El PROGRESO DEL PEREGRINO ( CAPITULO 20 )
El PROGRESO DEL PEREGRINO ( CAPITULO 20 )
Por JUAN BUNYAN
CAPITULO 20
Cristiano y Esperanza pasan por el agradable país de Tierra-habitada, salvan sin daño el río Muerte y son admitidos en la gloriosa Ciudad-de-Dios.
Después de las agradables pláticas que acabo del referir, vi en mi sueño que habían pasado ya los peregrinos la Tierra-Encantada y estaban a la entrada del países del Beulah.
Muy dulce y agradable era el aire de este y como quiera que el camino iba por medio de él, se recrearon allí por algún tiempo. Allí se recreaban agradablemente en oír el canto de los pájaros y la voz dulce de la tórtola y en ver las flores que aparecían en la tierra. En este país brilla de día y de noche el sol, por lo cual está ya fuera enteramente del Valle-de-la-Muerte y también del alcance del gigante Desesperación, y del allí no se veía ni la más mínima parte del Castillo-de-la-Duda; allí, además, estaban a la vista de la ciudad adonde iban, y más de una vez encontraron alguno que otro de sus habitantes. Porque por ese país solían pasearse los Resplandecientes, por lo mismo que estaba casi dentro de los límites del cielo; en ese país también se renovó el pacto entre el Esposo y la Esposa, y como éstos se gozan entran en sí, así se goza con ellos el Dios del ellos; allí no faltaba trigo ni vino, porque había abundancia de lo que había buscado en toda su peregrinación. Allí también oían voces fuertes que salían de la ciudad y decían, “Decid a las hijas de Sión, he aquí viene tu Salvador, he aquí su recompensa con El.”
Allí por último, los habitantes del país los llamaron “Pueblo santo, redimidos de Jehová ciudad buscada…”
¡Dichosos ellos! Según iban caminando por ese país, tenían mucho más regocijo que en las partes más remotas del reino a que se dirigían, y cuanto más se acercaban a la ciudad, tanto más magnífica y perfecta era la vista que se les presentaba. Estaba edificada de perlas y piedras preciosas; sus calles estaban empedradas de oro; así que, a causa del brillo natural de la ciudad y del reflejo de los rayos del sol, se puso enfermo de deseos Cristiano. Esperanza sintió también uno o dos ataques de la misma en enfermedad, por lo cual tuvieron que reclinarse allí un poco, exclamando en medio de su ansiedad: “Si hallareis a mi amado, hacedle saber cómo de amor estoy enfermo.” Más, fortalecidos un poco y hechos capaces de sobrellevar su enfermedad, prosiguieron su camino, acercándose cada vez más y más hacia donde había viñedos frondosos y deliciosísimos jardines, cuyas puertas daban sobre el camino. Encontraron al jardinero, y dirigiéndose a él, preguntaron ¿De quién son estos viñedos y jardines tan hermosos? Contestóles: —Son del Rey, y se han plantado para su deleite y para solaz de los peregrinos—. Y les hizo entrar en los viñedos; les mandó refrescarse con lo más regalado de sus frutos; les mostró también los paseos y cenadores donde el Rey se deleitaba, y, por último, los invitó a detenerse y a dormir allí, vi que mientras dormían hablaban más que en todo su viaje; y recapacitando yo sobre ello, me dijo el jardinero ¿Por qué recapacitas sobre esto? Es sobre la naturaleza del fruto de estas viñas entrar suavemente y hacer hablar los labios de los que duermen.
Cuando se despertaron se preparaban a acercarse a la ciudad; pero como he dicho, siendo ésta de oro fino, era tal el reflejo del sol sobre ella y tan sumamente glorioso, que no pudieron contemplarla con la faz descubierta sino por medio de su instrumento hecho para ello. Y vi que, según iban andando, les encontraron dos hombres con vestiduras relucientes como el oro, y sus rostros brillaban como la luz, quienes les preguntaron de dónde venían, en dónde se habían hospedado, qué dificultades y peligros, y qué consuelos y placeres habían encontrado en el camino. Y satisfechas estas preguntas, les dijeron: sólo dos dificultades os restan, e inmediatamente entraréis en la ciudad.
Cristiano y su compañero pidieron luego a los hombres que les acompañasen. Estos contestaron que lo harían con gusto; pero que tenían ellos que alcanzarlo con su propia fe; y marcharon juntos hasta llegar a la vista de la puerta.
Ya allí, vi que entre ellos y la puerta había un río; pero no había ningún puente para poder pasarlo, y el río era muy profundo. A la vista de él, los peregrinos se asustaron mucho, pero los hombres que les acompañaban les dijeron: —Habéis de pasarlo o no podréis llegar a la puerta.
—Pero, ¿no hay otro camino?—preguntaron. —Sí—les contestaron—; pero a sólo dos, a saber, Enoch y Elías, se les ha permitido pasar por él desde la fundación del mundo; ni a nadie más se permitirá hasta que suene la trompeta final—. Entonces empezaron los peregrinos, especialmente Cristiano, a desconsolarse en su corazón y mirar a uno y otro lado; pero ningún camino pudo hallar por el cual pudieran evitar el río. Preguntaron entonces a los hombres si el agua estaba en todas partes a la misma profundidad, y se les dijo que no, que el encontrarla más o menos profunda sería según su fe en el Rey del país, no pudiendo ellos ayudarles en tal caso.
Decidiéronse, pues, a entrar en el agua; mas apenas lo habían hecho, empezó Cristiano a sumergirse, exclamando a su buen amago Esperanza: —Me anego en las aguas profundas, todas son ondas y sus olas pasan sobre mí—. Esperanza contestó: —Ten buen ánimo, hermano; siento fondo y es bueno—. Entonces dijo Cristiano: — ¡Ah!, amigo mío, hanme rodeado los dolores de la muerte, y no veré la tierra que mana leche y miel—. Y en esto cayó sobre Cristiano una grande oscuridad y horror, de tal manera, que no podía ver lo que estaba delante. Perdió también sus sentidos en gran parte, de modo que no podía acordarse ni hablar cuerdamente de ninguno de los dulces refrigerios que había encontrado en su camino. Todas las palabras que pronunciaba daban a entender que tenía horror de corazón y temores de morir en ese río, y nunca tener entrada por la puerta de la ciudad celeste. Los circunstantes observaban también que tenía pensamientos muy molestos de los pecados que había cometido, tanto antes como después de hacerse peregrino. Se observó que estaba molestado, además, por las apariciones y fantasmas y espíritus malos, pues de vez en cuando lo indicaban sus palabras.
Mucho trabajo, pues, costaba a Esperanza conservar la cabeza de su hermano por encima del agua; algunas veces se le sumergía enteramente, después de lo cual salía casi medio muerto; trataba de consolarle, hablándole de la puerta y de los que en ella le estaban esperando; pero la respuesta de Cristiano era: —Es a ti a quien esperan; has sido siempre Esperanza todo el tiempo que te he conocido; ¡ah!, de seguro que si yo fuera acepto a El, ahora se levantaría para ayudarme; pero por mis pecados me ha traído al lazo y me ha abandonado en él. —Nunca—contestó Esperanza—; ¿has olvidado sin duda el texto en que dice de los malos: “No hay ataduras para su muerte; antes su fortaleza está entera; no están ellos en trabajo humano ni son azotados con los otros hombres?”. Esas aflicciones y molestias, por las cuales estás pasando en estas aguas, no son señal alguna de que Dios te haya abandonado, sino que son enviadas para probarte y ver si te acuerdas de lo que anteriormente has recibido de sus bondades, y vives de él en tus aflicciones.
Estas expresiones pusieron a Cristiano muy meditabundo, y por eso añadió Esperanza: —Confía, hermano mío; Jesucristo te hace sano—. Al oír esto Cristiano, prorrumpió en voz alta: —Sí, ya le veo y oigo que me dice: cuando pasares por las aguas yo seré contigo, y cuando por los ríos no te anegarán”. Con estas pláticas se animaban mutuamente, y el enemigo nada podía con ellos, en términos que los dejaron, como si estuviera encadenado, hasta que hubieron pasado el río. La profundidad de éste iba disminuyendo; pronto encontraron ya terreno donde hacer pie, y acabaron su paso.
Qué consuelo tan grande experimentaron cuando a la orilla del río vieron de nuevo a los Resplandecientes, saludándolos, les decían: “Somos espíritus administradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación.” Y así iban acercándose a la puerta.
Es muy de notar que la ciudad estaba colocada sobre una gran montaña; pero los peregrinos la subían con facilidad, porque los Resplandecientes les daban el brazo, y además habían dejado tras de sí en el río sus vestiduras mortales; habían entrado en él con ellas, pero salieron sin ellas; por eso subían con tanta agilidad y prisa, aunque los cimientos sobre los cuales está fundada la ciudad están más altos que las nubes. ¡Con cuánto placer pasaban las regiones de la atmósfera, hablando entre sí dulcemente, y consolados porque habían pasado con seguridad el río y tenían a su servicio tan gloriosos compañeros!
¡Qué agradable les era también la conversación que con Resplandecientes tenían! —Allí—les decían éstos— una gloria y hermosura inefables; allí está el monte Sión, Jerusalén celestial, la compañía de muchos millares de ángeles y los Espíritus de los justos ya perfectos. Ya estáis cerca del Paraíso de Dios, en el cual veréis el árbol de vida y comeréis de su fruta inmarcesible. A la entrada recibiréis vestiduras blancas, y vuestro trato y conversación serán siempre con el Rey hasta todos los días de la eternidad. Allí no volveréis a ver ya más las cosas que veíais y sentíais en la región inferior de la tierra, es decir, dolor, enfermedad, aflicción y muerte, porque todo eso ha pasado ya. Vais a juntaros con Abraham, Isaac y Jacob y los profetas, hombres a quienes Dios ha librado del mal venidero, y que ahora descansan en sus lechos por haber andado en su justicia. Vais a recibir allí consuelo por todos vuestros trabajos, y gozo por toda vuestra tristeza; recogeréis lo que sembrasteis en el camino, a saber: el fruto de todas vuestras oraciones y lágrimas y sufrimientos por el Rey.
Ceñiréis a vuestras sienes coronas de oro, y gozaréis la visión perpetua y la presencia del Santo, porque allí le veréis como El es. Serviréis continuamente con alabanza, con voces de júbilo y con acciones de gracias a Aquel a quien deseabais servir en el mundo, aunque con mucha dificultad, a causa de la debilidad de vuestra carne. Vuestros ojos serán regocijados con fe vista y vuestros oídos con la dulce voz del Altísimo. Recobraréis de nuevo la compañía de los amigos que os han precedido y recibiréis con gozo a todos aquellos que os siguen al lugar santo. Se os darán vestidos de gloria y majestad, y cuando el Rey de la gloria venga en las nubes al son de trompeta como sobre las alas del viento, vendréis vosotros con El; y cuando se siente sobre el trono de juicio, os sentaréis a su lado; y cuando pronuncie sentencia sobre los obradores de iniquidad, sean ángeles u hombres, tendréis también voz en ese juicio, porque fueron sus enemigos y los vuestros; y cuando vuelva a la ciudad, volveréis con El a son de trompeta y estaréis con El para siempre.
Cuando se iban acercando a la puerta, he aquí que una multitud de las huestes celestiales salieron a su encuentro, preguntando: — ¿Quiénes son éstos y de dónde han venido.
—Estos son—dijeron los Resplandecientes—, éstos son hombres que han amado a nuestro Señor cuando estaban en el mundo y que lo han dejado todo por su santo nombre; El nos ha enviado para traerlos aquí, y los hemos acompañado hasta este punto en su deseado viaje, para que entren y contemplen a su Redentor cara a cara con gran gozo—. Entonces las huestes celestiales dieron un grito de júbilo, y dijeron: —Bienaventurados los que son llamados a la cena del Cordero. Al oír esto los músicos del Rey rompieron con sus instrumentos en dulces melodías, que hacían resonar a los mismos cielos, y con voces y ademanes de júbilo, cantando y tocando sus trompetas, saludaban una y mil veces a los que venían del mundo. Unos se pusieron a la derecha, otros a la izquierda, delante y detrás, como para acompañarlos y escoltarlos por las regiones superiores, llenando los espacios con sonidos melodiosos en tonos altos, de manera que parecía que el mismo cielo había salido para recibirlos.
Era la marcha triunfal más hermosa que se pudo ver jamás.
Todo indicaba a Cristiano y a su compañero cuan bien venidos eran a la ciudad, y con cuánta alegría se les recibía en ella. Ya la tenían a su vista, ya oían el alegre y bullicioso clamoreo de todas las campanas que les daban la venida. ¡Oh, qué pensamientos tan arrebatadores y alegres tenían al mirar el gozo de la ciudad, la compañía que iban a tener, y eso para siempre! ¿Qué lengua o pluma serán poderosas para expresarlo?
Ya llegaron a las puertas de la Ciudad, encima de la cual vieron grabadas con letras de oro las siguientes palabras:
BIENAVENTURADOS LOS QUE GUARDAN SUS MANDAMIENTOS, PARA QUE SU PODER SEA EN EL ÁRBOL DE LA VIDA Y ENTREN POR LAS PUERTAS DE LA CIUDAD.
Llamaron fuertemente a ellas, y muy pronto aparecieron por encima los rostros de los que moraban dentro…
Enoch, Moisés, Elías…, que preguntaron quién llamaba, y oyeron esta respuesta: “Estos peregrinos han venido de la ciudad de Destrucción por el amor que tienen al Rey de este lugar.” Entonces los peregrinos entregaron cada uno el rollo que habían recibido al principio, los cuales, llevados al Rey y leídos por éste, y habiéndosele dicho que los dueños de ellos estaban a la puerta, mandó que se les abriese para que “entrase la gente justa guardadora de verdades”. Los vi entonces entrar por la puerta y que cuando hubieron entrado fueron transfigurados y recibieron vestiduras que resplandecían como el oro, y arpas y coronas que les fueron entregadas, para que con las primeras alabasen, y les sirviesen las segundas como señales de honor; oí también que todas las campanas de la ciudad se echaron a vuelo otra vez, en señal de regocijo, al mismo tiempo que los ministros del Rey decían a los peregrinos: “Entrad en el gozo de vuestro Señor”. Con cuan efusión y gozo respondieron éstos: “Al que está sentado en el trono y al Cordero sea la bendición y la honra, y la gloria y el poder para siempre jamás”.
Aprovechando yo entonces el momento en que se abrieron las puertas para dejarles pasar, miré hacia dentro tras ellos, y he aquí, la ciudad brillaba como el sol; las calles estaban empedradas de oro, y en ellas se paseaba muchedumbre de hombres que tenían en su cabeza coronas, y en su mano palmas y arpas de oro con que cantar las alabanzas.
Vi también a unos que tenían alas y que, sin cesar nunca, estaban cantando: “Santo, santo, santo es el Señor”; y volvieron a cerrar las puertas, y yo, con mucho sentimiento, me quedé fuera, cuando mis ansias eran entrar para gozar de las cosas que había visto.
¡Lástima es que mi sueño no terminase aquí con tan dulces impresiones! Cuando se cerraron las puertas de la Ciudad miré atrás y vi a Ignorancia que llegaba a la orilla del río; lo pasó pronto y sin la mitad de la dificultad que encontraron los otros dos. Porque aconteció que había entonces allí un tal Vana-Esperanza, barquero, que le ayudó pasar en su barca. Subió también la montaña para llegar a la puerta; pero nadie había allí que le ayudase o le hablase una palabra de consuelo y estímulo. Cuando llegó a la puerta, miró al letrero que estaba encima de ella. Empezó a llamar, suponiendo que se le daría inmediata entrada; pero los que se asomaron por encima de la puerta preguntaron de dónde venía y qué era lo que quería. El contestó: “He comido y bebido en la presencia del Rey, ha enseñado en nuestras calles.” Entonces le pidieron su rollo para entrarlo y mostrarlo al Rey. Pero habiendo registrado su seno no lo halló; no tenía ninguno. Dijéronle entonces: “¿No tienes ninguno?” Pero el hombre no les contestó palabra. Comunicado esto al Rey, mando a los dos Resplandecientes que, atado de pies y manos, lo arrojasen fuera, y vi que lo llevaron por el aire a la puerta que había visto a la falda del collado y allí lo precipitaron.
Esto me sorprendió; pero me fue de importante enseñanza, pues aprendí que hay camino para el infierno desde la misma puerta del cielo, lo mismo que desde la ciudad de Destrucción.
En esto me desperté, y vi que todo había sido un sueño.
LA CONCLUSIÓN
Ya, lector, que mi sueño he referido,
Interpretarlo para ti procura,
Y explícale a quien puedas su sentido.
Mas muestra en entenderlo tu cordura,
Pues te daña si es mal interpretado;
Mas si lo entiendes bien es tu ventura.
Lo exterior de mi sueño, ten cuidado
Que no te preocupe en demasía,
Como si fuera cosa de tu agrado.
Ni risa ni furor ni alegría
Te cause cual a niño o a demente,
Mira bien su sustancia y su valía.
Aparta la cortina, y fijamente
Mira lo que se esconde tras mi velo:
Es cosa que te anime y que te aliente.
Al leer este símil, sin recelo,
Tira la escoria, toma el oro puro,
Y colmado verás así tu anhelo.
El oro está con mineral impuro,
Sí; pero nadie arroja la manzana
Por tener corazón, es bien seguro.
Si toda mi ficción encuentras vana,
Y la das, por inútil, al olvido,
Me harás soñar tu necedad mañana,
Lamentando el provecho que has perdido.
Fin
El PROGRESO DEL PEREGRINO ( CAPITULO 19 )
El PROGRESO DEL PEREGRINO ( CAPITULO 19 )
Por JUAN BUNYAN
CAPITULO 19
Hablan de nuevo los peregrinos con Ignorancia, y ven en sus palabras el lenguajede un cristiano, sólo de nombre, que no ha conocido su estado de condenación,ni, por consiguiente, su necesidad de ser perdonado y justificado por gracia. Conversación que después tuvieron acerca de Temporario, la cual es un aviso terrible y saludable para el lector.
Cuando Esperanza concluyó su razonamiento, que acabamos de referir, volvió los ojos atrás y vio a Ignorancia que los seguía, y dijo a Cristiano:
ESPERANZA — Poca pena se da ese joven por alcanzarnos.
CRISTIANO — Ya, ya lo creo; no le gusta sin duda nuestra compañía.
ESPERANZA — Pues creo que no le hubiera venido mal el habernos acompañado hasta ahora.
CRISTIANO — Esta es la verdad; pero apuesto a que él piensa de muy diferente manera.
ESPERANZA — Sí, lo creo; sin embargo, esperémosle. (Así hicieron.)
Luego que ya estuvo con ellos, dijo:
CRISTIANO — Vamos, hombre; ¿por qué te detuviste tanto?
IGNOR. — Me gusta mucho andar a solas, mucho más que ir acompañado, a no ser que la compañía sea de grado — Dijo entonces Cristiano a Esperanza al oído no te dije que no le gustaba nuestra compañía?”
CRISTIANO — Pero, vamos, acércate, y empleemos nuestro tiempo en este lugar solitario con una buena conversación. Di, ¿cómo te va? ¿Cómo están las relaciones entre tú y tu alma?
IGNOR. — Confío que bien; estoy siempre lleno de buenos movimientos que vienen a mi mente para consolarme en mi camino.
CRISTIANO — ¿Qué buenos movimientos son esos?
IGNOR. — Pienso en Dios y en el cielo.
CRISTIANO — Esto hacen también los demonios y las almas condenadas.
IGNOR. — Pero yo medito en ellos y los deseo.
CRISTIANO — Así hacen también muchos que no tienen habilidad alguna de llegar a ellos jamás; desea y nada alcaza el alma del perezoso.
IGNOR. — Pero yo pienso en ellos, y lo abandono todo por ellos.
CRISTIANO — Mucho lo dudo, porque eso de abandonarlo es cosa muy difícil. Sí, más difícil de lo que piensan muchos. Pero ¿en qué te apoyas para pensar que lo has abandonado todo por Dios y el cielo?
IGNOR. — Mi corazón me lo dicta.
CRISTIANO — Dice el sabio que “el que confía en su corazón es necio”.
IGNOR. — Eso es cuando el corazón es malo; el mío es bueno.
CRISTIANO — ¿Y cómo lo pruebas?
IGNOR. — Me consuelo con las esperanzas del cielo.
CRISTIANO — Eso bien puede ser un engaño; porque el corazón de un hombre puede suministrarle consuelo con la esperanza de aquella misma cosa que no tiene fundamento alguno para esperar.
IGNOR. — Pero mi corazón y mi vida se armonizan perfectamente, y, por lo mismo, mi esperanza está bien fundada.
CRISTIANO — ¿Quién te ha dicho que tu corazón y tu vida están en armonía?
IGNOR. — Me lo dice mi corazón.
CRISTIANO — Pregunta a mi compañero si soy yo ladrón. ¡Tu corazón te lo dice! Si la palabra de Dios no da testimonio en este asunto, otro testimonio es de ningún valor.
IGNOR. — Pero ¿no es bueno el corazón que tiene buenos pensamientos? ¿Y no es buena la vida que está en armonía con los mandamientos de Dios?
CRISTIANO — Sí; es verdad. Es corazón bueno el que tiene buenos pensamientos, y vida buena la que está en armonía con los mandamientos de Dios; pero, en verdad, una cosa es tenerlos y otra cosa es pensar sólo que se tienen.
IGNOR. — Dime, pues, ¿qué entiendes tú por buenos pensamientos y por conformidad de vida con los mandamientos de Dios?
CRISTIANO — Hay buenos pensamientos de diversas clases: unos, acerca de nosotros mismos; otros, acerca de Dios y Cristo, y otros, acerca de otras cosas.
IGNOR. — ¿Cuáles son los pensamientos buenos acerca de nosotros mismos?
CRISTIANO — Los que estén en conformidad con la palabra de Dios.
IGNOR. — ¿Cuándo están conformes nuestros pensamientos acerca de nosotros mismos con la palabra de Dios?
CRISTIANO — Cuando hacemos de nosotros los mismos juicios que hace la palabra. Me explicaré. Dice la palabra de Dios de los que se encuentran en un estado natural, que “no hay justo, que no hay quien haga el bien”. Dice también que “todo designio de los pensamientos del corazón del hombre es, de continuo, solamente el mal”; y añade: “el instinto del corazón del hombre es malo desde su juventud”. Ahora bien; cuando pensamos de nosotros mismos de esta manera y lo sentimos verdaderamente, entonces son buenos nuestros pensamientos, porque están en armonía con la palabra de Dios.
IGNOR. — Nunca creeré que mi corazón es tan malo.
CRISTIANO — Por lo mismo, nunca has tenido en toda tu vida un solo buen pensamiento de ti; pero déjame seguir, como la palabra pronuncia sentencia sobre nuestros corazones, la pronuncia también sobre nuestros caminos; y cuando nuestros juicios acerca de nuestros corazones y nuestros caminos concuerdan con el juicio que de ellos hace la palabra, entonces ambos son buenos, porque están conformidad unos con otros.
IGNOR. — Explica el sentido de esas palabras.
CRISTIANO — Dice la palabra de Dios que “los caminos del hombre son torcidos”, que “no son buenos, sino pervertidos; dice que “los hombres, por naturaleza, se han extraviado del camino, que no lo han conocido siquiera”.
Ahora bien; cuando un hombre piensa así de sus caminos es decir, cuando piensa con sentimiento y humillación de corazón, entonces es cuando tiene buenos pensamientos de sus propios caminos, porque sus juicios concuerdan entonces con el juicio de la palabra de Dios.
