a una voluntad inclinada, no a una voluntad indiferente. Esta es la razón porque la rectitud de Adán estuvo fuera de la inocencia simple.
La rectitud incluye varias características. Adán fue creado recto, un adulto, un espíritu y con una voluntad. El no vino al mundo como todos los otros. El primer hombre fue creado maduro, sin la necesidad del crecimiento y del desarrollo físico y mental. La idea de que Adán tuvo etapas avanzadas en el conocimiento y en el conocimiento es contraria al pensamiento de una madurez creada. La madurez de Adán prueba que él tuvo una voluntad inclinada. El no estuvo en un estado de equilibrio, pero su voluntad estuvo inclinada hacia Dios, su Creador.
En la madurez creada, las facultades intelectuales de Adán contuvieron patrones e ideas innatas. Por lo tanto, su madurez le capacitó no sólo para nombrar a los animales pero también para tener compañerismo con Dios. Adán fue creado un espíritu (Gén. 2:7). La creación de una mente finita, o el espíritu, implica la creación de la rectitud. El espíritu debe ser distinguido de la materia. Los muebles son materia y debe ser movida por fuerza. Adán fue auto-determinado desde dentro. Su capacidad para moverse desde dentro significa su libertad. El fue auto-motivado y no movido por una fuerza externa. El auto-movimiento es la auto-determinación, y la auto-determinación es el hecho de la voluntad.
La voluntad de Adán fue una libre voluntad porque fue auto- determinante. Lo que no es forzado desde fuera es libre—pero no absolutamente. Adán fue responsable a Dios. El fue libre en el sentido de que fue inconsciente de cualquier necesidad impuesta sobre él. La libertad de Dios es inmutable, pero la libertad de Adán fue mutable auto-determinación.
Por el hecho creativo, la voluntad de Adán fue inclinada a Dios—y eso fue antes que hiciera cualquier escogimiento. El fue creado espíritu, y fue auto-determinado al instante que fue creado. Su auto-determinación fue creada con su voluntad. Adán no pudo haber sido creado no inclinado. La creación santa de Adán en la justicia original (o la rectitud) fue ambos creada y auto- determinada. Considerado con referencia a Dios, fue creado. Considerado con referencia a Adán, fue auto-determinante, auto- gobernante, y no forzado desde fuera.
Adán vino al mundo inclinado hacia Dios. La inclinación santa fue al mismo tiempo el producto del Creador y la actividad de la criatura. Adán no se encontró a sí mismo en una posición para elegir al Creador o a la criatura como un final definitivo. El fue inclinado hacia el Creador. Su misma rectitud fue dada por Dios, y no procedió desde su capacidad propia. De hecho, la mutable auto-determinación condujo a su caída, y después de la caída su voluntad fue esclavizada al pecado.
Después de su caída, Adán pasó de la inclinación hacia Dios a la inclinación hacia el pecado. El cambio radical de su voluntad no puede ser explicado por un escogimiento antecedente desde un estado indiferente de la voluntad. El cambio radical no pudo haber ocurrido si Adán hubiera sido creado en un estado de equilibrio. El cayó de un estado de rectitud mutable. El caer de un estado de indiferencia no hubiera sido una caída tan trágica.
Desde la caída de Adán, la voluntad de toda persona está inclinada hacia el pecado por naturaleza. Permanece así hasta que el Espíritu de Dios lo regenera. Entonces, su voluntad es inclinada hacia Dios por la gracia. La obra de la regeneración en el individuo produce así un cambio radical como la caída causó en Adán. Un hombre regenerado ha sido creado nuevamente en Jesucristo: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras…” (Ef. 2:10). El hombre nuevo es “…revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó” (Col. 3:10). “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos…” (Ef. 2:1). “…Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:13). Dios da un corazón nuevo y un espíritu nuevo (Ez. 36:25-27).
La rectitud original de Adán fue auto-determinada pero no auto-originada. Su caída, sin embargo, fue ambos auto-determinada y auto-originada. La doctrina de concurrencia—la cooperación—no puede ser conectada con el pecado de Adán o con su caída. Dios no es el autor ni del pecado de Adán ni de su caída.
La primera existencia de una virtud no podría haber venido desde el hombre, porque Dios es la causa original de todas las cosas. Sin embargo, Dios usa las causas secundarias. Adán, la segunda causa, fue creado en un estado de la mutable auto-determinación, que permitió la posibilidad de su caída. Y sí cayó cuando se fue desde una inclinación hacia Dios a una egoísta, inclinación egocéntrica. La inclinación pecaminosa es el producto de la criatura y su actividad.
Adán mutable, diferente de su Creador inmutable, podía perder y perdió su rectitud. Adán era capaz de perseverar en su santa auto-determinación, pero también era capaz de dar inicio a una auto-determinación pecaminosa. Su auto-determinación fue para un final definitivo y no para una elección de medios hacia un final.
La inclinación difiere de la volición como el final difiere de los medios. Adán cayó en su corazón antes de que comiera del fruto prohibido. Eva, el vaso más débil, fue engañada pero Adán no fue engañado. El fue auto-determinado; esto es, deseó comer para poder estar con su esposa. La inclinación precedió a su escogimiento. También Eva había pecado en su corazón antes de que pecara externamente.
No es el hecho de cometer un pecado lo que hace a uno un pecador. Uno es ya un pecador antes de que el hecho sea cometido. El Señor Jesucristo identificó el pecado como aquel que procede del corazón: “…cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mat. 5:28). El deseo que precede la volición es pecado. Comer del fruto prohibido no originó la inclinación de Adán, sino que así se manifestó. Su voluntad se inclinó a un final, y escogió los medios para realizar el resultado final. La voluntad escoge porque ya está inclinada.
Esta es la razón por la que no hay compatibilidad entre el evangelio social y el evangelio presentado en la Palabra de Dios. Aquellos quienes proclaman un evangelio social afirman que los hombres no son responsables por los hechos de pecado. Ellos atribuyen el pecado a condiciones sociales o ambientales, que alivian a los pecadores de su responsabilidad al cometer pecado. Pero esto es un disparate. El pecado no puede ser atribuido a otra persona o cosa. Adán culpó a Eva por su pecado, y sutilmente puso la culpa en Dios mismo, quien le había dado a Eva. Pero la racionalización de Adán no alteró los hechos. El había pecado responsablemente. El había ido desde la inclinación hacia Dios hasta la inclinación para satisfacer su propio deseo perverso.
La determinación pecaminosa de Adán se originó dentro de sí mismo. Dios no colaboró en la perversa auto-determinación de Adán. El creó a Adán como una persona libre. Los arminianos mantienen que un hombre no puede actuar libremente a menos que tenga la capacidad de cancelar su acción. Sin embargo, esto no es válido. Si un hombre se arroja de un edificio para suicidarse, aunque cambie su mente mientras va cayendo, él no puede volver a la punta del edificio. Su auto-determinación es un hecho libre, pero él no puede revertir el hecho. En este mismo sentido, una vez que Adán pecó no pudo volver a su estado original. El cayó—cuerpo, alma, y espíritu.
La caída del hombre ha sido comparada al derrumbamiento de un edificio dilapidado de tres pisos. El espíritu del hombre puede ser comparado con el piso de arriba, su alma con el segundo piso, y su cuerpo con el sótano. El primero en ser afectado por la caída fue su mente, o espíritu. Sus emociones fueron influenciadas, y ambos el intelecto y las emociones influenciaron su cuerpo. El piso de arriba cayó en el segundo, y ambos cayeron en el sótano. El hombre fue totalmente afectado en la caída. Esta es la razón por la que la gente muere físicamente (Rom. 5:12). Una vez que Adán fue auto-determinado para darle la espalda a Dios y satisfacer sus propios deseos, él no pudo volver a su estado original de justicia.
Una decisión puede cambiar una decisión, pero nunca puede cambiar una inclinación. Una elección puede cambiar a otra elección, pero no puede cambiar el deseo original. Una persona puede decidir cometer homicidio, y antes de tirar del gatillo del revólver, cambiar de parecer. El ha hecho una elección. Su segunda elección ha contrariado la primera, pero no borró la inclinación perversa de homicidio que estuvo en su corazón. La inclinación puede ser quitada sólo por la gracia de Dios. Solo el poder de Dios puede vencer y hacer lo que el hombre no puede hacer por sí mismo.
Entonces y por lo tanto, la potencialidad para revertir una inclinación pecaminosa no es necesaria para hacer a una persona responsable por su inclinación. La única cosa necesaria es que él la origine. Adán originó su auto-inclinación pecaminosa. El no sólo fue el causante sino que también fue activo en el origen. Antes de la caída, el poder para auto-determinar la maldad fue innecesaria a la santidad auto-determinante de Adán.
Es importante entender que la comprensión de Adán fue inalterable, pero su voluntad sí fue mutable. Ciertos hechos, tales como los rudimentos de aritmética pueden ser no entendidos. Sin embargo, la voluntad puede ser radicalmente y totalmente cambiada. La caída de Adán fue una revolución, no una evolución.
Vamos a resumir. Adán en su caída no escogió entre Dios y la criatura. El pecado de Adán en el jardín del Edén no fue cometido en un estado de indiferencia, como si Dios estuviera a su diestra y el deseo perverso a su izquierda. El estuvo en un estado de rectitud, inclinado hacia Dios, pero por la auto-determinación se volvió de Dios a la maldad. Este no fue un escogimiento entre el Creador y la criatura. El se fue desde una inclinación hacia Dios a una inclinación hacia la maldad, y ésta fue su caída.
La espontaneidad en un animal es simplemente el instinto físico, pero la espontaneidad en un hombre está basada en una capacidad para razonar y comprender. El es un ser racional y no actúa por simple instinto. La inclinación precede a la acción del hombre. Algo apela a su comprensión, sus afectos son influenciados, y consiguientemente actúa con su voluntad. Los arminianos, por otra parte, afirman que la voluntad es ambos el determinante y el determinado. Esto indicaría que la voluntad es ambos la causa y el efecto. Pero nosotros hemos visto que la voluntad es la última de las tres facultades ordenadas del alma. No causa una inclinación. Si es que la voluntad causa el entendimiento, fácilmente podemos decir que la cola menea al perro. Si una persona tiene una mente espiritual y ha oído cosas espirituales, sus afectos son movidos hacia esas cosas, y él actúa consiguientemente.
Después de la caída, la voluntad de Adán fue esclavizada al pecado y perdió su libertad natural. Permítase afirmar aquí que la libertad moral no es esencial a la libertad natural. Un hombre puede escoger a su futura esposa, profesión, hogar, etcétera, pero él no tiene el poder para escoger lo que es espiritual. No es necesario para un hombre tener la capacidad espiritual para que su voluntad actúe naturalmente.
Los hechos de la voluntad del hombre son de dos tipos: (1) Las acciones del alma que son manifestadas en hechos físicos. Uno decide hacer algo y se mueve en esa dirección. Muchos siguen un hecho del alma cuando pasan al frente al altar, ante la congregación de la iglesia afirmando que están siguiendo a “Jesús.” (2) Las acciones del alma que ocurren dentro del alma misma. Esto sucede cuando uno quiere amar a Dios. No puede ser realizado por el hombre natural quien odia a Dios (Rom. 3:8-18; Juan 3:19-21). Si el deseo de una persona de conocer al Señor es sinceramente motivado por el Espíritu de Dios, él no busca al Señor en vano (Mat. 7:7). El que sinceramente busca al Señor da evidencia de la obra interior de la gracia de Dios; haremos bien en recordar que Dios no comienza algo que El no va a terminar.
Desde la caída, el hombre por naturaleza sólo puede hacer lo malo. Sin embargo, cuando una persona es nacida de nuevo, tiene la potencialidad de hacer el bien. Aunque esté inclinado fuertemente hacia el bien, todavía es tentado y a veces hace lo malo. Cuando se llegue a la gloria esto ya no será más el caso pues el hombre estará inclinado sólo a hacer el bien.
Escogidos Por Dios (capitulo 9) por R.C. Sproul
9
Cuestiones y objeciones acerca de la predestinación
Quedan varios problemas y cuestiones alrededor de la predestinación que debemos al menos tocar.
¿Es fatalismo la predestinación?
Una frecuente objeción que se levanta contra la predestinación es el ser una forma religiosa de fatalismo. Si examinamos el fatalismo en su sentido literal, vemos que está tan lejos de la doctrina bíblica de la predestinación como el este del oeste. El fatalismo significa literalmente que los asuntos de los hombres son controlados bien por sub-deidades caprichosas (las hadas) o, más popularmente, por las fuerzas impersonales del azar.
La predestinación no se basa ni en una idea mitológica de diosas jugando con nuestras vidas ni en la idea de un destino controlado por la colisión casual de los átomos. La predestinación está arraigada en el carácter de un Dios personal y justo, un Dios que es el Señor soberano de la historia. El que mi destino esté, en última instancia, en las manos de una fuerza indiferente u hostil es aterrador. Que esté en las manos de un Dios justo y amante es un asunto totalmente diferente. Los átomos no contienen justicia; en el mejor de los casos, son amorales. Dios es totalmente santo. Prefiero que mi destino esté con El.
La gran superstición de los tiempos modernos tiene que ver con el papel que se le da al azar en los asuntos humanos. El azar es la nueva deidad reinante en la mente moderna. El azar habita en el castillo de los dioses. Al azar se le atribuye la creación del universo y la aparición de la raza humana a partir del cieno. El azar es un sibolet. Es una palabra mágica que utilizamos para explicar lo desconocido. Es el poder favorito de la causalidad para aquellos que atribuyen poder a cualquier cosa o persona excepto a Dios. Esta actitud supersticiosa hacia el azar no es nueva. Leemos acerca de su atracción muy al principio de la historia bíblica.
Recordamos el incidente en la historia judía cuando el arca sagrada del pacto fue capturada por los filisteos. Aquel día la muerte visitó la casa de Elí y la Gloria fue traspasada de Israel. Los filisteos estaban jubilosos por su victoria, pero pronto aprendieron a lamentar el día. Dondequiera que tomaban el arca, la calamidad les sobrevenía. El templo de Dagón fue humillado. La gente fue devastada por tumores. Durante siete meses el arca fue enviada a las grandes ciudades de los filisteos con los mismos resultados catastróficos en cada ciudad. Desesperadamente, los reyes de los filisteos se juntaron para tomar consejo y decidieron devolver el arca a los judíos con un rescate también, para calmar la ira de Dios. Sus palabras finales de consejo son dignas de mención:
“Tomaréis luego el arca del Señor, y la pondréis sobre el carro, y las joyas de oro que le habéis de pagar en ofrenda por la culpa, las pondréis en una caja al lado de ella; y la dejaréis que se vaya. Y observaréis; si sube por el camino de su tierra a Bet-semes, él nos ha hecho este mal tan grande; y si no, sabremos que no es su mano la que nos ha herido, sino que esto ocurrió por accidente” (1S. 6:8,9).
Ya hemos notado que el azar nada puede hacer porque nada es. Permítaseme desarrollar esto. Utilizamos la palabra azar para describir las posibilidades matemáticas. Por ejemplo, cuando lanzamos una moneda al aire, decimos que hay un 50% de posibilidades de que salga cara. Si al lanzar la moneda elegimos cara y sale cruz, podemos decir que tuvimos mala suerte y que perdimos nuestra oportunidad. ¿Cuánta influencia tiene el azar en el lanzamiento de una moneda? ¿Qué hace que salga cara o cruz? ¿Cambiaría la situación si supiéramos con qué cara de la moneda se comenzó, cuánta presión fue ejercida por el pulgar, cuan densa era la atmósfera y cuántas vueltas dio la moneda en el aire? Con este conocimiento, nuestra capacidad para predecir el resultado excedería con mucho el 50%.