IGNOR. — ¿Qué son buenos pensamientos acerca de Dios?
CRISTIANO — Lo mismo que he dicho acerca de nosotros mismos: Cuando nuestros pensamientos sobre Dios concuerdan con lo que dice de El la Palabra, y esto es cuando pensamos en su ser y atributos, como la Palabra enseña; pero de esto no puedo ocuparme ahora extensamente. Hablando solamente de Dios en sus relaciones con nosotros, tenemos pensamientos buenos y rectos El, cuando pensamos que nos conoce mejor que nosotros a nosotros mismos, y puede ver el pecado en nosotros, cuando nosotros no lo veamos en manera alguna en nosotros mismos; cuando pensamos que conoce nuestros pensamientos más íntimos, y que nuestro corazón, con todas sus profundidades, está siempre descubierto a sus ojos; cuando pensamos que todas nuestras justicias hieden ante El, y, por tanto, no puede sufrir que estemos en su presencia con confianza alguna en nuestras obras, aun las mejores.
IGNOR. — ¿Te parece que soy tan necio que crea que Dios no ve más que lo que yo veo, o que me atrevería a presentarme a Dios aun con la mejor de mis obras?
CRISTIANO — Pues entonces, ¿cómo piensas en este asunto?
IGNOR. — Pues, para decirlo en pocas palabras, creo que es necesario tener fe en Cristo para ser justificado.
CRISTIANO — ¿Cómo piensas que puedes tener fe en Cristo, cuando no ves tú necesidad de El, ni conoces tus debilidades, ni originales ni actuales; antes bien, tienes de ti mismo y de lo que haces una opinión tal, que prueba muy claramente que nunca has visto la necesidad de la justicia personal de Cristo para justificarte delante de Dios? ¿Cómo, siendo esto así, puedes decir: Yo creo en Cristo?
IGNOR. — Creo bastante bien, a pesar de todo eso.
CRISTIANO — ¿Y cómo crees?
IGNOR. — Creo que Cristo murió por los pecadores, y que seré justificado delante de Dios y libre de la maldición, mediante que El acepta graciosamente mi obediencia a su ley; o, para decirlo de otra manera: Cristo hace que mis deberes religiosos sean aceptables a su Padre, en virtud de sus méritos, y de este modo, yo soy justificado.
CRISTIANO — Permíteme que conteste a esta tu confesión de fe:
1°, Crees con una fe fantástica, porque tal fe no la encuentro así escrita en ninguna parte de la Palabra.
2°, Crees con una fe falsa, porque quita la justificación de la justicia personal de Cristo y la aplica a la tuya propia.
3°, Esa fe hace que Cristo sea el que justifica, no tu persona, sino tus acciones, y luego tu persona por causa de tus acciones, y esto es falso.
4º, Por tanto, esta fe es engañosa, y tal que te dejará bajo la ira en el día del Dios Altísimo, porque la verdadera fe justificante hace que el alma, convencida de su condición por la ley, acuda por refugio a la justicia de Cristo (cuya justicia no es un acto de gracia, en el cual; que tu obediencia sea aceptada por parte de Dios y la justificación, sino su obediencia personal a la ley en hacer y sufrir por nosotros lo que aquélla exigió de nosotros). Esta justificación, digo, la verdadera fe la acepta, y bajo su manto el alma está abrigada, y por ello se presenta sin mancha delante de Dios, y es aceptada y absuelta de la condenación.
IGNOR. — Pero qué, ¿quieres que nos confiemos en lo que Cristo ha hecho en su propia persona sin nuestra participación? Esta fantasía daría rienda suelta a nuestras concupiscencias, y nos permitiría vivir según nuestro propio antojo; porque, ¿qué nos importaría el cómo viviésemos, si podemos ser justificados de todo por la justicia personal de Cristo con sólo tener fe en ella?
CRISTIANO — Ignorancia te llamas, y es mucha verdad; eso eres, y esa tu última contestación lo pone en evidencia, ignorante estás de lo que es la justicia que justifica, y también ignorante de cómo has de asegurar tu alma por fe de la terrible ira de Dios. También ignoras los verdaderos efectos de esta fe salvadora en la justicia de Cristo, que son: inclinar y ganar el corazón a Dios en Cristo, que ame su nombre, su palabra, sus caminos y su pueblo, y no como tú, en tu ignorancia, te lo imaginas.
ESPERANZA — Pregúntale si alguna vez se le ha revelado Cristo desde el cielo.
IGNOR. — ¿Cómo? ¿Eres tú de los que creen en revelaciones? Vaya, creo que lo que tú y comparsa decís sobre materia no es más que el fruto de un cerebro desordenado.
ESPERANZA — Pero hombre, Cristo está tan escondido en Dios de la compresión natural de la carne, que nadie puede conocerle de una manera salvadora, si Dios, el Padre, no se lo revela.
IGNOR. — Esa será tu creencia, pero no la mía, y, sin embargo, no dudo de que la mía sea tan buena como la tuya, aunque mi cabeza no esté como la de ustedes.
CRISTIANO — Permitidme que tercie aquí con una palabra: no se debe hablar tan ligeramente de este asunto, porque yo afirmo rotunda y resueltamente lo mismo que mi buen compañero: que ningún hombre puede conocer a Jesucristo sino por la revelación del Padre. Más aún: Que la fe, por la cual el alma se hace de Cristo para ser una fe recta, ha de ser operada por la supereminente grandeza de su poder. De esta operación de la fe percibo que nada sabes, pobrecito Ignorancia. Despiértate, pues, reconoce tu propia miseria y acude al Señor Jesús, y por su justicia, que es la justicia de Dios (porque él mismo es Dios), serás librado de la condenación.
IGNOR. — Andáis muy de prisa; no puedo andar a vuestro paso; idos delante; tengo que detenerme todavía.
Y se despidió de ellos.
Entonces dijo Cristiano a su compañero:
CRISTIANO — Vamos, pues, buen Esperanza; está visto que tú y yo hemos de andar otra vez solitos.
Dieron, pues, a caminar a buen paso, mientras Ignorancia los seguía cojeando; y mientras caminaban les oí el siguiente diálogo:
CRISTIANO — Mucha lástima me da este pobre. Creo que al fin lo va a pasar muy mal.
ESPERANZA — Desgraciadamente, hay muchísimos en nuestra ciudad que están en la misma condición, familias enteras y aun calles enteras, y eso que son también peregrinos, y si hay tantos entre nosotros, calcula cuántos habrá en el lugar donde él nació.
CRISTIANO — Sí, dice la verdad la Palabra: “Les ha cerrado los ojos para que no vean…”
Pero ahora que estamos otra vez solitos, dime: ¿qué te parece de tales hombres? ¿Crees tu que alguna que otra vez tengan convicción de pecado y, por consiguiente, temores de que están en estado peligroso?
ESPERANZA — Esa pregunta nadie mejor que tú misino puede contestarla, pues eres mayor que yo.
CRISTIANO — Mi respuesta es que, a mi parecer, es posible: las tengan alguna que otra vez; pero siendo por naturaleza ignorantes, no comprenden que esta convicción tiende a su provecho, y buscan de todos modos ahogarla, siguen presuntuosamente adulándose a sí mismos en el camino de sus propios corazones.
ESPER — En efecto, también yo creo como tú que el miedo sirve mucho para bien de los hombres y para hacerles ir derechos al principio de su peregrinación.
CRISTIANO — De eso no podemos dudar que es bueno, por eso así lo dice la Palabra: “El temor de Jehová es el principio de la sabiduría”.
ESPERANZA — ¿Cómo podrías tú describir el miedo que es bueno?
CRISTIANO — El miedo bueno se describe por tres cosas:
1º, Por su origen, es causado por las convicciones salvadoras de pecado. 2º, Impele al alma a asirse de Cristo para salvación. 3º, Engendra y conserva en el alma una gran reverencia a Dios y a su Palabra y a sus caminos, manteniéndola tierna y haciéndola temerosa de volverse de ellos a diestra y siniestra, o hacer cosa alguna que pudiera deshonrar a Dios, alterar su paz, contristar al Espíritu Santo, ser causa de que el enemigo hiciese algún reproche.
ESPERANZA — Estoy conforme; creo que has dicho la verdad. ¿No hemos salido todavía del terreno encantado?
CRISTIANO — Pues qué, ¿te cansa esta conversación?
ESPERANZA — No por cierto; pero quisiera saber dónde estamos.
CRISTIANO — Aún nos falta como una legua que andar para salir de él; pero volvamos a nuestro asunto. Los ignorantes no conocen que tales convicciones que les atemorizan para su bien, y por esto procuran ahogarlas.
ESPERANZA — ¿Y cómo procuran ahogarlas?
CRISTIANO — 1°, Creen que esos temores son obra del demonio (aunque en verdad son de Dios), y así los resisten como cosas que tienden directamente a su ruina. 2°, Piensan también que los tales temores tienden a perjudicar su fe, cuando, ¡desgraciados de ellos!, no tienen ninguna, y por esto endurecen su corazón contra ellos. 3°, Suponen que no deben temer, y por esto, a pesar de sus temores, se hacen vanamente confiados. 4°, Opinan que estos temores tienden a rebajar su antigua y miserable propia santidad, y por esto los resisten con toda su fuerza.
ESPERANZA — Algo de esto he experimentado yo mismo, porque antes de convencerme a mí mismo me pasó lo que acabas de decir.
CRISTIANO — Bueno, dejaremos ya por ahora a nuestro vecino Ignorancia, y nos ocuparemos de otra cuestión provechosa.
ESPERANZA — Enhorabuena; pero te suplico que la propongas también tú otra vez.
CRISTIANO — Pues bien; ¿conociste allá en tu tierra, hace cosa de unos diez años, a un tal Temporario, que era entonces un hombre bastante fervoroso en religión?
ESPERANZA — ¡Oh! Sí, no lo he olvidado; vivía en Singracia, pueblo que dista cosa de media legua de Honradez, y su casa estaba inmediata a la de un tal Vuelve-atrás.
CRISTIANO — Tienes razón. Vivía con él bajo el mismo techo. Bueno, pues ese estuvo una vez muy despierto; creo que entonces tenía alguna convicción de sus pecados y de la paga que se les debe.
ESPERANZA — Así era, efectivamente. Su casa no distaba más que una legua de la mía, y solía muchas veces venir a mí y con muchas lágrimas; en verdad que me daba lástima, y no perdí del todo mis esperanzas sobre él; pero está visto que no son cristianos todos los que dicen: ¡Señor, Señor!
CRISTIANO — Me dijo una vez que estaba resuelto a ir en peregrinación, como hacemos nosotros ahora; pero de repente tuvo conocimiento con un tal Sálvese-él-mismo, y entonces ya dejó mi amistad.
ESPERANZA — Pues ya que hablamos de él, inquiramos la razón de su repentina apostasía y de la de otros como él.
CRISTIANO — Nos podrá servir de mucho provecho; pero ahora empieza tú.
ESPERANZA — Pues bien; en mi juicio hay cuatro razones a ella:
1ª, Aunque están despiertas las conciencias de tales hombres, sin embargo, sus corazones no se han cambiado; eso, cuando se amortigua la fuerza de la culpa, acaba también lo que les inducía a ser religiosos, y, naturalmente vuelven otra vez a sus antiguos caminos, así como vemos que el perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a volcarse en el cieno. Como he dicho, éstos buscan ávidos el cielo, sólo a causa de su aprensión y temores de tormentos del infierno, y una vez entibiada y resfriada la aprensión del infierno y su temor de la condenación, se entibian y resfrían también sus deseos del cielo y de la salvación, y por esto cuando han pasado su culpa y temor, acaban también sus deseos y vuelven a sus caminos.
2ª, Otra razón es que sus temores son serviles, es decir no son éstos temores de Dios, sino temores de los hombres, y “el temor del hambre pondrá lazo”. Así aunque aparecen muy ávidos del cielo, mientras sienten las llamas del infierno alrededor de ellos; sin embargo, cuando ese terror ha pasado un poco, ya les vienen otros pensamientos, como son, que es bueno ser prudente y no arriesgar por lo que no saben la pérdida de todo, o a lo menos, que no es bueno meterse en inevitables e innecesarias aflicciones, y así vuelven a hacer sus paces otra vez con el mundo.
3ª, También suele ser tropezadero en su camino la vergüenza que suele acompañar a la religión; son orgullosos y altivos, y la religión, a sus ojos, es baja y despreciable; por esto, una vez perdido su sentido del infierno y de la ira venidera, vuelven a su antiguo modo de vivir.
4ª, Les parece son muy gravosos la culpa y el pensar con terror en ella; no les gusta contemplar sus miserias antes de tiempo; porque aunque tal vez la primera consideración de esto les haría refugiarse donde se refugian los justos, y donde estuviesen seguros, sin embargo, como rehuyen esos pensamientos de la culpa y del terror, una vez que ya se han hecho insensibles a sus convicciones y al temor de la ira de Dios, endurecen voluntariamente sus corazones, y escogen precisamente los caminos que contribuyen más a este endurecimiento.
CRISTIANO — Creo que vas bastante acertado, porque el fundamento de todo es la falta de un cambio en su corazón y voluntad, y por eso son semejantes al reo cuando está delante del juez se estremece y tiembla, y parece arrepentirse de todo corazón; pero la causa de todo esto es el temor que tiene de la horca y no el odio al delito; dejad si no a tal hombre en libertad, y seguirá siendo un ladrón y un malvado como antes, mientras que si hubiera cambiado su corazón, hubiera cambiado también su conducta.
ESPERANZA — Ya que yo te he mostrado las razones de la apostasía de éstos, muéstrame tú ahora la manera de ella.
CRISTIANO — Voy a hacerlo de buena voluntad:
1°, Apartan sus pensamientos todo lo posible de la meditación y el recuerdo de Dios, de la muerte y del juicio venidero.
2°, Abandonan poco a poco, y por grados, sus deberes privados, como la oración secreta, el refrenamiento de sus concupiscencias, la vigilancia sobre si mismos, el dolor de pecados y otros semejantes.
3°, Luego huyen de la compañía de los cristianos fervorosos y entusiastas.
4º, Se van enfriando en cuanto a los deberes públicos, como la lectura y predicación de la palabra, trato piadoso con otros cristianos, etc.
5º, Ya empieza a gustarles cortar sayos, como se dice, (criticar) a las personas piadosas, y esto de una manera infernal, para tener una excusa aparente para echar fuera la religión, con el pretexto de algunas debilidades que han descubierto en los que la profesan.
6º, Después vienen a adherirse y asociarse con hombres carnales, licenciosos y livianos.
7º, Luego se entregan secretamente a conversaciones carnales y livianas, alegrándose de ver cosas semejantes en algunos que son tenidos por honrados, para disfrazarse con ellos y poder hacerlo más atrevidamente.
8°, Por fin empiezan a jugar abiertamente con los pecadillos, llamándolos cosa de poca entidad; y
9º, Endureciéndose de esta manera se manifiestan enteramente como son. Así, habiéndose lanzado en el abismo de la miseria, si un milagro de la gracia no lo previene, perecen para siempre en sus propios engaños.
El PROGRESO DEL PEREGRINO ( CAPITULO 18 )
El PROGRESO DEL PEREGRINO ( CAPITULO 18 )
Por JUAN BUNYAN
CAPITULO 18
Los peregrinos se encuentran con Ateo, a quien resisten con las enseñanzas de la Biblia. Pasan por Tierra-encantada, figura de la corrupción de este mundo en tiempos de sosiego y prosperidad. Medios con que se libraron de ella: vigilancia, meditación y oración.
Poco trecho habían andado en su camino, cuando percibieron a uno que avanzaba solo, con paso suave y al encuentro de ellos. Dijo entonces:
CRISTIANO — Ahí veo uno que viene a encontrarnos con sus espaldas vueltas a la ciudad de Sión.
ESPERANZA — Sí, le veo. Estemos apercibidos por si es otro adulador.
Habiendo llegado ya a ellos Ateo (tal era su nombre), preguntó adonde se dirigían.
CRISTIANO — Al monte Sión.
Entonces Ateo soltó una carcajada estrepitosa.
CRISTIANO — ¿Por qué se ríe usted?
ATEO. — Me río al ver lo ignorantes que sois en emprender un viaje tan molesto, cuando la única recompensa segura con que podéis contar es vuestro trabajo y molestia en el viaje.
CRISTIANO — Pero, ¿le parece a usted que no nos recibirán allí?
ATEO. — ¿Recibir…? ¿Dónde? ¿Hay en este mundo; lugar que soñáis?
CRISTIANO — Pero lo hay en el mundo venidero.
ATEO. — Cuando yo estaba en casa, en mi propio país, oí algo de eso que decís, y salí en su busca, y hace veinte años que lo vengo buscando, sin haberlo encontrado jamás.
CRISTIANO — Nosotros hemos oído y creemos que lo hay y se puede hallar.
ATEO. — Si yo no lo hubiese creído cuando estaba en casa, no hubiera ido tan lejos a buscarlo; pero no hallándolo (y a existir tal lugar, seguramente lo hubiera encontrado, porque lo he buscado más que vosotros), me vuelvo a mi casa, y trataré de consolarme con las cosas que en aquel entonces rechacé por la esperanza de lo que ahora creo que no existe.
CRISTIANO — (Dirigiéndose a Esperanza.)— ¿Será verdad lo que este hombre dice?
ESPERANZA — Mucho cuidado; este es otro adulador; acuérdate de lo que ya una vez nos ha costado el prestar oído a tal clase de hombres. Pues que, ¿no hay ningún monte Sión? ¿No hemos visto desde las montañas de Delicias la puerta de la ciudad? Además, ¿no hemos de andar por la fe?. Vamos, vamos, no sea que nos venga otra vez el del látigo. No olvidemos aquella importante lección, que tú debieras recordar: “Cesa, hijo mío, de oír la enseñanza que induce a divagar de las razones de sabiduría”. Deja de escucharla, y creamos para la salvación de nuestras almas.
CRISTIANO — Hermano mío, no te propuse la cuestión porque dudara de la verdad de nuestra creencia, sino para probarte y sacar de ti una prenda de la sinceridad de tu corazón. En cuanto a este hombre, bien sé yo que está cegado por el dios de este siglo. Sigamos tú y yo, sabiendo que tenemos la creencia de la verdad, en la cual ninguna mentira tiene parte.
ESPERANZA — Ahora me regocijo en la esperanza de la gloria de Dios.
Y se retiraron de aquel hombre, y él, riéndose de ellos, prosiguió su camino.
Entonces vi en mi sueño que siguieron hasta llegar a cierto país, cuyo ambiente naturalmente hace soñolientos a los extranjeros. Esperanza empezó, en efecto, a ponerse muy pesado y con mucho sueño, por lo cual dijo:
ESPERANZA — Voy teniendo tanto sueño que apenas puedo tener abiertos más los ojos; echémonos aquí un poco, y durmamos.
CRISTIANO — De ninguna manera; no sea que si nos dormimos no volvamos a despertar.
ESPERANZA — ¿Y por qué? Hermano mío, el sueño es dulce al trabajador; si dormimos un poco nos levantaremos descansados.
CRISTIANO — ¿No te acuerdas que uno de los Pastores nos mandó cuidarnos de Tierra-encantada? Con eso quiso decirnos que nos guardásemos de dormir. Por tanto, no durmamos como los demás; antes velemos y seamos sobrios.
ESPERANZA — Reconozco mi error, y si hubiera estado aquí o, hubiera corrido peligro de muerte, y veo que es verdad lo que dice el sabio: “Mejores son dos que uno”. Hasta aquí tu compañía ha sido un bien para mí, y ya tendrás una buena recompensa por tu trabajo.
CRISTIANO — Para guardarnos, pues, de dormitar en este lugar, empecemos un buen discurso.
ESPERANZA — Con todo mi corazón.
CRISTIANO — ¿Por dónde empezaremos?
ESPERANZA — Por donde empezó Dios con nosotros; pero ten tú la bondad de dar principio.
CRISTIANO — Voy, pues, a hacerte una pregunta: ¿Cómo pasaste a pensar en hacer lo que estás haciendo ahora?
ESPERANZA — ¿Quieres decir que cómo llegué a pensar en ocuparme del bien de mi alma?
CRISTIANO — Sí, ese es mi sentido.
ESPERANZA — Hacía ya mucho tiempo que yo me deleitaba del goce de las cosas que se veían y vendían en nuestra en nuestra feria. Cosas que, según creo ahora, me hubieran sumido en la perdición y destrucción a haber seguido practicándolas.
CRISTIANO — ¿Qué cosas eran?
ESPERANZA — Pues eran los tesoros y riquezas de este mundo. También me gozaba mucho en el bullicio, la embriaguez, la maledicencia, la mentira, la lujuria, la infracción del día del Señor y qué sé yo cuántas cosas más, que todas tendían a la destrucción de mi alma. Pero, por fin, oyendo y considerando las cosas divinas que oí de tu boca y de nuestro querido Fiel, muerto por su fe y buena vida en la feria de Vanidad, hallé que el fin de estas cosas es muerte. Y que por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia.
CRISTIANO — ¿Y caíste desde luego bajo el poder de esa convicción?
ESPERANZA — No, no quise desde luego reconocer la maldad del pecado ni la condenación que le sigue; antes procuré, cuando mi mente empezaba a estar conmovida con la palabra, cerrar mis ojos a su luz.
CRISTIANO — ¿Pero por qué así resistías a los primeros esfuerzos del Espíritu bendito de Dios?
ESPERANZA — Las causas fueron: 1°, no sabía que aquella era la obra de Dios en mí. Nunca pensé que era la convicción de pecado por donde Dios empieza la conversión de un pecador; 2°, todavía era muy dulce el pecado a mi carne, y sentía mucho tener que abandonarlo; 3°, no acerté a despedirme de mis antiguos compañeros, cuya presencia y acciones me eran tan gustosas; 4°, eran tan molestas y terroríficas las horas en que sufría por estas convicciones, que mi corazón no podía soportar ni aun su recuerdo.
CRISTIANO — ¿Es decir, que algunas veces te pudiste desembarazar de tu molestia?
ESPERANZA — Ciertamente, pero nunca no del todo; así que volvía otra vez a estar tan mal y peor que antes.
CRISTIANO — ¿Qué era lo que te traía una y otra vez los pecados a la memoria?
ESPERANZA — Muchas cosas: por ejemplo, el encontrar simplemente a un hombre bueno en la calle; el oír alguna lectura de la Biblia; el simple tener un dolor de cabeza; el que algún vecino estaba enfermo o el oír tocar la campana a muerto; el mismo pensamiento de la muerte; el oír referir o presenciar una muerte repentina; pero, sobre todo, el pensar en mi propio estado y que muy pronto iba a comparecer a juicio.
CRISTIANO — ¿Y pudiste alguna vez sentir alivio del peso de tu pecado, cuando de alguno de estos modos se te hacía presente?
ESPERANZA — Al contrario, entonces tomaba más firme posesión de mi conciencia, y el solo pensar en volver al pecado (aunque mi corazón estaba vuelto contra él) era doble tormento para mí.
CRISTIANO — ¿Y cómo te arreglabas para ello?
ESPERANZA — Pensaba en que debía hacer esfuerzos para enmendar mi vida, porque de otra manera era segura mi condenación.
CRISTIANO — ¿Y lo hiciste?
ESPERANZA — Sí, y rehuía no sólo de mis pecados, sino también de mis compañeros de pecado, y me ocupaba en pláticas religiosas, como orar, leer, llorar por mis pecados, hablar la verdad a mis vecinos, etc. Tales cosas hacía y muchas más que sería prolijo y difícil enumerar.