Pero la mano es más rápida que el ojo. No podemos medir todos estos factores en el normal lanzamiento de la moneda. Puesto que podemos reducir el posible resultado a dos, simplificamos las cosas hablando acerca del azar. La cuestión a recordar, sin embargo, es que el azar no ejerce influencia alguna en absoluto sobre el lanzamiento de la moneda. ¿Por qué no? Como estamos repitiendo, el azar nada puede hacer porque nada es. Antes que algo pueda ejercer poder o influencia debe ser primeramente algo. Debe ser alguna clase de entidad, bien sea física o no física. El azar no es ninguna de las dos. Es meramente una construcción mental. No tiene poder porque no tiene ser. Es nada.
Decir que algo ha ocurrido por azar es decir que es una coincidencia. Esto es simplemente una confesión de que no podemos percibir todas las fuerzas y poderes causales que actúan en un incidente. Al igual que no podemos ver todo lo que está ocurriendo en el lanzamiento de una moneda a simple vista, así los complejos asuntos de la vida están también fuera del alcance de nuestra capacidad de percepción. Inventamos, pues, el término azar para explicarlos. El azar realmente nada explica. Es meramente una palabra que utilizamos como taquigrafía por nuestra ignorancia.
Escribí recientemente sobre el tema de causa y efecto. Un profesor de filosofía me escribió quejándose de mi ingenuo entendimiento de la ley de causa y efecto. Me regañó por no tener en cuenta los “acontecimientos sin causa”. Le di las gracias por su carta y dije que estaría dispuesto a abordar su objeción si me escribía citando sólo un ejemplo de un acontecimiento sin causa. Todavía estoy esperando. Esperaré por siempre porque ni aun Dios puede producir un acontecimiento sin causa. Esperar un acontecimiento sin causa es como esperar un círculo cuadrado.
Nuestros destinos no están controlados por el azar. Digo esto dogmáticamente, con todo el énfasis que me es posible. Sé que mi destino no está controlado por el azar porque sé que nada puede ser controlado por el azar. El azar nada puede controlar porque nada es. ¿Cuáles son las posibilidades de que el universo fuese creado por azar o que nuestros destinos sean controlados por el azar? No hay posibilidad alguna.
El fatalismo encuentra su más popular expresión en la astrología. Nuestros horóscopos diarios están compilados sobre la base del movimiento de las estrellas. La gente en nuestra sociedad sabe más acerca de los doce signos del zodiaco que lo que saben acerca de las doce tribus de Israel. Sin embargo, Rubén tiene que ver más con mi futuro que Acuario, Judá más que Géminis.
¿No dice la Biblia que Dios no quiere que ninguno perezca?
El apóstol Pedro afirma claramente que Dios no quiere que ninguno perezca.
“El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 P. 3:9).
¿Cómo podemos armonizar este versículo con la predestinación? Si no es la voluntad de Dios elegir a todos para salvación, ¿cómo puede decir la Biblia, pues, que Dios no quiere que ninguno perezca? En primer lugar, debemos entender que la Biblia habla de la voluntad de Dios en más de una manera. Por ejemplo, la Biblia habla de lo que llamamos la voluntad eficaz y soberana de Dios. La voluntad soberana de Dios es la voluntad por la cual Dios hace que ocurran las cosas con absoluta certeza. Nada puede resistir la voluntad de Dios en este sentido. Por su soberana voluntad El creó el mundo. La luz no podría haber rehusado resplandecer.
La segunda manera en que la Biblia habla de la voluntad de Dios es con respecto a lo que llamamos su voluntad preceptiva. La voluntad preceptiva de Dios se refiere a sus mandatos, sus leyes. Es la voluntad de Dios que hagamos las cosas que El manda. Tenemos la capacidad de desobedecer esta voluntad. De hecho, quebrantamos sus mandamientos. No podemos hacerlo impunemente. Lo hacemos sin su permiso o aprobación. Sin embargo, lo hacemos. Pecamos.
Una tercera manera en que la Biblia habla de la voluntad de Dios se refiere a la disposición de Dios, a lo que le agrada. Dios no se deleita en la muerte del inicuo. Hay un sentido en que el castigo del inicuo no produce gozo a Dios. Escoge hacerlo porque es bueno castigar la maldad. Se deleita en la justicia de su juicio, pero le “entristece” que tal justo juicio deba ser llevado a cabo. Es algo así como un juez sentándose en un tribunal y sentenciando a su propio hijo a la cárcel.
Apliquemos estas tres posibles definiciones al pasaje en 2 Pedro. Si tomamos la afirmación general: “Dios no quiere que ninguno perezca”, y le aplicamos la voluntad eficaz y soberana, la conclusión es obvia. Nadie perecerá. Si Dios decreta soberanamente que nadie perezca, y Dios es Dios, entonces ciertamente nadie perecerá jamás. Esto sería pues, un texto probatorio no para el arminianismo, sino para el universalismo. El texto, pues, probaría demasiado para los arminianos.
Supongamos que aplicamos la definición de la voluntad preceptiva de Dios a este pasaje. Entonces el pasaje significaría que Dios no permite que nadie perezca. Esto es, prohíbe que la gente perezca. Es contra su ley. Si las personas, pues, siguieran adelante y perecieran, Dios tendría que castigarlas por perecer. Su castigo por perecer sería perecer más. ¿Pero cómo puede alguien perecer más que perecer? Esta definición no funciona en este pasaje. No tiene sentido.
La tercera alternativa es que Dios no se deleita en que la gente perezca. Esto encaja con lo que la Biblia dice en otros lugares acerca de la disposición de Dios hacia los perdidos. Esta definición podría encajar en este pasaje. Pedro puede estar diciendo aquí, simplemente, que Dios no se deleita en que alguien perezca. Aunque la tercera definición es posible y atractiva para usarla en resolver este pasaje con lo que la Biblia enseña acerca de la predestinación, hay, sin embargo, otro factor a considerar. El texto dice más que, simplemente, Dios no quiere que nadie perezca. La cláusula entera es importante: “…sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.”
¿Cual es el antecedente de ninguno? Es claramente nosotros. ¿Se refiere nosotros a todos nosotros los seres humanos? ¿O se refiere a nosotros los cristianos, el pueblo de Dios? A Pedro le agrada hablar de los elegidos como un grupo especial de personas. Creo que lo que está diciendo aquí es que Dios no quiere que ninguno de nosotros (los elegidos) perezca. Si eso es lo que quiere decir, entonces el texto requeriría la primera definición y sería un fuerte pasaje más a favor de la predestinación.
De dos maneras diferentes el texto puede armonizar fácilmente con la predestinación. De ninguna manera apoya el arminianismo. Su otro único posible significado sería el universalismo, que lo haría entonces entrar en conflicto con todo lo demás que la Biblia dice en contra del universalismo. En nuestra consideración de la seguridad de la salvación y la perseverancia de los santos, tocamos la cuestión del pecado imperdonable. El hecho de que Jesús advierte contra la comisión de un pecado que es imperdonable es incuestionable. Las preguntas que hemos de afrontar son, pues, éstas: ¿Cuál es el pecado imperdonable? ¿Pueden los cristianos cometer este pecado? Jesús lo definió como una blasfemia contra el Espíritu Santo:
“Por tanto os digo: todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (Mt. 12:31,32).
En este texto Jesús no facilita una explicación detallada de la naturaleza de este terrible pecado. Declara que existe tal pecado y hace una ominosa advertencia acerca del mismo. El resto del Nuevo Testamento añade poco a manera de explicación adicional. Como resultado de este silencio, ha habido mucha especulación acerca del pecado imperdonable. Dos pecados han sido mencionados frecuentemente como candidatos al pecado imperdonable: el adulterio y el asesinato. El adulterio es escogido sobre la base de que representa un pecado contra el Espíritu Santo, porque el cuerpo es el templo del Espíritu Santo. El adulterio era un crimen capital en el Antiguo Testamento. El razonamiento es que, puesto que merecía la pena de muerte e implicaba una violación del templo del Espíritu Santo, éste debe de ser el pecado imperdonable.
El asesinato es escogido por razones similares. Puesto que el hombre ha sido creado a imagen de Dios, un ataque contra la persona humana es considerado un ataque contra Dios mismo. Matar al portador de la imagen es insultar a Aquel cuya imagen se porta. De igual manera, el asesinato es un pecado capital. Añadimos a esto el hecho de que el asesinato es un pecado contra la santidad de la vida. Puesto que el Espíritu Santo es la “fuerza vital” en última instancia, matar a un ser humano es insultar al Espíritu Santo.
A pesar de ser atractivas estas teorías para los especuladores, no han obtenido el consentimiento de la mayoría de los eruditos bíblicos. Una idea más popular tiene que ver con la resistencia final a la aplicación por parte del Espíritu Santo de la obra redentora de Cristo. La incredulidad final es vista, pues, como el pecado imperdonable. Si una persona repudia el Evangelio repetida, plena y finalmente, entonces no hay esperanza de perdón en el futuro.
De lo que estas tres teorías carecen es de una consideración seria del significado de blasfemia. La blasfemia es algo que hacemos con la boca. Tiene que ver con lo que decimos en voz alta. Ciertamente, también puede hacerse con la pluma, pero la blasfemia es un pecado verbal. Los Diez Mandamientos incluyen una prohibición contra la blasfemia. Se nos prohíbe hacer un uso frívolo o irreverente del nombre de Dios. A los ojos de Dios, el abuso verbal de su santo nombre es un asunto lo suficientemente grave como para incluirlo en su lista de los diez máximos mandamientos. Esto nos dice que la blasfemia es un asunto grave a los ojos de Dios. Es un pecado detestable blasfemar a cualquier miembro de la Divinidad.
¿Significa esto que cualquiera que haya abusado jamás del nombre de Dios no tiene posible esperanza de perdón, ahora o jamás? ¿Significa que si una persona maldice una vez, utilizando el nombre de Dios, está condenada para siempre? Pienso que no. Es crucial notar en este texto que Jesús hace una distinción entre pecar contra El (el Hijo del Hombre), y pecar contra el Espíritu Santo. ¿Significa esto que esté bien blasfemar a la primera persona de la Trinidad y a la segunda persona de la Trinidad, pero que insultar a la tercera persona es traspasar los límites del perdón? Difícilmente tiene esto sentido.
¿Por qué, pues, haría Jesús tal distinción entre pecar contra El y contra el Espíritu Santo? Creo que la clave para responder a esta pregunta es la clave para la cuestión entera de la blasfemia contra el Espíritu Santo. La clave se encuentra en el contexto en que Jesús originalmente hizo esta severa advertencia.
En Mateo 12:24 leemos: “Mas los fariseos, al oírlo, decían: Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios.” Jesús responde con un discurso acerca de una casa dividida contra sí misma y la insensatez de la idea de que Satanás obrase para echar fuera a Satanás. Su advertencia acerca del pecado imperdonable es la conclusión de esta discusión. El introduce su severa advertencia con la palabra por tanto.
La situación es, más o menos, la siguiente: los fariseos están siendo repetidamente críticos con Jesús. Sus ataques verbales contra El se vuelven más y más feroces. Jesús había estado echando fuera demonios “por el Espíritu de Dios”. Los fariseos cayeron tan bajo como para acusar a Jesús de hacer su santa obra por el poder de Satanás. Jesús les advierte. Es como si les estuviera diciendo: “Tened cuidado. Tened mucho cuidado. Os estáis acercando peligrosamente a un pecado por el cual no podéis ser perdonados. Una cosa es atacarme, pero guardaos. Estáis pisando tierra santa aquí.”
Aún nos preguntamos por qué hizo Jesús la distinción entre pecar contra el Hijo del Hombre y pecar contra el Espíritu. Notamos que aun desde la cruz Jesús imploró el perdón de aquellos que le estaban asesinando. En el día de Pentecostés, Pedro habló del horrible crimen contra Cristo cometido en la crucifixión; sin embargo, aún dio esperanza de perdón para aquellos que habían participado en el mismo. Pablo dice: “Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria” (1Co. 2:7,8).
Estos textos indican una cierta concesión a la ignorancia humana. Debemos recordar que cuando los fariseos acusaron a Jesús de obrar por el poder de Satanás, no tenían aún el beneficio de la plenitud de la revelación de Dios en cuanto a la verdadera identidad de Cristo. Estas acusaciones se hicieron antes de la resurrección. Sin duda, los fariseos debieron haber reconocido a Cristo, pero no lo hicieron. Las palabras de Jesús desde la cruz son importantes: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Cuando Jesús hizo la advertencia y distinguió entre la blasfemia contra el Hijo del Hombre y la blasfemia contra el Espíritu Santo era en un tiempo cuando El no se había manifestado aún plenamente. Notamos que esta distinción tiende a desaparecer tras la resurrección, Pentecostés y la ascensión. Notemos lo que el autor de la carta a los Hebreos declara:
“Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos y de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?” (He. 10:26-29.)
En este pasaje la distinción entre pecar contra Cristo y contra el Espíritu desaparece. Aquí, pecar contra Cristo es insultar al Espíritu de gracia. La clave está en el pecado voluntario después de haber recibido el conocimiento de la verdad. Si tomamos el primer renglón de este texto en sentido absoluto, ninguno de nosotros tiene esperanza en cuanto al cielo. Todos pecamos voluntariamente después de conocer la verdad. Aquí se considera un pecado específico, no todos y cada uno de los pecados. Estoy persuadido de que el pecado específico que se considera aquí es la blasfemia contra el Espíritu Santo.
Estoy de acuerdo con los eruditos del Nuevo Testamento que llegan a la conclusión de que el pecado imperdonable es blasfemar a Cristo y al Espíritu Santo diciendo que Jesús es un diablo cuando se sabe que no lo es. Esto es, el pecado imperdonable no puede cometerse por ignorancia. Si alguien sabe con certeza que Jesús es el Hijo de Dios y luego declara con su boca que Jesús es del diablo, esa persona ha cometido una blasfemia imperdonable.
¿Quién comete tal pecado? Este es un pecado común a los demonios y a personas totalmente degeneradas. El diablo sabía quién era Jesús. No podía argüir ignorancia como excusa. Uno de los hechos fascinantes de la historia es la extraña manera en que los incrédulos hablan de Jesús. La inmensa mayoría de los incrédulos hablan de Jesús con gran respeto. Pueden atacar la Iglesia con gran hostilidad, pero hablan aún de Jesús como un “gran hombre”. Sólo una vez en mi vida he oído a una persona decir en alta voz que Jesús era un diablo. Recibí un susto al ver a un hombre de pie en medio de la calle sacudiendo el puño contra el cielo y gritando con toda la fuerza de sus pulmones. Maldijo a Dios y utilizó toda obscenidad que pudiera expresar para atacar a Jesús. Me asusté igualmente sólo unas horas más tarde cuando vi al mismo hombre en una camilla con el agujero de una bala en su pecho. Se había disparado a sí mismo. Murió antes de la mañana.
Aquel terrible espectáculo no me condujo a la conclusión de que el hombre hubiera cometido realmente el pecado imperdonable. No tenía manera de saber si él ignoraba la verdadera identidad de Cristo o no. Decir que Jesús es un diablo no es algo que veamos hacer a la gente. Es, sin embargo, posible que la gente conozca la verdad de Jesús y caiga tan bajo. No es necesario nacer de nuevo para tener un conocimiento intelectual de la verdadera identidad de Jesús. Una vez más, los demonios no regenerados saben quién es El.
¿Qué de los cristianos? ¿Es posible que un cristiano cometa el pecado imperdonable y por ello pierda su salvación? Creo que no. La gracia de Dios lo hace imposible. En nosotros mismos somos capaces de cualquier pecado, incluyendo la blasfemia contra el Espíritu Santo. Pero Dios nos preserva de este pecado. Nos preserva de una caída final y plena, guardando nuestros labios de este horrible crimen. Realizamos otros pecados y otras clases de blasfemia, pero Dios en su gracia nos refrena de cometer la blasfemia final.
¿Murió Cristo por todos?
Uno de los puntos más controversiales de la teología reformada tiene que ver con la L en TULIP. La L, significa expiación limitada. Ha sido tal problema doctrinal que hay multitudes de cristianos que dicen abrazar la mayoría de las doctrinas del calvinismo, pero que no están de acuerdo con esta. Se refieren a sí mismos como calvinistas de “cuatro puntos”. El punto que no pueden tolerar es la expiación limitada.
He pensado a menudo que para ser un calvinista de cuatro puntos hay que entender mal, al menos, uno de los cinco puntos. Me resulta difícil imaginar que alguien pueda entender los otros cuatro puntos del calvinismo y negar la expiación limitada. Siempre existe la posibilidad, sin embargo, de la feliz inconsecuencia por la cual la gente sostiene ideas incompatibles al mismo tiempo.
La doctrina de la expiación limitada es tan compleja que tratarla adecuadamente demanda un volumen entero. No le he dedicado ni siquiera un capítulo entero en este libro porque un capítulo no puede hacerle justicia. He pensado no mencionarlo en absoluto porque existe el peligro de que decir demasiado poco acerca de ello es peor que no decir nada en absoluto. Pero creo que el lector merece al menos un breve resumen de la doctrina y, por tanto, seguiré adelante: con la advertencia de que el tema requiere un tratamiento mucho más profundo del que puedo proveer aquí.
El tema de la expiación limitada tiene que ver con la pregunta: “¿Por quiénes murió Cristo? ¿Murió por todos o sólo por los elegidos?” Todos estamos de acuerdo en que el valor de la expiación de Jesús fue lo suficientemente grande como para cubrir los pecados de todo ser humano. También estamos de acuerdo en que su expiación es verdaderamente ofrecida a todos los hombres. Cualquier persona que pone su confianza en la muerte de Jesucristo recibirá con toda certeza los beneficios plenos de esa expiación. Estamos también confiados en que cualquiera que responda a la oferta universal del Evangelio será salvo.
La cuestión es: “¿Para quiénes fue designada la expiación? ¿Envió Dios a Jesús al mundo meramente para hacer la salvación posible para la gente? ¿O tenía Dios algo más determinado en la mente? (Roger Nicole, el eminente teólogo bautista, prefiere llamar la expiación limitada “Expiación Determinada”, estropeando el acróstico TULIP tanto como yo.)
Algunos arguyen que lo único que significa la expiación limitada es que los beneficios de la expiación están limitados a los creyentes que cumplen la necesaria condición de la fe. Esto es, aunque la expiación de Cristo era suficiente para cubrir los pecados de todos los hombres y satisfacer la justicia de Dios contra todo pecado, sólo efectúa la salvación para los creyentes. La fórmula dice: Suficiente para todos; eficiente para los elegidos solamente.
Esa observación simplemente sirve para distinguirnos de los universalistas, que creen que la expiación aseguró la salvación para todos. La doctrina de la expiación limitada va más allá de eso. Tiene que ver con la cuestión más profunda de la intención del Padre y el Hijo en la cruz. Declara que la misión y muerte de Cristo estuvieron restringidas a un número limitado: a su pueblo, a sus ovejas. Jesús fue llamado “Jesús” porque salvaría a su pueblo de sus pecados (Mt. 1:21). El Buen Pastor pone su vida por las ovejas (Jn. 10:15). Tales pasajes se encuentran abundantemente en el Nuevo Testamento. La misión de Cristo fue salvar a los elegidos. “Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero” (Jn. 6:39). Si no hubiera habido un número fijo planeado por Dios cuando designó a Cristo para morir, entonces los efectos de la muerte de Cristo habrían sido inciertos. Sería posible que la misión de Cristo hubiera sido un fracaso funesto y completo.
La expiación de Jesús y su intercesión son obras conjuntas de su sumo sacerdocio. El excluye explícitamente a los no elegidos de su gran oración sumo sacerdotal. “No ruego por el mundo, sino por los que me diste” (Jn. 17:9). ¿Murió Cristo por aquellos por los que no quiso orar?
La cuestión esencial aquí tiene que ver con la naturaleza de la expiación. La expiación de Jesús incluía tanto expiación como propiciación. Expiación implica que Cristo quita nuestros pecados “de” (ex) nosotros. Propiciación implica una satisfacción por el pecado “ante o en la presencia de” (pro) Dios. El arminianismo tiene una expiación que está limitada en valor. No cubre el pecado de la incredulidad. Si Jesús murió por todos los pecados de todos los hombres, si expió todos nuestros pecados y propició por todos nuestros pecados, entonces todos serían salvos. Una expiación potencial no es una expiación real. Jesús realmente expió los pecados de sus ovejas.
El mayor problema de la expiación determinada o limitada se encuentra en los pasajes que las Escrituras utilizan con respecto a la muerte de Cristo “por todos” o por el “mundo entero”. El mundo por quien Cristo murió no puede significar toda la familia humana. Debe de referirse a la universalidad de los elegidos (gente de toda tribu y nación) o a la inclusión de los gentiles además del mundo de los judíos. Fue un judío quien escribió que Jesús no murió meramente por nuestros pecados sino por los pecados del mundo entero. ¿Se refiere la palabra nuestros a los creyentes o a los judíos creyentes?
Debemos recordar que uno de los puntos cardinales del Nuevo Testamento tiene que ver con la inclusión de los gentiles en el plan divino de salvación. La salvación era de los judíos, pero no estaba restringida a los judíos. Dondequiera que se dice que Cristo murió por todos, debe añadirse alguna limitación, o la conclusión sería el universalismo o una mera expiación potencial. La expiación de Cristo fue real. Efectuó todo lo que Dios y Cristo se proponían con ella. El designio de Dios no fue ni puede ser frustrado por la incredulidad humana. El Dios soberano envió soberanamente a su Hijo para expiar por su pueblo.
Nuestra elección está en Cristo. Somos salvos por El, en El y para El. El motivo de nuestra salvación no es meramente el amor que Dios nos tiene. Está especialmente fundamentado en el amor que el Padre tiene por el Hijo. Dios insiste que su Hijo vea el fruto de la aflicción de su alma y quede satisfecho. Jamás ha habido la más mínima posibilidad de que Cristo pudiera haber muerto en vano. Si el hombre está verdaderamente muerto en el pecado y en la esclavitud al pecado, una mera expiación potencial o condicional no sólo puede haber terminado en fracaso, sino con toda certeza habría terminado en fracaso. Los arminianos no tienen una sana razón para creer que Jesús no murió en vano. Se quedan con un Cristo que intentó salvar a todos, pero que realmente no salvó a nadie.
¿Cómo afecta la predestinación a la tarea de la evangelización?
Esta cuestión suscita graves preocupaciones acerca de la misión de la Iglesia. Es particularmente de peso para los cristianos evangélicos. Si la salvación personal está decidida de antemano por un decreto divino inmutable, ¿qué sentido o urgencia tiene la obra de la evangelización?
Nunca olvidaré la terrible experiencia de ser interrogado sobre este punto por el Dr. John Gerstner en una clase del seminario. Había unos veinte de nosotros sentados en un semicírculo en la clase. El planteó la cuestión: “Muy bien, caballeros, si Dios ha decretado soberanamente la elección y la reprobación desde toda la eternidad, ¿por qué deberíamos preocuparnos acerca de la evangelización?” Suspiré con alivio cuando Gerstner comenzó su interrogatorio por el extremo izquierdo del semicírculo, puesto que yo estaba sentado en el último asiento a la derecha. Me consolé con la esperanza de que la pregunta nunca llegara hasta mí.
El consuelo duró poco. El primer estudiante respondió a la pregunta de Gerstner: “No lo sé, Señor. Esa cuestión siempre me ha importunado.” El segundo estudiante dijo: “Me doy por vencido.” El tercero simplemente meneó la cabeza y dirigió la mirada al suelo. En rápida sucesión, todos los estudiantes se pasaban la pregunta. Las fichas del dominó estaban cayendo en dirección a mí.
“Bien, Sr. Sproul, ¿cómo respondería usted?” Quería desvanecerme en el aire o encontrar un escondite en las tablas del suelo, pero no había escapatoria. Tartamudeé y susurré una respuesta. El Dr. Gerstner dijo: “¡Hable en voz alta!” Con palabras tentativas dije: “Bien, Dr. Gerstner, sé que ésta no es la respuesta que está usted buscando, pero una pequeña razón por la que debiéramos aún preocuparnos acerca de la evangelización es que, bien, eh, sabe usted, después de todo, Cristo nos manda evangelizar.”
Los ojos de Gerstner comenzaron a relampaguear. Dijo: “Ah, ya veo, Sr. Sproul, una pequeña razón es que su Salvador, el Señor de gloria, el Rey de reyes lo ha mandado así. ¿Una pequeña razón, Sr. Sproul? ¿Le resulta apenas significativo que el mismo Dios soberano que decreta soberanamente su elección también mande soberanamente su implicación en la tarea de la evangelización?” ¡Oh, como desee no haber usado jamás la palabra pequeña. Entendí lo que Gerstner quería decir.
La evangelización es nuestro deber. Dios ha mandado que lo hagamos. Esto debería ser suficiente para concluir el asunto. Pero hay más. La evangelización no es sólo un deber; es también un privilegio. Dios nos permite participar en la mayor obra en la historia humana, la obra de la redención. Oigamos lo que Pablo dice acerca de la misma. El añade un capítulo 10 a su famoso capítulo 9 de Romanos:
“Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. ¿Cómo pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quién les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuan hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas” (Ro. 10:13-15.)
Notamos la lógica de la progresión de Pablo aquí. El hace una relación de las condiciones necesarias para que la gente se salve. Sin enviar, no hay predicadores. Sin predicadores, no hay predicación. Sin predicación, no se oye el Evangelio. Sin oír el Evangelio, no se cree el Evangelio. Sin creer el Evangelio, no se invoca a Dios para ser salvo. Sin invocar a Dios para ser salvo, no hay salvación.
Dios no sólo preordena el fin de la salvación para los elegidos; también preordena los medios para ese fin. Dios ha escogido la locura de la predicación como el medio para llevar a cabo la redención. Supongo que El podría haber llevado a cabo su propósito divino sin nosotros. El podría publicar el Evangelio en las nubes utilizando su santo dedo para escribir en el cielo. El podría predicar el Evangelio por sí mismo, con su propia voz, gritándolo desde el cielo. Pero no es esa su elección.
Es un privilegio maravilloso ser utilizado por Dios en el plan de la redención. Pablo apela a un pasaje del Antiguo Testamento cuando habla de la hermosura de los pies de aquellos que traen alegres nuevas y anuncian la paz. “¡Cuan hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvación, del que dice a Sion: ¡Tu Dios reina! ¡Voz de tus atalayas! Alzarán la voz, juntamente darán voces de júbilo ¡porque ojo a ojo verán que el Señor vuelve atraerá Sion Cantad alabanzas, alegraos juntamente, soledades de Jerusalén; porque el Señor ha consolado a su pueblo, a Jerusalén ha redimido” (Is. 52:7-9).
En el mundo antiguo, las noticias de las batallas y de otros acontecimientos cruciales eran llevadas por corredores. La moderna carrera del maratón recibe su nombre de la batalla de Maratón debido a la resistencia del mensajero que llevó las noticias del resultado a su pueblo. Se situaban atalayas para observar a los mensajeros que se acercaban. Sus ojos eran agudos y estaban adiestrados para observar los sutiles matices de las zancadas de los corredores que se acercaban. Los que traían malas noticias se acercaban con pies pesados. Los corredores que traían buenas noticias se acercaban rápidamente, corriendo con sus pies a través del polvo. Sus zancadas revelaban su emoción. Para los atalayas, la escena de un corredor aproximándose rápidamente en la distancia, deslizándose con sus pies sobre la montaña, era una magnífica visión que contemplar.
Así también, la Biblia habla de la hermosura de los pies de aquellos que nos traen buenas noticias. Cuando nació mi hija y el médico vino a la sala de espera para anunciarlo, quise abrazarle. Nos sentimos inclinados favorablemente hacia aquellos que nos traen buenas noticias. Siempre tendré un lugar especial en mis afectos hacia el hombre que me habló primero de Cristo. Sé que fue Dios quien me salvó y no aquel hombre, pero aún aprecio el papel de aquel hombre en mi salvación.
Conducir a la gente a Cristo es una de las mayores bendiciones personales que podemos disfrutar jamás. Ser calvinista no quita ningún gozo a esa experiencia. Históricamente, los calvinistas han estado fuertemente activos en la evangelización y la misión mundial. Sólo necesitamos señalar a Edwards y Whitefield y el Gran Despertamiento para ilustrar este punto. Tenemos un papel muy significativo que jugar en la evangelización. Predicamos y proclamamos el Evangelio. Ese es nuestro deber y privilegio. Pero es Dios el que da el crecimiento. El no nos necesita para llevar a cabo su propósito, pero le agrada utilizamos en la tarea.
En cierta ocasión conocí a un evangelista itinerante que me dijo: “Dame a cualquier hombre sólo por quince minutos, y obtendré una decisión por Cristo.” Tristemente, aquel hombre creía realmente sus propias palabras. Estaba convencido de que el poder de la conversión descansaba solamente en su poder de persuasión. No dudo que aquel hombre basaba su pretensión en su experiencia pasada. Era tan imperioso que estoy seguro de que había multitudes que tomaban decisiones por Cristo después de quince minutos de estar a solas con él. Sin duda, el podía cumplir su promesa de producir una decisión en quince minutos. Lo que él no podía garantizar era una conversión en quince minutos. La gente tomaría decisiones simplemente para librarse de él.
Nunca debemos subestimar la importancia de nuestro papel en la evangelización. Tampoco debemos sobrestimarlo. Predicamos. Damos testimonio. Aportamos el llamamiento externo. Pero sólo Dios tiene el poder para llamar a una persona a sí internamente. No me siento defraudado por eso. Por el contrario, me siento confortado. Debemos realizar nuestra labor, confiando en que Dios hará la suya.
Conclusión
Al principio de este libro relaté un poco de mi propia peregrinación personal con respecto a la doctrina de la predestinación. Mencioné el conflicto ferviente y duradero que implicó. Mencioné que fui finalmente llevado a someterme a la doctrina a regañadientes. Fui primero llevado a una convicción de la verdad del asunto antes de deleitarme en ella.
Permítaseme terminar este libro mencionando que, poco después de despertar a la verdad de la predestinación, comencé a ver su hermosura y a gustar su dulzura. Mi amor por esta doctrina ha crecido. Es muy reconfortante. Subraya el extremo al que ha llegado Dios en nuestro favor. Es una teología que comienza y termina con la gracia. Comienza y termina con una doxología. Alabamos a Dios, que nos levantó de nuestra muerte espiritual y nos hace andar en lugares celestiales.
Encontramos a un Dios que está “por nosotros”, dándonos ánimo para resistir a los que puedan estar contra nosotros. Hace que nuestras almas se regocijen de conocer que todas las cosas están cooperando para nuestro bien. Nos deleitamos en nuestro Salvador que verdaderamente nos salva y preserva e intercede por nosotros. Nos maravillamos de su obra de arte y en lo que ha realizado. Saltamos de gozo cuando descubrimos su promesa de acabar lo que ha comenzado en nosotros. Consideramos los misterios y nos inclinamos ante ellos, pero no sin una doxología por las riquezas de gracia que ha revelado:
¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios… porque de El, y por El, y para El, son todas las cosas A El sea la gloria por los siglos. Amén (Rom. 11:33,36).
Escogidos Por Dios (capitulo 8) por R.C. Sproul
8
¿Podemos saber que somos salvos?
El ministerio de Evangelismo Explosivo tiene como clave para la presentación del Evangelio dos preguntas cruciales. La primera es: “¿Has alcanzado una posición en tu vida espiritual en la que sepas con seguridad que cuando mueras irás al cielo?” Los obreros con experiencia dicen que la inmensa mayoría de las personas responden a esta pregunta negativamente. La mayoría de la gente no está segura de su salvación futura. Muchos, si no la mayoría, expresan serias dudas acerca de si tal seguridad es inclusive posible. Cuando yo estaba en el seminario, se hizo una estadística entre mis compañeros de clase. Entre aquel grupo concreto de seminaristas, aproximadamente el 90% de ellos dijeron que no estaban seguros de su salvación. Muchos expresaron enojo ante la pregunta, viendo en ella una especie de presunción implícita. Parece arrogante a algunos aun hablar acerca de la seguridad de la salvación.