CRISTIANO — ¿Y te creías ya bueno con eso?
ESPERANZA — Sí, por un poco de tiempo; más muy pronto volvía a abrumarme mi aflicción, y eso a pesar de todas las reformas.
CRISTIANO — Pero ¿cómo así, estando reformado?
ESPERANZA — Varias eran las causas para ello. Yo recordaba palabras como estas: “todas nuestras justicias son y trapo de inmundicia”; “por las obras de la ley, ninguna una carne será justificada”; “cuando hubiereis hecho todas estas cosas decid: siervos inútiles somos”, otras muchas por este estilo. Tales palabras me hacían andar así: Si todas mis justicias son trapos de inmundicia; si por las obras de la ley nadie puede ser justificado y si cuando lo hayamos hecho todo aún somos inútiles es necedad pensar en llegar al cielo por la ley. Además, anduve así: Si un hombre adquirió una deuda de mil pesos con un comerciante, aunque después pague al contado todo lo que lleve, sin embargo, su antigua deuda queda en pie y sin borrar en el libro, y cualquier día el comerciante podrá perseguirle por ella y echarle a la cárcel hasta que la pague.
CRISTIANO — ¿Y cómo aplicaste esto a tu propio caso?
ESPERANZA — Pensé de la manera siguiente: Por mis pecados he adquirido una gran deuda con Dios, y mi reforma presente no podrá liquidar aquella deuda; así que, aun en medio de todas mis enmiendas, tengo que pensar en el cómo me he de librar de esa condenación en que incurrí por mis transgresiones anteriores.
CRISTIANO — Es mucha verdad. Sigue, sigue.
ESPERANZA — Otra de las cosas que más me sigue molestando desde mi reciente reforma es la siguiente: que si me pongo a examinar minuciosamente aun mis mejores acciones, siempre puedo ver en ellas pecado, nuevo pecado mezclándose con todo lo mejor que pueda hacer; de manera que me veo obligado a suponer que, a pesar dé mis anteriores vanas ideas de mí mismo y de mis deberes, cometo en un día pecado bastante para hundirme en el infierno, aunque mi vida anterior hubiese sido intachable.
CRISTIANO — ¿Y qué hiciste después de estos pensamientos?
ESPERANZA — ¿Qué hice? Yo no sabía qué hacer hasta que abrí mi corazón a Fiel, porque él y yo nos conocíamos mucho, y me dijo que sólo con la justicia de un hombre que nunca hubiese pecado, yo podía salvarme; ni mi propia ni la de todo el mundo era bastante para ello.
CRISTIANO — ¿Y te pareció eso verdad?
ESPERANZA — Si me lo hubiera dicho cuando estaba tan contento y satisfecho de mis propias reformas, le hubiera llamado necio; pero ahora que veo mi propia debilidad y el pecado mezclado en mis mejores acciones, me he visto obligado a ser de su opinión.
CRISTIANO — Pero cuando él te hizo por primera vez esta indicación, ¿te parecía posible encontrar un hombre tal, de quien se pudiera decir que nunca había pecado?
ESPERANZA — Tengo que confesar que sus palabras en un principio me parecieron muy extrañas; pero después de más conversación y más trato con él, me convencí realmente de ello.
CRISTIANO — ¿Y le preguntaste quién era ese hombre, y como habías de ser justificado por él?
ESPERANZA — Ah, sí; y me dijo: “es el Señor Jesús que está a la diestra del Altísimo.” Y añadió: “has de ser justificado por El de esta manera, confiándote en lo que El por sí mismo hizo en los días de su carne y lo que sufrió cuando fue colgado en el madero”. Le pregunté, además, cómo podía ser que la justicia de aquel hombre pudiese tener tal eficacia que justificase a otro delante de Dios, y me dijo que aquel era el Dios poderoso, y que lo que hizo y la muerte que padeció no eran para sí mismo, sino para mí, a quien serían imputados sus hechos y todo su valor al creer en él.
CRISTIANO — ¿Y qué hiciste entonces?
ESPERANZA — Hice objeciones contra la fe de esto, porque parecía que el Señor no estaba dispuesto a salvarme.
CRISTIANO — ¿Y qué te dijo Fiel entonces?
ESPERANZA — Me dijo que fuera a él y viera; yo le objeté esto sería en mí, presunción; él me contestó que no, que había sido invitado a ir. En esto me dio un libro que Jesús había dictado, para animarme a acudir con más libertad, añadiendo que cada jota y tilde en él estaba más firmes que el cielo y la tierra. Entonces le pregunté qué era lo que debía hacer para acercarme a El; y me enseñó que debía invocarle de rodillas, debía implorar con todo mi corazón y mi alma al Padre a que revelase a su Hijo en mí. Volví a preguntar acerca del cómo debía hacerle mis plegarias, y me dijo: Vete y le hallarás sentado sobre un propiciatorio, donde permanece siempre para dar perdón y remisión a los que se le acercan”. Le manifesté que no sabría qué decir cuando me presentaste a El, y me recomendó que le dijese palabras como éstas: “Dios, sé propicio a mí pecador”, y “Hazme conocer y creer en Jesucristo, porque reconozco que si no hubiera existido su justicia o si no tuviera yo fe en ella, estaría del todo perdido”. “Señor, he oído que eres un Dios misericordioso, y que has puesto a tu Hijo Jesucristo como Salvador del mundo, y que estás dispuesto a concedérselo a un pobrecito pecador como yo, y en verdad que soy pecador. Señor, manifiéstate en esta ocasión y ensalza tu gracia en la salvación de mi alma mediante tu Hijo Jesucristo. Amén.”
CRISTIANO — ¿Y lo hiciste así?
ESPERANZA — Sí; una y mil veces.
CRISTIANO — ¿Y el Padre te reveló a su Hijo?
ESPERANZA — No; ni la primera, ni la segunda, ni la tercera, ni la cuarta, ni la quinta, ni aun la sexta vez.
CRISTIANO — ¿Y qué hiciste al ver esto?
ESPERANZA — No sabía qué hacer.
CRISTIANO — ¿No estuviste tentado a abandonar la oración?
ESPERANZA — Sí; doscientas veces.
CRISTIANO — ¿Y cómo es que no lo hiciste?
ESPERANZA — Porque creía que era verdad lo que me había dicho, a saber: que sin la justicia de este Cristo, ni todo el mundo sería poderoso para salvarme, y, por tanto, discurría así conmigo mismo: Si lo dejo, me muero, y de todos modos quiero más morir al pie del trono de la gracia. Además, me vinieron a la memoria estas palabras: “Aunque se tardare, espéralo, que sin duda vendrá; no tardará”. Así, seguí orando hasta que el Padre me revelase a su Hijo.
CRISTIANO — ¿Y cómo te fue revelado?
ESPERANZA — No le vi con los ojos del cuerpo, sino con los del entendimiento. Y fue de esta manera: Un día estaba tristísimo, más triste, según me parece, que jamás había estado en mi vida, siendo causada esta tristeza por una nueva revelación de la magnitud y vileza de mis pecados, y cuando yo no esperaba otra cosa que el infierno, la eterna condenación de mi alma, de repente me pareció ver al Señor Jesús mirándome desde el cielo, y diciéndome: “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo”.
Pero —contesté—, Señor, soy un pecador grande, muy grande”. Y me respondió: “Bástate mi gracia”. Volví a decirle: “Pero, Señor, ¿qué cosa es creer?” Y vi por aquel dicho: “El que a mí viene nunca tendrá hambre y el que en mí cree, no tendrá sed jamás, que el creer y el venir era todo una misma cosa, y que aquél que; es decir, que corre en su corazón y afectos tras la salvación por Cristo, aquél, en realidad, cree en Cristo. Entonces vinieron las lágrimas a mis ojos y seguí preguntando. “Pero, Señor, ¿puede, en verdad, un pecador tan grande como yo ser aceptado de ti y salvo por ti?” Y le oí decir: “Al que a mí viene no le echo fuera”. Y dije “Pero, Señor, ¿cómo he de pensar de ti, al venir a ti para que mi fe esté bien puesta en ti?” Y me dijo: “Jesucristo vino al mundo por salvar a los pecadores”. El es el fin de la ley para justicia a todo aquel que. “El fue entregado por nuestros delitos y resucitado para nuestra justificación”. “Nos amó, y nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre”. “El es el mediador entre Dios y nosotros”. “El vive siempre para interceder por nosotros”. De todo lo cual colegí que buscar mi justificación en su persona, y la satisfacción de mis pecados en su sangre; que lo que hacía El, obedeciendo a la ley de su Padre y sometiéndose a la pena de ella, no era para sí mismo, sino para aquel que lo quiere aceptar para su salvación y que es agradecido; y entonces mi corazón se llenó de gozo, mis ojos de lágrimas y mis afectos rebosando de amor al nombre, al pueblo y a los caminos de Jesucristo.
CRISTIANO — Esta era, en verdad, revelación de Cristo a tu alma, pero especifícame los efectos que produjo en tu espíritu.
ESPERANZA — Me hizo ver que todo el mundo, a pesar de toda su propia justicia, está en estado de condenación; que Dios el Padre, aunque es justo, puede con justicia justificar al pecador que viene a El; me hizo ponerme grandemente avergonzado de mi vida anterior, y me humilló, haciéndome conocer y sentir mi propia ignorancia, porque hasta entonces no había venido un solo pensamiento a mi corazón que de tal manera me hubiese revelado la hermosura de Jesucristo; me hizo desear una vida santa, y anhelar el hacer algo para la honra y gloria del nombre del Señor Jesús; hasta me pareció que si tuviera ahora mil vidas, estaría dispuesto a perderlas todas por la causa del Señor Jesús.
El PROGRESO DEL PEREGRINO ( CAPITULO 17 )
El PROGRESO DEL PEREGRINO ( CAPITULO 17 )
Por JUAN BUNYAN
CAPITULO 17
Conversación con Ignorancia; situación terrible de Vuelve-atrás; robo de Poca-Fe; Cristiano y Esperanza, por no consultar la nota del camino que se les ha dado, caen en la red de Adulador.
Volví de nuevo a dormir y a soñar, y vi a los dos peregrinos bajando la montaña por el camino que llevaba a la ciudad.
Pero más abajo de las montañas hay un país que se llama de las Ideas fantásticas, del cual sale al camino por donde iban los peregrinos, una sendita tortuosa. Aquí, pues, encontraron a un joven atolondrado que venía del dicho país; se llamaba Ignorancia. Preguntado por Cristiano de qué parte venia y adonde se dirigía, respondió:
IGNORANCIA. — Nací en aquel país de la izquierda, y voy a la Ciudad Celestial.
CRISTIANO — Pero, ¿cómo cree usted que va a entrar? Por que es posible que a la puerta encuentre usted alguna dificultad.
IGNOR. — Como entran otras buenas gentes.
CRISTIANO — Pero, ¿qué puede usted presentar para que le franqueen la entrada?
IGNOR. — Conozco bien la voluntad de mi Señor, y he vivido bien; doy a cada uno lo suyo, oro, ayuno, pago diezmos y doy limosnas, y he abandonado mi propio país para dirigirme a otro.
CRISTIANO — Pero no has entrado por la portezuela que está al principio de este camino; te has colado por esa senda tortuosa, y así me temo que por más que pienses bien de ti mismo, en el día de la cuenta encontrarás que, en vez de darte entrada a la ciudad, te acusarán de ser ladrón y robador.
IGNOR. — Caballeros, sois enteramente extraños para mi; no os conozco; seguid en buena hora vosotros la religión de vuestro país, yo seguiré la del mío, y espero que todo saldrá bien. En cuanto a la puerta de que me habláis, todo el mundo sabe que está muy distante de nuestro país, no creo haya uno siquiera en todo él país que conozca el camino de ella, ni eso debe importarnos tampoco, pues tenemos, como veis, una agradable y fresca vereda que nos trae a este camino.
Al ver Cristiano a este hombre, que así se tenia por sabio en su propia opinión, dijo en voz baja a Esperanza: Más esperanza hay del necio que de él.— Y añadió: Mientras va el necio por su camino, fáltale la cordura, dice a todos, Necio es. ¿Qué te parece, seguiremos hablando con él, o nos adelantamos por de pronto y le dejamos para que medite sobre lo que acaba de oír, y luego le podremos aguardar, para ver si poco a poco es posible hacerle algún bien?—Contestóle Esperanza: — Soy de tu mismo parecer: no es bueno decírselo todo de una vez; dejémosle solo por ahora, y luego volveremos a hablarle, según nos brinde la ocasión.
Adelantáronse, pues, e Ignorancia siguió un poco más atrás. No estaban aún muy delante, cuando entraron en un paso muy estrecho y oscuro, donde encontraron a un hombre a quien habían atado siete demonios con siete fuertes cuerdas, y le volvían otra vez al postigo que los peregrinos habían visto en la falda del collado.
Un gran temblor se apoderó de nuestros peregrinos al oír esto. Sin embargo, según los demonios iban llevando al hombre, Cristiano le miró con atención para ver si le conocía, porque se le ocurrió que podía ser un tal Vuelve-atrás, que vivía en la ciudad Apostasía; pero no pudo ver su cara, porque la llevaba baja como un ladrón que acaba de ser sorprendido; pero cuando hubo pasado mirando hacia atrás, Esperanza distinguió un papel en sus espaldas con este letrero: “Cristiano licencioso y maldito apóstata.” Entonces Cristiano dijo a su compañero: Ahora quiero recordar una cosa que me contaron de un buen hombre en estos sitios. Se llamaba Poca-Fe, pero era hombre muy respetable y vivía en la ciudad llamada Sinceridad, y le sucedió lo siguiente: Cerca de la entrada de este paso estrecho, bajo de la puerta del camino ancho, hay una senda llamada Vereda-de-los-muertos, y se llama así por los muchos asesinatos que en ella ocurren. Ahora bien; este Poca-Fe, estando en su peregrinación, como nosotros ahora, se sentó casualmente aquí y se echó a dormir. Sucedió entonces que venían vereda abajo desde la puerta del camino ancho tres villanos de brío: Cobardía, Desconfianza y Culpa, todos tres hermanos, y descubriendo a Poca-Fe donde yacía dormido, se acercaron a él a todo correr. Entonces ya había despertado de su sueño y se estaba preparando para continuar su viaje.
Habiendo, pues, llegado los tres, con lenguaje amenazador le mandaron detenerse. Poca-Fe se puso en extremo pálido, y no tuvo fuerzas ni para luchar ni para huir. En esto dijo Cobardía: —Entrega tu bolsa— y no dándose prisa a hacerlo (porque le dolía perder su dinero), corrió hacia él Desconfianza, y metiendo la mano en su ‘bolsillo, sacó de él una bolsita llena de plata. Poca-Fe gritó a toda voz: — ¡Que me roban, que me roban!— En este momento, Culpa, que tenía un formidable garrote en su mano, descargó tal golpe en su cabeza que le tendió en el suelo, donde yacía echando sangre a torrentes. Entretanto los ladrones estaban alrededor de él; pero oyendo de repente pasos que se acercaban, y temiendo que fuese un tal Gran Gracia, que vive en la ciudad de Buena-Esperanza, huyeron a toda prisa y dejaron a este buen hombre abandonado a sí mismo. Al poco rato volvió en sí Poca-Fe, y levantándose como pudo, siguió su camino; esto es lo que me han contado.
ESPERANZA — ¿Pero le quitaron todo lo que tenía?
CRISTIANO — No; precisamente se les escapó registrar el lugar donde tenía escondidas sus alhajas, pero según me contaron, el buen hombre sintió mucho su pérdida, porque los ladrones le llevaron casi todo el dinero que tenía para sus gastos ordinarios. Aún le quedaban, es verdad, algunas monedas sueltas; pero apenas le alcanzaban para llegar al fin de su viaje. Más me contaron, si no estoy mal informado: que se vio obligado a mendigar, según viajaba, para poder vivir, porque no le era permitido vender sus alhajas. Pero mendigando y todo, adelantaba en su camino, si bien casi la mayor parte con el vientre vacío.
ESPERANZA — Pero es extraño que no le arrebataron su pergamino, con el cual debía tener entrada por la puerta Celestial.
CRISTIANO — Extraño es, en verdad, pero no se lo quitaron, aunque no fue esto debido a su habilidad, porque el pobre, atemorizado al verlos sobre sí, ni tenía poder ni habilidad para ocultar cosa alguna; fue más bien por la buena providencia que por sus propios esfuerzos el que se les escapase esa gran prenda.
ESPERANZA — Gran consuelo debió ser para él el que no le arrancasen esa joya.
CRISTIANO — Pudiera haberle sido gran consuelo si se hubiera aprovechado de ella como debía; pero los que me contaron la historia dijeron que había hecho muy poco uso de ella en todo lo que le quedaba de camino, a causa del gran susto que recibió cuando le quitaron su dinero. Se olvidó de ella durante la mayor parte de su viaje, y si alguna vez volvía a su memoria y empezaba a consolarse con ella, entonces nuevos recuerdos de su pérdida le abrumaban, quitándole toda su paz.
ESPERANZA — ¡Pobre! Debió ser muy grande su aflicción.
CRISTIANO — ¿Aflicción? Ya lo creo. ¿No lo hubiera sido también para cualquiera de nosotros el haber sido tratado como él, robado y además herido, y todo en un lugar extraño? Lo raro es que el pobre no muriera. Me contaron que iba sembrando todo su camino con amargas y dolorosas quejas, contando a todos los que le alcanzaban, o a quienes él alcanzaba, el cómo había sido robado y dónde; quiénes habían sido los que lo hirieron y cuánto había perdido, cómo había sido herido y cómo a duras penas había escapado con vida.
ESPERANZA — Pero me extraña una cosa: que no le ocurriese la idea de empeñar alguna de sus alhajas para tener con qué aliviarse en su camino.
CRISTIANO — Hablas como quien ha salido apenas del cascarón ¿por cuánto y a quién había de empeñarlas o venderlas? En el país donde fue robado no se apreciaban en nada sus joyas, ni tampoco le hubiera venido bien cualquier alivio que pudiera haber encontrado en aquel país. Sobre todo, si le hubieran faltado sus joyas a la puerta de la Ciudad Celestial, hubiera sido excluido (y eso lo sabía muy bien) de la herencia que allí hay, y eso le hubiera sido peor que la villanía de millares de ladrones.
ESPERANZA — Vamos, que contestas con mucha aspereza a mis observaciones. No seas conmigo tan agrio, y óyeme: Esaú vendió su primogenitura, y eso por una vianda, y esa primogenitura era su joya más preciosa, y si él lo hizo, ¿por qué no lo podía hacer también Poca-Fe?
CRISTIANO — Efectivamente, Esaú vendió su primogenitura, y a semejanza de él lo han hecho muchos otros, que por hacerlo han perdido la bendición mayor, como le pasó a aquel miserable; pero has de hacer diferencia entre Esaú y Poca-Fe, como también entre las circunstancias de uno y otro. La primogenitura de Esaú era típica, pero no así las joyas de Poca-Fe; Esaú no tenía más Dios que su vientre, pero no sucedió así con Poca-Fe; la necesidad de Esaú estaba en su apetito carnal; la de Poca-Fe no era de este género. Además, Esaú no pudo ver más allá que el satisfacer su apetito: “He aquí—dijo—yo me voy a morir; ¿para qué, pues, me servirá la primogenitura?”. Pero Poca-Fe, aunque era su suerte tener tan poca fe, precisamente por ese poquito fue por lo que se detuvo de tales extravagancias, y ¡pudo ver y apreciar sus joyas mejor que venderlas, como hizo Esaú con su primogenitura. En ninguna parte leerás que Esaú tuviera fe, ni siquiera un poquito; por lo mismo, no hay que extrañar que donde impera solamente la carne (y esto pasa siempre en el hombre que no tiene fe para resistir), venda su primogenitura y su alma y su todo al mismo demonio, porque sucede con los tales como con el asno montes a quien “en su ocasión nadie podía detener”. Cuando sus corazones están puestos en sus concupiscencias, las han de satisfacer, cueste lo que cueste; pero Poca-Fe era de un temperamento muy diferente: su corazón estaba puesto en las cosas divinas, su alimento era de cosas espirituales y de arriba; por tanto, ¿a qué vender sus joyas, dado caso que hubiera habido quien las comprase, para llenar su corazón con cosas vanas? ¿Dará un hombre dinero para poder llenar su vientre de paja, o se podrá persuadir a la tórtola a que se alimente de carne podrida como el cuervo? Aunque los infieles, para servir a sus concupiscencias carnales, hipotequen o empeñen o vendan lo que tienen, y a sí mismos por añadidura, sin embargo, los que tienen fe, la fe que salva, aunque sólo un poquito, no pueden hacer esto. Aquí, pues, hermano mío, tienes tu equivocación.
ESPERANZA — La reconozco, pero tu severa reflexión casi le había enfadado.
CRISTIANO — ¿Por qué? No hice más que compararte a una de esas avecillas más briosas que echan a correr por sus caminos, conocidos o sin conocer, llevando todavía el cascarón; pero vaya, pasa por alto aquello, y vamos a considerar el asunto que estamos discutiendo, y todo estará bien.
ESPERANZA — Yo, Cristiano mío, estoy persuadido en mi corazón que esos tres bribones fueron muy cobardes; de otro modo, ¿hubieran huido al ruido de uno que se aceraba? ¿Por qué no se armó de más valor Poca-Fe? Me parece que debiera haber arriesgado un combate con ellos, y sólo haber cedido cuando ya no hubiese otro remedio.
CRISTIANO — Que sean cobardes, muchos lo han afirmado; pero que lo sean de veras, pocos lo han encontrado así en la hora de la prueba. En cuanto a corazón, no lo tenía “Poca-Fe”; y por lo que dices, entiendo que tú arriesgarías sólo un ligero combate, y muy luego cederías. Y en verdad, si ahora que están distantes de nosotros es ese tu ánimo, en el caso de que se te presentasen como a él, me temo que serían muy otros tus pensamientos.
Pero considera también que éstos no eran sino ladrones subalternos, que sirven al rey del abismo insondable, el cual, a ser necesario, vendría en su ayuda, y la voz de éste es como la de un león rugiente. Yo mismo he sido acometido como Poca-Fe, y probé por mí mismo cuan terrible es. Los tres bribones me acometieron, y habiendo empezado yo a resistir, como buen cristiano, dieron una pequeña voz, y al instante su amo se personó. Y como dice el refrán, no hubiera dado dos cuartos por mi vida, si no hubiera sido porque me veía vestido, según Dios quería, de armadura de prueba; y aun vestido así, apenas puede salirse airoso. Nadie puede decir lo que le pasará en tal combate, sino el que ha pasado por él.
ESPERANZA — Es verdad, pero echaron a correr, a la simple suposición de que Gran-Gracia se acercaba.
CRISTIANO — Cierto, tanto ellos como su dueño han huido muchas veces con sólo que Gran-Gracia se haya presentado, y no debe extrañarse, porque él es campeón real; pero me parece que debes admitir alguna diferencia entre Poca-Fe y el campeón del rey; no son campeones todos los súbditos del rey, y, por tanto, no todos pueden en la prueba hacer hazañas como él. ¿Es dable pensar que un niñito venciese a Goliat como lo hizo David, o que haya en una avecilla la fuerza de un toro? Unos son fuertes, otros son débiles; unos tienen mucha fe, otros poca; este buen hombre era de los débiles, y por eso cedió.
ESPERANZA — Ojalá hubiera sido Gran-Gracia, para bien de ellos.