Sin duda, afirmar nuestra seguridad de salvación puede ser un acto de arrogancia. Si nuestra confianza en nuestra salvación se apoya en una confianza en nosotros mismos, es un acto de arrogancia. Si estamos seguros de ir al cielo porque pensamos merecer ir al cielo, entonces nuestra actitud es increíblemente arrogante.
Con respecto a la seguridad de la salvación, hay básicamente cuatro clases de personas en el mundo. (1) Hay quienes no son salvos y saben que no son salvos. (2) Hay quienes son salvos y no saben que son salvos. (3) Hay quienes son salvos y saben que son salvos. (4) Hay quienes no son salvos y “saben” que son salvos. Si hay quienes no son salvos que “saben” que son salvos, ¿cómo pueden saber los que son salvos que son realmente salvos?
Para responder a esa pregunta, debemos hacer primero otra pregunta. ¿Por qué tienen algunos una falsa seguridad de su salvación? En realidad, es relativamente fácil. La falsa seguridad se deriva, principalmente, de un falso entendimiento de lo que la salvación requiere o implica. Supongamos, por ejemplo, que alguien es universalista. Cree que todas las personas son salvas. Si esa premisa es correcta, entonces el resto de su deducción lógica es fácil. Su razonamiento es el siguiente:
Todas las personas son salvas.
Yo soy una persona.
Por tanto, soy salvo.
El universalismo es mucho más prevaleciente de lo que muchos de nosotros nos damos cuenta. Cuando mi hijo tenía cinco años, le hice las dos preguntas de Evangelismo Explosivo. Respondió a la primera pregunta afirmativamente. Estaba seguro de que cuando muriera iría al cielo. Procedí entonces a hacerle la segunda pregunta. “Si murieras esta noche y Dios te dijera: ‘¿Por qué debería dejarte entrar en mi cielo?’, ¿qué responderías?” Mi hijo no dudó. Respondió inmediatamente: “¡Porque estoy muerto!”
Por el tiempo en que mi hijo tenía cinco años, ya había percibido un mensaje muy claro. El mensaje era que todos los que mueren van al cielo. Su doctrina de la justificación no era justificación por la fe sola. No era siquiera justificación por obras o una combinación de fe y obras. Su doctrina era mucho más simple; creía en la justificación por la muerte. Tenía una falsa seguridad de su salvación. Si el universalismo está extendido en nuestra cultura, así lo está el concepto de la justificación por obras. En un sondeo estadístico entre más de mil personas a quienes se hizo la misma pregunta que yo le hice a mi hijo, más del 80% dieron una respuesta que implicaba alguna clase de “obras de justicia”. La gente decía cosas como: “He ido a la iglesia durante treinta años”, “he asistido regularmente a la escuela dominical”, o “nunca he hecho ningún daño grave a nadie”.
Aprendí algo claramente en mi experiencia en la evangelización: el mensaje de la justificación por la fe sola no ha penetrado en nuestra cultura. Multitudes de personas están basando sus esperanzas en cuanto al cielo en sus propias buenas obras. Están bastante dispuestos a admitir que no son perfectos, pero dan por supuesto que son lo suficientemente buenos. Han hecho “lo mejor posible” y eso, suponen trágicamente, es suficientemente bueno para Dios.
Recuerdo a un estudiante protestando a John Gerstner acerca de una puntuación que recibió en un examen trimestral. Puntualizó su queja diciendo: “Dr. Gerstner, hice lo mejor que pude”. Gerstner le miró y dijo suavemente: “Joven, tú nunca has hecho lo mejor que has podido.” Sin duda, no creemos haber hecho lo mejor que hemos podido. Si revisamos nuestra actuación durante las últimas veinticuatro horas, sabremos que no hemos hecho lo mejor que hemos podido. No es necesario revisar nuestra vida entera para ver cuan plausible es dicha afirmación.
Sin embargo, aun si concedemos lo que de hecho nunca concederíamos, que la gente hace lo mejor que puede, sabemos que aun eso no es lo suficientemente bueno. Dios requiere la perfección para dejarnos entrar en su cielo. O bien encontramos esa perfección en nosotros mismos, o la encontramos en algún otro lugar, en alguna otra persona. Si pensamos que podemos encontrarla en nosotros mismos, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Vemos, pues, que es bastante fácil tener una falsa sensación de seguridad acerca de nuestra salvación. Pero ¿y si entendemos correctamente lo que requiere la salvación? ¿Garantiza eso que evitaremos una falsa seguridad de salvación?
De ninguna manera. El diablo mismo sabe lo que se requiere para la salvación. Sabe quién es el Salvador. Entiende la parte intelectual de la salvación mejor que nosotros. Pero no pone su confianza personal en Cristo para su salvación. Odia a Jesús quien es el Salvador. Podemos entender correctamente lo que es la salvación y, sin embargo, engañarnos a nosotros mismos acerca de si cumplimos o no los requisitos de la salvación. Podemos pensar que tenemos fe cuando, de hecho, no tenemos fe. Podemos pensar que estamos creyendo en Cristo, pero el Cristo que abrazamos no es el Cristo bíblico. Podemos pensar que amamos a Dios, pero el Dios que amamos es un ídolo.
¿Amamos a un Dios que es soberano? ¿Amamos a un Dios que envía a la gente al infierno? ¿Amamos a un Dios que demanda obediencia absoluta? ¿Amamos a un Cristo que dirá a algunos en el último día: “Apartaos de mí, nunca os conocí”? No estoy preguntando si amamos a este Dios y a este Cristo perfectamente; estoy preguntando si amamos a este Dios y a este Cristo en absoluto.
Una de mis anécdotas favoritas de todos los tiempos la relata el Dr. James Montgomery Boice. El Dr. Boice habla de un escalador que se soltó de su cuerda y estaba a punto de caer miles de metros y morir. Presa del pánico, agarró un endeble arbusto que crecía en una roca en la ladera de la montaña. Este detuvo momentáneamente su caída, pero comenzó a desprenderse lentamente por las raíces. El escalador miró al cielo y gritó: “¿Hay alguien allí que me pueda ayudar?” Desde el cielo se oyó una profunda voz de bajo. “Sí, te ayudaré. Confía en mí. Suelta el arbusto.” El escalador miró la caverna que tenía debajo y gritó una vez más: “¿Hay alguien más allí que pueda ayudarme?”
Es posible que el Dios en quien creemos es “alguien más”. He hablado con frecuencia a un grupo de personas asociadas con Young Life (Vida Joven), el ministerio que lleva a cabo una importante misión entre los adolescentes. La fuerza de Young Life es al mismo tiempo su mayor peligro. Young Life tiene un índice terriblemente elevado de jóvenes que hacen profesiones de fe y posteriormente repudian esa profesión.
Young Life ha llevado a cabo una obra destacada para alcanzar a los adolescentes. Son maestros en hacer atractivo el Evangelio. El peligro es, sin embargo, que Young Life es tan atractivo, tan primoroso, que los jóvenes pueden ser convertidos a Young Life y nunca relacionarse con el Cristo bíblico. En ninguna manera busca ser esto una crítica de Young Life. No estoy sugiriendo que, por tanto, deberíamos hacer el Evangelio repulsivo. Ya hacemos eso suficientemente. Es sólo para indicar que a todos se nos debe recordar que la gente puede responderá nosotros, o a nuestro grupo, como un sustituto de Cristo y, de esa manera, obtener una falsa seguridad de salvación. Bajo un punto de vista bíblico, debemos darnos cuenta que no sólo nos es posible tener una auténtica seguridad de nuestra salvación, sino que es nuestro deber buscar tal seguridad. Si la seguridad es posible, y si se nos manda tenerla, no es arrogante buscarla. Es arrogante no buscarla.
El apóstol Pedro escribe:
“Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 P. 1:10,11).
Aquí vemos el mandato de hacer firme nuestra elección. Hacer esto requiere diligencia. Tenemos aquí una preocupación pastoral. Pedro vincula la seguridad con estar libres de tropiezo. Uno de los factores más importantes que contribuyen al crecimiento espiritual del cristiano, un crecimiento espiritual consecuente, es la seguridad de la salvación. Hay muchos cristianos que están, ciertamente, en un estado de salvación que carece de seguridad. Carecer de seguridad es un grave obstáculo al crecimiento espiritual. La persona que no está segura de su estado de gracia se expone a dudas y temores en su alma. Carece de ancla para su vida espiritual. Su incertidumbre le hace andar con Cristo tentativamente.
No sólo es importante que alcancemos una auténtica seguridad, sino que es importante que la alcancemos al principio de nuestra experiencia cristiana. Es un elemento clave en nuestro crecimiento hacia la madurez. Los pastores necesitan ser conscientes de eso y ayudar a sus rebaños en la búsqueda diligente de la seguridad. Nunca sé con seguridad si las personas que encuentro son elegidas o no. No puedo penetrar en las almas de los demás. Como seres humanos, nuestra idea acerca de los demás está restringida a las apariencias externas. No podemos ver el corazón. La única persona que puede saber con seguridad que eres un elegido eres tú.
¿Quién puede saber con seguridad que no es un elegido? Nadie. Puedes estar seguro que en este momento no te halles en un estado de gracia. No puedes saber con seguridad que mañana no te hallarás en un estado de gracia. Hay multitudes de elegidos a nuestro alrededor que no están aún convertidos. Una persona así podría decir: “No sé si soy un elegido o no, y no me preocupa lo más mínimo”. Apenas puede haber mayor necedad. Si no sabes aún si eres un elegido, no puedo pensar en una cuestión más urgente que esa. Si no estás seguro, el mejor consejo sería que te aseguraras. Nunca des por supuesto que no eres un elegido. Haz de tu elección objeto de certeza.
El apóstol Pablo estaba seguro de su elección. Frecuentemente utilizaba el término nosotros cuando hablaba de los elegidos. Dijo hacia el final de su vida:
“Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Ti. 4:6-8).
Anteriormente en la misma epístola declaró:
“Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Ti. 1:12).
¿Coma podemos nosotros, al igual que Pablo, tener verdadera seguridad, una seguridad que no sea espuria? La verdadera seguridad se fundamenta en las promesas de Dios para nuestra salvación. Nuestra seguridad procede, ante todo, de nuestra confianza en el Dios que hace estas promesas. En segundo lugar, nuestra seguridad es realzada por la evidencia interna de nuestra propia fe. Sabemos que jamás podríamos tener un verdadero afecto por Cristo si no hubiéramos nacido de nuevo. Sabemos que no podríamos nacer de nuevo si no fuéramos elegidos. Un conocimiento de la sana teología es vital para nuestra seguridad.
Si tenemos un entendimiento correcto de la elección, ese entendimiento nos ayudará a interpretar estas evidencias internas. Sé internamente que no amo totalmente a Cristo. Pero al mismo tiempo sí sé que le amo. Me regocijo interiormente al pensar en su triunfo. Me regocijo interiormente al pensar en su venida. Deseo su exaltación. Sé que ninguno de estos sentimientos que encuentro en mí podrían jamás estar ahí si no fuera por su gracia. Cuando un hombre y una mujer están enamorados, damos por supuesto que son conscientes de ello. Una persona es generalmente capaz de discernir si está o no enamorada de otra persona. Esto procede de una seguridad interna.
Además de la evidencia interna de la gracia, hay también una evidencia externa. Deberíamos poder ver fruto visible de nuestra conversión. La evidencia externa, sin embargo, puede también ser causa de nuestra falta de seguridad. Podemos ver el pecado que permanece en nuestras vidas. Tal pecado no contribuye a nuestra seguridad. Nos vemos a nosotros mismos pecando y nos preguntamos: “¿Cómo puedo hacer estas cosas si realmente amo a Cristo?” Para tener seguridad debemos hacer un sobrio análisis de nuestras vidas. No sirve de mucho compararnos con los demás. Siempre podremos encontrar a otros que hayan avanzado más en su santificación que nosotros. Podemos también encontrar a otros que hayan avanzado menos. No hay dos personas que se encuentren jamás en el mismo grado de crecimiento espiritual.
Debemos preguntarnos si vemos un cambio real en nuestra conducta, una evidencia externa real de la gracia. Esto es un proceso precario, porque podemos mentirnos a nosotros mismos. Es una tarea difícil de realizar, pero de ninguna manera imposible. Tenemos un método más vital para alcanzarla seguridad. Se nos habla en la Escritura acerca del testimonio interno del Espíritu Santo. Pablo afirma que “el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Ro. 8:16).
El principal medio por el cual el Espíritu nos testifica es a través de su Palabra. Nunca tengo mayor seguridad que cuando estoy meditando en la Palabra de Dios. Si descuidamos este medio de gracia, es difícil tener una seguridad de nuestra salvación que sea duradera o fuerte. Un teólogo reformado, A. A. Hodge, ofrece la siguiente lista de distinciones entre la verdadera y la falsa seguridad:
Verdadera seguridad Falsa seguridad
Engendra una humildad genuina Engendra orgullo espiritual
Conduce a la diligencia en la Conduce a una indulgencia
santidad indolente
Conduce a un auto-examen sincero Evita una evaluación exacta
Conduce a desear una comunión Es fría en cuanto a la
más íntima con Dios comunión con Dios
La seguridad de la salvación puede aumentar o disminuir. Podemos incrementar nuestra seguridad o podemos reducirla. Podemos inclusive perderla totalmente, al menos por un tiempo. Hay muchas cosas que pueden hacer que se nos escape nuestra seguridad. Podemos volvemos descuidados en preservarla. La diligencia a la que somos llamados para hacer firme nuestra elección es una diligencia continua. Si nos volvemos indolentes en nuestra seguridad y comenzamos a darla por supuesto, corremos el riesgo de perder esa seguridad.
El mayor peligro para nuestra seguridad continua es una caída en algún pecado grave e indecoroso. Conocemos el amor que cubre una multitud de pecados. Sabemos que no tenemos que ser perfectos para tener seguridad de salvación. Pero cuando caemos en unos tipos especiales de pecados, nuestra seguridad es brutalmente sacudida. El pecado de adulterio de David le hizo temblar de terror delante de Dios. Si leemos su oración de confesión en el salmo 51, podemos oír el lamento de un hombre que está luchando por conseguir de nuevo su seguridad. Después que Pedro maldijo y negó a Cristo y los ojos de Cristo se fijaron en él, ¿en qué estado se hallaba la seguridad de Pedro?
Todos experimentamos períodos de frialdad espiritual en los cuales nos sentimos como si Dios hubiera quitado totalmente de nosotros la luz de su rostro. Los santos lo han llamado la “noche oscura del alma”. Hay tiempos en que nos sentimos como si Dios nos hubiera abandonado. Pensamos que ya no oye nuestras oraciones. No sentimos la dulzura de su presencia. En tiempos como éstos, cuando nuestra seguridad ha decaído, debemos inclinarnos hacia El con toda nuestra fuerza. El nos promete que, si nos acercamos a El, El a su vez se acercará a nosotros. Finalmente, podemos ser sacudidos en nuestra seguridad si nos vemos expuestos a un gran sufrimiento. Una enfermedad grave, un doloroso accidente, la pérdida de un ser querido pueden perturbar nuestra seguridad. Sabemos que Job clamó: “Aunque él me matare, en él esperaré”. Ese fue el clamor de un hombre adolorido. Dijo estar seguro de que su Redentor vivía, pero estoy seguro que Job tuvo momentos en que las dudas le asaltaron.
Una vez más, es la Palabra de Dios la que nos conforta en tiempos de prueba. Nuestras tribulaciones no tienen, en última instancia, el efecto de destruir nuestra esperanza, sino de establecerla. Pedro escribió:
“Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, par a que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría” (1P. 4:12,13).
Cuando estamos atentos a las promesas de Dios, nuestro sufrimiento puede ser utilizado para incrementar nuestra seguridad en vez de disminuirla. No es necesario que tengamos una crisis de fe. Nuestra fe puede ser fortalecida a través del sufrimiento. Dios promete que nuestro sufrimiento, en última instancia, no tendrá meramente como resultado el gozo, sino un gozo con gran alegría.
¿Podemos perder nuestra salvación?
Ya hemos afirmado que es posible perder nuestra seguridad de salvación. Eso no significa, sin embargo, que perdamos la salvación misma. Estamos considerando ahora la cuestión de la seguridad eterna. ¿Puede una persona justificada perder su justificación? Sabemos cómo ha respondido a la pregunta la Iglesia Católica Romana. Roma insiste en que la gracia de la justificación puede, de hecho, perderse. El sacramento de la penitencia, que exige la confesión, fue establecido por esta misma razón. Roma llama al sacramento de la penitencia la “segunda tabla de justificación para los que han naufragado en cuanto a sus almas”.
Según Roma, la gracia salvífica se destruye en el alma cuando una persona comete un pecado “mortal”. El pecado mortal se llama así porque tiene el poder de matar la gracia. La gracia puede morir. Si es destruida por el pecado mortal, debe ser restaurada mediante el sacramento de la penitencia o el pecador mismo perecerá finalmente. La fe reformada no cree en el pecado mortal a la manera en que lo hace Roma. Nosotros creemos que todos los pecados son mortales en el sentido de merecer la muerte, pero que ningún pecado es mortal en el sentido de que destruya la gracia de la salvación en los elegidos. (Posteriormente consideraremos el “pecado imperdonable” acerca del cual nos advirtió Jesús.)
La idea reformada de la seguridad eterna recibe el nombre de “perseverancia de los santos”, la P en TULIP. La idea aquí es: “Una vez en la gracia, siempre en la gracia. Otra forma de afirmarlo es: “Si la tienes, nunca la perderás; si la pierdes, nunca la tuviste.” Nuestra confianza en la perseverancia de los santos no se apoya en nuestra confianza o en la capacidad de los santos para perseverar por sí mismos. Una vez más, me gustaría modificar el acróstico TULIP ligeramente. La misma letra, pero nueva palabra. Prefiero hablar de la preservación de los santos.
La razón por la que los verdaderos cristianos no caen de la gracia es que Dios benévolamente los guarda de caer. La perseverancia es lo que nosotros hacemos. La preservación es lo que Dios hace. Nosotros perseveramos porque Dios preserva. La doctrina de la seguridad eterna o perseverancia se basa en las promesas de Dios. Algunos de los pasajes bíblicos clave se mencionan a continuación:
“Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fil. 1:6).
“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” (Juan 10:27-29).
“Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, par a alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero” (1 P. 1:3-5).
“Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (He. 10:14).
“¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿ Quién es el que condenará ? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Rom. 8:33-39).
Vemos por estos pasajes que el fundamento de nuestra confianza en la perseverancia es el poder de Dios. Dios promete acabar lo que comienza. Nuestra confianza no se apoya en la voluntad del hombre. Esta diferencia entre la voluntad del hombre y el poder de Dios separa a los calvinistas de los arminianos. El arminiano sostiene que Dios elige personas para vida eterna sólo bajo la condición de su cooperación voluntaria con la gracia y la perseverancia en la gracia hasta la muerte, como El las ha previsto. La Iglesia Católica Romana, por ejemplo, ha decretado lo siguiente: “Si alguien dice que un hombre una vez justificado no puede perder la gracia y, por tanto, que el que cae y peca nunca fue verdaderamente justificado, sea anatema” (Concilio de Trento: 6:23).
Los protestantes arminianos hicieron una declaración similar: “Hay personas verdaderamente regeneradas que, al descuidar la gracia y contristar al Espíritu Santo con el pecado, se apartan totalmente y, a la larga, finalmente, caen de la gracia a la reprobación eterna” (ver Conferencia de los Remonstrantes 11:7).
Un argumento principal ofrecido por los arminianos es que es inconsecuente con el libre albedrío del hombre que Dios “fuerce” su perseverancia. Sin embargo, los arminianos mismos creen que los creyentes no caerán de la gracia en el cielo. En nuestro estado de glorificación, Dios nos hará incapaces de pecar. Sin embargo, los santos glorificados en el cielo son aún libres. Si la preservación y la libre voluntad son condiciones consecuentes en el cielo, es imposible que sean condiciones inconsecuentes aquí en la Tierra. Los arminianos, una vez más, intentan probar demasiado con su idea de la libertad humana. Si Dios puede preservarnos en el cielo sin destruir nuestra libre voluntad, puede preservarnos en la Tierra sin destruir nuestra libre voluntad.
Podemos perseverar sólo porque Dios obra dentro de nosotros, con nuestra libre voluntad. Y porque Dios actúa en nosotros, es seguro que perseveraremos. Los decretos de Dios con respecto a la elección son inmutables. Estos no cambian porque El no cambia. A todos los que justifica los glorifica. Ninguno de los elegidos se pierde jamás.
¿Porqué, pues, nos parece que muchos caen de la gracia? Todos hemos conocido a personas que han comenzado con la fe cristiana celosamente, sólo para repudiar su fe posteriormente. Hemos oído acerca de grandes dirigentes cristianos que han cometido graves pecados y escandalizado su profesión de fe. La fe reformada reconoce prontamente que las personas hacen profesiones de fe y luego las repudian. Sabemos que los cristianos se “enfrían”. Sabemos que los cristianos pueden cometer, y de hecho cometen, pecados graves y detestables.
Creemos que los verdaderos cristianos pueden caer grave y radicalmente. No creemos que puedan caer total y finalmente. Observamos el caso del rey David, que fue culpable no sólo de adulterio, sino de conspiración en la muerte de Urías, el marido de Betsabé. David utilizó su poder y autoridad para asegurarse de que Urías muriese en la batalla. Esencialmente, David fue culpable de asesinato en primer grado, premeditado y con malicia preconcebida. La conciencia de David estaba tan cauterizada, su corazón tan endurecido, que requirió nada menos que una confrontación directa con un profeta de Dios el volverle a su sentido. Su arrepentimiento subsiguiente fue tan profundo como su pecado. David pecó radicalmente, pero no total y finalmente. Fue restaurado.
Consideremos la historia de dos personajes famosos en el Nuevo Testamento. Ambos fueron llamados por Jesús para ser discípulos. Ambos caminaron al lado de Jesús durante su ministerio terrenal. Ambos traicionaron a Jesús. Sus nombres son Pedro y Judas. Después de traicionar Judas a Cristo, salió y cometió suicidio. Después de traicionar Pedro a Cristo, se arrepintió y fue restaurado, surgiendo como un pilar de la Iglesia primitiva. ¿Cuál era la diferencia entre estos dos hombres? Jesús predijo que ambos le traicionarían. Cuando terminó de hablar con Judas, le dijo: “Lo que vas ha hacer, hazlo más pronto.”
Jesús habló de forma diferente a Pedro. Le dijo: “Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo, pero yo he rogado por ti que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos” (Luc. 22:31,32).
Notemos cuidadosamente lo que dijo Jesús. No dijo si, sino una vez. Jesús estaba confiado en que Pedro volvería. Su caída sería radical y grave, pero no total y final. Está claro que la confianza de Jesús en la vuelta de Pedro no se basaba en la fuerza de Pedro. Jesús sabía que Satanás zarandearía a Pedro como a trigo. Esto es como decir que Pedro era “pan comido” para Satanás. La confianza de Jesús se basaba en el poder de la intercesión de Jesús. Es por la promesa de Cristo de que El sería nuestro Gran Sumo Sacerdote, nuestro Abogado para con el Padre, nuestro Justo Intercesor, por lo que creemos que perseveraremos. Nuestra confianza es en nuestro Salvador y nuestro Sacerdote que ora por nosotros.
La Biblia registra una oración que Jesús ofreció por nosotros en Juan 17. Debemos leer esta gran oración sumo sacerdotal frecuentemente. Examinemos una porción de la misma:
“…guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros. Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese” (Juan 17:11,12).
Una vez más leemos:
“Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo” (v.24).
Nuestra preservación es una obra trinitaria. Dios el Padre nos guarda y preserva. Dios el Hijo intercede por nosotros. Dios el Espíritu Santo habita en nosotros y nos asiste. Se nos ha dado el “sello” y las “arras” del Espíritu Santo (2 Ti. 2:19; Ef. 1:14; Rom. 8:23). Estas figuras son figuras de una garantía divina. El sello del Espíritu es una marca indeleble, como la impresión en cera del anillo de sellar de un monarca. Indica que somos su posesión. Las arras del Espíritu no son idénticas al depósito que se paga en las transacciones modernas de fincas. Tal depósito puede perderse. En términos bíblicos, las arras del Espíritu son un depósito con una promesa de pagar el resto. Dios no pierde sus arras. No deja sin acabar los pagos que comenzó. Las primicias del Espíritu garantizan que los últimos frutos vendrán.
Una analogía de la obra preservadora de Dios puede verse en la imagen de un Padre tomando la mano de su hijo pequeño al caminar juntos. En la idea arminiana, la seguridad del hijo se apoya en la fuerza con que el hijo se aferra a la mano del padre. Si el hijo se suelta, perecerá. En la idea calvinista, la seguridad del hijo se apoya en la fuerza con que el padre agarra al hijo. Si el hijo deja de agarrarse, el padre le agarra firmemente. El brazo del Señor no se ha acortado.
Nos preguntamos aún por qué parece que algunos, en efecto, se apartan total y finalmente. Aquí debemos hacernos eco de las palabras del apóstol Juan: “Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros” (1 Jn. 2:19).
Repetimos nuestro aforismo: Si la tenemos, nunca la perdemos; si la perdemos, nunca la tuvimos. Reconocemos que la Iglesia de Jesucristo es un cuerpo mixto. Hay cizaña que crece al lado del trigo; cabritos que viven al lado de las ovejas. La parábola del sembrador deja claro que las personas pueden experimentar una falsa conversión. Pueden tener una fe aparente, pero esa fe puede no ser genuina. Conocemos a personas que han sido “convertidas” muchas veces. Cada vez que hay un avivamiento en la iglesia, pasan al frente y se “salvan”. Un ministro habló de un hombre en su congregación que había sido “salvado” diecisiete veces. Durante una reunión de avivamiento, el evangelista hizo un llamamiento para pasar al frente a todos los que quisieran ser llenos del Espíritu. El hombre que había sido convertido con tanta frecuencia avanzó hacia el frente de nuevo. Una mujer en la congregación gritó: “¡No lo llenes, Señor. Tiene un escape!”
Todos tenemos un escape hasta cierto punto. Pero ningún cristiano está total y finalmente vacío del Espíritu de Dios. Los que se vuelven “inconversos” nunca fueron convertidos en un principio. Judas era un hijo de perdición desde el principio. Su conversión fue espuria. Jesús no oró por su restauración. Judas no perdió al Espíritu Santo, porque nunca tuvo al Espíritu Santo. Por supuesto, nada hay de malo en los repetidos llamamientos a un compromiso con Cristo. Podemos pasar al frente muchas veces o responder a invitaciones repetidamente y no estar exactamente seguros de cuál de las respuestas fue verdaderamente genuina. Dos beneficios de respuestas repetidas a llamamientos evangelísticos han de fortalecer nuestra seguridad de salvación y profundizar nuestro compromiso con Cristo.
Advertencias bíblicas acerca de la apostasía
Probablemente, los argumentos más fuertes que ofrecen los arminianos contra la doctrina de la perseverancia de los santos proceden de las múltiples advertencias en la Escritura contra la apostasía. Pablo, por ejemplo, escribe: “Sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Co. 9:27). Pablo habla en otra parte acerca de hombres que han sido apóstatas: “Y su palabra carcomerá como gangrena; de los cuales son Himeneo y Filete, que se desviaron de la verdad, diciendo que la resurrección ya se efectuó, y trastornan la fe de algunos” (2 Ti. 2:17,18).
Estos pasajes sugieren que es posible que los creyentes sean “eliminados” o que su fe sea “trastornada”. Es importante, sin embargo, ver cómo Pablo concluye su declaración a Timoteo. “Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (v.19). Pedro habla también de puercos lavados revolcándose de nuevo en el cieno y de perros que vuelven a su vómito, comparándolos con personas que se han apartado tras ser instruidos en el camino de la justicia. Estos son falsos convertidos cuyas naturalezas nunca han sido cambiadas (2 P. 2:22).
Hebreos 6
El texto que contiene la más solemne advertencia contra la apostasía es también el más controversial con respecto a la doctrina de la perseverancia. Se encuentra en Hebreos 6:
“Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio” (vs. 4-6).
Ese pasaje sugiere fuertemente que los creyentes pueden apostatar y lo hacen, total y finalmente. ¿Cómo hemos de entenderlo? El significado pleno del pasaje es difícil por varias razones. La primera es que no sabemos con seguridad qué caso de apostasía está implicado en este texto, pues no estamos seguros acerca del autor o los destinatarios de Hebreos. Había dos asuntos candentes en la Iglesia primitiva que podían haber provocado esta terrible advertencia.
El primer asunto era el problema de los así llamados relapsos. Los relapsos eran aquellos que durante una severa persecución no guardaron la fe. No todos los miembros de la Iglesia fueron a los leones cantando himnos. Algunos se vinieron abajo y se retractaron de su fe. Algunos traicionaron inclusive a sus camaradas y colaboraron con los romanos. Cuando acababan las persecuciones algunos de los que habían sido traidores se arrepentían y buscaban la readmisión en la Iglesia. Cómo habían de ser recibidos era una controversia no pequeña.
El otro asunto candente estaba provocado por los judaizantes. La influencia destructiva de este grupo se trata en varias partes del Nuevo Testamento, muy especialmente en el libro de Galatas. Los judaizantes querían profesar a Cristo y, al mismo tiempo, propugnaban las ceremonias de culto del Antiguo Testamento. Insistían, por ejemplo, en la circuncisión ceremonial. Creo que era la herejía judaizante la que preocupaba al autor de Hebreos.
Un segundo problema es identificar la naturaleza de aquellos que están siendo advertidos contra la apostasía en Hebreos. ¿Son verdaderos creyentes o son cizaña creciendo entre el trigo? Debemos recordar que hay tres clases de personas que nos interesan aquí. Hay (1) creyentes, (2) incrédulos en la Iglesia, e (3) incrédulos fuera de la Iglesia.
El libro de Hebreos traza varios paralelos con el Israel del Antiguo Testamento, especialmente con aquellos en el campamento que eran apóstatas. ¿Quiénes son estas personas en Hebreos? ¿Cómo se les describe? Hagamos una lista de sus atributos:
1. Una vez iluminados
2. Gustaron del don celestial
3. Partícipes del Espíritu Santo
4. Gustaron de la buena Palabra de Dios
4. No pueden ser renovados otra vez para arrepentimiento
A primera vista, esta lista ciertamente parece describir a verdaderos creyentes. Sin embargo, puede también estar describiendo a miembros de iglesia que no son creyentes, personas que han hecho una falsa profesión de fe. Todos estos atributos pueden ser poseídos por no creyentes. La cizaña que viene a la iglesia cada semana oye la Palabra de Dios enseñada y predicada, y de esta manera es “iluminada”. Participan de todos los medios de gracia. Se unen a los demás en la Cena de Señor. Participan del Espíritu Santo en el sentido de gozar la cercanía de su presencia inmediata especial y sus beneficios. Han realizado inclusive alguna clase de arrepentimiento, al menos externamente.
Muchos calvinistas encuentran así una solución a este pasaje, relacionándolo con los no creyentes en la Iglesia que repudian a Cristo. No estoy totalmente satisfecho con esa interpretación. Pienso que este pasaje bien puede estar describiendo a verdaderos cristianos. La frase más importante para mí es “otra vez renovados para arrepentimiento”. Sé que hay una falsa clase de arrepentimiento que el autor en otro lugar llama el arrepentimiento de Esaú. Pero aquí habla de renovación. El nuevo arrepentimiento, si es renovado, debe ser como el antiguo arrepentimiento. El arrepentimiento renovado del cual habla es ciertamente de tipo genuino. Doy por supuesto, por tanto, que el antiguo era igualmente genuino.