CRISTIANO — Voy a decirte una cosa: el mismo Gran-Gracia hubiera tenido bastante que hacer; porque has de saber que aunque maneja muy bien las armas, y los tiene a raya cuando le atacan a cierta distancia, sin embargo, si lo hacen de cerca, es decir, si Cobardía, Desconfianza o el otro logran entrar en él, poco han de poder para no echarle a tierra. Y una vez en tierra un hombre, sabes bien cuan poco puede.
Cualquiera que mire el rostro de Gran-Gracia verá en él cicatrices y heridas que se encargan de demostrar lo que digo. Aún más. He oído decir que en un combate llegó hasta decir: “Desesperamos aun de la vida.” ¡Cuánto hicieron gemir, lamentar y aun gritar a David estos bribones! También Hemán y Exequias, aunque campeones en su tiempo, necesitaron grandes esfuerzos al ser asaltados por ellos, y pasaron muy malos ratos. Una vez Pedro quiso probar lo que podía, y aunque algunos dicen el es príncipe de los Apóstoles, le subyugaron de tal manera, que le hizo temer una pobre muchacha.
Además, el rey de ellos está siempre a la mano, donde pueda oírlos, y si alguna vez les va mal, y le es posible, viene al instante en su ayuda. De él se ha dicho: “Cuando alguno lo alcanzare, ni espada, ni lanza, ni dardo, ni coselete durará contra él. El hierro estima por paja y el acero por leño podrido. Saeta no le hace huir; las piedras de honda se le tornan aristas. Tiene toda arma por hojarascas, y del blandir de la pica se burla”. ¿Qué puede hacer un hombre en tal caso? Verdad es que si pudiera un hombre tener en todas ocasiones el caballo de Job, y habilidad y valor para manejarle, haría cosas estupendas, porque “su cerviz está vestida de relincho, no se intimará como alguna langosta; el resoplido de su nariz es formidable; escarba la tierra, alégrase en su fuerza, sale al encuentro de las armas, hace burla al espanto y no teme ni vuelve el rostro delante de la espada; contra él suena la aljaba, el hierro de la lanza y de la pica, y él, con ímpetu y furor, escarba la tierra, sin importarle el sonido de la bocina; antes, como que dice entre los clarines, ¡ea!, y desde lejos huele la batalla, el grito de los capitanes y el vocerío”.
Pero peones corno tú y yo nunca debemos desear el encontrarnos con tal enemigo, ni gloriarnos de que podamos hacerlo mejor, cuando oímos hablar de otros que han sido vencidos, ni engañarnos con la ilusión de nuestra propia fuerza; porque los que así hacen, por lo regular, salen peores de la prueba; testigo, Pedro, de quien he hablado antes. Quería vanagloriarse, sí; quería, según le movía a decir su vano corazón, hacer más y defender más a su Maestro que todos los otros; pero, ¿quién tan humillado y corrido por estos bribones, como él? Cuando, pues, oímos de la ocurrencia de tales latrocinios en el camino real, nos conviene hacer dos cosas:
Salir armados y no olvidar el escudo, porque, por falta de éste, aquél que atacó tan impávidamente al Leviathan, no (pudo rendirle, porque, cuando nos ve sin escudo, no nos tiene ningún miedo. El que tenía más habilidad que todos ha dicho: “Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno”.
Bueno es también que pidamos al Rey una guardia; más aún: que él mismo nos acompañe. Eso hizo a David estar tan alegre, aun cuando se encontraba en el valle de la Sombra-de-muerte. Y Moisés prefería morir antes que dar un paso más sin su Dios. ¡Oh, hermano mío! Con sólo que nos acompañe, ¿qué hemos de temer de diez mil que se opongan contra nosotros?. Pero sin él los soberbios caerán entre los muertos.
Yo, por mi parte, he estado en la pelea antes de ahora; y aunque por la bondad de Aquél que es el sumo bien, todavía, como ves, estoy vivo; sin embargo, no puedo vanagloriarme de mi valor. Me alegraré mucho de no tener que pasar por tales encuentros, aunque me temo que todavía no estamos fuera de todo peligro. Sin embargo, puesto que ni el león ni el oso me han devorado hasta ahora, espero en Dios que nos libre de cualquier filisteo incircunciso que venga detrás.
En estas pláticas pasaban su camino, e Ignorancia detrás de ellos, hasta que llegaron a un punto adonde confluía otro camino que parecía continuar tan directo como el que ellos llevaban, y no sabían cuál de ambos elegir, que los dos les parecían igualmente derechos. Por tanto se detuvieron para pensar lo que habían de hacer, a tiempo que se reunió con ellos un hombre que tenía su carne muy negra, pero cubierta de un vestido muy claro, les preguntó por qué se detenían allí. —Buscamos—respondieron—la Ciudad Celestial; pero no sabemos cuál de dos caminos escoger. —Seguidme—dijo el hombre—; allá me dirijo yo también—. Siguiéronle, pues, por el camino nuevo, pero éste, gradualmente, se iba torciendo, y hacía volver las espaldas a la ciudad a que deseaban llegar, de tal modo, que pronto vieron que se alejaban de ella sin embargo continuaron andando.
No había pasado mucho tiempo cuando, sin apercibirlo ellos, el hombre los enredó en una red tal, que no sabían cómo salir; al mismo tiempo, caía la ropa blanca de espaldas del hombre negro. Entonces se apercibieron de en dónde estaban, y dieron a llorar por algún rato, que no podían librarse.
CRISTIANO — Ahora veo que hemos caído en un error. ¿No nos aconsejaron los Pastores que nos guardáramos del adulador? Según el dicho del sabio, hemos experimentado hoy que el hombre que lisonjea a su prójimo red tiende delante de sus pasos.
ESPERANZA — También nos dieron una nota de las direcciones del camino, para que pudiéramos estar seguros de estar seguros de acertar con él; pero también nos hemos olvidado de leerla, y por eso no nos hemos preservado de las vías del Destructor. Así estaban los pobres presos en la red, cuando, por fin descubrieron a uno de los Resplandecientes, que venía a ellos con un látigo de pequeñas cuerdas en su mano. Cuando hubo llegado a ellos, les preguntó de dónde venían y qué hacían allí. Dijéronle que eran unos pobres peregrinos que iban caminando hacia Sión, pero que habían sido extraviados por un hombre negro vestido de blanco que los mandó seguirle, porque él también se dirigía allá. Entonces contestó el del látigo: —Ese era Adulador, falso apóstol, transformado en ángel de luz.
En esto rompió la red y dio libertad a los hombres, y les dijo: —Seguidme a mí, yo os pondré otra vez en vuestro camino—. Y de esta manera los volvió al camino que habían abandonado por seguir a Adulador. Contáronle entonces que la noche anterior habían estado en las montañas de las Delicias; que habían recibido de los Pastores una guía para el camino; pero que no la habían sacado ni leído por olvido; y, por último, que aunque habían sido prevenidos contra Adulador, no creyeron que fuese el que habían encontrado.
Entonces vi en mi sueño que les mandó echarse al suelo, y los castigó con severidad para enseñarles el buen camino, que nunca debían haber dejado; y mientras los castigaba les decía: —Yo reprendo y castigo a todos los que amo. Sed, pues, celosos y arrepentíos—. Hecho esto, les mandó proseguir su camino y tener mucho cuidado de obedecer a las demás direcciones de los Pastores, con lo cual ellos le dieron las gracias por tanta bondad, y emprendieron de nuevo su marcha por el camino recto, procurando no olvidar la severa lección que habían recibido, y dando bendiciones al Señor, que había usado con ellos tanta misericordia.
El PROGRESO DEL PEREGRINO ( CAPITULO 16 )
El PROGRESO DEL PEREGRINO ( CAPITULO 16 )
Por JUAN BUNYAN
CAPITULO 16
Los peregrinos son hospedados por los Pastores de las Montañas de Delicias.
Caminando nuestros peregrinos, llegaron por fin a las Montañas de Delicias, propiedad del Señor del Collado, de que nos hemos ocupado ya. Subieron a ellas para contemplar los jardines, viñedos y fuentes de agua; allí también bebieron, se lavaron y comieron libremente del fruto de las viñas. En lo alto de estas montañas había Pastores apacentando sus rebaños; y precisamente estaban entonces a poca distancia del camino. Acercáronse a ellos los peregrinos, y apoyados en sus báculos (como suelen hacer los viajeros cansados, cuando se detienen a hablar con alguien en el camino), les preguntaron de quién eran aquellas Montañas de Delicias y los ganados que en ellas pastaban.
PASTORES. — Estas montañas son del país de Emmanuel, y desde ellas se distingue la Ciudad Celestial; también son suyas las ovejas, por las cuales él puso su vida.
CRISTIANO. — ¿Es este el camino para la Ciudad Celestial?
PAST. — Estáis precisamente en él.
CRISTIANO — ¿Cuánta distancia hay aún hasta allá?
PAST. —Demasiada para los que nunca han de llegar; pero muy poca para los que son perseverantes.
CRISTIANO — ¿Es el camino peligroso o seguro?
PAST. — Seguro para los que debe serlo; pero los transgresores caerán en él.
CRISTIANO — ¿Hay aquí algún alivio para los peregrinos que llegan cansados y desfallecidos del camino?
PAST. — El Señor de estas montañas nos ha encarecido siempre la hospitalidad; por tanto, cuanto bueno hay aquí está a vuestra disposición.
Entonces vi en mi sueño que enterados los Pastores de que aquellos eran peregrinos, les hicieron algunas preguntas sobre su país natal, su entrada en el buen camino, su perseverancia en seguirlo, porque son muy pocos los que llegan en su viaje a estas montañas, y cuando oyeron las satisfactorias respuestas de aquéllos, los agasajaron mucho y les dieron la más cordial bienvenida.
Los pastores se llamaban Ciencia, Experiencia, Vigilancia y Sinceridad. Tomaron, pues, de la mano a los peregrinos y los introdujeron en sus tiendas.
—Aquí permaneceréis con nosotros un poco de tiempo —les dijeron—para que nos conozcamos bien y os regocijéis con las delicias de estas montañas.
—Con muchísimo placer lo haremos—contestaron, y tomaron alojamiento por aquella noche, porque era ya tarde y el día ya había declinado.
A la mañana siguiente invitaron a Cristiano y Esperanza a dar un paseo por las montañas. La perspectiva que a los ojos de los peregrinos se presentó era sobremanera maravillosa. Mas no pararon aquí los agasajos de los Pastores.
—Vamos a enseñarles—deliberaron y acordaron entre —algunas maravillas—; y los llevaron primeramente a la cima de una montaña llamada Error, cuya bajada era muy perpendicular por el lado opuesto, y les hicieron mirar hacia el fondo, donde pudieron ver a muchos que, al caer de aquella altura, habían quedado completamente despedazados. Dijo entonces:
CRISTIANO — ¿Qué significa esto?
PAST. — ¿No habéis oído hablar de aquellos que se extraviaron por haber prestado oído a lo que decían Himeneo y Fileto acerca de la resurrección del cuerpo?, pues esos que veis son los mismos, y siguen hasta el día e hoy sin sepultura, como estáis viendo, para ejemplo de los demás, para que cuiden de no subir demasiado alto acercarse mucho al borde de esta montaña.
Después los condujeron a la cima de otra montaña, cuyo nombre era Cautela, y les hicieron mirar a lo lejos, señalándoles a algunos hombres que estaban dando vueltas arriba y abajo entre los sepulcros que allí había. Aquellos hombres eran ciegos, porque tropezaban en los sepulcros no podían salir de entre ellos.
CRISTIANO — Y esto, ¿qué quiere decir?
PAST. — ¿No veis un poco más abajo, al pie de estas montañas, unos escalones que dan a una pradera, a la izquierda del camino? Desde aquellos escalones va una senda directamente al Castillo de la Duda, cuyo dueño es el Gigante Desesperación, y estos hombres (señalando los de entre las tumbas) vinieron una vez en peregrinación, como vosotros lo hacéis ahora, hasta llegar a esos escalones, y porque el camino recto les parecía áspero en aquel sitio, determinaron salirse de él y tomar por esa pradera, donde los cogió el Gigante Desesperación y los metió en el castillo de la Duda; y después de tenerlos en el calabozo por algunos días, les sacó los ojos y los condujo a estos sepulcros, donde los ha dejado vagar hasta el día de hoy, para que se cumpliese el dicho del sabio: “El hombre que se extravía del camino de la sabiduría, vendrá a parar a la compañía de los muertos”. Entonces se miraron el uno al otro, Cristiano y Esperanza, con ojos llenos de lágrimas, pero nada dijeron a los Pastores.
En seguida los llevaron a otro sitio, al fondo de un valle. Había allí una puerta, en la falda del collado, la cual abrieron. “Mirad adentro”, les dijeron; miraron y vieron que todo el interior estaba muy oscuro y lleno de humo; les pareció también que oían un ruido atronador como de fuego, y gritos como de quien está sufriendo tormentos; también sentía el olor de azufre.
CRISTIANO — Explicadme esto.
PAST. — Este es un postigo del Infierno, por el cual entran los hipócritas, como los que, como Esaú, venden su primogenitura; los que venden a su Maestro, como Judas; los que blasfeman del Evangelio, como Alejandro; los que mienten y fingen, como Ananías y su mujer.
ESPERANZA — Por lo que veo éstos han tenido todos señales de peregrinos como nosotros, ¿no es verdad?
PAST. — Sí, y algunos de ellos por mucho tiempo.
ESPERANZA — ¿Hasta qué punto habían llegado en su peregrinación, puesto que al fin se han perdido tan miserablemente?
PAST. — Unos habían llegado más allá, y otros más acá de estas montañas.
Entonces dijéronse los peregrinos entre sí: Preciso nos es llamar a Aquél que es poderoso para pedirle fuerzas.
PAST. — Sí, y preciso os será también emplearlas una vez recibidas.
En esto manifestaron los peregrinos deseo de proseguir su camino, y los pastores convinieron en ello, y así anduvieron juntos hasta salir de las montañas. Entonces dijeron los Pastores unos a otros: “Vamos a mostrar a estos peregrinos la puerta de la Ciudad Celestial, si es que tienen habilidad para mirar por nuestro anteojo.” Cristiano y Esperanza aceptaron la invitación, y llevados a la cima de le otra montaña llamada Clara, recibieron el anteojo.
Procuraban mirar, en efecto, pero el recuerdo de lo que habían visto últimamente hacía temblar su mano de tal manera, que no podían ajustar el anteojo a su vista; sin embargo, creyeron divisar algo que parecía ser la puerta, también algo de la gloria del lugar. Con esto se despidieron e iban cantando por su camino:
“Secretos nos revelan los Pastores Que están, para otros hombres, bajo velo; A ellos venid, pues son reveladores De “bellas cosas que nos guarda el cielo.”
Al despedirse, uno de los Pastores les dio una indicación del camino; otro les intimó que estuviesen prevenidos contra el Adulador; el tercero les aconsejó que se guardasen de dormir en el terreno Encantado, y el cuarto les deseó buen viaje en compañía del Señor. Entonces yo desperté de mi sueño.
El PROGRESO DEL PEREGRINO ( CAPITULO 15 )
El PROGRESO DEL PEREGRINO ( CAPITULO 15 )
Por JUAN BUNYAN
CAPITULO 15
Cristiano y Esperanza, viéndose rodeados de consuelos y de paz, caen en negligencia, y tomando una senda extraviada son presa del Gigante Desesperación; pero invocan al Señor, y son librados por la llave de las promesas.
Seguían su camino nuestros peregrinos, cuando los vi llegar a un río agradable, que el Rey David llamó el “río de Dios” y Juan el “río del agua de la vida”.
Precisamente tenían que pasar por la ribera de este río. Grande era el placer que esto les hacía sentir, y más cuando, aplicando sus labios al agua del río, la hallaron agradable y refrigerante para sus espíritus fatigados.
Además, en las orillas del río crecían árboles frondosos que llevaban toda clase de frutos, y cuyas hojas servían para prevenir toda clase de indigestiones y otras enfermedades que suelen sobrevenir a los que, con el mucho andar, sienten acalorada su sangre. A uno y otro lado del río había también praderas hermoseadas de lirios, y que se conservaban verdes durante todo el año. En esta pradera, pues, se acostaron y durmieron, porque aquí podían descansar seguros. Cuando despertaron comieron otra vez; la fruta de los árboles y bebieron del agua de la vida, volvieron a echarse a dormir, haciendo esto mismo durante algunos días y noches. Su placer era tanto, que exclamaban cantando:
“¡Oh, cuál fluye este río cristalino,
Para gozo y solaz del peregrino!
¡Qué verdes prados y pintadas flores
comunican al aire sus olores!
Quien una vez habrá saboreado
El fruto de estos árboles sabroso,
Venderá cuanto tenga, de buen grado,
Por comprar este sitio delicioso.”
Cuando ya tuvieron intención de seguir su camino (porque todavía no habían llegado al término de su viaje), habiendo comido y bebido, partieron.
Entonces vi en mi sueño que a muy corto trecho el río y el camino se separaba, lo que no dejó de afligirlos; sin embargo, no se atrevieron a dejar el camino. Este, al separarse del río, era muy áspero, y los pies de los peregrinos estaban muy delicados por el mucho andar, así que se abatió su ánimo por esta causa. Más, a pesar de esto, prosiguieron su camino, aunque deseando otro mejor. Un poco más adelante había, a la izquierda del camino, una pradera a la cual daban entrada unos escalones de madera; se llamaba el Prado de la Senda-extraviada. Dijo entonces Cristiano a su compañero: —Si este Prado continuase al lado de nuestro camino, podríamos pasar por él—. Y se acercó a los escalones para inspeccionar; y he aquí que había una senda que iba al par del camino al otro lado de la cerca. —Esto es lo que yo quería—dijo Cristiano—; por aquí podremos andar con más facilidad; vamos, buen Esperanza, pasemos al otro lado.
ESPERANZA — ¿Y si esta senda nos extraviase?
CRISTIANO — No es probable; mira, ¿no ves que va al lado del camino?
Y Esperanza, persuadido por su compañero, pasó con él al otro lado de la cerca; esta senda era muy suave para sus pies. Descubrieron también un poco más adelante un hombre, que seguía el mismo camino, cuyo nombre era Vana-confianza; diéronle voces y le preguntaron adonde conducía aquella senda. —A la Puerta Celestial—contestó. — ¿Ves? — Dijo Cristiano —¿No te lo dije? Podemos, pues, estar seguros de que vamos bien—. Así prosiguieron su camino, y el otro delante de ellos. Pero he aquí que la noche les sorprendió, y era tan oscura, que no podían distinguir al que iba delante.
Este, por su parte, no distinguiendo bien el camino, cayó en un foso profundo, hecho de intento por el príncipe de aquellos terrenos para coger en él a los tontos presumidos, y se estrelló en su caída.
Habíanle oído caer Cristiano y Esperanza, y le dieron una voz, preguntando qué le pasaba; pero la única contestación fue un profundo gemido. Entonces dijo Esperanza: — ¿Dónde nos encontramos ahora ?—Cristiano no se atrevió a responder, temeroso de haberse extraviado, a la vez que empezó a llover, tronar y relampaguear de una manera atronadora, y el agua a crecer y anegarlos. Gimió entonces Esperanza para sí, diciendo: —¡Ojalá hubiera seguido mi camino!
CRISTIANO — ¡Quién iba a pensar que esta senda nos hubiera extraviado tanto!
ESPERANZA — Tenía mis temores de ello desde el principio, por eso te di aquella suave amonestación, y hubiera halado más claramente si no hubiera respetado tu mayor edad.
CRISTIANO — Mi buen hermano, no te ofendas; siento en el alma haberte extraviado del camino, exponiéndote a peligro tan inminente; perdóname, no lo he hecho con mala intención.
ESPERANZA — Consuélate, hermano, porque te perdono de buen grado, y creo también que esto nos ha de servir de provecho.
CRISTIANO — Me alegro caminar con un hermano tan bondadoso; pero no debemos estarnos aquí; probemos a retroceder en busca del camino.
ESPERANZA — Pero, querido hermano, déjame que vaya delante.
CRISTIANO — No; quiero ir el primero para que si hay peligro sea yo el que lo sufra antes, ya que por mi causa ambos nos hemos extraviado.
ESPERANZA — No; no debe ser así; porque estando turbado tu ánimo, tal vez nos extraviemos todavía más.
Entonces, con gran consuelo suyo, oyeron una voz que decía:
—Nota atentamente la calzada, el camino por donde viniste; vuélvete—. Pero he aquí que las aguas habían crecido grandemente, por cuya razón la vuelta era ya muy peligrosa. (Entonces pensé que es más fácil salir del camino cuando estamos dentro, que volver a él una vez fuera.) Sin embargo, se arriesgaron a volver; pero era ya tan oscuro y la avenida estaba tan alta, que por poco se ahogan nueve o diez veces.
Por mucha diligencia que pusieron, no podían dar con los escalones de madera; así que, habiendo hallado un pequeño resguardo, se sentaron allí hasta la venida del día, y la fatiga y cansancio cerraron sus ojos para el sueño.
Pero no lejos de donde estaban había un castillo, que se llamaba Castillo de la Duda, y cuyo propietario era el Gigante Desesperación, a quien pertenecían también los terrenos en donde se habían echado a dormir.
Habiendo madrugado el Gigante, paseándose por sus campos, sorprendió a los dormidos Cristiano y Esperanza. Con voz áspera y amenazadora les despertó, y preguntó de dónde eran y qué querían en sus campos. —Somos peregrinos—dijeron—y hemos perdido el camino. —Miserables—dijo el Gigante—, habéis violado mis terrenos esta noche, pisando y echándoos sobre mi césped, y así sois mis prisioneros— A esta intimación nada tuvieron que hacer más que obedecer, porque podía más que ellos, y se reconocían transgresores. El Gigante, pues, los empujó delante de sí y los metió en un calabozo de su castillo, muy oscuro, hediondo y repugnante a los espíritus de esos pobres hombres. Allí estuvieron desde la mañana del miércoles hasta el sábado por la noche, sin tomar bocado de nada, ni una gota de agua, sin luz y sin que nadie les preguntase cómo les iba. Triste era su situación, y muy lejos de amigos y conocidos, y más triste aún la de Cristiano, porque, a causa de su mal aconsejada prisa, habían caído en tamaño infortunio.
Tenía el Gigante Desesperación una esposa, llamada Desconfianza, a la cual, cuando se hubieron acostado, dio cuenta de cómo había cogido dos prisioneros y los había arrojado en su calabozo por haber violado sus campos, preguntándole después su opinión sobre lo que debería hacerse con ellos. Desconfianza, habiéndose enterado de quiénes eran, de dónde venían y adonde iban, le aconsejó que a la mañana siguiente los apalease sin misericordia.
Luego, pues, que se hubo levantado, se proveyó de un terrible garrote de manzano silvestre y bajó al calabozo. Los injurió primero, tratándolos como a perros, aunque nada malo le contestaron, y luego cayó sobre ellos, apaleándolos de tal manera, que no se podían mover, ni aun volverse en el suelo de un lado a otro. Hecho esto se retiró, dejándolos abandonados en su miseria y llorando su desgracia; así que todo aquel día lo pasaron solos en sollozos y amargas lamentaciones.