Creo que el autor está argumentando en un estilo que llamamos ad hominem. Un argumento ad hominem se lleva a cabo tomando la posición de nuestro oponente y llevándola a su conclusión lógica. La conclusión lógica de la herejía judaizante es destruir cualquier esperanza de salvación. La lógica es la siguiente. Si una persona abrazaba a Cristo y confiaba en su expiación por el pecado, ¿qué tendría esa persona si volviera al pacto de Moisés? En efecto, estaría repudiando la obra consumada de Cristo. Sería una vez más un deudor a la ley. Si ese fuera el caso, ¿a dónde se volvería para la salvación? Ha repudiado la cruz, no podría volverse a ella. No tendría esperanza de salvación, porque no tendría Salvador. Su teología no permite una obra consumada de Cristo. La clave de Hebreos 6 se encuentra en el versículo 9. “Pero en cuanto a vosotros, oh amados, estamos persuadidos de cosas mejores, y que pertenecen a la salvación, aunque hablamos así.”
Aquí el autor mismo nota que está hablando de forma inusual. Su conclusión difiere de los que encuentran aquí un texto para la apostasía. Concluye con una confianza en cosas mejores por parte de los amados, cosas que pertenecen a la salvación. El autor no dice que algún creyente realmente apostate. De hecho, dice lo contrario, que está confiado en que no apostatarán.
Pero si nadie apostata, ¿por qué molestarse aún en advertir a la gente contra ello? Parece frívolo exhortar a la gente a que evite lo imposible. Aquí es donde debemos entender la relación entre la perseverancia y la preservación. La perseverancia es tanto una gracia como un deber. Hemos de luchar con todas nuestras fuerzas en nuestro caminar espiritual. Humanamente hablando, es posible apostatar. Sin embargo, al luchar hemos de mirar a Dios que nos está preservando. Es imposible que El deje de guardamos. Consideremos de nuevo la analogía del hijo caminando con su padre. Es posible que el hijo se suelte. Si el padre es Dios, no es posible que lo suelte. Aun dada la promesa del padre de no soltarle, es todavía el deber del hijo aferrarse fuertemente. De esta manera, el autor de Hebreos advierte a los creyentes contra la apostasía. Lutero llamaba a esto el “uso evangélico de la exhortación”. Nos recuerda nuestro deber de ser diligentes en nuestro caminar con Dios.
Finalmente, con respecto a la perseverancia y la preservación, debemos mirar la promesa de Dios en el Antiguo Testamento. A través del profeta Jeremías, Dios promete hacer un nuevo pacto con su pueblo, un pacto que es eterno. Dice:
“Y haré con ellos pacto eterno, que no me volveré atrás de hacerles bien, y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí” (Jer 32:40).
Resumen del capítulo 8
1. Concluimos que la seguridad de nuestra salvación es vital para nuestras vidas espirituales. Sin ella, nuestro crecimiento se retrasa y nos asaltan dudas punzantes.
2. Dios nos llama a hacer firme nuestra elección, para encontrar el consuelo y la fuerza que Dios ofrece en la seguridad. En Romanos 15, Pablo declara que es Dios la fuente y el origen de nuestra perseverancia y ánimo (v.5) y de nuestra esperanza (v.13). Encontrar nuestra seguridad es tanto un deber como un privilegio.
3. Ningún verdadero creyente pierde jamás su salvación. Sin duda, los cristianos caen a veces seria y radicalmente, pero nunca plena y finalmente. Perseveramos no por nuestra fuerza, sino por la gracia de Dios que nos preserva.
Escogidos Por Dios (capitulo 7) por R.C. Sproul
7
¿Existe la doble Predestinación?
Doble predestinación. Las palabras mismas suenan ominosas. Una cosa es contemplar el benévolo plan de Dios para la salvación de los elegidos. Pero, ¿qué de aquellos que no son elegidos? ¿Están también predestinados? ¿Existe un horrible decreto de reprobación? ¿Destina Dios a algunos desgraciados al infierno?
Estas cuestiones salen a colación inmediatamente tan pronto como se menciona la doble predestinación. Tales cuestiones hacen que algunos consideren el concepto de la doble predestinación como un terreno prohibido. Otros, si bien creen en la predestinación, declaran enfáticamente que creen en una predestinación simple. Esto es, si bien creen que algunos son predestinados para salvación, no ven la necesidad de suponer que otros sean igualmente predestinados para condenación. En resumen, la idea es que algunos son predestinados para salvación, pero todos tienen la oportunidad de ser salvos. Dios se asegura que algunos la alcancen proveyendo ayuda adicional, pero el resto de la humanidad aún tiene una oportunidad.
Aunque hay un fuerte sentimiento para hablar solamente de la predestinación simple y evitar cualquier discusión sobre la doble predestinación, aún debemos afrontar las cuestiones sobre la mesa. A menos que concluyamos que todo ser humano está predestinado para salvación, debemos afrontar la otra cara de la elección. Si existe en absoluto tal cosa como la predestinación, y si esa predestinación no incluye a todos, entonces no debemos rehuir la necesaria inferencia de que la predestinación tiene dos lados. No es suficiente hablar acerca de Jacob; debemos también considerar a Esaú.
Igualdad final
Existen ideas diferentes acerca de la doble predestinación. Una de ellas es tan aterradora que muchos rehúyen totalmente el término, de forma que su idea de la doctrina no se confunda con la idea temible. Esta idea se llama la igualdad final. La igualdad final se basa en un concepto de simetría. Procura un equilibrio completo entre la elección y la reprobación. La idea clave es ésta: al igual que Dios interviene en las vidas de los elegidos para crear fe en sus corazones, así también Dios interviene igualmente en las vidas de los réprobos para crear u obrar incredulidad en sus corazones. La idea de que Dios obre activamente la incredulidad en los corazones de los réprobos se deduce de afirmaciones bíblicas acerca del hecho de que Dios endurece los corazones de las personas.
La igualdad final no es la idea reformada o calvinista de la predestinación. Algunos la han llamado “hiper-calvinismo”. Yo prefiero llamarla “sub-calvinismo” o, mejor aún, “anti-calvinismo”. Aunque el calvinismo ciertamente tiene una idea de la doble predestinación, la doble predestinación que sostiene no es la de la igualdad final.
Para entender la idea reformada acerca del asunto, debemos prestar estrecha atención a la crucial distinción entre los decretos positivos y negativos de Dios. Lo positivo tiene que ver con la intervención activa de Dios en los corazones de los elegidos. Lo negativo tiene que ver con el hecho de que Dios pasa por alto a los no elegidos. La idea reformada enseña que Dios interviene positiva o activamente en las vidas de los elegidos para asegurar su salvación. A los restantes seres humanos Dios los abandona a su libre albedrío. No crea incredulidad en sus corazones. Esa incredulidad está ya allí. No los fuerza a pecar. Pecan por elección propia. Según la idea calvinista, el decreto de elección es positivo; el decreto de reprobación es negativo.
La idea del hiper-calvinismo acerca de la doble predestinación puede llamarse predestinación positiva-positiva. La idea del calvinismo ortodoxo puede llamarse predestinación positiva-negativa. Observémosla en forma de diagrama.
Calvinismo Hiper-calvinismo
Positiva-negativa Positiva-positiva
Idea asimétrica Idea simétrica
Desigualdad final Igualdad final
Dios pasa por alto a los réprobos. Dios obra incredulidad
en los corazones de los réprobos
El terrible error del hiper-calvinismo es que implica a Dios en forzar el pecado. Esto hace una violencia radical a la integridad del carácter de Dios. El ejemplo bíblico primario que pudiera tentarnos al hiper-calvinismo es el caso de Faraón. Repetidamente leemos en el relato del Éxodo que Dios endureció el corazón de Faraón. Dios dijo a Moisés de antemano que haría esto:
“Tu dirás todas las cosas que yo te mande, y Aarón tu hermano hablará a Faraón, para que deje ir de su tierra a los hijos de Israel. Y yo endureceré el corazón de Faraón y multiplicaré en la tierra de Egipto mis señales y mis maravillas. Y Faraón no os oirá; mas yo pondré mi mano sobre Egipto, y sacaré a mis ejércitos, mi pueblo, los hijos de Israel, de la tierra de Egipto, con grandes juicios. Y sabrán los egipcios que yo soy el Señor, cuando extienda mi mano sobre Egipto, y saque a los hijos de Israel de en medio de ellos” (Ex. 7:2-5).
La Biblia enseña claramente que Dios endureció, efectivamente, el corazón de Faraón. Ahora bien, sabemos que Dios hizo esto para su propia gloria y como señal tanto a Israel como a Egipto. Sabemos que el propósito de Dios en todo esto era un propósito redentor. Pero nos queda aún un difícil problema. Dios endureció el corazón de Faraón y después juzgó a Faraón por su pecado. ¿Cómo puede hacer Dios responsable a Faraón o a cualquier otro de un pecado que fluye de un corazón que Dios mismo ha endurecido?
Nuestra respuesta a esa pregunta depende de cómo entendemos el acto de endurecimiento por parte de Dios. ¿Cómo endureció el corazón de Faraón? La Biblia no responde a esa pregunta explícitamente. Al pensar acerca de ello, nos damos cuenta que, básicamente, sólo hay dos maneras en que podía haber endurecido el corazón de Faraón: activa o pasivamente.
Un endurecimiento activo implicaría la intervención directa de Dios en el interior del corazón de Faraón. Dios se entremetería en el corazón de Faraón y crearía nueva maldad en él. Esto ciertamente garantizaría que Faraón produciría el resultado deseado por Dios. También garantizaría que Dios es el autor del pecado.
El endurecimiento pasivo es totalmente otra historia. El endurecimiento pasivo implica un juicio divino sobre el pecado que ya está presente. Lo único que Dios necesita hacer para endurecer el corazón de una persona cuyo corazón ya es perverso es “entregarle a su pecado”. Encontramos este concepto del juicio divino repetidamente en la Escritura.
¿Cómo funciona esto? Para entenderlo adecuadamente debemos considerar primero brevemente otro concepto, el de la gracia común de Dios. Esto se refiere a esa gracia de Dios que todos los hombres gozan en común. La lluvia que refresca la tierra y riega nuestras cosechas cae igualmente sobre justos e injustos. Los injustos, ciertamente, no merecen tales beneficios, pero gozan de ellos igualmente. Así ocurre con el Sol y los arco iris. Nuestro mundo es un escenario de gracia común.
Uno de los elementos más importantes de la gracia común que gozamos es el refrenamiento del mal en el mundo. Ese refrenamiento fluye de muchas fuentes. El mal es refrenado por los policías, las leyes, la opinión pública, el equilibrio de poder, etc. Aunque el mundo en que vivimos está lleno de iniquidad, no es tan inicuo como podría ser. Dios utiliza los medios mencionados anteriormente, al igual que otros medios para mantener controlado el mal. Por su gracia, controla y refrena la cantidad de maldad en este mundo. Si se dejase al mal totalmente descontrolado, entonces la vida en este planeta sería imposible.
Lo único que Dios tiene que hacer para endurecer los corazones de las personas es quitar los frenos. Les da más libertad de acción. En lugar de refrenar su libertad humana, la incrementa. Les deja seguir su propio camino. En un sentido, les da la soga con que ahorcarse. No es que Dios ponga su mano en ellos para crear nueva maldad en sus corazones; meramente, su santa mano deja de refrenarlos y les permite hacer su propia voluntad.
Si hubiéramos de determinar cuáles son los hombres más inicuos y diabólicos de la historia humana, ciertos nombres aparecerían en la lista de casi todos. Veríamos los nombres de Hitler, Nerón, Stalin y otros que han sido culpables de masacres y otras atrocidades. ¿Qué tienen esas personas en común? Fueron todos dictadores. Todos tenían, virtualmente, un poder y autoridad ilimitados dentro de la esfera de sus dominios.
¿Por qué decimos que el poder corrompe y que el poder absoluto corrompe absolutamente? (Sabemos que esto no se refiere a Dios, sino sólo al poder y la corrupción de los hombres.) El poder corrompe, precisamente, porque eleva a una persona por encima de los frenos normales que restringen al resto de nosotros. Yo soy refrenado por los conflictos de interés con personas que son tan poderosas o más poderosas que yo. Aprendemos pronto en la vida a restringir nuestra beligerancia hacia aquellos que son mayores que nosotros. Tendemos a entrar en conflictos de forma selectiva. La discreción tiende a prevalecer sobre el valor cuando nuestros oponentes son más poderosos que nosotros.
Faraón era el hombre más poderoso del mundo cuando Moisés fue a verle. Casi el único freno que había contra la iniquidad de Faraón era el santo brazo de Dios. Lo único que Dios tenía que hacer para endurecer más a Faraón era quitar su brazo. Las malvadas tendencias de Faraón hicieron el resto. En el acto del endurecimiento pasivo, Dios toma la decisión de quitar los frenos; la parte inicua del proceso es realizada por Faraón mismo. Dios no hace violencia a la voluntad de Faraón. Como hemos dicho, simplemente le da a Faraón más libertad.
Vemos el mismo tipo de cosa en el caso de Judas y de los inicuos que Dios y Satanás utilizaron para afligir a Job. Judas no fue una pobre víctima inocente de la manipulación divina. No era un hombre justo a quien Dios forzó a traicionar a Cristo y después lo castigó por la traición. Judas traicionó a Cristo porque quería treinta monedas de plata. Como declara la Escritura, Judas era el hijo de perdición desde el principio. Sin duda, Dios utiliza las malvadas tendencias y las malvadas intenciones de los hombres caídos para llevar a cabo sus propios propósitos redentores. Sin Judas no hay cruz. Sin la cruz no hay redención. Este no es un caso en que Dios fuerza la maldad. Por el contrario, es un caso glorioso del triunfo redentor de Dios sobre la maldad. Los deseos malvados de los corazones de los hombres no pueden frustrar la soberanía de Dios. En realidad, están sujetos a la misma.
Cuando estudiamos el modelo del castigo divino de los inicuos, vemos emerger una especie de justicia poética. En la escena del juicio final del libro de Apocalipsis leemos lo siguiente:
“El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía” (Ap. 22:11).
En su acto final de juicio, Dios entrega a los pecadores a sus pecados. En efecto, los abandona a sus propios deseos. Así ocurrió con Faraón. Mediante este acto de juicio, Dios no manchó su propia justicia creando nueva maldad en el corazón de Faraón. Él estableció su propia justicia castigando la maldad que ya había en Faraón. Así es como debemos entender la doble predestinación. Dios muestra misericordia a los elegidos obrando la fe en sus corazones. Él administra justicia a los réprobos dejándolos en sus propios pecados. No hay simetría aquí. Un grupo recibe misericordia. El otro grupo recibe justicia. Nadie es víctima de injusticia. Nadie puede quejarse de que haya injusticia en Dios.
Romanos 9
El pasaje más significativo en el Nuevo Testamento que tiene que ver con la doble predestinación se encuentra en Romanos 9.
“Porque la palabra de la promesa es esta: Por este tiempo vendré, y Sara tendrá un hijo. Y no sólo esto, sino también cuando Rebeca concibió de uno, de Isaac nuestro padre (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menor Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí.
¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera. Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca.
Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Porque la Escritura dice a Faraón Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra. De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece” (Rom. 9:9-18).
En este pasaje tenemos la expresión bíblica más clara que podemos encontrar para el concepto de la doble predestinación. Se expresa sin reservas y sin ambigüedad. “De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece.” Algunos reciben misericordia, otros reciben justicia. La decisión en cuanto a esto está en la mano de Dios.