La noche siguiente, hablando Desconfianza con su marido sobre ellos, y enterada de que vivían aún, dijo que debía aconsejarles que pusiesen fin a su existencia. Venida, pues, la mañana, entró a ellos de una manera brusca, como el día anterior, y notando que sufrían mucho por los golpes que les había dado, les dijo: —Puesto que no habéis de salir de este lugar, lo mejor que podéis hacer es poner fin a vuestra vida, sea con cuchillo, con una cuerda o con veneno; porque, ¿cómo habéis de elegir una vida tan llena de amargura?— Pero ellos le instaban a que les dejase marchar. Entonces él los miró tan fieramente y con tanto ímpetu cayó sobre ellos, que seguramente los hubiera quitado de en medio, a no haberle acometido uno de los muchos accidentes que le daban en el buen tiempo, y que en aquel entonces le privó del uso de sus manos, obligándole a retirarse y dejarlos solos pensando sobre lo que podrían hacer.
Entonces se pusieron a discurrir si sería mejor seguir el consejo del Gigante, teniendo con este motivo el siguiente diálogo.
CRISTIANO — Hermano, ¿qué vamos a hacer? La vida que llevamos es miserable; por mi parte, no sé si es mejor vivir así o morir desde luego; mi alma tiene por mejor el ahogamiento que la vida, y el sepulcro me sería más agradable que este calabozo. ¿Vamos a tomar el consejo del Gigante?
ESPERANZA — Es verdad que nuestra condición actual es terrible, y la muerte me sería mucho más grata si así hemos de estar para siempre; sin embargo, consideremos que el Señor del país adonde nos dirigimos ha dicho “no matarás”; y si se nos hace esta prohibición con respecto a otros, mucho más debe hacérsenos con respecto a nosotros mismos. Además, el que mata a otro no mata más que su cuerpo; pero el que se mata a sí mismo, mata el cuerpo y el alma a una; y sobre todo, hablas de descanso en el sepulcro; ¿pero acaso has olvidado adonde van ciertamente los que matan? Porque “ningún asesino tiene vida eterna”. Consideremos, además, que no está toda la ley en manos de este Gigante; hay otros, según entiendo, que, como nosotros, han sido cogidos por él, y, sin embargo, han escapado de sus manos; ¿quién sabe si ese Dios que ha hecho el mundo hará que muera ese Gigante Desesperación, o que un día u otro se olvide echar el cerrojo, o que tenga pronto otro de sus accidentes estando aquí y pierda el uso de sus pies? Si tal aconteciese otra vez, estoy resuelto a obrar con energía y hacer lo posible por escaparme de sus manos; he sido un tonto en no haberlo procurado antes; pero tengamos paciencia y suframos un poco más; vendrá la hora en que se nos dará una feliz libertad; no seamos nuestros propios asesinos— Con tales palabras consiguió Esperanza por entonces moderar el ánimo de su hermano, y así siguieron juntos en las tinieblas todo aquel día, en su triste y dolorosa situación.
Hacia la caída de la tarde volvió a bajar el Gigante al calabozo para ver si sus prisioneros habían tomado su consejo; pero encontró que no habían muerto, aunque tampoco se podía decir que tenían mucha vida, porque ya por falta de alimentación, ya por las heridas que habían recibido en el apaleamiento, apenas podían respirar. Al verlos, pues, vivos, se puso muy furioso, y les dijo que, habiendo desechado su consejo, más les valiera no haber nacido.
Mucho les hicieron temblar estas palabras, y me parecía que Cristiano desmayaba; pero volviendo un poco en sí, pusiéronse de nuevo a discurrir sobre el consejo que les había dado el Gigante.
Cristiano se mostró inclinado a seguirlo; pero Esperanza le dijo de nuevo:
ESPERANZA — Hermano mío: ¿has olvidado el valor que hasta ahora tuviste en otras ocasiones? No pudo aplastarte Apollyón, ni tampoco todo lo que oíste, viste y sentiste en el valle de la Sombra-de-muerte. ¿Cuántas penalidades, terrores y sustos no has pasado ya? ¿Y ahora no hay en ti más que temores? Me ves a mí en el calabozo contigo, a mí, un hombre por naturaleza mucho más débil que tú. También a mí me ha herido este Gigante cual a ti, y me ha privado del pan y del agua, y como tú vengo lamentando la falta de luz. Pero ejercitemos un poco más la paciencia; acuérdate del valor que mostraste en la feria de Vanidad, y que no te atemorizaron ni las cadenas, ni la cárcel, ni la perspectiva de una muerte sangrienta; por tanto (al menos para evitar la vergüenza que nunca debe caer sobre un cristiano), soportemos esto con paciencia lo mejor que nos sea posible.
Así pasó otro día, y vino de nuevo la noche, y la esposa del Gigante volvió a preguntarle sobre el estado de sus prisioneros, y si habían tomado o no su consejo. El Gigante le contestó: —Son unos villanos de brío, que prefieren sufrir toda clase de penalidades a darse la muerte—. Entonces ella le replicó: —Sácalos, pues, mañana al patio del castillo y enséñales allí los huesos y calaveras de los que ya has despedazado, y hazles creer que antes de una semana los desgarrarás, como has hecho con sus compañeros.
Así lo hizo: a la mañana siguiente los visitó y los sacó al patio del castillo, y les mostró lo que su mujer le había indicado. —Estos—les dijo—eran peregrinos como vosotros; violaron mis terrenos, como vosotros habéis hecho, y cuando tuve por conveniente los despedacé, como haré con vosotros dentro de pocos días. Andad, volveos otra vez a vuestra prisión—. Y fue dándoles azotes hasta la misma puerta. Allí siguieron los infelices todo el día del sábado, en circunstancias tan lastimosas como antes. Vino la noche, y reanudaron su discurso el Gigante y su esposa, extrañándose mucho de que ni por azotes ni por consejos pudiesen acabar con ellos; y dice entonces la mujer: —Me temo que se alientan con la esperanza de que vendrá alguno para librarlos, o que tendrán consigo alguna llave falsa con la cual esperan poder escapar. —Yo los registraré por la mañana—dijo el Gigante.
Ya era cerca de media noche del sábado cuando empezaron nuestros peregrinos a orar, continuando en su oración casi hasta (romper el alba).
Momentos antes de amanecer, el bueno de Cristiano prorrumpió como despavorido en estas fervientes palabras: —¡Qué tonto y necio soy en quedarme en mi calabozo hediondo, cuando tan bien pudiera estar paseándome en libertad! Tengo en mi seno una llave, llamada Promesa, que estoy persuadido podrá abrir todas y cada una de las cerraduras del castillo de la Duda.
— ¿De veras?—dijo Esperanza—. Estas son buenas noticias, hermano; sácala de tu seno y probaremos.
Cristiano sacó su llave, la aplicó a la puerta del calabozo, y a la media vuelta la cerradura cedió, y la puerta se abrió de par en par y con la mayor facilidad, y Cristiano y Esperanza salieron. Llegaron a la puerta exterior que daba al patio del castillo, y ésta cedió con la misma facilidad. Dirigiéronse a la puerta de hierro que cerraba toda la fortaleza, y aunque allí la cerradura era terriblemente fuerte y difícil, con todo, la llave sirvió para abrirla. Empujaron la puerta para escapar a toda prisa; pero esta puerta, al abrirse rechinó tanto, que despertó al Gigante Desesperación, el cual se levantó con toda prisa para perseguir a sus prisioneros; mas en esto le faltaron sus piernas, porque le acometió uno de sus accidentes que le imposibilitó de todo punto para ir en su persecución. Entonas ellos corrieron, llegando otra vez al camino real, libres de todo miedo, pues ya estaban fuera de la jurisdicción del gigante.
Habiendo, pues, rebasado los escalones, principiaron a discurrir entre sí sobre lo que podrían hacer en ellos para prevenir que los que vinieran detrás no cayesen también en manos del Gigante; así acordaron erigir allí una columna y grabar en lo alto de ella estas palabras: “Estos escalones conducen al castillo de la Duda, cuyo dueño es el Gigante Desesperación, que menosprecia al Rey del País Celestial y busca destruir sus santos peregrinos.” Con esto, muchos que llegaron a este punto en los tiempos sucesivos, veían el letrero y evitaban el peligro. Hecho esto, cantaron como sigue:
“Por dejar nuestra senda hemos sabido
Lo que es pisar terreno prohibido.
Cuide de no salir de su sendero
El que no quiera verse prisionero
Del Gigante cruel, que vive en guerra
Con Dios, y al peregrino extraviado
En el Castillo de la Duda encierra
Por verle para siempre desgraciado.”
El PROGRESO DEL PEREGRINO ( CAPITULO 14 )
El PROGRESO DEL PEREGRINO ( CAPITULO 14 )
Por JUAN BUNYAN
CAPITULO 14
Cristiano encuentra un excelente compañero en Esperanza, y ambos, inflamados del amor de Dios, resisten a los sofismas sutiles de varios sujetos que encuentran en su camino.
Entonces vi en mi sueño que Cristiano no había salido solo, sino que iba acompañado de Esperanza, que había llegado a ser tal al ver la conducta de Cristiano y Fiel, al oír sus palabras y presenciar sus sufrimientos en la feria. Este se juntó a Cristiano, y entrando con él en pacto fraternal, prometió que sería su compañero. Así sucedió que por uno que murió por dar testimonio de la verdad, se levantó otro de sus cenizas para ser compañero de Cristiano en su viaje; y añadió Esperanza que había otros muchos en la feria que a la primera oportunidad le seguirían.
Vi luego que no habían andado aún mucho camino, cuando alcanzaron a uno, que se llamaba Interés-privado, a quien preguntaron de dónde venía y adonde iba. —Vengo—les contestó—de la ciudad Buenas-palabras y me dirijo a la ciudad celestial. Más no les dijo su nombre.
CRISTIANO — ¿De Buenas-palabras? ¿Vive alguien bueno allí?
INTERÉS PRIVADO — Pues claro; ¿quién duda eso?
CRISTIANO — ¿Tiene usted la bondad de decirme su nombre?
INTERÉS PRIVADO — (Caballero, yo soy un extraño para usted, y usted lo es para mí; si usted va por ese camino, me alegraré tener su compañía, y si no, me pasaré sin ella.
CRISTIANO — He oído alguna vez hablar de esa ciudad de Buenas-palabras, y, según dicen, es un lugar de muchas riquezas.
INTERÉS PRIVADO — Sí, por cierto; le puedo asegurar que las hay, y tengo allí muchos parientes muy ricos.
CRISTIANO — ¿Me permite usted que le pregunte quiénes son esos parientes?
INTERÉS PRIVADO — Casi todos los de la ciudad; {pero en particular el señor Voluble, el señor Contemporizador, el señor Buenas-palabras, de cuyos ascendientes tomó primero su nombre la ciudad. También los señores Halago, Dos-caras, Cualquier-cosa, el Vicario de nuestra parroquia señor Dos-lenguas, que era hermano de mi madre por parte de padre, y para decir toda la verdad, soy un caballero de muy buena sangre, y, sin embargo, mi bisabuelo no era más que un barquero que miraba en una dirección y remaba hacia la opuesta, en cuya ocupación he adquirido yo casi toda mi hacienda.
CRISTIANO — ¿Es usted casado?
INTERÉS PRIVADO — Sí, y mi mujer es una señora muy virtuosa, hija de otra señora también virtuosísima, la excelentísima señora doña Astucia, y por eso viene de una familia muy respetable, y ha llegado a tal grado de cultura, que sabe perfectamente cómo llevar los aires lo mismo a un príncipe que a un campesino. Verdad es que diferimos algo de los más estrechos en materia de religión; pero es solamente en dos pequeños puntos: primero, nunca peleamos contra viento y marea; segundo, somos más celosos por la religión cuando se nos presenta con sandalias de plata, y nos gusta mucho acompañarla en público cuando es a la luz del sol, y la gente lo ve y lo aplaude.
Entonces Cristiano se volvió hacia su compañero Esperanza, y le dijo aparte: —Si no me equivoco, éste es un tal Interés-privado, natural de Buenas-palabras; y si así es, llevamos en nuestra compañía el pillo más consumado de estos contornos.
—De seguro que no tendrá vergüenza en confesarlo -dijo Esperanza.
Se le acercó, pues, Cristiano otra vez, y le dijo: —Caballero, usted habla como un gran conocedor del mundo, y si no estoy mal informado, me parece que ya adivino quién es usted. ¿No se llama usted el Sr. Interés-privado de buenas-palabras?
INTERÉS PRIVADO — No, señor; mi nombre no es ése, aunque en verdad ése me han dado algunos que no pueden sufrirle, y tengo que llevarlo resignadamente como un baldón, como lo han hecho otros buenos hombres antes que yo.
CRISTIANO — ¿Pero no ha dado usted motivos para que le pongan ese mote?
INTERÉS PRIVADO — Nunca, jamás; lo único que alguna vez he echo que pudiera darles motivo ha sido que siempre he tenido la suerte de que mis juicios hayan coincidido con los del tiempo presente, cualquiera que fuese, y siempre me han salido bien. Pero esto debo mirarlo como una gran bendición, y no es justo que por ello los malévolos me llenen de reproches.
CRISTIANO — Yo había conjeturado que era usted aquel de quien había oído hablar, y si he de decir lo que pienso, le temo mucho que efectivamente ese nombre le pertenece usted con más justicia de lo que usted quiere que nosotros creamos.
INTERÉS PRIVADO — Bueno; si así le place a usted, yo no lo puedo remediar; con todo, verán ustedes en mí un compañero decente si se deciden a admitirme a su lado.
CRISTIANO — Si usted quiere venir con nosotros tendrá usted que remar contra viento y marea, y, según parece, esto no entra en su credo. Tendrá usted que reconocer a la religión lo mismo en sus andrajos que en su esplendor, y acompañarla lo mismo cuando sufra persecuciones que cuando pasee por las calles con aplauso.
INTERÉS PRIVADO — No quiera usted imponerse ni enseñorearse de mi fe; déjeme a mi libertad, y con esta condición le acompañaré.
CRISTIANO — Ni un paso más si no se conforma usted con lo que nosotros hagamos.
INTERÉS PRIVADO — Yo nunca abandonaré mis antiguos principios, puesto que son inocentes y provechosos. Si usted no me permite acompañarle, haré lo que antes de alcanzar a usted: andar sólito hasta que encuentre alguien que guste de mi compañía.
Entonces vi en mi sueño que le abandonaron Cristiano y Esperanza, y se conservaron a cierta distancia delante de él. Pero volviendo uno de ellos los ojos, vio a tres hombres que seguían al señor Interés-privado, y cuando le hubieron dado alcance, él les hizo una profunda reverencia, recibiendo de ellos un cariñoso saludo. Los nombres de estos sujetos eran el señor Apego-al-mundo, el señor Amor-al-dinero y el señor Avaricia, a los cuales Interés-privado había conocido antes, porque se habían educado juntos en la misma escuela del señor Codicioso de la ciudad de Amor-a-las-ganancias.
Este maestro les había enseñado el arte de adquirir, fuese por violencia, fraude, adulación, mentira o so pretexto de religión, y todos cuatro habían salido tan aventajados que por sí mismos podían ponerse al frente de dicha escuela.
Después que, como he dicho, se saludaron recíprocamente, Amor-al-dinero preguntó a Interés-privado quiénes eran los que iban delante, porque todavía se veía a lo lejos a Cristiano y Esperanza.
INTERÉS PRIVADO — Son dos hombres de un país lejano que van de peregrinación, la cual hacen a su modo.
AMOR-AL-DINERO. — ¡Qué lástima que no se hayan détenido para que gozáramos de su buena compañía, porque ellos y usted y nosotros todos somos peregrinos!
INTERÉS PRIVADO — Es verdad; pero los hombres que van delante son tan rígidos, aman tanto sus propias ideas y tienen en tan poca estima las opiniones de los demás, que, por piadoso que sea un hombre, si no piensa en todo como ellos le despiden de su compañía.
AVARICIA. — Eso es malo; pero leemos de algunos que son demasiado justos, y su rigidez les hace juzgar y condenar a todos menos a sí mismos. Dígame usted: ¿cuáles y cuántos eran, los puntos sobre que se diferenciaban ustedes?
INTERÉS PRIVADO — Pues ellos, en su inflexibilidad, concluyen que es su deber proseguir su camino en todos los tiempos, mientras yo quiero esperar al viento y a la marea; ellos están por arriesgarlo todo por Dios, y yo por aprovecharme de todas las ocasiones para asegurar mi vida y hacienda ; ellos se empeñan en mantener sus ideas, aunque vayan en contra de todos, y yo sigo la religión en cuanto y hasta donde lo permitan los tiempos y mi propia seguridad; ellos quieren a la religión aunque esté pobre y desgraciada, y yo cuando anda en esplendor y con aplauso.
APEGO-AL-MUNDO. — Sí, y tiene usted muchísima razón. Yo, por mi parte, considero muy tonto al que, pudiendo guardar lo que tiene, es tan necio que lo pierde; seamos sabios como serpientes y seguemos la hierba cuando esté en sazón. La abeja se está quieta todo el invierno, y solamente se mueve cuando puede unir el provecho con el placer. Dios envía unas veces la lluvia y otras veces el sol; si ellos son tan tontos que quieren andar aún con lluvia, contentémonos nosotros con andar en el buen tiempo. Por mi parte, me gusta más la religión que sea compatible con la posesión y goce de las dádivas de Dios. Porque ya que Dios nos ha otorgado las cosas buenas de esta vida, ¿quién será tan irracional que pueda imaginarse que el Señor no quiere que las guardemos y gocemos por su causa? Abraham y Salomón se enriquecieron en su religión. Job dice que un hombre bueno atesorará oro como el polvo; pero de seguro no sería como esos hombres que van delante de nosotros, si son como usted los ha descrito.
AVARICIA. — Me parece que estamos todos de acuerdo sobre este punto; no hace falta, pues, que nos ocupemos más de ello.
AMOR-AL-DINERO. — No; está ya de sobra toda palabra sobre esto, y el que no cree ni en la Escritura ni en la razón (y vea usted que arriba están de nuestra parte), ni conoce su propia libertad ni busca su propia seguridad.
INTERÉS PRIVADO — Amigos míos, todos somos, según se ve, peregrinos, y para que mejor nos apartemos de las cosas malas, voy a permitirme proponer esta cuestión.
Pongámonos en el caso de un Pastor de almas o un comerciante a quienes se presentase la ocasión de poseer las cosas buenas de esta vida, pero que no las pudiesen alcanzar en manera alguna sin hacerse, por lo menos en la apariencia, extraordinariamente celosos en algún punto de religión en que hasta entonces no se hubiesen metido; ¿no le será permitido poner los medios adecuados para conseguir su objeto, sin dejar por eso de ser un hombre honrado?
AMOR-AL-DINERO. — Veo el fondo de vuestra cuestión, y con el amable permiso de estos caballeros, voy a darle una contestación, y primero quiero considerarla con relación a un Pastor. Supongamos de esta clase un hombre bueno, que posee un beneficio muy pequeño, y que, en expectativa de otro mucho más lucrativo y cómodo, tiene la oportunidad de procurárselo, y esto con la condición) de ser más estudioso, predicar más y con más celo, y porque lo exija el humor de la gente alterar algunos de sus principios ; por mi parte, no veo razón alguna para que ese hombre no pueda hacer esto, y aun mucho más, con tal que tenga ocasión, sin dejar de ser por esto un hombre honrado; ¿y por qué?
1º Su deseo de un beneficio mejor es lícito, sin que esto pueda admitir contradicción, puesto que es la Providencia la que se lo presenta; así, que puede obtenerlo si está a su alcance y no se mezclan cuestiones de conciencia.
2º Además, su deseo de ese beneficio le hace más estudioso y más celoso predicador, y le obliga a cultivar más su talento; todo lo cual, a no dudarlo, es muy conforme con la voluntad de Dios.
3° En cuanto a acomodarse al carácter de su pueblo, abandonando en sus aras algunos de sus principios, esto supone: 1°, que es de un espíritu lleno de abnegación, 2º de un proceder dulce y atractivo, y 3° por lo mismo más apto para el ministerio pastoral.
4° Deduzco, pues, que un Pastor que cambia un beneficio pequeño por otro mayor no debe ser por ello tratado de avaro, sino muy al contrario: puesto que por ello mejora sus facultades y celo, ha de considerarse que no lace más que seguir su vocación y aprovecharse de la oportunidad, puesta en su mano, de hacer bien.
En cuanto a la segunda parte de la cuestión, es decir, con referencia al negociante, supongamos que tiene un negocio muy reducido en el mundo; pero haciéndose religioso, puede mejorar su suerte, tal vez encontrar una esposa rica u obtener más parroquianos y mejores. Por mi parte, no veo razón alguna para que esto no pueda hacerse muy legítimamente, porque: 1°, hacerse religioso es una virtud, sea cualquiera el camino que el hombre tome para llegar a serlo; 2º, también es lícito buscar una esposa rica, o más y mejores parroquianos; 3°, además, el hombre que alcanza estas cosas haciéndose religioso, obtiene una cosa buena de otros que son también buenos, haciéndose bueno él mismo; así que logra muchas cosas, todas buenas: buena esposa, buenos parroquianos, buenas ganancias, y hacerse a sí mismo bueno. Por lo tanto, el hacerse religioso para obtener todas estas cosas es un designio bueno y provechoso.
Esta contestación del señor Amor-al-dinero fue muy aplaudida por todos, y convinieron unánimes en que era buena y ventajosa.
Y no admitiendo contradicción, según a ellos parecía, y estando aún a su alcance Cristiano y Esperanza, acordaron entre sí sorprenderlos con esta cuestión tan pronto como les diesen alcance, con tanto más empeño, cuanto que ambos se habían apuesto antes al Sr. Interés-privado. Así, pues, dieron voces tras ellos, obligándolos a detenerse y esperarlos. Habían decidido que el que propusiese la cuestión no fuese Interés-privado, sino Apego-al-mundo, porque, en su opinión, la contestación que pudiera éste recibir no sería con el calor que antes había habido entre ellos y el señor Interés-privado, al despedirse. Juntáronse, pues, todos, y después de un corto saludo, Apego-al-mundo propuso la cuestión, pidiéndoles solución si podían darla.
Entonces Cristiano dijo: “No yo, sino un niño en religión, podría contestar a mil preguntas como ésta; porque si es ilícito seguir a Cristo por los panes, como se ve en Juan 6,26, ¡cuánto más abominable será servirse de Cristo y de la religión como medio para conseguir y gozar las cosas del mundo! Y sólo los gentiles, hipócritas, demonios y hechiceros pueden aceptar semejante opinión.
1º Los gentiles: así vemos que cuando Hamor y Sichém quisieron poseer la hija y ganados de Jacob, y veían que no había otro camino para ellos que dejarse circuncidar, dijeron a sus compañeros: “Si se circuncidare en nosotros todo varón, así como ellos son circuncidados, sus “ganados y su hacienda, y todas sus bestias serán nuestros”.
“Lo que ellos buscaban eran sus hijas y sus ganados, y la religión no era más que el medio para llegar a tal fin.
2° Los fariseos hipócritas fueron también religiosos por este estilo. Oraciones largas eran su pretexto; el devorar las casas de las viudas, su intento; y por eso, su resultado fue mayor condenación por parte de Dios.
3° Esta fue también la religión de Judas: el dinero. Era religioso por la bolsa y lo que ella contenía; pero se perdió; fue echado fuera como hijo de perdición.
4° A la misma estaba también afiliado Simón el Mago, porque quería tener el Espíritu Santo para ganar dinero por este medio; mas recibió de la boca de Pedro la sentencia merecida.
5° Tampoco puedo dejar de enunciar la idea de que aquél que toma la religión para poseer el mundo, la dejará, lo ve necesario para retenerlo; porque, tan cierto como que Judas tuvo por objeto el mundo cuando se hizo religioso, lo es que por el mismo mundo vendió su religión y su Señor. Así que contestar a la cuestión afirmativamente según parece habéis hecho vosotros, y aceptar tal manifestación como buena, es ser pagano, hipócrita e hijo perdición, y vuestra recompensa será acomodada a vuestras obras.”
A tal respuesta, se miraron unos a otros sin hallar qué contestar. Esperanza, por su parte, aprobó también la re-contestación de Cristiano; así que hubo un gran silencio entre ellos.
El señor Interés-privado y compañía se detuvieron para que Cristiano y Esperanza pudieran adelantarse. Entonces Cristiano dijo a su compañero: “Si estos hombres no pueden sostenerse ante la sentencia de un hombre, ¿qué les pasará al presentarse al tribunal de Dios? Y si los hacen callar los vasos de barro, ¿qué harán cuando sean sorprendidos por las llamas de un fuego devorador?”
Adelantáronse, pues, otra vez Cristiano y Esperanza, siguieron su camino hasta llegar a una hermosa llanura llamada Alivio. Muy agradable les fue el tránsito por ella; pero era corta, y así, pronto la atravesaron, encontrando al otro lado una pequeña altura llamada Lucro, y en la cual una mina de plata. Algunos de los que antes han pasado por allí habían dejado el camino para visitarla, porque la hallaban muy rara; pero les sucedió que, acercándose demasiado al borde del hoyo, siendo falso el terreno que pisaban, cedió, cayeron y murieron; otros no murieron, pero se imposibilitaron allí, y hasta el día de su muerte no les fue posible recobrar sus fuerzas.
Vi entonces en mi sueño que a poca distancia del camino y cerca de la entrada de la mina, estaba Demás para llamar cortésmente a los peregrinos a que se acercaran a verla. Este dijo a Cristiano y a su compañero: ¡Eh! Venid acá, y veréis una cosa sorprendente.
CRISTIANO — ¿Qué puede haber tan digno que merezca detenernos y desviarnos de nuestro camino?
DEMÁS. — Aquí hay una mina de plata, donde se puede cavar y sacar un tesoro; si queréis venir, con un poco de trabajo podréis proveeros abundantemente.
ESPERANZA — Vamos a verla.
CRISTIANO — Yo no. He oído hablar de este lugar antes de ahora, y de muchos que han perecido en él; además, ese tesoro es un lazo para los que lo buscan, porque les estorba en su peregrinación.
Entonces gritó Cristiano a Demás, diciendo: — ¿No es verdad que el lugar es peligroso? ¿No ha estorbado a muchos en su peregrinación?
DEMÁS. — Es peligroso solamente para aquellos que se descuidan—; pero esto lo dijo sonrojándose.
CRISTIANO — Esperanza, no demos un solo paso en esa dirección; sigamos nuestro propio camino.
ESPERANZA — De seguro que cuando llegue aquí ese señor Interés-privado, si se le hace la misma invitación, se desviará para verlo.
CRISTIANO — Sin duda, porque sus principios le conducen por ahí, y es casi seguro que ahí morirá.
DEMÁS. — ¿Pero no queréis venir para verlo?
CRISTIANO (Negándose resueltamente). — Demás, tú eres enemigo de los caminos rectos del Señor, y ya has sido condenado, por haberte desviado tú mismo, por uno de los jueces de S. M. ¿Por qué procuras envolvernos en semejante condenación? Además, si nos desviamos en lo más mínimo, de seguro nuestro Señor el Rey será sabedor de ello y nos avergonzará allí donde menos queremos ser avergonzados; es decir: delante de él.
DEMÁS. — Yo también soy uno como vosotros, y si me esperáis un poco os acompañaré.
CRISTIANO — ¿Cómo te llamas? ¿No es tu nombre el que te he dado?
DEMÁS. — Sí; mi nombre es Demás, y soy hijo de Abraham.
CRISTIANO — Ya te conozco; tuviste por bisabuelo a Giezi y por padre a Judas, y has seguido sus huellas. Es una trampa infernal la que nos tiendes; tu padre se ahorcó por traidor, y no mereces mejor tratamiento. Te aseguro que cuando lleguemos a la presencia del Rey le informaremos de esta tu conducta. — Y con esto prosiguieron su camino.
En aquel momento llegaron Interés-privado y sus compañeros, y a la primera indicación se acercaron a Demás, No puedo, con seguridad, decir si cayeron en el hoyo por haberse aproximado mucho a su borde, o si bajaron a él para cavar, o si se ahogaron en el fondo por las exhalaciones que de él suelen desprenderse; pero noté que no volvieron a aparecer en todo el camino. Entonces dijo Cristiano: “El Señor Interés-privado y Demás se entienden mutuamente; llama el uno y responde el otro; su codicia los tiene cegados. ¡Infelices! Así pasa a los que sólo piensan en este mundo, creyendo que no hay uno más allá.”
Vi después que cuando llegaron los peregrinos al otro lado de la llanura se encontraron con un antiguo monumento, cuya vista los dejó bastante preocupados por lo extraño de su figura; pues parecía una mujer que hubiese sido transformada en figura de una columna. Aquí se detuvieron admirados, y por algún tiempo no se lo podían explicar. Por fin, descubrió Esperanza un letrero sobre la cabeza de la figura; pero no siendo hombre de letras, llamó la atención de Cristiano para ver si lo descifraba. Cristiano, después de un poco de examen, halló que decía: “Acuérdate de la mujer de Lot.” Ambos concluyeron que debía ser la columna de sal en que fue transformada la mujer de Lot por haber mirado hacia atrás con corazón codicioso, cuando huía de Sodoma. Esta vista repentina sorprendente les dio ocasión para el siguiente diálogo:
CRISTIANO — ¡Ah, hermano mío! Muy oportuna es esta vista, sobre todo después de la invitación que nos hizo Demás para pasar al collado de Lucro. Si hubiéramos pasado como él quería, y como también tú, hermano, estabas dispuesto a hacer, por lo que vi, hubiéramos sido hechos también un espectáculo para los que vengan detrás.
ESPERANZA — Mucho me pesa el haber sido tan necio, y extraño no estar ya como la mujer de Lot, porque, ¿qué diferencia hay entre su pecado y el mío? Ella no hizo más que mirar hacia atrás; yo tuve deseo de pasar a verlo. ¡Bendita sea la gracia preventiva! Me avergüenzo de haber abrigado tal deseo en mi corazón.
CRISTIANO — Notemos bien lo que aquí vemos para nuestra ayuda en lo sucesivo; esta mujer se libró de un castigo, porque no pereció en la destrucción de Sodoma, y, sin embargo, le alcanzó otro castigo, como estamos viendo: quedó hecha una estatua de sal.
ESPERANZA — Verdad es; séanos esto de aviso para que evitemos su pecado, y ejemplo del juicio que alcanzará a los que no se corrigen con el aviso. De la misma manera fueron también ejemplo, para que otros aprendiesen, Coré, Dathán y Abiram con los doscientos cincuenta hombres que perecieron con ellos en su pecado. Pero más que nada me preocupa una cosa. ¿Cómo pueden Demás y sus compañeros estar allí tan confiadamente en busca de ese tesoro, cuando esta mujer, por sólo haber mirado hacia atrás (pues no leemos que se desviara un solo paso del camino), se volvió estatua de sal? Y más, si se considera que el juicio que la alcanzó la hizo un ejemplo palpable que hasta entra por los ojos, porque, aunque quieran, no pueden dejar de verla siempre que levantan su vista.
CRISTIANO — Es, en verdad, maravilloso, y esto prueba que sus corazones están ya desahuciados, y con nadie pueden compararse mejor que con los que roban a la misma presencia del juez, o con los que asesinan delante de la misma horca. Se dice de los hombres de Sodoma que eran pecadores en gran manera, porque lo eran “delante de Jehová”; es decir: a sus ojos, y a pesar de las bondades que les había prodigado, porque la tierra de Sodoma era como el antiguo huerto de Edén. Esto, pues, le provocó tanto más a celos e hizo que su plaga fuese tan ardiente como pudiera serlo el fuego del cielo del Señor. Y es muy razonable concluir que hombres como éstos, que se empeñan en pecar a la misma, vista y a despecho de tales ejemplos, que se les ponen delante para escarmiento, se hacen acreedores a los más severos castigos.
ESPERANZA — Esto es, sin duda, lo cierto. Pero ¡qué misericordia tan grande nos ha sido dispensada de que ni tú, ni especialmente yo, hayamos sido hechos otro ejemplo semejante! Esto nos debe excitar a dar gracias a Dios, vivir siempre en temor delante de él, y no olvidar nunca a la mujer de Lot.
El PROGRESO DEL PEREGRINO ( CAPITULO 13 )
El PROGRESO DEL PEREGRINO ( CAPITULO 13 )
Por JUAN BUNYAN
CAPITULO 13
Evangelista sale otra vez al encuentro de los peregrinos y los prepara para nuevos trabajos. Entran en la feria Vanidad, y la gente se burla de su vestido, de su lenguaje y de su conducta. Son perseguidos, y Fiel es entregado a muerte por aquellas gentes.
Apenas nuestros peregrinos hubieron salido de este desierto, Fiel, volviendo sus ojos atrás, vio venir a uno, a quien reconoció pronto, y dijo a su compañero: —Mira quién viene allí—. Miró Cristiano, y dijo: —¡Es mi buen amigo Evangelista! —Sí—dijo Fiel—, y mío también, porque él fue quien me encaminó a la puerta—. En esto llegó a ellos Evangelista, y los saludó diciendo:
EVANGELISTA. — Paz sea con vosotros, amadísimos, y paz con los que les ayuden.
CRISTIANO — «Bienvenido, bienvenido, mi buen Evangelista; la vista de tu rostro me recuerda tu antigua bondad y tus incansables esfuerzos por mi bien eterno.
FIEL — Sí, mil veces bienvenido, ¡oh dulce Evangelista! ¡Cuan deseable es tu compañía para estos pobres peregrinos!
EVANGELISTA — ¿Cómo lo habéis pasado, amigos míos, desde nuestra última separación? ¿Qué habéis encontrado y cómo os habéis portado?
Entonces le contaron Cristiano y Fiel cuanto les había sucedido en el camino, y cómo y con cuánta dificultad habían llegado adonde estaban.
—Mucho me alegro—dijo Evangelista—, no de que os hayáis encontrado con pruebas, sino de que hayáis salido vencedores, y de que, a pesar de vuestras muchas flaqueras, hayáis seguido en el camino hasta el día de hoy. Y me alegro de esto tanto por vosotros como por mí: yo he sembrado y vosotros habéis recogido, y viene el día cuando “el que siembra y el que siega gozarán juntos”; esto es, si os mantenéis firmes, “porque a su tiempo segaréis si no hubiereis desmayado”. Delante de vosotros está la corona, y es incorruptible: “corred de tal manera que la obtengáis”. Algunos hay que se ponen en camino para alcanzar esta corona, y después de haber adelantado mucho en él, otro se interpone y se la arrebata. Retened, pues, lo que ya tenéis para que ninguno os quite vuestra corona; todavía no estáis fuera del alcance de Satanás; “todavía no habéis resistido hasta la sangre combatiendo contra el pecado”. Tened siempre el reino delante de vuestros ojos, y creed firmemente en las cosas invisibles. No dejéis que invada vuestro corazón nada del lado acá del mundo; y, sobre todo, velad bien sobre vuestros corazones y sus concupiscencias, porque son “engañosos sobre todas las cosas y desesperadamente malos”; poned vuestros rostros como un pedernal; tenéis a vuestro lado todo poder en el cielo y en la tierra.
Cristiano entonces le dio las gracias por su exhortación, y le rogó que les enseñase todavía más para ayudarles en lo que les quedaba de su camino, y tanto más cuanto que sabían que era profeta, y podía decirles algunas de las cosas que les habían de suceder, y cómo podrían resistirlas y vencerlas. Lo mismo rogó también Fiel, y entonces Evangelista prosiguió:
EVANGELISTA — Hijos míos, habéis oído en la palabra de verdad del Evangelio, que “por muchas tribulaciones es menester que entremos en el reino del cielo”; y otra vez, que “en cada ciudad os esperan prisiones y persecuciones”, y, por tanto, debéis esperar que muy pronto en vuestro camino las encontréis en una o en otra forma. La verdad de estos testimonios, en parte ya la habéis encontrado, y lo demás no tardará en venir, porque, según podéis ver, casi estáis fuera de este desierto y, por tanto, llegaréis pronto a una ciudad, que está muy próxima, en la cual los enemigos os acometerán y se esforzarán por mataros. Tened, además, por cierto que uno o los dos tendréis que sellar vuestro testimonio con sangre; pero sed fieles hasta la muerte, y el rey os dará una corona de vida. El que allí muera, aunque su muerte será penosísima y sus padecimientos tal vez muy grandes, tendrá, sin embargo, mejor suerte que su compañero, no sólo porque habrá llegado antes a la ciudad celestial, sino porque así se librará de muchas miserias, que aún encontrará el otro en el resto de su jornada. Pero cuando hayáis llegado a la ciudad y encontréis cumplido lo que aquí os anuncio, acordaos entonces de vuestro amigo: Portaos varonilmente, y “encomendad vuestras almas a Dios como a fiel Creador haciendo bien”.
Entonces vi en mi sueño que apenas hubieron salido «el desierto, cuando vieron delante de sí una población, cuyo nombre es Vanidad, y en la cual se celebra una feria, llamada la feria de Vanidad, que dura todo el año. Lleva este nombre porque la ciudad donde se celebra es más liviana que la Vanidad, y también porque todo lo que allí concurre y allí se vende es vanidad, según el dicho del sabio: todo es vanidad.
Esta feria no es nueva, sino muy antigua. Voy a declararos cuál fue su principio: Hace casi cinco mil años había ya peregrinos que se dirigían a la ciudad celestial, cual lo hacen ahora estos dos: apercibido entonces Beelzebub, Apollyón y Legión con sus compañeros por la dirección que estos peregrinos llevaban, que les era forzoso pasar por medio de esta ciudad de Vanidad, se convinieron en establecer esta feria, en la cual se vendería toda especie de vanidad, y duraría todo el año. Por eso en esta feria se encuentran toda clase de mercancías: casas, tierras, negocios, colocaciones, honores, ascensos, títulos, países, reinos, concupiscencias y placeres, y toda clase de delicias, como son rameras, esposas, maridos, hijos, amos, criados, vidas, sangre, cuerpos, almas, plata, oro, perlas, piedras preciosas y muchas cosas más.
En ella se encuentran también constantemente truhanerías, engaños, juegos, diversiones, arlequines, bufones, bribones y estafadores de toda especie.
No para en esto sólo: allí se ven, y eso de balde, robos, muertes, adulterios, falsos juramentos; pero no como quiera sino hasta los de color más subido.
Como en otras ferias de no tanta importancia, aquí se encuentran también varias calles y travesías destinadas a mercancías especiales. Algunas de estas calles y pasadizos llevan el nombre de reinos y países especiales, donde están expuestos géneros peculiares de ellos; calle de España, Francia, Italia, Alemania, Inglaterra, etc. Pero como en todas las ferias hay siempre un género que prevalece más, así en ésta también el de Roma priva mucho, sólo que en la nación inglesa y en algunas otras se han disgustado bastante con él, y tratan de hacerle competencia.
Pues bien; el camino de la ciudad celestial pasa precisamente por medio de esta población, y el que quisiere ir a la ciudad celestial sin pasar por ella le sería necesario salir del mundo.
El mismo Príncipe de los príncipes, cuando estuvo en el mundo, tuvo que pasar por esta población para llegar a su propio país; tuvo también que hallarse en la feria; y, según creo, el mismo Beelzebub era entonces señor de ella, y le invitó en persona a comprar de sus vanidades, y aun más, le hubiera hecho dueño de ella con sólo que le hubiese hecho una reverencia al pasar por la población. Como era persona de tanta categoría, Beelzebub le condujo de una en otra calle y le mostró todos los reinos del mundo en un instante de tiempo por si podía seducir a aquel Bendito a comprar algunas de sus vanidades; pero a ninguna de ellas tuvo apego, y salió de la ciudad sin gastar siquiera un céntimo en sus vanidades. Esta feria, pues, es muy antigua y de mucha consideración.
Por esta feria era menester que los peregrinos pasasen, y, efectivamente, así lo hicieron; pero apenas se apercibieron de ello, toda la gente y la población misma se conmovió y hubo un alboroto por su causa. Voy a contar las razones de esto:
1. Siendo el vestido de los peregrinos muy diferente del de los que comerciaban en aquella feria, la gente no se cansaba de mirarlos; unos decían que eran tontos, otros que estaban locos, otros que eran extranjeros.
2 Y si mucho se maravillaban de sus vestidos, no menos se asombraban de su hablar, porque eran pocos los que podían entenderlo. Naturalmente, hablaban el idioma de Canaán, y la gente de la feria hablaba el de este mundo; así que de un lado a otro de la feria parecían bárbaros los unos a los otros.
3. Pero lo que más asombró a los traficantes era que estos peregrinos hacían muy poco caso de sus mercancías; ni aun se tomaban siquiera la molestia de mirarlas, y si se les llamaba a comprar, tapándose los oídos, exclamaban: —Aparta mis ojos para que no vean la vanidad. Y miraban hacia arriba, como dando a entender que sus dependencias estaban en el cielo.
Uno, queriendo mofarse de estos hombres, les dijo burlándose: —¿Qué queréis comprar?— Y ellos, mirándole con ojos serios, le dijeron: —Compramos la verdad.
Esta respuesta fue motivo de nuevos desprecios; unos se burlaban de ellos, otros los insultaban, otros terceros los escarnecían, y no faltó quien propusiese el apalearlos. Por fin llegaron las cosas a tal extremo, y hubo tan gran tumulto en la feria, que se alteró el orden por completo. Entonces se dio parte de ello al principal de la feria, el cual, personándose en el sitio de la ocurrencia, encargó a algunos de sus amigos de confianza que examinasen a los que habían puesto en confusión a la ciudad.
Fueron llevados, pues, para ser interrogados, los que los juzgaban les preguntaron de dónde venían, adonde iban y qué hacían allí en traje tan extraño. —Somos peregrinos en el mundo—contestaron—, y nos dirigimos a nuestra patria, que es la Jerusalén celestial. No hemos dado ocasión a los habitantes de la ciudad, ni tampoco a los feriantes, para abusar de nosotros de tal manera y detenernos en nuestro viaje, como no sea porque hemos contestado a lo que nos pedían que compráramos, que nosotros sólo quisiéramos comprar la verdad. —Mas el tribunal de los jueces declaró que estaban locos y habían venido solamente a perturbar el orden de la fiesta. Por lo tanto, los prendieron, los hirieron con golpes, y, llenándolos de inmundicia, los encerraron en una jaula para servir de espectáculo a todos los hombres de la feria; allí, pues, quedaron por gran tiempo, y fueron hechos el blanco de la diversión, malicia o venganza de cualquiera. El principal de la feria se reía de todo esto, al mismo tiempo que, siendo ellos inocentes y “no volviendo maldición por maldición, sino antes por el contrario, bendiciones”, dando buenas palabras por malas y favores por injurias, algunos hombres de la feria, que eran más observadores y más despreocupados que los demás, empezaron a contener al vulgo y reprenderlo por sus injustificados abusos y atropellos. Mas éste, irritado, se volvió contra ellos, llamándolos tan malos como los de la jaula, e indicando sus sospechas de que eran aliados, amenazándoles con las mismas penas. La réplica de aquéllos fue enérgica: —Nuestros peregrinos —dijeron—son pacíficos y sobrios, a lo que hemos podido ver, y no intentan hacer mal a nadie; muchos de los feriantes merecían ser puestos en la jaula y en el cepo mejor que esos pobrecitos, de quien se ha abusado tanto.
Así continuaron largo rato en contestaciones, mientras los pobres presos se conducían con toda sabiduría y templanza, hasta que aquéllos llegaron a las manos y se herían unos a otros. Entonces los dos presos fueron llevados de nuevo delante de sus interrogadores, y allí acusados de haber promovido la reciente confusión en la feria. En consecuencia, los apalearon lastimosamente, les pusieron las cadenas, y así encadenados, los pasearon por toda la feria, para escarmiento y terror de los demás, a fin de que nadie tomase su defensa o se juntase con ellos. Pero Cristiano y Fiel se portaron con gran sabiduría, y recibían la ignominia y la vergüenza a que se les exponía, con tanta mansedumbre y paciencia, que ganaron en su favor unos cuantos de los hombres de la feria (aunque por cierto fueron muy pocos relativamente). Esto exasperó mucho más a los de la otra parte, así que resolvieron la muerte de estos dos hombres. Por cuya razón los amenazaron con que, no bastando jaulas ni cadenas, deberían morir, por el abuso que habían cometido y por haber engañado a los hombres de la feria. Así que los encerraron otra vez en la jaula y los metieron en el cepo, hasta que se determinase lo que se había de hacer con ellos.
Entonces se acordaron estos dos de lo que Evangelista les había dicho, y este recuerdo los confirmó tanto más en sus caminos y sufrimientos, cuanto que ya se les había anunciado. También se consolaban mutuamente con el pensamiento de que el que más sufriese llevaría la mejor suerte, por lo cual ambos deseaban en secreto tener la preferencia; mas siempre poniéndose en manos de Aquel que dispone todas las cosas con sabiduría y acierto altísimos. Así continuaron hasta que se resolviese otra cosa.
Entonces se concedió tiempo para el proceso y consiguiente condenación. Llegado el día, fueron presentados en público y acusados. El nombre del juez era el excelentísimo señor Odio-a-lo-bueno. Su acusación fue la misma en sustancia, aunque algo variada en la forma; los cargos que contenía eran como siguen; “Que eran enemigos y perturbadores del comercio; que habían producido conmociones y bandos en la ciudad, y se habían ganado un partido a sus opiniones peligrosísimas en desacato de la ley de su Príncipe.”
Pidió Fiel la palabra para defenderse, y dijo: —Sólo me he opuesto al que se había levantado primero en contra de Aquél que es más superior al ¡más alto!. En cuanto a los disturbios, yo no los he promovido, soy un hombre de paz; los que tomaron nuestra defensa lo hicieron al ver nuestra verdad e inocencia, y no han hecho más que pasar de un estado peor a otro mejor. Y por lo que atañe al rey de quien habláis, que es Beelzebub, el enemigo de nuestro Señor, yo le desafío a él y a todos sus secuaces.
Entonces se hizo un pregón para que los que tuviesen algo que decir en pro de su Señor el rey, y en contra de los reos, compareciesen desde luego y diesen su testimonio. Presentáronse tres testigos, a saber: Envidia, Superstición y Adulación. Preguntados si conocían al reo, y sobre lo que tenían que decir contra él y en pro de su Señor el rey, se adelantó Envidia, y habló como sigue:
ENVIDIA — Excelentísimo señor: He conocido a este hombre por mucho tiempo, y atestiguaré, bajo juramento, delante de este tribunal, que es…
JUEZ — Esperad. Prestad primero el juramento.
Hecho esto, prosiguió:
—Señor: Este hombre, a pesar de su buen nombre, es de los más viles de nuestro país, pues no tiene respeto a Príncipe ni pueblo, a ley ni costumbre, sino que hace lo posible para infundir en todos sus pérfidas ideas, por lo general, llama principios de fe y santidad. Concretando más, yo mismo lo he oído decir que son diametralmente opuestos el Cristianismo y las costumbres de nuestra ciudad de Vanidad, y que no podían, en manera alguna, reconciliarse; por lo cual, excelentísimo señor, no solo condena nuestros procederes laudables, sino también los que los seguimos.