Pablo ilustra el carácter doble de la predestinación mediante su referencia a Jacob y Esaú. Estos dos hombres eran hermanos gemelos. Estuvieron en el mismo vientre y al mismo tiempo. Uno recibió la bendición de Dios y el otro no. Uno recibió una porción especial del amor de Dios, el otro no. Esaú fue “aborrecido” por Dios.
El odio divino que aquí se menciona no es expresión de una actitud insidiosa de malicia. El odio divino no es malicioso. Implica una retención de favor. Dios está “por” aquellos a quienes ama. Vuelve su rostro contra aquellos inicuos que no son objeto de su favor redentor especial. Aquellos a quienes ama reciben su misericordia. Aquellos a quienes “aborrece” reciben su justicia. Una vez más, nadie es tratado injustamente.
¿Por qué escogió Dios a Jacob y no a Esaú? ¿Previo Dios en Jacob algún acto justo que justificaría este favor especial? ¿Observó Dios los corredores del tiempo y vio a Jacob haciendo la elección acertada y a Esaú haciendo la elección equivocada?
Si esto era lo que el apóstol se proponía enseñar, no hubiera sido difícil aclarar este punto. Aquí tenía Pablo una magnífica oportunidad de enseñar una idea de presciencia en cuanto a la predestinación, si hubiese querido. Parece extraño ciertamente que no aproveche tal oportunidad. Pero esto no es un argumento de silencio. Pablo no guarda silencio sobre el tema. Él elabora lo contrario. Enfatiza el hecho de que la decisión de Dios se tomó antes del nacimiento de estos gemelos y sin tomar en consideración sus acciones futuras.
La frase de Pablo en el versículo 11 es crucial. “Pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama”. ¿Por qué dice esto el apóstol? El acento aquí se pone claramente en la obra de Dios. Niega enfáticamente que la elección sea resultado de la obra del hombre, prevista o de cualquier otra forma. Es el propósito de Dios conforme a su elección lo que aquí se considera.
Si Pablo quería decir que la elección se basa en alguna decisión humana prevista, ¿por qué no lo dijo así? Por el contrario, declara que el decreto se hizo antes que los hijos nacieran y antes que hubieran hecho algún bien o mal. Ahora bien, concedemos que una idea de la presciencia en cuanto a la predestinación es consciente de que el decreto divino se hizo anteriormente al nacimiento. Pero esa idea insiste en que la decisión de Dios no se basó en su conocimiento de elecciones futuras. ¿Por qué no afirma esto Pablo aquí? Lo único que dice es que el decreto se hizo antes del nacimiento y antes que Jacob y Esaú hubieran hecho algún bien o mal.
Concedemos que en este pasaje Pablo no dice expresamente que la decisión de Dios no se basó en el futuro bien o mal de ellos. Pero no necesitaba decir eso. La implicación está clara a la luz de lo que sí dice. Pone el acento donde corresponde, en el propósito de Dios y no en la obra del hombre. La carga aquí está sobre aquellos que quieren añadir la noción modificadora crucial de elecciones previstas. La Biblia no la añade aquí ni en lugar alguno.
La cuestión es ésta: Si Pablo creía que la predestinación de Dios se basaba en elecciones humanas previstas, éste era el contexto en que podía expresarlo. Debemos dar un paso más. Aunque Pablo guarda silencio acerca de la cuestión de elecciones futuras aquí, no continúa haciéndolo. En el versículo 16 lo deja claro. “Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.” Este es el golpe de gracia al arminianismo y a todas las demás ideas no reformadas de la predestinación. Esta es la Palabra de Dios que requiere que todos los cristianos desistan de las ideas acerca de la predestinación que hacen que la decisión final para la salvación dependa de la voluntad del hombre. El apóstol declara: “No depende del que quiere”. Las ideas no reformadas deben decir que depende del que quiere. Esto es una contradicción violenta de la enseñanza de la Escritura. Este versículo por sí solo es absolutamente fatal para el arminianismo.
Es nuestro deber honrar a Dios. Debemos confesar con el apóstol que nuestra elección no se basa en nuestras voluntades, sino en los propósitos de la voluntad de Dios. Pablo suscita dos preguntas retóricas en este pasaje que debemos considerar. La primera es: “¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios?” ¿Por qué anticipa Pablo esta pregunta? Nadie suscita esa pregunta a un arminiano. Si nuestra elección se basa, en última instancia, en decisiones humanas, no hay necesidad de suscitar tal objeción.
Sin embargo, acerca de la doctrina bíblica de la predestinación sí se suscita esta pregunta. Es la predestinación basada en el propósito soberano de Dios, en su decisión sin tener en cuenta las elecciones de Jacob o Esaú, la que incita el clamor: “¡Dios no es justo!” Pero el clamor se basa en un entendimiento superficial del asunto. Es la protesta del hombre caído quejándose de que Dios no es lo suficientemente benévolo. ¿Cómo responde Pablo a la pregunta? No se da por satisfecho con decir meramente: “No, no hay injusticia en Dios.” Por el contrario, su respuesta es tan enfática como le es posible hacerla. Dice: “¡En ninguna manera!”
La segunda objeción que Pablo anticipa es ésta: “Me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad?” Una vez más nos preguntamos por qué anticipa el apóstol esta objeción. Esta es otra objeción que nunca se suscita contra el arminianismo. Las ideas no reformadas de la predestinación no tienen que preocuparse acerca de afrontar preguntas como ésta. Dios, evidentemente, inculparía a aquellos que sabía que no escogerían a Cristo. Si la base final para la salvación depende del poder de la elección humana, entonces se puede achacar la culpa fácilmente, y Pablo no tendría que enfrentarse con esta objeción anticipada. Pero se enfrenta con ella porque la doctrina bíblica de la predestinación exige que se enfrente con ella. ¿Cómo responde Pablo a esta pregunta? Examinemos su respuesta:
“Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y oír o par a deshonra? ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria, a los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo de los judíos, sino también de los gentiles?” (Ro. 9:20-24).
Esta es una respuesta de peso. Debo confesar que tengo un conflicto con ella. Mi conflicto, sin embargo, no es acerca de si este pasaje enseña la doble predestinación. Esta claro que lo hace. Mi conflicto tiene que ver con el hecho de que este texto suministra municiones a los defensores de la igualdad final. Suena a que Dios está haciendo pecadores a los hombres activamente. Pero el texto no requiere eso. Él hace vasos de ira y vasos de honra de la misma masa de barro. Pero si observamos atentamente el texto, veremos que el barro con que trabaja el alfarero es un barro “caído”. Una porción de barro recibe misericordia con objeto de llegar a ser vasos de honra. Esa misericordia presupone un barro que es ya culpable. De la misma manera, Dios debe “soportar” los vasos de ira preparados para destrucción porque son vasos culpables de ira.
Una vez más, el acento en este pasaje recae en el propósito soberano de Dios, y no sobre las elecciones libres y buenas del hombre. Aquí vienen al caso las mismas suposiciones que en la primera pregunta.
La respuesta arminiana
Algunos arminianos responderán indignadamente a mi tratamiento de este texto. Están de acuerdo en que el pasaje enseña una firme idea de la soberanía divina. Su objeción tiene que ver con otro punto. Insisten en que Pablo no está ni siquiera hablando acerca de la predestinación de individuos en Romanos 9. Romanos 9 no tiene que ver con individuos sino con la elección de naciones por parte de Dios. Pablo está hablando aquí acerca de Israel como pueblo escogido de Dios. Jacob representa meramente a la nación de Israel. Su nombre mismo fue cambiado a Israel, y sus hijos llegaron a ser los padres de las doce tribus de Israel.
El hecho de que Dios favoreciera a Israel por encima de las demás naciones no se disputa. Jesús procedía de Israel. Fue de Israel de quien recibimos los Diez Mandamientos y las promesas del pacto con Abraham. Sabemos que la salvación es de los judíos.
Todo eso es cierto de Romanos 9. Debemos considerar, sin embargo, que al elegir a una nación, Dios eligió a individuos. Las naciones están formadas por individuos. Jacob era un individuo. Esaú era un individuo. Aquí vemos claramente que Dios eligió en su soberanía a individuos al igual que a una nación. Debemos apresurarnos a añadir que Pablo amplía este tratamiento de la elección más allá de Israel en el versículo 24, cuando declara: “A los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo de los judíos, sino también de los gentiles.”
Elección incondicional
Volvamos por un momento a nuestro famoso acróstico, TULIP. Ya hemos altercado con la T y la I y lo hemos cambiado a RULEP. Si bien prefiero el término elección soberana a elección incondicional, no dañaré más el acróstico. Si lo cambiásemos a RSLEP ni siquiera rimaría con TULIP.
La elección incondicional quiere decir que nuestra elección es decidida por Dios conforme a su propósito, conforme a su voluntad soberana. No se basa en alguna condición prevista que algunos de nosotros cumpliríamos y otros no. No se basa en nuestro querer o en nuestro correr, sino en el propósito soberano de Dios.
El término elección incondicional puede despistar y ser utilizado erróneamente. En cierta ocasión conocí a un hombre que nunca había cruzado la puerta de una iglesia y que no mostraba evidencia alguna de ser cristiano. No hacía profesión de fe ni estaba implicado en actividad cristiana alguna. Me dijo que creía en la elección incondicional. Estaba confiado en que era elegido. No tenía que confiar en Cristo, no tenía que arrepentirse, no tenía que obedecer a Cristo. Declaraba ser un elegido y que eso era suficiente. No necesitaba más condiciones de salvación. Estaba, en su opinión, salvado, santificado y satisfecho.
Debemos tener cuidado de distinguir entre las condiciones que son necesarias para la salvación y las condiciones que son necesarias para la elección. Con frecuencia hablamos de la elección y la salvación como si fueran sinónimas, pero no son exactamente lo mismo. La elección es para salvación. La salvación es, en su sentido más pleno, la obra completa de la redención que Dios realiza en nosotros.
Hay toda clase de condiciones que deben ser cumplidas por alguien para ser salvo. La principal entre ellas es que debe tener fe en Cristo. La justificación es por la fe. La fe es un requisito necesario. Sin duda, la doctrina reformada de la predestinación enseña que todos los elegidos son ciertamente llevados a la fe. Dios se encarga de que se cumplan las condiciones necesarias para la salvación.
Cuando decimos que la elección es incondicional, queremos decir que el decreto original de Dios por el cual escoge a algunos para ser salvos no depende de alguna condición futura en nosotros que Dios prevé. Nada hay en nosotros que Dios pudiera prever y que le indujera a escogernos. Lo único que prevería en las vidas de criaturas caídas abandonadas a su propia suerte sería el pecado. Dios nos escoge simplemente conforme al beneplácito de su voluntad.
¿Es Dios arbitrario?
Que Dios nos escoja no por lo que encuentre en nosotros, sino conforme a su beneplácito, suscita la acusación de que esto hace a Dios arbitrario. Sugiere que Dios hace su selección de manera antojadiza o caprichosa. Parece como si nuestra elección fuese el resultado de un sorteo ciego y frívolo. Si somos elegidos, ello se debe solamente a que tenemos suerte. Dios sacó nuestros nombres de un sombrero celestial.
Ser arbitrario es hacer algo por ninguna razón. Ahora bien, está claro que no hay en nosotros razón alguna para que Dios nos escoja. Pero eso no es lo mismo que decir que Dios no tiene alguna razón en sí mismo. Dios no hace nada sin tener alguna razón para ello. No es caprichoso o antojadizo. Dios es tan sobrio como soberano.
Un sorteo depende intencionadamente del azar. Dios no obra por azar. Él sabía a quiénes seleccionaría. Conocía y amaba de antemano a sus elegidos. No fue una suerte ciega porque Dios no es ciego. Sin embargo, debemos aún insistir en que la razón decisiva para su elección no fue algo que conociera, viera o amara de antemano en nosotros.
A los calvinistas no nos gusta, en general, hablar de suerte. En lugar de desear a la gente “buena suerte”, preferimos decir: “bendiciones providenciales”. Sin embargo, si hubiésemos de hablar de nuestro “día de suerte”, señalaríamos aquel día en la eternidad cuando Dios decidió escogernos. Volvamos nuestra atención a la enseñanza de Pablo sobre este asunto en Efesios:
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado” (Ef. 1:3-6).
Según el puro afecto de su voluntad. Esta es la afirmación apostólica que parece sugerir arbitrariedad divina. Pero cuando la Biblia habla del afecto de Dios, el término no se usa con frivolidad. Aquí afecto significa simplemente “lo que agrada”. Dios nos predestina según lo que le agrada. La Biblia habla del puro afecto de Dios. El puro afecto de Dios nunca debe confundirse con un afecto erróneo. Lo que agrada a Dios es la bondad. Lo que nos agrada a nosotros no siempre es la bondad. Dios nunca se deleita en la iniquidad. Nada hay de inicuo acerca del puro afecto de su voluntad. Aunque la razón para escogernos no reside en nosotros sino en el afecto soberano de Dios, podemos estar seguros de que el afecto soberano de Dios es un afecto bueno.
Recordamos también cómo instruyó el apóstol a los cristianos filipenses. Les dijo: “…ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:12,13). En este pasaje, Pablo no está enseñando que la elección es una empresa conjunta entre Dios y el hombre. La elección es exclusivamente la obra de Dios. Es, como hemos visto, monergista. Pablo está hablando aquí acerca de la puesta en práctica de nuestra salvación que sigue a nuestra elección. Se está refiriendo específicamente aquí al proceso de nuestra santificación. La santificación no es monergista es sinergista. Esto es, demanda la cooperación del creyente regenerado. Somos llamados a trabajar para crecer en la gracia. Hemos de trabajar duramente, combatiendo contra el pecado hasta la sangre si es necesario, golpeando nuestros cuerpos si eso es lo que se requiere para subyugarlos.
Somos llamados a esta obra seria de la santificación por exhortación divina. La obra ha de ser llevada a cabo en un espíritu de temor y temblor. Nuestra santificación no es un asunto ocasional. No lo enfocamos de forma caballeresca, diciendo simplemente: “Eso es cosa de Dios.” Dios no lo hace todo por nosotros. Tampoco, sin embargo, nos deja Dios ocuparnos en nuestra salvación por nosotros mismos, en nuestra propia fuerza. Somos consolados por su segura promesa de producir en nosotros así el querer como el hacer lo que a él le agrada.
Recientemente oí un sermón del gran predicador escocés Eric Alexander, en el cual enfatizaba que Dios está obrando en nosotros por su buena voluntad. Pablo no dice que Dios esté obrando en nosotros por nuestra buena voluntad. No siempre estamos completamente a gusto con lo que Dios está haciendo en nuestras vidas. A veces, experimentamos un conflicto entre el propósito de Dios y nuestro propio propósito. Yo nunca escojo sufrir a propósito. Sin embargo, puede estar dentro del propósito soberano de Dios que yo sufra. Él nos promete que, por su soberanía, todas las cosas obran para el bien de los que le aman y son llamados conforme a su propósito.
Mis propósitos no siempre incluyen el bien de Dios. Yo soy pecador. Afortunadamente para nosotros, Dios no es pecador. Él es totalmente justo. Sus propósitos son siempre y en todo lugar justos. Sus propósitos obran para mi bien, aun cuando sus propósitos estén en conflicto con mis propósitos. Quizá debería decir: “Especialmente, cuando sus propósitos están en conflicto con mis propósitos”. Lo que le agrada a Él es bueno para mí. Esa es una de las lecciones más difíciles que los cristianos aprendan jamás.
Nuestra elección es incondicional excepto por una cosa. Hay un requisito que debemos cumplir antes que Dios nos elija jamás. Para ser elegidos, debemos primero ser pecadores. Dios no elige a los justos para salvación. No necesita elegir a los justos para salvación. Los justos no necesitan ser salvados. Sólo los pecadores necesitan un salvador. Los que están sanos no tienen necesidad de médico.
Cristo vino a buscar y a salvar a los que estaban realmente perdidos. Dios le envió al mundo no sólo para hacer posible nuestra salvación, sino para hacerla segura. Cristo no ha muerto en vano. Sus ovejas son salvadas a través de su vida impecable y su muerte expiatoria. Nada hay de arbitrario en eso.