JUEZ — ¿Tenéis algo más que añadir?
ENVIDIA — Mucho más podría decir si no temiese ser molesto. Sin embargo, si es preciso, cuando los otros señores hayan dado testimonio, a fin de que nada falte para condenarle, ampliaré mi declaración.
JUEZ — Podéis retiraros.
Llamaron luego a Superstición y le mandaron que mirase al reo y que dijese lo que supiera contra él y a favor del rey. Tomáronle entonces el juramento, y empezó así:
SUPERSTICIÓN. — Excelentísimo señor: No conozco mucho a este hombre, ni tampoco lo deseo. Sin embargo, esto es lo que sé, por una conversación que tuve con él en esta ciudad: que es muy pernicioso. Le oí decir que era vana nuestra religión, y tal que con ella nadie podía agradar a Dios, de cuyo dicho sabéis muy bien lo que necesariamente se desprende, a saber: que todavía ofrecemos culto en vano; que estamos todavía en nuestros pecados y que, por fin, hemos de ser condenados. Esto es lo que tengo que decir.
Entonces se tomó el juramento a Adulación y se le mandó decir lo que supiera contra el reo.
ADULACIÓN. — Excelentísimo señor, y vosotros señores que formáis parte del tribunal: Conozco ya de mucho tiempo a este acusado, y le he oído decir cosas que nunca deben decirse, porque ha injuriado a nuestro noble Príncipe Beelzebub, y ha hablado con desprecio de sus ilustres amigos el señor Hombre-Viejo, el señor Deleite-Carnal, el señor Comodidad, el señor Deseo-de-Vanagloria, el anciano señor Lujuria, el caballero Gula, con todos los demás de nuestra nobleza. Ha dicho además que si todos los hombres pensasen como él, a ser posible, no quedaría ni uno de estos nobles en la ciudad. Más aún. No ha reparado en injuriar a su señoría, que ha sido nombrado su juez, llamándole bribón, impío, con cuyos términos y otros igualmente injuriosos y despreciativos, ha vilipendiado a la mayor parte de los personajes ilustres de nuestra ciudad.
Cuando Adulación hubo concluido su deposición, el juez se dirigió al reo, diciendo:
— Vamos, renegado, hereje, traidor: ¿has oído lo que estos respetables señores han testificado contra ti?
FIEL — ¿Se me permite decir unas cuantas palabras en mi descargo?
JUEZ — ¡Ah, malvado! No mereces vivir ni un momento más; mereces sólo morir en el acto; sin embargo, para que todos vean nuestra suavidad para contigo, ¿qué es lo que puedes decir?
FIEL — Primero. Digo, en contestación a lo que el señor Envidia ha testificado, que yo no he dicho nunca otra cosa más que lo siguiente: Que cualquier regla, cualesquiera leyes o costumbres, o personas que estén directamente en contra de la Palabra de Dios, son diametralmente opuestas al Cristianismo. Si esto no es verdad, convénzaseme del error, y pronto estoy aquí mismo, delante de vosotros, a hacer mi retractación.
Segundo. En cuanto al segundo, el señor Superstición y su acusación, más dicho es el siguiente: En el culto de Dios es necesaria una fe divina, y ésta no puede existir sin la revelación divina de la voluntad de Dios; por tanto, todo lo que se infiera en el culto de Dios que no esté conforme con la revelación divina no puede tener otra procedencia que de una fe humana, y esta fe no será valedera para la vida eterna.
Tercero. En cuanto al señor Adulación (haciendo caso omiso de lo que ha dicho sobre injurias y cosas parecidas), digo que el Príncipe de esta ciudad, con toda la gentecilla de su séquito, que él mismo nos ha descrito, tienen mejor cabida y pertenecen más al infierno que a esta ciudad y a este país. Y no digo más, sino que el Señor tenga misericordia de mí.
Entonces, volviéndose el juez al Jurado (que durante todo este tiempo había estado en su sitio, observando y cuchando), dijo: “Señores jurados, ya veis a este hombre que ha provocado un gran tumulto en nuestra ciudad; acabáis de oír lo que estos dignos caballeros han testifica contra él; también habéis escuchado su réplica y confesión. Ahora a vosotros corresponde condenarle o salvarle; mas antes juzgo conveniente instruiros en nuestra ley.
“En los días de Faraón el Grande, siervo de nuestro Príncipe, y para prevenir que se multiplicasen los de una religión contraria a la nuestra y se hiciesen demasiado fuertes, se publicó contra ellos un decreto mandando que todos sus niños varones fuesen arrojados al río. En los días de Nabucodonosor el Grande, también siervo suyo, se publicó otro decreto ordenando que todos los que no quisiesen doblar la rodilla y adorar su imagen de oro fuesen arrojados a un horno de fuego. En los días de Darío se publicó también otro edicto prescribiendo que cualquiera persona que dentro de cierto tiempo invocase a otro dios que a él, fuese arrojado a la cueva de los leones. Ahora en la esencia de estas leyes ha sido quebrantada por este rebelde, no sólo en pensamiento (que ni aún esto debe permitirse), sino también por palabra y obra; ¿y puede esto tolerarse?
“Porque hablando del decreto de Faraón, fue hecha aquella ley sobre una suposición; es decir, a fin de prevenir un mal, pues hasta entonces no se había cometido ningún crimen; pero aquí tenemos una abierta infracción de la ley.
“En los casos segundo y tercero, como veis, arguye contra nuestra religión, y ya que él mismo ha confesado su traición, es reo de muerte.”
Entonces se retiraron los del Jurado, cuyos nombres eran, respectivamente, Ceguedad, Injusticia, Malicia, Lascivia, Libertinaje, Temeridad, Altanería, Malevolencia, Mentira, Crueldad, Odio-a-la-luz e Implacable. Cada uno de estos dio individualmente su opinión en contra de él, y después acordaron, por unanimidad, declararle culpable ante el juez Primeramente dijo Ceguedad, que era presidente del Jurado: —Veo claramente que este hombre es un hereje. —Fuera del mundo semejante bribón—dijo Injusticia. —Sí—añadió el señor Malicia—, porque aborrezco su mismo aspecto. —Por mi parte, nunca le he podido sufrir—dijo el señor Lascivia. —Ni yo—confirmó el señor Libertinaje—, porque siempre se empeñaba en condenar mi modo de vivir. —A la horca, a la horca con él—dijo el señor Temeridad. —Es un miserable—añadió el señor Altanería. —Mi corazón se subleva contra él— dijo el señor Malevolencia. —Es un pillo—dijo el señor Mentira. —Se le hace demasiado favor con ahorcarle— dijo el señor Crueldad. —Despachémosle cuanto antes— dijo el señor Odio-a-la-luz. Y para concluir dijo el señor Implacable: —Aunque se me diera todo el mundo, no podría reconciliarme con él; declarémosle, pues, en el acto, digno de muerte.
Y así lo hicieron. Sin pérdida de tiempo se le condenó a ser llevado al lugar donde había estado en un principio, y allí ser ajusticiado con la muerte más cruel que se pudiera inventar.
Le sacaron, pues, para hacer con él según la ley de ellos; y primero le azotaron, luego le abofetearon, le cortaron la carne con cuchillos, después le apedrearon y le hirieron con sus espadas, y por fin le redujeron a cenizas en una hoguera. Tal fue el fin de FIEL
Mas detrás de la multitud vi un carro con dos caballos, que le esperaba, y tan pronto como le despacharon sus adversarios fue arrebatado en él por las nubes, al son de trompeta, camino derecho a la puerta celestial. En cuanto a Cristiano, dilataron su castigo y le volvieron a su cárcel, en donde permaneció todavía algún tiempo. Pero Aquél que todo lo dispone y tiene en su mano el poder sobre la rabia de ellos, dispuso que Cristiano escapase otra vez. Entonces él continuó su camino, cantando:
“¡Con qué valor, oh Fiel, has profesado Tu fe en Jesús, con quien serás bendito, Mientras sufra el incrédulo obstinado La pena que merece su delito!
Tu nombre, por morir cual buen soldado, Con letras indelebles queda escrito; Y si en el mundo y para el mundo mueres, Gozas eterna vida de placeres.”
El PROGRESO DEL PEREGRINO ( CAPITULO 12 )
El PROGRESO DEL PEREGRINO ( CAPITULO 12 )
Por JUAN BUNYAN
CAPITULO 12
Verdadero retrato en Locuacidad de tantos falsos profesores de religión, que hacen consistir ésta en hablar mucho y no obrar nada.
En tan importante conversación marchaban, cuando vi en mi sueño que volviendo Fiel los ojos a un lado, vio un hombre que se llamaba Locuacidad, que iba, aunque un poco distante de ellos, a su derecha, porque allí ya el camino era ancho y había bastante lugar para todos. Era un hombre alto y mejor parecido a alguna distancia que de cerca, y dirigiéndose a él, le dijo:
FIEL — ¡Eh! ¡Amigo! ¿Adonde va usted? ¿Al país celestial?
LOCUACIDAD — Sí, señor, allá me encamino.
FIEL — Allá vamos todos. ¿Por qué no viene usted con nosotros y gozaremos de su amable compañía?
LOCUACIDAD — Con mucho gusto les acompañaré.
FIEL — Vamos, pues, juntos, y pasemos nuestro tiempo hablando de cosas provechosas.
LOCUACIDAD — Muy grato me es hablar de cosas buenas con ustedes o con otro cualesquiera, mucho me alegro de haberme encontrado con los que tienen afición a tan buena obra, porque, a la verdad, son pocos los que así emplean el tiempo de sus viajes; la mayor parte prefieren hablar de cosas fútiles, lo cual siempre me ha afligido mucho.
FIEL — Es en verdad muy lamentable, porque nada hay más digno de ocupar nuestra lengua y nuestros labios como con las cosas del Dios de los cielos.
LOCUACIDAD — ¡Cuánto me agrada oír a usted hablar de esta manera! Porque su lenguaje revela una profunda convicción. Es verdad; ¿hay nada comparable con el placer y provecho que se saca de hablar de las cosas de Dios? Si el hombre gusta de las cosas maravillosas, por ejemplo, de historia, de los misterios, milagros, prodigios y señales, ¿dónde podrá hallar lectura tan deliciosa y tan dulcemente escrita como en las Sagradas Escrituras?
FIEL — Es mucha verdad; pero debemos siempre procurar sacar provecho de nuestra conversación.
LOCUACIDAD — Eso mismo digo yo: hablar de esas cosas es muy provechoso, porque por ahí puede un hombre llegar al conocimiento de otras muchas, como son la vanidad de las cosas mundanas y el provecho de las celestiales. Esto en general; y descendiendo a particularidades, puede un hombre aprender la necesidad del nuevo nacimiento, la insuficiencia de sus obras, su necesidad de la justicia de Cristo, etcétera. Además, puede aprender en esta conversación lo que es arrepentirse, creer, orar, sufrir, y cosas por el estilo. Puede también enterarse de cuáles son las grandes promesas y consuelos del Evangelio para su propio solaz, y, por fin, puede llegar a conocer cómo se han de refutar las falsas opiniones, defender la verdad e instruir a los ignorantes.
FIEL — Mucha verdad es todo esto y mucho me gusta oír de usted tales cosas.
LOCUACIDAD — ¡Ay! La falta de esto es causa de que tan pocos entiendan la necesidad de la fe y de la obra de la gracia en su alma para alcanzar la vida eterna, y que vivan por ignorancia en las obras de la ley por las cuales en manera alguna puede el hombre llegar al reino de los cielos.
FIEL — Pero voy a decir, con permiso de usted, que el conocimiento espiritual de estas cosas es don de Dios. Ningún hombre las alcanza por sólo los esfuerzos humanos o por hablar de ellas.
LOCUACIDAD — Lo sé muy bien, porque nada podemos obtener que no sea dado de arriba. Todo es de gracia, no por obras; centenares de textos hay para confirmación de esto.
FIEL — Bueno; vamos ahora a girar nuestra conversación sobre un tema particular.
LOCUACIDAD — Sobre lo que usted quiera; hablaré de cosas celestiales o de cosas terrenales, de cosas morales o cosas evangélicas, de cosas sagradas o profanas, de cosas pasadas o venideras, de cosas extranjeras o del país, de cosas más esenciales o más accidentales. Y siempre con la condición de que todo se haga para provecho.
FIEL — (Maravillándose y acercándose a Cristiano, porque todo este tiempo había andado un poco retirado de ellos.) —¡Qué buen compañero hemos encontrado; de seguro este hombre será un excelente peregrino!
CRISTIANO — (Sonriéndose modestamente.) — Este hombre de quien estás tan agradado es capaz de engañar con esa lengua a una veintena de los que no le conozcan.
FIEL — ¿Es que le conoces?
CRISTIANO — Sí; le conozco, y mejor que él se conoce a sí mismo.
FIEL — Pues, ¿quién es?
CRISTIANO — Se llama Locuacidad, y vive en nuestra ciudad; extraño que no le hayas conocido; supongo que es ir ser tan grande la ciudad.
FIEL — ¿De quién es hijo, y hacia, dónde vive?
CRISTIANO — Es hijo de un tal Bien-Hablado, y tenía su casa en el callejón Parlería, y sus amigos le conocen con nombre de Locuacidad; pero, a pesar de su agraciada lengua, es persona de poco más o menos.
FIEL — ¡Pues parece hombre bastante decente!
CRISTIANO — Sí, para los que no le conocen; porque parece mejor cuando está de viaje; en casa es otra cosa muy diferente. Cuando has dicho que parecía muy decente, he recordado lo que pasa con la obra de algunos pintores, cuyas pinturas tienen más vista a cierta distancia; pero que de cerca son muy poco agradables.
FIEL — No sé si tomar a chanza todo lo que estás diciendo, porque te veo sonreírte.
CRISTIANO — No quiera Dios que yo me agrade en este asunto, aunque me has visto sonreírme, ni permita Dios que yo acuse falsamente a nadie. Te voy a decir más todavía sobre él. Este hombre se acomoda a cualquier compañía y a cualquier modo de hablar: lo mismo que está hablando ahora contigo, hablará cuando esté en una taberna. Cuanto más licor tiene en la cabeza, tanto más charla estas cosas. La verdadera religión no existe ni en su razón, ni en su casa, ni en su vida; todo lo que tiene está en la punta de su lengua, y su religión consiste en hacer ruido con ella.
FIEL — ¿Lo dices de veras? Entonces estoy muy engañado con este hombre.
CRISTIANO — Sí; créeme con toda seguridad; estás muy equivocado; acuérdate del adagio “Dicen y no hacen”, “porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en virtud”. Habla de la oración, del arrepentimiento, de la fe y del nuevo nacimiento; pero nada de ello siente, no hace más que hablar; yo le tengo bien estudiado y observado, tanto en su casa como fuera de ella, y sé que lo que digo de él es la verdad. Su casa es tan falta de religión, como lo está de sabor la clara del huevo. Allí no hay oración ni señal alguna de arrepentimiento del pecado, y los irracionales, en su manera, sirven a Dios mucho mejor que él. El es la misma mancha, oprobio y vergüenza de la religión para todos los que le conocen. Apenas se puede oír por culpa de él una palabra buena en favor de la religión en todo el barrio donde vive; es ya un dicho común allí: “un santo fuera y un demonio en casa”. Su pobre familia lo conoce muy bien, pues le ve tan grosero y tan iracundo para con todos, que ni saben qué hacer para agradarle, ni cómo hablarle. Los que tienen con él algún negocio, dicen, sin esconderse, que desearían más habérselas con un turco que con él, pues hallarían más honradez en un sectario de Mahoma. Si puede, no se escaparán de él sin engañarlos, defraudarlos y abusar de ellos. Lo peor del caso es que está educando a sus hijos a seguir sus pasos, y si huele en alguno de ellos algún necio temor (pues así llama a la primera señal de sensibilidad en la conciencia), los pone de torpes, necios y estúpidos hasta más no poder; se niega a ocuparlos en nada, y hasta resiste recomendarlos a nadie. Por mi parte creo firmemente que, por su vida malvada, ha sido causa de que muchos tropiecen y caigan; y si Dios no lo impide, será la ruina de muchos más.
FIEL — Bien, hermano, debo creerte, no sólo porque me has asegurado que le conoces, sino también porque, como Cristiano, darás verdadero testimonio de los hombres, porque no puedo pensar que digas estas cosas por odio o mala noluntad.
CRISTIANO — De no haberlo yo conocido, tal vez desde el principio hubiera tenido el mismo concepto de él que tú; si hubiera oído tal noticia solamente de los que son enemigos de la religión, todo lo hubiera tenido por calumnia, pues eso es lo que ordinariamente sucede en las bocas de los malos contra los nombres y profesión de los buenos.
Pero cuanto he dicho, y mucho más, puedo probártelo a ciencia cierta. Además, se avergüenzan de él los buenos; no le quieren ni por hermano, ni por amigo, y el sólo nombrarle entre ellos, si le conocen, los hace sonrojarse.
FIEL — Bueno. Ahora conozco que el decir y el hacer son dos cosas muy distintas, y de aquí en adelante tendré más presente esta distinción.
CRISTIANO — En efecto; son cosas tan distintas como el alma y el cuerpo; porque como el cuerpo sin el alma no es más que un cadáver, así el decir, si está sólo, no es tampoco sino un cadáver; el alma de la religión es la parte práctica; “la religión pura y sin mácula delante de Dios y Padre, es esta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha de este mundo”. Locuacidad no lo entiende así; piensa que el oír el hablar hace al buen cristiano, y así tiene engañada a su propia alma. El oír no es más que la siembra de la palabra, y el hablar no es bastante para demostrar que hay fruto realmente en el corazón y en la vida. Y debemos estar bien seguros que en el día del juicio serán juzgados los hombres según sus frutos. No se les preguntará: creísteis?, sino ¿practicasteis?, y según esto habrá de ser su juicio. Por eso el fin del mundo es comparado a la siega. Y sabes muy bien que los hombres en la siega no consideran más que los frutos. Esto no quiere decir que se pueda aceptar algo que no sea de fe; pero digo esto para mostrarte cuan poco valdrán en aquel día las profesiones y protestas de Locuacidad.
FIEL — Esto me hace recordar el dicho de Moisés cuando describe la bestia limpia. Es aquella que tiene las pezuñas hendidas y rumia; ha de reunir las dos circunstancias: tener hendida la pezuña y rumiar; no basta lo uno sin lo otro. La liebre rumia, pero es inmunda, porque no tiene las pezuñas hendidas, y esto es lo que pasa a Locuacidad: rumia, busca conocimientos, rumia sobre la palabra; pero no tiene las pezuñas hendidas, no se aparta del camino de los pecadores, sino a semejanza de la liebre: tiene el pie de perro o de oso, y, por tanto, es inmundo.
CRISTIANO — Has expuesto, en cuanto se me alcanza, el verdadero sentido evangélico de estos textos, y añadiré otro pensamiento. Pablo llama a los que son grandes habladores “metal que resuena y címbalo que retiñe”. Es decir, como lo explica en otra parte: “cosas inanimadas que hacen sonidos”. Cosas sin vida; es decir: sin la fe y la gracia verdaderas del Evangelio, y, por consecuencia, cosas que nunca podrán ser puestas en el reino de los cielos entre los que son hijos de la vida, aunque el sonido que hacen hablando sea como la de la lengua o la voz de un ángel.
FIEL — Por eso, al principio no me agradó mucho su compañía; pero ahora estoy hastiado de ella. ¿Cómo haremos para deshacernos de él?
CRISTIANO — Sigue mi consejo y haz lo que te digo, y pronto se fastidiará él también de estar a tu lado, a no ser que Dios toque su corazón y lo convierta.
FIEL — ¿Qué quieres que haga?
CRISTIANO — Oye, acércate a él y entra en algún discurso serio sobre el poder de la religión; y cuando lo haya aprobado, porque así lo hará, pregúntale indirectamente si es eso lo que él practica en su corazón, en su casa y en su vida.
Entonces Fiel, acercándose otra vez a Locuacidad, le dijo:
FIEL — Vamos, ¿qué tal va ahora?
LOCUACIDAD — Gracias, bien; aunque yo esperaba que hubiésemos hablado mucho más.
FIEL — Si usted quiere, nos dedicaremos a ello ahora, puesto que usted dejaba a mi elección proponer el asunto, propongo éste: ¿Cómo se manifiesta la gracia salvadora de Dios cuando existe en el corazón del hombre?
LOCUACIDAD — Es decir, que vamos a hablar sobre el poder de la gracia. Excelente cuestión, y estoy muy dispuesto a responder a usted; he aquí en breve mi respuesta: 1º Cuando existe la gracia de Dios en el corazón, causa en él un gran clamor contra el pecado. 2.°…
FIEL — Vamos despacio: consideremos cada cosa por sí sola. Me parece que debe usted decir más bien que se muestra inclinando al alma a aborrecer el pecado.
LOCUACIDAD — ‘¿Y qué? ¿Qué diferencia hay entre clamor contra el pecado y odiarlo?
FIEL — ¡Oh! Muchísima; puede un hombre, por política, clamar contra el pecado; pero no puede odiarlo sino en virtud de una piadosa antipatía contra él. A muchos he ido declamar grandemente contra el pecado desde el púlpito, y, sin embargo, han podido tolerarlo bastante bien en el corazón, en la casa y en la vida. Cuánto y con qué energía no clamó el ama de José como si hubiera sido muy casta, y, sin embargo, fue ella la que solicitó y de buena voluntad hubiera cometido el pecado. Los clamores de algunos contra el pecado son como los de una madre contra la niña que tiene sobre la falda: la llama sucia, y acto continuo la abraza y besa.
LOCUACIDAD — Parece que quiere usted cogerme por mis palabras.
FIEL — ¡No, yo no; quiero solamente poner las cosas claras. ¿Y cuál es lo segundo por lo que demostraría a usted la existencia de la obra de la gracia en el corazón?
LOCUACIDAD — Un gran conocimiento de los misterios evangélicos.
FIEL — Esta señal debía usted ponerla la primera; pero, primera o última, también es falsa, porque pueden muy bien obtenerse conocimientos, y muchos, de los misterios del Evangelio, y con todo no tener ninguna obra de la gracia en el alma. Aún más: puede un hombre tener toda ciencia, y, sin embargo, no ser nada, y, por consecuencia, ni hijo de Dios. Cuando Cristo dijo: “¿Sabéis todas estas cosas?”, y los discípulos contestaron afirmativamente, les añadió: “Bienaventurados sois si las hacéis.” No pone la bienaventuranza en saberlas, sino en hacerlas; porque hay un conocimiento que no va acompañado de acción u obra: “el que conoce la voluntad de su amo y no la hace…” Puede, por tanto, un hombre saber tanto como un ángel, y, sin embargo, no ser cristiano; así que la señal que usted ha dado no es verdadera. En verdad, el conocer es lo que agrada a los habladores y jactanciosos; pero lo que agrada a Dios es el hacer. Esto no quiere decir que el corazón puede ser bueno sin conocimiento, porque sin él no vale nada el corazón. Hay, pues, conocimiento y conocimiento: conocimiento que se queda en la mera especulación de las cosas, y conocimiento que va acompañado de la gracia, de la fe y amor, y que hace al hombre practicar de corazón la voluntad de Dios. El primero de éstos satisface al hablador; mas el verdadero cristiano sólo se satisface con el otro. “Dame entendimiento y guardaré tu ley, y la observaré de todo corazón”.
LOCUACIDAD — Veo a usted otra vez acechando mis palabras nada más; esto no creo que sea para edificación.
FIEL — Bueno, dejemos eso, y propongo a usted otra señal de cómo esta obra de la gracia se descubre donde existe.
LOCUACIDAD — ¡No, no; es exento, porque veo que nos es imposible ponernos de acuerdo.
FIEL — Vaya, si usted no quiere, yo lo haré.
LOCUACIDAD — Puede usted hacer lo que guste.
FIEL — ¡Una obra de la gracia en el alma se descubre o al que la tiene o a los demás; al que la tiene, de la manera siguiente: le da convicción de pecado, especialmente de la corrupción de su naturaleza y del pecado de incredulidad, por el cual es segura su condenación si no halla misericordia de parte de Dios por la fe en Cristo Jesús. La vista y el sentimiento de estas cosas obran en él dolor y vergüenza por su pecado. Encuentra, además, revelado en sí al Salvador del mundo, y ve la absoluta necesidad de unirse a El por toda su vida; con lo que principia el hambre y la sed de El, a las cuales está hecha la promesa. Ahora bien; según la fuerza o debilidad de la fe en su Salvador, así es su gozo y paz, así es su amor a la santidad, así son sus deseos de conocerle más y también de servirle en este mundo. Pero aunque, como he dicho, así se descubre, sin embargo, pocas veces puede conocerse que es la obra de la gracia, porque, ya su corrupción, ya su razón torcida, hacen que su mente vaya descaminada en esta materia; por tanto, aquél que tiene esta obra necesita un juicio muy sano antes de que pueda con certeza inferir que es obra de gracia.
A los demás se descubre de la manera siguiente: 1º, por medio de una confesión práctica de su fe en Cristo; 2.°, por una vida conforme con esa confesión, es a saber: una vida de santidad: santidad en el corazón, santidad en la familia (si la tiene) y santidad en su vida y trato con los demás. Esta santidad, por lo general, le enseña a aborrecer en su interior su pecado, y aborrecerse también a sí mismo en secreto por causa de él; a suprimirlo en su familia, y promover la santidad en el mundo, no sólo por su hablar, como puede hacerlo un hipócrita o charlatán, sino por una sujeción práctica en fe y amor al poder de la palabra. Ahora bien, señor mío; si tiene usted algo que objetar a esa breve descripción de la obra de la gracia, o a las maneras de manifestarse, puede usted hacerlo; si no, pasaré a proponer a usted otra segunda pregunta.
LOCUACIDAD — No, señor; no me toca al presente objetar, sino oír; exponga usted su segunda pregunta.
FIEL — Es ésta: ¿Ha experimentado usted en sí mismo esta primera parte de mi descripción? ¿Dan testimonio de ello su vida y su conversación, o consiste su religión en la palabra o en la lengua y no en el hecho y verdad? Le suplico, si está usted dispuesto a contestarme sobre esto, que no diga usted más que aquello a que Dios desde el cielo pueda dar un Amén y su conciencia pueda justificar. “Porque no el que se alaba a sí mismo el tal es aprobado, más aquél a quien Dios alaba.” Además, es grande iniquidad el decir “yo soy de esta o de la otra manera”, cuando su conversación y su vida y el testimonio de los vecinos lo desmienten.
LOCUACIDAD (Empezando a sonrojarse, pero recobrándose muy pronto.) —Ahora apela usted a la experiencia, a la conciencia y a Dios para justificar lo que ha dicho; no esperaba yo esta manera de discurrir. Por mi parte no estoy dispuesto a contestar a tales preguntas, porque no me considero obligado a ello, a no ser que usted se tome el oficio de catequizador, y aun entonces me reservo el derecho de no aceptarle a usted por juez ¿Pero querrá usted decirme con qué objeto me hace tales preguntas?
FIEL — Porque le he visto muy dispuesto a hablar, y me temo que en usted no haya más que ideas sin obras; y además, para decirle toda la verdad, he oído decir de usted que es un hombre cuya religión consiste en palabras, desmentidas por su vida. Se dice que es usted un borrón entre los cristianos, y deja usted muy mal parada la religión por su impía conversación y vida; que ya ha sido usted causa de que hayan tropezado algunos, y que muchos más corren, peligro de ser arruinados ¡por los malos caminos de usted. En usted la religión y la taberna, la avaricia, la impureza, la maledicencia, la mentira y las malas compañías, todo está fatalmente amalgamado. A usted se le puede aplicar lo que se dice de las rameras: que “son la vergüenza de su sexo”; así, es usted la vergüenza de todos los que profesan la religión.
LOCUACIDAD — Veo a usted propenso a prestar oídos a chismes, y que forma sus juicios con sobrada precipitación; por consiguiente, debe ser usted algún melancólico regañón, y así me despido de usted. Pasarlo bien.
En esto, llegándose Cristiano a su compañero, le dijo: —Ya te dije lo que iba a suceder; no podían armonizarse tus palabras y las concupiscencias de ése; prefiere abandonar tu compañía a reformar su vida. Váyase enhorabuena; él es el que pierde más; nos ha ahorrado la molestia de despedirlo. Además, haber continuado así con nosotros, hubiera sido para nosotros un borrón, y el apóstol dice: “Apártate de los tales.”
FIEL — Sin embargo, me alegro de haber tenido con él este pequeño discurso, tal vez en alguna ocasión vuelva a pensar en ello; yo le he hablado con toda sinceridad, y así estoy limpio de su sangre, si perece.
CRISTIANO — Hiciste bien en hablar con tanta claridad. Desgraciadamente, hay en estos días muy poca sinceridad en el trato de los hombres, y esto hace que la religión sea tan repulsiva a muchos. Estos necios charlatanes, cuya religión es sólo la palabra, pues son corrompidos y vanos en su conversación (al ser también admitidos en la compañía de los piadosos), ponen perplejo al mundo, manchan el cristianismo y causan dolor a los sinceros. Ojalá que todos los trataran como tú lo has hecho: entonces buscarían el estar más en armonía con la religión, o se verían obligados a retirarse de la compañía de los santos.
¡Qué jactancia tenía Locuacidad! ¡Con qué orgullo y soberbia se inflaba como un pavo! ¡Qué presunción tan necia la suya de arrollarlo todo ante sí! Mas apenas Fiel empezó a hablar de la sinceridad de la religión, de su necesaria influencia en la vida, cuando, como la luna menguante, fue poco a poco declinando. Esto mismo sucederá al que no sea sincero en la religión y que no sienta su influencia en el alma.
Así caminaban hablando de los que habían visto en su viaje, y de esta manera se les hacía más fácil su camino, que de otro modo les hubiera sido muy penoso, porque entonces precisamente pasaban a través de un desierto.
El PROGRESO DEL PEREGRINO ( CAPITULO 11 )
El PROGRESO DEL PEREGRINO ( CAPITULO 11 )
Por JUAN BUNYAN
CAPITULO 11
Cristiano encuentra en Fiel un compañero excelente; pero el temor recomendable de juntarse con él le enseña y nos enseña a ser muy cautos en elegir los compañeros de religión. Juntos, por fin, tienen conversaciones muy provechosas.
Después de todo esto, nuestro peregrino llegó a una altura que de intento había sido allí levantada para que los peregrinos pudiesen desde ella descubrir más camino. Habiéndola subido, vio muy delante a Fiel, y dándole voces, le dijo: — ¡Eh, eh! Espera y andaremos juntos el camino.
Fiel miró hacia atrás, oyó un nuevo llamamiento de Cristiano, y contestó: —No, no; está en peligro mi vida, pues viene detrás de mí el vengador de sangre—. Esto molestó algo a Cristiano; pero haciendo un gran esfuerzo, pronto alcanzó a Fiel y aun le pasó, y así el último llegó a ser el primero. Entonces se sonrió, vanagloriándose por haberse adelantado a su hermano; pero no mirando bien dónde pisaba, de repente tropezó y cayó, y no pudo levantarse hasta que Fiel llegó a socorrerle. Entonces vi en mi sueño que siguieron juntos en la mayor armonía, discurriendo dulcemente sobre todo lo que les había pasado en su viaje. Cristiano abrió la conversación, diciendo:
CRISTIANO — Muy honrado y querido hermano Fiel: me alegro de haberte alcanzado, y de que Dios haya templado de tal suerte nuestros espíritus que podamos andar como compañeros en este tan agradable camino.
FIEL — Mi pensamiento había sido venir contigo desde nuestra ciudad; pero tú te adelantaste y me he visto precisado a venir solo.
CRISTIANO — ¿Cuánto tiempo permaneciste aún en la ciudad antes de ponerte en camino detrás de mí?
FIEL — Hasta que ya no pude sufrir más; porque se habló mucho, así que saliste, de que en breve iba a ser reducida a cenizas por fuego del cielo.
CRISTIANO — ¿Cómo? ¿Hablaban nuestros vecinos de esta manera?
FIEL — Sí por cierto; por algún tiempo no se hablaba de otra cosa.
CRISTIANO — ¿Y a pesar de eso sólo tú quisiste ponerte a salvo?
FIEL — Aunque, como he dicho, se hablaba mucho de ello, me parece que no lo creían firmemente, porque en el calor de la discusión oí que algunos hacían burla de ti y tu viaje, calificándolo de desesperado. Pero yo creí, y todavía creo, que al fin nuestra ciudad será abrasada con fuego y azufre de lo alto: por lo mismo me he escapado.
CRISTIANO — ¿No oíste hablar del vecino Flexible?
FIEL — Sí; oí que te había seguido hasta llegar al pantano del Desaliento, en donde se dijo que había caído, pues él no quería se supiese lo que le había sucedido: pero una cosa vimos todos: que llegó a su casa bien encenagado.
CRISTIANO — ¿Y qué le dijeron los vecinos?
FIEL — Desde su vuelta ha sido objeto de irrisión y desprecio entre toda clase de gente, y casi nadie quiere emplearle. Está ahora mucho peor que si nunca hubiera salido de la ciudad.
CRISTIANO — Pero, ¿cómo se explica que en tan mala opinión le tengan, cuando ellos desprecian el camino que él abandonó?
FIEL — Le llaman renegado, pues no ha sido fiel a su profesión. Yo creo que Dios ha excitado hasta sus enemigos para que se le mofen y sea hecho el oprobio de todos porque ha abandonado su camino.
CRISTIANO — ¿Hablaste con él antes de emprender tu viaje?
FIEL — Un día le encontré en la calle; pero volvió la vista al otro lado, como avergonzándose de lo que había hecho; así es que nada hablamos.
CRISTIANO — A la verdad, cuando empecé mi viaje, tenía alguna esperanza sobre él; pero ahora me temo que perecerá en la ruina de la ciudad, porque le ha sucedido lo de aquel verdadero proverbio: “El perro volvió a su vómito y la puerca lavada a revolcarse en el cieno”.
FIEL — Esos mismos temores tengo; pero, ¿quién puede impedir lo que ha de venir?
CRISTIANO — Es verdad. No hablemos más de él; ocupémonos de cosas que tocan más inmediatamente a nosotros mismos. Dime ahora: ¿qué es lo que has pasado en el camino que has andado? Porque seguro estoy que has encontrado algunas cosas que merecen escribirse.
FIEL — Me libré del Pantano en el que, según veo, caíste tú, y llegué a la portezuela sin ese peligro; pero encontré a una tal Sensualidad, de quien estuve a punto de recibir gran daño.
CRISTIANO — Dichoso tú que te escapaste de sus lazos; por ella se vio José en grande apuro, y de ella se libró, como tú lo has hecho, pero no sin gran peligro de su vida. Y ¿qué fue lo que te hizo?
FIEL — A no haberla oído uno mismo, no puede figurarse cuan lisonjera es su lengua; me estrechó mucho para desviarme del camino, prometiéndome toda clase de placeres.
CRISTIANO — De seguro que no te prometió el placer y la paz de una buena conciencia.
FIEL — Ya sabes que hablo de placeres carnales.
CRISTIANO — Da gracias a Dios que te ha librado de ella; aquel contra quien Jehová estuviere airado caerá en su sima.
FIEL — A la verdad no sé si del todo me libré.
CRISTIANO — Pero, ¿seguramente no consentiste a sus deseos?
FIEL — No, hasta contaminarme, porque tuve presente un antiguo escrito que había visto: “sus pies descienden la muerte”. Así, cerré mis ojos para no ser hechizado con sus miradas. Entonces me injurió con sus palabras, y seguí mi camino.
CRISTIANO — ¿No encontraste alguna otra oposición?
FIEL — Cuando llegué al pie del collado Dificultad me encontré con un hombre muy anciano, que me preguntó: nombre y mi dirección, y cuando se lo hube dicho me añadió: “Me pareces un joven honrado; ¿quieres quedarte a mi servicio, en la seguridad de que has de ser bien pagado? Entonces le pregunté su nombre y dónde vivía, me dijo que su nombre era Adán primero, y que moraba en la ciudad de Engaño. Le pregunté cuál era su trabajo y cuál el salario que me había de dar, y me respondió: “Mi trabajo es muchas delicias, y tu salario ser, al fin, mi heredero.” Le pregunté de nuevo sobre el mantenimiento que daba y qué otros servidores tenía, a lo que me contestó, que en su casa había toda especie de regalos de este mundo, y que sus siervos eran los que él mismo engendraba.
Volví entonces a preguntarle cuántos hijos tenía: “Sólo tengo tres hijas” —me dijo.—”Concupiscencia de la carne, Concupiscencia de los ojos y Soberbia de la vida”, y que me casaría con ellas, si yo así lo deseaba. Por fin le pregunté cuánto tiempo quería tenerme a su servicio, y él dijo que todo cuanto él viviera.
CRISTIANO — Bien; ¿y en qué quedasteis por fin?
FIEL — Al principio no dejé de sentirme algo dispuesto a ir con él, porque me pareció que hablaba bastante en; pero, fijándome en su frente, según hablábamos, vi este letrero: “Despojaos del viejo hombre con sus obras.”
CRISTIANO — ¿Y entonces?
FIEL — ¡Ah! Entonces se clavó en mi mente como con hierro de fuego el pensamiento de que, por más que me lisonjeaba, cuando me tuviese ya en su poder me vendería como esclavo. “No os molestéis más —le dije—, porque ni aun acercarme quiero a la puerta de vuestra casa.” Entonces me injurió mucho, y me aseguró que enviarla tras de mí a uno que haría muy amargo el camino a mi alma. Le volví, pues, las espaldas para seguir mi camino; pero en ese mismo instante sentí que me había cogido y tirado tan fuertemente de mi carne, que creí que se había llevado parte de mí mismo, lo cual me hizo exclamar: “Miserable hombre de mí”. Y seguí mi camino por el collado arriba.
Ya había subido hasta la mitad, cuando mirando atrás vi a uno que me seguía más ligero que el viento, y me alcanzó precisamente donde está el cobertizo.
CRISTIANO — Tristes recuerdos tiene aquel cobertizo para mí. Allí justamente me senté yo para descansar, y habiéndome vencido el sueño, se cayó de mi seno este pergamino.
FIEL — Déjame continuar, buen hermano; al instante que este hombre me alcanzó me dio tan fuerte golpe, eme me arrojó al suelo, dejándome por muerto.
Le pregunté la causa de este mal tratamiento, y me respondió: “Porque secretamente te inclinaste al Adán primero”; y al decir esto me dio otro golpe mortal en el pecho que me hizo caer de espaldas, dejándome medio muerto a sus pies. Cuando volví en mí, le pedí misericordia; más su contestación fue: “Yo no sé mostrar misericordia”; y de nuevo me arrojó al suelo, y seguramente hubiera acabado conmigo a no haber pasado por allí Uno, que le mandó detenerse.
CRISTIANO — ¿Y quién era ese?
FIEL — No le conocí al principio; pero al pasar me apercibí de las heridas de sus manos y costado, y por ahí comprendí que era el Señor. Gracias a El, pude seguir mi camino collado arriba.
CRISTIANO — El hombre que te alcanzó era Moisés; no perdona a nadie, ni sabe compadecerse de los que quebrantan su ley.
FIEL — Lo sé perfectamente, pues no era la primera vez que me había encontrado; él fue el que, cuando estaba quieto en mi casa, vino y me aseguró que la quemaría y que haría que se desplomase sobre mi cabeza si permanecía allí por más tiempo.
CRISTIANO — Pero, ¿no viste la casa que estaba en la cima del collado en que te encontró Moisés?
FIEL — Sí, por cierto, y vi también los leones que había antes de llegar a ella; pero creo que estaban dormidos, porque pasé cerca de las doce del día; y como me quedaban aún tantas horas de sol, no me detuve a hablar con el portero, y tomé la cuesta abajo del collado.
CRISTIANO — Es verdad. Ahora recuerdo que me dijo que te había visto pasar; pero me hubiera alegrado que te hubieses detenido en la casa, porque hubieras visto muchas cosas tan raras, que difícilmente las hubieras olvidado en los días de tu vida. Pero dime, ¿no encontraste a nadie en el valle Humillación?
FIEL — Me encontré a Descontento, que trató de persuadirme a que retrocediera con él; pues, según él creía, ese valle estaba completamente sin honor. Me dijo, además que el andar en él sería desagradar a todos mis amigos -Soberbia, Arrogancia, Amor propio, Gloria mundana y otros que él sabía seguramente se darían por muy ofendidos si yo era tan necio que me empeñaba en pasar ese valle.
CRISTIANO — Bueno, ¿y qué le contestaste?
FIEL — Le dije que, aunque todos los que acababa de nombrar pudieran alegar parentesco conmigo, porque lo tienen según la carne, sin embargo, desde que empecé este camino renunciaron a tal parentesco, y yo, por mi parte les correspondí en la misma moneda; de suerte que ahora no eran para mí más que como si nunca hubiésemos sido parientes. Le añadí que en cuanto al valle, estaba completamente equivocado, porque delante de la honra está la humildad, y antes de la caída, la altivez de espíritu; por lo cual —le dije—: más bien prefiero pasar por este valle a la honra que tienen por tal los más sabios, que escoger lo que tú estimas más digno de nuestros afectos.
CRISTIANO — ¿No encontraste a nadie más?
FIEL — Sí: me encontré con un tal Vergüenza; pero entre cuantos he encontrado en mi peregrinación, éste me pareció al que menos le cuadra su nombre. Otros aceptan un no, después de alguna argumentación; pero este descarado nunca se decide a dejarnos.
CRISTIANO — Pues, ¿qué te dijo?
FIEL — ¿Qué me dijo? Ponía objeciones a la misma Religión; decía que era una cosa vergonzosa, baja y mezquina en un hombre ocuparse de Religión; que una conciencia sensible era una cosa afeminada, y que rebajarse el hombre hasta el punto de velar sobre sus palabras, y desprenderse de esta libertad altiva que se permiten los espíritus fuertes de estos tiempos le haría la irrisión de todos. Objetó también que sólo un corto número de los poderosos, ricos o sabios, habían sido jamás de mi opinión, y que ninguno de ellos lo fue hasta que se decidió a ser necio, y arriesgar voluntariamente la pérdida de todo por un algo que nadie sabe lo que es. “Mirad, si no —añadió—, el estado y condición bajos y serviles de los peregrinos de cada época, y veréis su ignorancia y falta de civilización y conocimiento de las ciencias”. Sobre esto argumentó largo rato y sobre otros muchos puntos por el estilo que podría contar, como, por ejemplo, que era vergonzoso estar gimiendo y llorando al oír un sermón, volver a su casa con la cara compungida, pedir al prójimo perdón por faltas leves y restituir lo hurtado; añadió también que la Religión hace al hombre renunciar a los grandes y poderosos por algunos pequeños vicios que en ellos haya (cuyos vicios calificó con nombres mucho más suaves) y le hace reconocer y respetar a los miserables como hermanos en religión. “¿No es esto —exclamó—una vergüenza?”
CRISTIANO — Y ¿qué le contestaste?
FIEL — ¿Qué? Al principio no sabía qué decir, pues tanto me apuró que se agolpó la sangre a mi rostro. La misma Vergüenza vino a mi cara y casi me venció. Pero por fin empecé a considerar que lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación. Que este Vergüenza me dice lo que son los hombres; pero nada de lo que es Dios ni su Palabra y pensamientos; que en el día el juicio no se nos ha de sentenciar a muerte o vida según los espíritus orgullosos del mundo, sino según la sabiduría y la ley del Altísimo. Por tanto—añadí—, es seguramente lo mejor lo que Dios dice ser mejor, aunque a ello se opongan todos los hombres del mundo. Visto, pues, que Dios prefiere su propia religión; visto que prefiere una conciencia delicada; visto que son los más cuerdos los que se hacen necios por el reino de los cielos, y un pobre que ama a Cristo es más rico que el más poderoso del mundo, si éste no le ama, fuera, pues, de mí, ¡Vergüenza! Eres un enemigo de mi salvación; ¿te he de atender a ti con menoscabo de mi Señor y Soberano? Si eso hago, ¿cómo podré mirarle cara a cara el día de su venida?. Si ahora me avergonzare de sus caminos y de sus siervos, ¿cómo podré esperar la bendición?
En verdad que este Vergüenza era un villano atrevido. Con mucha dificultad lo pude echar de mi compañía, y aun después me estuvo molestando con sus visitas e insinuándome al oído ya una, ya otra de las flaquezas de los que siguen la Religión; pero por fin le hice comprender que perdía miserablemente el tiempo en este negocio, porque las cosas que él desdeñaba, precisamente en ellas veía yo más gloria; sólo así pude verme libre de sus importunidades, y entonces, desahogando mi corazón, en alta voz, comencé a cantar:
Los que obedecen a la voz del cielo
Muchas pruebas tendrán
Gratas para la carne, seductoras,
Que no sólo una vez les tentarán.
En ellas puede el débil peregrino
Ser tomado,” vencido y perecer.
¡Alerta, viador! Pórtate en ellas
Como quien eres y podrás vencer.
CRISTIANO — Me alegro, hermano, que con tanta valentía hicieras frente a ese bribón, porque él, entre todos, como dices, es a quien cuadra menos el nombre que lleva. Es un osado que nos sigue hasta en las calles, procura avergonzarnos delante de todos; es decir: que nos avergoncemos de lo bueno. Si no fuera tanto su atrevimiento, ¿cómo había de hacer lo que hace? Pero resistámosle, porque a pesar de todas sus bravatas sólo consigue su objeto con los necios, y con nadie más. Dijo Salomón: “Los sabios heredarán honra, pero los necios sostendrán ignominia”.
FIEL — Me parece que nos es muy necesario pedir a Aquél que quiere que seamos valientes para la verdad en la tierra, que nos dispense su ayuda contra Vergüenza.
CRISTIANO — Dices verdad. ¿Pero no encontraste a nadie más en ese valle?
FIEL — No; porque tuve la luz del sol todo lo restante del camino de ese valle, y también en el de Sombra-de-muerte.
CRISTIANO — Buena suerte fue la tuya; no la tuve yo tan dichosa. Tan pronto como entré en ese valle, tuve que sostener un largo y terrible combate con aquel maligno llamado Apollyón; yo temí quedar entre sus manos; sobre todo cuando me tuvo debajo de sus pies; me aplastaba como si quisiera despedazarme; en el acto de arrojarme al suelo, mi espada se cayó de mi mano, y entonces le oí gritar: “Ya te tengo seguro.” Pero clamé al Señor, y El me oyó y me libró de todas mis angustias. Después entré en el valle do Sombra-de-muerte, y casi la mitad del camino tuve que andarlo a oscuras; me figuré muchas veces que iba a perecer; pero por fin amaneció el día, se levantó el sol, y ya pude andar lo restante del camino con mucha más tranquilidad y sosiego.