Resumen
1. No todos los hombres son predestinados para salvación.
2. Hay dos aspectos o lados de la cuestión. Hay aquellos que son elegidos y aquellos que no son elegidos.
3. La predestinación es “doble”.
4. Debemos tener cuidado de no pensar en términos de igualdad final.
5. Dios no crea el pecado en los corazones de los pecadores.
6. Los elegidos reciben misericordia. Los no elegidos reciben justicia,
7. Nadie recibe injusticia por parte de Dios.
8. El “endurecimiento de los corazones” por parte de Dios es en sí mismo un justo castigo por el pecado que ya está presente.
9. La elección que Dios hace de los elegidos es soberana, pero no arbitraria.
10. Todas las decisiones de Dios fluyen de su santo carácter.
Escogidos Por Dios (capitulo 6) por R.C. Sproul
6
Presciencia y predestinación
La inmensa mayoría de los cristianos que rechazan la idea reformada de la predestinación adoptan lo que a veces se llama la idea de la presciencia (presciencia, conocimiento previo) acerca de la predestinación. Brevemente expresada, esta idea enseña que desde toda la eternidad Dios sabía cómo viviríamos. Sabía de antemano si recibiríamos a Cristo o lo rechazaríamos. Sabía nuestras elecciones libres antes de que las hiciéramos. La elección de Dios en cuanto a nuestro destino eterno se hizo, pues, sobre la base de lo que Él sabía que escogeríamos. Él nos escoge porque sabe de antemano que nosotros le escogeremos a Él. Los elegidos, pues, son aquellos que Dios sabía que escogerían libremente a Cristo.
En este concepto, tanto el decreto eterno de Dios como la libre elección del hombre quedan intactos. Según esta idea, nada hay de arbitrario acerca de las decisiones de Dios. No se habla aquí de ser reducidos a marionetas o de que nuestro libre albedrío sea forzado. Dios es claramente absuelto de cualquier indicio de mala acción. La base para nuestro juicio final se apoya, en última instancia, sobre nuestra decisión a favor o en contra de Cristo.
Hay mucho de loable en esta idea de la predestinación. Es bastante satisfactoria y tiene los beneficios mencionados anteriormente. Además de esto, parece tener al menos una fuerte garantía bíblica. Si dirigimos nuestra atención de nuevo a la carta de Pablo a los Romanos, leemos:
“Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó” (Ro. 8:29,30).
Este pasaje tan bien conocido de Romanos ha sido llamado la “Cadena de Oro de la Salvación”. Notamos una especie de orden aquí que comienza con la presciencia de Dios y continúa hasta la glorificación del creyente. Es crucial para la idea de la presciencia que en este texto la presciencia de Dios venga antes de la predestinación de Dios.
Siento un gran aprecio por la idea de la presciencia en cuanto a la predestinación. En tiempos la sostuve antes de rendirme a la idea reformada. Pero abandoné esta idea por varias razones. Entre éstas no es la menos importante el haber llegado al convencimiento de que la idea de la presciencia no es tanto una explicación de la doctrina bíblica de la predestinación como una negación de la doctrina bíblica. No incluye todo el consejo de Dios en el asunto.
Quizá la mayor debilidad de la idea de la presciencia es el texto citado como su mayor fuerza. Tras un análisis más minucioso, el pasaje de Romanos citado anteriormente viene a ser un grave problema para la idea de la presciencia. Por un lado, los que apelan al mismo para apoyar la idea de la presciencia encuentran demasiado poco. Esto es, el pasaje enseña menos de lo que los defensores de la presciencia quisieran que enseñase y, sin embargo, enseña más de lo que ellos quisieran que enseñase.
¿Cómo puede ser esto? En primer lugar, la conclusión de que la predestinación de Dios está determinada por la presciencia de Dios no se enseña en el pasaje. Pablo no sale diciendo que Dios escoge a la gente sobre la base de su conocimiento previo de las elecciones de ellos. Esa idea ni se afirma ni se implica en el texto. Lo único que el texto declara es que Dios predestina a los que conoce antes. Nadie disputa en este debate que Dios tiene presciencia. Aun Dios no podría escoger a personas de las cuales nada supiera. Antes de poder escoger a Jacob, tuvo que tener alguna idea en su mente acerca de Jacob. Pero el texto no enseña que Dios escogió a Jacob sobre la base de la elección que hizo Jacob.
En justicia, debe decirse que al menos el orden de presciencia-predestinación que encontramos en Romanos 8 es compatible con la idea de la presciencia. Es el resto del pasaje lo que crea dificultades. Nótese el orden de los acontecimientos en el pasaje. Presciencia-predestinación-llamamiento-justificación-glorificación.
El problema crucial aquí tiene que ver con la relación entre el llamamiento y la justificación. ¿Qué quiere decir Pablo aquí con “llamamiento?” El Nuevo Testamento habla del llamamiento divino en más de una manera. En teología distinguimos entre el llamamiento externo de Dios y el llamamiento interno de Dios. Encontramos el llamamiento externo de Dios en la predicación del Evangelio. Cuando se predica el Evangelio, todos los que lo oyen son llamados o invitados a Cristo. Pero no todos responden positivamente. No todos los que oyen el llamamiento externo del Evangelio llegan a ser creyentes. A veces, el llamamiento del Evangelio cae en oídos sordos.
Ahora bien, sabemos que sólo aquellos que responden con fe al llamamiento externo del Evangelio son justificados. La justificación es por la fe. Pero una vez más, no todos cuyos oídos oyen la predicación externa del Evangelio responden con fe. Por tanto, debemos concluir que no todos los que son llamados externamente son justificados. Pero Pablo dice en Romanos que los que Dios llama, a éstos también justifica. Ahora bien, concedemos que la Biblia no dice explícitamente que Él justifica a todos los que llama. Estamos supliendo la palabra todos. Quizá seamos tan culpables de leer algo en el texto que no está allí como aquellos que abogan por la idea de la presciencia.
Cuando suplimos la palabra todos aquí, estamos respondiendo a una implicación del texto. Estamos haciendo una inferencia. ¿Es ésta una inferencia legítima? Pienso que lo es. Si Pablo no quiere decir que todos los que son llamados son justificados, la única alternativa sería que algunos de los que son llamados son justificados. Si suplimos la palabra algunos en lugar de la palabra todos aquí, entonces debemos suplirla a todo lo largo de la Cadena de Oro. Entonces se leería de la siguiente manera:
“A algunos de los que antes conoció, también los predestinó. A algunos de los que predestinó, a éstos también llamó. A algunos de los que llamó, a éstos también justificó. A algunos de los que justificó, a éstos también glorificó”.
Esta lectura del texto nos deja con una monstruosidad teológica, una pesadilla. Significaría que sólo algunos de los predestinados oyen jamás el Evangelio, y que sólo algunos de los justificados son finalmente salvados. Estas nociones están totalmente en conflicto con lo que enseña el resto de la Biblia sobre estos temas.
Sin embargo, la idea de la presciencia sufre un problema aun mayor al suplir la palabra algunos. Si la predestinación de Dios se basa en su presciencia de cómo la gente responderá al llamamiento externo del Evangelio, ¿cómo es que sólo algunos de los predestinados son siquiera llamados? Ello demandaría que Dios predestinase a algunos que no son llamados. Si algunos de los predestinados son predestinados sin ser llamados, entonces Dios no estaría basando su predestinación en un conocimiento previo a la respuesta de ellos a su llamamiento. ¡No podrían dar respuesta alguna a un llamamiento que nunca recibieron! Dios no puede tener presciencia de la no respuesta de una persona a un no llamamiento.
Si seguimos todo eso, entonces veremos cómo nos vocifera la conclusión. Pablo no puede estar implicando la palabra algunos. Por el contrario, la Cadena de Oro necesariamente implica la palabra todos. Revisemos la propuesta. Si suplimos la palabra algunos en la Cadena de Oro, el resultado es fatal para la idea de la presciencia en cuanto a la predestinación, porque haría que Dios predestinase a algunos que no son llamados. Puesto que la idea enseña que la predestinación de Dios se basa en la presciencia de Dios en cuanto a las respuestas positivas de la gente al llamamiento del Evangelio, entonces la idea se hunde claramente si algunos son predestinados sin un llamamiento.
Suplir la palabra todos es igualmente fatal para la idea de la presciencia. Esta dificultad se centra en la relación entre el llamamiento y la justificación. Si todos los que son llamados son justificados, entonces el pasaje podría significar una de dos cosas: (A) Todos los que oyen el Evangelio externamente son justificados; o (B) Todos los que son llamados por Dios internamente son justificados.
Si respondemos con la opción A, entonces la conclusión a la que debemos llegar es que todos los que oyen el Evangelio son predestinados para ser salvos. Por supuesto, la inmensa mayoría de los que sostienen la idea de la presciencia en cuanto a la predestinación también sostienen que no todos los que oyen el Evangelio son salvos. Algunos son universalistas. Creen que todos serán salvos, tanto si oyen el Evangelio como si no lo oyen. Pero debemos recordar que el principal debate entre los evangélicos acerca de la predestinación no es acerca de la cuestión del universalismo. Tanto los defensores de la idea reformada de la predestinación como los defensores de la idea de la presciencia están de acuerdo en que no todos son salvos. Están de acuerdo en el hecho de que hay personas que oyen el Evangelio externamente (el llamamiento externo de Dios), que no responden con fe y que, por tanto, no son justificados. La opción A repugna tanto a los defensores de la idea de la presciencia como a los defensores de la idea reformada.
Eso nos deja con la opción B: todos los que son llamados internamente por Dios son justificados. ¿Cuál es el llamamiento interno de Dios? El llamamiento externo se refiere a la predicación del Evangelio. La predicación es algo que hacemos como seres humanos. El llamamiento externo puede también ser “oído” leyendo la Biblia. La Biblia es la Palabra de Dios, pero nos llega mediante documentos escritos por seres humanos. En ese sentido es externa. Ningún ser humano tiene poder para obrar internamente en otro ser humano. No puedo llegar al interior del corazón de una persona para obrar en él una influencia inmediata. Puedo hablar palabras que son externas. Esas palabras pueden penetrar en el corazón, pero no puedo hacer que ocurra eso por mi propio poder. Sólo Dios puede llamar a una persona internamente. Sólo Dios puede obrar inmediatamente en lo más recóndito del corazón humano para influir una respuesta positiva de fe.
Así pues, si la opción B es lo que quiere decir el apóstol, entonces las implicaciones son claras. Si todos los que Dios llama internamente son justificados, y todos los que Dios predestina son llamados internamente, entonces se sigue que la presciencia de Dios tiene que ver con algo más que una mera conciencia previa de las decisiones libres que los seres humanos tomen. Sin duda, Dios conoce desde toda la eternidad quiénes responderán al Evangelio y quiénes no. Pero tal conocimiento no es el de un mero observador pasivo. Dios conoce desde la eternidad a quienes llamará internamente. Él justifica a todos los que llama internamente.
Dije anteriormente que la Cadena de Oro enseña algo más de lo que la idea de la presciencia quiere que enseñe. Enseña que Dios predestina un llamamiento interno. Todos los que Dios predestina a ser llamados internamente serán justificados. Dios está aquí haciendo algo en los corazones de los elegidos para asegurar su respuesta positiva.
Si la opción B constituye el entendimiento correcto de la Cadena de Oro, entonces está claro que Dios hace una clase de llamamiento a algunos que no hace a todos. Puesto que todos los que son llamados son justificados, y puesto que no todos son justificados, entonces se sigue que el llamamiento es una actividad divina bastante significativa que algunos seres humanos reciben y otros no.
Ahora nos vemos forzados a tratar de nuevo una importante cuestión no muy diferente de nuestra cuestión original. ¿A qué se debe que algunos sean predestinados para recibir este llamamiento de Dios y otros no? ¿Reside la respuesta en el hombre o en los propósitos de Dios? Un defensor de la idea de la presciencia tendría que responder que la razón por la que Dios llama sólo a algunos internamente es que sabe de antemano quiénes responderán positivamente al llamamiento interno y quiénes no. Por tanto, no malgasta el llamamiento interno, sólo lo hace a aquellos que Él sabe que responderán favorablemente al mismo.
¿Cuánto poder hay en el llamamiento interno de Dios? ¿Tiene alguna ventaja recibirlo? Si sólo es dado a aquellos que Dios conoce que responderán a Él por su propio poder, parecería ser una influencia interna sin una influencia real. Si no tiene influencia alguna en la persona que oye el llamamiento externo, entonces Dios está predestinando una ventaja para algunos de que está privando a otros. Si no tiene influencia alguna sobre la decisión humana, entonces simplemente no es una influencia en absoluto. Si no es una influencia en absoluto, entonces nada significa en cuanto a la salvación y constituye una parte absurda de la Cadena de Oro.
Es crucial recordar que el llamamiento interno de Dios se hace a las personas antes que crean, antes que respondan con fe. Si influye en la respuesta de alguna manera, entonces Dios está predestinando una ventaja para los elegidos. Si no influye en la decisión humana, ¿entonces qué hace? Este dilema es penoso para la idea de la presciencia, penoso y sin alivio.
La idea reformada de la predestinación
En contraste con la idea de la presciencia en cuanto a la predestinación, la idea reformada asevera que la decisión final en cuanto a la salvación descansa en Dios y no en el hombre. Enseña que desde toda la eternidad Dios ha escogido intervenir en las vidas de algunos y llevarlos a la fe salvadora, y ha escogido no hacer eso por otros. Desde toda la eternidad, sin tener en cuenta previamente nuestra conducta humana, Dios ha escogido a algunos para elección y a otros para reprobación. El destino final de la persona está decidido por Dios antes que la persona haya siquiera nacido y sin depender finalmente de la elección humana. Sin duda, existe una elección humana, una elección humana libre, pero la elección se hace porque, en primer lugar, Dios escoge influir en los elegidos para que hagan la elección correcta. La base de la elección de Dios no se apoya en el hombre, sino únicamente en el beneplácito de la voluntad divina.
En la idea reformada de la predestinación, la elección de Dios precede a la elección del hombre. Nosotros le escogemos a El solamente porque Él nos ha escogido primero a nosotros. Sin la predestinación divina y sin el llamamiento interno divino, la idea reformada sostiene que nadie escogería jamás a Cristo. Esta es la idea de la predestinación que irrita a tantos cristianos. Esta es la idea que suscita importantes cuestiones acerca del libre albedrío del hombre y acerca de la equidad de Dios. Esta es la idea que provoca tantas respuestas enojadas y acusaciones de fatalismo, determinismo, etc.
La idea reformada de la predestinación entiende la Cadena de Oro como sigue: Desde toda la eternidad, Dios conoció de antemano a sus elegidos. Él tenía una idea de la identidad de ellos en su mente antes de crearlos. No sólo los conoció de antemano en el sentido de tener una idea previa de su identidad personal, sino que también los conoció de antemano en el sentido de amarlos de antemano. Debemos recordar que cuando la Biblia habla de “conocer”, distingue a menudo entre una simple conciencia mental de una persona y un profundo e íntimo amor de la persona. La idea reformada cree que todos aquellos a quienes Dios ha conocido así de antemano también los ha predestinado para ser llamados internamente, para ser justificados y para ser glorificados. Dios, en su soberanía, hace que se lleve a cabo la salvación de sus elegidos y sólo de sus elegidos.
Resumen del capítulo 6
1. La presciencia no es una explicación válida de la predestinación.
2. Hace que la redención sea, en última instancia, una obra humana.
3. La predestinación es soslayada y virtualmente vaciada de significado.
4. La Cadena de Oro muestra que nuestra justificación depende del llamamiento de Dios.
5. El llamamiento de Dios se apoya en una predestinación previa.
6. Sin predestinación, no hay justificación.
7. No son nuestras elecciones futuras, sin embargo, las que inducen a Dios a escogernos.
8. Es la decisión soberana de Dios a nuestro favor.



